Infiltrados, segunda parte.

Disclaimer: Soñé que Harry Potter me pertenecía. Luego me desperté, y lloré.


Las ciudades muggles eran muy curiosas.

Ron pasó toda su infancia encerrado en la Madriguera, y su juventud en Hogwarts. Los magos normales no tenían que andar por las calles, sino por las chimeneas; de casa en casa. Por eso, el pelirrojo se sintió perdido en Cornualles, pues la única otra ciudad que conocía (que no fuera el poblado de Hogsmeade), era Londres.

Cornualles tenía un aire agradable, soleado. Podía sentirse la brisa lejana, olerse la hierba abundante y sentirse los rayos del sol. Un sol tan brillante jamás había sido conocido por el pelirrojo barbudo.

Iba encantado, y tan sólo había recorrido una pequeña distancia (de la puerta de entrada a la calle).

Frente a ellos había algo mucho más problemático: un automóvil.

Ron recordó el Ford Anglia color turquesa y se puso pálido.

También recordó su examen de manejo adulterado, y se sintió perdido. No se sintió seguro de poder manejar un automóvil sin la ayuda de la magia… Tenía pruebas de su desastre.

Sin embargo, volteó para mirar a Harry, y el pelinegro le estaba sonriendo de una forma cínica; parecía bastante divertido ante las expectativas.

— Ten — le dijo el descarado, balanceando las llaves frente a los ojos azules de Weasley —. Tú conduces. Tienes el privilegio de ser mi chofer.

— ¡Pero…! — exclamó el pelirrojo, tomando las llaves antes de que cayeran al piso, pues Harry las dejó caer antes de lanzarse al asiento del copiloto de un sedán plateado. — Pero, pero… — repitió Ron, descorazonado.

— Tú tienes experiencia en estas cosas — le recordó el de ojos verdes; pero luego se le ocurrió una idea mucho más perversa —; o, ¿sabes qué? Dame esas llaves. Siempre he querido intentarlo… Es decir, jamás lo he hecho, pero eso sólo lo hace mucho más tentador — Era una mentira; sorprendentemente, Harry conducía bastante bien, pero eso no tenía por qué saberlo Ron.

— ¡Olvídalo, no vas a tocar este auto; no seré tu conejillo de Indias! — Ron se decidió y se metió en el sedán, con un aire solemne. Harry esbozó una sonrisa socarrona, dirigida indirectamente al pelirrojo y directamente al pavimento de la calle frente a ellos. Finalmente, Harry se dignó a mirarlo, y no amablemente, sino profundamente.

Ron se dio cuenta de que simplemente deseaba ponerlo nervioso, y lo estaba consiguiendo. El pelirrojo ya ni siquiera sabía qué hacer primero. Se cambió de mano las llaves para limpiarse las palmas de sudor, metódicamente, y luego insertó las llaves para arrancar el motor.

— ¿No estás olvidando algo? — preguntó Harry, enfadosamente.

— ¡No! — exclamó el barbudo, que ya estaba con los nervios de punta.

— ¿Estás seguro…?

El pelirrojo decidió ignorarlo y terminó de arrancar el automóvil. Milagrosamente, lo logró. Se guió por las instrucciones del pelinegro y terminaron rodando por la carretera, sin destino fijo. En realidad, Potter parecía estar buscando algo específico, pero no le decía a Ron qué. "Lo sabré cuando lo vea…", se había resignado el pelirrojo.

De pronto, cuando estaba más relajado y confiado con sus habilidades de conducción, el pelinegro lo exhortó a detenerse. Lo había tomado por sorpresa, y el conductor se detuvo tan abruptamente que el coche que iba tras ellos los golpeó un poco.

Weasley se había entregado al pánico, y había salido del automóvil gritándole de todo al otro conductor; por suerte, su oponente era un hombre a quien el mundo se tragaba vivo (no había otra explicación por la cual Ron lograba intimidarlo, siendo tan inofensivo) y terminó disculpándose él. Después, Weasley se había sentido mal por eso pero, ¿qué se le iba a hacer?

Volvió al auto, furioso.

— Todo es culpa tuya — le dijo a Harry. El pelinegro le respondió con una carcajada de incredulidad.

— ¿Todo? — preguntó, con un tono de sorpresa que pretendía hacerle entender que estaba exagerando.

— ¡Ya sabes a qué me refiero!

— Olvídalo, ven.

Ron no tuvo ninguna otra opción.

Estacionó el auto en el establecimiento extraño que le había indicado su compañero y lo siguió hasta él. Era un sitio en el que, obviamente, vendían comida, aunque Ron no podía dejar de notar que existía un aire de inseguridad en todo aquéllo.

El nombre del lugar estaba por todos lados: "Supway", en las servilletas, los vasos, los cristales, y carteles de propaganda interna. Harry se sentó en una mesa junto a la ventana y miró al pelirrojo.

— ¿Qué? — dijo Ron finalmente, con seriedad. Aún estaba molesto con él, pero tampoco quería ser tan berrinchudo como un escuincle mocoso.

— Pide.

— ¿Qué pido?

— Pide los sándwiches, es obvio — exclamó Harry, tomando un pequeño volante de la mesa y poniéndose a leerlo, con toda la calma del mundo.

Ron se levantó como si pesara doscientos kilogramos y se encaminó al mostrador arrastrando los pies.

— Buenas tardes — lo saludaron tres empleados adolescentes, que presumían de tener mucha energía. Uno de los empleados era mujer, y se enamoró perdidamente del pelirrojo a primera vista, obligando a sus dos compañeros de trabajo a revisar si las vacas habían aprendido a volar ya, y concentrándose en sonreírle al pelirrojo tan ampliamente como su pesada base de maquillaje le permitía.

— Buenas tardes — exclamó Ron, de mucho mejor humor. Era evidente que no tenía intención de lograr nada con la muchacha, pero no podía dejar de sentirse halagado — Queremos unos seis sándwiches, para comer aquí.

— ¿Seis? — la chica enarcó una ceja, y luego se rió un poco — Eso es demasiado, ¿no crees? Aunque fueran de quince centímetros.

— ¿Eh? — Ron miró la propaganda interna y se dio cuenta de que no eran sándwiches, sino baguettes. Se sintió avergonzado un segundo, y luego furioso con Harry — ¡Claro, claro…! — Rió un poco, para ella.

— Aunque, ¿quién soy yo para intervenir? — dijo ella, poniéndole sus ojitos más coquetos. Ron pudo escuchar cómo se burlaban de ella sus compañeros, y luego vio que ella les aventaba un cucharón. El pelirrojo sintió que quería irse, pero siguió sonriendo — ¿Vas a querer los seis?

— No, no… Dos, solamente. — Pidió Ron.

— ¿De cuántos centímetros?

— ¿Eh? — Ron empezaba a pensar que era el ser más tonto sobre la faz de la tierra. Y si no lo era, al menos esa impresión estaba dejando en Cornualles.

— Sí, mira… Puedes pedir de quince o de treinta centímetros — le explicó ella.

Ron miró las imágenes que ella le mostró, del cartel pegado a la derecha de él. Weasley las evaluó, y decidió que pediría el más grande para él. Sin embargo, no creyó que Harry fuera capaz de terminarse uno igual al suyo, así que le pidió el de quince (deseando, fervorosamente, que se quedara con hambre).

El pelirrojo se sintió casi aliviado cuando eligió el tamaño, y se dio media vuelta tras una sonrisa y un asentimiento de cabeza cortés.

— ¡Espera! — exclamó la muchacha, divertida.

— ¿Qué pasa? — Ron se giró. Vio que los otros dos muchachos empleados seguían burlándose de la cara de burra que ponía su compañera, y se puso rígido.

— ¿Qué tipo de pan? — preguntó ella.

Ron sintió que el mundo se caía sobre sus hombros. ¿Tipo de pan? ¿Tenía que saber eso al pedir un sándwich? ¿Eran cosas que les enseñaban a los muggles en las escuelas?

— Eh… Pues pan, pan — Explicó Ron, queriendo decir "normal". La empleada le sonrió, frunciendo el entrecejo, como quien se haya ante algo inverosímil pero tierno, de alguna manera.

— Mira, puedes pedir de estos tres tipos — ella le mostró una pequeña carta.

— De ése — Ron señaló el primero que vio, sin querer profundizar más en el tema y queriendo irse corriendo — Bueno, gracias — sonrió, girándose.

— ¡Espera!

Las risas de los muchachos ya no estaban dirigidas a ella, sino a Ron Weasley, el estúpido. El pelirrojo sintió que se le calentaban las orejas, y se dio cuenta de que era un pelele al no poderse controlar si quiera frente a tres adolescentes. Aquellos pensamientos hacían que se sintiera peor, y todo se volvía un círculo vicioso.

— ¿Sí…? — preguntó, amablemente, el auror a la vendedora.

— ¿Qué tipo de queso? — inquirió la muchacha, claramente disfrutando de la función. Ahora ella sentía que era la Presentadora del circo que desternillaba de risa a sus compañeros y, extrañamente, se sentía orgullosa.

— Del que quieras — farfulló el pelirrojo, alarmado ante su falta de control, y dándose rápidamente la vuelta hacia Harry, pues deseaba hundirse en el asiento y desmayarse. Harry podría llevarlo arrastrando, o algo.

Pero no, no encontró la cara de empatía que esperaba en Potter, sino que lo vio reírse descaradamente de él. El pelirrojo enfureció tanto que se puso todavía más rojo.

— ¿Cómo que del que quiera? — Exclamó la muchacha, entre sorprendida y regañona — Me tienes que decir tú — añadió, soltando una pequeña risita. Los chicos no intentaban disimular sino que, al contrario, competían para ver quién era oído primero por los trabajadores de la gasolinera del otro lado de la carretera.

— Eh, ya; queso… cheddar — exclamó Ron, mirando fijamente los vegetales frente a él.

— No tenemos queso cheddar, sólo de estos tres — la muchacha le enseñó, comprensivamente (como quien le enseña a contar a un niño del jardín) la carta de hace rato.

— Ah, bueno, de éste, entonces — eligió Ron uno, señalándolo con el dedo.

— Ahora, por favor, elige de qué quieres tu Supway. Mira todas esas opciones — ella le mostró toda la propaganda que estaba pegada al frente de la tienda, a espaldas de ella. Ron entrecerró los ojos para leer los nombres de los guisos, y se decidió por lo más simple que había, pues quería pasar tan desapercibido que creyó que su elección de comida ayudaría.

— Jamón.

— ¿Los dos?

— Síp —. Que Harry se aguantara y se tragara lo que había.

— Ahora, elige las verduras y las salsas — la chica decidió adelantarse, pues empezó a sentir lástima por él desde hace algunos minutos de risas descontroladas. En estos momentos, ellos habían sacado un aparato extraño que les cabía en la palma de la mano y miraban a través de él, como si se tratara de una cámara fotográfica. Pero Ron estaba seguro de que una cámara no podía caber en la palma de la mano.

— Esto irá directo a WeTube — exclamo uno de ellos.

Ron quería que la tierra se lo tragase; no sabía qué rayos era WeTube, pero no se quedaría a averiguarlo.

Se acercó, cuan alto era, hacia la muchacha, la agarró de los hombros y le dijo, en voz baja:

— Por favor, no me preguntes más… Te lo suplico, hazlo como tú quieras, por favor…

Ella se puso pálida.

— ¡¿Qué demonios estás haciendo, idiota?! — Harry se levantó apresuradamente de su lugar y empujó a Ron para que se hiciera a un lado.

Tanto el pelirrojo como la chica se quedaron sorprendidos.

— Dame eso — Harry le arrebató a uno de los chicos el aparatejo que tenía intrigado a Ron y empezó a utilizarlo con naturalidad. Ron se preguntaba cuándo era que Harry tenía tiempo de aprender a usar todos esos artefactos tan extraños de los muggles. El auror de pelo negro le devolvió la cosa al muchacho.

— ¡Oye, lo borraste! — exclamó el chico, ofendido.

— Cierra la boca — le advirtió Harry. Se volvió hacia su compañero y le dijo: — Vámonos.

— Pe… pero, la orden… — intentó la muchacha, pero fue en vano. Ambos hombres ya habían salido. Ella suspiró — Ah, habíamos estado tan cerca… — se lamentó.

— ¿Qué te pasa? De verdad estás drogado la mitad del tiempo, ¿o no? — preguntó Ron, severamente, cuando tanto él como Harry alcanzaron el automóvil.

— Claro que no, pero tú eres un estúpido — aceptó Harry, mirándolo por encima del capó. — Primero que nada: la forma en que agarraste a esa jovencita podría interpretarse como acoso sexual…

— ¿Qué? ¡Otra vez con eso…! — empezó Ron, pero no tuvo espacio para seguir hablando.

—…Y segundo: aquellos muchachos te estaban filmando, y si llegara a Sarbu el video, toda la investigación se iría al caño — terminó el auror, exasperado.

— ¡Eres un paranoico! — diagnosticó Weasley, subiéndose al auto y decidiendo que no le daría la menor importancia a lo sucedido. Por supuesto que eso no era acoso sexual, y nadie pensaría eso, nada más Harry. Y no había ninguna probabilidad de que Sarbu se hiciera con ese video.

Y, después de todo, ¿qué rayos era un video?


Ese día había sido una pesadilla para Ron, y pensó que lo más sensato que podría hacer era dejar de hablarle a Harry hasta que se le hubiera pasado el coraje. Ya tenía experiencia en este ramo. Cuando tenían catorce años le había resultado muy bien, y había logrado una Ley del Hielo bastante prolongada.

Esta vez, lograría que Harry diera su brazo a torcer, porque el malo del cuento había sido él. Lograría que fuera Harry quien le suplicara que se volvieran a hablar, pero no, Ron no se rebajaría a hablarle antes.

Lo hacía por su propio bien. Lo hacía porque, de no ser así, Harry seguiría aprovechándose de él todo el tiempo que duraran en la casa muggle.

El plan de Ron iba saliendo a pedir de boca.

Lo malo era que el pelirrojo no contaba con un pequeño detallito… Sí, un detalle muy pequeño.

Tan pequeño que cabía por debajo de la puerta.

Ron había entrado a su cuarto, después de darse una ducha de agua tibia, con la toalla enrollada cómodamente alrededor de su cintura, cuando vio al invasor.

Al monstruo más temible que pudiera existir…

Sigiloso, burlón, ventajoso… Y le devolvía la mirada, indolente, mientras movía las pincitas que tenía en la boca como anticipando un festín.

Weasley sintió que se le cerraba la garganta, y ningún sonido decente salió de ella.

Era vergonzoso que un hombre adulto, hecho y derecho, siguiera teniendo una fobia infantil, pero las fobias no tenían explicaciones.

— Harry… — murmuró el pelirrojo, sin poder quitar la vista de su almohada, donde descansaba la araña, cual soberana.

… Y aunque había prometido no ser el primero en hablar…

— ¡HARRY!

Tuvo que tragarse su orgullo.

En estos momentos, por suerte, no tenía orgullo que tragar: la araña lo había desprestigiado.

El pelirrojo tuvo que gritar en dos ocasiones más, y Harry llegó hasta que le dio la gana, somnoliento; se rascó la cabeza como si despejara sus ideas, y miró a su compañero con los ojos entrecerrados.

— ¿Qué quieres…? — preguntó, con la mente aún en algún punto de su mente inaccesible para los demás.

— ¡Ajá! — Ron lo miró acusadoramente, y con un aire triunfal — ¡Dijiste que mis gritos te alertarían para bajar y acabar con los maleantes! ¿Qué habría pasado si Sarbu se hubiera metido a la casa para matarnos? Te tomaste tu tiempo, ¿verdad? Sólo quiero informarte que, en una situación así, ya estarías muerto, querido amigo.

— ¿Eso es todo? — Harry alzó las cejas. Bostezó y se dio la vuelta — Deja de dártelas de Simulador, ¿de acuerdo…? Mañana me tengo que levantar temprano… Como a las once de la mañana…

— ¡No seas tonto, no te levanté para hacer un simulacro! ¡Mira ahí! — Ron detuvo su huída, frenéticamente, y lo hizo girarse y mirar al monstruo que estaba sobre su almohada.

Harry abrió los ojos completamente y un brillo de maldad se apoderó de ellos. Ron no quería ni imaginarse qué estaba tramando.

— Genial, una tarántula — Harry se apresuró a tomar al monstruo entre sus manos. Ron casi se muere ahí mismo, en toalla. El pelinegro tuvo la osadía de acercársela a la cara, y observarla con curiosidad. La horrible criatura caminó a sus anchas de una de sus manos a la otra, como si estuviera feliz de la vida. Ron sentía que le faltaba el aire, y que desarrollaría asma — Siempre había querido ver una… ¿Cornualles es un lugar donde se dan las tarántulas? Esta debe ser la mascota de algún vecino… — Harry la observó un buen rato más.

— ¡¿Qué estás esperando?, písala! — exclamó Ron.

— ¿Pisarla? — Harry se rió de él sin consideración alguna — Será mi nueva mascota.

— ¡TU **** MADRE! — exclamó Ron, sintiendo que el corazón le daba un salto mortal, hacia atrás, intentando salírsele por la garganta.

— Conócela — Harry se la acercó a la cara.

— ¡ VETE A LA ******** CON TU **** ARAÑA DE ******!


Como no contaban con ninguna clase de magia, Harry debía confiar en sus clases más elementales de Ocultación y Disfraces. Eran cosas risibles que nadie creyó ocupar alguna vez, pero allí estaba él, sentado en una cafetería, utilizando un bigote falso y un sombrero de corredor de bolsa. Fingía que leía un libro mientras miraba con disimulo al sujeto que pedía un Frappuccino en el mostrador.

Era el mismo hombre que había visto el primer día que llegó a Cornualles, y cada vez tenía menos dudas sobre su identidad. En medio del libro que fingía leer, había una fotografía (móvil, por supuesto) de Dorel Sarbu, y Harry la examinaba cuidadosamente.

Tenían los mismos e inocultables rasgos faciales, sólo que el hombre de la fotografía era más joven y delgado, y aparecía usando una túnica. El hombre del frappuccino tenía canas, la cara más regordeta, igual que su cuerpo, y usaba un traje gris desgastado.

Cuando se puso de pie, Harry esperó un poco y lo siguió. Se mantuvo a una distancia prudente (prudente para él) y comenzó a memorizar las calles y los negocios notables.

El hombre, presumiblemente Sarbu, caminó hacia un Estacionamiento público, y Harry recordó que su auto estaba a algunas cuadras de allí. Se preguntó si lograría darle alcance…

Sarbu se introdujo en un enorme Mercedes que hizo a Potter fruncir el entrecejo.

"Sí que es sutil este criminal…".

El pelinegro se grabó el número de las placas y corrió hacia el lugar donde había estacionado el sedán.

Afortunadamente, cuando Harry lo arrancó, el Mercedes rojo pasó justo por delante de él, en la calle transversal a la suya. Potter se apresuró a perseguirlo.

Era difícil seguir a alguien en el coche en Cornualles pasando desapercibido, porque precisamente ahí, en Sennen Cove, no había un gran número de población que digamos. Harry tuvo que dejar pasar mucha distancia entre ellos. Una emoción incontrolable (aquella que tantos problemas le causaba) empezó a apoderarse de sus pensamientos.

"Te tengo, Sarbu", pensó Potter, dándolo completamente por hecho.

Condujeron un buen rato, hasta que el Mercedes se detuvo en el puerto.

Harry se estacionó bajo un inmenso árbol que lo ocultaba con su sombra, y se acercó cuidadosamente.

Un barco que parecía acabado de arribar empezó a bajar mercancía en enormes cajas, hasta varios traileres que aguardaban con sus puertas abiertas. Sarbu desapareció entre tanta gente del puerto.

— No necesito más pruebas que ésta… — se dijo Harry — Es el caso más estúpido que he llevado. Sólo lo investigaré un poquito más… Para poder llenar el informe de detalles.

Quizás lo seguiría hasta su casa…

— ¡Oye, tú!

— Mierda… — Harry no esperó a ver quién era el que lo llamaba, y se echó a andar presurosamente hacia su automóvil.

— ¡Ven aquí! — los frenéticos pasos de quien quiera que lo hubiera atrapado no se hicieron esperar.

Harry no podía arriesgarse a nada. No tenía su varita mágica, y no contaba si quiera con un arma muggle. En la Academia, los habían enseñado a utilizar pistolas y todas esas cosas, pero nadie ponía verdadera atención a esos talleres. De todos modos, el pelinegro estaba seguro de que un muggle no dispararía a un curioso sin saber sus intenciones.

Harry alcanzó el automóvil con facilidad y lo hizo andar.

Antes de que pudiera pensar en otra cosa, el auror se dio cuenta de que lo venía siguiendo un coche negro con los vidrios polarizados.

— ¡Me lleva…! Es persistente — pero no disparaba, ni nada —. Bueno, me libraré de él en un santiamén.

Su confianza era mucha, porque Harry aprendió que tenía buena suerte. ¿Qué había sido, sino suerte, lo que lo había salvado de Voldemort? Dijeran lo que los demás dijeran, Harry estaba convencido de que el azar había tenido mucho que ver. Sin embargo, esa buena fortuna parecía acompañarlo en todos sus propósitos.

Bueno, casi en todos.

Aún había una cosa que no podía lograr. Y no estaba convencido de que la suerte lo ayudaría en éso. Tendría que confesar su amor por sí solo, a aquella persona… Lo difícil sería reanimarla cuando sufriera un infarto por el descubrimiento. Habría que intentar…

En esto, por otro lado, tendría suerte. Se libraría del automóvil con facilidad.

Aceleró. Iba a ciento veinte kilómetros por hora antes de encontrar una calle lo suficientemente amplia como para girar a esa velocidad. Por el retrovisor, pudo ver que el auto negro se iba de paso.

Se le escapó una nada modesta risita de los labios, mientras elegía otra callecita.

Se había metido en un barrio de calles empedradas y angostas, que salían en todas direcciones. Se aseguró de torcer bastante el camino; ora por la derecha, ora por la izquierda, a una velocidad bastante baja, antes de salir a una calle principal y acelerar.

No había rastros del automóvil negro. Había sido muy fácil perderlo, tal y como había predicho.


— ¡Sabía que seguirías mi consejo, pero jamás creí que el cabello te crecería tan rápido! — fue lo que dijo Ron, en cuanto vio a su compañero entrar por la puerta con el sombrero y el bigote falso.

Harry lo miró sin enfatizar ninguna emoción y se quitó el disfraz barato.

— Tengo fantásticas noticias — anunció.

— Cuenta — resolvió Ronald, tomándose la quinta taza de café del día.

Harry estaba seguro de que la cantidad saludable era esa: cinco tazas, pero su amigo siempre insistía en tomarse siete. A pesar de beberse tanta cafeína, Ron siempre parecía tranquilo, excepto en situaciones especiales (usualmente, que tenían que ver con Harry).

Fue entonces que el pelinegro había creído que sería inofensivo que él también se tomara más de una taza, y… El resultado había sido bastante desagradable para muchos, y por supuesto, gracioso para el resto. Ese día, Potter había arrestado a 5 personas, y sólo una era culpable. De ese día, ni Harry quería hablar.

— Encontré a Sarbu — anunció Potter, finalmente, y esperó la adulación del pelirrojo.

— ¿En serio?

— Sólo que no sé dónde vive, aún.

— ¿Estás seguro de que es Sarbu? — insistió Ron, abriendo muy grandes los ojos azules, como platos de porcelana china.

— Sí, lo atrapé con las manos en la masa… Estaba en el puerto, descargando su mercancía… ¿Qué otra prueba necesitas, Weasley?

— Supongo que… Ninguna otra — aceptó Ron, regalándole una sonrisa perfecta, enmarcada por aquella barba bien cortada y bonita. Harry desvió la mirada, un poco perturbado.

— Bueno, eso era todo — dio por terminado, encaminándose a las escaleras.

Ron se quedó observando su retirada, y pensativo. Harry siempre terminaba rápido el trabajo. Si no fuera por él, Ron podría durar toda su vida en mugglelandia… Y Ron ya quería volver a la vida normal: sacar la varita mágica de su estuche y usarla sin restricciones. Sabía que no era un buen mago, pero ahora daría su mejor esfuerzo.


¡Hola, gente bonita! :D

¿Y, qué tal? ¿Les está gustando este fic?

Decidí ponerle "Romance" a la categoría, por si acaaaso alguien no entendiera que esta historia desarrollará un romance entre Harry y Ron.

Quiero agradecerles a todos los que se tomaron su tiempo para leer el primer capítulo, y a las personas que dejaron sus amables reviews, que me hicieron tan feliz :D Les contestaré un poco:

Pax399, gracias por dejar el primer comentario, ¡bien hecho!

Hyperion, me da gusto que te agraden las personalidades contrastantes... Dudaba que a alguien le pareciera bien, pues están algo OoC, ¿no? De cualquier modo, si llega a molestar, no duden en comentármelo.

Liziprincsama, esperen... ¿ya te había visto en otra historia? XD Creo que sí, ¡te reconocí!

Bueno, ese fue todo el vouyerismo por hoy; sigan leyendo esta historia, y disfrútenlo! (;