TERCERA PARTE
Disclaimer: Toda sociedad que necesite tantos "disclaimer", tiene demasiados abogados...
Ron sabía que la situación con la comida se estaba saliendo de control cuando vio que Harry llevaba varias horas en el jardín de la casa, arrancando diferentes hierbas, olfateándolas y probándolas.
Se golpeó la frente con la mano y la arrastró a lo largo de toda la cara.
El de ojos verdes parecía todo un experto en cuestiones muggles, así que Ron no sabía si creer que iban a morir de inanición por culpa de una broma de Harry o si iban a morir porque, de verdad, de los dos no se hacía uno.
Harry entró en ese momento de su profunda reflexión, cagando algunas flores blancas.
No hizo ningún comentario y se dirigió hacia su cuarto, en el segundo piso.
— Espera, ¿qué crees que haces? — Ron frustró su huída, poniéndole una mano en el pecho.
— Nada — Contestó Harry, despreocupadamente.
— ¿Ah, no? — Ron lo examinó con la mirada, como si poseyera la habilidad de la legeremancia.
— Aún no hago nada — reiteró Harry, y luego se puso un poco demasiado entusiasmado —. Quiero extraer la droga a esta flor, ¿me ayudas?
— ¡No me digas que es una amapola! — exclamó Ron, sintiéndose desfallecer.
— ¡No…! ¿Cómo va a ser una amapola? — Harry se rió de él, y lo corrigió — ¿Ves el árbol torcido de allá, de donde agarré las flores? Es un cazahuate.
— Caza… — Ron no podía ni pronunciar algo así.
— No debería estar aquí, es extraño… Muy extraño, diría yo — enfatizó Harry, pensativo —. Lo aprovecharé, ¿bien? — Dicho esto, Harry cambió de dirección y se metió a la cocina, empezando a machacar las hierbas con el cuchillo de carnicero. Ron tragó saliva, pero aguantó.
— Estás loco — diagnosticó Ron, como usualmente hacía, tres veces al día. Abrió la cáscara de un plátano que descansaba sobre la mesa de la cocina, como una flor, y se lo metió a la boca, sentándose en la burda silla de madera que estaba junto a la ventana.
Harry le echó un vistazo y dejó de picar hierbas. Lo miró con los ojos entrecerrados, incrédulo, hasta que el pelirrojo se dio cuenta. Inmediatamente, Weasley se puso nervioso, pues la cara que lucía Harry era temible: cuando se le ocurrían sus ideas extravagantes, no había quien lo detuviera.
— ¿Qué…?
— ¿Por qué te comes el plátano así? — cuestionó Potter.
— ¡¿Así, cómo?! — exclamó Ron, poniéndose rojo súbitamente. Harry se dio cuenta de que había captado su doble sentido, y se le escapó una sonrisa malvada de los labios.
— Así, tan sugerentemente… — entonces, Harry sonrió lánguidamente y lo miró como si Ron fuera el vivo ejemplo de una mente recién pervertida, y que enorgulleciera a sus espectadores ya pervertidos — ¿en qué estás pensando, Ron?
— ¡C-cállate! ¡No puedo creer que hayas dicho éso! — vociferó el pobre Weasley, lanzando al suelo la cáscara del plátano que acababa de terminar.
— ¿Que haya dicho qué? — preguntó Harry, casualmente.
— ¡No te hagas el tonto conmigo, Potter! — exclamó Ron, poniéndose de pie con un humor de perros. Sin embargo, su teatrito no sirvió de mucho, porque atinadamente, su pie fue a dar a la cáscara del plátano, y Ron resbaló unos decentes cuatro metros por el suelo de piedra, sobre la cáscara, hasta que perdió el equilibrio y cayó contra la chimenea de la sala.
Pudo escucharse un mullido "puff" mientras las cenizas eran proyectadas hacia arriba, y luego caían graciosamente sobre el pelirrojo.
Harry siempre estaba predispuesto a ver que estas cosas le pasaran seguido a Ron, pero siempre era increíble ver una.
No podía creer que existiera alguien con tan mala suerte. No pudo evitar una sonora carcajada.
— Te voy a matar, ¡te voy a matar, lo juro! — prometió Ron a su compañero, levantando un puño. No tuvo el mismo éxito levantándose a sí mismo de la chimenea, pues dio tres traspiés y volvió a caer sobre las cenizas, sentado. Weasley comenzó a toser descontroladamente, y se puso a pensar que, con la magia, podría desaparecer tanto las cenizas como la cáscara de plátano culpable de todo.
— Te ayudo — Harry le extendió su mano, aún con una sonrisa en los labios.
— No, gracias — dijo Ron, protegiendo la dignidad que aún le quedaba. Logró salir de la chimenea y se sintió realmente realizado. Aún así, tenía que quejarse de su vida: — ¡Maldita basura! Si pudiéramos utilizar las varitas, esto no habría pasado. Mira todo el regadero que hay en la casa: papeles, cáscaras de fruta, latas de comida… Yo digo que nadie notaría un pequeñito evanesco. ¿Tú qué dices, Harry?
— No, gracias — respondió Harry, usando el mismo tono que Ron, sólo que exagerado. El pelirrojo se ruborizó de coraje.
— Ya, en serio, ¿qué vamos a hacer con tanta basura?
— Arréglatelas, Weasley — había contestado Harry, pero luego se le ocurrió una idea — Humm… Bueno, ya sabes… Podríamos hacer lo mismo que los muggles…
— ¡Para eso estamos aquí! Si lo sabías, ¿por qué no dijiste nada?
— Pensé que no querrías hacerlo, pero ya que tanto te entusiasma, te diré las instrucciones — Harry conocía a los muggles, y tenía total ventaja sobre Ron. Eran oportunidades invaluables las que se le presentaban día con día, y sería muy tonto si las dejara pasar. Lo mejor de todo el asunto, era que podía cuentearse a Ron fácilmente, como un adulto a un niño muy pequeño —; los muggles se deshacen de su basura de una forma muy especial: ellos poseen animales que comen basura.
— ¿En serio? — Ron levantó una ceja, pero luego se animó bastante — ¡Genial! No nos haría nada mal uno de esos a nosotros tampoco, ¿verdad? Ya decía yo que era extraño que no poseyeran ninguna criatura interesante. ¿Qué tan diferentes pueden ser las criaturas de los muggles a las nuestras, después de todo? Sus gusanos hacen seda, sus vacas dan leche y sus ovejas dan suéteres.
— ¿Dan suéteres…? — repitió Harry, reprimiendo una risita.
—…Cualidades que ningún thestral, boggart o doxy poseen.
— Tienes razón — lo alentó Harry — Hay algo de mágico en cada mundo.
— Y bueno, ¿cuál es ese animal que come basura? ¿Tenemos que comprar uno? — preguntó Ron, casi dando saltos.
— No, no. Siempre hay algunos en cada vecindario — le aseguró Harry, haciendo un lento ademán de indiferencia — Claro que vas a tener que buscarlo — Harry se alejó hacia la sala y se puso a rebuscar entre las cosas que tenía sobre la mesa. Volvió pocos segundos después con un marcador de punto grueso y una hoja de papel. Ron se aproximó y se inclinó sobre la hoja en cuanto Harry se puso a dibujar sobre ella. Con trazos simples y limpios, Harry dibujó un doberman de aspecto furioso. Admitía que le quedó muy bien. — Ahí lo tienes… — sonriendo, le entregó la hoja a un confundido Ron.
— Es un perro — dijo.
— ¡Y qué perro, amigo mío! — afirmó Harry.
— No sé… Nunca pensé que los perros se comieran la basura muggle…
— Ah, pero así es — comentó Harry, con naturalidad — Anda, embolsa esos desperdicios y ve a buscar a tu perro-come-basura, Weasley — le encomendó Harry, alejándose hacia las escaleras. Ron miró atentamente la hoja.
— Sí, así lo haré — contestó, no muy seguro.
Siendo sincero consigo mismo, a Harry no le molestaba haber enviado a su amigo a un banquete perruno como platillo principal. Pensaba que sería muy divertido, y además, Ron sobreviviría. Lo que sí le molestaba es que no lo iba a ver corriendo como un energúmeno, sino que solamente vería los efectos colaterales de aquella salvaje persecución: algunas mordidas, rasguños, quizás…
Disfrutaba molestando a Ron. No entendía por qué, pero suponía que tenía que ver con varios factores: primero que nada, Ron era un pichón, una presa fácil, un hombre que tenía escrita la palabra "Ingenuo" en la frente. Segundo, su indignación era risible; y tercero, cuando se enojaba se veía adorable. Se ruborizaba y, aunque Harry se esforzara en decirle lo contrario, aquella reacción combinaba perfectamente bien con la barba corta y pulcra que se había dejado.
Harry pensaba, honestamente, que el pelirrojo era un hombre muy atractivo, y por eso no podía entender por qué Hermione lo había abandonado. Él había sufrido mucho, y Harry tuvo que sufrir las consecuencias, no ella; pues era Harry quien tenía que aguantar sus comentarios cursis como "yo no nací para amar, y nadie nació para mí"; y tenía que soportar que siempre terminara ebrio en los bares, cantando música extraña que Potter jamás oyó (debía ser de alguna de las brujas que la señora Weasley solía seguir); y lo que más le molestaba era que Ron era un ebrio feliz, y se convertía en una especie de duende bailarín cuando ocurría. También tuvo que ver cómo llegaba con ojeras enormes al trabajo y resignarse a hacer todo el trabajo por él, pues no rendía nada y todo le salía mal a Weasley.
Por eso, la separación entre Ron y Hermione había sido desastrosa y fastidiosa para Harry.
No había sido igual cuando él y Ginny terminaron. Había sido muy sencillo, sobre todo porque ambos estudiaban la Universidad en lugares diferentes y porque ella se enamoró de un profesor.
Harry había pensado que eso estaba bien, porque ella no le interesaba más.
Lo mejor de todo era que Ron se había sentido responsable por el rompimiento entre Ginny y Harry, pues ella era su hermana, y sus remordimientos infundados le valieron a Harry muchas cosas: copas, comida, delegación de las tareas escolares… Eso era vida.
El pelirrojo siempre era muy atento con él, y le toleraba cosas que nadie más hacía; siempre se enojaba pero, también, siempre volvía. Era una persona especial. Era la primera familia que Harry tuvo, incluso antes que Ginny, o la señora Weasley y el resto. No podía existir nadie que lo hiciera sentir mejor.
Y bueno, para resumirlo todo, a Harry le gustaba Ron.
Se preguntaba si podría decirlo alguna vez, de frente y directamente, sin rodeos ni sugerencias.
¿Cuánto tiempo podía tomarle a Ron encontrar un Doberman decente?
Eran las seis de la tarde, y el sol ya era pura luz sobre la ciudad, ya no podía verse la esfera. Las sombras se alargaron tanto cuanto pudieron, de color azul, sobre un fondo con predominancia anaranjada y rosada.
La casa de Harry y Ron se sumió prematuramente en la oscuridad, debido a las hierbas altas y los árboles mal podados que infestaban el jardín de la vieja casa cubierta con enredaderas. Harry descubrió que, por la ventana que daba al jardín de atrás, entraba un poco más de luz, y se acercó a aprovecharla.
Inevitablemente, pensó en la alegría de Ron cuando descubrió lo útiles que eran las bombillas eléctricas (mucho mejores que las velas, había dicho). Harry tampoco entendía por qué los magos no prescindían de ellas y se modernizaban un poco, si eran tan deficientes.
Potter llevaba un par de horas estudiando el expediente de Dorel Sarbu y atando cabos. Si el sujeto era un mafioso, era bastante evidente que cuando lo vio en el puerto, desembarcando quién sabe qué cosas, estaba enfrascado en alguno de sus "negocios" ilegales. Estaba claro como el agua. Lo que Potter no entendía era por qué nadie lo había vinculado antes. Es decir, Trigger, su jefe, los había mandado ahí como agentes encubiertos para confirmar la identidad de Sarbu, pero era muy obvio que ese sujeto fingiendo ser muggle era Sarbu…
Todo era muy extraño. Sólo por lo simple que parecían las cosas en apariencia, fue que Harry decidió darle una oportunidad, y mucho más tiempo y atención.
Hoy habría salido a investigar, pero estaba esperando a que llegara Ron, mordido y torturado por un "Doberman-come-basura". Lo que no esperó jamás fue la visita que se le presentó en la puerta de entrada, con una enorme maleta color ciruela, con broches plateados.
— Hola, Harry — el saludo era cauteloso, culpable. Era Hermione Granger.
Harry tuvo un sentimiento ambiguo: alegría por volver a ver a su amiga de la juventud, y un poco de fastidio de ver a la causante del sufrimiento de Ron.
Después, no pudo evitar reparar en la maleta. ¿Qué es lo que intentaba? ¿Mudarse con ellos? Y luego, en la sonrisa fatigada que lucía, orgullosa. ¿Es que estaba realizando una especie de persecución del amor?
— Hola — contestó Harry, con un poco de sorpresa.
— ¿Puedo pasar? — ella no esperó ninguna respuesta y se adentró al vestíbulo, arrastrando la maleta hasta la sala de estar, y subiéndola a uno de los sillones.
Harry se quedó callado unos segundos, luego sacudió la cabeza (y los malos pensamientos) y se decidió a ser más amable. Después de todo, ella era la alegría de Ron, ¿o no? Y a él, a Harry, ella no le había hecho nada.
El pelinegro le ofreció algo de beber, y ella pidió un simple vaso con agua. Mientras Harry iba a buscarlo, ella se dejó caer en el sofá, levantando volutas de polvo, y se quedó quieta como una figura de cera. Sus ojos viajaban de un rincón al otro, e iba apareciendo un mohín de desagrado en su boca. Cuando Harry volvió con el vaso, ella se limitó a beberse el agua, pero no dijo ninguna palabra más.
Habiendo terminado de apurar el agua, Hermione se levantó de un salto (sorprendiendo a Harry) con una actitud renovada y el semblante radiante, y finalmente pareció estar en el mundo físico, con Harry.
— Necesitan mucha ayuda, ¿o me equivoco? — evaluó. Pasó un dedo por la superficie de la mesita ratona que sostenía una lámpara sencilla y observó la mancha grisácea que quedó en su piel, como una costra suave.
— Honestamente, n…
— ¡Es por eso que estoy aquí! — Hermione le dedicó una sonrisa extraña. Harry la conocía bastante bien, y agregando la transparencia de la bruja, podía leerla como a un libro para niños, con letras grandes y dibujos. Era obvio que estaba ahí por Ron.
— Me halaga que hayas venido con todo tu equipo de limpieza, pero estás interfiriendo en una misión policíaca — le explicó Harry —, y si te quedas aquí, sólo echarás a perder todo lo que hemos avanzado.
— ¡No fastidies, Harry! — La actitud de la bruja era bastante llevadera y tranquilizadora — Siempre hemos sido un trío, ¿o no? ¿Y quién era la que resolvía los acertijos, eh?
Punto para ella.
— Quizás, si me das los datos que has conseguido, yo pueda llegar a una conclusión por ti — le ofreció ella, con una sonrisa maternal.
— No interfieras — le recomendó Harry.
— ¡Qué lindo eres cuando te enojas! — enfadó ella, levantando todo el brazo para revolverle el cabello. Harry la interceptó.
A Hermione le gustaba llevar los pantalones en sus relaciones, y le gustaba molestar a sus novios y tratarlos como a niños pequeños.
Lo pensó y se dio cuenta de que, si era sí, entonces había sido un capricho suyo el haber terminado con Ron, quien era muy adorable a su pesar, porque el pelirrojo no intentaba serlo, sino que trataba de ser todo lo contrario. Hermione pensó que no podía haber algo más irresistible que la actitud de un hombre hecho y derecho cuando se le molestaba por ser lindo. Aquella palabra, "lindo" era como el ácido para ellos.
Harry fue embargado por la impotencia mientras ella abría la maleta y comenzaba a sacar algunas cosas personales. Luego le echó una ojeada a la habitación que quedaba adyacente a la sala, y la eligió. Llevó su maleta para allá, mientras Harry pensaba en qué decir para ofrecerle, mejor, la habitación que quedaba arriba, al lado de la suya, o quizás, el ático. No quería que ella estuviera en la primera planta, con Ron, pero tampoco se pudo negar a ayudarle a desempacar cuando se lo pidió.
Perezosamente, Harry empezó a sacar bultos de ropa, y se dio cuenta de lo mucho que ella llevaba en la maleta, que estaba claramente encantada. Debía tener todas las cosas de su casa ahí.
Ella había estudiado Leyes Mágicas, y se puso a contarle a Harry, tan rápido que era difícil distinguir sus palabras, sobre un caso que acababa de terminar.
— ¿Y te acuerdas de Jesse O'Higgins?
— Sí, yo mismo lo arresté — dijo Harry, con cansancio —. Eso fue la semana pasada.
— ¡Pues es inocente! ¡Es inocente y ahora yo soy la que tengo que pagar los platos que rompiste! — lo acusó ella, aunque no parecía muy enojada. A decir verdad, así le pagaban más. Litigar era su vida.
Harry simplemente se hincó de hombros.
Hermione pareció concentrarse para contarle los detalles, cuando la puerta de la entrada se abrió con un estruendo, entró Ron como una exhalación y cerró igual de fuerte.
Ambos miraron hacia el hombre pelirrojo, y notaron que estaba sudoroso, un poco ruborizado y jadeante. Se notaba que llevaba horas corriendo.
A Harry se le escapó una risa, y Hermione le echó una mirada acusadora.
Después, ella se puso un poco nerviosa.
— ¿YA TE HABÍA DICHO QUE TE IBA A MATAR? — exclamó el pelirrojo, amedrentadoramente, mientras caminaba hacia donde vislumbró a Harry. Hermione, que había estado oculta a su vista, se puso aún más nerviosa, pensando que el pelirrojo aún le guardaba rencor por haber terminado la relación. Weasley se detuvo sobre sus talones y miró a la castaña por primera vez.
Se quedó petrificado, y hasta se le pasó el coraje por lo que Harry le había hecho hacer: molestar a un furioso Doberman, el cual NO comía basura muggle.
— Ho-hola, Ron — saludó ella. Él ni siquiera le pudo contestar.
— Quedé como un completo estúpido.
— Eres un completo estúpido — lo tranquilizó Harry, con una sonrisa.
— ¡Ah, ¿y ahora qué va a pasar?! — se lamentó Ron, sentado sobre el sillón que escogió por favorito, y tomándose la cara entre las manos. Harry estaba parado frente a él, y presumía de tener la situación bajo control. Hermione había salido a comprar "comida decente", por lo que ambos deberían estar muy agradecidos con ella. Ya que parecía dispuesta a pasar algunos días ahí, le advirtieron que no debería hacer ningún tipo de magia (algo que ella, por alguna razón desconocida, ya sabía). Sin embargo, Ron parecía extremadamente nervioso, como si se aproximara la hora de su muerte; una sombra de depresión inminente se cernía sobre él, mientras miraba por la ventana con sus ojos azules como una tormenta fría, y movía una pierna como si eso le ayudara a sus pensamientos a escapar.
— Mira… — Harry se dio media vuelta y también miró por la ventana, notando que parecía a punto de llover. Eran las ocho, así que la noche era joven — Yo quería ir a espiar a Sarbu, y apuesto a que sus negocios apenas comienzan, o quizás lo harán a la media noche. Tú conoces a esta gente… Les gusta actuar de noche.
— ¿Y eso qué? — murmuró Ron, con la cara enterrada entre sus manos.
— Que podrías hacer algo útil, mover tu trasero de ese sillón y acompañarme — exclamó Harry, con incredulidad — ¿Crees que viniste aquí a vacacionar?
— Pero, la cena… Hermione vendrá pronto… ¡Argh, no! ¡Ni siquiera quería encontrarme con ella! ¡Quiero desaparecer! — rectificó Ron, tirándose del cabello. Una idea revolucionaria pasó por su cabeza y lo hizo ponerse de pie — ¿Sabes qué? Tienes razón. ¡Vamos a trabajar!
— Así se habla.
— Eso me distraerá un poco… Apuesto que cuando regrese, sabré exactamente qué decirle a Hermione.
El cuerpo de Ron se movía con convicción hacia la puerta, pero Harry estaba seguro de que en sus ojos estaba la representación más pura de la duda. A pesar de que ambos salieron resueltamente, el pelinegro sabía que Weasley se la pasaría lamentándose en voz baja por todo el camino respecto a su reciente decisión. Así era él: eligiera lo que eligiera, siempre se arrepentía y pensaba: "¿y si, mejor, hubiera hecho aquello otro…?".
Harry negó con la cabeza, sonriendo.
Afuera, el aire tenía el clásico aroma que se anticipaba a la lluvia, y se disfrutaba el frescor de la noche. Los faroles de la calle la convertían en una pasarela negra, bordeada de feéricas esferas blancas. Había árboles muy viejos en ese lugar, altos y frondosos, lo que sumía al vecindario en más oscuridad. Las cosas normales tomaban un segundo aspecto a estas horas, y eran un deleite.
Cuando Harry y Ron subieron al sedán, un relámpago surcó el cielo y, un par de segundos después, escucharon el trueno.
— ¡Oh, no, qué miedo! Vamos a morir en el auto — se dijo Ron, con una expresión que nada tenía que ver con el miedo. Más bien, parecía interesado.
— No seas tonto: los neumáticos son aislantes, así que no nos puede caer ningún rayo — comentó Harry, con tranquilidad, mientras encendía el motor.
— Lo digo porque tú estás al volante, no por otra cosa.
Harry le dirigió una mirada divertida.
— Lo bueno es que estás resignado a tu suerte, Weasley — emprendieron la marcha, y Ron se dio cuenta, con indignación, que Harry era un experto conductor — Voy a apagar los faros.
— Como quieras — se resignó el pelirrojo, temiendo de nuevo por su seguridad.
Hermione llegaba en ese preciso instante, cargada con tres bolsas de papel a rebosar de ingredientes para hacer la cena. Cuando vio el auto, los hizo parar, y los riñó por no habérselo comentado y por carecer de caballerosidad, ya que había tenido que ir sola a comprar las cosas y las bolsas no estaban precisamente rellenas de plumas. Luego, les preguntó a dónde iban, y cuando se fueron, se quedó muy quieta.
Pensaba en Ron, pero también en Harry. La forma tan rara en que había decidido salir… Era como si se estuviera esforzando por alejarla del pelirrojo. Seguramente sí. Así eran los hombres, ¿o no? Todos se apoyaban entre sí.
Pues si Harry intentaba sabotear su próxima relación… Ella no sabría que hacer.
¡Hola, lector! :D
Gracias por haberle dado un poco de tu valioso tiempo a este capítulo, sigue leyendo!
Responderé reviews...
Liziprincsama: No te preocupes, tendrá un buen final, porque los dos ya están grandes (;
Ivettita: Así es, adivinaste :D Le daremos celos a Harry, a ver si explota o algo parecido...
