CUARTA PARTE


Era una de las noches más bonitas que Harry recordara.

La luna estaba casi llena; se reflejaba en el agua obscura e iba y venía, arriba y abajo, meciéndose al viento; el viento que despeinaba sus cabellos con gentileza y giraba las hojas de los árboles al ritmo de su danza silenciosa.

El cielo estaba extraño; parecía líquido, y era de un color púrpura oscuro con espirales, del color de las orquídeas, que se entremezclaban.

La frescura anticipaba una lluvia que no empezaba a caer; pero se escuchaba a la lejanía. Se escuchaba el dulce sonido melódico del agua contra el agua, kilómetros a la distancia del puerto.

A su lado estaba Ron. Su piel era tan blanca que lucía azulada y espectral; y el color de sus ojos, acentuado, tenía un ominoso encanto.

El golpeteo de las boyas recordaba a las campanas de poca resonancia, y provocaba un letargo invencible.

No había pasado mucho tiempo antes de que el pelirrojo diera un cabeceo humorístico y se golpeara la frente con el tablero del sedán plateado. Se produjo un ruido sordo que no ayudaba mucho a resguardar la dignidad del hombre en un momento así.

— Auh… ¿quién me pegó…? — se atrevió a preguntar el desdichado, llevándose una mano al sitio lastimado; en su voz estaba marcada la típica alarma del que es levantado repentinamente.

Harry miró a Ron con cara de pocos amigos. Luego desvió la mirada, negando con la cabeza, y siguió oteando el horizonte a través de la ventanilla del auto, diciéndole entre dientes:

— Estás echando a perder toda la misión.

— ¡No es cierto! — negó Ron, más bien en un tono de súplica que buscaba la aprobación. En este caso, la retractación.

— Ron — Harry se giró un poco en su asiento y le dirigió una mirada penetrante, de circunstancias — ¿Sabes por qué le ganamos a Voldemort?

— ¡Ahhh, ¿otra vez con eso?! — bufó Ron.

— Te estoy preguntando en serio, Ron — le advirtió Harry.

Ron resistió el deseo de poner los ojos en blanco.

Desde que había terminado la guerra y habían entrado al Departamento de Aurores, Harry siempre lo reprendía (lo motivaba, diría él) de la misma manera: "¿sabes por qué le ganamos a Voldemort?"

Las respuestas siempre variaban para comodidad de la situación: "porque no nos deteníamos a comprar donas cada vez que sentíamos hambre", o "porque íbamos al baño antes de salir a trabajar", o "porque no nos estorbaba una barba al momento de decir los encantamientos". En fin, siempre eran regaños para Ron, y el pelirrojo pensaba que Harry ya ni siquiera se esforzaba en hacerlos sonar coherentes, si es que alguna vez lo había intentado, claro.

—… Porque no nos quedábamos dormidos en medio de las peleas… — sugirió Ron, a regañadientes.

— ¡Exacto, porque no nos quedábamos dormidos, como tú ahora! — exclamó Harry, y mientras lo iba diciendo, le iba dando golpecitos en la frente con el dedo índice, como si eso sirviera para que se le quedara bien grabado al pelirrojo.

— ¡Ah, ay, oye…! — se quejó Ron, que acababa de ser iluminado y notó que lo trataban como a un puerquito. No tomó ninguna represalia porque, después de todo, el sujeto que lo molestaba era Harry Potter, el auror más brillante del Departamento, y no tenía ninguna oportunidad contra él. Suspiró, resignado, y se reacomodó en el asiento. — ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevamos esperando a que llegue algún barco? — preguntó, en medio de un bostezo.

— Son las tres de la mañana — informó Harry, con la vista fija en el puerto, a algunos metros de allí.

— ¡¿Tan tard…?!

— ¡No seas llorón! — lo reprimió Harry de inmediato, dándole un golpe en la nuca. Ron se volvió a enfurruñar en el asiento.

— Pues yo creo que ya no va a llegar ningún barco — aseguró Ron, inclinándose todo hacia delante y recargando los brazos y la cabeza en el tablero. De pronto, recordó que alguien lo esperaba en casa, y se quedó paralizado. ¿Debería presionar a Harry para que volvieran, donde estaba Hermione? Porque no es como si se muriera de ganas por verla, realmente.

Fue como Ron decidió resolver el problema de la misma manera en que siempre hacía: se quedó dormido. Su cabeza encontró paz en el asiento del auto, pero su cuerpo no estuvo de acuerdo, y comenzó a balancearse peligrosamente hacia un lado. Buscó el calor instintivamente, y en lugar de ir a dar a la puerta de salida, contra el frío cristal de la ventana, el hombre de la barba dejó caer sus finos y suaves cabellos sobre el hombro de Harry.

El pelinegro se tensó en cuanto sintió el contacto. El aire quedó atrapado en su garganta, y su mente trabajó tan rápido como era posible sin saturarse.

Después de un leve titubeo, hizo el ademán de querer alejarse de él, esperando que el movimiento despertara a su compañero. Sin embargo, el pelirrojo pareció acomodarse mejor en su hombro, con total naturalidad. Harry escuchó el suspiro largo y melodioso que precedía al sueño profundo, y él mismo tuvo que suspirar con resignación.

Después, tomó la decisión de que no haría nada. Se quedó quieto, con la mente en blanco, y dejó que pasara. Estaba oscuro, tenían sueño, y la cabeza de Ron no era incómoda.

Tenerlo a la mano tanto tiempo, y de pronto ser capaz de sentirlo respirar, sin consecuencia alguna…

Era el pequeño regalo que la noche le estaba dando.


Eran las ocho de la mañana cuando el sedán plateado se estacionó frente a la casa deteriorada de Sennen Cove, Cornualles. Hermione había pasado la noche esperando a los aurores, hasta muy entrada la madrugada. Finalmente, dormitó un rato pero se levantó temprano, esperando a que regresaran. Cuando ella estaba junto a ellos dos, no podía evitar comportarse un poco maternal, así que era justificable su enojo. Además, la intuición le decía que Harry trataba de sabotear la relación que quería recomenzar con el pelirrojo, y estaba muy a la defensiva.

Durante la noche, ella había llegado a una conclusión: no podría llevar a cabo su plan de reconquistar a Ron si seguía en casa de ellos, así que volvió a hacer su maleta y se preparó para buscar un sitio donde rentar un cuarto.

La puerta se abrió silenciosamente, y entró Harry a la casa, con su usual aspecto de enfado provocado por un desvelo acumulado o por una resaca magistral.

— ¿Y Ron? — le preguntó Hermione, como primer saludo matutino. Harry bostezó.

— En el auto — contestó, a regañadientes.

— ¡¿Por qué no lo despertaste?!

— A él le gustó así — se justificó Harry. Era mentira, por supuesto, peo le parecía adecuado dejar a su compañero ahí. Se lo ganaba por desobediente. El auror se rascó la cabeza, intentando despejar sus ideas, y le preguntó a Hermione con naturalidad: — ¿Y el desayuno? ¿Está listo?

— Me voy — terció ella, un poco molesta. Mostró que tenía preparada su maleta. Los ojos de Harry parecieron brillar ante el anuncio de su amiga (es lo que ella vio, quizás predispuesta, pero la hizo sentir muy molesta) —, porque tienes razón: no puedo entorpecer su investigación.

— No, quédate — dijo Harry, por puro compromiso, aunque su tono demostraba que realmente no le interesaba.

— No digas cosas de las que puedas arrepentirte — le advirtió ella, empezando a marcharse. Harry la observó caminar hasta la entrada de la casa, arrastrando la maleta con dificultad. El auror la ayudó, aunque ella evitó dirigirle la mirada, y mucho más, hablarle; tenía los labios apretados, convertidos en una fina línea pálida, y los ojos se le habían puesto brillosos.

— Oye… Es obvio que estás molesta — mencionó Harry, mirándola sin afectación.

Hermione lo miró con atención, esperando poder charlar en serio, pero la actitud de Harry la hizo enfadar mucho más, pues no parecía preocupado en lo más mínimo.

— ¡Cállate! — exclamó, por último, antes de irse definitivamente de ahí.


Ron estaba soñando cosas increíbles. Además, a pesar de estar soñando, su sueño era reparador y mágico… No querría despertar jamás (si, de hecho, supiera que estaba soñando). Por eso, además del método que utilizó Harry, fue que dio un salto enorme al ser despertado y se había golpeado con el techo del auto.

— Cálmate, Weasley, no es para tanto — dijo el pelinegro, fingiendo sorpresa.

— ¡¿Por qué me despiertas CON ESO?! — gimió, señalando al monstruo que tenía Harry en las manos.

— ¿Qué? ¿Te refieres a Bilius? Vamos, solamente te quería dar los buenos días — Harry se refirió a la tarántula que tenía entre las manos. Era la misma que había obtenido de la almohada de Ron, y que ahora era su mascota. La pequeña caminaba lentamente sobre la palma y el brazo del auror pelinegro, sin pena ni gloria.

— ¿Bi-Bi-Bilius? — Tartamudeó Ron, alejándose cuanto podía de la ventanilla, por donde se asomaban Harry y su araña horrorosa — ¿Bilius, como en "Ronald Bilius"? — exclamó histéricamente, blanco como la cera.

— Bilius es un nombre muy común, Weasley — le recordó Harry, mirando atentamente a su mascota. — Tú… Eres una persona muy ególatra.

— ¡No te hagas el tonto conmigo! — Jadeó Ron, y empezó a hacer el ademán de "vete" hacia Harry — Llévate a ese monstruo, que tengo que salir del auto… ¿Y por qué estoy en el auto? ¿Qué tal si me daba tortícolis? ¿No podías despertarme para irnos a la cama?

— Ron — Harry lo miró bajo una luz nueva (o eso pretendió hacer); se llevó una mano tras la nuca y la rascó, distraídamente, mientras desviaba la mirada a lo largo de la calle —, ¿de verdad querías irte a la cama conmigo…?

Harry tuvo éxito con el efecto buscado: la reacción de Ron fue inmediata. Se puso rojo como la luz de arriba de un semáforo. De hecho, también se tornó de ese color con la misma rapidez que un semáforo. Casi se podía sentir el calor que irradiaba.

— ¡C-C-CÁLLATE!

Harry se sentía muy satisfecho por ponerlo en ese estado. Quizás, algún día entendería que, mientras más viera la gente lo que lo molestaba, pues más lo iba a molestar; pero quizás no.

— ¿Por qué te pusiste rojo? — Harry se inclinó hacia delante, metiendo la cabeza y el tórax, mientras se sostenía con los brazos del marco de la ventanilla del coche. Ron se alejó más, pues vio que aún traía la araña en las manos. — ¿Sería tan malo…? — le preguntó, sin vergüenza alguna.

— ¿Pero… p-por qué dices esas cosas, Harry…? — murmuró Ron, tratando de recobrar la compostura, pero poniéndose aún más rojo y tenso.

Harry se alejó de él casi completamente, y lo miró con incredulidad.

— Porque sí — contestó, brillantemente.

Ron decidió que era demasiado. Recuperó sus pedacitos dispersados de dignidad y cordura, y se sintió invencible. Hasta un arrebato de valentía lo hizo tomar la manija de la puerta y tirar de ella, mientras le indicaba a su compañero que se apartara. Una vez que salió del auto, pensó que nada más podría salirle mal. Se alisó la ropa y se mesó la barba, reuniendo un aire formal que sólo podían cargarse los abogados; aquello, claro está, le hizo mucha gracia a Potter, pero permaneció impasible, con su tarántula en la palma de la mano.

— ¿Sabes? Hoy dormí muy bien — comentó el pelirrojo. Harry no entendía por qué le decía eso, pero había que ser respetuoso con los comentarios descabellados, hasta cierto punto —, por eso, te haré un favorcito.

— ¿Me harás un favorcito? ...Que sea lo que estoy pensando…

— ¿Qué dijiste?

— Nada, nada — Harry se hizo el loco mirando para otro lado. — ¿Cuál será aquel favorcito del que tanto hablas? Dilo ya.

— Pues que te dejaré salir a perseguir a Sarbu, mientras yo me quedo a hacer la comida — anunció el pelirrojo, quien por alguna razón, había sacado el pecho como si fuera algo heroico qué comentar. La verdad era que esperaba impresionar un poco a Hermione con sus dotes domésticas, sólo que aún no se enteraba que ella se había ido a un hotel antes de que él pudiera despertar.

— ¡Eso sí es un favor! — Le reconoció Harry — Pero hay algo aún más urgente que me agradaría que hicieras…

— Sólo dilo.

— Lava la ropa — le encomendó el auror, con una mirada misteriosamente divertida.


— ¿Qué es esto…? — Ron rodeó a la extraña caja de metal; lucía muy imponente, inmaculada y, sobre todo, peligrosa. Las casas de los muggles eran impresionantes: lucían viejas, a veces (como esta casa), pero estaban llenas de objetos que parecían sacados de la ciencia ficción. Ron entendía lo que era "ciencia ficción". Era la aproximación más cercana que podían hacer los muggles a la magia; y él lo sabía porque tenía muchas historietas de Martin Miggs, el muggle loco. Sin embargo, no entendía lo que era esta caja, a pesar de que tenía impresas unas instrucciones en la tapa. — Bueno, antes que nada, esto es una caja — evaluó —… Por lo que, sería lógico que yo…

Ron tomó la tapa con cuidado y abrió la enorme y pesada caja. Lo que había dentro lo sorprendió: era una especie de hélice alargada verticalmente. El pelirrojo releyó las instrucciones, y luego se atrevió a meter una mano y a tocar la hélice.

— Así que esta cosa gira… ¿Pero cómo es que la ropa queda limpia usando esta caja con una hélice? — Ron tenía fama de carecer de sentido común, algunas veces importantes. — A ver, aquí dice… "agregue agua hasta que la lavadora deje de sonar"… ¡Pero no está sonando! — De pronto, Ron recordó lo que Harry había hecho para que sirviera el "televisor" (una caja endemoniada que mostraba fotografías con escenas de larga duración y con sonido). — Ah, claro, claro… El "enfuche…"

Una vez que Ron logó conectar el enchufe a la electricidad y ponerle agua a la lavadora, metió toda la ropa que encontró y también todo el jabón de la bolsa. Se distrajo sólo algunos minutos yendo a la cocina y la lavadora comenzó a cubrir el primer piso de una primorosa espuma color rosa. Mientras tanto, Ron encontró una nota de Hermione, que le explicaba que no viviría ahí con ellos, pero le dejaba la dirección de su hotel por si necesitaban cualquier cosa. Además, había dejado un teléfono celular desechable (de esos que costaban sólo 25 euros) adjunto a la nota, para que la llamaran, de ser necesario. Experimentando un poco con el teléfono, Ron logró marcar el número de ella, que estaba guardado en el acceso rápido.

Ella aceptó ir de inmediato.

Ron se entusiasmó con la promesa y empezó a sacar cosas de la alacena para sorprenderla.

Eran puras latas, y sopa instantánea; café en polvo, azúcar, frutas y vegetales. ¿Cuán difícil podría ser abrir todas las latas y vaciarlas en un tazón? Es más, se sentía inspirado: lo vaciaría todo en un molde y lo metería al horno de microondas… Había visto a Harry usar el horno de microondas… No podía ser tan difícil. Inventaría un pastel de comida enlatada, y sabría tan bien como la lasaña.

Luego de vaciar todo en un molde para pastel, lo metió al microondas y lo encendió. Al escuchar que empezaba a dar vueltas, Ron se sintió la persona más hábil del mundo. Hasta Harry se sentiría orgulloso de él… (Pero, ¿qué estaba pensando? ¿Buscar la aprobación de Harry? ¿De ese maniático? Eso jamás)

De pronto, mientras tarareaba una canción del famoso grupo musical "Los Magos de Oriente", miró el piso…

— ¿Qué es esto…? — Preguntó, horrorizado, viendo una creciente nube color rosa — ¡Por qué…?!

¡Boom!, un fuerte estruendo lo hizo caer pecho tierra, tal como le enseñaron en la Academia de aurores, pero después de algunos segundos, se dio cuenta de que no lo estaba atacando ningún delincuente, sino que el horno de microondas había explotado. Su cara, al darse cuenta de esto, se puso lívida… Su boca quedó entreabierta en un estado de zombie y su mente se quedó atascada como un engranaje de reloj conociendo un puñado de arena.

Además, como tenía la boca abierta y estaba en el piso, la espuma color rosa se introdujo a su cavidad oral con facilidad.

— ¡Puaj…! Pero si esto es… Jabón… ¡La lavadora! — Ron corrió a resbalones (y una caída) hasta el cuarto de lavado. La endemoniada máquina se convulsionaba a un ritmo maléfico mientras soltaba espumarajos por la boca. El espíritu emprendedor de Ron cayó por los suelos — ¡Ya no aguanto más…!


— No puedo ser tan obvio — se dijo Harry, a sí mismo. Dorel Sarbu salía del restaurante de la otra vez, masticando sin pizca de elegancia un emparedado de roast beef. Estaban a plena luz del día, y el sedán plateado brillaba con todo su esplendor. Además, Harry estaba seguro de que Sarbu podría tener bien identificado ya su automóvil. Sí, seguramente así era. — ¡Niño!

Gareth Feather, un niño que se dirigía inocentemente a la escuela y que no hacía daño a nadie, fue detenido abruptamente del manubrio de su bicicleta por un hombre con aspecto de drogadicto. Gareth tragó saliva.

— ¿Qué quiere, señor…?

— Préstame tu bicicleta — demandó Harry, como si no fuera la gran cosa.

— ¡Ay, sí, claro…! — se atrevió a mostrar incredulidad el niño. Sabía que lo más aconsejable sería dársela e irse, porque el sujeto parecía peligroso, pero no podía evitar pelear un poco su medio de transporte.

— Aquí tienes cien libras.

— Maneje con cuidado, señor — lo despidió Gareth, empezando a caminar alegremente hasta la escuela.

Harry se dio cuenta de que, a veces, actuaba impulsivamente, porque realmente no sabía bien cómo montar una bicicleta… Pero no debía ser más complicado que subirse a un automóvil, todo era cuestión de equilibrio. Así que se montó en aquella bicicleta demasiado pequeña para él, y empezó a avanzar tambaleantemente. Sarbu iba a vuelta de rueda en su Mercedes.

De pronto, la calle que escogió el mafioso iba de bajada, y era un ángulo de 25°. Harry notó cómo no podía controlar la maldita bicicleta, y por un momento pensó que se estrellaría contra el árbol del parque que estaba al final de la bajadita, antes de doblar la calle. Sin embargo, aquello le dio más velocidad y pudo seguir con más eficiencia al mafioso una vez que él aumentó un poco la velocidad.

Harry era muy bueno ocultándose entre los autos, y además, llevaba un sombrero de periodista y una barba falsa de un disfraz de Santa Claus que le vendieron un par de horas atrás en una venta de jardín.

Finalmente, después de quince minutos de estar manejando, Sarbu se detuvo frente a una casa bastante regular como para descombinar con su automóvil tan ostentoso.

Harry anotó el nombre del vecindario, de la calle y el número de la casa.

— ¡Papá, llegaste! — exclamó una voz tras Harry. El auror se sorprendió y se puso rígido, pero de pronto una chiquilla como de cinco años pasó corriendo por su lado y abrazó a Dorel Sarbu. Harry se sintió tan pasmado que no podía pensar en nada. ¿Ese sujeto tenía familia…?

— ¡Hola, Aelia! — Saludó Sarbu, alzando a la niña — ¿De dónde vienes, eh?

—Estuve jugando en la casa de Mary — le explicó ella.

— ¿Mary? ¿Quién es Mary? — le preguntó su papá, con ganas de molestarla.

— ¡Ay, papi, siempre te digo… Que es la vecina! — contestó la niña, en un tono de circunstancias. El papá se rió y le alborotó el cabello.

— ¿Eh? ¿Santa Claus bajó de peso? — dijo otra voz.

Harry contuvo el aliento y se notó físicamente.

Un niño, casi idéntico a Aelia, pero con el cabello corto y la voz ronca, lo había agarrado de la manga larga de su camisa blanca.

— Razban, deja al anciano — le recomendó Sarbu.

— Ejem, ejem… — Harry no pudo decir ni "no se preocupe", y se dio media vuelta, huyendo calle arriba.

— Qué sujeto más raro… — se dijo Sarbu.

Harry pedaleaba a toda velocidad, aunque la bicicleta infantil no tenía cambios de velocidades y le estaba costando muchísimo trabajo ascender. Cuando finalmente el terreno se volvió plano, aceleró como un bólido.

"Maldición, no pude arrestarlo porque estaban sus hijos…", pensó el auror, y mientras más se enfadaba, aumentaba más la velocidad, "¿Pero qué me sucede? Eso jamás me detuvo… Es sólo que… Hoy no era el día indicado, eso es todo. Lo importante es que tengo anotada su dirección".


Cuando Hermione llegó a la casa de sus amigos de la juventud, (y antiguo amor), abrió con una tarjeta de crédito muggle, y al mover la puerta, una oleada de espuma le bañó los zapatos.

— Pero, ¿cómo es que pasó esto…? — se preguntó ella. Entró y cerró tras de sí. Mientras más avanzaba por la sala, más se daba cuenta del desastre. Olía a cable quemado, y la espuma llegaba a una altura de un metro en algunas partes de la casa. Se estaban formando muchas burbujas y revoloteaban y botaban por todo el lugar. Al echarle un vistazo a la cocina, distinguió un bulto de ropajes color café y cabellos color rojo encendido. — ¿Es Ron? ¡Ron!

Hermione se apresuró hacia él, y se dio cuenta que estaba desmayado. Le dio la vuelta y trató de incorporarlo sosteniéndole la cabeza con un brazo. Ron dijo algo incoherente entre sueños antes de entreabrir los ojos.

— ¿Ha…rry…? — preguntó, una vez que recuperó medianamente la consciencia. Sólo veía una mancha borrosa frente a él.

— ¿Cómo puedes confundirme con ese vago? — lo regañó Hermione, afectuosamente.

— ¡Hermione…! — Ron se puso de pie de un salto. Se mareó un poco por hacer eso y se sostuvo de la pared de la cocina, pero no desistió: — ¡No veas este desastre! ¡Se suponía que sería mi demostración especial!

Hermione lo miró atentamente durante algunos segundos, mientras sentía que su corazón se derretía con suavidad. Le sonrió de todo corazón, y se sintió regocijada cuando él le devolvió una sonrisa fresca.

— Vamos, te ayudaré a recoger todo — le ofreció Hermione, cariñosamente.


Harry llegó a casa cuando el sol se había metido. Esperaba una cena deliciosa de parte de Ron. No porque hubiera descubierto cómo prepararla, sino porque, tal vez, ya hubiera aprendido a hacerle un pedido a un restaurante o a pedir una pizza… Aunque Harry aún no le enseñaba cómo llamar a la pizzería. Y, además, si todo salía mal y no había cena, el auror había vislumbrado, en su camino a casa, un establecimiento llamado: "Blue Lagoon" desde donde se percibía el delicioso aroma de las papas y el pescado frito, y unas relajantes notas de saxofón… Podría llevar ahí a Ron, para comer algo decente.

Pero, para su sorpresa, al acercarse a la puerta de la casa, olfateó el olor de la comida casera; la deliciosa comida casera con ingredientes frescos y no enlatados. Podía sentir que el vapor escapaba por debajo de la puerta y lo atraía. ¿Sería un sueño?

— Ya llegué — anunció, perezosamente, en cuanto abrió la puerta.

— Buenas noches, Harry — contestó la persona a quien menos esperaba: Hermione Granger. Llevaba puesto un delantal blanco y sencillo, y le hablaba desde la cocina. A su lado, estaba Ron, sujetando una cuchara de madera manchada de algo color beige. — Llegaste justo a tiempo para la cena.

Harry sintió que tartamudeaba al tratar de preguntarle qué hacía ahí, así que, antes de si quiera formar una sílaba, se quedó callado.

— Hermione me enseñó a hacer un pastel, ¡no tenía idea de que era tan fácil! — le dijo Ron. Luego se volvió a llenar de orgullo — Debe ser que soy muy listo — alardeó, para Hermione.

— ¡Claro que sí! — le rió la gracia ella, dándole en el hombro, suavecito.

Harry los observó con cara de pocos amigos.

— Ya siéntense a la mesa — los invitó Hermione.

— No tengo hambre, gracias — contestó Harry, de mal talante. Hermione y Ron, inmediatamente, se sorprendieron por su actitud tan repentina.

— ¿Qué te pasa? — preguntó Hermione, a voz en cuello, y con una sonrisa.

— ¡Qué carácter, Harry, compórtate, estás frente a una hermosa señorita! — Ron utilizaba cualquier oportunidad para alabar a Hermione, quizás viéndose un poco forzado.

— No seas amargado, Harry, hicimos comida suficiente para los tres. No puedes quedar mal — Hermione lo tomó del hombro y comenzó a encaminarlo hasta el comedor, encontrando una casi nula resistencia de parte de Harry.

— Oye… ¿qué le pasó al horno de microondas? — preguntó el pelinegro, volviéndose hacia Ron.

— Eh, eh, eh… — tartamudeó el pelirrojo descaradamente.

— No te fijes en pequeñeces, mejor disfruta la cena y ya podrás revisar el inventario una vez que terminemos el postre — lo incitó Hermione.

— ¿El postre que hizo Ron? No, gracias, yo paso. Nunca me propuse morir por envenenamiento — confesó.

De pronto, sintió una enorme presión dolorosa en su pie, y se dio cuenta de que Ron estaba a su lado, pisoteándolo.

— No me hagas quedar mal — le ordenó el pelirrojo a su compañero aunque, en el trasfondo, era una súplica.

— No te haría quedar mal si tú no hicieras todo mal — razonó Harry, con una actitud demasiado divertida para ser tan ó a prepararse para la dura prueba que se avecinaba: sobrevivir al postre de Ron...