Muchas gracias a tod s por las rewies, ponerlos en favoritos y en alertas. Aquí está el siguiente. No tardaré en poner el siguiente, ya lo tengo más o menos hilado.
Por cierto, se me había olvidado: Nada de esto me pertenece, simplemente, me entretengo en pensar qué podía haber pasado y lo escribo.
Y otra cosa, la historia no la sitúo en ningún año en especial. Voldemort sigue vivito y coleando igual que Dumbledore, y Snape sigue siendo estando en los dos bandos.
Ahora, a leer!
Cap. 5 Mirando las musarañas
Y sí, al día siguiente, obviamente, todos los comentarios hirientes que el profesor de pociones hizo durante la clase, fueron a parar a la chica, pero ella no estaba dispuesta a dejarse intimidar, así que le mantenía la mirada fija en los ojos negros. Y le hubiera contestado de buena gana de no ser porque estaban delante de toda la clase y aquello podría conllevar la pérdida inmediata de todos los puntos de su casa.
Cuando hubo terminado la clase, y se preparaban para marcharse, la voz del profesor resonó entre el jaleo de sillas moviéndose.
- Ah, señorita Granger, se me olvidaba decirle, está usted castigada. La veré después de la cena en mi despacho.
La chica le dirigió una mirada cargada de odio que no pasó desapercibida a Snape.
Para que aprenda la Gryffindor ésta quién es Severus Snape. A ver qué le puedo hacer…
Había pasado el día muy rápido para fastidio de Hermione y cuando se dio cuenta, ya estaba delante de la puerta del despacho del profesor.
Bien, chica, a afrontar esto. Tú te lo has buscado…
¿Yo? Es el capullo este que se cree el rey…
Sí, pero bien que le defiendes delante de tus amigos…
Vale, sí. Pero una cosa no quita la otra.
¡Venga, vamos al ruedo!
Tocó suavemente la puerta, esperando que no respondiera nadie, pero no tuvo esa suerte. Cuando escuchó el llamado del profesor, entró decidida. Le vio allí sentado, en su escritorio revisando un montón de pergaminos.
- Buenas noches, profesor Snape. – Vale, educación ante todo.
- Señorita Granger, puede sentarse. – La chica tomó asiento delante del escritorio.
Pasaron unos minutos sin que ninguno dijera nada, y Hermione ya se estaba cansando de esperar a saber qué tenía que hacer en el castigo.
- Me puede decir, señor, ¿qué debo hacer en mi castigo?
- Vaya, siempre queriendo hacer algo. Este será su castigo. Perderá el tiempo mirando las musarañas.
Snape sabía que aquello era lo que más podía molestar a la castaña. Perder el tiempo sin nada que hacer. Para ella, eso sería peor que limpiar calderos o destripar ranas. La chica se quedó con la boca abierta y las cejas levantadas al más puro estilo Snape.
¡Venga ya! ¿Qué me está contando? ¿Voy a estar aquí tontamente mirando este despacho mientras que mañana tengo que entregar un montón de trabajos? ¡Arrgggg! ¡Y que llegara a pensar que me gustaba este hombre!
El hombre se fijó en que había dado donde más le dolía. Sabía que seguramente tendría muchos pergaminos que escribir, y aquel castigo iba a quitarle todo el tiempo necesario.
Rápidamente, la chica cambió la expresión por una de cabreo máximo y se cruzó de brazos y piernas, pero no pasó demasiado tiempo cuando ya se había cansado de esa posición y volvió a cruzar las piernas, lo que le recordó a una película.
Suspiró y miró a la estantería llena de libros. Snape casi soltó una risita por la actitud de su alumna.
- ¿Qué pasa, señorita Granger? ¿No sabe estar sin hacer nada?
- No profesor. – Le dijo de manera seria.
- Lo lamento por usted. ¡Ah, no! Que no tengo sentimientos. Entonces no lo lamento. – Y siguió corrigiendo pergaminos.
Hermione no supo si resoplar o qué hacer. Así que, volvió su vista a los libros. Por lo menos, se entretendría en leer los títulos. Mientras, el profesor se fijó en la alumna con disimulo. Ciertamente, ya no era una niña. Había crecido, y el resultado había sido realmente bueno.
Ahora que me fijo, es guapa. Y debajo de ese suéter holgado, es toda una mujer ya.
Severus… ¿en qué estas pensando?
¡En nada!
Ya… que si es guapa, que si es una mujer, que si es lista e inteligente, que si te gusta su carácter…
¡Yo no he dicho nada de eso!
Soy tu subconsciente, no hace falta que lo digas, ¿recuerdas?
Severus rodó los ojos por sus propios pensamientos y volvió su atención a dónde miraba Hermione.
- ¿Interesada en los libros? ¡Qué pregunta más tonta! Pues claro que sí, es usted la insufrible sabelotodo.
- Es por hacer algo, profesor. – le contestó con una mirada asesina. – Que usted acostumbre a no hacer nada con su vida, no significa que todos los demás hagamos lo mismo.
- ¿Quién le dice a usted que no hago nada? Ahora mismo, estoy haciéndole pasar un rato agradable con su querido profesor de pociones. – Dejó de lado los pergaminos y se inclinó en el escritorio.
- Viéndolo así, me agrada saber que usted está sufriendo mi presencia. – Le contestó con una sonrisa.
- Debería haber contestado: No profesor, me encanta estar aquí sin hacer nada.
- Ah, resulta que controla ambas partes de la conversación. ¿Qué debería decir ahora, entonces, profesor?
- Usted y su manía de querer saberlo todo. De momento, no diga nada. Siga con su…castigo.
Y cada uno volvió a lo suyo, uno a corregir ensayos y la otra a mirar el despacho.
Bueno, me he pasado. Sí que hace algo con su vida aparte de joderme la mía. Joe, que es un espía de la orden! Gracias a él sabemos muchas más cosas.
Sí, es bastante valiente e inteligente, no cualquiera podría llevar a cabo su misión sin llamar la atención del Hitler mago.
Y si le sumamos lo guapo que es…
¿Tendrá novia?
¡Noooo!
¿Qué ha sido eso? ¿Toque de celos, Hermione?
¡Oh, cállate!
En esas cavilaciones que se entretuvo la chica durante su castigo especial. Menos mal que llegó la hora en que se acabó. Estaba deseando salir de allí.
- La espero mañana a la misma hora. – susurró Snape para que la chica lo oyera.
- ¿Otra vez?- Hermione no pudo aguantar preguntarlo.
- Sí, señorita Granger. A ver si aprende a no sobrepasarse con un profesor.
-¿Por qué? ¿Por decirle la verdad? Por eso me castiga, ¿no? – Se volvió a encarar a él. Ya le daba igual que le castigara de por vida.
- ¡Cállese, Granger! – El hombre se levantó y se acercó a la alumna quedando a un palmo de distancia.
-¿Por qué, eh, profesor? La verdad duele, es lo que hay. – Su mirada irradiaba odio.
- No me provoque, Granger… - susurró el Slytherin - … y márchese.
Mandándole una mirada de desprecio y algo más que el profesor no supo descifrar, se giró para largarse de aquel despacho antes de que se le fuera de las manos. Porque si hubiera seguido allí lo único que hubiera hecho habría sido besar aquellos finos labios de su profesor. No sabía qué le pasaba, pero esa sensación de encararse a él, las contestaciones que le daba y en sí, todo él, le perdía.
¿Qué coño me pasa? ¿Me pone verde, se mete conmigo y me castiga de nuevo y lo que yo pienso es en lanzarme a su boca? Estoy enferma.
Eso tiene un nombre, Hermione…
¿Cómo?
Atracción
Para qué me pregunto…
Severus no sabía qué pasaba por su cabeza, si enfado por la insolencia de su alumna o fascinación por esa misma insolencia. Le empezaba a gustar sacarle de quicio. Esa forma de ponerse a su altura de puntillas, como le miraba con esos ojos marrones…
¡Vaya con la Gryffindor!
Está claro que no es una niña ya… es una mujer, ¡y qué mujer!
Aunque es su mirada había algo que no sé… a parte de querer pegarme, había algo.
Bueno, mañana me divierto de nuevo con ella.
Qué bien suena eso de divertirse con ella…
¡Para, mente sucia!
Pensando en qué le haría mañana a la castaña, se fue a la cama después de un vaso de whisky bien cargado y una ducha fría.
Continuará...
