¡Damas y Caballeros! ¡Nathaly lo ha logrado! ¡Tres capítulos en tres días! (los voy a malacostumbrar xD)

Bueno, pues ni yo me lo creo. Logré acabar el capítulo. ¡Y me salió más largo de lo que usualmente me sale!

Otra cosa, ¿podrán creer que la ilusa de mí, en un principio tenía planeado que hasta aquí llegara el primer capítulo de la historia?

De verdad, ilusa de mí. Este fic resultó ser más largo de lo planeado. Pero algo me dice que eso a ustedes no les molesta. :D

Pues sin más, he aquí el capítulo. (Algo me dice que si les gustaron los capítulos anteriores, éste… éste, les va a encantar… especialemnete el final. Bueno, ya. Mejor dejo de molestar y los dejo leer)


Capítulo 3:

La puerta del garaje conducía a un pasillo corto que daba a la cocina. Tenía las paredes de color amarillo y una ventana frente al fregadero bastante grande. De no ser por la tormenta, seguramente entraría bastante luz.

Hiccup dejó las llaves en la barra y luego encendió el foco.

– Iré por una toalla – dijo, y desapareció por la otra puerta que daba a la casa, dejando un rastro de agua a su paso.

Astrid dejó a Stormfly en el respaldo de una silla, pues la estaba mojando. La cotorra comenzó a sacudirse mientras esponjaba las plumas, luego se puso a acicalarse mientras se secaba.

Astrid se quedó plantada en medio de la cocina, haciendo un charco de agua en el suelo. Se dio cuenta que era enorme. La barra separaba la cocina en dos. De un lado estaba la estufa, el lava vajillas, el fregadero, el microondas, un refrigerador gigantesco, las alacenas e incluso unas puertas de madera que tenían toda la apariencia de ser un closet para guardar más comida. (¿Cuántas personas vivirían en su casa?) Del otro lado había una mesa cuadrada de aspecto rústico para cuatro personas y unas puertas corredizas de cristal que daban a un patio muy grande. Desde dentro Astrid podía ver una palapa y un asador para hacer barbacue.

Hiccup apareció trastabillando nuevamente en la cocina. Se había quitado el sweater mojado y los tenis dejando ver unos calcetines grises. Traía una toalla mojada colgando del cuello. Le ofreció otra a Astrid.

– Gracias. – dijo. Era lo suficientemente grande como para envolverla entera, así que la extendió y se la echó encima. Estaba comenzando a darle frío.

– Ven, si quieres puedes secarte en el baño.

– Bien. – Astrid le ofreció su brazo a Stormfly y ésta se subió reticentemente, no queriendo mojarse otra vez.

Hiccup recordó al ave y le dijo que le llevaría otra toalla para secarla en un momento, después la condujo por el pasillo por el que había venido. Astrid se sintió mal por mojar la alfombra, pero lo siguió de todos modos.

– Es aquí. En seguida te traigo… - se interrumpió al ver la puerta del baño entreabierta. Cerró los ojos como si estuviera contando hasta diez y luego la abrió lo suficiente para asomar la cabeza. – Ay, Toothless… – lo escuchó suspirar. Después cerró la puerta sin dejarla ver dentro. – Ven, sígueme.

La condujo escaleras arriba, por otro pasillo y luego abrió una puerta de madera barnizada.

– Disculpa el desorden. – murmuró. Era su habitación.

Era grande, con las paredes verdes y realmente no estaba desordenada, a excepción del escritorio que tenía en un rincón. Estaba lleno de papeles y lo que Astrid pensó que eran planos.

En medio de la cama tamaño matrimonial estaba durmiendo hecho bolita un gato negro. Al escuchar la puerta abrirse levantó la vista y se estiró perezosamente. Maulló. Entonces notó a Astrid. Luego notó a Stormfly.

Se quedó muy quieto y sus grandes ojos verdes vieron a las intrusas con las pupilas contraídas.

– Uh… - comenzó Astrid - ¿no va a hacerle nada, verdad? – preguntó mientras daba un paso atrás, alejando el brazo en el que aún cargaba al ave. Desvió la vista hacia Stormfly y se dio cuenta de que ella también miraba al gato con la cabeza ladeada para enfocarlo mejor.

– No – dijo Hiccup. Parecía bastante seguro de ello. – Ni siquiera persigue las aves que llegan a tomar de su plato en el jardín.

Astrid aún tenía sus dudas. Ninguno dejaba de verse. Pero si Hiccup tenía razón entonces temía por el gato, pues Stormfly podía llegar a ser muy agresiva. Entonces Toothless dilató sus pupilas, maulló otra vez y Stormfly chirrió.

Lo siguiente pasó muy rápido. Toothless saltó de la cama, Stormfly del brazo de Astrid y dos segundos más tarde sus dueños gritaron un "¡no!" mientras se precipitaban a separarlos, sólo para detenerse en seco.

Ante la atónita mirada de sus humanos, ambos animales se pusieron a jugar amistosamente. Toothless le daría una palmadita con la pata a la cotorra en la cabeza y luego saltaría lejos para que Stormfly lo persiguiera con su carrera tambaleante de perico, dejando escapar sus "ja, ja, ja" y sus gorjeos.

– Están… jugando. – dijo Hiccup.

Astrid no le quitaba la vista de encima a su mascota y Hiccup pudo ver en su cara que estaba entre emocionada y conmovida.

– Nunca antes había jugado con otro animal. – dijo – Suele ser tan agresiva, pero ahora está jugando. No sabe volar muy bien, y no lo hace muy alto. Sólo aletea uno o dos metros y se cansa. Nunca le enseñé, ¿cómo iba a hacerlo? Yo no soy un ave. – Astrid murmuraba más para sí misma que para Hiccup. Dejó escapar una risita y luego lo miró. – Están jugando. – repitió. Parecía llena de dicha.

Hiccup sonrió, conmovido a su manera de la felicidad que Astrid mostraba al ver feliz a su mascota. Pero el momento no duró mucho, porque Astrid estornudó. Una, dos, tres veces. Hiccup arqueó una ceja y torció una sonrisa.

– ¿Salud?

Todo rastro de alegría se había ido de su voz cuando levantó la vista y le dirigió una mirada asesina.

– Si le dices a alguien que estornudo como gatito, te romperé todos los huesos de las manos.

Hiccup levanto las manos en un gesto de rendición y trató de reprimir la persistente sonrisa.

– Nunca se me ocurriría, Astrid.

Ella volvió a estornudar y Hiccup se giró para que ella no lo viera reírse en silencio. Por alguna razón lo encontraba muy gracioso.

– Esa de allá es la puerta del baño.

Se acercó a una cómoda que estaba pegada a la pared y sacó dos camisetas. Luego abrió otro cajón y sacó unos pantalones de tela para hacer ejercicio. Le entregó una de las camisetas y el pantalón.

– Toma, no deberías quedarte con la ropa mojada.

Astrid le agradeció de nuevo y él salió de la habitación diciendo que estaría abajo. Ella se metió al baño dejando la puerta abierta para supervisar a los animales que seguían divirtiéndose con su juego de "las traes".

El baño era amplio y tenía una regadera separada de un jacuzzi. Además había una puerta cerrada que daba al armario dónde seguramente Hiccup tenía toda su ropa. El lavabo era doble y había muchas agarraderas de acero inoxidable por todo el cuarto, al igual que una silla del mismo material en la regadera.

Astrid se desvistió rápidamente sintiendo la piel fría. Abrió la puerta corrediza de la regadera y dejó caer dentro la ropa que sonó con un "chomp" al chocar con el piso. Se secó el cabello después de deshacerse la trenza y miró por encima de su hombro para ver al gato y al loro. Seguían jugando sin incidentes. Bien.

Decidió que conservaría las pantaletas que gracias al cielo no estaban tan mojadas, pero que el sujetador tendría que irse. Por suerte la camiseta de Hiccup le venía holgada.

Al pasarse la prenda por la cabeza le llegó el olor del detergente de ropa mezclado con otro aroma más sutil. Tuvo que reprimir el impulso de tomar la camiseta y acercársela a la nariz. (¿Qué tan raro habría sido eso?) Sacudió la cabeza para despejar el pensamiento y exprimió la ropa a la altura del desagüe.

Mientras tanto Hiccup estaba en la cocina realizando tareas como un autómata. – Encender la estufa, calentar leche, sacar tazas. – ya había limpiado el agua que habían escurrido al entrar y el desastre que había hecho el gato en el baño de abajo. Su papá no entendía que tenía que dejar la puerta cerrada, o de lo contrario Toothless entraría y se pondría a jugar con el papel higiénico.

Hiccup también se había cambiado de ropa. Se había puesto la camiseta que tomó de su habitación y unos jeans deslavados que usaba para andar en la casa que sacó de la secadora, donde posteriormente echó la ropa mojada que se había quitado.

Se había prometido que dejaría de asombrarse por cada pequeña cosa que hiciera Astrid, pero es que vamos, todo estaba pasando muy rápido. Es decir, justo ahora Astrid Hofferson estaba cambiándose de ropa en su habitación. Se estaba poniendo su ropa.

Y Toothless y Stormfly se llevaban muy bien. Tal vez incluso podría volver a verse con Astrid otro día con la excusa de sus mascotas. Suspiró. Que lo perdonara Toothless, por pensar en él tan convenencieramente. Bueno, ¿a él le agradaba la cotorra, no? Mejor que le agradeciera por conseguirle una compañera de juegos.

– ¿Dónde pongo esto? – preguntó la voz de Astrid sacándolo de su diálogo interno. Estaba en la entrada de la cocina con la ropa mojada en una mano, Stormfly en el hombro y Toothless paseándosele entre las piernas.

Ahora bien, Hiccup había escuchado varias veces a varones de su edad discutir acerca de que había algo realmente atractivo en una chica usando ropa masculina, específicamente la ropa de dicho varón. A Hiccup siempre le había parecido que la idea tenía poco fundamento. Es decir, una chica tenía la misma cara se pusiera lo que se pusiera, y no habría razón para que incrementara su atractivo el hecho de usar un par de prendas holgadas.

Qué estúpido había sido.

Ahí estaba ella, con el pantalón deportivo arrastrándole en los talones y descubriéndole los dedos. Se notaba que le quedaba grande de la cadera, y no podía ajustarlo porque no tenía cordón, sólo elástico. La camiseta le llegaba a la altura del muslo y aunque no se le caía de los hombros sí dejaba ver parte de su clavícula. Traía la trenza deshecha y cabello ligeramente enredado. Su piel estaba pálida debido a la temperatura del agua, lo que resaltaba aún más sus mejillas encendidas.

– Eh… eh… – Hiccup trató de recuperar la capacidad de hablar. Cerró los ojos y repasó mentalmente lo que ella le había preguntado.

¿Qué le había preguntado?

Ah, sí. Que qué hacía con la ropa.

– Dámela, la echaré a la secadora.

Astrid se la entregó con algo de vergüenza, esperando que no viera el sujetador. Además de eso estaba la falda, las medias oscuras, la camiseta y la sudadera ligera que había estado usando. Hiccup por fin echó a andar la máquina y dejó las botas de piso de Astrid en la lavandería para que se secaran también.

- Hice chocolate caliente – informó extendiéndole una taza grande. Astrid la tomó con ambas manos y sintió el calor extenderse por sus dedos. Soltó un suspiro satisfecho cundo le dio un trago pequeño para evitar quemarse. Hiccup la vio estremecerse.

– ¿Tienes frío?

– Estoy bien, en seguida entraré en calor. – dijo ella sentándose en una de las sillas que había en la barra del otro lado en el que se encontraba él.

Hiccup puso un plato con galletas en el centro de la barra y estaba a punto de sentarse también cuando Toothless maulló sentado frente a su plato de comida demandando la atención de su dueño.

– Ya voy, ya voy. – dijo el chico mientras se dirigía a la alacena grande y sacaba una lata de comida para gatos. Astrid sonrió. Después de unos minutos Toothless comía con apetito de su plato y Hiccup pudo sentarse finalmente.

Stormfly, que estaba en el respaldo de la silla de Astrid, se inclinó, tomó con el pico un mechón de cabello rubio y le dio unos ligeros jaloncitos. Astrid tomó una galleta y la partió a la mitad. Se la pasó por arriba del hombro sin mirarla, la cotorra la tomó y se puso a comer.

Cada uno se comunicaba con su mascota a su manera.

– ¿Desde cuándo la tienes? – preguntó Hiccup con curiosidad. Se había quedado con la duda desde que la escuchó balbucear para sí misma cuando sus mascotas se conocieron.

– Desde los cinco años, más o menos. Mi papá se la quitó a un contrabandista de animales exóticos. Pero estaba muy chiquita y no había refugios para aves. – comentó con una mueca. Hiccup sonrió mientas se llevaba la taza a los labios – Debía de tener apenas unos quince días de haber salido del huevo.

Astrid sonrió al recordarlo.

– No tenía plumas y sus párpados estaban morados y siempre cerrados. El pico estaba blandito. – Le dio un trago a la taza mientas recordaba mirando a la mesa. – La tenía en una caja de zapatos y le daba de comer con una jeringa. Sin aguja, por supuesto.

Por fin, Astrid levantó la vista y le sonrió. Stormfly parecía que sabía que hablaban de ella porque usando a Astrid de puente se subió a la barra y gorjeó quedamente como si ella también quisiera platicar su parte de la historia. Al final, sólo tomo otra galleta y se puso a comer.

– Sólo tenía cinco años y no sabía todo lo que conllevaría cuando le dije a mi papá "sí" cuando me preguntó que si quería conservarla. Aún así no me arrepiento. – dijo Astrid mientras le acariciaba con un dedo la cabecita. Stormfly no soltó la galleta cuando ronroneó.

Ambos se rieron.

– ¿Qué hay de Toothless? – preguntó entonces Astrid.

El gato saltó a la barra como si lo hubieran llamado. Se sentó en una orilla y comenzó a limpiarse los bigotes lamiéndose una pata y pasándosela por la cara después de comer.

– Lo encontré hace unos cuatro años. – dijo Hiccup deslizándole una mano por el pelaje – En un callejón. – suspiró y regresó la mano a la taza. – También estaba herido, alguien lo había atado de la cola a un poste porque probablemente pensó que era muy divertido. – Hiccup apretó los puños y Astrid sintió también la sangre calentársele al pensar en la crueldad e ignorancia de algunas personas. – Era un cachorro y estaba en los huesos. Así que lo traje a casa. Mi papá no puso muchas objeciones, aún y cuando tuvimos que pagar varias cuentas en el hospital veterinario.

Astrid notó entonces que la cola de Toothless era un poco más corta de lo que cabría esperar.

– Perdió un pedazo de la cola. Pero no le afectó mucho. ¿Verdad, amigo? – le preguntó Hiccup mientras lo acariciaba otra vez. Toothless dejó de acicalarse y maulló.

Astrid estiró una mano en su dirección.

– ¿Puedo?

– Toothless, ella es Astrid. Es una amiga, pórtate bien.

Toothless maulló otra vez, luego se acercó a olfatear la mano de Astrid, y en pocos segundos ya la estaba lamiendo. Astrid se rió y luego lo acarició.

– Le agradas.

– Bueno, era justo. Tú le agradas a mi cotorra. – arrugó la nariz. – Y debo admitir que eso me pone un poco celosa.

Hiccup se rió.

– En mi defensa debo decir que no hice nada para agradarle.

– Precisamente por eso. – respondió Astrid desviando la atención del gato para mirar a Hiccup y dirigirle una mueca, pero sus ojos sonreían.

– Si te hace sentir mejor, a Toothless tampoco le agradan los extraños. Te aceptó de inmediato, así que estamos parejos.

– ¿Sí, Toothless? ¿Te agrado?

Como toda respuesta el gato la miró fijamente y luego parpadeó con lentitud.

– Gato sin vergüenza – comentó Hiccup.

– ¿Por qué? ¿Qué hizo?

Hiccup sonrió tímidamente mientras lo explicaba.

– En algún lado leí que cuando un gato te mira y parpadea lentamente, aún desde el otro lado de la habitación… bueno, es algo así como el equivalente a un beso.

Astrid arqueó las cejas sorprendida.

– ¿Me estás diciendo que tu gato está coqueteando conmigo? – preguntó fingiendo sentirse ofendida.

– A mí ni me mires. Yo no se lo enseñé.

Astrid se rió y luego se inclinó para besarle la peluda cabeza.

"Aparentemente, él debería enseñarme a mí" pensó Hiccup.

– Listo. Ahora estamos a mano.

Stormfly estaba cabeceando en el respaldo de la silla y Toothless saltó para acostarse debajo de la misma silla en la que estaba su nueva amiga. Después de dar unas cuantas vueltas en el piso, también se dispuso a dormir.

– Se llevan muy bien.

Astrid asintió, después bostezo y Hiccup se contagió. Miró por la ventana, no parecía que la lluvia fuera a acabar – o a amainar siquiera – pronto. ¿Qué tan escalofriante se escucharía preguntarle a una chica con la que apenas acabas de empezar a tratar hoy si quería pasar la noche en tu casa?

Astrid se llevó las manos por instinto al pantalón para buscar su celular y ver la hora cuando recordó que para empezar no traía ni siquiera su ropa y para terminar había dejado el aparato en la mesa del comedor de su casa.

¡Su casa! ¡Sus padres! ¡Iban a matarla!

Hiccup vio su cara de susto.

– ¿Qué pas…?

– ¡Tu teléfono! ¡Mis padres! ¿Puedo usar tu teléfono?

– Sí, sí. Claro, ahí está. – dijo Hiccup señalando al lado del microondas. Empotrado en la pared había un teléfono alámbrico.

Astrid se paró de un salto, descolgó el teléfono y marcó. Esperó unos angustiosos segundos en los que el teléfono timbró dos veces y luego la preocupada voz de su madre contestó con un desesperado "¿¡Astrid?!"

Astrid trató de calmarla diciéndole que estaba bien y que Stormfly estaba con ella cuando su mamá comenzó a despotricar cosas como "Llegamos a casa y no sabíamos dónde estabas, estaban tus cosas pero tú no, la jaula estaba vacía" bla, bla.

– Tranquilízate, mamá. Estoy en casa de un amigo.

Envidió con toda su alma el idioma inglés porque con él, bien pudo haber dicho "friend" sin delatar el genero masculino de la persona.

– ¿De quién?

– Uh… Hiccup Haddock – murmuró, para agregar rápidamente – pero estoy bien. Mira, no puedo regresar ahora a casa porque sigue lloviendo pero tan pronto amaine la tormenta volveré, ¿si? Te llamo luego – y colgó.

"Estoy en problemas, en muchos problemas" pensó Astrid. Sabía que si le hubiera dado la oportunidad, su madre hubiera querido saber todo de Hiccup y de sus padres. Debió darle al menos un número de teléfono y la dirección de dónde se encontraba, pero no podía arriesgarse al interrogatorio. Al menos no en frente de Hiccup. Cuando se giró para verlo, él miraba distraídamente en otra dirección mientras se terminaba su chocolate.

Encendió con el control remoto la televisión que se encontraba frente a la mesa de cuatro plazas al otro lado de la cocina y puso las noticias. Eran pasadas las diez de la noche y las calles estaban inundadas. La mujer que hablaba en el programa informaba que nadie debía salir de casa hasta que no dejara de llover.

Astrid suspiró. No iba a poder alargar por siempre la conversación con su madre. Bueno, ya tendría tiempo para pensar qué le iba a decir. Tendría toda la noche, según parece.

– Se está haciendo tarde, tal vez quieras dormir. – sugirió Hiccup cuando ella volvió a bostezar.

– Disculpa.

Hiccup negó con la cabeza.

– Todo indica que tendrás que pasar la noche aquí.

Astrid asintió.

– Al menos déjame esperar a tus padres y explicarles. ¿A qué hora llegan?

Hiccup se rió nerviosamente.

– Mi mamá no llegará a casa sino hasta dentro de dos meses. Es bióloga y ahora está de excursión en las Islas Galápagos.

– Oh. – dijo Astrid sorprendida. – Bueno ¿y tu papá?

Hiccup se rascó la parte de atrás del cuello.

– Eh, sí. Mi papá. Bueno, ya sabes que él es el alcalde, ¿no?

– Sí, claro. – todos en la escuela sabían que el padre de Hiccup era el alcalde – ¿Llega muy tarde a casa?

– No siempre, pero verás… está de viaje… y no llega hasta la próxima semana.

Hubo un silencio en el que sólo falto el canto de un grillo.

– Oh.

Se miraron por unos segundos, después ambos desviaron la vista al mismo tiempo. Hiccup rezó porque Astrid no pensara lo peor de él y saliera corriendo de la casa con o sin tormenta.

– Bueno, entonces… no será necesario que los esperemos despiertos, ¿verdad? – Astrid esbozó una tímida sonrisa tratando de aligerar el ambiente.

– No. – Hiccup suspiró internamente, agradecido por su reacción despreocupada. – Te dejaré mi habitación. Yo dormiré en la de mis padres.

Astrid le dirigió una mirada a Stormfly y como vio que ya estaba dormida, decidieron dejarla ahí para no despertarla. Astrid sabía que gritaría si es que llegaba a hacerlo y no la veía.

Entraron de nuevo a la habitación de Hiccup y él se metió al baño para sacar su pijama. Se despidió de Astrid en la puerta.

– Mi habitación es tu habitación. Siéntete como en tu casa y si necesitas algo me avisas.

– Gracias. – por un momento, Astrid tuvo el impulso de pararse de puntitas y besar su mejilla, pero se contuvo al último momento. Hiccup no pareció darse cuenta de su desliz, y tras una última sonrisa desapareció cerrando la puerta al salir.

Astrid entró al baño para lavarse la cara y enjuagarse los dientes, cuando notó que Hiccup había dejado un cepillo de dientes nuevo en el lavabo. Tragó saliva y casi se arrepintió de no haberlo besado.

"¡Lo acabas de conocer, Astrid. Por el amor de Dios!" Se recriminó.

Apagó la luz del baño al salir y se metió a la cama perdiéndose entre las mantas. Suspiró satisfecha. Entonces se congeló. "Nadie me está mirando" se recordó mientras se giraba para quedar bocabajo. Sintió las mejillas arder cuando aspiró lo más silenciosamente que pudo. Ahí estaba, el sutil olor de la camiseta, pero más concentrado. Era el olor de Hiccup.

Era una mezcla de varios olores – jabón, shampoo, loción para afeitar y colonia para hombre –. Se avergonzó al descubrir que le gustaba.

"Mierda"

Se giró bruscamente bocarriba y miró al techo. Respiró varias veces para calmarse, pero el aroma sólo se le metió más a las fosas nasales. Con un gruñido, lo dejó por la paz y se concentro en relajarse. Después de unos minutos, el cansancio la venció y se quedó dormida.


¡Yeey, capítulo terminado!

Ahem, sí.

Espero que les haya gustado y les haya arrancado una sonrisa. Me divertí mucho escribiéndolo y espero que ustedes leyéndolo.

Ya vemos como los personajes van evolucionando poco a poco. No se desesperen, ya llegaremos a lo bueno :) Pero por favor, no me pidan smut que no podría escribir uno ni para salvar mi vida, jajaja.

Mañana andaré ocupada así que no podré escribir. Probablemente tendrán que esperar unos dos o tres días a que vuelva a subir capítulo. Pero prometo que la espera valdrá la pena.

Como siempre, si ven algún error o alguna expresión o palabra que no entiendan, me avisan.

Sin más por el momento, me despido.

¡Besos!