Pues ¡por fin!
Vaya, que sólo fueron tres días, pero cada vez que me sentaba a escribir algo me interrumpía. Si no eran mis cachorritas era mi mamá.
(Escribo a las dos de la mañana para que nadie me interrumpa, Goddamnit!)
Pero bueno.
Espero que la espera haya valido la pena. Me salió aún más largo que el anterior, y la verdad que no sabía ni donde cortarle. Pensaba abarcar un poco más en este capiulo de todo lo que tengo planeado, pero dije: "ya está lo sufientemente largo, ¿para qué hago esperar más a la gente que ya de por sí tiene el nervio de leerme?" Así que … ¡ta dá!
Ocurrió, además, que de la nada me nació una idea que no sé ni de dónde salió, pero me pareció que estaba adecuada para el desarrollo de personaje. (Si no, no la hubiera puesto.)
De acualquier modo, creo que este capítulo las va a dejar satisfechas :) Como siempre sus críticas constructivas son bien recibidas.
¡Oh! Esta vez sí hay vocabulario. El capítulo pasado no puse nada y después caí en la cuenta que había palabras como "refrigerador" que en creo que en España le dicen nevera y en Argentina freezer. Bueno, aquí están las que se me ocurrió que en otros países le dicen diferente.
Refrigerador: freezer, nevera (refrigerator)
Hotcakes: tortitas (pancakes)
Lentes: anteojos, gafas. (glasses)
Espátula: paleta, cucharilla, llana, rasera. (spatula)
Floja/Flojo: Es una expresión usada en México para denotar a alguién holgazán.
Primaria: Periodo escolar que en México abarca seis años. Lo empiezas a los 5-6 años y lo terminas a los 12. (elementary school) No sé como sea el sistema educativo en otros países. Yo me revuelvo a veces cuando leo traducciones al español extranjeras :/
Sin entretenerlos más: ¡el fic!
Capítulo 4:
Un trueno especialmente fuerte rompió el silencio de la noche despertando a Astrid con un sobresalto. Hubo una fracción de segundo en que la habitación se iluminó con la luz del foco y con la de todos los aparatos eléctricos que había, después la penumbra volvió a invadir el cuarto con un clic. Ni el reloj digital, ni el foquito de la consola de videojuegos o el de la televisión se volvieron a encender.
Astrid se quedó sentada en la cama, con la manta en los puños y parpadeando desconcertada. "Se fue la luz" pensó. Entonces otro pensamiento más apremiante la asaltó. ¿En dónde estaba? No tenía idea, pero estaba segura que no era su habitación. Estaba completamente oscuro y no podía ver nada. Se había quedado dormida casi de inmediato, y por ello no podía ubicarse. Le tomó unos segundos recordar que estaba en la habitación de Hiccup.
Soltó un suspiro para dejar ir la tensión y recostó nuevamente la cabeza en la almohada. Debido al susto se le había ido el sueño. Le sorprendió que Stormfly no hubiera chillado con el ruido.
– ¿Stormfly? – La llamó, y dirigió instintivamente la vista hacia donde tenía ubicada la jaula en su habitación. ¡Ah, es cierto!, recordó entonces. Se había quedado abajo. Seguramente el trueno la había despertado y estaba asustada.
Astrid se paró rápidamente de la cama y se dirigió a trompicones hacia donde recordaba que estaba la puerta. Gracias a que llevaba los brazos extendidos frente a ella no se dio de cara contra la madera.
Tras dos intentos, logró abrir el picaporte y salir. Afuera en el pasillo estaba igual de oscuro y como sus ojos aún no se acostumbraban a la falta de luz, estaba ciega en un área con la que estaba poco familiarizada. Desde luego, lo inevitable pasó: chocó contra algo en su camino a las escaleras. Soltó un "¡Uf!", rebotó contra un mueble y tiró un portarretratos. Pisó mal y estaba a punto de precipitarse contra el suelo cuando dos manos la sujetaron por los codos.
– ¿Astrid? – era Hiccup, por supuesto. – ¿estás bien?
– Estoy bien – con tres moretones del tamaño de una toronja próximos a salir, pero bien. – El trueno debió asustar a Stormfly, así que me dirigía a la cocina. – explicó mientras se agachaba y buscaba a tientas el marco de la fotografía que había tirado. Fue Hiccup quien lo encontró y lo puso donde estaba.
– Disculpa.
Hiccup negó con la cabeza y al percatarse de que ella no podía verlo, lo dijo en voz alta.
– Descuida. Está muy oscuro. Parece que la tormenta ocasionó un apagón.
A pesar de la oscuridad, él parecía ver mejor que ella sin la necesidad de otra fuente de luz. Astrid se distrajo de su último pensamiento cuando Hiccup la volvió a tomar por un codo. Tenía la piel caliente en contraste con el frío clima.
– Toothless tampoco entró al cuarto a dormir. Seguramente están juntos. – dijo, y jalándola ligeramente le indicó el camino.
Dejó que se fuera del lado del barandal y apretó el agarre cuando descendieron. La cocina estaba ligeramente más iluminada, debido a las ventanas y a las puertas de cristal.
Stormfly estaba en la misma silla donde la había dejado, gorjeando quedamente mientras se volvía a quedar dormida. Los ojos verdes de Toothless brillaron como dos pequeñas luciérnagas desde el piso debajo de la silla cuando los escuchó llegar y levanto la vista.
Astrid suspiró.
– Y yo aquí, preocupándome por ella.
Hiccup se rió con disimulo.
– Bueno, es tu hija, ¿no? es tu trabajo.
Astrid se giró en la dirección de su voz para encararlo y contestar con una respuesta ingeniosa justo cuando un rayo cruzó el cielo proporcionando la suficiente luz para verle la cara, que hacía gala de una sonrisa socarrona y unos lentes de lectura.
Dicha respuesta ingeniosa se esfumó antes de siquiera tomar forma. ¿Hiccup usaba lentes? Tenía que admitir que… bueno, había pocas personas a las que se les veían bien los lentes. Y a él no le quedaban precisamente mal.
Entonces el estómago de Hiccup rugió. Él, por su parte, no pudo más que agradecer la oscuridad porque así Astrid no podría ver su sonrojo. Ella, por otro lado, estalló en risas. Hiccup se rascó la cabeza avergonzado.
– La verdad es que me quedé dormido mientras leía. – se excusó – No he dormido mucho y tengo hambre.
Eso explicaba el porque sus ojos estaban más habituados a la oscuridad que los de ella. Astrid sostuvo una mano sobre la boca para acallar su risa. De verdad, ella pensando que el chico tenía su encanto con el cabello revuelto y con lentes de geek, y ¿qué pasa? Que a él le ruge el estómago. Algo le decía que esto era algo común en Hiccup. Se sorprendió al comprobar que lo encontraba entretenido, en el buen sentido.
– Pasan de las cinco de la mañana. Yo también podría comer algo. – ofreció ella. A decir verdad, solía despertarse más o menos a estas horas.
En la oscuridad de la cocina, Hiccup sonrió. Luego, Toothless maulló mientras levantaba la cabeza, siendo "comer" una de las palabras que podría entender hasta en otro idioma.
Hiccup sacó una lata de sardinas de la alacena y una caja de harina para hotcakes.
– ¿Hotcakes?
Astrid no recordaba la última vez que había comido ese desayuno. Asintió con entusiasmo sintiéndose como una niña de cinco años. Toothless maulló de nuevo demandando atención y luego saltó a la barra. Otro maullido en dirección a su dueño.
– Ya voy. – respondió sacando el abrelatas de un cajón. – Sí que eres exigente.
Stormfly terminó por despertar con el ruido y empezó a chirriar.
– ¡Astrid, Astrid! ¡Cruuuaa!
– Buenos días, floja. – la saludó su dueña acariciándole las plumas. – ¿Tú también tienes hambre?
Stormfly comenzó a rebotar sobre sus patas y a chirriar más.
– ¿Qué comen los loros? – preguntó Hiccup mientras abría la lata.
– Pues… semillas de girasol, cacahuates, lechuga, frutas…
– Hay cacahuates en esa alacena – indicó Hiccup señalando con la cabeza una de las que estaban encima de la estufa – la verdura y la fruta está en el refrigerador.
Astrid lo tomó como una invitación para alimentar a su mascota.
– Muchas gracias – dijo sinceramente dirigiéndose a la alacena.
Había un bote de cacahuates sin cascara – y sin sal, por suerte – justo enfrente de ella al abrir las puertas. Astrid los tomó y se dirigió al refrigerador.
– ¿Podrías sacar la leche? ¿Y huevos? – preguntó Hiccup mientras un impaciente Toothless luchaba por obtener su comida cuando él apenas la servía en el plato. – Espera. – dijo apartándolo con el codo. - ¡Toothless!
"¡Meaw!"
Hiccup gruñó con contenida exasperación para después poner finalmente el plato en el suelo. Astrid se rió pero justo en ese momento Stormfly saltó a su antebrazo desnudo para acercarse a los cacahuates, encajándole las garras y añadiendo un par de marcas más a su piel a las muchas que ya exhibía.
– ¡Au! ¡Espera!
Astrid la volvió a dejar sobre la barra y puso el bote a un lado mientras se giraba al refrigerador para sacar lo que le faltaba.
– ¿La mantequilla también?
– Síp.
Un sonido sordo le indicó a Astrid que Stormfly había tirado el bote de los cacahuates en un intento por sacarlos. Se agachó a recogerlo. Por suerte no se había abierto.
– Todavía no. – dijo con firmeza mientras hacía malabares para poner todo lo que traía en las manos sobre la barra. Hiccup estaba sacando los sartenes.
La estufa no proporcionó mucha luz al ser de inducción, pero el cielo había comenzado a clarear tomando un color grisáceo debido a la persistente tormenta. Después de unos minutos Stormfly comía sobre un periódico en la barra y Hiccup mezclaba los ingredientes en un bowl. Se habían servido una taza de leche cada quien y después de guardar el cartón en el refrigerador de nuevo, Astrid tuvo unos momentos para mirarlo de perfil. Se preguntó si…
Tomó una decisión. Era demasiado tentador como para dejar pasar la oportunidad. Se mordió el labio tratando de contener la sonrisa y esperó a que él bebiera de su taza.
– Te ves bien con lentes, ¿sabías?
Por supuesto, el comentario tuvo el efecto deseado. Hiccup se atragantó con la leche y comenzó a toser a la vez que daba un paso atrás para evitar que el líquido cayera sobre la mezcla. Está de más decir que Astrid soltó una carcajada.
Hiccup se golpeó el pecho con un puño y una vez que se dio cuenta que era una broma le dirigió una mirada de reproche.
– Muy divertido, Astrid. Otro poco y tenemos que mezclar todo de nuevo.
Astrid aún se reía entre dientes cuando él se llevo una mano a la cara y se retiró los lentes.
– No recordaba que todavía los traía puestos. – murmuró. Dobló las patitas del armazón y se lo metió al bolsillo del pantalón.
– Aw, ¡no te los quites! Lo decía en serio.
Él le dirigió una nueva mirada significativa que dejaba en evidencia que no le creía.
– Pásame una espátula de ese cajón.
Astrid lo dejó por la paz. Le alcanzó la espátula a Hiccup y luego se dispuso a poner la mesa.
– ¿De dónde saco los platos?
Pero al final no comieron en la mesa de la cocina ni en la del comedor, sino en la de centro que estaba en la sala, sentados en la alfombra y recargados en el sillón. Hiccup descubrió que Astrid comía miel con hotcakes en lugar de hotcakes con miel y que además le gustaba ponerle chocolate a la leche.
Sus mascotas los habían seguido y ahora estaban jugando sobre un mueble para gatos que Toothless tenía en un rincón en el que podía trepar, afilarse las garras e incluso dormir en un cojín que había a modo de cama. Mientras tanto, ellos se habían sumido en una acalorada conversación de sus actividades extracurriculares.
– Ese día me vengué anotando quince puntos yo solita y logrando un set. Me nombraron capitana y a ella la sacaron del equipo.
Astrid terminó su historia al mismo tiempo que se llevaba el tenedor a la boca con el último bocado de su comida. Parecía estar de muy buen humor. Hiccup no conocía la mayor parte de las reglas de voleibol pero había logrado intuir la mayoría con lo que Astrid le contaba. No le importaba mucho de lo que tratara su conversación mientras ella siguiera hablando.
– Y yo que creía que te habías ganado el puesto jugando limpio.
– ¡Jugué limpio! Ella era sólo una creída que realmente no sabía jugar voleibol. – exclamó Astrid, casi realmente ofendida. Hiccup se rió.
– Está bien, Astrid. Te creo. Sólo estoy metiéndome contigo.
Ella arqueó una ceja. Después le dio un puñetazo en el hombro que pretendía ser amistoso, pero si Astrid tenía un defecto, era que no sabía medir su fuerza. Hiccup soltó un "¡Ow!" y se frotó el hombro dañado.
– Anda, recojamos esto y terminemos ese molesto proyecto ya que no tenemos otra cosa que hacer.
Hiccup pensó que era un buen plan. Se habían tomado su tiempo para preparar el desayuno y para comerlo, por lo que debían ser cerca de las 9 am y había suficiente iluminación como para trabajar.
– Oh, espera. No hay luz y por ende no hay internet. Ni siquiera podríamos abrir el archivo que te mandé por correo electrónico.
– Ayer estaba leyendo en la computadora – informó él recogiendo los platos de la mesita – lo descargué anoche. Aunque es cierto que no tenemos internet y tiempo sólo hasta que la pila de la laptop dure.
– Tendrá que bastar. – respondió ella recogiendo lo demás y poniéndose de pie.
Llevaron los platos a la cocina y Hiccup se dispuso a lavarlos.
– Déjame ayudarte.
– ¿Por qué no vas a mi habitación y buscas mis libros de "El Señor de los anillos"? Ya que no hay internet de algún lado tendremos que sacar información.
– Está bien. – concedió ella.
Corrió escaleras arriba y una vez en el cuarto abrió las cortinas, permitiendo a los pocos rayos de sol que no tapaban las nubes entrar a alumbrar la habitación. Astrid se dirigió a los libreros que cubrían la mayoría de una pared y comenzó a ver los títulos.
Notó que el género de fantasía y ciencia ficción predominaba sobre los demás. Había bastantes libros de dragones. Astrid se descubrió conociendo la mayoría.
– Oh, aquí están. – murmuró sacando un book-set de cuatro libros de edición especial que contenía la trilogía de "El Señor de los Anillos" y "El Hobbit".
Estaba a punto de regresar abajo cuando otro libro llamó su atención. Era delgado, de color azul y no tenía escrito ningún título en el lomo. Dejando que la curiosidad sacara lo mejor de ella, tomó el libro y lo abrió.
No era un libro, era un álbum de fotos. Debía ser de la primaria, cuando Hiccup tenía alrededor de seis años. La primera foto era del grupo completo y la profesora. Astrid buscó a Hiccup entre las caras de los varones y no tardó en encontrarlo. Destacaba por su cabello caoba e incluso sus ojos verdes eran detectables a pesar de ser diminutos en la fotografía. No trató de contener la sonrisa que se extendió por su rostro.
Se preguntó si todas las escuelas hacían lo mismo. Recordaba claramente el suplicio de "el día de la foto" cuando ella misma estaba en la primaria.
La siguiente fotografía era la de una de sus compañeras de grupo. Aparecía en posición tres cuartos y con el cabello relamido hacia atrás. Todas las demás fotografías eran fotos individuales de cada niño. Astrid las pasó sin verlas con especial atención mientras buscaba la que le interesaba. Entonces la vio. Ahí, como por arte de magia, había una fotografía suya.
– ¿Pero qué demonios…?
Se quedó mirándola por unos buenos treinta segundos. Entonces salió corriendo a la velocidad del rayo escaleras abajo olvidando tomar los libros que había ido a buscar en primer lugar.
– ¡HICCUP! – gritó entrando a la cocina. Incluso Toothless y Stormfly detuvieron su juego para mirarla. Él se congeló con la toalla con la que secaba los platos en la mano. - ¡Hiccup! – jadeó.
– ¿Qué pasa, Astrid? – preguntó comenzando a preocuparse. Ella sostuvo en alto el álbum con su foto mostrándose, como si fuera la inminente evidencia.
– ¿Fuimos a la primaria juntos?
– ¿Qué?
Astrid le entregó el álbum y Hiccup lo miró. Hacía años que no lo abría y la verdad que ya ni se acordaba que lo tenía. Pero entonces la vio. Sí, era Astrid. Diez años más joven, pero sin duda era Astrid. Hiccup alternó la mirada entre la fotografía y la real, sin podérselo creer él también.
Buscó su fotografía individual en el álbum y la encontró casi al final. Después se devolvió a la primera hoja y trató de buscarse a sí mismo y también a ella entre todos los niños del grupo. Y efectivamente. Ahí estaban. Uno a cada extremo.
- Si no lo estuviera viendo, no te creería.
– Es que… es que, recuerdo la escuela… algunos maestros, otros pocos compañeros… pero realmente no recuerdo nada especialmente relevante de esos años. – continuó Astrid, aún asombrada.
Hiccup trató de hacer memoria, de recordar a Astrid entre las caras de los muchos compañeros que tuvo en la primaria, pero todo era borroso.
– Yo también recuerdo poco – dijo él – Eh… Creo que lo que más recuerdo era a un niño, no me acuerdo de su nombre, pero todos los demás le tenían miedo – balbuceó Hiccup. – Como todo buen acosador le encantaba quitarle la comida a los demás a la hora del descanso. Jamás olvidaré eso.
– ¡Sí, sí recuerdo! ¡Era tan desagradable! Debía sacarnos por lo menos una cabeza a todos nosotros y por ello se aprovechaba de los demás.
– No de todos – dijo Hiccup mientras ubicaba al niño en cuestión en la fotografía de grupo – Había una niña rubia que casi nunca se juntaba con nadie que… – se detuvo abruptamente, y desvió la mirada de la foto hacia ella – que se encargaba de ponerlo en su lugar cada vez que intentaba aprovecharse de los demás. – concluyó Hiccup, cayendo en la cuenta. Pero claro, la pequeña justiciera rubia no era otra que Astrid.
– ¡Sí, también recuerdo eso! – exclamó ella, emocionada – ¡era un mastodonte con aliento de perro, pero no era rival para la valiente Astrid Hofferson! – se rió. – Incluso recuerdo una vez que trató de matar a un pajarito herido que había encontrado un niño… – se detuvo en seco – un niño pecoso, castaño y con los ojos verde esmeralda… - Astrid desvió la vista de la fotografía y miró a Hiccup – ¡Eras tú!
Él sintió un calorcillo en las mejillas.
– Sí, bueno. En ese momento estaba seguro que "Aliento-De-Perro" había herido al pajarito en primer lugar. No podía dejar que lo matara. Aunque probablemente si no hubieras intervenido no sólo el pajarito hubiera necesitado un hospital.
– Me diste una flor. – dijo Astrid de repente, y había algo cálido en su voz, casi como si acariciara el recuerdo. – Un tulipán de color rojo. Me lo diste a escondidas al día siguiente antes de que empezaran las clases.
Y entonces sí que se puso rojo, más que el mencionado tulipán. Claro que lo recordaba. Había pedido a su mamá que le aconsejara como a compensar a la niña que le había ayudado. Después de pensarlo un rato, su madre había sugerido que le regalara una flor, así que esa misma tarde lo había llevado a una florería a que él mismo eligiera lo que quería darle. Después de pasearse por la tienda, había elegido el bendito tulipán.
Era el único tulipán que había y estaba fuera de temporada, por lo que era bastante extraño que lo tuvieran en primer lugar. Aún así brillaba como la sangre en una cubeta con hielo. Sólo Dios sabe porque lo eligió. Tal vez porque le pareció digno de Astrid en aquél entonces. El caso es que al día siguiente había llegado temprano a la escuela y la esperó cerca de la entrada.
Cuando finalmente entró por las puertas con dos trenzas en lugar de una, la tomó por la muñeca y la llevo a un corredor por el que no pasaba nadie en las mañanas. Después de darle las gracias que no había podido darle el día anterior, le había puesto la flor en las manos para después salir corriendo, temiendo que no fuera a aceptar el regalo. Astrid era una chica ruda, incluso desde niños, después de todo.
– Lo conservé por mucho tiempo, ¿sabes? – siguió diciendo Astrid – Era la primera vez que alguien fuera de mi familia me hacía un regalo. Mi mamá me dijo como hacer para que se conservara aún luego de marchitarse. Incluso después de que se le cayeran los pétalos, los plastifiqué e hice un separador de libros. Creo… creo que aún lo tengo por ahí. – admitió, sin verlo a la cara.
Claro que aún lo tenía, pero él no tenía porque saberlo. El mundo es una ironía, pues lo tenía precisamente separando algún pasaje de "Orgullo y Prejuicio".
Hiccup parpadeó varias veces. Quería asegurarse que realmente estuviera viendo las mejillas de Astrid colorearse con un apenas perceptible tono rosado. Y, esperen. ¿Aún tenía ese tulipán? Sintió que una mano invisible le apretaba el corazón, pero no era doloroso. Todo lo contrario, de hecho. Sintió como las comisuras de los labios se le curvaban hacia arriba. Astrid levantó la vista y le correspondió con una tímida sonrisa a su vez.
Hiccup no sabía si el hecho de haberse enamorado dos veces de la misma persona, aún con diez años de diferencia era el irrefutable destino o decididamente patético.
– Bueno, en ese caso, me… me alegra que te haya gustado. El tulipán, digo.
Al diablo los lentes, el chico era lindo con o sin ellos.
El momento se rompió cuando un fuerte ruido vino de la sala y ambos se precipitaron al cuarto contiguo para ver que había pasado. Cuando llegaron vieron a sus mascotas con la pinta más inocente que pudiera existir y lo más alejados posible del mueble para gatos de Toothless, que yacía volcado en el suelo.
– ¿Pero qué… cómo? – tartamudeó Hiccup. El mueble debía de medir al menos un metro veinte y pesar como cincuenta kilos. ¿Cómo demonios lo habían tirado? Por suerte no había caído sobre ningún otro mueble ni roto nada.
– ¡Stormfly! – la reprendió Astrid. – ¿Se puede saber qué hiciste?
– ¡Astrid, hola! ¡Stormfly, qué bonita cotorrita!
Astrid la miró frunciendo el ceño.
– ¡Ningún "qué bonita cotorrita"! ¡Mira nada más el desastre que provocaste!
– Toothless, tú también. Te conozco perfectamente, ¿se puede saber como volcaste un mueble que pesa al menos diez veces más que tú?
¡Meaw!
El gato se sentó y lo miró con los ojos más grandes que pudo lograr. Hiccup suspiró y posteriormente se dispuso a levantar el mueble. Astrid lo ayudó. Una vez en pie nuevamente el área de juegos, ambos animales se precipitaron a ocuparla de nuevo.
– ¡Tranquilos, la van a tirar otra vez!
– Olvidé los libros arriba – dijo Astrid. Tomó el álbum de fotos que habían dejado caer al suelo y se dirigió a las escaleras. – Iré por ellos. ¿Traigo también la laptop?
– Eh, sí. Está sobre la cama en el cuarto de al final del pasillo.– Ella asintió y Hiccup la vio subir con un ligero trote. Suspiró otra vez. ¿Cuántos mini ataques al corazón había sufrido esa mañana? Y el día estaba apenas comenzando.
Astrid entró a la habitación de paredes verdes y acomodó donde estaba antes de que lo tomara el álbum de fotos. Tomó los ejemplares que había dejado encima de la cama que les ayudarían a terminar la tarea y se detuvo un momento a pensar.
Hacía diez años, un niño había hecho que su estómago saltara hasta su garganta regalándole un tulipán rojo. Se preguntó cómo era posible que, sin saberlo, lograra el mismo efecto en ella tanto tiempo después, abriéndole las puertas de su casa en una tarde de tormenta. ¿Sería el destino o sólo estaba dejando volar su imaginación demasiado lejos?
Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento. Lo mejor sería concentrarse en terminar el proyecto… por ahora.
¡ta dá!
Hiccup y Astrid se conocieron desde que estaban chiquitos. ¿A que no lo veían venir? ¡Pues yo tampoco, fue lo que se me ocurrió de la nada!
No es cierto, como creen. Eso sí lo tenía planeado para mi desarrollo de personaje. Lo que se me ocurrió de la nada fur lo del tulipán rojo. mientras tecleaba salió solo. Fue un arranque de inspiración ._. ¿les gustó?
Como sea, ya saben que yo soy diligente en mis actualizaciones, así que nos vemos pronto.
Gracias a todos los que me señalan los errores de dedo y redacción en mis escritos. ¡Nos leemos pronto, lo prometo!
P.S.
¿Les interesa un dato curioso?
en el idioma de las flores un tulipán rojo significa amor eterno.
*wink* síp. Lo hice a propósito.
