Capítulo 3 - La Primera Vez
Lo miró con cautela mientras lo veía acercarse desde las penumbras que se divisaban en el umbral de la puerta. Era alto y fornido-dedujo para sí misma- pues no podía ver muy bien las facciones de la persona que había entrado. ¿Era un hombre maduro? o ¿Era tan solo un chiquillo buscando diversión por un rato? No lo sabía y, aún y cuando no quisiese sentirse de aquella forma, la curiosidad le inundaba.
Él, por su parte, continuó caminando hasta poder ver con detenimiento y claridad a la mujer que tenía enfrente. Yamazaki no había mentido cuando dijo que era muy hermosa pero, muy a su pesar, tenía que admitir que se veía pequeña ¿cuántos años tendría?
Notó como las mejillas de la chica se iban tiñendo de un tono carmín al tiempo que el la inspeccionaba con al mirada y, dedujo, que estaba nerviosa pues lo miraba derrochando curiosidad e ingenuidad.
Se acercó hasta ella y la tomó de los hombros para empujarla poco a poco a la cama y, tras haberla acostado a su voluntad, la besó sin decoro y sin conciencia. Se abrió paso por su boca para así saborear todos y cada uno de los rincones de la niña que tenía enfrente. Se acomodó sobre ella y fue dejando a sus manos hacer lo que quisiesen con ella, acariciar donde les placiera, tocar, estrujar, recorrer.
Y ahí fue cuando se dio cuenta.
Dejó de besarla para admirar el rostro de la mujer que tenía frente a él la cual tenía cerrados sus ojos azules y temblaba al contacto de la piel de el sobre la de ella. Tenía miedo y él lo sentía. Se acostó a su lado para admirarla con curiosidad, como un niño pequeño mirando un pez beta nadar por primera vez en su pecera nueva.
Ella ya no sentía la presión que ejercía el cuerpo de aquel hombre sobre su cuerpo y, tras dar tres profundas inhalaciones, abrió sus ojos para encontrarse con alguien a quien efectivamente no esperaba. Él era apuesto, más apuesto que la mayoría de los hombres que había conocido hasta su corta vida de 16 años. Admiró con cuidado unos ojos ambarinos que se posaban frente a ella y sí, definitivamente, un rebelde cabello castaño oscuro bailotear a causa del aire acondicionado.
-¿Entonces sí eres virgen?-Cuestionó él mientras acomodaba uno de los mechones de cabello de la falsa ojiazul. Sin poder dejar de mirarla dejó que uno de sus dedos comenzase a bailar por el cuerpo de ella, delimitando cada pedazo de piel al que tenía acceso y, al mismo tiempo, recorriendo el corto y sensual camisón que vestía.-Si no quieres hacer esto lo entiendo, puedo detenerme ahora e irme.
¿Acaso ese hombre estaba teniendo compasión de ella? es decir, claro que se moría de miedo pero ¿era tan evidente que lo sentía? Aún con la vergüenza y la inexperiencia que llenaban a Sakura, esta dirigió una de sus manos a la cálida mejilla del chico y comenzó a delimitar su rostro. No podía decir que sus facciones fuesen toscas pero no las tenía delicadas tampoco, portaba un aire distinto al de todos los hombres que había visto en su vida por lo que supuso-acertadamente-que era extranjero de no más de 20 años.
-Sí no es hoy contigo será mañana con otro.- Contestó con firmeza, aún y cuando él percibía una voz dulce,- la decisión ya está tomada así que tú eliges si quieres hacerlo con una alguien como yo o con alguien con mayor experiencia.
Y vaya que no esperaba esa respuesta... a decir verdad fue la respuesta que nunca le cruzó por la mente que daría. Ella era extraña, demasiado extraña para ser mujer. Tenía madre y hermanas, una prima que lo volvía loco con sus ideas, amigas, vecinas, tías y hasta una perra, pero esa muejr que tenía acostada a su lado se llevaba el premio a la extrañez del año. Y, aunque sonase extraño, le intrigaba y mucho.
-¿Cómo te llamas?.- Cuestionó él mientras seguía jugando con el cuerpo de la "niña" a quien había apodado así por el momento ya que desconocía su nombre.- ¿Me vas a decir que alguien tan linda como tú no tiene nombre?
-Ying Fa.- Contestó ella mientras que se iba acomodando sobre el pecho del hombre para poder estudiarlo con mayor meticulosidad. Él la miró con curiosidad y ella rió internamente ¿en verdad esperaba su verdadero nombre? Esta consciente de que, como Sakura Kinomoto, era torpe, tímida, que algunas veces hablaba rápido y sin pensar pero ahora, ahora no era Sakura Kinomoto y, aún y cuando contaba con esas características que ya había enlistado, podía ser distinta: podía elegir ser la romántica o quizás la erótica, la dulce o simplemente la complaciente. Ahora que era Ying Fa podía ser quien quisiera, como quisiera y de la forma que quisiera.
-¿Segura te llamas así?-Dijo él mientras veía como aparecía una pequeña e infantil sonrisa en el rostro de ella.-¿Tu edad?
-Secreto de estado.- Contestó entre risas haciendo que él, quien se veía un tanto sombrío, riera con ella.
-¿Estudias?.- Cuestionó nuevamente tratando de obtener algún dato de Ying. No era que se preocupara mucho por obtener información de las mujeres con las que su única intención era pasar un buen rato pero, esa niña, esa niña tenía algo diferente. Se mostraba fuerte, eso era claro, mostraba caracter son la simple determinación de su mirada, los movimientos torpes que él imaginaba que tendría se habían vuelto seguros y le intrigaba. Mirarla era como mirar a una niña que está aún en el instituto, mirarle le recordaba a su prima Mei cada vez que salía a la sala para obligarle a ir a la escuela: una niña, un ser humano que derrochaba ternura y simpatía sin siquiera proponérselo pero, a diferencia de lo que sentía por su prima-quien a demás de sus hermanas era lo más importante en su vida- a esta niña la deseaba. -¿Quién eres en realidad?
-Soy quien tú quieras que sea...
Un ruido la sacó de sus pensamientos. Recordar le hacía daño... mucho daño. Levantó la mirada para encontrarse con su reflejo en una de las ventanas de su oficina y se percató de que estaba llorando ¿Cuánto tiempo habría estado así? Se limpió las lágrimas a una velocidad impresionante, tan impresionante como la cara de su hija cuando ella se arreglaba en menos de 3 minutos porque ya iba tarde al trabajo. Un "adelante" fluyó de sus labios cuando consideró que ya estaba lista y, para su sorpresa, se encontró con nadie más y nadie menos que Naoko Yanagizawa.
Ambas se habían conocido tan pronto Sakura había comenzado a trabajar en el diario de Tokio y, aún y cuando eran muy distintas, se habían vuelto amigas, tan amigas que era la única que, dentro del mismo trabajo, conocía su secreto. La miró recargarse en el marco de la puerta vistiendo esas enormes gafas que solamente a ella se le verían bien, con sus cabellos castaños sueltos hasta los hombros de los cuales llamaban la atención sus nuevos y estilizados rayitos que le daban aires de mayor elegancia. Se miraron como si las miradas estuviesen diciéndose una a la otra lo que debían decirse.
Naoko la apreciaba y mucho, Sakura se había vuelto su amiga, su confidente, había sido ella la que le había presentado a su ahora prometido y la había hecho feliz. El problema era que Sakura, aún y cuando alardeaba de su felicidad por estar con Ari, no era feliz y ella lo sabía, de la misma forma en que lo sabía Tomoyo, Eriol, la misma Ari y, aún y cuando no lo quisiese reconocerlo, Sakura lo sabía.
-Ya me dijeron lo del premio Sakura, supongo debes estar feliz.- Dijo Naoko con su ya conocida voz, como su asistente ambas compartían ideas y momentos juntas desde la hora de la entrada hasta los fines de semana.-Pero ¿estás consiente de a que te arriesgas?
En ese momento hubiera deseado no abrirle la maldita puerta ¿que si estaba consciente? ¡Por Dios, si era aquello lo que la tenía tan mal! estaba aterrada, nerviosa, dolida, emocionada... era todo un coctel de emociones que, seguramente, podía venderse como la broma más grande del universo. Se miró las manos las cuales habían estado jugando sobre el escritorio como una forma de proyección de sus emociones.
Ir a Hong Kong era tenerlo cerca aún y cuando el lugar fuese lo suficientemente grande como para que ambos vivieran ahí y nunca se vieran. Hong Kong representaba cercanía con la familia Li la cual se había encargado de despedazar lo poco que había conseguido después de que se había quedado sola y, lo peor del asunto, es que simbolizaba la posibilidad de que Ari se los topara y, en ese momento, todo estaría perdido.
Recordar era malo, lo suficientemente malo como para hacerla sufrir pero, aún y cuando sabía que lo único que hacía era lastimarse, no podía evitar seguirlo haciendo.
Aquella noche, la noche en la que perdió aquello con lo que podía seguir siendo considerada una niña, extrañamente era una noche que recordaba, no con odio precisamente, sino como un recuerdo un tanto ¿tierno? Aún podía sentir las manos de aquel hombre recorrer su cuerpo con cuidado como si, de alguna forma, aquella completa desconocida le importara, como si no quisiese lastimarla.
Respiró con la mayor tranquilidad que pudo pero era prácticamente imposible porque él la tocaba y ¡vaya forma en que la tocaba! Nunca en sus 16 años de vida había sentido lo que sentía en ese momento, tenía ganas de gritar, de suspirar, de gemir como único medio de expresar lo que estaba sintiendo.
Definitivamente la gente era idiota ¿por qué la gente se drogaba si el sexo te podía poner así?
Ahora fue ella la que tomó ventaja sobre él. Tenía que aprender a hacer las cosas sin sentir tanta pena, debía aprender a dejar el pudor fuera de la habitación de Luna Llena... debía dejar a Sakura fuera de Luna Llena si quería ser lo suficientemente buena para obtener el dinero que necesitaba.
Era papá el que la necesitaba.
Debía ser fuerte por él.
Solo por él.
Fue ella la que buscó los labios del hombre y los besó con cuidado mientras tanteaba el nuevo territorio que comenzaba a recorrer en aquel momento. Sintió como los labios de él comenzaban a moverse al compás de los suyos y le gustó, nunca había besado a alguien así, a decir verdad, nunca había besado a nadie. Fueron sus inexpertas manos las que comenzaron a danzar por el pecho de él buscando algo más que el contacto de la tela.
Nunca había sentido lo que era desear a alguien y, extrañamente, ella deseaba a ese extraño. Quería sentirlo, saborearlo, quería que él la tocara, la recorriera, al besara. Nunca pasó por su mente que llegaría a desear a un hombre que pagara para estas con ella pero, en ese momento, prefería no pensar en que se estaba vendiendo, en que había tocado fondo buscando la solución a sus problemas, de que aquella era la única salida que había encontrado.
No supo en qué momento él se había deshecho del suave y erótico camisón que había estado vistiendo minutos antes y, ante la injusticia que estaba cometiendo, puesto que ella tenía menos ropas que él, comenzó a desabotonar la camisa verde que él vestía.
Aquella fue la tarde en la que perdió su virginidad en manos de un desconocido que, tarde o temprano, dejaría de serlo.
-Eso fue intenso.- Dijo la joven de ojos castaños mientras repasaba las últimas líneas que había leído segundos atrás: "un desconocido que, tarde o temprano, dejaría de serlo.".
-¿Se puede saber qué fue intenso?.- Cuestionó una perspicaz y cálida voz desde el marco de la puerta de su casa. Arantza no pudo evitar asustarse puesto que, hasta donde ella sabía, estaba sola en la casa. Giró hacía la puerta y se percató de la presencia de una mujer de cabellos oscuros que caían hasta la cintura, unos ojos amatista que ella conocía muy bien y una piel tan clara que podía confundirse con la nieve. Tenía un aire de elegancia que siempre había deseado tener pero, sobre todo, era una mujer que derramaba ternura y comprensión a las personas que la rodeaban. La que ahí estaba era nadie más que Tomoyo Daidouji, prima y mejor amiga de su madre, quien ahora era su tía. Miró a su lado y vio a un niño adormilado que, sin siquiera cuestionar, se dirigió a la cama y se metió entre las recién tendidas cobijas.- Kenji ha tenido un poco de fiebre, espero no te moleste cuidarlo un rato.
-No hay ningún problema.- Dijo ella mientras tapa al niño y le besaba la frente. Kenji tenía unos ojos azules, herencia de su padre, unos cabellos tan oscuros como los de su madre. A sus 7 años era lo más cercano a un hermano que tenía y lo adoraba. Ella podía pelear con el mundo entero, podía encapricharse por cumplir su voluntad pero, si Kenji estaba de por medio, bueno ella simplemente cedía.- Duerme bien tontito.
Ambas se dirigieron a la sala e, inconscientemente, Ari llevó el libro consigo. Seguía impresionada por la vida de aquella mujer y sintió un poco de lástima por ella. Si ella hubiese sido esa chica ¿hubiese hecho lo mismo? ¿Habría podido dar aquello que era únicamente suyo, aquello que su madre le dijo que se lo diera únicamente a la persona que amaba? Suspiró. Si hubiese sido por su madre seguramente lo hubiera hecho. Eso o vender un riñón en el mercado negro.
-¿Y fue eso tan intenso que no te dejó escuchar la puerta a pesar de que estuve tocándote por horas?-Cuestionó Tomoyo sabiendo que la niña escondí algo. Desde que Sakura se había mudado a aquel departamento Tomyo había conservado una copia de aquella cerradura pues, debido a los contantes problemas en los que Arantza se metía, ella debía ir varias veces sin que alguien pudiese dejarle entrar.-Tuve que usar mi llave Ari y tú sabes que solo debo usarla en emergencias ¡Creí que algo malo había sucedido contigo!
La joven bajó la mirada y miró a sus pies por unos tantos segundos, se había concentrado tanto en la lectura que se había olvidado por completo del tiempo y de lo que le rodeaba pero ¡no era su culpa que se pudiese concentrar con tanta facilidad y poder quedar absorta cuando se encontraba con un libro! La miró sonrojada y no pudo hacer más se levantar un poco los hombros señal de que "no sabía" la respuesta y le sonrió, con la típica sonrisa de Ari con la que, la mayoría de las veces, conseguían sacarla del regaño.
-¿Qué sabes de Ying Fa?- Cuestionó la chica de la nada haciendo que Tomoyo casi se cayese de la silla en al que estaba. ¿Había preguntado por Ying Fa? ¿Qué podía saber Ari de esa mujer, de esa historia, de ese oscuro pasado? Miró a la muchacha y decidió que ella no podía decirle nada, no era su tarea, no era algo que le correspondiese. Solo una mujer podía explicar la vida de Ying Fa y, esa mujer, era la misma Ying Fa.
Se levantó del lugar no sin antes abrazar a la contrariada ambarina quien no entendía la reacción de su tía. Le besó la frente y tomó su bolso para salir del lugar. No le gustaba dejar a su sobrina con dudas o con problemas pero, en ese tema, en ese tema precisamente no podía meterse pues ella no conocía nada de aquel mundo en el que su prima había vivido.
-¿Irás a la clase de esta noche?- cuestionó cambiándole el tema desde la entrada del departamento
-Me quedare a mi clase después de que le de la clase a las pequeñas.- Dijo Arantza mientras caminaba hacia la puerta al lado de su tía. Tomoyo Daidouji era la dueña de una de las academias de artes escénicas y danza más prestigiosas que había en el continente asiático.
Desde que Ari tenía memoria había estado ahí siendo la música y la danza el único lugar donde se encontraba a sí misma como quien era en realidad. En la escuela secundaria tenía algunos problemas, bueno en realidad, era la persona en la que más problemas se metía. Era una de las mejores estudiantes de aquella escuela, un as para las matemáticas, un genio para la física, una excelente estudiante de química, toda una artista en la de artes plásticas y música pero, aquello, no la exentaba de meterse en líos. Ari era también la alumna que más peleaba con los profesores por la forma en la que hacían las cosas, la misma que quería corregirles cada vez que hacían algo mal, la alumna que, extrañamente, podía dormir toda la clase de matemáticas y seguir sacando un 100 en una tarea.
Pero cuando bailaba no tenía problemas. No era hija de una madre soltera. No era una mujer que debía de trabajar para ayudar a su madre- aún y cuando no su madre no supiera que trabajaba por eso- en la escuela de artes de Tomoyo enseñando ballet a niñas de 3 a 5 años. Cuando bailaba era simplemente Arantza Amamiya.
Cuando por fin se quedó sola se dio cuenta de que algo le incomodaba. Una pregunta danzaba en su cabeza de un lugar a otro, en una sincronía impresionante con todas las frases que había leído hasta el momento. Lo único que pudo cuestionarse fue un: "¿Qué me están escondiendo?"
Tomó el libro entre sus manos y se sentó en el suelo para, así, poder continuar con aquella misteriosa historia que, de alguna forma, estaba ligada con ella.
Había pasado un año ya desde que Ying Fa, o más bien, Sakura Kinomoto había comenzado su vida galante en un burdel… si es que aquel estilo de vida podía considerarse galante. Se miró en el espejo y se encontró con una mirada quebrada, con una tez pálida, con un rostro sin sonrisa porque era un ser humano vacío e incompleto.
Cuando entró a trabajar a Luna Llena lo había hecho con una sola meta en mente: salvar a su padre y, aquello, fue lo que no pudo conseguir. Después de haber pasado la noche con aquel chico, de quien desconocía el nombre a primera instancia, todo parecía que se iba arreglando. La paga por aquel día fue impresionante pues, ni trabajando como mula 24 horas en un mes en la cafetería, lo habría conseguido, A demás de aquello aquel hombre de ojos bonitos y voz profunda, le había dejado una propina sustanciosa con la que podía ayudarse para pagar aquella operación y, tras una negociación con la señora Akira, había conseguido un préstamo para lo que faltaba. Nada podía salir mal.
O eso pensaba ella.
Pero en realidad todo salió mal… muy mal.
Aún y cuando se había esforzado por conseguir lo necesario para salvar a su padre lo perdió a tan solo una semana de que había comenzado el trabajo. Entró un lunes por la mañana a la sala de operaciones n sin antes despedirse de su hija de una forma que, desde aquel momento, le hizo sospechar que el final estaba cerca.
Pero ella no esperaba que ese final estuviera tan cerca.
Fue algo que ni ella misma pudo explicar, un suceso de segundos, minutos, horas… el tiempo había perdido el sentido desde que él se había despedido de aquella forma. Estaba sentada al lado de su padre mientras esperaban que fuera el momento para que ingresase a quirófano. Ambos temían y por ende prefirieron no hablar mucho, con mirarse y sonreírse se daban el apoyo que ni un millón de palabras podrían darse pero el tiempo se agotaba y había llegado el momento de que ambos dijeres por lo menos "hasta pronto".
-Prométeme que pase lo que pase serás feliz.- Cuestionó él mientras la miraba con ternura, una ternura que nunca había visto en su vida. Algo no estaba bien y tanto él como ella sabían eso.
-No me digas esas cosas.- Dijo ella mientras tomaba entre sus manos las manos de su padre.- Siento que te estás despidiendo y tú vas a estar bien papá.. no puedes dejarme sola.- Terminó entre sollozos. Él no podía marcharse ahora, no cuando su vida apenas iba a comenzar, no cuando por fin podría ingresar a la universidad, no cuando ella por fin cumpliría sus sueños. No cuando por fin creía que el destino se estaba poniendo a su favor… no ahora.-Tú no puedes papá, no puedes dejarme ahora… dijiste que tú y yo siempre estaríamos juntos.
-Y siempre lo vamos a estar mi pequeña Sakura.- Dijo aquel hombre con una serenidad infinita. Irradiaba paz y ella lo entendía.-Siempre, escúchame bien hija, siempre voy a estar aquí.- Dijo él mientras ponía una de sus manos sobre el lugar donde se localizaba el corazón de su pequeña niña de 16 años, su bebé, la que había sido la luz de sus ojos la única que lo había hecho continuar con vida cuando su amada esposa y su hijo fallecieron. –Mientras no me olvides a mí, a tu madre y a Touya nosotros siempre vamos a estar… solo me duele el que no puedo quedarme más tiempo para quedarme, eres tan solo una niña.
-Voy a estar bien papá.- Dijo ella mientras se limpiaba las lágrimas que corrían por sus ojos.- Yo estaré bien y tú también.
Pero no estuvo bien, ni él ni ella lo estuvieron… era cosa de la vida que aquellas fuesen las últimas palabras que cruzaran.
Se miró de nuevo al espejo después de que había pasado aquel año, aquel asqueroso año en el que se había mantenido en una soledad insaciable, una soledad que la hubiese matado si ella no hubiese estado ahí porque, sin poder imaginarlo, nadie más que Miyako Loringua, la misma que se había vuelto su entrenadora para su nuevo empleo fue la que tomó cuidado de ella.
Nadie la acompañó en aquel triste día, nadie más que Loringua estuvo ahí con ella, todo el día, toda la noche, todo el tiempo. Nunca entendió porque ella se había comportado de aquella forma, si era cariño o si era lástima pero, era inevitable, estaba agradecida con la vida por haberla puesto en su camino.
Durante ese año aquel hombre volvió un par de veces más y, en una de esas visitas, fue que descubrió su nombre: Syaoran, tenía 18 años, estudiante de la facultad de derecho de la universidad de Tokio. Provenía de China pues, su familia, era el clan más importante de la sociedad de Hong Kong: el clan Li. Él nunca supo nada más de ella a demás de su pseudonombre y que bailaba ballet cuando no estaba estudiando o trabajando.
Por más extraño que pareciese Ying Fa se convirtió en sinónimo de sensualidad y deseo, aún y cuando nadie se esperaba tal fama, Ying Fa se volvió la atracción especial de Luna Llena, la más demandada, la más pedida. Los días en que ella bailaba en el antro con el que contaba el burdel eran los días de mayores ventas, de mayores ofertas.
Ying Fa se había vuelto una sensación, pero ella, ella se sentía vacía y sola.
-Sakura son las 8:15 y llegaras tarde a la universidad.- Gritó Miyako desde la cocina de aquel pequeño y hogareño departamento en que comenzó a vivir apenas su padre había muero un año atrás.- ¡Baja ya niña!
Bajó corriendo como siempre lo hacía, no existía día en el que no saliera corriendo a la facultad de periodismo pero es que se dormía muy tarde por las noches. Si no le tocaba trabajar atendiendo a dos o más clientes por noche, estaba haciendo tarea y, si no era la tarea, le tocaba bailar en el bar o, simplemente, necesitaba dormir una hora más. Tomó una rebanada de pan y le dedicó un beso en la mejilla a Miya quien, a su punto de vista, era su salvadora.
Aquella mañana de Febrero había pasado rápidamente, algunos trabajos, tareas, clases aburridas e interesantes pero, por fin, tenía esa hora libre que era solo para ella. No para la estudiante de periodismo, no para la prostituta que trabajaba por las noches como Ying Fa, era SU hora libre. Pensó en ir a bailar un rato a alguno de los salones de danza pero, aquella mañana, decidió que quería descansar. Se dirigió a uno de los tantos campos verdes con los que contaba la universidad y decidió sentarse debajo de un árbol de cerezos, porque los cerezos le recordaban quien era y quien había sido, cómo había llegado ahí… le recordaban quién era antes de convertirse en lo que era ahora.
Y aunque la gente no lo entendiera ella no se arrepentía de venderse cada noche, ella simplemente trabajaba para salir adelante, pagar su escuela, tener donde vivir porque no podía dejar que Miya pagase todo. Porque tenía una deuda pendiente con la señora Akira y debía saldarla. Era prostituta porque así lo había decidido la vida y, por ende, consideraba que era la mejor opción.
Pero un golpe la sacó de sus ideas.
Y vaya golpe.
Se llevó las manos a la cabeza haciendo una mueca de dolor y mordiéndose la lengua para no gritar alguna grosería. Miró a sus piernas y encontró un cuaderno verde descansado ahí. Maldita cosa, le había causado dolor pero ¿cómo demonios había llegado ahí?
-Lo siento.- Dijo una voz desde el árbol haciendo que la ojiverde dirigiese su mirada hacia aquel lugar sin poder creer de quien se trataba. No era él, no podía ser él.- Espero no haberte hecho daño es que me estaba quedando dormido y no sé en qué momento se me fue de las manos.- Y bajó del árbol.
Lo miró con detenimiento porque, aquello, aquello jamás le había sucedido ni creyó que podría suceder. Conocía muy bien a aquel hombre y ¡vaya que lo conocía! Por lo menos una vez al mes iba a verla y, por más extraño que pareciese era de los que pagaba jugosas cantidades solo para hablar con ella, otras tantas para pasar un buen rato y cenar comida china como simples amigos y, bueno, otras tantas para tener sexo hasta que ambos cayeran rendidos en la cómoda cama del lugar. Pero hoy era totalmente distinto, hoy ella no era Ying Fa y él… él era simplemente Syaoran, no un cliente, no un hombre que paga por poseerla… era simplemente él.
Y aquella mañana fue testigo de su primer encuentro, de su primar mirada como seres humanos ordinarios… esa mañana aquel sol, aquel cerezo fueron testigos de aquella primera vez.
volví!!! jajaj primero que nada FELIZ NAVIDAD GENTE!!!!!! ESPERO TODOS SUS DESEOS SE VUELVAN REALIDAD :)
Aqui les dejo este nuevo capítulo uff!! me encantó la verdad jajajaja me gusta ver qu epuedo escribir algo no tan rosa :) en fin, espero les guste amigas!!!!
y por favor REVIEWS!! ya se que parece que ruego por ellos pero son inspiración y me gusta ver que les gusta la historia...
que opinan podemos llegar mínimo a 30¿?¿?
un besoooo y ya saben DEJEN REVIEWS!!!
Ashaki*
