Capítulo 5 – Sombras y Secretos

Cerró el libro que llevaba entre sus manos y aspiró una enorme bocanada de aire. No pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran y que su corazón latiese con fuerza ante lo que acababa de leer. Era tan hermoso. Él, por fin, se había animado a decirle que estaba completamente enamorado de ella, que no el importaba su pasado, sus secretos; que no le era relevante que no le hablara de lo que había hecho antes de él: la amaba y la quería por siempre para él.

Tan hermoso y tan irreal que no pudo evitar saber que algo saldría mal pues, aquella mujer, era la misma prostituta que él había visitado infinidad de veces.

Suspiró de nuevo y abrió el libro donde se había quedado y retrocedió un par de párrafos para releer aquellas románticas palabras de nuevo. Aún y cuando aquello parecía mentira no pudo evitar sentir envidia de Sakura Kinomoto porque, a pesar de su mentira, ella estaba con la persona de la que estaba enamorada y, ella, no lo estaba. Él simplemente no sabía que estaba enamorada de él.

Arantza levantó la mirada para encontrarse de frente con el espejo del peinador de su madre, mismo que le permitía acostarse en su cómoda cama y mirarse reflejada al mismo tiempo. Bufó. Ella no era en lo más mínimo tierna, hermosa o agraciada, o al menos, eso creía. Sus rasgos de procedencia china, que era lo único que conocía de su otro progenitor, delimitaban todos y cada uno de los rincones de su rostro haciéndola demasiado distinta a las chicas de su edad, Su cuerpo no era precisamente el que ella hubiese deseado, no era como el esbelto cuerpo de su madre el cual denotaba que, en algún momento, había bailado ballet: piernas delgadas y firmes, busto pequeño, brazos que no acumulaban ni un tumulto de grasa. Su madre ya tenía 32 años y aún contaba con ese cuerpo.

Ella, en cambio, tenía un busto un poco más prominente como para solo tener 15 años, sus caderas redondeaban su cuerpo haciendo que varias curvas delimitaran su figura. Sus piernas eran gruesas para bailar ballet (aún y cuando tenía una manía por unirlo al hip-hop y otros géneros que eran de su agrado). Su cintura no era pequeña como la de su madre pero al menos ahí estaba. No era la espiga que Sakura Amamiya era y, seguramente, no era tan hermosa y atractiva como Sakura Kinomoto-Ying Fa. La delgadez con curvas no estaba de moda como en los años 50 o, al menos, eso le parecía a demás de que su carácter no le era de mucha ayuda.

Suspiró y volvió al libro como lo había intentado un par de minutos atrás desenado que, ella también, pudiese ser correspondida como ella lo era en aquel momento.

-Tenía que hablarte hoy de algo importante

-Lo sé.

Se miraron por un rato sin siquiera dirigirse la palabra ¿qué pasaría a partir de ahora? era eso un adiós o quizás una despedida?

Suspiró para sí misma. No pudo evitar pensar que aquel era el final de una historia que no había comenzado. No podía mostrarse triste o desilusionada porque, él, nunca le había dado señales de querer algo más aunque, en varias ocasiones, llegó a pensar que estaba enamorándose de ella por lo que le contaba a Ying Fa. Se acercó con cuidado hasta que quedaron a pocos centímetros de distancia y le sonrió, le sonrió de la forma más sincera y pura que conocía porque le leseaba la mayor felicidad del universo, porque esperaba que, aquella mujer de la que le había hablado a Ying Fa le correspondiera y le amara como ella lo amaba.

Solo esperaba que ella lo hiciera tan feliz como ella anhelaba hacerlo.

-Puedes decirme lo que sea.- Murmuró ella mientras dirigía una de sus temblorosas manos hasta su mejilla y la acariciaba con ternura.- ¿Es algo malo?

Pero él no respondió, únicamente cerró los ojos dejando que ella siguiera acariciando su rostro. Dirigió su mano hasta que consiguió capturarla. Siguió el mismo camino que ella recorría mientras disfrutaba del tacto entre sus pieles. Ella sonrió, le regaló la sonrisa más grande que tuvo porque quizás aquel era y sería el único contacto de aquella forma que tendrían, porque, para ser una despedida, era el momento más hermoso y anhelado de su vida.

-Yo.- Quiso comenzar él y ella tembló al contacto de sus palabras con sus oídos. Quería prolongar un poco más aquel momento y que sus palabras se quedaran olvidadas. No quería llorar, no quería sufrir cuando él le dijera que estaba enamorado de alguien de la misma manera en que se lo había dicho a Ying Fa.

No podría soportar escuchar las mismas palabras en un día y, mucho menos, escucharlas y saber que no iban dirigidas a ella.

-Continúa.- Dijo ella mientras capturaba su rostro entre sus manos y halaba su rostro hasta que sus frentes chocaron y se miraron fijamente. -¿Qué me debes decir?-Cuestionó nuevamente.

Más, sin embargo, no habló. No dijo nada. Puede decirse que ni siquiera pensó porque ella estaba demasiado cerca. Su aroma lo embriagaba de una manera que nunca creyó conocer. Era su aroma, uno que no tenía comparación, imposible de describir. Único y especial. El de ella. Por inercia atrapó su rostro de la misma forma en la que ella tenía el suyo y ambos sonrieron ante la ocurrencia pero, sobre todo, ante el contacto.

El acarició su rostro con delicadeza, tratando de memorizar cada uno de los rincones y rasgos que lo conformaban. Sin siquiera considerar las consecuencias acercó con dulzura su rostro y la besó como quizás nunca consideró que lo haría. No era un beso pasional que denotara una necesidad carnal por aquel contacto entre sus labios.

Ella sintió como sus piernas iban perdiendo la fuerza en aquel momento. No entendía que sucedía o que pasaba, no era tampoco que sus labios tocaban los de él pero, aquella vez, ella no era Ying Fa y no le estaba pagando por aquello. Sus labios solo habían sido besados por él. Porque, desde aquella primera vez que él, Azura le indicó que a un cliente no se le besa porque, los labios, son sagrados para la prostituta. Porque los besos son únicamente para la persona que amabas y, desde aquella vez que lo besó a él, nunca más beso a nadie más.

Pasó sus brazos alrededor del cuello de él para no caer en aquel momento. Correspondió sus besos tan tiernamente como él lo estaba haciendo y, sintió, cómo unos bazos fuertes se pasaban alrededor de su cintura y la pegó contra él.

Era lo que ambos querían, lo que ambos deseaban y lo que siempre habían soñado.

-Syaoran yo..- Quiso comenzar ella pero se vio acallada por uno de los dedos de él sobre sus labios. Ambos se vieron sonrojados ante lo que había apasado.- Yo no…

-Te amo.- Murmuró en un murmullo apenas audible por ella. No era afecto a hablar de sus sentimientos pero, ella, le inspiraba una confianza que solamente había sentido en algún momento con Meiling, su prima, y con Ying Fa, su querida Ying Fa que nunca podría dejar de ser su amiga porque, ella, era irreal.

Irreal e imaginaria porque sabía que Ying Fa no era nadie más que una careta mientras que, Sakura Kinomoto existía, vivía, respiraba siendo quien debía de ser: un ser humano sin máscaras, un ser humano que, aunque tenía sus secretos al menos podía salir libremente y ser ella.

-Te amo y te necesito Sakura.- Continuó él mientras entrelazaba sus manos con las de ella y le sonreía. Sonrió como nunca lo había visto sonreír. Se veía puro y alegre, pleno y decidió. Y le creyó. Creyó que había verdad en sus palabras y sintió la felicidad que nunca había sentido.

Su vida había sido un camino escuro por el cual había divagado entre penumbras y soledad sin poder siquiera encontrar una luz. Pero él estaba ahí y se convirtió no solo en ese pequeño destello que le guiaba el camino. No. Él era algo más que una simple luz, se convirtió en la iluminación completa de su mundo, porque la amaba como ella lo hacía.

Y por primera vez considero que, tal vez, su vida podía cambiar. Por primera vez creyó en que el destino, por fin, estaba a favor de ella.

En ese momento se dio cuenta de que sólo quedaba una tarea importante en su vida, la única que sería la que le daría la felicidad completa al lado de él. Ahora ella solamente sabía que debía salir, tan pronto como pudiera, de luna llena.

"Yo te amaba" fue lo único que llegó a su cabeza una vez que se recostó en el sofá de su oficina después de haber tomado el libro que horas antes había lanzado contra la pared. Golpeado, estropeado y mallugado. De la misma forma que el libro así estaba su corazón. Ni siquiera esos casi 16 años habían sido suficientes para que se olvidara de ella, de esa herida. Nunca había vuelto a poner un pie en Japón porque, ese lugar, representaba una gota de alcohol en una herida abierta.

El lugar de una traición, eso es lo que era.

Tomó su móvil y marcó el único número, a demás de el de Eriol, que conocía de Japón. Esperó con impaciencia a que alguien contestara mientras contaba los tonos que le marcaban una espera que siempre le sacaba de sus cabales. Uno. Dos. Tres.

-Habla Reed-Dijo una voz varonil al otro lado de la bocina.- ¿Eres tú tío?

-Yang ¿cómo has estado hijo?.- Cuestionó sin siquiera contestar a su pregunta. Aquel chico era su persona favorito, lo más cercano a un hijo verdadero.-¿Lo encontraste?

-Por milésima vez tío esa mujer desapareció del mapa, no hay rastro alguno de ella o se su vida, simplemente es como si nunca hubiese vivido aquí. No entiendo cuál es tu obsesión con esa tal Kinomoto tío pero, después de que la Familia Li acabara con ella por medio de la prensa, ella simplemente desapareció. Quizás este muerta, se haya mudado, se haya casado ¡No lo sé!

-¿Y no hay rasgo de alguna Sakura? ¿Alguna que se paresca?

-¿Sabes cuántas Sakuras hay en Japón? O mejor aún ¿En Tokio? –Bufó. Su tío siempre tan terco. Se había rendido de aquella estúpida búsqueda a los pocos meses de llegar a Japón para estudiar la secundaria. Sí, se había esforzado las primeras semanas, había devorado registros, hecho llamadas, recorrido todas las calles del lugar. Pero nada, era como si se la hubiese tragado la tierra. Pero, después de unas semanas, se dio cuenta que había algo más importante rondándole en mente. Ella, Una graciosa y peculiar chica de la secundaria se le había metido por los ojos y había decidió vivir en su corazón enamorándole como nunca creyó que podría estarlo.

Arantza Amamiya era la mujer más peculiar que había conocido: obstinada y voluntariosa, siempre terminaba de pleito con él y, podía decir, que eso era lo que mas le encantaba de ella. No intentaba enamorarlo, no intentaba ni siquiera tener una relación amistosa con él. No. Simplemente siempre terminaba peleando con él, como con los profesores, como quien se metía con ella. Podía ser dulce y amable con todos los demás compañeros pero, con él, bueno con él siempre vivía berreando.

Y, en ese momento, sintió como su corazón se apretaba y comenzaba a producir un dolor que había intentado ignorar desde hacía unas semanas atrás cuando, su madre, por fin le pidió que volviera a casa. Amaba a su madre o, mejor dicho, a su madrastra y sabía el dolor que había representado para ambos el separarse para que el se fuera a estudiar fuera pero, ahora, le dolía el tener que dejar a esa niña sin haber podido declararle lo que sentía.

O peor aún, sin haber conseguido que ella le correspondiera.

-Volveré en un par de días más.- Dijo el joven de ojos negros y cabellos cabellos castaños.- Debo dejarte ya porque hay cosas muy importantes por hacer antes de mi partida y tío… saluda a mi madre por mí.- Y dicho aquello colgó.

Inspiró tanto aire como pudo. Moría de miedo. Hacía mucho tiempo que no entraba a la oficina de aquella mujer. Era el fin. Aquello debía terminar de una buena vez. Ya era hora de despedirse de Ying Fa y ser, simplemente, Sakura. Sí, quizás tendría que vivir trabajando todo el día de camarera o limpiando pisos, quizás pasaría demasiadas dificultades pero Ying Fa ya le causaba demasiados líos internos.

-Renuncio-Mencionó la castaña un par de meses después frente a la señora Akira. Su relación con Syaoran se había mantenido firme y, ella, debía de dejar de mentirle. A pesar de que pasaban muchísimo tiempo juntos él seguía aceptando su silencio sobre su empleo y su incapacidad de salir por las noches con él y, ella, ya estaba cansada de mentirle.-Quiero irme de aquí. Renunció. Repitió.

-No puedes irte mocosa y lo sabes.- Sentenció sin siquiera mirarla- Me debes niña y me debes mucho dinero así que te cambias de ropa y sales a cumplir con tu trabajo.

-No quiero

-Nadie te preguntó si querías babosa.- Contestó mirándola.- Vas y te pones esas garritas negras que tanto les gustan a los clientes y te pones a trabajar ¡ya!.- Sentenció.- Y si quieres irte más te vale pagar o si no niña no vas a acabarte lo que te sucederá ¿Entendiste?

-Tengo el dinero.- Sentenció.- Quedese con mi apartamento y con esto.- Dijo mientras se arrancaba del cuello el collar que su padre le había dado hacía tanto tiempo atrás y.- Suspiró, suspiró porque le dolía darle aquello y porque, para completar la suma necesaria, debería de darle aquello tan hermoso que su ahora novio le había dado.- Esto también.- Dijo mientras depositaba sobre la mesa un brazalete con la inscripción "juntos toda la vida" en su interior.

-¿Crees que serás libre de esta manera?-Cuestionó

-Ya pagué, ya soy libre.-Dijo de la forma más segura que encontró. Tenía casi 18 años y quería ser libre. Ya no quería ser aquello, ya no podía vender su cuerpo a cualquier hombre porque se estaba traicionando a sí misma. Sí, conocía que era el sexo, había aprendido a dar placer hasta al hombre más frívolo del mundo pero,ella, quería hacer el amor. Quería sentirse en la libertad de besar a su novio y dejarse enseñar. Ya no quería ser la maestra, quería ser la aprendiza. Quería conocer los misterios que hay detrás de una penetración, los secretos que guarda una caricia, la necesidad que disimulan unos labios por el cuello de alguien.

Por primera vez en su vida quería saber lo que era que la desearan por amor y no simplemente por lascivia.

-No Sakura, tú nunca serás libre.- Sentenció la mujer mientras tomaba los papeles del apartamento y tomaba las joyas en su poder. Definitivamente aquello pagaba más de la deuda.-Ying Fa será tu sombra eterna, siempre estará detrás de ti y te atormentará. Tú eres Ying Fa y no podrás ocultarlo no importa cuánto te esfuerces. Siempre serás ella y ella siempre serás tú y, tarde o temprano, Ying Fa saldrá a la luz en tu camino porque no puedes borrar lo que fuiste ¿has entendido? Un día saldrás a la calle y alguien te reconocerá a pesar de que tengas los ojos verdes. O peor aún, te verás al espejo y verás su reflejo, verás cómo te observa y te recordará lo que siempre fuiste y lo que eres porque, sin importar tus razones, fuiste una prostituta, una puta y debo agregar que la mejor que tuvimos después de Azura.

-Eso no pasará

-No niña, eso es precisamente lo que está pasando, pasara y te condenará la existencia.- Concluyó. Esperemos te de al menos unas semanas de calma antes de que te des cuenta que Ying Fa siempre estará en tu vida.

Una basura. Así se sentía en aquel momento. Una patética escritora y periodista que no había pasado del mismo renglón de la editorial de aquella semana. Volteo para encontrarse con una fotografía de ella con su hija el día que terminó la escuela primaria. Sonrió cuando vio los chocolatosos y oscuros ojos de su niña, su niña que día a día se volvía mujer pero, esa sonrisa, desapareció cuando vio su imagen en aquella fotografía. La señora Akira no había mentido en lo que había dicho, a decir verdad, ahora podía encontrar sabiduría en cada una de sus palabras, Le dijo su destino y ella intentó inútilmente luchar contra él.

Ella era Ying Fa y había tenido que vivir con aquel secreto y, la única vez que se supo, fue suficiente para que Sakura Kinomoto desapareciera del universo y en su lugar llegara Sakura Amamiya. Ying Fa era su sombra eterna, su máscara, su compañera, su doble en cada uno de sus pasos. Ying Fa siempre estaba ahí, era madre y trabajadora de la misma forma que ella era y, por más que quisiera alejar a aquella prostituta de su hija no podía hacerlo.

Alejar a Ying Fa era alejarse ella misma y no estaba dispuesta a hacerlo. Repudiaba el recuerdo de vender su cuerpo pero no podía arrepentirse, no podía pedir que el tiempo volviera y cambiara todo porque, cambiarlo, representaba perder a su hija.

Porque Ying Fa al menos algo bueno había traído, su paso por el mundo había provocado que Ari fuera quien era. Si Ying Fa no hubiese existido quizás a Syaoran nunca lo hubiese conocido o quizás Ari no hubiese sido engendrada en el momento en el que lo hizo o, podría ser que, al quedarse con él, la niña no hubiese sido la que era ahora.

Odiaba a Ying Fa pero, al mismo tiempo, agradecía su existencia en su vida.

-Madre me quiero casar con ella.- Sentenció al otro lado del teléfono.- Ya tengo 20 años y tú esperabas que me casara pronto. Pues bien, quiero casarme con ella y voy a hacerlo.

-No sabemos nada de ella Syaoran ¡No puedes casarte con cualquiera! ¿hasta cuándo entenderás que eres un Li y tienes responsabilidades? Ella no es…

-Ella es la que quiero y punto madre. Me voy a casar con Sakura Kinomoto así sea lo último que haga, así me dejes sin herencia, aun y cuando deba renunciar a ser un Li.- Y colgó sabiendo que su madre no se quedaría sentada pero, él, estaba seguro de su novia, creía plenamente que nadie era mejor que ella para ser la futura señora Li.

Un ruido retumbó en el apartamento y, después de despejar un poco la mente, se dio cuenta de que la puerta estaba siendo tocada con delicadeza. Se dirigió a ella y la abrió para encontrarse con su novia. Ella lo miró un poco acongojada y sonrió débilmente mientras dejaba caer unas valijas en el suelo.

-Tuve que dejar mi apartamento.- Musitó.- ¿Podría quedarme contigo unos días mientras encuentro otro lugar?

-Sakura, yo quiero que te quedes toda la vida.


Alow!!!!! jaja si mucho tiempo pero esque la universidad me come mucho tiempo y ando en parciales pero, como este fic es mi favorito, no pude evitar apresurarme para subir capítulo.

por favor dejen reviews porque anhelo mucho que les guste esta historia y gracias a todos los que firman SON UN SOL

FELIZ 14 DE FEBRERO!

Ashaki *