Capítulo 9 - así llegamos al presente

Al final, no importa que tan bueno hayas intentado ser, que tanto te hayas esforzado por ir más allá, por hacer más por ti misma… por no morir en el intento por vivir. Al final, no importa que haya sido la situación la que te haya orillado a vivir como viviste, no importa quién lo haya ocasionado, al final la culpa siempre será tuya y de nadie más…

Al final solamente los malos ganan y no importa que los cuentos de hadas hayan intentado decirte lo contrario…

Al final te das cuenta que nada estaba ni estará en tus manos y que, tú destino, siempre fue un cordel en manos de alguien más grande que tú.

No podía ser lo que oía, simplemente no podía, no debía ser. Ella sabía la verdad y no sabía de dónde era que aquello había salido. Quiso levantar la mirada para ver a su prometido pero su verguenza era más grande, quiso pelear contra aquella mujer que había soltado sin una pizca de compasión aquello pero, tampoco pudo, la culpa era más grande que ella.

Mentirosa y nada más que una mentirosa, eso era lo que era. Una mentirosa que había intentado vivir y salir a delante pero, al final de cuentas, mentirosa.

La culpa no era algo que debiera sentir porque no había hecho nada malo, simplemente había sobrevivido como cualquier ser humano, no le había sido infiel durante el tiempo que fueron oficialmente pareja y en ningún momento había abusado de su cariño… ella lo había amado igual o más de lo que él lo había hecho.

-¿Qué quiere decir con eso Sakura?-Cuestionó su prometido mientras la tomaba de los hombros para obligarle a mirarle a los ojos. Aquello debía ser mentira. Sí, era una mentira. No podía ser ella ¡no era ella! Las había conocido a las dos, las había amado a las dos ¡No podía ser ella!-¿Quién eres Sakura?

-Quien tú quieras que yo sea…

No pudo más. Quiso mantener la cordura las pocas hojas que aún faltaban, quiso mantenerse fuerte para ella, pero no pudo. Simplemente la fuerza se había acabado y no podía seguir fingiendo frente a ella. Grandes lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y se llevó las manos al rostro tratando inútilmente de esconderlas.

Dos brazos envolvieron su cuerpo y, de nuevo, Arantza se convirtió en su roca aunque ella misma no lo supiera. Ari no quiso preguntar aún pero, ahora, estaba segura de que aquella historia escondía más de lo que suponía.

-Y nos dejó ¿no es así?-Dijo la niña mientras buscaba los ojos de su madre.- Es tu historia ¿verdad mamá? ¿Él era papá?

-No sabes como quisiera que las cosas hubieran sido tan distintas.- Y no hubo mayor afirmación que aquella.

Una prostituta. Ella había sido una prostituta.

Ari se levantó de su puesto y comenzó a vagar alrededor de la sala. Demasiada información, aquello era demasiado para un solo día. Una prostituta, su mamá era una prostituta. Sintió la mirada de su madre que se movía al compás de su caminar, pero no podía mirarla, no aún.

¿Quién era ella en realidad? ¿Quién era Arantza Amamiya en ese caso? Había crecido criada en una mentira pero no por eso podía odiar a su madre, simplemente no podía. Levantó su mirada para encontrarse con los ojos de su madre y, por primera vez, se sintió indefensa y desprotegida al no saber quien se suponía que era. Se llevó su mano al rostro y descubrió que había empezado a llorar. Hacía años que no lloraba delante de su madre.

-Ven acá.- Murmuró mientras estiraba sus brazos en señal de refugio. Arantza caminó hacia ella y se sentó entre sus piernas dejándose envolver en los brazos de su madre como una niña pequeña y lloró amargamente al no saber que se suponía que pasaría ahora, porque le contaba esta historia ahora, porque todo tenía que ser en ese momento.- Por si aún te quedan dudas, yo sí lo amaba, claro que lo amaba mi vida. Él era la luz de mi vida, el que me hizo salir adelante, aspirar a más. Fue mi familia cuando estuve sola, es la única persona con la que me hubiera tener un hijo, la persona que me ayudó a formar al ser humano más hermoso del mundo, a ti.

-¿Qué pasó después mamá? ¿Cómo nos abandonó? ¿Acaso no me quería mamá?

-Shh… deja que mamá termine la historia.- Y así, ambas, acomodados en el sillón, entrelazadas entre los brazos de la otra, decidieron continuar la historia.

Ambos se miraron tratando de hallar cosas distintas en el otro. Ella buscando aquel amor y aquella confianza que él había jurado tenerle en algún momento. Él buscaba, en realidad, él no sabía que ni a quien buscaba, todo era demasiado confuso para él. Ella no pudo sostener la mirada y seguir escondiendo la vergüenza que sentía al haber sido humillada de aquel forma en frente de todas aquellas personas.

Un secreto que había escondido ferozmente había sido develado, de la peor forma que haya podido existir, frente a la única persona a la que hubiese querido proteger de él, frente a los que creía la aceptarían como parte de la familia, frente al mundo y, sobre todo, frente a ella misma. Ahora no había manera de intentar negar aquel pasado y, por primera vez, creyó en que la Sra. Akira tenía razón después de todo: siempre sería Ying Fa, siempre viviría en su pasado, en su historia, sería la que al final decidiría también en su presente pero, sobre todo, tendría voz y voto en su futuro, sobre sus sueños sus parejas, sus amores y desamores.

Al final, no quedaba más que reconocer que Sakura Kinomoto y Ying Fa eran la misma persona, cortadas con la misma tijera, con la misma ilusión de simplemente vivir pero que, al final, ninguna tenía el permiso para ser feliz.

-Hijo, creo que esto te pertenece.- Y la gota que derramó el vaso fue derramada en ese momento al encontrar aquellas mismas piezas a las que ella misma había renunciado por su falsa libertad. Aquel brazalete con aquella falsa inscripción de "juntos toda la vida" fue depositado entre las manos de aquel que era su prometido.

-Y supongo esta basura es de Ying Fa ¿no querida niña?-Y encontró entre las manos de la matriarca Li aquel dije en forma de S que era lo único que le había quedado de su familia, de los Kinomoto. Lo arrebató de las manos de la mujer y no pudo evitar aferrarse a él como si fuera alguno de los miembros de su familia, buscando el consuelo y refugio que suponía sentiría si estuvieran vivos… si jamás hubiesen muerto.

-Usted no sabe nada.- Dijo Sakura mientras se colgaba aquel dije al cuello y miraba a un Syaoran confundido a los ojos. Un Syaoran molesto, decepcionado, aterrado, un Syaoran que ya no era el suyo y que, seguramente, nunca volvería a serlo.

-¿Quién eres?- Preguntó él de nuevo

-Quien tú quieras que sea.

Y no se necesitaron de más palabras, de más miradas ni de más tiempo. Aquella frase era única, especial y la única que siempre la había repetido era Ying Fa, la Ying Fa de la que se había enamorado en algún momento pero que había dejado por Sakura Kinomoto quien había resultado ser la misma persona.

Una mentirosa que quería aventajarse de su dinero, eso era exactamente lo que ella era.

Una cualquiera.

-Mamá- Interrumpió Arantza mientras giraba su rostro para encontrarse con los ojos verdes de su madre.- Papá ni siquiera sabe que existo ¿verdad?

Sakura suspiró y se sintió la más culpable al saber que la respuesta terminaría de romper toda ilusión de su hija. Negó con la cabeza mientras la niña de ojos oscuros simplemente bajaba la cabeza en señal de decepción.

Ella era un secreto, una desconocida. Había tenido una familia pro todo este tiempo y ella no lo sabía. Es decir, estaba consciente de que en algún momento de su vida había tenido un padre porque de otro modo no hubiese podido ser engendrada pero, ahora, estaba más que segura que nunca fue en realidad un padre sino, más bien, un progenitor, alguien que simplemente dejó la mitad de los cromosomas necesarios para que se formara un accidente.

Sí, eso era lo que era.

Un accidente.

-Salí corriendo de ahí tan pronto sentí su gélida mirada sobre mi cuerpo.- Se apresuró a decir Sakura para evitar que su hija siguiera teniendo pensamientos que simplemente no valían la pena.- No sé si sólo estaba decepcionado o si en verdad me odiaba, pero no podía seguir sintiendo esos ojos sobre mi de aquella manera… dolía demasiado verlos así cuando eran los mismos que en algún momento me habían visto con amor. Meiling me encontró en el camino y se encargó de sacarme tan pronto como ella pudo de ahí. No nos dirigimos la palabra en ningún momento, supongo que ninguna de las dos estaba muy segura de que decirle a la otra, de cómo mirarla, de cómo actuar. Me dejó ir sin siquiera cuestionar nada y por ella fue que Eriol y Tomoyo me encontraron, y que las cosas se convirtieron en lo que son ahora.

El tiempo simplemente se iba terminando y segundo a segundo se iban perdiendo en el segundero de la vida que le quedaba en Tokio. Era hora de volver a casa, aún y cuando aquello significara que nunca más la vería a ella: Arantza. Sí, era definitivamente el ser humano más extraño que hubiese conocido nunca, la más huraña, la más testaruda, la más lista, la más ella.

Pero tenía un destino que cumplir y, ahora, debía de volver a casa porque era necesario. Porque su madre lo necesitaba y, ella, no merecía estar sola y si por eso debía de renunciar a la persona que tanto le gustaba… entonces no quedaba nada más que hacerlo.

A demás, Arantza Amamiya nunca había hecho ni el más mínimo intento por siquiera ser su amiga. No, más bien era como si construyera una barrera para mantenerle lejos.

Agua y aceite. Exactamente eso es lo que podía caracterizarles pues nunca podían mezclarse. Era como su estuviesen diseñados para repelerse el uno al otro, como si la vida tuviese ganas de entretenerse a costa del sufrimiento ajeno y, por tanto, le hizo enamorarse de la única persona que, simplemente, jamás le correspondería.

Aspiró sonoramente una bocanada de aire y se tiró en la cama mirando hacia el techo.

Solo quedaba un día en Tokio y debía decidir qué hacer. ¿Debía seguir buscando a aquella mujer con la cual su tío estaba inexplicablemente obsesionado? O ¿mejor trataba de rescatar los últimos momentos en los que quizás tendría a la ambarina a su lado?

¿Qué era lo que en realidad valía la pena hacer?

Se sentó en la cama tratando de ordenar sus ideas. Todo era un desastre y el ver cómo su habitación ya se encontraba totalmente vacía no le ayudaba mucho que digamos. Solamente le hacía sentir más melancolía de la que ya sentía.

Pensó en su tío, Li Syaoran, dueño y magnate de las empresas correspondientes a la dinastía Li. Pensó que quizás cualquier persona pensaría que era la persona más feliz en todo el universo. Pero no lo era. A pesar de tener todo lo que cualquier persona pensaría que la haría feliz, él no lo era. Desde que lo conoció antes de que su padre se casara con su madrastra, Li Meiling, él era así: vagaba en silencio por los pasillos de su residencia con la mirada perdida, como si algo hubiese sido arrebatado de su lado sin que él pudiese hacer algo. Podía reconocerse una especie de melancolía que adornada su mirada pero, también, un odio que irradiaban los rasgos de su rostro y de su cuerpo.

Había mucho dolor encerrado y, él, lo sabía. El problema es que a pesar de que habían pasado lso años no había conseguido saber el porqué.

Su ahora madre no había querido hablar de ellos pues, a su parecer, no le correspondía. Las hermanas de su tío simplemente omitían el tema cada vez que podían y, Li Ieran, bueno, nadie se mete con ella así que lo más saludable era mantener una muy buena distancia.

Se levantó y sacó de su mochila los últimos papeles que había conseguido para nada. Su estancia en Japón, al parecer se tío, quedaría como un desperdicio de tiempo al no haber podido ayudarle en nada pero ¿es que no había considerado la cantidad de mujeres con ese nombre que encontraría? ¿Acaso esperaba que visitara una por una a las mujeres o que buscara en el extranjero a las que se fueron?

Hasta donde sabía, él había dejado de ver a esa Sakura hacía más de 15 años ¿Acaso no consideró la posibilidad de que se casara, muriera, cambiase de nombre? Pero, la pregunta que más taladraba su mente era solamente una: ¿quién era Sakura y qué tuvo que ver con el misterio del pasado de los Li?

Miró su reloj y suspiró. No valía la pena seguir cuestionándose, solamente debía decidir que hacer, y ya lo había hecho. Cerró al carpeta, la regresó al bolso de donde lo sacó, y decidió continuar su camino.

-Mamá ¿Alguien de ellos..

-Mei si sabe que existes.- Comenzó mientras se levantaba del sillón en búsqueda de una servilleta que limpiase las lágrimas. Era demasiado duro el mantener esta conversación y recordar todas aquellas cosas después de tantos años.- Algunas veces te ha buscado pero…

-No la dejaste que me viera ¿verdad?- Dijo Arantza enojada mientras se levantaba del sillón y se limpiaba con furia las lágrimas.- ¿Cómo puedes mamá? ¿Por qué tengo que vivir escondida mamá? ¿Cómo puedes ser tan enfermamente egoísta?

-Arantza, no es como…

-¡No mamá! ¡Es exactamente como te lo estoy diciendo! ¡Es mi familia mamá!- Rompió a llorar como hacia años no lo había hecho. Dolía demasiado saberse escondida por años, saber que era el secreto oscuro para alguien que tal vez si la quisera porque un padre amaba a sus hijos ¿no? No era una mala hija y podía aprender a ser la hija que él quisera, solamente quería verlo, conocerlo… ser una chica normal, con padres normales...- Quiero conocerlo.

-Si quieres verlo podemos buscarlo.- Dijo Sakura mientras se acercaba a su hija y la miraba con comprensión, tratando de sentir el terrible dolor que sentiría. Entendía que en verdad se había esforzado por comprenderla pero, aquello era demasiado y entendía a la perfección su respuesta y su reacción.- Sólo necesito que sepas una cosa muy importante: Sí decidimos buscarlo y él te reconoce… Yo tendré que dejar de ser tu madre y nunca más podremos volver a vernos.