Capítulo 10- Y me fijé equivocadamente en tí.

Las gotas de agua iban cayendo una a una contra el ventanal de la oficina, otro maldito día nublado en Hong Kong no hacía nada más que despertarle una melancolía que simplemente no podía eliminar de su vida. Miró el ordenador que estaba frente a él, y admiró detenidamente al cursor que parpadeaba en su hoja de trabajo. No podía concentrarse, simplemente las ideas no llegaban a él.

Y todo siempre había sido culpa de ella: de su existencia, de su sonrisa, de su vida, de su engaño. Todo siempre había sido culpa de ella.

Syaoran Li había vivido los últimos 15 años sabiendo que había perdido parte de su vida, desde el día en que descubrió su engaño simplemente evitó volverse a enamorar de alguien porque el sexo no necesitaba conjugarse en sí con el amor, y las compañeras de la vida quizás ni siquiera debían de despertarle nada más que un deseo. Simplemente nadie volvería a jugar con sus sentimientos.

Años después de su fallida relación con Kinomoto, simplemente evitó las relaciones formales, aunque no podía negar a sus constantes compañeras sexuales. Pero ninguna era ni sería ella. Hasta que apareció Nikki Aherm, una diseñadora americana que vivía de su sobrina quien había sido asignada a vivir bajo su tutela: Alizzé Aherm.

No podía decir que viviera enamorado de ella, pero tampoco podía evitar sentir una fuerte atracción hacia ella. Le despertaba ternura verla al cuidado de su sobrina su forma de hablar, su cuerpo. Pero sobre todo sus malditos ojos verdes que, a la larga, siempre le recordaban a ella.

Se sentó en el sillón y miró una fotografía con su sobrino, Yang Reed, hijastro de Meiling Reed. Quería al muchacho como nunca creyó que querría a una persona de esa edad, un tipo de cariño que despertaba un deseo de protección, necesidad de saber de él, reprenderle cuando realizaba algo mal. Siempre quiso tener un hijo, bueno, a decir verdad siempre había querido una niña que se convirtiera en el centro de su vida. Pero aquello era un sueño y nunca dejaría de serlo.

Lo más cercano a pareja sería Nikki y no planeaba involucrarse emocionalmente con nadie y, por consecuente, lo más cercano a una hija sería por siempre Alizzé.

-¿Por qué me hiciste esto Sakura?- Dijo mientras se revolvía el cabello, harto de sus propios pensamientos que siempre le hacían permanecer atorado en ese agujero.- ¿por qué?

En la misma ciudad, Meiling revisaba por enésima vez los documentos correspondientes a la premiación anual del Consejo Asiático de Escritores, pero no conseguía concentrarse, eran demasiadas las preocupaciones que estaban en su cabeza en aquel momento.

Sólo para comenzar tenía que conseguir tener todo el orden porque por fin su hijo, la luz de sus ojos, regresaría su lado y, esta vez, no permitiría que se alejara de ella por tanto tiempo… no de nuevo. Aunque, no podía negarlo, el hecho de que volviera también le carcomía el alma, y su necesidad de sentirlo a su lado la hacían sentirse la más egoísta del mundo: él estaba enamorado y le dolía regresar a casa, y no necesitaba que él se lo dijera explícitamente para saberlo. Era su hijo. A pesar de todos y de todo, su hijo.

Pensó en proponerle en que se quedara un tiempo más, pero lo necesitaba ya con ella. Por años habían sido únicamente ellos dos y nadie más, nadie más desde la muerte de su marido hacía ya tantos años. A demás, sabía que él también la extrañaba pues decidió volver a casa tan pronto terminara la escuela.

La decisión la había tomado él, pero no podía dejar de cuestionarse si aquella decisión había sido la indicada y si ella habría podido evitar el sufrimiento que seguramente acongojaba a su hijo. Porque estaba entre la espada y la pared, entre dos amores seguramente distintos y, a la vez, lo suficientemente fuertes como para hacerle dudar para tomar decisiones.

Quizás no llevaran la misma sangre, quizás no lo había cargado en su seno por meses sintiéndolo crecer dentro de ella. Nunca le cambió un pañal, o lo acercó a su pecho para alimentarle. En realidad, jamás había experimentado aquello. Pero, a diferencia de muchas mujeres que sí habían engendrado a un niño, ella había conocido el amor incondicional en su máxima expresión, el amor a primera vista, el calor de una mano pequeña buscando refugio en su cuerpo.

Eran familia y, escogiese lo que él escogiese, ella siempre lo apoyaría, como él siempre la apoyó a ella.

Al mismo tiempo, Sakura y su hija no dejaban de rondar por su cabeza. Eriol no le había permitido si quiera intentar hablar con ellas, advertirles de lo que se venía encima con esta historia. Amamiya se la había jugado muy bien al sacarle la historia a Kinomoto pues, por extraño que parezca, era tan cercana a la realidad que ella recordaba que podría apostar que la misma Sakura había escrito su historia.

Pero no lo creía posible. Era demasiado riesgo para ella y su bebé.

Bueno, su hija.

No pudo evitar suspirar mientras imaginaba cómo es que podría ser aquella niña. ¿Se parecería acaso a su madre? ¿Sería como ella tan dulce, amable, vivaz, luchadora, etc.? O sería más bien como Syaoran, su padre ¿Calculadora y planificadora, obsesiva y comprometida, trabajadora y con ese temperamento que únicamente los Li tienen? ¿Cómo es que ella sería?

Y ¿qué pasaría con ella ahora que este libro existía? Aquella historia, quizás, no mencionó explícitamente la existencia de esa niña pues, como es de esperarse, aquello podía hacer que muchísimos problemas se les sobrevinieran encima. Pero, si sabías leer entre líneas, sabías exactamente a qué se refería con el "no me quedé sola".

Y Syaoran, ¿qué sucedería con él ahora que el destino regresaba a golpearle el rostro? No tenía nada en contra de Nikki, es decir, no era la mejor persona que había conocido en su vida, pero no tenía los argumentos suficientes para decir que era la peor. Pero ella no era para él y, aunque no lo quisieran ver, las cosas simplemente nunca funcionarían entre ellos más allá de los encontrones en la cama.

Pero, la niña, esa personita no había dejado de rondar por su mente durante los últimos 15 años y, ella, solamente guardaba una imagen impresionante en su memoria: sus ojos ambarinos. ¿Acaso abrían cambiado de color conforme creció? No lo sabía, quizás ni siquiera podría reconocerla en la calle porque ambas eran casi unas completas desconocidas.

Y el "casi" era la palabra clave.

Claro que sí se habían conocido, alguna vez, la última vez en la que Sakura Kinomoto y Meiling Li se vieron hacía ya tanto tiempo.

Si las fechas no mentían, en definitiva la niña tendría que estar por nacer si no es que ya había nacido. No podía evitar preocuparse por ella y la que seguramente ya era nueva madre pero ¿dónde buscarlas? ¿Cómo saber si estaban bien sin hacer que la familia Li se diera cuenta de que la seguía buscando? ¿Cómo seguirle ocultando a su primo la existencia de un descendiente de su mismo linaje?

No le quedaba ninguna opción más que buscarle por su cuenta, sin ayuda de sus contactos que por el mero hecho de ser Li tenía. Se comunicó con un agente inglés que había encontrado por internet y únicamente pidió los registros de internación a hospitales de mujeres parturientas. Tenía que encontrarla, ya fuera bajo su propio nombre o por el nombre de alguien más, pero si la conocía tanto como creía que lo había conseguido… la encontraría.

Revisó una por una sin éxito alguno en su tarea… ninguna Sakura Kinomoto vinculaba en los registros. Nombre por nombre leyó cada una de las hojas, hasta que uno hizo ruido en su cabeza "Nombre del recién nacido: Arantza Amamiya".

"-Según la tradición de los Li, si tu y mi primo llegaran a tener un bebé debería de llamarse como alguno de los padres de Syaoran.- Comentó Mei en una de las tantas conversaciones que llegó a mantener con la castaña.

-No quiero ofender a tus tradiciones.- Comenzó Sakura mientras descansaba su cabeza entre sus manos y miraba el vaporcillo del café desaparecer por el aire.- Pero si llegara a tener una niña, ella se llamaría Ari.

-¿Ari?

-Arantza Li-Kinomoto, ese sería su nombre".

Apenas aquella corazonada le hizo imaginar que podría ser la única oportunidad para encontrarla, se aventuró a Tokio. Cuando estuvo fuera del hospital no pudo evitar sentir cómo le temblaban las piernas y cómo le latía el corazón con fuerza. No podría arriesgarse demasiado porque, arriesgarse a ella, implicaba arriesgar a la niña y a su madre.

Ingresó a la sala de recepción y preguntó por la familia Amamiya, considerando que así se apellidaba la niña, y se identificó como una vieja amiga de la madre. Se dirigió hacia la habitación indicada no sin antes detenerse en los cuneros, imaginando como sería que se vería un hijo propio en una de esas pequeñas cunitas.

Suspiró.

Y no pudo evitar dirigir su mirada a una pequeñita envuelta en su cobija rosa que ni dejaba de mirar hacia todos lados. Demasiado despierta para ser una recién nacida. Pegó su rostro contra el cristal para mirarla mejor, y encontró unos ojos que ella conocía a la perfección: ambarinos.

Ojos totalmente ambarinos.

Una de las enfermeras tomó a la niña entre sus brazos y salió de los cuneros, acción que generó en Meiling la necesidad de seguirla.

Era ella.

Tenía que ser ella.

Se topó con el número de la habitación y respiró lentamente. ¿Qué le diría si era ella? ¿Cómo le explicaría que quería saber de ella, que su primo estaba sumido en la depresión ante el supuesto desengaño y que ahora satisfacía su soledad con cualquiera que tuviera enfrente? ¿Cómo le explicaba que debía de huir para siempre, que no debían jamás saber de la niña?

¿Cómo podía ser tan cruel como para decirle aquello?

Tocó con delicadeza a la puerta y no pudo evitar que sus piernas temblaran. Giró la perilla y entró sin siquiera recibir el permiso de los presentes. Y fue en ese momento en que ojos verdes y rubíes se encontraron, de nuevo.

-¿Qué haces aquí Mei?

-Advertirte Sakura, solamente vengo a advertirte.

-¿Me estás advirtiendo mamá? ¿Quién te crees para decirme que si lo busco me tengo que olvidar de ti? ¡Qué pasa con tu vida!-Gritó enojada Arantza mientras comenzaba a caminar en círculos en la sala. Rasgo Li, maldita sea, ¿por qué siempre tenía que recordarlo a él y a su familia?

-Arantza, no es…

-¡No mamá! ¡Sí es! ¿Cómo puedes ser tan egoísta mamá? ¿Por qué tengo que dejarte si lo quiero conocer a él también?

-Porque no te dejaran verme mi amor, por eso.- Contestó su madre mientras se levantaba y se ponía frente a ella, depositando sus manos sobre los hombros de la pequeña ambarina.- En el raro caso de que seas aceptada como una Li, únicamente tú eres Li y yo no; y jamás fui considerada digna de serlo. No importa que no quieras dejarme princesa, me tendrás de quedar y ellos se encargaran de conseguirlo de una u otro forma, pero no nos volveremos a ver jamás.

El llamarla se estaba convertido en la pulsión más necesaria que había invadido su ser en todo momento pero ¿cómo llamarle? ¿con que excusa decirle que quería despedirse porque no la volvería a ver y la amaba?

Revisó entre sus cosas y, mágicamente, encontró uno de los cuadernos de Arantza entre sus cosas, y agradeció a los cielos el hecho de que lo tuviera ahí, consigo, como la perfecta razón para llamarla. Tomó el cuaderno, su móvil y las llaves del ya vacío departamento, y emprendió su camino a aquel edificio que conocía a la perfección por la innumerable cantidad de veces que la había visto dirigirse a casa.

Una vez afuera del departamento no pudo evitar sentir como sus piernas temblaban de una manera impresionante. Moría de miedo. Presionó el botón verde esperando a que la llamara conectada únicamente para hablar con ella, aunque fuera por última vez.

-Y no te lo he icho pero, nos vamos a Hong Kong la próxima semana. Gané el…

-¿¡Qué acaso estás demente mamá?-Gritó Arantza mientras se levantaba del sillón donde había tratado de guardar la compostura que había perdido momentos atrás y que, ahora, perdía nuevamente.-¿Hong Kong? ¿Sabes a lo que te arriesgas? ¿A lo que me arriesgas? No quiero que me alejen de ti mamá, no quiero perderte.

-Y no vas a perderme mi reina. Ellos no saben de ti ni lo sabrán. Somos completas desconocidas en el mundo desde que nos apellidamos Amamiya y ellos jamás sabrán de ti… tenemos un aliado en esa casa.

-¿Un alia…

Pero no pudo terminar el cuestionamiento pues, el teléfono del lugar, comenzó a sonar sacándolas de aquella tensa situación. Sakura tomo el teléfono entre sus manos y no pudo evitar sonreír tiernamente ante lo que oía. El chico estaba nervioso. Demasiado nervioso. Tapó la bocina del aparato y le dirigió el teléfono a su hija diciendo una de las pocas palabras que hacían sonrojar a su niña "un chico".

-¿Qué quieres?- Contestó Arantza tratando de hacerse la dura.- O más bien, ¿quién demonios eres?

-Reed. Soy Yang Reed.- Contestó él sintiendo cómo las piernas comenzaban a temblarle.- Tengo un cuaderno que es tuyo y pensé que quizás podríamos ir por un helado, ya sabes, celebrar que se acabo la secundaria.

-No tengo tiempo, trabajo niñito.

-Puedo acompañarte al trabajo. Subo por ti en 2 minutos.- Y colgó el teléfono.

No pudo evitar sentirse aterrada. Él, estaba en su departamento, con su cuaderno, la había invitado por un helado y ella ¡vestida así! Corrió hacia su habitación no sin antes arrancarle una sonrisa a su madre, y se cambió de ropa en un instante para seguir manteniendo su imagen pero, sobre todo, porque aunque no le gustara admitirlo, él estaba ahí.

-¿Entonces eres compañero de Ari?- Alcanzó a oír a su madre.- Mucho gusto, soy Sakura Amamiya, la mamá de Arantza.

-Yang.- Contestó él.- Me llamo Yang, señora Sakura.

Él la detenidamente pues, aunque fuese extraño decirlo, era muy similar a la descripción dada por su tío y, al mismo tiempo, era sumamente linda, como su hija. Arantza salió del pasillo y lo miró con atención mientras echaba sus zapatillas al hombro y se despedía de su madre. Ninguno de los dos se dirigía la palabra. A decir verdad, no tenía sentido que ellos dos caminasen juntos si se odiaban.

Porque se odiaban ¿No era así? No hablaban en clase y, si lo hacían, era simplemente para estar peleando porque él era tan irritante. Siempre era la buena persona, el que estaba ahí para ayudar a los demás, tan sonriente, tan bobo y, extrañamente, al mismo tiempo tan fascinante.

Nunca había conocido a nadie como él. Sí, sabía que era distinto por el simple hecho de ser extranjero y que quizás esa era la razón por la cual era completamente diferente a los chicos que había visto en su país... Pero seguía teniendo algo más.

Y aunque quisiera evitarlo no podía hacerlo. Yang Reed le gustaba, le gustaba demasiado a pesar de lo mal que lo había tratado todo el tiempo que convivieron en la escuela. Le gustaba el que fuera tan persistente en querer ayudarle siempre a pesar de su constante rechazo. Le gustaba que siempre le sonriera a pesar de que ella le dirigiera esa mirada hostil, que le saludara por las mañanas aunque ganara una mirada de desprecio de su parte.

No era que él se comportara de una manera distinta con ella o que la tratara de una manera especial. En realidad, él se comportaba con ella de la misma manera en que lo hacía con las demás personas.

Y eso era lo que más quería de él: el no tratar de impresionarla, el tratarla como a cualquier chica más... Como a una persona. No como los otros chicos que trataban de hablarle solo para salir con ella o tratar de ser el primero en llevarla a la cama.

Maldito cuerpo desarrollado que tenía.

-¿Qué te pasa?- preguntó mientras la miraba con detenimiento. Algo no andaba bien con ella y, aquello, era evidente para cualquier persona que la conociera.- No te ves muy...

-Mi vida es un desastre-se apresuró a contestar. - más bien, el desastre soy yo. Las cosas definitivamente serian distintas sin mí...

-Arantza...

-No, déjame terminar. Sabes, cuando mamá se embarazó de mí tenía 18. Qué locura ¿No? Era una niña boba que decidió quedarse con una niña que solamente llegó a complicarle la existencia. -Suspiró y dirigió su mirada al cielo, como si buscara que alguna estrella escuchara su historia y pudiese arreglarla. Bufó al no encontrar ninguna en aquella tarde. Aún era demasiado temprano para que alguna apareciera.-A decir verdad, mamá era una chica lista. Después de que nací se dedicó a dar clases de ballet, ¡Era genial! Mi tía dice que fue bailarina durante años y que pudo haber llegado muy lejos. Por las noches, mientras dormía y mis tíos habían llegado del trabajo, mamá se iba a una universidad que daba clases nocturnas y así terminó su carrera en periodismo... Pero sé que quiso hacer más, llegar más lejos.

-¿Siempre han sido ustedes dos?-cuestionó impresionado de la franqueza de su compañera. Nunca habían hablado así, a decir verdad nunca habían hablado tanto sin discutir.-es decir, que pasó con... Tú sabes.

-¿Papá? Él ni siquiera sabe de mí. Dejó a mamá por un malentendido aún antes de que ella supiera de mí. A veces pienso que las cosas quizás hubieran sido mejor si yo no hubiese nacido, o mejor aún, que no me hubiesen engendrado, así ella hubiera conseguido tantos...

-¡Cállate!- gritó el chico mientras golpeaba el barandal del puente haciendo que la niña se asustara.-nunca, escúchame bien, nunca vuelvas si quiera a pensar eso ¿Me entendíste?

-tú quién demonios...

-¿Estás loca acaso? ¿Sabes lo que pasaría si no existieras? ¿Qué pasaría con tu mamá? ¿Eh? ¿En verdad crees que sería más feliz sin tú? ¿Qué pasaría con tus tíos? ¿Y tú primo? ¿Realmente consideras que el mundo sería mucho mejor sin tí?- no podía soportar oírla decir aquello, ¿Dónde había quedado la Arantza dura?-no puedes siquiera pensar en eso... Yo no...

-¿Tú no qué?- le preguntó mientras se plantaba frente a él. Era alto, mucho más alto que ella (aún y cuando ella tenía una estatura considerable).- ¿Qué quieres decir con eso?

Sakura tomó al niño entre sus brazos para no tener que despertarlo, el pobrecillo había tenido fiebre por dos días y no había podido descansar como se debía. Acarició con cariño los cabellos azabaches de su sobrino y sonrió al recordar cuando mecía a su hija entre sus brazos de la misma forma tantos años atrás.

Ya no era una niña y estaba completamente consciente de ello. Pero a veces le era tan difícil aceptarlo. Al haberla mirado salir con aquel chico le hizo tener que aceptar que se estaba volviendo mujer... Toda una mujer.

Se alejó del niño quien seguía sumido en sus sueños infantiles, y se dirigió a su buró. Suspiró y llevó su mano a uno de los cajones abriéndole con cuidado, rebuscó entre algunas de sus pertenencias hasta que dio con ella. Su hija sí había visto fotografías de su desconocido padre en el periódico, le había visto en la televisión con aquella otra mujer con la que ahora compartía su vida y la niña esa que estaba al cuidado de su pareja.

Él había continuado su vida y ahora tenía su propio estilo de familia.

Una novia que fungía de esposa si en el titulo, y una hija que venía dentro del paquete.

Pero él tenía una verdadera hija que pudo haber estado bajo su cuidado, y aunque se negara a aceptarlo, también tenía a una mujer que seguía alucinando, por las mañanas, el tenerlo a su lado al despertar. Como lo estuvieron el algún momento y como nunca lo volverían a estar.

Miró aquella única fotografía que aún conservaba con él, alguno de sus aniversarios de mes. La única imagen que su hija no había visto y que no vería a menos de que se decidiera a buscarlo.

Aunque significara perderla para siempre.

Ambos chicos se mantuvieron en silencio, cada uno buscando las palabras para nombrar lo que sucedía. Nunca habían estado así. Él la había acorralado contra el barandal y había apoyado su mentón sobre su frente. Oía su respiración contra su rostro, sentía su calor cerca de ella y, su olor, su olor enviciaba sus sentidos hasta un punto en que sentía que perdía la cordura.

No había razón para intentar negarlo. Estaba total y perdidamente enamorada del extranjero.

Niñas perdón! la universidad me consume espantosamente: entre Freud, Piaget, Vigotsky, Ellis y Beck tiene un plan catastrofico de no dejarme ni respirar.

Espero les guste!