#05

Tan dulces como el chocolate.

Una lucha constante, a eso se resumía su convivencia y su trabajo. Hermione había conseguido acostumbrarse al ritmo que le demandaba Malfoy en la oficina, las peticiones de las cartas se anotaban prácticamente solas y en ocasiones, algún que otro chico no muy mayor que ella se ofrecía a ayudarla, lo cual siempre agradecía con una sonrisa muy amplia. Llevaba tres días trabajando en aquella empresa y sus compañeros y compañeras eran todos muy agradables con ella. La única a la que no podía soportar, aunque le molestara, era a Lavender Brown. Siempre estaba lanzándole preguntas incómodas y mirándole con las cejas enarcadas y una sonrisa un tanto repelente.

Estaba agrupando un taco de folios sobre la mesa, cuando Lavender entró para comunicarle un dato importante para ella, con cierta expresión curiosa.

—Hermione, el jefe quiere verte —movió las cejas seguidamente, como si fuera algo realmente interesante.

La castaña no respondió, se limitó a pasar por su lado y subir al piso de arriba, donde se encontraba el despacho de Malfoy. Llamó a la puerta antes de entrar, y esperó una respuesta del chico para entrar, pero no obtuvo ninguna. Volvió a llamar.

—Adelante —dijo la voz de Malfoy por fin.

Entró con agilidad y se posó frente a la mesa de trabajo del rubio, él tenía los pies sobre el mueble y se miraba las manos, sin prestarle demasiada atención a la chica, manifestando su clara indiferencia.

—¿Qué quieres? —el tono de ella era tan borde como el que acostumbraba a usar Malfoy.

—Estaba pensando en doblarte la tarea —miró a la joven—. Veo que tienes mucho tiempo libre para tontear con mis empleados.

Hermione no pudo evitar quedarse con la boca abierta. ¿Cómo tenía tanta cara? Obviamente, ella no estaba tonteando con nadie, no necesitaba la ayuda de ningún hombre o mujer para hacer su trabajo, ella se veía lo suficientemente capaz para realizarlo sola, pero claramente, y no lo iba a negar. Sacó la varita y la agitó enérgicamente, haciendo que todos los folios que tenía Malfoy apilados por todo el escritorio se doblaran solos con forma de aviones de papel. Todos ellos se pusieron tras Hermione y él bajó los pies de la mesa mirándola con atención.

—¡Oppugno! —Exclamó y todos los avioncitos salieron disparados hacia donde estaba Draco.

Él saltó de su cómoda silla acolchada en cuanto vio el ataque hacia su persona, se colocó detrás de su asiento como si este fuera un mero escudo. Parecía que aquellos dichosos papeles no se acababan nunca y tenían la punta tan afilada como el pico de un pájaro.

—¿Se puede saber qué haces, Granger? —Estaba fuera de sí, tras su escudo.

Hermione frenó el ataque contra su enemigo.

—Nada, sólo creía que debía bajarte un poco los humos —dijo poniendo los brazos en jarras a la par que dibujaba una sonrisa en su rostro.

—Pero tú, marisabidilla, eres una mera empleada y yo el jefe —replicó Draco ya en pie, recuperando su pose y su dignidad y andando hacia ella.

—Ya, y también tu esposa —amplió la sonrisa en señal de clara victoria—. ¿Sabes lo que significa? Exacto, que el Ministerio se sorprendería mucho al descubrir que molestas hasta extremos insospechados a tu mujer.

—Por mí el Ministerio puede irse a la mierda —bufó.

—Y tú a Azkaban.

El silencio se hizo patente cuando ambos dejaron de discutir hablando y lo hicieron mediante sus miradas. La mirada gélida de Draco reflejada en los ardientes ojos de Hermione, que no estaba dispuesta a dejarse pisotear por él, mientras que el joven, por su parte, quería hacerle la vida imposible a la chica que tenía frente a su persona, como había hecho durante todos sus años en Hogwarts.

—Bueno, mira —comenzó a decir ella—, podríamos pasarnos así horas, incluso días, pero no conseguiremos nada. Simplemente haz lo que quieras, pero no me vas a molestar, Malfoy, ni mucho menos. Además, he memorizado la Ley de empleados establecida en el mundo mágico, así como todas las cláusulas de nuestro contrato, y si lo necesito podemos volver a juicio. Te recuerdo que yo estoy aquí por ti, y no me refiero en el trabajo, sino en nuestra casa.

Tras decir eso se marchó. Recogió sus cosas y se fue, bastante había soportado por hoy, aún quedaba media hora para que su turno hubiera acabado, pero Malfoy le había enfurecido tanto que no se iba a molestar en cumplir ese día.

Llegó a su casa muerta de hambre, estaba a punto de ser la hora de comer. En cuanto entró a casa, vio una carta en el suelo del recibidor que estaba a su nombre, la cogió y se la llevó a su habitación, luego bajó a la cocina a hacerse crema de calabaza para comer, le encantaba con un poquito de queso fundido por encima. En ocasiones la cocina se le daba bastante bien, lástima que el hurón estúpido no fuera capaz de apreciarlo. Si al menos tratara de aceptar que se ha equivocado en lugar de darse aires de superioridad constantemente, incluso ella sería capaz de hacerle alguna vez alguno de sus puntos fuertes en la cocina.

Tras tomarse la comida, regresó a su cuarto para leer la carta que había llegado. Era de Ginny.

¡Hola, Herms!

¿Cómo lo llevas? Supongo que la convivencia con Malfoy debe ser bastante mejorable… Pero, ¡ánimo! Puedes con todo, ya verás.

Estoy deseando verte, hace bastante que no lo hacemos. Claro que hasta Navidad o verano no podré, es lo que tiene seguir en Hogwarts… La verdad es que esto está tan calmado que no parece la escuela a la que habéis asistido por casi siete años.

Espero tu respuesta.

¡Besos!

Ginny.

Volvió a meter la carta en el sobre y lo guardó en un cajón de su escritorio. Tanto Ginny como Luna seguían en Hogwarts, por lo que Hemione no contaba con ninguna amistad femenina. Por supuesto que tenía a Harry y Ron, y estaba muy feliz de ello, pero no podía contarles ciertas cosas con la misma naturalidad que podía hacerlo con Ginny.

Hermione terminó los estudios en Hogwarts no hacía muchos meses atrás, pero por el momento le resultaba casi imposible encontrar un empleo acorde a sus grandes posibilidades y que ella realmente quisiera. Consideraba que los carteles de "se busca 'x'" estaban de decoración, porque luego ella hacía una entrevista de trabajo que consideraba de resultado formidable, y nunca llamaban otra vez. Ella, que era de las personas que mejores resultados sacaba en Hogwarts. Ella, que siempre se volcaba en sus tareas y lo hacía todo lo mejor posible. ¿Quién podría estar mejor cualificado que Hermione Granger? Estaba plenamente segura que nadie.

De pronto, el sonido del timbre sacó a Hermione se sus pensamientos, bajó rápidamente las escaleras. Frenó en la puerta, se aclaró la garganta y abrió la puerta. En cuanto lo hizo se maldijo por ello. ¡En qué buena hora tuvo que abrir sin pasar los por la mirilla antes! Lo que tenía frente a ella era una joven bruja de largos cabellos como el azabache, de unos ojos verde hierba y unos labios de un color cercano al rubí. Ahí estaba, parada frente a ella, con los brazos cruzados y mirándole a través de sus orbes flanqueados por sus espesas y largas pestañas, Pansy Parkinson.

—Hola, sangresucia —dijo ella en un tono grosero.

—Vaya, qué de cosas pasan últimamente —respondió Hermione haciéndose la sorprendida—: Llaman a tu puerta y acto seguido te insultan. Maravilloso.

—No he mentido en nada —se excusó la morena, sin perder la serenidad—. Quiero ver a Draco.

—Pues lo siento mucho, no está en casa —dijo a punto de cerrar la puerta en sus narices, pero ella no se lo permitió, pues la detuvo con la mano.

—Escúchame bien, él no te quiere —declaró mientras le dedicaba a la castaña una mirada hostil.

Hermione hizo más fuerza para poder cerrar la puerta. ¿Pero qué era aquello que acababa de pasar? El mundo estaba loco. No, mentía. ¡Los Slytherins estaban locos! Para ella eran todos una panda de maleducados, engreídos y mimados. No era suficiente con tener que estar casada con la persona con la peor se llevaba del mundo que, para rematar, tenía que venir su equivalente femenino a menospreciarla cuando no estaba él en casa.

Fue en aquel momento cuando el teléfono sonó, y ella se apresuró a responder. ¿Quién sería ahora?


Estaba atardeciendo sobre las perfectas casas alineadas de Lost Wallet, el barrio en el que se habían comprado la casa Malfoy y Granger. Draco se encontraba detenido en frente de la puerta de su casa, mirándola con indecisión. Sólo podía pensar en su terrible desdicha: vivir con una sangresucia era lo peor que le podía pasar. No, no era vivir con una sangresucia. Era vivir con la sangresucia inseparable de Potty y Weasel, en su conjunto, las tres personas a las que nunca ha podido ver desde el día en que los conoció.

Al entrar, sólo había luz en el salón y todo estaba decorado con un aroma a canela que no le disgustaba. Anduvo lentamente hasta el lugar de donde provenía la brillante luz y el olor. Hermione en cuanto le vio entrar se puso en pie y le dedicó una sonrisa forzada que pretendía ser lo más natural posible.

—¡Hola, Malfoy! —Saludó enérgicamente acercándose a él—. ¿Un día duro de trabajo?

Malfoy no pudo evitar esbozar una mueca de claro desconcierto, a la par que un escalofrío recorría todo su espalda con parsimonia.

—Sí, ha sido terrible, Granger —respondió siguiéndole el rollo a la castaña—. No te vas a creer lo que me ha pasado hoy —dijo, y Hermione no pudo evitar interesarse sinceramente por lo que le había podido pasar—. Una psicótica ha irrumpido en mi despacho ebria de poder y me ha lanzado estúpidos misiles de papel mientras su pelo, poseído por el espíritu de Lord Voldemort y hecho un estropajo, se movía endiabladamente.

La chica se echó la mano a la cabeza.

"Bravo, Hermione, desata el caos cuando necesitas todo lo contrario" Pensó.

—Bueno, seguro que esa no vuelve a molestarte —comentó mientras le agarraba de la manga de su brazo y lo arrastraba para que se sentara en el sillón de la estancia—. No debe de llegarte a la suela de los zapatos.

—¿Granger? ¿Estás bien? ¿Has comido algo en mal estado? —Quiso saber, muy sinceramente, con su ceño fruncido y siguiendo con la mirada cada uno de los movimientos de la chica.

—¿Yo? Por supuesto, ¿por qué no iba a estarlo? —La sonrisa que tenía dibujada en su cara, tan artificial como la de un muñeco de plástico, le resultó a Draco enormemente tétrica. Tan falsa resultaba, que hasta la propia Hermione reparó en ello—. Necesito un favor —confesó al fin, juntando las manos a modo de rezo y agachando la cabeza.

Él enarcó una ceja y delineó una sonrisa torcida. Granger necesitaba un favor de él, estaba claro que no haría nada por ella tan a la ligera.

—¿Qué es? —Preguntó con curiosidad.

Ella exhaló una importante cantidad de aire.

—Mis padres han llamado —informa nerviosa—. Dicen que quieren venir el sábado a cenar a casa porque quieren conocer a mi marido.

—¿Qué? ¿No saben que es una farsa? —Inquirió atónito.

—Pues claro que no. A mis padres les hubiera dado algo —explicó tocándose las muñecas—. Es más, si lo descubren me obligan a pedir el divorcio a la velocidad de una snitch. Y en ese aspecto quien sale más perjudicado eres tú.

El rubio bufó molesto. No le iba a resultar nada cómodo tener que comer en la misma mesa él, un perfecto sangrepura con una sangresucia, que no contenta con eso es además una desquiciante sabelotodo, y sus padres muggles.

—Espero que sea una broma —dijo.

—No, no lo es. Ojalá lo fuera, así me ahorraba el montar el numerito —respondió la castaña entre suspiro y suspiro, prueba de que ella estaba tan disgustada como él.

Draco estuvo unos instantes en silencio, mientras la mirada de súplica de Granger, la cual desconocía hasta el momento, se fijaba en él. Se debatía sobre si aceptar o no. Estaba claro que debía hacerlo, no podían arriesgarse, además, con lo estricto que estaba siendo el Ministerio los últimos días seguro que están al acecho en busca de la verdad. Y ya no solo el Ministerior, Rita Skeeter debe de tenerles en el punto de mira, con la pluma preparada para escribir una nueva difamación sobre ellos.

—Está bien. De acuerdo. ¿Este sábado dices? Procura que haya algo rico de cenar —cedió Malfoy poniéndose en pie.

—Gracias —agradeció ella muy sinceramente—. Pero hay algo más —murmuró temiendo decírselo al joven.

—¿El qué? —Preguntó bajo un pequeño sentimiento de expectación.

—Pues que… También tiene que venir tu madre —Expresó con dificultad, y cerrando los ojos para no ver la cara de pasmo que tenía Malfoy en aquellos momentos.

—¡¿Qué?! —Exclamó él, perdiendo el juicio poco a poco—. Pero, ¿tú te estás oyendo? ¿Cómo vas a meter a mi madre y a tus padres aquí, con nosotros dos? ¿No crees que ya era complicada la situación de sólo tu familia y yo? —Las preguntas se disparaban solas. Estaba tan atónito que no podía dejar de hablar.

—Quieren conocer a su suegra formalmente, es normal —se exculpó la chica, agitando los brazos—. Además, supongo que tu madre, si aceptó esto fue porque no quería verte en lo más alto de Azkaban. Seguro que hace el esfuerzo.

Draco dio una palmada.

—Claro, porque mi madre es así, tan bondadosa y tranquila. Le encanta cenar con muggles y sus hijas sangresucias —manifestó sus nervios con mofa, mientras movía los brazos como Granger y ponía cara de bobalicón.

Hermione tuvo que hacer un esfuerzo por no reír, porque ver a Malfoy agudizando la voz mientras hablaba resultaba bastante cómico. Sin embargo, no quería que le viera, así que se tapó la comisura de la boca para que no viera que se inclinaba hacía arriba.

—Sí, Malfoy —dijo al fin, dispuesta a lanzar su réplica—. Eres un auténtico genio del humor —le apuntó con el dedo índice—. El sábado a las nueve, por tú bien.

"Y en parte por el mío" Pensó, pero no tuvo valor a decir nada.

Los dos días siguientes transcurrieron bastante rápido para Hermione. Malfoy estaba exageradamente irritable en el trabajo y todos lo comentaban en la oficina, su nuevo jefe tenía mucho humor y lo había dejado claro desde que vino.

—¿Habéis discutido? —Preguntó extremadamente curiosa Lavender Brown, mientras le dedicaba una mirada de "rayos laser".

—¿Por qué lo preguntas? —Fue lo que alcanzó a decir Hermione.

—No sé, no veía al Sr. Malfoy tan irritado desde hace mucho.

—Ya, porque Malf- Draco… no lleva aquí desde hace una semana —respondió sarcásticamente. A Hermione le daba repelús escuchar el nombre del rubio con un "señor" delante.

—Me refiero a nuestra época en Hogwarts, Herms —Su voz estaba resultando tan aguda que Hermione debía hacer uso de toda su capacidad cerebral y su paciencia para no perder los nervios.

La castaña guardó en una carpeta de cartón todos los folios que tenía a mano y se puso en pie súbitamente.

—Voy a llevarle esto al señor —recalcó la última palabra, como si estuviera hablando de algún santo muggle.

No dejaba de mover el pie nerviosamente mientras esperaba el dichoso ascensor que funcionaba a base de magia. Venía de las plantas de abajo y parecía ocupado, cuando se abrió se encontró a Theodore Nott y a su lado a Daphne Greengrass, la cual portaba en una mano una lujosa taza de café, mirándole con sus ojos color miel y su rostro enmarcado por su pelo rubio.

—Hola, Granger —saludó Nott de un modo cordial—. ¿Vas a ver a Draco?

—Sí —respondió mientras sentía la mirada de Greengrass atravesarle.

Entraron al despacho de Malfoy en un silencio sepulcral. Cuando lo hicieron vio como Daphne se apresuraba a acercarse al rubio mientras portaba entre sus manos una carpeta decorada de un modo un tanto cursi para Hermione.

—Hola, Draco —dijo empleando un tono de voz realmente alegre—. Te he traído una taza de café como te gusta.

Malfoy la cogió sin mucho interés.

—Gracias, Daphne —la chica sonrió ampliamente al haberse sentido realizada. Él miró a las otras dos personas que se encontraban presentes—. Hola, Theodore. Hola, .

Hermione comenzó a reír ineludiblemente, de un modo tan exagerado que tanto Draco como Daphne no pudieron evitar fruncir el ceño al verla.

—Ay, qué tonto eres, cari —dijo dándole una palmada en la espalda al rubio—. Te tengo dicho que me llames Hermione.

Theodore se había llevado el puño a la boca para evitar no atragantarse de la risa que le estaba produciendo aquello. Lo tenía muy claro, Dumbledore era un genio, había cogido a las dos personas más incompatibles de todo el mundo mágico y las había obligado a soportarse.

—Bueno, vuelvo al trabajo —Hermione dio media vuelta y salió de allí tan rápido como pudo.

La mesa de trabajo había sido ocupada por el trasero de Daphne, que se cruzó de piernas y se miró las uñas.

—Dime, Draco, que es una broma.

"Ojalá lo fuera" Dijo él para sus adentros.

—No, no lo es. Aunque no lo parezca, están terriblemente enamorados —informó Theodore jocoso, disfrutando del momento y de la cara de Daphne.

Cuando estaban en Hogwarts, todas las chicas de Slytherin suspiraban embelesadas cada vez que veían pasar a Draco Malfoy, con su expresión de superioridad y sus andares decididos. Todas las chicas querían algo con él, un beso, un abrazo, sexo… Pero él siempre, y esto es algo que nunca entenderán las Slytherins, se inclinaba por Pansy Parkinson, la más malvada de todas las jóvenes de Hogwarts. Obviamente, Daphne Greengrass no era una excepción, aun intentaba algo con el rubio, aunque fuera en vano.

—Aun no lo puedo creer —comentó la rubia, mirándose las uñas.

Que aquel matrimonio era una farsa solo lo sabían Blaise Zabinni y Theodore Nott, las dos únicas personas en las que podía confiar. Ni si quiera lo sabía Pansy, era mejor que creyera que era verdad a que su locura lo estropeara todo. Aunque en el fondo era consciente de que haría algo conociendo la verdad o no.


El sábado llegó para el pesar del Slytherin. No dejaba de darle vueltas al "qué hacer". Su madre había aceptado asistir aunque a regañadientes y estaba seguro de que lo hizo para poder ver bien la cara a toda la familia de su yerna postiza. Hermione había pasado todo el día limpiando con la ayuda de su varita, y preparando toda la cena, que estaba claro que debía ser suculenta para satisfacer a Narcissa Malfoy. Todo debía de parecer perfecto, tenía que convencer a sus padres a toda costa porque, si algo no aguantaba, era que sus padres cuestionaran cada cosa que ella fuera a hacer.

—¡Malfoy! —Llamó desde su habitación—. Dúchate ya, llegarán en dos horas.

Malfoy estaba mirando la televisión que había traído Granger mientras pensaba cómo hacían los muggles para que aquello funcionara.

—Ya me he duchado a primera hora de la mañana —respondió sin prestarle demasiada atención.

—Pues vuélvete a duchar, y vístete bien. Debes causar una buena impresión —dijo presentándose en el lugar donde estaba él, para poder decirlo claramente—. Venga.

Él la miró con un gran cansancio.

—Hazlo tú primero.

—No, estoy segura de que eres un plasta en la ducha y quiero asegurarme de que eres lo más rápido posible.

Al fin logró que el rubio se pusiera en pie.

—Que sepas que sólo lo hago para no oírte.

—Sí, sí. Date vida —respondió ella dándole pequeños empujones para que anduviera más deprisa.

Al fin entró en el aseo, ella bajó a la cocina, para meter en el horno es pastel de papas que había hecho. Conforme lo hacía empezaba a cuestionarse si era una buena opción hacer un plato típico de Argentina con Narcissa de invitada. Pero es que a Hermione le gustaba mucho el pastel de papas, la receta se la enseñó su madre, y a ella se lo enseñó una amiga suya de Argentina. Esperaba que la receta le hubiera salido lo mejor posible.

Estuvo largo rato entre la encimera y los fogones, mientras esperaba que Malfoy saliera de la ducha, pasaron diez minutos y dejó de oír el agua caer.

—Al fin —se dijo, dirigiéndose al piso de arriba para entrar ella a la ducha.

Tocó la puerta del aseo y no recibió respuesta.

—¿Malfoy? —Preguntó para asegurarse, mientras volvía a repiquetear en ella.

Finalmente, la abrió, dando por hecho que él ya estaría en su cuarto vistiéndose. Error. Ahí estaba Malfoy, saliendo de la ducha, con una toalla en la cintura y el pelo mojado, rozándole los ojos.

—¿Se puede saber qué haces, Granger?

Ella se tapó los ojos con sus manos mientras sus pómulos se tornaban de un color rojizo, como si dos manzanas se hubieran posicionado en ellos.

—Lo siento —se disculpó torpemente.

—¿Es qué no te han enseñado a llamar? —Cuestionaba él, creciéndose por momentos, disfrutando del rubor de la joven—. Bueno, no hace falta que respondas, supongo que estabas fuera de ti deseando ver mi precioso cuerpo.

Al oír aquello, Hermione se quitó las manos de la vista.

—¡He llamado cincuenta veces, hurón estúpido! —Exclamó perdiendo los papeles por momentos. Entonces se acercó a él lentamente, mientras él se hacía cada vez más para atrás.

—Granger, ¿qué haces? —Preguntó.

Ella trataba de hacerle sentir incómodo, como siempre hacía él con ella. Se acercaría a él, le tocaría el pecho y entonces ya no podría aguantarse más la risa, porque estaba segura de que el Slytherin dibujaría en su cara una expresión de molestia e incomodidad digna de ser fotografiada. No obstante, no salió como Hermione esperaba, pues cuando estuvo a escasos milímetros de rozar la perfecta piel de Malfoy, él resbaló y cayó de espaldas en la ducha, y ella cayó detrás de él, apretando el grifo sin querer y haciendo que el agua de la alcachofa, que estaba arriba, cayera sobre ellos, empapándolos.

—¡Por Merlín! —Levantó la voz la chica—. ¿Estás bien?

El golpe que debió haberse dado él era exagerado, pero por suerte no parecía haberse hecho nada. El agua seguía cayendo, y ellos empapándose cada vez más. Hermione estaba casi tan aturdida como él. Ambos tenían la mirada fija en los ojos del otro, y no eran conscientes de lo que estaba sucediendo, sólo que no podían apartar la vista. Ella pensó que los ojos de Malfoy eran más atractivos de lo que había apreciado nunca, tan grises y penetrantes como unas cuchillas afiladas. Por su parte, Draco sólo podía pensar en plena inconsciencia, que los orbes que tenía frente a él resultaban tan dulces como el chocolate.

—Granger… Pesas, ¿eh? —Alcanzó a decir al fin, una vez que la lucidez llegó a él.

Ella cerró el grifo y trató de levantarse como pudo, de un modo torpe. Sus manos resbalaban con el agua, y estaba a poco de volverse a caer, pero por suerte consiguió recuperar el equilibrio y ponerse en pie. Ahora quien necesitaba una ducha urgente era ella, que estaba hecha un completo desastre, mientras él se reía de ella.

—¿Qué es tan gracioso? —Quiso saber ella.

—No es gracioso del todo —dijo Draco seriamente—. Sólo estaba pensando que la esponja de tu cabeza hace su función a la perfección —comentó refiriéndose a la melena de la joven.

No pudo replicar ella, porque en aquel momento fue consciente de que a Malfoy se le había caído la toalla y su cara se convirtió en un tomate maduro. Dio media vuelta y salió del cuarto de baño resbalándose con los pequeños charquitos que habían quedado por el suelo.

El rubio se rascaba la cara con su dedo índice mientras pensaba qué diantres le había dado ahora a la sabelotodo. Y fue en aquel momento, cuando reparó en ello.

—¡GRANGER! —Gritó con un histerismo que a Hermione le recordó a cuando su padre la reprendía de pequeña porque había hecho algo muy malo.

Ella se encerró en el cuarto, aun con las manos en la cara, mientras pensaba que aquella cena iba a ser un completo desastre.

Estaba segura de ello.


Hola a todas :D

¿Qué os ha parecido? ¿Bien, espero que sí? Cada vez me lo paso mejor escribiendo este fic. Con este me divierto y me río, en Subyugada sufro cuando lo hago, pero me gusta también escribirlo.

Bien, dejadme reviews con lo que opináis de este capítulo que yo por mi parte continuaré escribiendo animadamente.

Muchas gracias por leerme y seguir cada capítulo, es muy importante para mí, y como siempre gracias a quienes dejaron review en el anterior capítulo:

The Ladycat69, rebeca, brendush, mary-animeangel, Klaes13, anguiiMalfoydark, Janne Malfoy, MonikGarciaP, Venefica.d, Natalys, Kary Alonso, BereLestrange, andrea, minako marie, Vane, .HR, ROSNY

Nos vemos en el próximo.

Con cariño,

Vel-