La observó a hurtadillas desde una ventana alta, la vio charlar con aquel pájaro de hielo durante un rato sin saber realmente que era lo que le atraía. Era una mujer muy difícil, sin duda, testaruda, ciega y sorda muchas veces. Pero en las últimas semanas habían podido hablar varias veces sin confrontaciones, y juraría que hasta disfrutaban el poco tiempo que pasaban juntos.
Cuando el ave se marchó vio como la mujer se despojaba de su capa y de sus botas. Metió sus blancos pies al agua cristalina y helada y sin querer una pequeña sonrisa asomó por su barba.
Sin saber a donde caminaba de pronto se vio en el pequeño jardín del castillo, cerca del lago y de ella.
Antes de poder huir por su insensatez ella, como buena cazadora, lo miraba.
-¿Qué pasa? –preguntó al verlo desconcertado.
Tryndamere se rindió y dejó a un lado su coraza, sentándose en una roca. Metió la mano en el agua bajo estricta supervisión de Ashe y la sacó al momento.
-¡Esta congelada! –exclamó convirtiendo su mano en un puño.
La mujer lo miró durante un segundo como si hubiera descubierto algo y soltó una carcajada.
Tryndamere nunca la había oído reír, y se le antojó un sonido bonito, musical, no como la risa de sus hombres y camaradas, sino como algo delicado y mágico.
-Donde yo me crie había hielo, no agua, así que agradezco esta temperatura –explicó ella.
El hombre asintió, él soportaba temperaturas extremas gracias a sus grandes músculos y sus capas de piel, pero soportar ese frio por gusto, sin duda debía estar loca.
-Tienes razón –comenzó él tras un rato callados mirando al horizonte.
-¿Sobre que en concreto? –preguntó ella juguetona, sabiendo que podía enfadarlo.
-La vida aquí es demasiado pacifica –sonrió- demasiado aburrida.
Ashe sacó los pies del agua con rapidez, se colocó agachada ante el, descalza.
-¡Pues vámonos! –Dijo con urgencia- podemos encargar a alguien que se ocupe de todo.
-No podemos dejar el reino entero en manos de alguien que fácilmente podría usurparlo. No me fío de nadie.
La cara de Tryndamere se había tensado en un ademán hostil y amenazante.
-Pues vámonos, solo tú y yo, unos días, lejos de todo esto –frunció el ceño la mujer, tratando de contener su enfado.
-¿Y porque tengo que ir yo? –preguntó el hombre escondiendo su sorpresa.
La cara de la muchacha cambió totalmente, ocultando de nuevo cualquier pensamiento. De nuevo se cubrió con su muro helado.
-No, no tienes que venir, pero yo me voy ahora mismo.
Se levantó, calzó sus botas de nuevo y agarró su capa. Cuando consiguió alcanzarla ya estaba llenando un fardo con lo que iba a necesitar.
-¡Eh! ¡Eh! –exclamó el hombre- para el carro, no puedes largarte así, sin más.
-Mírame –soltó ella metiendo varias telas grandes en otra bolsa.
-Dame un minuto a que deje a alguien al mando y no puedo creer que diga esto pero, te seguiré.
Tryndamere salió de la habitación a toda velocidad, sin darle tiempo a reaccionar, Ashe no esperaba que realmente fuera a acompañarla.
Ensilló su caballo y cubrió el de su marido con varias mantas.
-Raeghar queda al cargo de todo, ya podemos irnos.
Montó su corcel negro ataviado con su indumentaria bárbara, salvo por la excepción de que cubría su pecho con una gruesa piel de oso.
La mujer también montó después de acomodar todos sus bártulos y ambos cabalgaron rápido hasta perder de vista su castillo.
Cuando no pudieron verlo más y se encontraron libres y a su suerte en la estepa ambos respiraron aliviados.
Cabalgaron entre árboles enormes, él la seguía, y no tenía ni idea de a donde lo llevaba.
Tras un día completo de camino, cuando la nieve las cubría a los caballos casi por las rodillas llegaron.
Entre los árboles había un pequeño claro, donde la nieve no caía, había tablones de madera colocados entre las ramas, formando un pequeño techo improvisado.
La mujer bajó de su caballo y lo colocó en una zona donde reposaba una piedra hueca llena de agua. Comenzó su trabajo de acomodarse, poniendo las grandes telas colgando de los maderos para que hicieran una tienda de campaña.
Hizo una fogata ante el asombro de Tryndamere, pues habría jurado que toda la leña estaba mojada.
-¿Dónde estamos? –rompió al fin el silencio.
-En mi casa.
-¿Vives en medio del bosque sin cuatro paredes?
Ashe le sonrió indulgente.
-Nunca han hecho falta cuatro paredes para vivir.
Y así lo demostró cuando se encontraron dentro de la tienda que habían construido, con mucha madera secándose, resguardados del frío y bastante cómodos.
Ashe miraba de vez en cuando por una pequeña apertura, hasta que en un momento dado se levantó.
-Ven –dijo.
Tryndamere la siguió fastidiado, odiaba obedecer sin más.
Anduvieron en silencio sobre la nieve, y se dio cuenta de que ella no emitía ningún sonido. Ni si quiera sus huellas hacía ruido sobre la nieve. Pensó que debía ser muy liviana y controlar muy bien sus músculos.
-Mira, esto es lo que te tapan tus cuatro paredes –dijo apartando una rama.
Se encontraban en un precipicio altísimo, que lindaba con el mar, que rugía bajo ellos embravecido. En la lejanía bajo la luz del crepúsculo pudo observar los picos y los valles de muchísimas montañas nevadas que refulgían en colores rosados y al final de todas ellas, las luces de una ciudad que parecía una antorcha en la oscuridad.
El bárbaro nunca había reparado en observar bien lo que le rodeaba, ella estaba más que acostumbrada, así que aquella visión fantástica se le antojó salida de algún hechizo maravilloso.
Apartó la mirada solo para verla a ella, que también observaba embelesada aquel escenario, y con toda su frialdad, su prepotencia y su valentía le pareció aún más hermosa que la vista.
Cuando pasó por su lado al volver notó su larguísimo cabello rozarle y por primera vez en su vida se imaginó compartiendo algo más que una unión política.
