Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.


La "Charla"

La luz matutina filtrándose por la ventana le dio directo en los ojos haciendo que el albino gruñera irritado, removiéndose en el futón donde había dormido de corrido desde temprano la noche anterior. Cuando la luz fue demasiada y traspasó sus pálidos y suaves parpados, se le fue de encima toda pereza, apenas quedándose acostado mirando al techo de madera oscura, con el ceño ligeramente fruncido y refunfuñando algo sobre el sol y cómo este lo dejaba con toda la piel roja si pasaba demasiado tiempo debajo de él.

Tenía la sensación de que debía recordar algo importante, pero el letargo que sentía se lo impidieron durante algunos instantes. Por un momento creyó que todo había sido un sueño, cuando entonces recordó la promesa que se hizo el día anterior y se sentó de golpe, como si apenas estuviera despertando realmente de una pesadilla.

Ya no era el mismo niño de antes. ¡No, señor! Como se había dicho, esa mañana despertaba un hombre nuevo.

Hakudoushi se sonrió con la misma malicia con la cual veía sonreír a Naraku. El rastro hereditario como su creación, algo que rayaba en un hijo, era innegable. Era un digno hijo de Naraku y no sólo eso: ya era casi un hombre. Quizá su cuerpo no lo dictara, quizá parecía una mala broma para el resto del mundo, pero él se sentía así. Creía que mientras más lo pensara y más lo creyera, más rápido crecería. ¿No había crecido en cuestión de unos segundos y él apenas se había percatado? ¡Cualquier cosa podía pasar!

Se levantó y se vistió, animado y ansioso, guardando la imperceptible sonrisa confiada en sus pálidos labios. Cuando salió de su habitación no vio gran cosa en especial. Kagura se encontraba sentada en el barandal de la entrada del templo con una expresión mezcla de fastidio y aburrimiento, jugando perezosa con su abanico. En cuanto lo vio desvió la vista refunfuñado algo por lo bajo. Él tampoco pudo evitar enojarse cuando la vio. Con la domadora de los vientos rondando por ahí no podía hacer de las suyas como él quería. Lo único que lograría es que su hermana mayor lo desconcentrada o se burlara de él, y no iba a tolerar eso. Su salvación llegó casi de inmediato, justo cuando Naraku se apareció por allí, atravesando la sala junto a Kanna quien, ya sin órdenes, fue a sentarse a una esquina de la habitación. Dejó a Akago plácidamente dormido en su pequeña cuna, no muy lejos de ella. Fue entonces que todo se arregló para el crío que ya se sentía hombre. Naraku llamó a Kagura y esta, a regañadientes, lo siguió encerrándose con su amo en la habitación principal.

Hakudoushi se quedó mirando la puerta unos instantes luego de que ellos dos desaparecieron tras ella. Parecía que ese también sería un día libre. En ocasiones se preguntaba por qué Naraku siempre ordenaba y mandaba a Kagura sabiendo bien que a ella le molestaba sobremanera cumplir sus órdenes y sobre todo teniendo a Kanna, quien sí las acataba sin chistar y de manera eficiente y al pie de la letra, sin decepciones ni dolores de cabeza. Tampoco podía culparlo, él hacía exactamente lo mismo con la domadora de los vientos, ¿por qué? Porque era divertido hacerla enojar. Simple.

"El que se enoja, pierde". Parecía ser una frase bien aprendida entre los hijos de Naraku, sobre todo cuando tenían a su víctima favorita, la clásica hermana mayor que no soporta a nadie. Aunque en ocasiones no podía evitar preguntarse qué tanto hacían cuando Naraku encerraba a Kagura con él en la habitación, y entonces un par de ideas le pasaron por la cabeza.

La imagen de Naraku y Kagura teniendo sexo viajó por la mente de Hakudoushi como un puñetazo y le entraron unas profundas ganas de vomitar. Tampoco podía decir gran cosa. Se supone que eso era algo que hacían los adultos para divertirse o recibir placer: liarse entre ellos. De hecho, ese aspecto tan primitivo era algo que también había visto en el aparato mágico que mostraba imágenes, ese que pertenecía a la tal Kagome y que había conocido el día anterior gracias al espejo de Kanna. Esa imperiosa necesidad de buscarse pareja una vez que se llegaba a cierta edad.

De pronto otra idea le pasó por la cabeza, como prendiéndose algo dentro de ella y tomando en cuenta un aspecto que era más que obvio y que se preguntó cómo no lo había pensado antes. Un signo de la adultez o el crecimiento, se dijo, era el nacimiento del interés por el sexo opuesto. Los niños pequeños solían asegurar que odiaban al del sexo contrario, siempre niñas versus niños; luego se arrepentían de sus afirmaciones cuando ya tenían algunos años encima y se buscaban desesperados como animales buscando aparearse.

Hakudoushi pensó que si realmente se creía más grande como tanto asegurada, debía hacer eso. Era un signo de que ya no era un pequeño niño. Luego le surgió una cuestión más compleja.

¿A quién diablos le iba a coquetear? No era como si conociera muchas chicas. La más cercana a él era Kagura, y Hakudoushi ya comenzaba a sospechar que era propiedad de Naraku. Además, aunque fuera "soltera", debía estar loco para pensar en coquetearle a la bruja horrenda de su hermana mayor. Era una histérica y la odiaba, y no era mucho su tipo; guapa, sí, pero demasiado insolente y malhumorada para su gusto. Luego pensó en algunas otras mujeres que conocía, tal vez Sango o Kagome, pero la sola idea le causó arcadas. Para empezar, ambas eran del bando de los "buenos", y al parecer cada una de ellas ya tenía algo así como parejas. Incluso le pasó por la cabeza la idea de Kikyou, pero esa mujer siempre era un dolor de cabeza tanto para él como para Naraku, además de que el niño tenía los mismos deseos de su padre: sólo quería matarla.

—"Vaya, que en estos tiempos no hay muchas chicas disponibles…" —Pensó algo desmoralizado, pasando la vista a su alrededor. La figura de reluciente e inmaculado blanco de Kanna seguía postrada en completa quietud en su sitio, con su espejo entre las manos y mirando hacia ningún punto en particular. Perdida como siempre, con esa apariencia tan resplandeciente como marchita y mustia. Pero podía servir, ¿por qué no?

—"¿Cómo es que no lo pensé antes?" —se dijo, dejando escapar una ligera sonrisilla. Bueno, en realidad, no lo había pensado antes porque era algo así como su hermana (aunque no era como si le importara mucho y su "familia" no era muy armoniosa y sana que digamos), y porque, joder, sólo había que verla. Las paredes a su alrededor tenían más vida y ánimo que ella. Si la observaba de cerca no podía negar que era una niña linda, sus rasgos aniñados eran armónicos y finos, delicados. Tenía una apariencia frágil y las flores en su blanco cabello le daban una imagen de femineidad infantil, además de que se parecían mucho y eso despertaba en él un extraño sentimiento de vanidad.

Sí, era una buena candidata. Además, si lograba despertar en ella cualquier cosa, por mínima que fuera, podría jactarse de algo que nadie más podía hacer: sería el chico que había revuelto algo dentro de la representación de la misma Nada. ¡Todo un trofeo el cual presumir! Ya quería ver la cara de Naraku cuando se enterara de ello, a ver si se atrevía a decirle "niño" de nuevo.

—"Además, él es un adulto y ni sabe cómo llegarle a Kikyou" —Hakudoushi pensó en ello cuando, dejando que la sonrisa en su rostro se ampliara, comenzó a caminar a paso lento hacia su hermana, quien no se molestó en dirigirle una sola mirada hasta que lo tuvo bien cerca.

—Hola, Kanna —la saludó con un tono suave y aterciopelado, sin dejar de sonreír. La niña lo miró a los ojos, indiferente como siempre, y respondió con una solemne reverencia y sin preguntarse a qué venía tal saludo. Hakudoushi torció la boca apenas, pero recuperó al instante su inexperta pose de galán.

—Y… ¿cómo has estado? —se animó a preguntar. Kanna desvió la vista unos instantes, como apenas confundida. ¿A qué venía esa pregunta? No podía estar bien, ni mal, ni nada. Ella era la Nada. No era capaz de decir si su día había sido bueno o malo, para ella esos dos conceptos no existían y no significaban nada en su mente. Según ella era algo que Hakudoushi y todos en la familia debían tener bien claro.

—Como siempre —fue lo único que atinó a responder la albina.

Esto iba a ser más difícil de lo que parecía, pensó Hakudoushi ya algo frustrado.

—¿Nada más? ¿Ni bien, ni mal, ni nada? —se apresuró a contestar, tratando de mantener vivo el hilo de la "charla", si es que a eso se le podía llamar así—. ¿No te aburres?

—No. Yo no me puedo aburrir, ni divertir —contestó su hermana con esa monótona pero melodiosa voz.

—"Igual y me sale mejor coquetearle a Kagura" —Pensó sabiamente el niño. Al menos en ella podría causar alguna reacción. También quiso espetarle que era una aburrida, pero al último segundo se dijo que no tenía caso. Si planeaba conquistarla no iba a servir de mucho comenzar insultándola, ¿cierto?

Al menos a Naraku nunca le servía esa estrategia, y él era mejor que su padre.

—Oh, vaya… —murmuró, cruzándose de brazos. Las cosas se estaban enfriando a cada segundo que pasaba con él vacilando qué más decir y enfrentándose a la misma indiferencia con patas. No sabía cómo diablos proseguir, ¿cómo saberlo? ¡Era la primera vez que intentaba tal cosa!—. ¿Sabes? Deberíamos de salir o algo.

—¿Salir? —Kanna la miró confundida; bueno, todo lo confundida que podía estar, que era muy poco—. Yo no salgo si no tengo órdenes de Naraku.

En este punto Hakudoushi resopló con fuerza, fastidiado por la apatía de su hermana. ¿Pero qué podía esperar? ¿Qué ella se lanzara a sus brazos? Era la Nada, se suponía que el desafío era provocar algo en la Nada. Así podría asegurar que era todo un hombre capaz de seducir a cualquier chica.

—Naraku ya me tiene podrido —refunfuñó el niño golpeando las manos en sus rodillas—. Vamos a mandarlo a la mierda y a salir por ahí, ¿qué dices, Kanna?

En este punto el chiquillo se dio el lujo de acercarse a la albina y pasó a acorralarla contra la pared recargando la mano contra ella, pasando cerca del hombro de su hermana. No tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, pero al menos había visto antes que eso era algo que solían hacer los hombres cuando trataban de seducir a una chica. Tratar de ponerla nerviosa y que se sonrojara, ahí era donde se agarraban para hacerse los galanes. Tenía que funcionar si era un truco tan extendido. Igualmente su sonrisa de malicioso y torpe Casanova no desapareció de sus labios, cosa que Kanna notó enseguida. Tuvo que notarlo, el rostro de su hermano estaba a escasos centímetros del suyo y sabía que estaba acorralada contra él.

¿Acaso la creían tonta? se dijo Kanna, desviando apenas la vista hacia el brazo de su hermano que la mantenía encerrada. No por ser la Nada significaba que no se diera cuenta de las cosas. La niña se le quedó viendo a su hermano como diciéndole con la negra y vacía mirada: "tío, ¿qué no ves que no siento nada?" cosa que de todas formas parecía que Hakudoushi no fue capaz de notar. Igualmente, aunque no sintiera incomodidad, miedo o intimidación por su posesivo gesto, no le gustaba la idea de estar así contra él. Simplemente no iba con ella porque no le provocaba nada.

—¿Me estás tratando de coquetear? —soltó Kanna sin pena ni pudor, sin tacto alguno, directa como era. Su hermano abrió los ojos como platos y su gesto se descompuso en una mueca mezcla de incomodidad y algo de espanto. Como si las palabras de Kanna lo hubiesen empujado, quitó el brazo de encima de ella y se echó hacia atrás casi cayendo de espaldas.

—¿Yo? ¿Coqueteando, contigo? —balbuceó el niño, claramente nervioso. Cuando se dio cuenta del patético estado en el que estaba se puso de pie, recuperando su postura altiva y prepotente, aunque en el fondo se sentía ligeramente avergonzado—. No seas tonta, ¿cómo se te ocurre? ¡Ni que tuvieras tanta suerte!

Kanna se le quedó mirando serena y apenas abrió su boca para hablar. Mentiría, incluso siendo la Nada, si dijera que no la desconcertaba un poco la rara actitud de su hermano. ¿Tendría algo que ver con esa idea que había agarrado de ya no querer ser un niño? Daba igual, ella no entendía por qué ese afán.

—No me molesta —argumentó Kanna con monotonía—. Nada me molesta. Pero no soy una buena opción, Hakudoushi. Soy la Nada, no siento nada.

El albino se cruzó de brazos. De pronto sentía que se sonrojaba levemente y que gracias a su piel pálida seguro se notaba demasiado, más de lo que era en realidad. Por otro lado, Kanna no había sido la única testigo de su torpe intento de coqueteo con ella.

Dentro de la habitación donde Naraku y Kagura se habían encerrado, la demonio de los vientos miraba desconcertada entre una pequeña rendija de la puerta, muerta de la curiosidad y la confusión.

—¿Pero qué diablos le pasa a ese niño? —murmuró atenta a toda la escena que se desarrolla en la sala del templo. Naraku, a unos metros tras ella y sentado en su trono como si fuese el rey del mundo, rodó los ojos fastidiado; ambos daban la imagen más distorsionada que podía existir de una vieja pareja de casados, donde el esposo esperaba ser consentido mientras su mujer se asomaba de cotilla a mirar por las ventanas a ver qué descubría haciendo a los vecinos.

—Deja de ser tan chismosa. ¿Qué puede haber de interesante? —espetó molesto. Kagura se volvió hacía él, cruzada de brazos.

—Mira quién lo dice, el que se creó una extensión para saber qué hacen o dejan de hacer los demás.

—Kanna es necesaria. Y además, es mucho más útil que tú, querida —Kagura hizo como si no lo escuchara y luego se acercó unos pasos a su creador. Ya le quería ver la cara cuando le dijera lo que recién había visto.

—Bueno, deberías de cuidar más a tu extensión favorita, Naraku. Porque ahora resulta que tu pequeño bastardo le ha puesto el ojo encima.

Él echó la cabeza hacia atrás frunciendo el ceño y claramente confundido, como si le hubieran hecho la broma más tonta y pésima del año.

—¿Qué?

—Eso es lo que vi —comenzó Kagura—. Te podría jurar que Hakudoushi intentaba coquetearle a Kanna.

Su amo negó con la cabeza unos instantes, seguro de que por alguna razón, una probablemente muy idiota, Kagura lo estaba vacilando. Tal vez hasta se tratara de una conspiración para amargarle el día.

—Eso es imposible. Hay que ser muy torpe como para querer coquetear con una niña como Kanna, siendo ella la representación de la Nada. Es un caso perdido y un fracaso seguro —contestó sabiamente. Tal vez no era experto en esos temas, pero vamos, ¡era sentido común!

—Pues a mí me asquea más el hecho de que entre tus extensiones somos como hermanos —expuso la hechicera de los vientos haciendo una breve mueca de asco.

—¿Y qué tiene eso de malo? —respondió el híbrido, sin encontrar que era lo raro de aquello. La mueca de disgusto de su rebelde extensión se hizo más grande.

—Pero qué enfermo estás…

No pudieron seguir discutiendo. En ese momento la puerta de la habitación se abrió de golpe, mostrando a un Hakudoushi notablemente desconcertado, quizá algo enojado. Se quedó de pie en la entrada de la puerta (al fondo podía verse a Kanna, meciendo suavemente la cuna de Akago). Kagura se quedó paralizada unos instantes preguntándose si el niño la había escuchando hablar tan dulcemente de él a sus espaldas con Naraku. Mientras tanto el jefazo de la vil familia se cruzó de brazos, mirando a su hijo con dureza (y con algo de recelo si resultaba ser que lo que dijo Kagura era cierto).

—Largo de aquí, Kagura —musitó el albino mirando de reojo a su hermana. Ella torció la boca con desagrado.

—A mi no me ordenas nada, niñato —Naraku rodó los ojos. En cualquier momento se pondrían a discutir como los típicos hermanos y honestamente no estaba para aguantar esas cosas (y todo era diversión hasta que alguien perdía un ojo, como siempre).

Hakudoushi estuvo a punto de responder justo cuando su creador tomó la palabra.

—Así es. Ella sólo sigue mis órdenes —apuntó casi solemnemente. Su hijo no iba a venir haciéndose el mandamás, incluso si se trataba de su más rebelde extensión—. Pero de todas maneras, vete de aquí, Kagura.

La aludida entrecerró los ojos, gruñendo con fuerza. No sabía qué era peor: si seguir las ordenes de Hakudoushi, que era como una versión miniatura y jodidamente blanca de Naraku, o del mismo Naraku.

—"Perras" —Pensó la demonio de los vientos mientras salía de la habitación a grandes zancadas, no sin antes cerrar la puerta con un fuerte estruendo. Hakudoushi miró con tedio cómo su hermana mayor se retiraba. Alcanzó a ver que se dirigía hacia donde estaba Kanna, pero en cuanto cerró la puerta se acercó unos pasos a Naraku.

—¿Qué es lo que quieres, Hakudoushi? —habló el mayor cuando tuvo en frente al albino. Este tomó aire unos instantes. Sí, había llegado con una nueva pregunta rara para su padre, pero necesitaba, en lo posible, una respuesta. No perdía nada preguntando y Naraku era el único disponible para disipar sus dudas… si es que no se ponía demasiado idiota, que era lo más seguro.

—Tengo una pregunta que hacerte —se animó al fin, acercándose un poco más.

—¿Una como la de ayer? —Naraku hizo lo posible por aguantar la risa. Hakudoushi resopló al notarlo e hizo lo posible por contestar calmadamente.

—No exactamente.

Naraku de pronto adoptó una seria expresión. Con un gesto le indicó que prosiguiera a exponer su duda.

—Necesito saber… ¿cómo diablos se coquetea con las mujeres?

El mayor en ese momento pensó que el hecho de que Akago fuese cortado en dos, dando nacimiento al niño que tenía en frente, en consecuencia había dejado a Hakudoushi sólo con la mitad de cerebro y que lo más probable es que ya no tuviera remedio. Igual pensó que debía comenzar a acostumbrarse a sus raras interrogantes, que desde el día anterior pareciera que eso se convertía ya en un molesto y muy mal habito.

¿De cuándo acá le habían visto cara de papá?

—¿Pero qué clase de pregunta es esa? —espetó mirándolo como si fuera un bicho raro. Hakudoushi suspiró. Sentía que incluso con Naraku estaba hablando en otro idioma. ¿Qué le iba a poder decir ese tarado, si ni sabía cómo llegarle a Kikyou luego de cincuenta años? Y él que se las daba de tan hombre…

Se acercó a él con cierta actitud que invitaba a la complicidad.

—Tú eres hombre, como tanto te jactas, ¿no? —comenzó el chiquillo—. Debes conocer uno que otro truco —expuso, sin dejar notar sus verdaderos pensamientos con respecto a las habilidades de conquista de su padre, que en realidad no podían ser muy buenas, pero en algo debía de poder ayudarlo.

—"Tal vez Kagura no estaba mintiendo" —Pensó Naraku en seguida, manteniendo la compostura—. ¿Para qué quieres saber eso?

—¿Qué? ¿Acaso es algo secreto? —exclamó Hakudoushi, provocando que ahora el híbrido se sintiera con una mezcla de espanto y desconcierto. El crío tenía que estarlo jodiendo con sus preguntas y suposiciones raras. Incluso comenzó a pensar que todo era alguna broma de mal gusto ideada entre Kagura y Hakudoushi para sacarlo de juego y molestarlo.

—Claro que no, pero no es algo importante. Al menos no para ti.

—Me da igual lo que opines. Sólo necesito saber unos cuantos trucos —respondió con firmeza. El tono exigente de su voz hizo que Naraku se irritara un poco. No tenía tiempo para esas tonterías. Sólo quería un día de descanso de toda esa guerra como para estar aguantando al maldito albino.

—¿Y para qué quieres saberlo? —insistió, como si no quisiera soltarlo, provocando que el niño comenzara a pensar que aquellos eran secretos que los adultos mantenían celosamente guardados. ¿Acaso era tan difícil conquistar a una mujer o qué demonios?

—La verdad… es que traté de coquetearle a Kanna. Y creo que me mandó al diablo.

En ese momento Naraku no pudo evitar soltar una risotada que inundó toda la habitación. ¡Tenía que ser la mejor broma del año! Así que Kagura no estaba mintiendo. El tonto de Hakudoushi tomó como posible prospecto a Kanna… es decir ¡a la mismísima Kanna! Era más fácil conquistar a un árbol que a una niña como esa. No entendía qué pasaba por la cabeza del chico, hasta pensó que se había caído de Entei y que esa era la razón de sus preguntas tan raras o su súbita actitud… de lo que sea.

—¿A Kanna? ¿En serio? Mejor hubieras tratado de conquistar a la pared, Hakudoushi —El niño rodó los ojos, refunfuñando. Si, sabía que se veía algo tonto preguntando eso, pero no tenía de otra. Crecer duele, eso es lo que dicen.

—No vine aquí a que juzgaras ni te burlaras de mis acciones. Vine por un… consejo.

—Pues búscate a alguien más, ¿acaso me ves cara de papá? —respondió toscamente Naraku—. Yo no soy el mejor para darte esa clase de consejos sobre cómo conquistar mujeres. Esas cosas a mi no me interesan.

Hakudoushi soltó una risilla traviesa que sacó al híbrido de juego y lo puso alerta enseguida. El albino lo miraba como diciendo "sí, claro", e incluso entrecerró los ojos.

—Lo dudo mucho. Algo debes de saber —dijo aún con la misma actitud de complicidad—. Por lo menos sobre cómo tratar con mujeres como Kagura.

—¿Y Kagura qué tiene que ver en todo esto?

—¡No te hagas el tonto, Naraku! —exclamó con un divertido cinismo—. ¿O en serio crees que no sé lo que hacen cuando te encierras aquí con ella? De alguna forma la tuviste que haber convencido, a menos que la estés forzando y en eso sea también tu esclava.

Naraku un poco más y se atraganta con su propio veneno. Lo que sugería Hakudoushi era… enfermo y completamente deschavetado. Le dieron ganas de sacarlo a patadas de ahí, aunque a la vez no pudo evitar verse en una necesidad de aclarar todo el asunto. ¿Acaso un demonio no podía molestar y ordenar a su sirvienta favorita sin que todo el mundo pensara que se la estaba follando? Además, si recurría a la desesperada resolución de calmar ciertas necesidades con Kagura, esas que insinuaba el albino, podía admitir que temía mucho por su miembro viril. Se imaginaba en pleno acto carnal y luego a Kagura, tomándolo por sorpresa, a traición y venganza, cortándole a su mini-Naraku con su Danza de las Cuchillas. Y sí, solían destrozarlo en las batallas y todo eso, y era capaz de regenerarse, pero nunca era cómodo y siempre resultaba ligeramente traumático verse "castrado" por unos cuantos instantes. Aunque de todas formas Naraku sabía que no podía ponerse en ese plan, vaya que no.

—¿Qué dices? ¿Piensas que Kagura y yo…? —murmuró desconcertado, sin creerlo.

—Pues claro. ¿Qué otra cosa pueden hacer una mujer y un hombre encerrados en la misma habitación?

—Largo —Naraku se puso de pie frente a la mirada atónita del albino, apuntando a la puerta para enfatizar su órden.

—¿Qué?

—Que te largues. No pienso aguantarte escuchando tus… ideas.

Naraku estuvo a nada de arrojarlo por la ventana o sacarlo a patadas del lugar, hasta que Hakudoushi decidió salir de ahí por voluntad propia. Terminó fuera de la habitación frustrado y enojado. Había salido con las manos vacías y no pudo evitar mirar a Kagura con cierto recelo mientras esta se encontraba sentada a un lado de Kanna, como intentando hacerle platica. Incluso pensó en reclamarle. Seguro era tan mala y mustia en la cama que por eso Naraku se la pasaba de mal humor (y de paso ella también).

Cuando estuvo a punto de acercarse a Kagura para desquitarse con ella molestándola un poco, Naraku salió de la habitación, más serio de lo normal, y llamó a la habitación tanto a Kagura como a Hakudoushi, quienes miraron a su amo con desconcierto y no sin dirigirle una mirada de fastidio. Imposibilitados para desobedecer ambos se acercaron a la habitación y su amo se encerró con ellos, pasando a sentarse nuevamente en su falso trono del rey del mundo, frente a las serias miradas de sus dos extensiones más problemáticas.

—Cambié de opinión, Hakudoushi —dijo cruzándose de brazos. El albino entrecerró los ojos con desconfianza e imitó la pose de su padre. No era normal que de pronto cambiara de opinión así cómo así sin planear algo de por medio—. Responderé tus dudas.

—¿En serio? —exclamó entre desconcertado y emocionado. ¡Al fin sabría una de las grandes verdades de la vida! Bueno, no es que le fuera vital, pero si quería crecer pronto y ser considerado un hombre, era esencial que supiera detalles como esos, incluso si Naraku era un idiota y su única fuente de información.

—Sí, pero no seré yo quien te lo diga.

Naraku dirigió su vista a Kagura, quien ya estaba moviendo la pierna en clara señal de que quería irse. Cuando los ojos de su amo se posaron en ella, tan penetrantes e intensos, se quedó quieta y no pudo evitar cruzarse de brazos en un acto inconsciente de alzar una especie de barrera, sin sospechar siquiera la bizarra orden que estaba por darle, aunque tenía el presentimiento de que sería algo sumamente desagradable.

Sí, si quería tener callado a Hakudoushi y que dejara de pensar idioteces sobre "cómo hacerse hombre", necesitaba entonces escuchar la famosa "charla", esa que tantos padres y adultos temían abordar con sus hijos una vez que se daban cuenta de que el sexo opuesto no parecía tan asqueroso ni desagradable. Un tema divertido si se trataba de ver a esos pobres humanos sufrir por tener que hablar de un tema tan íntimo y privado, responder a la eterna pregunta "¿de dónde vienen los bebés?" dando, automáticamente, la respuesta de que ellos mismos lo habían hecho.

Ni modo que se hicieran los hijos dibujando, ¿verdad? a menos que se tratase de un demonio como él con poderes muy particulares, claro.

Pero la "charla" siempre era incómoda, incluso si no se explicaba bien llegaba a resultar asquerosilla, y qué mejor manera de espantar a Hakudoushi que poniendo a Kagura a hablarle de eso con ese tacto terrible que se cargaba.

—Kagura —llamó Naraku con voz firme, haciendo temblar a la aludida—. Dale la charla a Hakudoushi.

La hechicera de los vientos se quedó de piedra unos instantes y un poco más y habría dejado caer el abanico que sostenía en su mano. Abrió los ojos como platos y se quedó boquiabierta, mirando a Naraku con una frase que se le había quedado atorada en la garganta. Él pudo leerla en su mirada y le dedicó una sardónica sonrisa; "tienes que estarme jodiendo", era lo que había visto en los ojos centellantes de furia de su rebelde y más que nunca torturada esclava.

Hakudoushi se mantuvo atento a las reacciones de ambos, sin entender del todo por qué Naraku se mantenía con esa pose tan natural y burlona mientras Kagura parecía haberse quedado paralizada por la furia, pero lo que realmente lo sacó de juego fue cuando vio cómo su hermana mayor ponía ambas manos en su cadera, haciéndose la tonta.

—¿Charla? ¿Cuál charla? —exclamó fingiendo desconcierto, aunque su nerviosismo era más que obvio—. No me has dado ninguna charla, nunca. No sé de qué hablas.

Su amo rodó los ojos y gruñó por lo bajo. Tal y como lo supuso, Kagura se resistía (una vez más) a acatar órdenes y ahora fingía demencia.

—Tú ya naciste hecha mujer, Kagura. Una charla no serviría contigo porque ya sabes de qué trata eso, y lo sabes muy bien —Naraku sonrió de medio lado, con malicia, y bajó la mirada haciendo que esta se volviera más sombría e intimidante—. ¿O prefieres un ejemplo real?

Kagura dio un par de pasos hacia atrás y movió los brazos como si tratase de hacer más grande la imaginaría barrera que ponía entre su amo y ella. Hakudoushi pudo ver su cara de espanto y se preguntó por qué tanto alboroto, aunque comenzó a sospechar cosas que ya le venían rondando en la cabeza desde un par de días atrás.

—Olvídalo, prefiero irme con Hakudoushi —afirmó la dominadora del viento, acercándose al niño como si este fuera su salvación. Hakudoushi sonrió de medio lado, con un gesto idéntico al de Naraku y miró a este burlón.

—¿Ya te fijaste? Todavía ni le hablo y ya se va conmigo.

—¡Tú cállate, niñato de mierda! —exclamó ella, furibunda y apretando su arma tratando de contener las ganas de partirlo a la mitad con su Danza de las Cuchillas, a ver si con una segunda vez se terminaba de morir el engendro ese.

—¡Que no soy un niñato, bruja horrenda!

—Todo un galán… —murmuró Naraku con sarcasmo. Hakudoushi le dedicó una mirada mortal y antes de que se desatara el infierno, Kagura lo agarró del brazo y lo sacó de la habitación a toda prisa. Si se trataba de esos temas, prefería mil veces hacerla de mamá con Hakudoushi y explicarle todos esos menesteres incómodos al niñito que quedarse a merced de Naraku y sus perversos vicios, que ya bastante tenía con feos demonios del Purgatorio que le andaban pidiendo (exigiendo, más bien) matrimonio y cosas como esas, y que encima ni guapos eran como para decir que se les podía salvar en algún aspecto.

Cuando vio a ambos salir de la habitación (no sin que Kagura azotara la puerta al irse), Naraku se recargó en su silla, satisfecho, pensando que al fin se había quitado una molestia de encima.

Podían acusarlo de muchas cosas, pero no de ser mal padre ¿cierto? Le estaba dando la charla a Hakudoushi, le quitaría esas ideas idiotas de la cabeza y tendría a Kagura asustada un par de días. Nada como controlar a esos niñatos como él sabía hacerlo. Es más, creía que todos los padres del mundo debían seguir su ejemplo en lugar de dar nalgadas o lanzar zapatos para corregir el mal comportamiento.


No habían pasado ni diez minutos cuando Kagura expuso a Hakudoushi rápida y entrecortadamente todos los conocimientos que tenía sobre aspectos íntimos y casi tabú que formaban la biología y anatomía humana (o demonios con forma humana, en todo caso).

—Y bueno, esas serían básicamente las diferencias entre los hombres y las mujeres —exclamó Kagura azotando ambos manos en sus rodillas. A leguas se veía que tenía ganas de largarse y que había dado el resumen más corto de la historia sobre aquellas diferencias que tanto morbo causaban en la gente y a la vez tanta atracción hasta la "unión", aunque eso era otra historia, una que aún no le comentaba al pequeño albino, quien al ver concluida la famosilla charla se cruzó de brazos con aire molesto y echó un rápido vistazo al bosque que se alzaba a unos cuantos metros de ellos.

¿Por quién lo tomaban? ¿Por idiota? pensó el niño. ¡Si ya sabía todo lo que le había dicho Kagura! Bueno, al menos por la parte masculina ya conocía de qué iban esas famosas diferencias que se ocultaban recelosas tras la ropa, aunque si se trataba de la siempre enigmática y compleja parte femenina, ahí sí debía aceptar que se quedaba un poco en blanco.

—¿Entendiste? —agregó Kagura al ver que su hermano se quedaba callado, ensimismado. Luego el niño volteó a verla con firmeza y contestó.

—No. No entendí nada.

Ella tuvo ganas de arrojarlo de Entei la próxima vez que lo montara.

—¡¿Cómo que no entendiste?! —exclamó horrorizada al pensar en la idea de tener que volver a explicarle todo, lo cual no estaba dispuesta a hacer—. ¡Si ya te dije todo! ¿Eres idiota o qué?

—No soy ningún idiota —argumentó el pequeño alejándose del barandal donde estaba sentado y poniéndose de pie—. Yo no tengo la culpa de que seas tan mala explicando.

—Yo no soy mala explicando —contestó irritada—. Lo que pasa es que aún eres un niñito y obviamente no vas a entender nada de esto. No tienes la edad.

—No soy un niñito —murmuró Hakudoushi cruzándose de brazos, encaprichado—. Y claro que entiendo, al menos la parte masculina, si soy un hombre.

Kagura rodó los ojos al escuchar lo último, ya dispuesta a dejar las cosas a medias y dejarlo con sus locas ideas y dudas mientras el niño miraba discretamente hacia abajo. Por Kagura, que el mocoso se las arreglara como pudiera, ella no tenía la responsabilidad de andar explicando esa clase de cosas a alimañas como él.

—Lo que no entendí fue la parte femenina —confesó el niño. Kagura elevó una ceja, desconfiada—. Es decir… ¿cómo es que no tienen…?

Negó con la cabeza unos instantes, tratando de reestructurar su pregunta.

—Si es verdad todo lo que me dijiste sobre las mujeres, entonces muéstramelo —ordenó apuntándola como si se tratase de una condenada a muerte. Kagura hizo lo posible por mantener el equilibrio y sólo atinó a exclamar, descolocada como nunca.

—¡¿Qué dices?!

—Quítate la ropa.


Naraku estaba estructurando un nuevo plan malvado para conseguir matar a la sacerdotisa que tanto le atormentaba y, de paso, joderle la vida un poco más a Inuyasha y su séquito de inútiles humanos. Estaba ensimismado, disfrutando poner a trabajar su mente nuevamente luego de un par de días de descanso, cuando entonces se vio bruscamente interrumpido por Kagura, quien apareció abriendo la puerta de la habitación y casi jalando a Hakudoushi de las orejas.

—Escúchame bien, Naraku —vociferó con potencia, dejando al niño en medio de la habitación y acercándose al aludido—. Te aguanto muchas cosas, pero ni creas que me vas a poner en semejante situación con este pequeño pervertido. Yo no me voy a prestar a estas porquerías, y si quieres quitártelo de encima, dale la jodida charla tú, de hombre a hombre.

Naraku estuvo a punto de contestar algo, ordenarle que hiciera lo que le dijo y de paso que cuidara su lengua al hablarle de una manera mucho más grosera de la que usualmente le permitía, pero para cuando acordó ella ya se alejaba a grandes zancadas, empujando a Hakudoushi en su camino y saliendo de la habitación, no sin antes dar su última palabra.

—¡Se acabó, par de degenerados!

Cerró la puerta de golpe y tanto padre como hijo se quedaron solos. Naraku frunció el ceño y pasó a mirar al albino con cierta mirada acusadora.

—¿Qué carajo le hiciste para que se pusiera así de histérica?

—Me explicó las diferencias físicas de los hombres y las mujeres —respondió el niño muy quitado de la pena—. No entendí muy bien la parte femenina, así que le pedí que se quitara la ropa para que me lo mostrara, y de pronto la muy loca ya me estaba trayendo de vuelta gritando incoherencias.

Hakudoushi se encogió de hombros, sin encontrar la razón de por qué tanto alboroto y Naraku suspiró resignado y agotado. Con razón Kagura se había puesto así. El niño era algo así como su hijo, no había manera de negarlo, se dijo, aunque no supo si el niño de verdad no había entendido o si sólo se había querido pasar de listo.

Dirigió su mirada a Hakudoushi, sin saber muy bien qué hacer o cómo comenzar. Era claro que Kagura se oponía por completo a acatar la orden y si iban a estar así todo el día, prefería entonces darle la charla él mismo… poniéndose como ejemplo.

El niño se acercó unos pasos a su creador y lo miró con determinación.

—¿Y bien? —preguntó con firmeza. A Naraku le quedó claro que Kagura apenas le había explicado la mitad de las cosas.

Joder ¿cómo comenzar? se preguntó, disimulando con maestría su confusión. Tal vez, si se ponía él como ejemplo, como ya había pensado, traumaría lo suficiente a Hakudoushi como para que no le quedaran ganas de "ser un hombre".

Se cruzó de brazos y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisilla traicionera, evocando a su mente, gustoso, el recuerdo de cierta historia de lujuria desenfrenada, perversa y salvaje que había vivido con Kagura algunos meses atrás, encerrados en las mazmorras de su antiguo castillo, con ellos como protagonistas y acompañados de algunos cuantos tentáculos que hicieron gritar a Kagura de placer como si no hubiera mañana hasta dejarla sin aliento y complemente rendida a sus juguetonas manos… y tentáculos también.

¡Ah, qué buenos tiempos! Debía admitir que se sintió terriblemente ofuscado luego de semejante desfogue de energía que ambos aplacaron como animales, pero sólo había sucedido un par de veces y luego la cosa se volvió tan incómoda que, aunque Naraku pensó en repetirlo más e incluso volverlo rutina, ya ninguno de los dos quiso tocar el tema de nuevo y se les había hecho costumbre hacer como si nada hubiera pasado.

Pero no, no podía usar esa historia de ejemplo. ¡Hakudoushi ni siquiera tenía tentáculos! Así que no servía, sin contar que no pensaba delatarse como un demonio que antes cayó en la tentación de las bajas pasiones carnales por culpa de ese corazón humano del cual ya, afortunadamente, se había deshecho, sin contar que Hakudoushi tenía ideas raras sobre lo que sucedía entre Kagura y él, no del todo equivocadas, pero ya muy lejanas como para poder afirmar que había pasado algo entre ellos… aunque, había puntos a favor. Si contaba semejante anécdota a detalle y sin pelos e la lengua seguro que a Hakudoushi se le iban a quitar las ganas de hacer y entender las cosas que hacen los hombres; el trauma sería terrible. Eso sin contar que Kagura seguiría siendo el blanco de las bromas, que siempre era divertido hacerla enojar.

Naraku se cruzó de brazos y alzó una ceja, pensándolo unos segundos más, evocando a su mente el recuerdo para tratar de encontrar las palabras adecuadas y comenzar. Luego levantó la vista a Hakudoushi, quien lo miraba expectante, exigiendo en silencio su explicación.

—Muy bien, te daré la charla sobre el momento cuando uno se hace hombre —Hakudoushi sonrió con prepotencia y se acercó unos pasos a su creador, pensando que había vencido y que finalmente conseguiría sus ansiadas respuestas. Luego frunció el ceño cuando vio a Naraku esbozar una sonrisa perversa y maliciosa para luego comenzar su relato con una pregunta que, a simple vista, parecía no tener nada que ver.

—Dime… ¿sabes algo sobre tentáculos?


¡Hola! Lamento muchísimo la tardanza, estuve muy ocupada los últimos dos meses y, a decir verdad, ya este capítulo lo tenía listo desde hace mil años, pero nomas no encontraba como cerrarlo xD por eso tardé, hasta que mis amadas betas vinieron al rescate (?)

En fin… creo que este fic tendrá en total unos cuatro capítulos. Nunca tuve intenciones de que se alargara o.ó pero se me hace muy divertido poner a Hakudoushi en la típica situación de los niños que se mueren por ser adolescentes y comienzan a tratar de adoptar sus conductas (y bueno, admitámoslo, se ven ridículos xD) así que ando explotando algunas de esas conductas, empezando por lo del interés en el sexo opuesto.

Por cierto, lo de la "historia de lujuria desenfrenada y salvaje" que recuerda Naraku con Kagura es una referencia a uno de mi fics "Sonríes a Traición", que participó en el concurso "Limón, la verdadera fruta prohibida", que fue un concurso de lemmons del foro ¡Siéntate!... y sí, hay tentáculos xD quise hacerlo así (sí, yo sé que no es canon) porque… imagínense que sea Naraku quien te dé la puta charla de sexo poniéndose él como ejemplo con sus tentáculos. A mí no me quedarían ganas de hacerlo xD (o puede que sí o.ó)

Bueno, espero el capitulo les haya gustado y muchas gracias por sus reviews y tomarse el tiempo de leer.

Me despido

Agatha Romaniev