Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Gallo: no sé si así se diga en otros países, o cuál sea el modismo de cada región, pero en México se dice "se le salió un gallo" cuando a los muchachos jóvenes que están en la pubertad les comienza a cambiar la voz y de pronto cuando hablan su voz suena rara o distorsionada. A eso se refiere lo de los "gallos".


Cara de Pizza

Para fortuna de Hakudoushi, sus huesos eran fuertes y estaban muy bien puestos en su lugar, de lo contrario la mandíbula entera se le habría caído directo al suelo mientras observaba a Naraku cómo hipnotizado, en el más profundo estado de estupefacción, sin poder creer lo que escuchaba salir de la venenosa boca de su perverso creador como si fuera un cruel demonio contándole la más grotesca historia de terror a un infante antes de ir a dormir.

No sólo estaba pasmado, estaba asqueado como jamás lo había estado en sus breves semanas de vidas y como jamás creyó poder estarlo o lo volvería a estar. Aquello era… ¡repulsivo! Ni siquiera entendía cómo podía seguir ahí sentado sin que se hubiese activado ya su reflejo del vómito.

Era un chico duro, pensó: un hombre duro con estomago de acero. Lo que escuchaba ya habría hecho correr despavorido incluso al más de los valientes, pero él seguía ahí, escuchando, aguantando y al pie de guerra, superando la incómoda sensación de la arcadas que luchaban por manifestarse en su garganta.

Lo que Naraku le estaba contando no era ni de cerca morboso o siquiera perverso, más bien era… blasfemo.

Su querido padre le estaba dando la famosa charla de hombre a hombre, prácticamente diciéndole con lujo de detalles cómo se hacen los bebés y todo su procedimiento, de principio a fin (incluso le relataba cosas que ni siquiera tenían que ver con la maldita procreación, sino con puro ocio).

Nada de eso habría espantado en lo más mínimo al niño albino, de no ser porque Naraku se estaba usando a sí mismo como ejemplo, con nada más y nada menos que Kagura como su coprotagonista.

Sí, había tenido razón todo el tiempo: había algo realmente truculento entre ellos dos, o al menos lo hubo, y si bien al principio le causaba algo de gracia (e incluso admiración, que no era fácil andar con Kagura sin que la muy loca cercenara un par de cosas de tajo) con la historia de lujuria salvaje y desenfrenada que le narraba Naraku, Hakudoushi ya sentía que, ahora sí, se activaba su reflejo del vómito. No conforme con eso, el muy maldito estaba contando su historia con tal orgullo y emoción que no paraba de hacer sugerentes ademanes con las manos, y de vez en cuando usaba extraños sonidos para meter efectos especiales y ambiente a la narración de su peculiar historia personal que rayaba en lo tabú.

No pudo evitar compadecer un poco a Kagura… ¡pobre de su hermana! Mira que tener que poner la fea cosa de Naraku en su boca (entre otras cosas). Ahora no le parecía tan desfachatado el ponerse a pensar por qué siempre se la pasaba de malas. Nadie podía culparla. Aunque, según el relato de Naraku, ella lo había pasado de puta madre, pero ya imaginaba la resaca de vergüenza que le había dado a la pobre a la mañana siguiente (y puede que también a su creador. Ya hasta el mismo niño se sentía avergonzado y colorado de escuchar semejante cuento).

Definitivamente Naraku no sería de los padres que cuentan maravillosos y mágicos cuentos de hadas antes de mandar a dormir a sus mocosos.

Por otro lado, el híbrido estaba perdido en sus pensamientos, contando con lujo de detalles y sin pelos en la lengua la descabellada anécdota de lo que había hecho con su más rebelde extensión y unos cuantos tentáculos que la convirtieron en una gatita que ronronea demasiado por una noche. Estaba tan emocionado contándolo todo, absolutamente todo, que apenas reparó en la presencia de Hakudoushi una vez que terminó con su historia y, para fortuna del albino, le dijo que ese era el fin.

Naraku se cruzó de brazos y alzó una ceja desconcertado cuando observó el descolocado gesto del niño, quien lo miraba como si fuera el demonio más perverso y sucio que había pisado la faz de la tierra. Por unos instantes no comprendió el por qué de semejante cara de espanto.

—¿Te pasa algo? —inquirió el híbrido, apenas preocupado por el estado de turbación que mostraba el niño. Estaba rojo como el tomate pero a la vez parecía estar a punto de desmayarse o echarse a correr.

—Tantos… tentáculos —murmuró Hakudoushi en voz baja, más para sí que para Naraku, con las imágenes de su viva imaginación dando vueltas una y otra vez en su mente con cada una de las cosas que le había dicho su amo, martilleando su pobre cordura y amenazando con llevarlo al límite junto a aquellas espantosas imágenes—. Uno aquí, otro allá, luego por…

Miraba hacia el frente como perdido en algún punto del espacio, sin pestañear siquiera e incluso comenzó, súbitamente, a perder el color y a empalidecer más de lo que ya era.

—¿Hakudoushi…?

—¡¿Tengo que hacer eso?! —exclamó el niño, saliendo de sus pensamientos y mirando a Naraku con asombro. El aludido asintió pacientemente—. ¡Ni siquiera tengo tentáculos!

—Macho que se respeta tiene tentáculos, sino, pues lo siento por ti —afirmó con desdén y arqueando una ceja de manera prepotente—. Ya ves que no sólo son útiles para atacar a tus enemigos…

—¡Eso no es verdad! Los humanos no tienen tentáculos, y de igual forma no todos los demonios los tienen —argumentó sabiamente Hakudoushi, cruzándose de brazos, encaprichado y negándose a creer que esas cosas debían estar siempre apegadas a los muy poco ortodoxos métodos de Naraku.

—Sí, por eso son unos maric…

—Pero está bien —interrumpió el niño a pesar de la mala cara que le mandó su padre—. No es necesario coquetear con chicas ni hacer… esas cosas, para ser considerado un hombre.

Hakudoushi cerró los ojos con una paciencia despectiva y se puso de pie, ya recuperando la compostura (y el "color") haciendo como que no pasaba nada.

Sólo esperaba no tener pesadillas. No podría recuperarse de semejante trauma.

—Bien, yo ya hice mi parte —agregó Naraku luego de unos segundos—. Así que largo de aquí.

El albino gruñó con fuerza y miró con hostilidad al hombre una vez más antes de salir, pero antes de cruzar la puerta Naraku sonrió con malicia y lo llamó.

—Por cierto, Hakudoushi… —El niño se giró a verlo, claramente fastidiado y ligeramente perturbado aún por la charla—. Dile a Kagura que venga.

Al albino se le escapó un profundo gesto mezcla de espanto y asco. Un terrible escalofrío le recorrió la espina sólo de pensar en lo que probablemente sucedería en esa habitación un rato después, cuando su hermana mayor entrara y quedara encerrada junto a su amo... más con esos antecedentes. Mejor montarse en Entei y dar un paseo un buen rato, no fuera a ser que escuchara gritar a esos dos como locos. Eso sería demasiado hasta para él. Ya había tenido suficiente con la charla, no quería ser un participe indirecto de semejante evento y mucho menos torturar sus oídos escuchándolos.

En medio de su breve aturdimiento, Hakudoushi olvidó cerrar la puerta de la habitación y al salir a la sala principal lo primero que vio fue la figura de Kanna, sentada en el mismo lugar donde había tratado de coquetearle. Arrullaba apenas a Akago, quien estaba plácidamente dormido. A un par de metros estaba Kagura, recargando brazos y codos sobre el barandal de madera que protegía una maltratada y sucia figura de Buda mientras jugaba con su abanico, sumida en sus pensamientos y aburrimiento, sin reparar en él ni en nada a su alrededor.

Se aproximó a ella tan silenciosamente como un gato y al estar a poca distancia de la demonio, lo primero que se le ocurrió hacer fue levantar una mano y darle una fuerte nalgada a su hermana. Al sentir el certero golpe la mujer soltó un gritito de sorpresa y se sobresaltó como nunca, quedando paralizada unos instantes.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó iracunda cuando al darse la vuelta se encontró con Hakudoushi, quien esbozaba una sonrisa triunfal y tan traviesa como maligna. Como máxima y descarada prueba, aún mantenía la palma de su mano extendida.

Kagura, ofuscada y furibunda, lo primero que hizo fue levantar su brazo empuñando su abanico, más que dispuesta a cortarle la mano al niño por insolente y atrevido, casi pensando que se había ido de copas con el tal monje Miroku y ahora le había pegado sus mañas (que ahora sólo faltaba que el mugroso monje quisiera quitarle el papel de mala influencia).

—¿Por qué te molestas? —inquirió él, encogiéndose de hombros—. Pensé que eso te gustaba, pero ahora veo que sólo te gusta cuando Naraku te lo hace.

—¡¿Qué dices?! —vociferó espantada la mujer, deteniéndose en seco.

—¡Oye, eso no…!

Todas las miradas se dirigieron a Naraku, quien se había abalanzado hacia la puerta al ver cómo Hakudoushi nalgueaba descaradamente a Kagura. Es decir, le había contado todo, sí, pero eso no le daba derecho a nalguear a su extensión… sólo él podía hacerlo. Él era el único con derecho de corregir a esa niña mala.

La hechicera de los vientos miró sorprendida a su creador, con un incómodo sudor frío recorriendo su espalda. Lucía algo pálida y cuando relacionó lo de la "charla" y miró por unos instantes la sonrisilla traviesa del albino, supo qué había contado Naraku y cómo lo había contado.

Tenía que estarla jodiendo.

—¡¿Qué mierda le dijiste, Naraku?! —exclamó con una rabia que casi dejaba temblado a su voz, caminando a grandes zancadas hacia él (y aún resintiendo el golpe de la nalgada) mientras su amo se cruzaba de brazos haciéndose el desentendido.

—No le dije nada, sólo la verdad —contestó sin pena alguna, mientras ella sentía que en cualquier momento iba a desmayarse. ¿Qué acaso el maldito de Naraku no podía guardarse esa anécdota? Pero Kagura no sabía de qué se sorprendía, si de por si no era capaz de guardarse los tentáculos en los pantalones.

Oh, siempre esos malditos tentáculos.

—Tengo que hablar contigo —murmuró de pronto el híbrido, acercando sus labios al oído de su extensión. A la demonio la recorrió un escalofrío al sentirlo tan cerca y se estremeció un poco, sintiendo que se enrojecía violentamente. El reflejo ilusorio de su palpitación la habría hecho creer que su corazón daba un vuelco dentro de su vacío pecho, de no ser por el serio tono con el cual se dirigía a ella, sin pizca alguna de malignidad o falsa sensualidad.

Algo ofuscada aún, entornó los ojos y luego asintió con fastidio, siguiendo a Naraku hasta dentro de la habitación. Antes de que él cerrara la puerta corrediza, Hakudoushi habló.

—Que se diviertan…

Para toda respuesta su creador cerró de golpe la puerta.

—¡Ugh, qué horror! —murmuró luego el niño, temblando un poco como si se le hubiera trepado encima un bicho. Después miró a Kanna, que seguía sentada en su sitio sin mostrar, como siempre, expresión alguna ante la escena que se había desarrollado frente a ella. En ese momento su hermano la llamó.

—Y tú, Kanna, que me mandaste al diablo… —Cruzó los brazos con prepotencia y un claro resentimiento en la voz—. No sabes de lo que te pierdes.


Dentro de la habitación Naraku prácticamente arrastró a Kagura con él hasta su trono. La joven se dejó hacer, aunque de mala gana, temiendo por su suerte y cordura, sea dicho de paso, sobre todo cuando se dio cuenta que él había escarbado en truculentos eventos de aquel pasado vergonzoso los cuales ella muy a duras penas había logrado olvidar... hasta ahora. Ahora venía este imbécil a recordárselo, ¡y encima contándolo a medio mundo como si fuera una charla para la puta hora del té!

—¿Acaso le contestaste lo que pasó en las mazmorras? —soltó Kagura directamente, cruzándose de brazos y alejándose unos pasos de Naraku cuando este se sentó resueltamente en su sitio, con apariencia relajada y sombría—. ¿Y qué encima me dabas de nalgadas? ¡Estás loco!

—Sólo le dije lo que pasó en realidad. Lo de las nalgadas no sé de dónde carajos lo habrá sacado —Naraku negó levemente con la cabeza—. Supongo que de Miroku. Ese monje es mala influencia para los niños.

—¡¿Pero por qué le contaste?! —reclamó Kagura casi acongojada, caminando de un lado a otro y mordiéndose las uñas mientras se sonrojaba sólo de recordarlo—. No era necesario.

—No te pongas así de histérica —recalcó el hombre como si fuera tal cosa—. Se lo conté para traumatizarlo, a ver si se le quitaban esas ideas de la cabeza de convertirse en hombre y dejaba de joder.

Kagura se quedó callada y se detuvo en seco en su lugar, poniéndose un poco más roja. ¡No podía ser mejor! ¡Era excelente! Usar la historia mutua que compartían, a propósito, para traumatizar al pobre niñato. ¿Qué acaso a él, rey de la mentira y los tentáculos, no se le pudo ocurrir alguna otra historia igual de horrible que no los tuviera justamente a ellos como protagonistas?

¿Acaso lo suyo sí había sido tan perverso o…?

Mejor no preguntar, pensó Kagura negando rápidamente con la cabeza.

—Pues déjame decirte que no te sirvió para una mierda —masculló la demonio poniendo ambas manos sobre su cadera y recuperando la compostura—. Mira que ir a darme una nalgada…

—Eso lo sé, Kagura. No me lo recuerdes —Naraku hizo un ademán de fastidio con la mano y desvió la vista unos instantes—. Hakudoushi ya me tiene podrido con esas estúpidas ideas que tiene.

—A mi más —espetó ella sin darle tiempo de terminar de hablar a su amo. Este, luego de dirigirle una dura mirada, estuvo a punto de proseguir, cuando entonces escucharon pasos rápidos golpeando los tablones de madera del templo y la vocecilla de Hakudoushi diciéndole algo a Entei, que momentos antes se encontraba plácidamente dormido sobre la hierba. A eso le siguió un fuerte relinchido por parte del gigantesco caballo, sus pezuñas golpeando la tierra y luego el silbido de cómo el animal se elevaba por los aires alterando la armonía del lugar junto al fuego de sus patas, seguramente con Hakudoushi montado sobre él.

Por inercia Kagura y Naraku se quedaron parados en su sitio, sin pronunciar palabra mientras escuchaban atentos al caballo alejarse.

—¿Ese era Hakudoushi? —Naraku alzó una ceja.

—Eso creo. Parece que salió —contestó Kagura sin pensarlo mucho.

En ese momento sintió cómo sus nervios se crispaban de la frustración y el fastidio, usando las palmas de sus manos para golpear violentamente sus rodillas.

—¡¿Y ese mocoso desde cuando se manda solo?! —exclamó enfurecido y casi encaprichado. Kagura rodó los ojos y soltó un suspiro, aunque luego esbozó una sonrisa de medio lado tan maliciosa como la de su propio hermano o la de su creador. Era de familia, no había cómo negarlo.

—¿Qué no ves que ya es grande? ¡Todo un jovenzuelo! —comentó la mujer con sarcasmo—. ¿Por qué simplemente no lo matas?

Naraku negó con la cabeza unos instantes y volvió a cruzar los brazos, respirando profundamente e intentando guardar la calma.

—Por la misma razón que a ti —Ella alzó una ceja y dejó su sonrisa de lado. De pronto tuvo un mal presentimiento—. Por desgracia… para desgracia de todos, más bien, aún necesito de la presencia de Hakudoushi, así como de la tuya.

—¿A qué te refieres?

Naraku sonrió con un gesto muy similar al que había hecho Kagura segundos atrás y miró fijamente a su extensión. Por primera vez no condenaba la peligrosa curiosidad de la demonio, y dejó resbalar la lascivia de su gesto mientras penetraba toda la cordura de ella con su oscura mirada.

—Ven aquí, Kagura —ordenó Naraku en un susurró, haciendo un discreto ademán con la mano que puso en alerta los nervios de la mujer de los vientos y le provocaron una serie de desagradables escalofríos. Ella echó la cabeza un poco hacia atrás, con su rostro invadido por la repulsión y pensó en correr cómo alma que lleva el Diablo.

—¿Para qué? Yo desde aquí escucho muy bien tu horrorosa voz.

—Dije que vengas —insistió con dureza—. Si no vienes por las buenas, será por las malas, querida.

Kagura gruñó por lo bajo y viéndose imposibilitada para desobedecer (odiaba cuando Naraku se ponía en ese plan) se acercó a él con cautela, a pasos temblorosos. Él la esperó pacientemente en su sitio y para cuando acordó su extensión ya se sentaba incómoda en su regazo, con lentitud, como si esperara que él en cualquier momento la atacara. El híbrido pareció hacer una mueca extraña por unos segundos, una que Kagura no logró interpretar y que apenas notó, pero para toda respuesta él rodeó su cintura con un brazo y la tomó suavemente del mentón hasta voltear su rostro hacia él.

—Te contaré algo interesante… —susurró con tono aterciopelado, acercando sus labios a uno de sus oídos. Ella, por pura inercia, pasó un brazo tras su cuello, pensando si era buena idea ahorcarlo en ese instante.

La hechicera de los vientos se mantuvo tan tensa al principio como un trozo de madera, pero mientras las palabras de Naraku se deslizaban con suavidad y malicia por sus labios hasta entrar en sus oídos, la mujer fue relajándose cada vez más, tanto, que poco a poco una sonrisa fue formándose en sus finos labios granates hasta transformarse en un gesto tan maligno como se escuchaban las palabras que Naraku le susurraba con esa traviesa y maquiavélica complicidad.

—Oh, Naraku. Realmente eres malvado… —ronroneó como una bestia graciosa preparándose para agarrar por el cuello a su desprevenida presa—. Por primera vez me gusta lo que propones.

—Ya era hora —respondió él de mala gana, alejándose un poco, pero satisfecho por la buena voluntad que mostraba su extensión—. ¿A qué es una idea genial?

—La mejor que has tenido —secundó ella voluptuosamente, como si la sola imagen de lo que se avecinaba la sedujera de manera irrefrenable como una abeja a la miel. Por primera vez en mucho tiempo sentía que la mente de su amo y la de ella se conectaban por un objetivo en común y por mutuo acuerdo que, además, le producía un placer malsano y enfermo que disfrutaba como pocos.

Para cuando ambos se dieron cuenta de ese detalle, tomaron consciencia de la posición en la que estaban y Naraku echó la cabeza hacia atrás, mirándola intrigado.

—Por cierto… ¿por qué te sentaste sobre mi? —inquirió el hombre alzando una ceja—. No era necesario.

Kagura se quedó unos instantes callada, confundida, y bajó la vista rápidamente antes de contestar con cierto nerviosismo.

—Es que pensé que luego de… —Se detuvo en seco y casi de inmediato se quitó de encima el brazo de Naraku que acorralaba su estrecha cintura y saltó lejos de él, sonrojándose rápidamente—. ¡No, yo no pensé nada!

—Ajá… claro —susurró su creador sin creer ni media palabra de eso.

—No pienses cosas raras —advirtió la mujer apuntándolo con el dedo y con el sonrojo hasta las orejas.

—Yo no pensé cosas raras. Quien lo hizo fuiste tú. Y sería divertido, debo admitirlo —confesó Naraku cruzando ambos brazos y cerrando los ojos, mientras Kagura se veía tentada a soltarle golpes en la cabeza con su abanico, a ver si así se le acomodaban las ideas (y de paso a ella nomas de lo fuerte que le iba a dar hasta partirle el cráneo como a un huevo)—. Pero hay cosas más importantes que hacer… como lo que te dije.

Sintiendo cómo su ira se apagaba en un dos por tres ante la idea que Naraku le había compartido y propuesto, sonrió con la misma malignidad que él.


Un largo rato después Hakudoushi volvió de su paseo en Entei, ya cuando la tarde había desaparecido dejando a su paso uno de los anocheceres más oscuros de los últimos días, el niño entró al templo con tranquilidad, relajado y casi olvidando la razón por la cual había salido en primer lugar.

Al entrar al oscuro recinto vio a Kanna sentada en otra esquina cómo un pequeño y frágil faro de mustia y blanca luz, con Akago en brazos. Al parecer su hermano estaba dormido. Rodó los ojos al recordar su fallido intento de conquistarla y recordó luego los "consejos" de Naraku.

No, no había necesidad de coquetear con mujeres y hacer eso para ser un hombre, ¿cierto?

Frunció el ceño con repulsión al recordar el relato y cómo si hubiera invocado con el pensamiento a los protagonistas de tan loca historia, Naraku y Kagura salieron de la sala principal. Pasó a verlos por pura inercia, preguntándose (muy a su pesar) qué tantas cosas y perversiones habían hecho encerrados ahí y solos (estaba Kanna, pero ella no contaba mucho y más si no sentía nada), sobre todo cuando vio la enorme y satisfecha sonrisa de Kagura adornando su rostro como si fuera toda una diosa de la perversión luego de la más grandiosa orgía. Naraku iba detrás de ella como un psicópata que planeaba tomarla por sorpresa y secuestrarla (sometiéndola con tentáculos, lo más seguro). También sonreía, con su gesto oscurecido, como si encontrara placer en algo largamente planeado y terrible. Al niño se le escapó un gesto aún más grande de asco.

¡Por eso había salido!

—¿Te divertiste afuera, Hakudoushi? —inquirió Naraku parándose a un lado de Kagura, quien aún sonreía sin quitarle la mirada de encima. Con ese par de rojizos ojos sobre él, el niño de pronto se sintió acosado, vigilado.

—Mucho —contestó resueltamente, sin pena e imitando el gesto travieso de sus mayores—. ¿Y ustedes, se divirtieron?

Naraku y Kagura se miraron unos instantes y rieron por lo bajo.

—Como no tienes idea, Hakudoushi… —respondió, aunque Kagura arqueó una ceja, ya incómoda por la situación—. Por cierto, ¿quién te dio permiso de salir?

Para toda respuesta el albino fue a recargar su alabarda contra uno de los muros del templo, largando groseras carcajadas como si fuese el más cínico de los adolescentes.

—Nadie, pero no puedes culparme, Naraku —Se volvió hacia ellos—. Yo no quería escuchar sus gritos. Sería incómodo… y asqueroso —susurró luego en voz muy baja, con un desagradable escalofrío recorriendo su espalda.

Los dos mayores volvieron a mirarse, esta vez con cierto recelo. Naraku ya pensaba que la había cagado al contar una de sus más divertidas y raras anécdotas.

—Como sea, ahora ve a dormir —ordenó Kagura mientras se encaminaba de nuevo hacia la sala principal, sonriendo de manera insolente y picara—. Los niños deben dormir temprano.

—¡Que no soy un niño, joder! —insistió Hakudoushi, casi poniéndose rojo del coraje mientras pateaba contra el suelo. Lo único que ella hizo fue reír mientras se adentraba en la habitación, dejando a Naraku fuera, quien amplió su sonrisa al verla entrar.

—Está bien, Hakudoushi, tienes razón —dijo, observando cómo Kagura desaparecía tras las puertas. Luego miró de manera enigmática al niño, quien de pronto se sintió extraño—. Desvélate si quieres. Los grandes también nos vamos a desvelar…

Ante esto el albino se estremeció ligeramente y su gesto sardónico desapareció en un santiamén. Al ver esto Naraku largó una carcajada y entró al recinto donde estaba la manipuladora de los vientos, cerrando con fuerza las puertas antes de desaparecer en la oscuridad.

El niño soltó un gruñido de repulsión y sacudió frenéticamente el cuerpo tratando de espantar aquellos desagradables escalofríos. Miró unos instantes las puertas de la sala, cerradas a cal y canto, y unos discretos cuchicheos que salían de la habitación.

—Ugh, son asquerosos… —murmuró mirando con recelo hacia el lugar. Luego observó a su hermana con la misma desconfianza y se retiró a su habitación sin siquiera dar las buenas noches.

—¿Ya se fue? —preguntó Naraku al oído de Kagura, acercándose a ella sigiloso y silencioso cual gato. La mujer de los vientos se sobresaltó y soltó un gritito que ahogó enseguida, empujándolo lejos.

—No te quieras meter tanto en tu papel, ¿quieres? —reclamó ella en voz baja mientras medio demonio rodaba los ojos.

—Yo no estaba haciendo eso —se defendió. Kagura gruñó por lo bajo.

—Cómo sea. Y sí, el pequeño bastardo ya se fue a dormir —aclaró ella alejándose unos pasos de Naraku—. ¿Es hora de actuar?

—No, deja que pase un rato… lo haremos cuando este profunda y plácidamente dormido —La mirada del híbrido se ensombreció y rió en voz baja, ahogando sus propias risas y causando un sonido aún más tétrico que sus sonoras y burlescas carcajadas—. No sabrá ni qué lo golpeó.

—Pues yo espero que no tarde mucho, que se hace más tarde y me está entrando frío —se quejó la demonio cubriéndose con sus brazos.

—¿Necesitas calor? —bromeó cínicamente su amo, haciendo amago de acercarse a ella.

Para toda respuesta, Kagura finalmente tomó la sabia resolución de arrojarle el abanico por la cabeza, causando así un pequeño escándalo cuando Naraku soltó un sonoro gruñido de dolor y el abanico fue a estrellarse con fuerza al suelo.

En la habitación de junto y mientras Hakudoushi se preparaba para dormir, el niño terminó por cubrirse con las sábanas hasta la cabeza, presan de aquellos repulsivos escalofríos y mascullando por lo bajo.

—Esos dos ya empezaron… —susurró asqueado—. Joder, mejor me duermo rápido. Lo que hacen debería ser ilegal.


Un par de horas después, cuando tanto creador como creación creyeron que el niño que los había estado sacando de quicio estaba profundamente dormido, salieron sigilosos de su habitación como un par de criminales entrando a una casa ajena a robar, digiriéndose sin dudar y con cautela a la habitación del albino.

Tal y como habían pensado, encontraron a Hakudoushi dormido como tronco en su futón, con parte de la sábana enredada en una pierna y los lilas cabellos desparramados alrededor de su cabeza. Naraku y Kagura se acercaron como un par de demonios, en puntillas, ansiosos y con la adrenalina a tope. Al llegar a donde estaba el niño lo rodearon por cada lado y se acercaron apenas respirando, temiendo que el mismo silbido de sus respiraciones pudiesen despertarlo.

—Oh, mira… es tan lindo cuando duerme —susurró Kagura arqueando una ceja cual madre psicótica a punto de asfixiar a su hijo, notando también como un hilillo de saliva resbalaba por la boca de Hakudoushi—. Ni siquiera parece la verdadera sanguijuela que es.

—Cierra la boca o lo vas a despertar —la reprendió Naraku mordiendo en voz baja sus palabras.

—Mejor tú cállate. Con esa horrible voz que tienes despiertas hasta al demonio en persona.

En ese momento el albino se removió en su sitio, gruñendo con pereza y agitando los brazos, desacomodando un poco más las sábanas sobre su delgado y aparentemente frágil cuerpo. Naraku y Kagura ahogaron un gritillo de sorpresa y se echaron hacia atrás, creyendo firmemente que el pequeño bastardo despertaría, lo cual les arruinaría sus planes (casi tontos, pero estaban desesperados) y también el resto de sus vidas e infames reputaciones si el niñato seguía con esas ideas insufribles.

Ambos se quedaron en suspenso unos instantes, mirándose algo impactados y con el aliento contenido. De pronto tuvieron ganas de echarse a reír como locos y hasta bailar tango como si no hubiera mañana cuando vieron que Hakudoushi sólo se removió en sueños, sin llegar a despertar. Luego volvieron a acercarse al niño y se miraron con una complicidad compartida y decidida más sincera que nunca.

—Será mejor que lo hagas de una vez antes de que despierte —murmuró Kagura mirando fijamente a su creador. Este oscureció su mirada y sin mediar palabra extendió uno de sus brazos hasta Hakudoushi, dejando la palma de su mano sobre el rostro del albino, a escasos centímetros de tocarlo. La sonrisa de la manipuladora del viento fue poco a poco aparecieron en ella hasta transformarse en un gesto de placer enloquecido y silencioso. Luego su gesto desapareció en un santiamén cuando notó lo que Naraku pretendía hacer (en lugar de ahorcar al niño, como a ella le hubiera gustado).

—¿En serio vas a usar tu estúpido veneno? —reclamó entrecerrando los ojos, como si viera la broma más idiota del año. Él se detuvo unos instantes y suspiró irritado.

—¿Se te ocurre algo mejor, genio? —Esta vez estaba con ganas de ahorcar gente, más específicamente a Kagura. Para toda respuesta la mujer hizo un ademán con la mano y lo dejó seguir con su trabajo.

—Haz lo que quieras.

—Créeme, Kagura —agregó Naraku luego de unos segundos. Levantó su vista hacia ella y sonrió de medio lado—. Ya lo hablamos. El resultado te gustará… es mucho mejor de lo que imaginas.


El día empezó con el armonioso canto de las aves que surcaban el despejado cielo que se cernía sobre el templo, jugando entre los árboles y buscando lombrices entre la tierra y el césped. Un par de pajarillos buscaban el almuerzo matutino cuando fueron sorprendidos por Entei, quien ni tarde ni perezoso pasó a arrojarle unas cuantas llamaradas de fuego que dejaron a los pajarillos cuales gorriones rostizados y listos para comerse.

Con el escándalo que se creó en el jardín Hakudoushi despertó abruptamente, sabiendo que Entei había cometido la maldad del día (y sintiéndose orgulloso por ello). Planeó volver a dormir un rato más, pero el sol le dio de lleno en el rostro y gruñó, mascullando maldiciones y palabrotas mientras se limpiaba discretamente el rastro de baba que había resbalado por su mejilla hasta mojar la almohada.

Oh, si alguien lo viera así, babeando la almohada patéticamente…

Se quitó las sábanas de encima con pereza, bostezando para luego levantarse y vestirse con una flojera monumental mientras la luz del sol que entraba por la ventana calentaba de a poco la habitación. Una vez que estuvo vestido y arreglado salió de su dormitorio hacia el recinto principal del templo. Al parecer se había levantado tarde porque ahí estaban ya Naraku, Kagura y Kanna. Los primeros dos parecían charlar sobre algo entre murmullos y secretos (Hakudoushi hizo una mueca de asco y agradeció no haber escuchado nada durante la noche) mientras que Kanna se mantenía impávida meciendo suavemente la cuna de Akago.

Los mayores parecieron escucharlo entrar y el primero en voltear hacia él fue Naraku, con una sonrisa maliciosa adornando sus labios.

—Ah, mira quien despierta al fi… —Se quedó callado a mitad de la frase y frunció el ceño violentamente, con un gesto que era mezcla de repugnancia y sorpresa, paralizándose en su sitio—. ¿Qué diablos te pasó en la cara?

Ante el comentario Kagura volteó a ver al niño, y lo que se encontró mientras él se aproximaba a ellos le sacó una exclamación de asco.

—¡Joder, qué horror! —Se alejó unos pasos, como si el solo ver a Hakudoushi supusiera la exposición a una enfermedad terrible, pero después no pudo evitar reír por lo bajo, mientras el niño se sentía cada vez más ridiculizado y preocupado por algo que estaba, aparentemente, mal con él y que aún no notaba.

—¿De qué hablan? —inquirió alzando una ceja, poco menos que pensando que esos dos se habían vuelto un poco locos luego de una salvaje noche de placeres carnales tan perversos, que ahora los dioses los estaban castigando con la locura senil o algo por el estilo.

Naraku torció la boca y apuntó discretamente al niño.

—Es difícil de explicar. Deberías verte a un espejo… —sugirió conteniendo una risa—. Mientras no lo rompas, claro.

Hakudoushi corrió hacia donde estaba su albina hermana, ordenándole en el camino que tomara su espejo. La niña dejó de mecer la cuna de Akago y agarró el artefacto entre sus manos. Lo extendió frente a ella al tiempo que Hakudoushi se sentaba delante para luego acercar su rostro al reflejo pulcro que le brindaba el espejo.

Lo que vio lo dejó horrorizado e impactado como jamás lo había estado en su vida. Al principio el reflejo que el espejo le devolvió lo hizo pensar que observaba el reflejo de otra persona a través de unos ojos ajenos. Que no se trataba de él, sino de una versión bizarra y distorsionada de sí mismo. Una versión completa y absolutamente grotesca.

Le dieron ganas de gritar, chillar como ardilla, jalarse de los pelos y comenzar a rodar por el suelo haciendo el más grande berrinche de la historia y luego quemar el templo hasta sus cimientos, con todos dentro, y ofrecer sus cuerpos en sacrificio a los más iracundos dioses sólo para elevar una plegaria rogando que le quitaran eso que llenaba cada espacio y rincón de su antes pulcro y liso rostro.

¡Tenía granos! ¡Granos y barros enormes por todos lados! Había puntos negros tapizando su nariz, una especie de "T" se le formaba desde la barbilla hasta la frente, completamente llena de barros hinchados y rojos con puntitos blancos en lo alto, como volcanes a punto de hacer erupción. Prácticamente toda su cara estaba llena de esas cosas, desde los más pequeños que casi parecían lejanas estrellas en lo más alto del cielo, formando constelaciones en sus pómulos y mejillas, y luego esos volcanes que nacían de su blanca piel, antes suave y ahora con una especie de película de densa grasa que brillaba, luciéndose bajo la tenue luz del sol que entraba por las puertas abiertas de par en par y las ventanas.

—¡Pero qué diablos es esto?! —exclamó con horror volviendo a mirarse al espejo, esta vez arrebatándoselo a su hermana con un desquiciado gesto, tomándolo él mismo y acercándolo más a su rostro como para comprobar que realmente se trataba de él.

Se miró desde todos los ángulos, tratando de entender de dónde carajos había salido esa cantidad impresionante de granos y espinillas arruinando toda su faz y su pálida y perfecta piel. ¡Se veía ridículo! Incluso sentía que sus ojos y su boca se perdían entre tanto jodido grano.

—Son barros, Hakudoushi —aclaró Naraku desde su sitio mientras el niño se volvía a verlo—. La aparición de granos y espinillas indican la entrada a la pubertad para luego llegar a la adultez. ¿No te lo dijo Kagura?

Se quedó callado unos instantes, casi temblando del coraje y el impacto. Luego dejó el espejo con su hermana y prácticamente se abalanzó corriendo hacia Naraku.

—¡Yo quería pelos en el pecho, no granos! —reclamó con el puño levantado. En ese momento Kagura se comenzó a carcajear, y de haber estado en la época de Kagome y conociendo cierto alimento italiano muy popular, habría apodado a su hermano menor "Cara de Pizza".

—¿No se supone que querías crecer? —respondió el híbrido encogiendo de hombros, con las carcajadas de Kagura de fondo—. Ahí está, en todo tu rostro, el indicio de tus primeros signos de madurez.

—¡Esto no era lo que esperaba!

—¿Entonces qué esperabas? —inquirió la hechicera de los vientos, burlesca y deteniendo sus risas—. ¿Crecer de un día para otro?

—¡Sí! —vociferó el aludido—. ¡Y ya deja de burlarte!

—Vamos, Hakudoushi. No hagas tanto drama —pidió sabiamente Naraku—. Sólo son unos cuantos granos. Después se te van a quitar.

—¿Pero qué dices? ¡Si son asquerosos! —puntualizó Kagura, echándose a reír de nuevo—. Tu rostro debe estar lleno de pus, ugh.

Oh, sí, se estaba vengando de todas las putadas que el niñato le había hecho. ¡No se iba a perder la oportunidad! Por primera vez en su vida agradeció profundamente que Naraku la creara como una mujer ya adulta, sin las tonterías de la adolescencia y sus desventajas. Igualmente agradeció las increíbles propiedades que poseía el tóxico veneno de su amo. ¿Quién iba a decir que podía causar granos?

Hakudoushi volvió a intentar callarla, pero fue en vano y más cuando Kagura tuvo que alejarse unos pasos para seguir riendo sin tronar los oídos de los presentes, tomándose el vientre y doblándose de la risa, sintiendo ya las mejillas y el abdomen adolorido. El albino trató de ignorarla y mientras ella se alejaba a un rincón con sus carcajadas como la más infernal música de fondo, el niño trató de guardar la calma y su paciencia (ya no estaba tan seguro de hacerle maldades a Kagura sabiendo su peculiar relación con Naraku). Respirando profundamente, como esperando despertar de una pesadilla, se dirigió a su creador con toda la calma a la cual pudo recurrir, teniendo la esperanza de pensar en el mejor de los casos.

—¿Cuánto dura? —preguntó en voz baja, con la mirada ensombrecida y una ira contenida en su tono de voz a punto de estallar—. Dime, Naraku, ¿cuánto maldito tiempo voy a tener que estar lleno de estas cosas hasta ser un hombre?

El aludido hizo como si lo pensara unos segundos, tratando de calcular el tiempo que había visto de desarrollo en los humanos y pensando si podía aplicar a su última creación, sobre todo teniendo en cuenta la peculiaridad de la forma en la cuales nacían y la situación, especifica y única, de Hakudoushi. Por supuesto que, de todas formas, ninguna respuesta lógica le iba a servir al niño.

—Bueno, depende de cada individuo, pero lo usual serían… tal vez unos diez años.

—¡¿Diez años?! —exclamó horrorizado y casi yéndose de espaldas—. ¡¿Tendré que estar así diez años?!

—Nadie dijo que crecer era fácil, Hakudoushi —agregó Naraku—. Crecer duele.

—¡No, no, no! ¡Y tú cállate, Kagura! —ordenó furibundo apuntando a la mujer, quien al escucharlo volvió a soltar la carcajada limpia y cayó de rodillas de la pura risa.

—Vamos, Hakudoushi, no te pongas así de histérico —dijo su creador, llamando su atención y dejando entrever una sonrisita de medio lado—. Puede que todo ese montón de granos te duren sólo un par de días, o semanas, o años… sólo procura no comer comidas muy grasosas y sobre todo, no exprimirte los granos o te quedarán cicatrices, y no es nada lindo.

—¡Que no, no quiero! —Un poco más y Hakudoushi estaba a nada de matar a alguien, o de tirarse al suelo a patalear cual nene de cinco años cuando sus padres no quieren comprarle el juguete de moda.

Luego de unos segundos los pataleos y continuas quejas del albino, intensificadas por las constantes burlas y risas de Kagura (y una que otra pelea de insultos que se armó entre ellos) Naraku sintió que lo llevaban al límite de su paciencia y trató de masajear suavemente sus sienes, pero en su lugar terminó con un súbito y punzante dolor de cabeza.

—¡Ya cállense los dos! —ordenó con voz enérgica y dura, deteniendo en seco la discusión que ese par se estaba armando nuevamente—. ¡Maldición, parecen un par de adolescentes infrahumanos!

Kagura y Hakudoushi se miraron con recelo y ella dio por terminada la discusión, adoptando nuevamente su serio gesto y cruzándose de brazos con pose orgullosa. Hakudoushi hizo un puchero y de igual forma se cruzó de brazos, poniéndose rojo del coraje hasta las orejas mientras Naraku lo miraba duramente.

—¿Querías crecer, Hakudoushi? —exclamó con un claro tono de regaño—. ¡Pues ahí lo tienes! ¡Eso es crecer! A ver si te gusta tanto.

—¡Esto no es lo que yo…!

El albino se detuvo en seco y se tapó la boca con una mano, impactado, recordando en un santiamén la frase que él mismo había interrumpido y escuchando y la razón del por qué se quedó paralizado en ese instante (lo cual le arrancó otra carcajada a Kagura y una discreta y burlona risilla a Naraku).

¡Tenían que estarlo jodiendo! Por unos instantes su voz había sonado como la de una ardilla agonizando.

¡Se le había escapado un gallo!


Se los juro, me siento TAN rara escribiendo este fic xD lamento el Naraku/Kagura, no lo puedo evitar u.u como dije en el capitulo anterior, todo el asuntito entre ellos es en alusión a otro de mis fics de ellos, uno con un lemmon medio perverso y de tentáculos. Me pareció buena idea hacer el guiño para lo de la charla y el "trauma" de Hakudoushi como prueba por parte de Naraku, a ver si se olvidaba del asunto de crecer, lo cual no fue así.

En fin, ahora sí Hakudoushi está viviendo los cambios que vienen con la madurez que se comienza a dar en la pubertad, con lo de los malditos granos y que se le salgan los gallos al hablar. Obviamente con ayuda de Naraku, que como se ve en el capítulo como que lo "intoxica". No sé si el veneno de Naraku pueda sacar granos xD no es algo canon, pero si el jodido sol y el calor de verano a veces saca granos, que no pueda hacer ese veneno infernal (?) por eso pensé que sería buena idea incluirlo. Acá en México le diríamos a Haku "garapiñado" por la cara llena de acné, pero lo del típico apodo de "cara de pizza" es más "internacional". Por eso el título.

Ahora Hakudoushi comenzara a sufrir lo que tanto ansió, a ver si le gusta y veremos si Naraku y Kagura tienen éxito en su plan de disuadirlo de esas ideas de adolescente y de paso los deja en paz. Creo que ya el siguiente capítulo será el último, depende de qué tan extenso quede, pero estoy segura de que sólo llegara hasta ahí.

Bueno, espero hayan disfrutado de este capítulo. Lamento si quedó flojo con la comedia y el posible OOC u.u

Muchas gracias por tomarse el tiempo de leer.

Me despido

Agatha Romaniev