Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de Rumiko Takahashi. Esta historia está escrita con el único fin de entretener y sin ánimo de lucro.

Advertencias: este fanfic contiene lenguaje vulgar e insinuaciones de temas adultos y naturaleza sexual.


Sueños Húmedos

Habían pasado unos pocos días desde que Hakudōshi, sin esperarlo y de la noche a la mañana, diera sus primeros pasos hacia la pubertad, o por lo menos, los que conocía. Y sobre todo los que no esperaba y no quería, más que nada.

Nadie le dijo que convertirse en adulto podía llegar a ser tan asquerosamente desagradable.

Eso de que los primeros signos de su acercamiento a la adultez fuera una masa de granos en su blanca cara que supuraban pus desagradable y una voz inestable, llena de gallos -como los había llamado Kagura entre risas- y agudos chillidos que escapaban de su garganta como si esta tuviera voluntad propia y unas incesantes ganas de avergonzarlo, no era lo que había esperado con respecto a la metamorfosis de pasar de niño a adulto.

Sin mentir, esperaba algo más… glamoroso.

Él había esperado crecer un metro más o algo por el estilo. Ver su espalda ensanchada y los brazos fuertes, musculosos, esos mismos brazos que seguían siendo tan delgados como espagueti desde siempre a pesar del extenuante ejercicio que hacía con la alabarda o el cabalgar. Había esperado ver su pecho llenarse de masculinos y rizados pelos (aunque sólo se vieran con el sol por lo blancos) y la voz grave, cavernosa y profunda, pero todo lo que recibió a cambio fue una asquerosa cara de pizza y una voz parecida a la de una ardilla a la que le jalan las pelotas.

¡Sin contar que Naraku seguía burlándose de él porque no tenía tentáculos! Claro, el muy maldito de su padre y creador prefería ponerse contra él que contra alguien de su tamaño… por ahora.

¡Ya vería cuando fuera unos centímetros más grande!

Hakudōshi se fue a dormir, una vez más, frustrado, con mala cara y un incesante dolor en la mejilla derecha, causa de un grano enterrado en el pómulo que se negaba a expulsar su cuerpo y que le producía dolor cada vez que algo le rozaba siquiera la piel enrojecida y asquerosamente abultada, endurecida, pero había que decir que aún así se fue con la esperanza de encontrar un mejor mañana y, por qué no, una mejor apariencia. No había comido nada grasoso (justo como Naraku le había recomendado).

Por alguna razón que le era desconocida (ni siquiera sabía exactamente qué edad tenía en humano) había despertado aquella fatídica y cercana mañana con esos horribles granos y la voz distorsionada de a ratos. Si aquel proceso había ocurrido de la noche a la mañana, bien podía esperar que en cualquiera de esos días también despertara con varios centímetros de más o uno que otro tímido pelo asomando por el pecho. ¿Por qué no? Cosas raras les suceden a los demonios todo el tiempo, especialmente a los "artificiales"comosus hermanos y él lo eran.

Así, el albino se fue a dormir, procurando no rozar con las sábanas su pómulo afectado por el grano enterrado, y momentos después se encontró en brazos de Morfeo, babeando la almohada y dando vueltas en el futón como gusano rociado con sal, sin embargo hubo algo en aquella noche que le resultó increíblemente extraño e inusual.

Jamás había tenido una noche así de agitada, sobre todo contando el poco tiempo que tenía de vida, y fue algo que le dejó un sabor de boca bastante extraño al despertar por la mañana, una vez que todo el ajetreo matutino fuera de su habitación lo obligó a abrir los ojos.

Hakudōshi se limpió discretamente la saliva que le corría por la comisura de los labios y se talló los ojos unos momentos, frunciendo el ceño. Tenía las memorias de su sueño más reciente frescas como jamás lo había tenido de nada. Sintió una súbita y ligera sensación de asco, pero también había dentro de su pecho una especie de cosquilleo cálido que le producía una rarísima sensación de vergüenza y ganas de callarse la boca.

Había soñado con Kanna.

Miró hacia cada rincón de la pequeña habitación con cuidado, procurando comprobar que estaba solo y no se había delatado de ninguna manera entre sueños. Una vez que comprobó que efectivamente lo estaba, se dedicó a rememorar cuidadosamente las agitadas imágenes de su cabeza, aunque la idea de haber tenido de coprotagonista a la misma Kanna le hacía saltar una especie de sensación que le pedía a gritos que mejor dejara aquella tarea para otra ocasión o, mejor aún, olvidada por completo en lo más profundo del subconsciente.

Jamás soñaba nada, las imágenes de su cabeza se limitaban a los pensamientos que era capaz de leer directamente de las mentes de los demás. Usualmente no tenía fantasías propias que no fueran más que las del poder y la visión de la sangre derramada, pero esta vez tuvo que rememorarlas. Soñar con Kanna, supuso, no era cosa de todos los días y mucho menos algo especialmente estimulante siendo su hermana la misma representación de la nada, así que algo interesante debió haber tenido el mérito de haber soñado con ella.

Y vaya que lo fue, no iba a negarlo, se dijo Hakudōshi, aunque esta vez se sentía imposibilitado para reír o sonreírse con malicia. Era demasiado extraño y nuevo para él.

Básicamente, lo que había soñado, era lo mismo que Naraku le había hecho a Kagura en las mazmorras. Aquel cuento que su amo le relató con todo y efectos especiales había quedado grabado como fuego en su mente y había terminado sublimándolo a sí mismo como protagonista en su más reciente sueño, sólo que la protagonista femenina no era Kagura, sino Kanna.

Hakudōshi abrió los ojos como platos y encarnó las cejas en la soledad de sus aposentos, sorprendido con la capacidad de su mente para ver tantos malditos detalles que en su vida había visto. En el sueño él se mostraba como todo un hombre, alto, viril, atractivo y sagaz. Sus finos rasgos infantiles habían quedado atrás y se había visto a sí mismo en el futuro, ya convertido en todo un hombre. Curiosamente, tenía una similitud física increíble con Naraku, sólo que en descolorido.

Por otro lado, Kanna, en el sueño, no era ni de cerca la misma niña aburrida e indiferente que conocía. También la había visto como toda una mujer, con los mismos atributos que poseía su hermana mayor y sus propias características físicas de albina, sólo que no era tan inmutable como siempre se mostraba.

¡En el sueño se había vuelto loca! ¡Aún más importante, él la había vuelto loca! Pero Hakudōshi ni siquiera pudo sentirse emocionado por eso —a pesar de que un par de días atrás había intentado ligársela-. Ver a su hermana tan… salvaje, tan entregada, le rompía todo el maldito esquema hasta puntos que le resultaban tremendamente incómodos, aunque en el sueño parecía la mar de feliz con su nueva actitud.

En su sueño había hecho cada una de las cosas que Naraku le relató en su peculiar charla de enseñarle cómo se hacen los bebés. Ni siquiera sabía cómo, ¡hasta tenía tentáculos en aquella onírica visión! Pálidos y lilas, pero tentáculos al fin.

Definitivamente no se podía imaginar con tentáculos. Eran tan antiestéticos. Y a juzgar por los cuentos de Naraku, también podían llegar a ser antihigiénicos. Váyase a saber en qué lugar estuvo metido tal o cual tentáculo antes de enroscarse mortalmente en el cuello de uno igual que una pitón.

Pero no lo iba a negar, a pesar de tener aquel sorpresivo y raro sabor de boca, encontraba algo de placentero y divertido en todo aquel embrollo mental y fantasioso que había creado su cabeza durante la inconsciencia. Pero no era un placer que sintiera en ese mismo instante, era más bien un placer que parecía lejano y pasado, los resquicios de un cosquilleo cálido y encantador que no sabía identificar del todo de dónde venía ni por qué, pero que seguía presente como una huella sobre su vientre bajo.

Eso sí, quitando de lado el mentado sueño erótico (porque imaginó que era eso) la mejor parte del sueño fue la última, donde, a manera de despedida, apreció él, hecho todo un hombre, erguido con toda su altura, mostrando orgulloso los músculos de su cuerpo, a pesar de que ahora se encontraba correctamente vestidito y decente a la usanza de un hábil guerrero del mejor nivel (¡tan diferente al horrible kimono que Kagura le había conseguido! Todo blanco y con pompones pachoncitos de colores en el pecho). Se recordaba en su involuntaria imaginación con una sonrisa sagaz y confianzuda en el los labios, y aún mejor -o más extraño-, tenía a Kanna a su lado, sujetada por la estrecha cintura. Ella también se mostraba como una chica ya adulta y sus respectivas formas de mujeres, de cabellos níveos y largos que rozaban sus muslos desnudos, enfundada en un sensual vestido celeste de estilo chino que le dejaba toda la pierna al aire, mientras ella le abrazaba los hombros y sostenía una sonrisilla discreta y ligeramente coqueta.

Joder, estaban tan guapos.

Sea como sea, se obligó a dejar de pensar en las tonterías de su cabeza y hacer como si nada pasara. Quién sabe cómo iba a ver de ahora en adelante a Kanna a la cara sin sonrojarse o parecer un idiota (o imaginársela en un vestido chino, con la pierna al aire). Casi le entraba la paranoia de pensar que su hermana, con aquellos ojos negros, vacíos y aún así penetrantes, podría saber al instante lo que había soñado con ella con sólo mirarlo fijamente. Por fortuna Akago y él eran los únicos de la familia que sabían leer mentes, así que eso también lo salvaba de las burlas de Kagura o Naraku. Procuraría simplemente no acercarse demasiado al bebé.

Sintiéndose renovado y extrañamente más grande, mayor de lo que se supone era, se quitó las sábanas de encima de un tirón, todavía amodorrado, y se levantó con un extraño e inusual buen humor. Ni siquiera se molestó en peinarse o darse una breve acicalada antes de salir de sus aposentos. Se dirigió directamente a abrir la puerta corrediza de papel y madera. Como era de esperarse al poner un pie dentro de la sala principal, fue a encontrarse a toda su dulce familia reunida para un desayuno que nunca llegaba y que en realidad siquiera necesitaban.

Kagura y Naraku parecían muy concentrados cuchicheando entre ellos. Estaban parados frente a la enorme estatua rota de Buda, muy cerca del otro, hablándose entre susurros bajos que el albino no alcanzó a escuchar. Ni siquiera hizo intento por tratar de leer sus mentes. Seguramente estaban hablando de las guarradas que habían hecho la noche anterior, y sinceramente no tenía ganas de enterarse. Ya tenía suficiente con sus propias cochinadas.

Por otro lado, se encontró a la dueña de sus fantasías sentada no muy lejos de los mayores, con Akago en los brazos profundamente dormido, arrullándolo. Kohaku, a quien no veía hace tiempo, se encontraba ahí esa mañana, mirando inexpresivo el horizonte de hierba alta y arboles que se extendía fuera de la entrada del maltrecho templo, vigilando.

Toda la familia estaba reunida.

—Pues no parece haber funcionado tu maravilloso plan —espetó Kagura en voz baja. Tanto ella como su interlocutor no habían notado todavía la presencia silenciosa y discreta de Hakudōshi.

—Deja de reclamarme, Kagura, o juro que la que terminará con una cara llena de granos y pus serás tú.

—¡No te atreverías…! —masculló la joven, frunciendo el ceño entre enojada y espantada. Luego se obligó a calmarse y bajarle a su tono de voz para con Naraku. Una cosa era que tuviera cautivo su precioso corazón, y otra muy distinta que arruinará su precioso rostro. Ya tenía más que suficiente con una desgracia como para encima pasearse por la vida con la cara hecha también una desgracia—. Lo que digo es que Hakudōshi sigue igual de insoportable.

Naraku farfulló una maldición por lo bajo y desvió la vista unos segundos. Aceptar el hecho de que sus planes no salían exactamente como él había esperado era cosa difícil de admitir.

—Creí que llenándole la cara de granos y provocándole esos vergonzosos gallos en la voz dejaría de joder —confesó, frustrado. Ya hasta comenzaba a preocuparle todas las tonterías que últimamente le confesaba a Kagura.

—Pues mira lo mucho que te ha funcionado —agregó su creación—. A mi ayer, otra vez, me dijo que me quitara la ropa para comprobar la anatomía del cuerpo femenino. Creo que hasta a Kanna le dijo eso también. ¡A Kanna! ¡Si es una chiquilla!

Naraku no parecía ni de cerca preocupado con el seudo-incesto que parecía darse entre sus extensiones, lo único que atinó hacer fue a mostrar sus propias quejas.

—Todavía ayer me volvió a joder diciendo que se ligaría a Kikyō y a la sacerdotisa del futuro si era necesario para demostrar que era más hombre que yo —Hizo una pausa, esta vez con cierta preocupación; no quería nueras—. ¡Ja! Más hombre que yo, por favor… Incluso mencionó a la niña humana que acompaña a Sesshōmaru.

—Genial, no sólo es un idiota, también va para mujeriego. ¡Y ahí te encargo a tu querido consuegro! —exclamó Kagura, claramente refiriéndose a Sesshōmaru.

—¡No en mi casa! —afirmó Naraku como si el sólo hecho de enredarse con cualquiera que tuviese que ver con la sangre de InuYasha fuese una blasfemia y un insulto a su estirpe. La mujer de los vientos procuró cerrar bien la boca antes de demostrar su muy largo interés por Sesshōmaru.

—Kohaku, hace tiempo que no te veía.

La voz arrogante de Hakudōshi irrumpió en el relativo silencio de la sala. Naraku y Kagura se callaron al instante procurando que sus murmullos no despertaran sospechas en su víctima, pero al volverse hacia el albino se lo encontraron caminando tranquilamente hacia Kohaku, quien le había hecho una reverencia

—Me encontraba vigilando los alrededores —contestó el muchacho secamente, pero casi al instante la expresión antes indiferente del adolescente se deformó. Estaba mirando directamente a la entrepierna del albino.

Sus pantalones de dormir eran oscuros, de un azul casi negro, y mostraban una extraña mancha opaca, ligeramente pálida, que se extendía justo desde la entrepierna hasta parte del muslo derecho. Era como si alguna especie de líquido se le hubiese derramado encima.

Hakudōshi no pasó desapercibida la expresión confusa del muchacho, que era ligeramente más alto que él, probablemente unos dos o tres años mayor si él si fuese humano también, pero en lugar de mirar hacia donde él lo estaba haciendo, se le quedó mirando directamente al rostro. Intentó leer su mente, pero la cabeza de Kohaku era un caos de preguntas y memorias lejanas.

—¿Qué te pasó? —preguntó Kohaku con calma, volviendo a mirar al niño. También notó que tenía la cara de llena de granos.

Ahora lo recordaba. Él también solía sufrir de aquellas erupciones faciales de vez en cuando. Ya no las tenía, probablemente por su condición de vivo y muerto (tal vez hasta el fragmento de Shikon que llevaba en la espalda estuviera ayudando a su cutis) pero no le costó mucho trabajo hacerse conjeturas. Era algo que le resultaba terriblemente familiar y muy, pero muy vergonzoso.

—¿Qué me pasó de qué? —espetó Hakudōshi, enfadado, comenzando a bajar la mirada—. ¿Lo dices por mi car…? ¡¿Qué carajos?!

El grito de Hakudōshi atrajo la atención de todos en la sala, incluso de Kanna, quienes vieron al albino mirarse la entrepierna y extender la tela de su pantalón con las manos, atónito. La mancha ligeramente seca en sus pantalones parecía haber sido tan abundante que había traspasado la tela de la misma hasta instalarse sobre ella una mancha un tanto blancuzca. Era como si se hubiera meado encima, pero aquello definitivamente no podía ser orina. De hecho, Naraku al instante supo de qué se trataba (tampoco estaba a salvo de eso) y Kagura, si bien no era hombre, también supo de qué se trataba, aunque tardó un poco más en adivinar que los demás, que eran chicos. Kanna ni siquiera pensó en ello mientras Akago seguía dormitando entre sus brazos.

—¡¿Qué rayos es esto?! —espetó Hakudōshi más para sí mismo que otra cosa, aunque al apenas terminar la frase tuvo que taparse la boca. Un horroroso chillido había escapado de su garganta junto a las últimas palabras y tanto Kohaku como Kagura tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos por no echarse a reír.

Bueno, Kohaku en realidad sí sintió piedad por él. Como muchacho que era también había pasado por lo mismo, pero Kagura, insensible y sedienta de venganza contra su descolorido dolor de cabeza, no tardó en estallar en carcajadas. Hakudōshi enrojeció del coraje.

—¡Ya cállate, Kagura! —Enrojeció aún más cuando un nuevo gallo se le escapó entre las palabras. Aquello sólo sirvió para hacer reír aún más a la demonio de los vientos, quien prácticamente estaba a un paso de tirarse en el suelo de la risa.

Intentó seguir gritándole y ordenándole que se callara, pero ella seguía la mar de feliz, muerta de la risa. Fue así hasta que Naraku, de mala gana, le dio un zape en la cabeza. Kagura no recibió el golpe nada bien y mientras se sobaba la cabeza entró en una breve disputa con su creador, cosa que Hakudōshi, esta vez, frenó en seco cuando los increpó.

—¡Ya dejen de discutir y díganme qué rayos me está pasando! —Logró que los adultos se callaran y lo miraran de mala gana. Hacía mucho calor, y lo primero que se le vino a la mente al albino fue una idea de lo más extraña—. ¿Acaso me estoy derritiendo?

Ahí la mujer hizo amago de querer romperse de risa otra vez, pero Naraku la frenó dándole un fuerte pellizco en el brazo. Con una mirada significativa le dijo a Kagura que podían sacar provecho de aquel evento para lograr que Hakudōshi dejara de joderles la vida con sus tonterías de adolescente frustrado. A pesar del pellizco, la muchacha aceptó en silencio.

—Parece que eso es… ¿acaso no se lo explicaste, Kagura? —comenzó Naraku, aunque la pregunta tomó a la aludida por sorpresa, sin contar que todo aquello le parecía demasiado teatral y falso.

—¿Qué? Yo sólo le expliqué lo básico, y mira lo mal que me fue —contestó enfadada—. No me corresponde a mí extenderme más de lo debido.

—¿No pudiste ser un poco más especifica? —alegó su creador, mirándola de reojo con dureza. Había cruzado los brazos—. Ni para explicar algo tan sencillo resultas útil.

—Mira que si tan sencillo es, ve y explícaselo tú —Kohaku y Hakudōshi intercambiaban miradas de uno a otro; parecía como si de pronto se hubiesen olvidado del albino en cuestión y su drama de creer que se estaba derritiendo con el calor igual que una vela de cera blanca—. Ya va siendo hora de que te ocupes de tus hijos y tengan sus charlas de hombre a hombre. Yo soy una mujer, yo no pinto nada en ese asunto.

Hakudōshi estuvo a punto de alegar algo, pero enseguida se calló. Bueno, al menos, Kagura se había referido a él como un hombre.

—Ya va siendo hora de que cierres esa enorme bocota que tienes —masculló Naraku, utilizando su mejor tono de amenaza. Sólo así logró amedrentar un poco las continuas insolencias y puyas de su extensión, y sólo hasta unos segundos después, silenciosos, la muchacha se animó a agregar algo, no sin antes echarle una mirada de reojo a Kohaku.

¡Claro! El muchachito seguramente ya era lo suficientemente mayor como para entender por lo que recientemente Hakudōshi había experimentado. Si Naraku no estaba dispuesto a hablar del tema (a pesar de haberle contado sus aventuras de tentáculos con lujo de detalles a Hakudōshi) y ella mucho menos estaba dispuesta a tocar el tema, entre ambos siempre podían elegir otra víctima.

Bueno, eran los villanos, ¿qué se podía esperar?

—¿Qué edad tienes, Kohaku? —inquirió Kagura, mirándolo severa. El muchacho al instante pareció encogerse en su sitio. Frunció ligeramente el ceño, confuso, y algo le gritó que saliera corriendo de allí. Por desgracia sus piernas no respondieron.

Naraku comprendió rápidamente lo que Kagura estaba tratando de hacer. Le pareció una buena jugada, aunque corrían el riesgo de que Hakudōshi se consiguiera un aliado de correrías adolescentes, aunque lo dudaba. Kohaku era más del tipo de chico tímido, y seguramente a él mismo le costaría hablar de ello o le explicaría a medias, aunque ese no era su problema.

—Responde la pregunta —ordenó Naraku con dureza, plantando también sus rojizos ojos en el muchacho pecoso. Este miró tanto a la demonio como al híbrido con un aire de temor bailando en sus enormes ojos marrones, y también había cierto tono de suplica en ellos. No era un chico expresivo desde que fuera resucitado, pero ya comenzaba a darse cuenta del por qué de pronto tanto interés en él.

—Tre… trece años, señor Naraku —contestó casi en un susurro. Hakudōshi alzó una ceja. De pronto se sintió ignorado, y aún tenía esa desagradable incomodidad entre las piernas (además de que no se atrevía a mirar a ningún otro lado; le resultaba incómodo cruzarse de miradas cada dos por tres con Kanna).

—Me parece que es lo suficientemente mayor —le susurró Kagura a Naraku, quien asintió, pensativo. Luego posó la mirada en el chico.

—Bien. Kohaku —El muchacho encrespó los hombros. Presentía que aquella sería una de las órdenes más incómodas que tendría que cumplir—. Encárgate de explicarle a Hakudōshi el por qué parece que meó los pantalones.

—¡En mi vida he mojado la cama, par de ridículos! —argumentó el aludido completamente indignado, aunque nadie le prestó atención. Además, aquello era una vil mentira. Al final de cuentas había sido un bebé, parte de Akago, y sí, el bebé podía hablar y leer corazones y mentes, pero igualmente se meaba y cagaba encima. Tanto Hakudōshi –como Kagura y Kanna- habían lidiado con aquella certeza.

—¿Qu… qué? —Kohaku sintió que se lo llevaba el mismísimo Diablo. ¿Y qué se supone que tenía que hacer? ¿Hacer de hermano mayor? De por si Hakudōshi no le caía del todo bien por su crueldad, se llevaba mucho mejor con Kagura, quien solía actuar con él más como una hermana mayor; le recordaba muchísimo a Sango, a su manera, aunque esta vez se sintió más traicionado que nunca por la demonio del viento. Sin contar que sintió que Naraku estaba siendo más injusto con él que nunca. ¡No era a él a quien le correspondía hablar de eso con el niño! Se supone que fuera su padre. Ni siquiera su propio padre le había explicado sobre eso, todo lo que sabía era gracias a los comentarios de otros chicos de su edad, muchachos de su desaparecida aldea.

Pero sin duda alguna era una charla de hombre a hombre, de padre a hijo. Él no pintaba nada ahí, pero no tuvo las fuerzas de protestar ni llevarle la contraria a Naraku (tal vez dentro de unos días le reclamaría a Kagura por dejarlo morir solo, aunque seguramente a una mujer le resultaba aún más vergonzoso y difícil hablar de eso). De todas formas, aunque hubiese querido, se quedó con la palabra y los argumentos atragantados en la garganta.

Vio a Naraku y Kagura alejarse muy quitados de la pena a otra esquina del recinto, dejándole todo el asunto a él. Parecían seguir discutiendo de algo; se susurraban cosas y sus caras eran amargas, pero no les prestaron más atención, y para cuando desvió la vista Hakudōshi ya lo miraba con la misma dureza que su creado, directamente y sin escrúpulos, como exigiéndole una explicación y él fuese el culpable de todo lo malo que sucedía con el mundo.

—¿Y bien? ¿Qué demonios es esto? —espetó, apuntándose la entrepierna, ahora más furioso que confundido.

Kohaku resopló, resignado, y se limitó a pedirle que hablaran fuera del templo, que era un tema delicado y que seguramente no deseaba que los mayores, o Kanna, escucharan algo de eso. Fue ahí donde Hakudōshi se preguntó si realmente era algo tan grave… o tan vergonzoso.

—Verás… lo que te sucedió… —Kohaku se había llevado al albino con él a los pasillos exteriores del templo. Una brisa fresca y matutina mecía los cabellos de ambos, y el mayor de los chicos tenía un ligero sonrojo en las mejillas de piel bronceada—. Es normal. Creo.

—¿Es normal? —masculló Hakudoshi, incrédulo—. ¡Pero es como si me hubiese meado encima! Sólo que creo que no es orina…

—Sí, sí, lo sé… —Kohaku estaba deseando poder salir corriendo de ahí. No podía negarlo. No tuvo mucho tiempo para experimentar gran cosa, y la poca información que tenía relacionada al desarrollo de un niño hacia hombre era poca, de boca de otros chicos mayores de su aldea o de su edad que habían experimentado ya eso, así como él, un año antes de morir.

—¿Entonces? —insistió Hakudoshi. El sonrojo en las mejillas del mayor se intensificó un poco más. Realmente jamás se imaginó terminar hablando de eso con una de las extensiones de Naraku; además, le parecía demasiado joven para ello, pero no se iba a poner a filosofar sobre el raro desarrollo de las creaciones de Naraku. Hasta hace no mucho tiempo Hakudōshi era un bebé, parte de Akago, así que, en sí, no podía haber nada de normal en él o sus hermanos. Ni siquiera en Kagura, que eran quien mejor le caía.

—Bueno, mira… —balbuceó un poco. No lograba encontrar las palabras precisas para aquello, y su timidez estaba tirando por la borda todo su control—. Lo que tuviste fue como una… expulsión.

—¿Expulsión?

Hakudōshi arrugo el entrecejo.

—Sí, una expulsión de tu… tú me entiendes —susurró el muchacho, apuntando a la entrepierna del chico, aunque procurando no mirar directamente.

El albino hizo memoria y recordó el relato de Naraku sobre Kagura y los tentáculos (esos malditos tentáculos). Para el final del relato él ya estaba sufriendo de arcadas, pero si aclaraba un poco la mente y lo miraba con la más fría objetividad más allá del asco de imaginar a sus mayores haciendo manualidades, recordó que Naraku había mencionado algo de una "explosión" blanca que había obligado a Kagura a tragar luego de haberla hecho tragar más de una cosa durante aquel insidioso cuento.

—¿Y de qué es esa expulsión? —insistió el albino, alzando una ceja. Kohaku quiso poder cachetearlo en ese momento. ¿En serio Naraku no les explicaba nada de nada a sus extensiones? ¡Era el tipo no sólo más malo que conocía, sino el más irresponsable! Hasta pensó que ni siquiera debería tener el derecho –o la habilidad, pues- de reproducirse. ¡¿Alguien podía, por favor, pensar en los niños?!

—Es… es una… —balbuceó el muchacho. El albino ya comenzaba a impacientarse y lo notó. Procuró darse un poco más de prisa—. Es algo, una sustancia blanca que sale cuando tu amigo se endereza. Sale luego de un rato cuando... cuando… sientes placer.

—¿Pero por qué? Yo no noté que me pasara eso.

—Lo que sucede es que la primera vez que pasa, es cuando estás dormido —agregó Kohaku. No había dejado de lado su sonrojo, pero tomó un poco de aire antes de agregar—. A mí me sucedió lo mismo hace un tiempo.

Hakudōshi alzó ambas cejas lleno de sorpresa. Claro, por eso no lo había notado y al despertar estaba así. Se maldijo a sí mismo. De haberse cambiado de ropas antes de salir se habría ahorrado la maldita vergüenza (aunque seguiría pensando que se estaba derritiendo). Seguramente Kagura no lo olvidaría en una semana y seguiría burlándose de él, y dudaba mucho que esta vez Naraku hiciera algo al respecto; por alguna razón, parecía apoyarla.

—¿Y cómo fue?

Kohaku puso cara de mareo.

—La verdad no lo recuerdo, sólo desperté así como tú y había pasado. Si prestas atención, te darás cuenta de que es como una sustancia… blanca y viscosa. Por eso los pantalones los tienes así.

Hakudōshi bajó la mirada hacía sus ropas y le encontró bastante sentido. Por unos instantes hasta había pensado que el muchacho le estaba tratando de tomar el pelo.

—Pues suena asqueroso —masculló el albino caprichosamente, cruzando los brazos.

—Tu cuerpo, al llegar a determinada edad, tiene esa reacción, es con el fin de tener hijos cuando se… se deposita dentro del cuerpo de una chica.

—¡Ah, de eso sí creo tener una idea! —Se adelantó Hakudōshi, casi alegre. Parte de todo aquello le había quedado más que claro cuando habló con Naraku—. Pero yo no quiero hijos. Ya tenemos bastante con el insoportable de Akago.

—Para que tu… expulsión blanca se pueda convertir en un niño necesita… eso, eso de depositarlo en una mujer. Por otro lado, no sirve de nada, su aparición sólo dicta cuando un niño se convierte en un adulto en proceso —agregó Kohaku, y no pudo evitar asustarse cuando Hakudōshi abrió los ojos como platos y lo tomó por los hombros (aunque le quedara más alto). Lo zarandeó un par de veces, con violencia, y un brillo estremecedor apareció en sus orbes lilas.

—¡Un adulto! ¡¿Un hombre?!

Kohaku no recordaba haberlo mirado tan extrañamente feliz y esperanzado.

—Sí, un hombre. Es como una especie de parte aguas en la vida de todo hombre —atinó a decir cuando el albino dejó de zarandearlo—. Aunque… creo que aún eres muy pequeño para que te haya sucedido.

—¡Calla! ¡Ya no soy un niño! Tú mismo lo has dicho —alegó a los gritos, comenzando ya a sonreír de una manera que a Kohaku se le antojó tan maliciosa como narcisista. Era como estar viendo a un nuevo Hakudōshi; uno con la cara llena de granos y los malditos pantalones manchados, pero uno nuevo al final de cuentas.

—"Debe ser la actitud" —Pensó Kohaku con un rencor sordo, al tiempo que Hakudōshi se alejaba—. "Aunque sigue igual de enano… y sin un pelo en el pecho."

El albino no tardó en regresar al recinto del templo. Kanna mecía suavemente la cuna de Akago en una de las esquinas de la habitación, y tanto Kagura como Naraku seguían discutiendo frente a la figura cercenada de Buda.

—¡Ja! ¡En tu cara, perdedor!

La exclamación del niño soltada tan al azar, sin un destinatario preciso (aunque el tono daba la impresión de estárselo diciendo directamente a alguien) llamó la atención de todos los presentes. Kagura rodó los ojos cuando vio que seguía con las mismas ropas sucias y Naraku arqueó una ceja.

Que quedara claro de una vez que ella no iba a lavar esos malditos pantalones.

—¿Y a ti qué te pasa, engendro? —espetó Kagura, poniendo ambas manos en la cadera.

—¡Que esto…! —dijo, apuntándose descaradamente la entrepierna con orgullo—. Significa que ya soy un hombre. ¡Es mi expulsión blanca!

Los mayores casi se atragantan al escuchar aquello. El maldito albino puso un pie dentro de la sala y caminó directo a su habitación con una actitud de "soy fabuloso, así que quítense de mi camino, perras". Todos pudieron percibirlo, incluso su hermana albina, quien a lo mucho se limitó a cerrar los ojos unos instantes con algo parecido al pesar y la lástima.

Cuando Hakudōshi cerró la puerta de su habitación los mayores se observaron uno al otro fijamente por unos segundos. Estaban tensos y parecía que en cualquier momento iban a comenzar a arrancarse los ojos.

—Gran idea… ¡gran idea! —masculló Kagura con sarcasmo. Naraku resopló. Ahí iba otra vez con sus regaños de mujer casada. La cosa no mejoró cuando encima empezó a imitarlo con una voz grotesca y falsa—. "Vamos a hacerle creer que ya creció. Vamos a enseñarle que crecer duele. Vamos a joderlo y que nos deje de joder. ¡Sí, seguro funcionará!" Y encima yo voy ahí de tonta a hacerte caso.

—Cierra la boca, Kagura —amenazó Naraku. Y, efectivamente, ella lo hizo, no sin antes fulminarlo con la mirada y cruzarse de brazos—. No tengo idea de qué clase de estupideces le dijo Kohaku que ahora el muy idiota se cree que puto rey del mundo.

—¿Qué otra cosa? Le dijo la verdad.

—¿Y acaso yo tengo la culpa de eso? —espetó el híbrido—. Si alguien hubiese accedido a decirle de qué trataba y cambiarle un poco las cosas, ahora no tendríamos este problema.

—¿Ahora es mi culpa? —exclamó la mujer, enfadada e indignada en partes iguales—. Lo único que se te ocurrió hacerle fue sacarle granos y gallos. Magnifica mente malévola la que te cargas, eh.

—Estás empezando a incordiarme… —amenazó una vez más Naraku. Kagura farfulló algo por lo bajo.

—Acepta que debimos dejarlo pensando que se estaba derritiendo…


Si bien, tal y como le había explicado Kohaku, su expulsión blanca nocturna a causa de sus secretos sueños nocturnos con Kanna -ya muy creciditos los dos- indicaban que estaba en el umbral de la tan añorada adultez, Hakudōshi un par de días después se encontró con la sorpresa de que los granos en su cara no habían desaparecido, si acaso habían empeorado, junto a su maltrecha voz que en veces sonaba como una ardilla desquiciada. Las burlas de Kagura, cabe mencionar, eran constantes, y ya en tres ocasiones, casi por pura inercia, le había soltado a Naraku que le estaba arruinando la vida.

¡Ni siquiera sabía de dónde venían esas frases tan sensibleras! Esas cosas eran más propias de su hermana mayor, no de un hombre joven y sagaz como en el que él se estaba convirtiendo.

No conforme con eso, también notó que seguía igual de enano. Se dio cuenta de ello cuando le preguntó directamente a Kohaku y le ordenó decirle la verdad. El muchacho, temeroso y tímido, le dijo la verdad a riesgo de ganarse un castigo, y aunque Hakudōshi se vio tentado a estrangularlo cuando le dijo que seguía igual de bajito que siempre, tuvo que admitir que aquello era verdad. No había crecido ni un solo centímetro, y aún no tenía un solo pelo en el pecho. Seguía tan lampiño como un bebé.

Además, había tenido otro de esos sueños nocturnos. Si bien la primera vez se sintió como todo un hombre realizado (luego de la confusión y creer que se estaba derritiendo) ahora le resultaba tremendamente incómodo. Cada vez que veía a Kanna sentía que la muy mugrosa era capaz de leerle el pensamiento y que muy en el fondo, a pesar de su inexpresividad, se burlaba de él pensando que jamás podría tenerla ni hacerle aquellas cochinadas que había soñado con ella. ¡Pero ella se lo perdía!

Malditas mujeres. ¿Qué se supone que era aquello? ¿La maldita zona de hermanos?

Definitivamente había llevado la friendzone a otro nivel.

Eso de crecer y estar pasando por la etapa de proceso a convertirse en un adulto, sinceramente, ya lo estaba molestando y jodiendo la vida como jamás imaginó. Su voz era un asco, su piel era aún peor. La sentía grasienta y los granos enterrados le provocaban dolor cada vez que intentaba lavarse la cara tratando de aplacar el aceite natural que salía de sus poros igual que la carne de un conejo puesta a asar. Lo odiaba, lucía patético. ¡Lucía tan soso!

Se sentía tan mal y tan feo que ya ni siquiera tenía ganas de salir a perseguir a InuYasha, trollear a Kanna o ir a matar a algún ogro idiota y descarado para no aburrirse. Era como una especie de depresión que duraba unas horas, luego el ánimo volvía por otras cuantas horas, donde se sentía el rey del mundo, inalcanzable e invencible (era cuando trataba de hablarle a Kanna en otro plan) y luego volvía a caer como si de un puñetazo lo tirasen al infierno e incluso se comparaba con otros de una manera que ni él comprendía; que si Kohaku era más alto, que si Naraku tenía pelos en el pecho, que si era Akago quien estaba en los brazos de Kanna…

Su cabeza era un desastre incomprensible y tenía una extraña similitud con los cambios de humor que solía sufrir aquella sacerdotisa del futuro.

Al menos pudo encontrar solución a uno de sus tantos problemas, pensó mirándose distraídamente al espejo: había encontrado la solución a su problema de acné.

Había estado observando a Kagura últimamente, y se dio cuenta de que su hermana mayor solía utilizar trucos de maquillaje para esconder las ojeras cuando estaba desvelada. Así mismo también se dio cuenta que utilizaba otros polvos y pinturas diversas para resaltar el contorno de sus ojos o los labios, y cada vez que salía por la mañana de su habitación lucía renovada y hermosa.

Si a ella le funcionaba, ¿por qué no a él? Kagura no tenía acné, pero estaba seguro de que funcionaría. Por esa razón, y aunque la idea de usar maquillaje en un principio le pareció repulsiva y de raritos, se atrevió a entrar en los aposentos de su hermana mayor y adentrarse en los delicados y complejos artes del maquillaje.

Para cuando acordó se encontró experimentando con los diversos maquillajes que la demonio guardaba. Se observaba constantemente al espejo y se miraba desde todos los ángulos. Se había aplicado primero una gruesa capa de pintura clara sobre el rostro. Al tacto quedaba pegajosa y aceitosa, con el sólo toque de los dedos se arruinaba, y terminó sellándola poniéndose encima densas capaz de polvo ligeramente más oscura que el aceite debajo.

La ropa de su cuello quedó hecha un asco, llena de aceite y polvo. Los granos habían desaparecido de su rostro, por lo menos a simple vista y si no se le prestaba demasiada atención, pero el color de la pintura lo hacía parecer que llevaba una ridícula mascara cinco tonos más oscuros de lo que era su color natural de piel, que se acercaba por mucho al blanco inmaculado de la nieve.

Hakudōshi se masajeó, frustrado, el puente de la nariz (la yema del dedo le quedó ligeramente manchada). Claro, su hermana tenía la piel más oscura que él; no era albina, y dudaba mucho que Kanna utilizara maquillaje que pudiese robarle.

Se veía simplemente ridículo. Incluso se había terminado aplicando un poco de rubor para intentar distraer la atención de la horrorosa máscara ligeramente oscura que había quedado en su cara, además de que tuvo que delinearse las malditas cejas, que con tantos polvos y aceites había desaparecido, pero sólo logró parecer una máscara de teatro, o un travesti. Sus rasgos, todavía aniñados, tampoco ayudaban.

Parecía prostituta infantil.

—¡Engendro del mal! —Un chillido agudo y lleno de rabia lo hizo sobresaltarse frente al espejo y la mesita frente a la cual estaba sentado. Se encontró a Kagura en la entrada de la habitación, con el abanico fuertemente apretado en su puño derecho, las cejas juntas y las mejillas enrojecidas del coraje—. ¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!

La demonio se adentró en la habitación y se dirigió donde su hermano a grandes zancadas. Hakudōshi la miró con los ojos bien abiertos, estático en su sitio (aunque comenzaba a joderle que le estuviese gritando cada vez que abría la boca).

La muchacha lucía amenazadora con su abanico y su rostro de arpía… en cambio él lucía ridículo con su rostro de mujerzuela travesti y menor de edad.

—¿Tomaste mi maquillaje? —masculló indignada al ver el desastre que era su pequeño tocador. Si bien no era la persona más organizada del mundo, tampoco solía hacer barrabasadas como esas: todos sus polvos estaban machacados y regados por la superficie de madera, incluido el espejo. El aceite de base goteaba, con el envase volteado y el enorme pincel tirado en el piso, formando y camino deforme de pintura. El carbón para delinear sus cejas estaba hecho polvo al igual que los pinceles rosas para los ojos, y había un mensaje en su espejo hecho con la pintura roja de labios que decía "Hakudōshi estuvo aquí".

—Sólo intentaba hacer lo mismo que tú te haces en la cara, para ocultar el acné —espetó el albino con el mismo fastidio que mostraba su hermana—. Y funcionó, un poco, pero parezco prostituta. No deberías utilizar maquillaje de tan mala calidad, por eso pareces una barata —agregó, mirándose de manera bastante sospechosa las uñas.

Kagura tuvo que hacer uso de todo su autodominio para no saltarle encima y estrangularlo con sus manos hasta ver que se pusiera morado. ¡Era el puto colmo! ¡La había llamado mujerzuela! ¡Y encima se había atrevido a criticar su rutina de maquillaje! Ese maldito maquillaje era de la mejor calidad; lo había robado de las nobles que vivían en el antiguo palacio, vaya. Claro que era de buena calidad. Y ella era una maldita maestra para resaltar bellamente sus rasgos.

—¡Bastardo maldito! ¡¿Cómo te atreves…?! ¡Hiciste pedazos todo mi maquillaje!

—Oye, Kagura, te hice un favor —argumentó con cinismo—. Al natural te verás mejor. Como una vil campesina, sí, pero al menos no como una mujerzuela.

—¡Te voy a hacer pedazos…!

—¿Qué rayos sucede aquí?

La voz de Naraku atronó en el sitio como un rayo e hizo que ambos chicos se detuvieran; Kagura se quedó a mitad de su camino con las manos en el aire y los dedos encrespados, listos pata tomar el pequeño y blanco cuello de su hermano entre sus manos para matarlo, mientras, este se quedó observando a Naraku con los ojos abiertos como venado encandilado, aún con un pincel rojo entre los dedos.

—¡Tomó mi maquillaje! —acusó Kagura al instante, apuntando inquisitiva a su hermano, quien no tardó en defenderse, aunque Naraku pareció ignorarla.

—Sólo espero que todo esto tenga una explicación… y espero que sea una explicación masculina —agregó el híbrido, mirando con una ceja levantada y aire irónico la pinta de mujercita que tenía Hakudōshi.

—¡Yo sólo quería ocular los granos! —exclamó el aludido poniéndose de pie—. Yo le pedí prestado su maquillaje y no me lo quiso prestar, así que tuve que tomarlo a la fuerza.

—¡Tú jamás me pediste prestado nada! —masculló la chica volviéndose al niño.

—¿Me lo habrías prestado de habértelo pedido?

—Por supuesto que no, engendro.

—¡Ves lo que me orillas a hacer!

—¡Ya basta! —vociferó Naraku, y por unos instantes a Kagura le dio la impresión de ver a su amo rodeado por un aura negra, maligna y densa. Al final lo único que el atormentado híbrido atinó a hacer fue masajearse con fuerza las sienes y mirar a ambos con severidad. ¡Era el colmo tener a dos adolescentes en casa!

—Hakudōshi… —agregó el híbrido, atrayendo la atención del aludido. ¿Acaso su creador se pondría de su lado? Eso sinceramente lo sorprendía, se dijo el albino, tomando en cuenta que tenía la certeza de que Kagura era amante del hombre y aquello, por automático, le traía ciertos privilegios de los que las demás extensiones no gozaban (como el poder traicionarlo una y otra vez y no ser inmediatamente asesinado)—. Me da igual quién le quitó qué cosa a quién y esas tonterías, pero, Hakudōshi… eso de usar maquillaje no es nada masculino. Es más bien de raritos.

—¿Qué…?

El aludido alzó una ceja, confuso, todavía sin digerir las palabras.

—Pareces prostituta infantil —aseveró el hombre con un fingido gesto de sorpresa—. Pareces una niñita. ¿Acaso alguna vez me has visto maquillarme?

—¿Y qué son esas marcas azules que tienes en los parpados?

Naraku pareció descomponerse y, por unos instantes, un tic nervioso le apareció en el ojo izquierdo.

—He aclarado millones de veces que no es maquillaje: son marcas demoniacas, como las de cualquier ser con sangre de demonio.

—Ajá… sangre de demonio, eh —murmuró Hakudōshi con sorna, codeando ligeramente a Kagura, quien por unos instantes le siguió la broma con unas risillas quedas, aunque poco discretas.

—Y eso que no lo has visto haciéndose autorretratos con la cerilla de su propio oído —le susurró de vuelta la muchacha. El niño estuvo a punto de soltar la risotada de no haber sido por las órdenes y reclamos que soltó Naraku a diestra y siniestra, quien había escuchado a la perfección cada uno de los cuchicheos.

—Será mejor que cierres la boca, Kagura —amenazó Naraku, dedicándole una significativa mirada a su extensión, quien tragó saliva—. Tú y yo sabemos muy bien que conozco métodos bastante infalibles para hacerte callar. Y tú, Hakudōshi, será mejor que vayas y saques la basura.

Aquella órden tan inusual, tan fuera de lugar, provocó que el muchacho ladeara la cabeza, confuso.

—¿Sacar la… qué? ¿Basura? —exclamó, como si no lo comprendiese del todo—. ¿Por qué carajos sacaría yo la basura?

—Porque con la adultez no vienen sólo los cambios físicos —empezó Naraku, solemne y severo—, sino también las responsabilidades de la vida adulta, como sacar la basura, conseguir el pan, lavar tu propia ropa, tonterías de ese tipo.

—¡Pero…! —empezó el niño, pero Naraku lo interrumpió antes de que pudiese seguir.

—Y ya que insistes tanto con eso de ser un hombre, es hora de que también empieces a actuar como tal.

—¡Eso no es justo!

—Esa clase de frases no son propias de un hombre —Naraku se cruzó de brazos y alzó ambas cejas—. ¿Cuándo me has escuchado a mí decir eso?

—Todo el tiempo… —susurró Kagura, carraspeando un poco. Su creador la miró de reojo con un odio infinito.

—Como sea: sacarás la basura —prosiguió—, dejarás las cosas de Kagura en paz, y te quitarás esa ridícula máscara de pintarrajeados de la cara. No aceptaré eso en mi casa. No. De ninguna manera.

—¿Te da miedo que tu niñito dorado te salga rarito? —canturreó la mujer de los vientos con sorna, codeando ligeramente a su creador, quien siguió mirándola furioso, al tiempo que Hakudōshi trataba de buscar las palabras adecuadas para defenderse. ¡Que estuviera maquillado no significaba que tirase para el otro lado! ¡Si su primer sueño erótico había sido con Kanna!

—¿Así de rarita como tú? —argumentó el híbrido, sacándole una mueca de extrañeza indignada a la muchacha.

—¿De qué demonios hablas?

—¿Tengo que recordarte lo que hiciste la otra vez con la Princesa Abi para que al final se aliara conmigo? —contraatacó, sonriéndole con complicidad. Kagura frunció el ceño, sinceramente confundida.

—¿Qué diablos insinúas, degenerado? ¡Si esa mujer era insoportable!

No pareció escucharla. Mientras ella daba enérgicos argumentos con respecto a que jamás había tenido ninguna clase de relación con la tal Abi y que a lo mucho la había visto de lejos un par de veces (lo cual era la pura verdad), Naraku se volvió hacia Hakudōshi y lo miró de manera picara.

—Sí, muy insoportable, si sabes a lo que me refiero… —le dijo Naraku al albino, haciendo una señal obscena con las manos y utilizando los dedos como un par de tijeras juntándose y restregándose una contra otra por el medio. Hakudōshi entendió enseguida qué significaba; después de todo la misma Kagura le había explicado -vagamente- las cosas que las chicas resguardaban entre las piernas, y se imaginaba muy bien de qué diversas maneras las mujeres podían utilizar aquello con personas de su mismo género.

Aquello pareció gustarle, porque se sonrió con la misma picardía, al tiempo que aumentaban los gritos histéricos y furiosos de Kagura.

De una u otra forma, aunque lo apoyó en su bromita, de todas maneras tuvo que cumplir con las órdenes de Naraku. El mismo le sugirió que se diera prisa. No habían limpiado su nueva guarida desde que habían llegado.


Lo de ir a sacar la basura le dio muchísima lata. Jamás lo aceptaría, pero la sugerencia de Naraku había sido buena -aunque la órden le parecía de lo más injusta-. De no haber empezado temprano habría estado la mitad de la noche con esa mierda. Sí, porque tenía que juntar y sacar toda la mierda de todos. Lo peor de todo eran los pañales de Akago, que apestaban a los mil demonios (aunque al menos la responsabilidad de cuidar del bebé siempre recaía sobre Kagura o Kanna, aunque últimamente más en la niña).

Había que sacar papeles sucios, la basura y tierra que se juntaba en cada habitación y en el recinto, y lo peor vino cuando tuvo que vaciar la maldita letrina. Aquel cumulo espeso y oscuro de desperdicios apestaba peor que el veneno de Naraku (y sospechaba que gran culpa del desagradable olor era del mismo).

Todo fue y lo dejó entre los arboles del bosque que estaba a tan sólo unos pocos metros del templo. Kohaku le había dicho que había demonios primitivos y grotescos que muchas veces se alimentaban de la basura y las sobras de los humanos. Hakudōshi no quería pensar en el olor que despedirían esos monstruos cuando acudían al llamado de la naturaleza si era verdad que ellos mismos consumían los desperdicios naturales de otras personas.

Era como mierda reciclada de la mierda.

Si era bien sincero, eso de ser mayor era una puta porquería. Por mandato de Naraku ya no pudo exigirle a Kagura o a Kohaku que hicieran sus quehaceres por él. Ahora él tenía que encargarse de su propia ropa, de sus escasas posesiones y en ocasiones se tenía que encargar de todas las de la casa.

Era una mierda. Él había nacido para ser un guerrero y ganar aquella batalla en pos de la Perla de Shikon, no para andar de sirvienta (de pronto le pareció que sonaba terriblemente similar a las quejas comunes de Kagura. Ya sólo por eso hasta se sentía tan mayor como ella).

Para desquitarse un poco de toda aquella porquería que le había tocado, no paraba de desdeñar a todo el que cruzara mirada con él. Con Kanna estaba entre el proceso de conquista (que no daba frutos jamás) y siempre terminaba mirándola con desdén, susurrándole que claro que no podía hacerle caso, que aún era muy niña y muy tonta, que seguramente la niña que acompañaba a Sesshōmaru tenía más ingenio y que en cualquier momento iría tras ella, aunque aquello jamás despertaba los inexistentes celos de la albina, quien se limitaba a asentir.

A Akago ni se diga, no quería ni mirarlo (en parte para que no adivinase los sueños eróticos que involuntariamente tenía con Kanna). Ya estaba en su plan de "odio a los niños y los bebés" cosa que causaba las risas, también desdeñosas, de Kagura, quien terminaba argumentando que dijera eso cuando le salieran pelos en los huevos. Ahí Hakudōshi no podía meter las manos para defenderse, aún ni le salían pelos en el pecho, así que de los huevos ni hablar.

¡Ni siquiera el buen Kohaku se había salvado de aquellos absurdos desprecios! Hakudōshi lo miraba por encima del hombro, a pesar de que el muchacho le sacaba una cabeza, y se alejaba de él diciendo que era demasiado pequeño, tonto e ingenuo para alguien como él. Kohaku nunca se lo dijo, pero después de aquellos encuentros le dirigía una mirada de extrañeza a Kagura que ella siempre devolvía. En una ocasión, al quedarse solo con la demonio, le susurró "pero si soy mayor que él". La mujer de los vientos se limitó a darle unas comprensivas palmaditas en la espalda.

Las cosas siguieron así por una semana más. Todos los días, en ausencia de planes inmediatos por parte de Naraku, eran días de sacar la basura, lavar la ropa o encargarse de los quehaceres (porque hasta los villanos se bañan y son pocos a los cuales les gusta vivir en la inmundicia). Hakudōshi estaba que ya no podía ni con su alma; ni siquiera matar ogros o perseguir a InuYasha y su grupo era algo tan agotador como hacer de ama de casa. Ya hasta comenzaba a apreciar el gran esfuerzo que eso significaba.

Por fortuna, cuando creyeron que el niñato había aprendido la lección y le había quedado bien claro que el crecer duele, Naraku decidió revocarle la maldición del crecimiento. Quiso celebrar con Kagura, ahora que los recuerdos de sus viejas aventuras habían salido a flote gracias al albino y sus preguntas de cómo se hacen los bebés, pero ella se negó en rotundo, argumentando que sólo accedería si funcionaba, al final, todo aquel absurdo plan que habían creado entre los dos para que Hakudōshi dejara de joder (Kagura estaba muy segura de que no funcionaría, aunque Naraku ya se saboreaba la victoria sobre todos).

Al día siguiente el niño se despertó con el rostro limpio y liso como porcelana, como antes, y la voz ya no se le distorsionaba cada vez que alzaba el tono. Kagura realmente extrañó todas las risas gratuitas que aquello le proporcionaba.

Esa noche, cuando creyeron que todo había acabado y Kagura pensaba, fastidiada, que tendría que empezar a depilarse las piernas si es que Naraku reclamaba su victoria sobre la apuesta (porque tampoco se iba a presentar toda peluda, que era una dama), Hakudōshi, como cada vez que caía el sol, se fue a descansar, esperando que al día siguiente no le tocará hacer tantas tonterías domesticas. Se desvistió y se puso la ropa de dormir (que había tenido que lavar varias veces; a cada rato la manchaba con aquella expulsión blanca), pero se paró en seco durante el cambio de ropa al descubrir una cosa rara en su blanco y aún flacucho pecho.

El albino se miró el pecho desnudo, extrañado. Alzó una ceja, pasándose un dedo por encima del sitio que le había llamado la atención. Una especie de hilo rubio y ligeramente rizado sobresalía por encima de la piel, y cuando intentó quitárselo con los dedos, lo único que recibió a cambio fue un agudo dolor. El hilo se mantuvo en su sitio, y a los pocos segundos se dio cuenta de qué era.

—Oh, santa mierda… —murmuró en la soledad de su habitación, observando fijamente el vello rubio de su pecho—. ¡Ya tengo un pelo en el pecho! ¡Ahora sí soy un hombre!

Tanto Kagura y Naraku en sus respectivas habitaciones escucharon el grito de júbilo. Un gemido doloroso escapó de sus bocas, y es que a esas alturas ya hasta Kagura se había quedado con las ganas, pero lo peor de todo fue comprobar que aquella pesadilla estaba lejos de terminar y ahora tendrían que aguantar al idiota de Hakudōshi creyéndose un macho de pecho peludo.

FIN


¡Al fin este fanfic está terminado! Sé que tarde poco más de un año en actualizar, fue un descaro, pero no hace mucho entré en campaña para sacar mis fanfics del hiatus y este era uno de los que debía. Tenía previsto que en este último capítulo todo terminara, aunque no sé si me apresuré. Sinceramente hasta aquí di, y en cierta forma me siento ligeramente oxidada con esto de escribir u.u Encima de todo tenía el capítulo listo desde hace semanas y no me animaba a terminarlo por completo porque estas vacaciones me la he pasado sin poder descansar, mala de salud y apenas y escribí algo. Estoy decepcionada de mi misma (?)

En fin, de igual forma, espero les haya gustado y por lo menos este último capítulo les haya sacado una sonrisilla. Una disculpa de antemano si estuvo demasiado rápido, pero realmente creo que ya no di para más xD aunque hice mi mejor esfuerzo.

Bueno, no tengo más que aclarar. Sólo me queda agradecer a quienes me han dejado review y a quienes se tomaron el tiempo de leer. Después de tanto tiempo este pequeño fic está terminado, así que, ¡muchas gracias a todos!

[A favor de la Campaña "Con voz y voto", porque agregar a favoritos y no dejar un comentario, es como manosearme la teta y salir corriendo]

Me despido,

Agatha Romaniev.