En la mesa hay una jarra de sangría helada, el mantel es cosa fina... color crema y bordados dorados, cubiertos entre servilletas de tela y una lamparita dando aire íntimo en el centro, colgada desde el techo, cualquiera pensaría que flota porque el cordón se pierde entre la oscuridad del sitio.
Antonio había pasado todo el día hasta el cuello de papeleos por regularizar su status migratorio, sino se le iba a formar LA mora. Digamos, ¿a quién se le hubiera pasado por la cabeza que en Perú se cobra un dólar por el exceso de permanencia? Que no es más de ciento ochenta y tres días e improrrogable. A Antonio no, los vídeos en Youtube disfrutando de la comida limeña y las tonterías en parapente de esas cabecitas rubias y pupilas claras que poco sabían pronunciar el español no le avisaron...
Un taxi lo había dejado en el Callao, en un óvalo central. En esta oscuridad nocturna de las diez de la noche, le habían recomendado que mejor no se vaya allá, pero ¡el quería conocer a fondo lo que fue el puerto más famoso de América! No solo donde el avión los escupe desde tan lejanas tierras, al puerto, quiere conocer con sus propios ojos La Punta... y en la mañana, la isla.
Hay que ser realistas, estamos en el Perú en pleno dos mil catorce, hervidero de choros a bujía y a mano armada. Gracias a santo Toribio que no le robaron en pleno camino con lo distraído y risueño que es... Antonio camina igual, se la suda, le suda toda la polla, las casas preciosas son las que empiezan a robar su atención, ¿lo ven? esta ciudad es peligrosísima. Casas de dos pisos, con televisores grandotes prendidos tras las cortinas, carrazos de modelos y años actuales en perfecto estado estacionados fuera y una cámara de vigilancia que lo avisa el cartel amarillo en una esquina de la puerta, ''sonríe te estamos filmando '' a Antonio le da risa, jardines con bonitas flores, arbustos con matices de jazmines mezclados con esa brisa marina que oxida los postes donde se da a leer el nombre de las calles...
Sigue caminando, me gusta Perú es la típica frase para describir a Lima, hay más casas imponentes y él quiere sacar su cámara, tomar fotos y subirlas a Facebook, sus ojitos verdes escudriñando cada rincón. A unas cuantas cuadras hay tiendas, bares y tabernas iluminadas despidiendo canciones de salsa.
—Podría quedarme a dormir acá y todo tranquilo —susurra a la nada, cerrándose la casaca que trajo por si acaso en la mochila, sonriente, ya que los brazos estaban empezando a helarse.
El español vislumbra una calle estrecha, con algunos letreros coloridos y luminosos a discotecas, y profuuuuuuundaaaaaaaa.
Ve una peña. Así le llaman. Un rincón que destila música alegre.
En plena oscuridad avanza hasta meter la cabeza por la puerta y observar alrededor, luego... con más confianza, mete medio cuerpo.
El portón se cerró, y ya dentro, a Antonio le recorrió un escalofrío. Traga saliva, todo oscuro con sonido a cajones, guitarras… Afro. Canciones afroperuanas. Voces agudas y ritmo pegajoso, alegre.
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Miguel jadea y aprieta las piernas, sonrojado… bajo los bobos de la falda roja con puntos blancos, el uniforme típico de la danza, se levanta una… erección, ¿si Antonio hace un show porque es heterosexual? Ay. Igual le besa los labios y le mete la lengua y hace unos trucos en la boca que lo hacen sudar.
—Asu, que rico, nunca me habían besado así —traga saliva y Antonio respira agitado.
—No había tenido tanta hambre...
El peruano tira la cabeza hacia atrás con un suspiro y sonrojo inocente.
—Me vas a matar tú —risita— ¿Cuántos años tienes?
—¿Eso importa?
—Oh… no. Me importa un bledo mientras no seas un narco o algo así.
—Ah, claro. Podría meterte al negocio —acaricia sus hombros desnudos mientras le mira la boca, Miguel se estremece y lo vuelve a besar con muchas más ganas que antes y los ojos cerrados. Antonio trata de acomodarla mejor en su regazo, colando sus dedos por cada orilla de la tela del top, se le nota mayor.
—Falta más trago o más floro, aunque facilito me convences… —su voz, delicada y algo gruesa, rápida.
—Tengo euros, ¿eso vale más, no?
—Uy, con eso ahorita mismo voy de burrier —Antonio le besa el cuello, lame lentamente y Miguel ladea la cabeza para mostrarle más carne, hasta que llega a la garganta, le entierra los dedos en la nuca al español—. Es por la crisis, ¿no? ¿es por eso que has venido?
—Vale, eres muy curioso —se ríe antes de chupetearle bajo la barbilla, Miguel aprieta el estómago con un jadeo—. He venido a conocerte.
—¿Qué… No has venido por la especialidad de la casa? —pregunta suavemente en su oído, Antonio sonríe.
—¿Cuál es esa? —sensual
—¡Las bolitas de yuca con ají! —se aleja, muy entusiasta con mostrarle—. Las preparo yo mism... misma —carraspea con eso último porque el extranjero no sabe.
—Oh, ¿yuca? —no sabe ni lo qué es, pero intrigado.
Miguel asiente y se muerde el labio, levantándose de las piernas del ibero suavemente.
—Espérame, las caliento en el hornito y las traigo.
El otro con una sonrisa y algo caliente, asiente cediendo, tomando otro vaso de sangría. Menos helada que hace unos quince minutos. Miguelito va, arreglándose torpemente la falda y el cabello negro corriendo hacia la cocina, Antonio le manda un beso volado y Miguel lo agarra en el aire, llevándoselo al corazón.
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A Perú le encanta tomar jugo surtido de todas las frutas que le sobran, un sábado, después de toda la semana haber preparado de cada kilo en específico: naranjas, fresas, papaya, maracuyá, mango, sandia. Sentarse a la orilla de la cama con el ventilador a una distancia pronunciada y las piernas semi-abiertas, hace calor.
Guerras han pasado, cédulas, Santa Inquisición, formación de Virreinatos, protocolos pomposos con los Borbones y varios reyes de las Corona.
Ahora en esta época dicen que no hay nada interesante porque se respira tranquilidad con España. Sonríe y toma un sorbo más largo de jugo, los ojos verdes de España, ¡le hacía masajes, se acuerda! Cuando se enfermaban juntos y el maso menos sano era el ibero, le hacía en el pecho y la espalda con unas pomadas preparadas de la sierra con olor a eucaliptos.
—¿Te gusta? —con los dedos en su nuca, Perú estaba con toda la cara aplastada en el colchón, los ojos cerrados en éxtasis a pesar de las yagas en partes de su cuerpo faltantes de cicatrizar. España se relajaba igual.
—Sí, tendría que estar loquito para que no me guste, tus manos… Espaaaaañaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Y las criadas horrorizadas, porque después se oían sonidos muy… Er… íntimos o que daban la alusión que en el cuarto ocurría algo más. Perú se relame los labios, a España le hace gracia su vocesita.
—¿Me quieres mucho, mi amor? —quitándole tensión a sus costillas.
—¿Cómo no te voy a querer? Te soy fiel, eres mi papá, mi seguridad, mi todo.
El español se revuelve un segundo por el cargo de conciencia que le produce pensarlo en retrospectiva, pero sigue, han llegado a bastante a estas alturas del partido, sonríe... y le deja un besotón en la parte donde nace el cabello negro, prácticamente encima de Miguel, con los ojos cerrados, le abraza, Miguel se emociona.
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Una historia que escribí para Spain-Love04. Patri. Y bueno... hoy la vi por ahí entre mis documentos y la quise subir por acá. No es de mis favoritas pero sé que hay buen material para aprovechar de ellos.
Diclaimer: Tomas la responsabilidad por uno, Himaruya: España.
