***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
CAP.4
Holaaa!
Antes de comenzar quiero agradecer a todas las personas que se han tomado su tiempo para leer esta historia, especialmente a , Jenni, Nelida Treschi, KatyAmoreUchiha, Jill Filth , Ary Valentine, Cayendoenelolvido, mire2006, CMosser, nikostormrage 123, Cayendoenelolvido , Jill Filth, Kratos11, kassandra. R , KatyAmoreUchiha , guest (Even though I don't know your name, thanks for your comments and support), Heleon 101, mat321 , howleon. Gracias chicos por sus comentarios que me alientan a seguir escribiendo más locuras, y también a aquellos que se han leído sin dejar comentarios.. Muchas gracias.
También me gustaría agradecerle infinitamente a AdrianaSnapeHouse, mi Beta Reader... Gracias linda por todos tus consejos y por todas las observaciones que me hiciste, que dieron como resultado esta nueva entrega… Un gusto y un honor trabajar contigo :D.
Sin más preámbulo, los dejo con este nuevo capítulo que espero y sea de su agrado.
XOXO
Addie Redfield. ^^
De pie en el balcón de su lujoso apartamento, un hombre admiraba la espectacular vista que tenía de la ciudad de Chicago; las luces de los rascacielos brillaban como estrellas en cielo de asfalto, el aire fresco de la noche era como una suave caricia que despertaba sus sentidos. Cerró los ojos y por un momento, pensó que era ella quien tocaba la piel de su rostro. Las mismas fantasías se repetían en su mente una y otra vez. Quería volver a verla y escuchar su dulce voz. De pronto el sonido de unos pasos lo sacó de su ensoñación, irritado se volvió hacia uno de sus empleados y le dedicó una mirada cargada de furia.
—Fui al claro al decir que no quería ser molestado por nadie.
—Señor, solo vine a decirle que tenemos todo listo—dijo el empleado nervioso.
—Excelente —el hombre sonrió—. Diles a los demás que es todo por hoy, mañana nos espera un gran día.
—De acuerdo.
El empleado salió y el hombre volvió de nuevo su vista hacia el balcón; bebió de su copa de brandy y comenzó a tararear las notas de Music of the Night del Fantasma de la ópera. Por esta noche la ciudad dormiría tranquila pero, una vez que su plan sea puesto en marcha, la paz en Chicago solo sería cosa del recuerdo.
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Helena miraba a través de la ventana como la luz del sol comenzaba a iluminar el cielo de la mañana. Se sentía cansada y sin ánimo. Había pasado toda la noche en vela en la oscuridad de su habitación. Las palabras de Leon aún le dolían como una daga clavada en el pecho; no estaba de humor para ir a la estación y verlo a la cara, tal vez podría presentarse ahí y gritarle un par de cosas: entre ellas decirle de una vez que era el padre de Sam. Apoyó su frente contra el cristal y lanzó un suspiro de decepción, de pronto escuchó la dulce voz de su hija llamarla mamá. Se dirigió a la cama y se tumbó junto con ella.
—Hola, princesa —Helena la estrechó en sus brazos —. Parece que alguien se despertó muy temprano, ¿Tampoco tu pudiste dormir, cielo?
Samantha comenzó a balbucear algo incompresible mientras le mostraba a su madre su conejo de peluche rosa. El médico le dijo a Helena que la niña era muy inteligente para su corta edad; aprendía palabras muy rápido y era buena recordando a las personas.
—Sabes, anoche salí con papá.
—Papá —repitió la niña.
—Intenté contarle todo acerca de ti pero no quiso escucharme —dijo ella con amargura—. Piensa que mami sale con muchos hombres. Si supiera que después de él no he dormido con nadie más. Menudo idiota.
La niña se acurrucó contra ella y Helena la envolvió en sus brazos.
—Papá no es mala persona; es un buen hombre y vino a Chicago a luchar contra los malos como siempre lo hace.
—Mados —Samantha balbuceó.
—Parece que solo seremos tú y yo contra el mundo, pequeña —dijo Helena con voz quebrada—. Perdóname, debí buscar a Leon tan pronto supe que vendrías al mundo, es mi culpa que vayas a crecer sin tu padre.
Samantha abrazó a su madre por el cuello y apoyó su cabecita en su hombro. Parecía que la niña entendía lo que su madre sufría en ese momento. Helena sentía que el corazón se le encogía de dolor. Debía ser fuerte por ella, siempre estuvo consciente de tendría que cuidar sola de su hija, así que no era para tanto, pensó. Leon se marcharía en cuanto resolvieran el caso y se alejaría de ellas para siempre, así que solo tenía que dejar las cosas como estaban.
— ¿Interrumpo algo? —dijo Jane desde el quicio de la puerta—. ¿Están teniendo una conversación madre e hija?
—Ya terminamos —Helena dejó a Samantha sobre la cama y se limpió una lágrima que caía por su mejilla.
— ¿Sucede algo? —preguntó Jane preocupada al tiempo que se sentaba junto a Helena.
—Ayer salí con el padre de Sammy.
— ¿Le dijiste la verdad? —inquirió Jane asombrada.
— No, creo que no tomó muy bien la noticia de que me convertí en madre.
—Pero, es su hija, no lo entiendo.
—Yo tampoco —dijo Helena con voz triste—. Cuando estuve a punto de decirle todo sobre Sam, él salió del bar y no quiso escucharme.
— ¿Por qué?
Helena respiró hondo y dijo.
—Cree que mi hija es el producto de alguna aventura que tuve después de él.
— ¡Es ridículo! —dijo Jane furiosa—. ¿Qué le pasa a ese tipo?, ¿Acaso no te conoce?, ¿Qué más te dijo?
—Olvídalo —Helena miró a su hija jugar con el control remoto y la niña soltó una risita al momento que logró encender la televisión—. Creo que es mejor así Jane, puedo cuidar de mi hija yo sola.
—No es justo que tengas que lidiar con la crianza de tu hija sola; él debe hacerse responsable de Sammy también, tú sabes que la vida en Chicago es muy costosa, con tu sueldo y los diseños que hago apenas llegamos a final de mes, eso sin contar con la cuenta del hospital cada vez que Sam necesita ir al médico.
— Tal vez mi hija no irá a los mejores colegios ni tendrá la ropa más bonita, pero no le faltará el amor de su madre. Así tenga que trabajar dos turnos en la estación y soportar al imbécil de mi jefe, trataré de darle una buena vida a Samantha.
—Yo creo que al menos deberías obligarlo a que te escuche —dijo Jane en tono firme.
—No tiene caso —Helena bajó la mirada— Leon es agente del gobierno. Su trabajo es muy peligroso y demandante; tuvo que renunciar a su vida personal por jugar al héroe y salvar el mundo. Sé que es duro lo que voy a decir pero no tiene tiempo para ser el padre de Samantha, hay personas que necesitan más de él que su propia hija.
Helena se puso de pie y se abrazó a sí misma. Durante los últimos dos años guardó la esperanza de que Leon fuera parte de la vida de su hija, pero después de lo que sucedió la noche anterior; era mejor que siguiera sin saber de su existencia. Jane se acercó a su amiga y le pasó el brazo por los hombros en un gesto por reconfortarla.
—Sabes que eres mi mejor amiga Len. Tal vez Sammy no tenga un padre a su lado, pero tiene una mamá a prueba de todo y una tía un poco loca que la aman. Nos las arreglaremos con las cuentas, siempre lo hemos hecho, ¿no? —dijo Jane esbozando una sonrisa.
—Es verdad —dijo Helena apoyándose en el hombro de su amiga.
—Será mejor que me dé prisa con el desayuno. Quedé de verme con un cliente en una hora y estoy retrasada —Jane caminó hacia la puerta y justo antes de cruzar el umbral dijo. — Antes de que lo olvide, en cuanto vuelva voy a llevar a Sam al parque; la pobre pasa mucho tiempo sin salir y debe estar aburrida.
—Se supone que yo la llevaría, pero ahora con este nuevo caso, voy a tener suerte si logro encontrarla despierta por las noches —dijo Helena lamentándose por tener que trabajar como detective de tiempo completo. Algunas veces deseaba dedicarse a otra cosa que le permitiera pasar más tiempo libre con su hija.
—La próxima vez la llevas tú —dijo Jane lanzándole un cojín en la cara.
—Está bien, llámame cuando vuelvan a casa.
—De acuerdo mamá —Jane soltó una carcajada.
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— ¡Maldición! —gruñó Leon molesto al tiempo que guardaba las llaves de su auto en el bolsillo y se dirigía a su oficina en la estación de policía.
Caminó deprisa por el pasillo bajo la mirada atenta de todos los empleados que trabajaban en la estación; él odiaba ser el centro de atención y la comidilla de los chismes de pasillo. Llegó a la oficina y se sorprendió de ver a Sandra en su escritorio revisando expedientes; miró su reloj y vio que apenas eran las nueve de la mañana, entonces dijo: — ¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Llegué hace una hora —dijo Sandra sin levantar la mirada. Estaba demasiado concentrada revisando un informe—. Ya sabes, no quiero que Miss Simpatía vuelva a llamarme holgazana de nuevo.
Leon rió para sus adentros, al menos Helena lograba poner a raya a su insufrible compañera.
—Hablando de Helena, ¿Aún no ha llegado?
—Escuché que detuvieron a una pandilla de asaltantes en el centro, al parecer era un caso en el que ella estaba trabajando junto con Harding; los vi salir juntos cuando llegué a la estación.
Leon se dirigió hacia la máquina de café y se sirvió uno. Se preguntó si en realidad Helena fue a trabajar en su caso o sólo estaba evitándolo.
—La trataste peor que a una mujerzuela, ¿Qué esperabas?; ¿Qué te recibiera con una taza de café, dándote los buenos días como si nada?, ella tiene razón, eres un completo imbécil —pensó.
—Leon, hay algo que debo decirte— dijo Sandra en tono serio sacando a Leon de sus pensamientos.
— ¿Qué sucede?
—Anoche estuve investigando algunas cosas sobre Helena.
— ¿Por qué hiciste eso? —dijo Leon molesto—. Su pasado no es asunto tuyo.
— Solo quería saber con quién estamos trabajando— dijo Sandra en su defensa.
— ¿Y qué averiguaste? —Inquirió Leon. Esperaba que no encontrara los informes del incidente en Tall Oaks donde Helena fue forzada a romper la seguridad del presidente a cambio de la vida de su hermana; no quería que Sandra utilizara esa información para molestarla.
—Eso es lo más extraño del asunto —dijo Sandra intrigada al tiempo que le entregó a Leon un sobre marrón—. Su expediente está sellado; ni siquiera mi padre como comisionado de seguridad en la DSO tuvo acceso a él.
Leon esbozó una leve sonrisa y bebió de su taza de café. Así que después de todo la CIA se encargó del asunto y limpió el historial de Helena, fue por eso que no tuvo problema para conseguir trabajo en Chicago.
—Voy a decirle a mi padre que saque del caso a la detective Harper —Sandra esbozó una sonrisa ladina.
—Helena se queda en el caso —dijo Leon en tono gélido—. Tu padre me puso al frente y yo decido quien trabaja con nosotros, ¿Está claro?
—No entiendo porque la defiendes tanto —Sandra se puso de pie y se acercó a él en una actitud desafiante—. Ustedes dos tienen una historia, ¿cierto?
—Eso no te incumbe —gruñó Leon molesto.
—Somos compañeros y si vamos a trabajar juntos creo que no debe haber secretos entre nosotros— dijo Sandra sin quitarle la mirada de encima— ¿Una detective de policía con contactos en la CIA?, ¿Acaso creíste que no la investigaría?
Leon podía ser un agente con muchas virtudes, sin embargo; la paciencia no era una de ellas; era extraño que una persona lo hiciera perder los estribos, no obstante, Sandra tenía esa habilidad y no sólo con él sino con cualquiera que estuviera cerca de ella; en la agencia era normal escucharla discutir en la oficina de su padre o con algún otro empleado de la agencia.
—Me parece justo— dijo Leon de mala gana.
—Bien— Sandra esbozó una sonrisa burlona celebrando su pequeña victoria—. ¿Quién es Helena Harper?
—La conocí durante un evento del presidente hace unos años.
— ¿Interna de la casa blanca?
—Agente del Servicio Secreto —dijo Leon en tono serio—. Para ser exactos, fue escolta del presidente durante un tiempo.
A juzgar por su expresión, Leon se dio cuenta de que a Sandra no le gustó escuchar que Helena trabajó como agente del gobierno.
—Es muy joven para ser agente —dijo Sandra con veneno—. Ella tiene más o menos mi edad, no sabía que la CIA ahora recluta jovencitas dentro de sus filas.
— ¿Te molesta que se haya convertido en agente tan joven? —dijo Leon divertido. Estaba realmente disfrutando de molestar a Sandra—. Te recuerdo que yo también me volví agente siendo apenas un policía novato.
Sandra caminó de vuelta a su lugar de trabajo molesta e intentó disimular su enfado revisando la pantalla de su ordenador portátil.
—Tengo muchos informes que revisar aún, tú también deberías hacer lo mismo.
— ¿Por qué siempre tengo que trabajar con mandonas? —Leon se encaminó a su escritorio y con una sonrisa divertida en los labios, continuó con su trabajo.
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— Por la detective Harper —Drake levantó su taza de café como si se tratara de una copa de vino—. Es un honor trabajar con la mejor detective de la unidad y también con la policía más linda que he conocido.
—No es para tanto —dijo Helena apenada. Drake tenía la costumbre de llenarla de halagos cada vez que resolvían un caso—. Tan solo detuvimos una pandilla de asaltantes, cualquiera pudo haberlo hecho.
Todos los clientes miraban con curiosidad a la pareja que se encontraba sentada en una de las mesas del rincón de aquel modesto café. Helena bebió de su taza de café feliz de haber cerrado el caso del robo a la joyería Jeffrey's por parte de una de las pandillas más peligrosas de la ciudad. Ella había pensado en pedir algunos días libres después de terminar ese trabajo, quería pasar más tiempo con su hija; quizá salir de viaje y llevar a Sam a Disneyland, pero entonces recordó que el final de mes se acercaba y con ello una montaña de deudas por pagar.
— ¿Por qué esa cara? —inquirió Drake.
—No es nada —respondió Helena al tiempo que jugaba con una de las papas fritas de su plato.
—Vamos, sabes que puedes decirme lo que sea —Drake tomó su mano y le dedicó una cálida sonrisa.
—Estaba pensando en pedirle a Rogers unos días libres, tenía pensado llevar de viaje a Sam a Disneyland.
— ¿Y cuál es el problema?
—Rogers no va a darme esos días, además, estoy en un caso con los dos nuevos detectives.
— ¿Te refieres a Barbie y Ken?—dijo Drake en tono burlón.
— ¿No me digas que así los llaman en la estación? —Helena no pudo contener la risa.
—Así es —Drake sonrió—. Pero Rogers no es problema, eres su mejor detective, ¿Es algo más, verdad?
A Helena le avergonzaba un poco contarle a Drake de sus problemas de dinero.
—Tengo algunas deudas pendientes por pagar así que no creo tener dinero suficiente para llevar a mi hija de viaje —dijo Helena decepcionada—. En fin, creo que será en otra ocasión, Mickey Mouse tendrá que esperar.
—Si ese el problema, no te preocupes —dijo Drake en tono alegre—. Yo puedo darte el dinero para el viaje.
— ¿Cómo un préstamo? —preguntó Helena intrigada.
—No, más bien como un regalo.
—Espera, no puedo aceptarlo —Helena sacudió la cabeza y soltó la mano de Drake—. Agradezco el gesto pero…
Drake tomó a Helena por la barbilla y dijo.
—Eres mi mejor amiga y Sammy es mi sobrina favorita, sé que jamás aceptarás salir conmigo pero, al menos acepta el dinero del viaje como un regalo para tu hija.
—No lo sé, no creo que sea buena idea —Helena bajó la mirada.
—Vamos, será un regalo del tío Drake para Sam.
Helena tenía sus dudas, no quería darle falsas esperanzas a Drake; era un buen hombre y merecía a una mujer que en realidad lo amara, sin embargo; la idea de llevar de viaje a su hija no sonaba mal considerando que era sólo un regalo.
—Está bien —dijo Helena esbozando una sonrisa—. Pero con una condición.
— ¿Cuál?— preguntó Drake asombrado.
—En cuanto pueda, te pagaré cada centavo de ese dinero.
—Ya te dije Harper, es un regalo para Sam, ¿Por qué eres tan testaruda?— Drake suspiró decepcionado—. Está bien, haré los arreglos necesarios y en estos días te enviaré un cheque.
—De acuerdo— Helena dio un sorbo a su taza de café con una sonrisa en los labios.
De repente el móvil Drake comenzó a vibrar sobre la mesa, él lo tomó y respondió la llamada. Helena lo miró atenta mientras hablaba por teléfono, a juzgar por su mirada, supo que no se trataban de buenas noticias.
Drake cortó la llamada, puso el dinero de la cuenta sobre la mesa y dijo en tono serio.
—Tenemos que irnos.
— ¿Ocurre algo? —inquirió Helena al tiempo que tomaba su bolso y su abrigo.
—Tenías razón Harper: el culto atacó Chicago hace apenas unos minutos— dijo Drake en tono serio.
— ¿Dónde fue el ataque?
—En el parque de la calle Madison.
Helena sintió que la sangre se le helaba en las venas. El parque de la calle Madison se encontraba cerca del lugar donde Jane se encontraría con un cliente esa mañana. Recordó que su amiga llevaría a Samantha al parque volviendo de su cita, un escalofrío la recorrió y enseguida caminó hacia la salida dejando a Drake atrás.
— ¡Espera!, ¿A dónde vas? —inquirió Drake.
—Al parque Madison.
—El acceso está bloqueado —Drake detuvo a Helena por el brazo—. El lugar está asegurado, dudo que puedas llegar ahí.
—Tengo que hacerlo —Helena se soltó de golpe y buscó las llaves de su auto.
—Helena, dijeron que los federales se harán cargo.
—No lo entiendes, Jane dijo que llevaría a Sam al parque Madison — dijo Helena en tono desesperado.
—Llama a Jane, quizá todavía estén casa —dijo Drake en un intento de tranquilizarla.
Helena buscó su teléfono y marcó el número de Jane; con cada intento de llamada, su esperanza de que aún siguieran en casa se iba esfumando. No tenía idea de lo que realmente sucedió en el parque. El Culto solía hacer estallar paquetes bomba en lugares públicos y enviar una carta después de cada ataque. Entonces recordó que unas semanas atrás, ese grupo criminal robó unas muestras del virus C. De pronto la imagen de su hermana Deborah sentada frente a ella y suplicando por su vida vino a su memoria; aquella terrible pesadilla en la cual era su hija quien pedía su ayuda estaba a punto de volverse realidad.
—Lo siento Drake, pero tengo que encontrarlas.
—Al menos deja que vaya contigo —Drake acomodó su arma en su sobaquera de cuero.
—Mejor ve a la estación a avisa a Leon sobre el ataque.
— ¿Estas segura de que no quieres que te acompañe?
—Estoy segura —Helena logró encontrar sus llaves y se dirigió rápidamente a su auto.
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Leon miraba el reloj que colgaba en la pared con expresión de fastidio. Ya era casi mediodía y Helena no se había presentado aún en la estación. Mientras intentaba revisar otro informe en la pantalla de su ordenador, volvió a preguntarse si ella realmente lo estaba evitando. Durante toda la mañana, estuvo pensando en una forma de disculparse por lo de la noche anterior; se dejó llevar por su orgullo herido y dijo cosas sin pensar, logrando herir a su antigua compañera.
Él no era de los que se dejaban atrapar por los encantos femeninos. Después de años de soportar los juegos de Ada, se había prometido a sí mismo que jamás dejaría que una mujer volviera a controlar su vida, entonces… ¿por qué le dolió tanto enterarse que Helena se había convertido en madre? Ella era muy atractiva y tenía una gran personalidad, así que era normal que continuara con su vida y que saliera con alguien más. Después de su encuentro en Atlanta, Leon intentó salir con algunas mujeres, sin embargo, nunca sintió la conexión que tuvo con aquella chica de cabello castaño que le propuso pasar la noche juntos en aquel viejo hotel bajo la nieve.
El ruido de la puerta logró sacarlo de sus pensamientos, de inmediato se acomodó en su silla y volvió a mirar la pantalla fingiendo interés en el trabajo. Levantó la mirada esperando encontrarse con Helena, pero no fue a ella a quien vio entrar a la oficina, sino a Drake que se notaba nervioso y visiblemente alterado.
— ¿Qué te trae por aquí? —preguntó Leon reclinándose en la silla—. ¿Helena viene contigo?, debió llegar aquí hace horas.
— De hecho fue ella quien me envío a buscarte —respondió Drake ligeramente irritado. El joven detective reaccionó de mala manera ante el tono arrogante de Leon—. El Culto atacó el parque Madison hace unos minutos.
— ¿Qué estás diciendo? —dijo Leon asombrado. Mientras él pasaba su tiempo trabajando en una montaña de informes, ese grupo de criminales hacía de la suyas en las calles de la ciudad.
—Yo también estoy tan sorprendido como tú. Voy a informarle a Rogers sobre lo ocurrido —Drake esbozó una sonrisa burlona—. No puedo esperar a ver la cara del capitán cuando se entere. Espero que con eso deje de tratar tan mal a Helena y tome en serio el trabajo que ella hace en la estación.
Sandra de acercó a Leon y dijo: — ¿Por qué demonios Helena se fue sin nosotros? ¿Acaso piensa llevarse todo el crédito? Te lo dije Kennedy; debimos sacarla del caso mientras pudimos. Ahora va arruinar toda la investigación.
Leon apretó los puños molesto. Tenía mejores cosas que hacer que escuchar los comentarios malintencionados de su compañera. Debía informar a Hunnigan acerca del incidente y pedirle su apoyo en el caso. Sandra sin duda no sería de mucha ayuda y como siempre, él haría todo el trabajo. Debía darse prisa, quizá con un poco de suerte y encontraría evidencia que lo llevara con ese grupo de locos. Tomó el arma que guardaba en su cajón así como su móvil y caminó hacia puerta.
— Harding, ¿vienes conmigo? —dijo Leon en tono serio.
— ¿Y qué hay de mí? —preguntó Sandra sorprendida de que su compañero la cambiara por Drake.
— Te agradezco pero creo que deberías ir con ella.
— Entiendo, veré si puedo encontrarme con Helena.
— No creo que sea buena idea —dijo Drake—. Ella fue ahí por un asunto personal.
— ¿Personal? —inquirió Leon intrigado
— Helena fue al parque Madison a buscar a su hija.
Leon tensó la mandíbula. Helena otra vez era víctima de otra tragedia y de nuevo la vida de un miembro de su familia estaba en peligro. Recordó la misión en China y su promesa de ayudarla a vengar la muerte de su hermana. Después de ese terrible incidente, se dijo a si mismo que siempre cuidaría de aquella agente que tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno, sin embargo; jamás lo hizo, cada quien siguió su camino y dejaron de verse por mucho tiempo.
—"Helena debe estar desesperada buscando a su hija, ¿Por qué no le ayudas a encontrarla? ¿O es que acaso no quieres encontrarte con el padre de esa niña?"
Leon se maldijo por pensar algo así. No era el momento para que su orgullo volviera a nublar su juicio, su antigua compañera necesitaba su ayuda. Afuera había una niña perdida en medio del caos. El sólo pensar en una pequeña llorando por su madre, confundida y rodeada de extraños hizo que se le encogiera el estómago. Se volvió hacia Sandra y dijo.
— Ve con Harding al parque Madison y busquen alguna pista que nos ayude a encontrar a algún miembro del Culto.
— Espera, ¿Por qué tengo que ir con Harding?, él ni siquiera está en el caso —dijo Sandra furiosa—. ¿Y tú que vas a hacer mientras tanto?
—Tengo un asunto pendiente que atender —dijo Leon en tono gélido. Sandra podía arreglárselas sola. Ya era hora de que la niña de papá de la DSO hiciera algo útil.
— Vamos. —Harding caminó a la puerta y Sandra lo siguió con cara de pocos amigos.
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El parque Madison era uno de los tantos espacios de esparcimiento al aire libre que Chicago ofrecía a sus habitantes. Ubicado cerca de uno de los distritos comerciales más importantes del centro de la ciudad, era el lugar ideal para que chicos y grandes pasaran un rato agradable. Había una multitud de medios de comunicación así como un centenar de policías desplegados por la zona. Leon se acercó a lo que alguna vez fue el área de juegos y tomó uno de los juguetes que estaban sobre el piso cubierto de sangre.
— ¿Qué clase de loco atacaría un lugar como este? —murmuró Leon furioso.
Según el informe preliminar de la policía; un hombre misterioso se acercó a la parte central del parque cerca de las once treinta de la mañana, se sentó en una de las bancas frente al arenero donde un grupo de niños jugaba. Después de media hora, el desconocido se puso de pie dejando una bolsa de papel sobre el suelo; algunos testigos aseguraron que se escuchó un estallido parecido al de un petardo. Ninguno de los que estaba en el lugar le dio mucha importancia, sin embargo, una pequeña nube de gas se esparció por el área causando que los que estaban presentes comenzaran a sentir los síntomas de una extraña enfermedad.
Leon se puso de pie y miró a su alrededor; familiares de las víctimas trataban de abrirse paso para buscar sus seres queridos, otros más lloraban frente a los oficiales de policía esperando alguna información. El ambiente era desolador, tal vez no era tan trágico como lo fue en Raccon City pero sin duda, el ataque logró conmocionar a toda la comunidad. Trató de buscar con la mirada a su ex compañera entre la multitud, sin embargo, no había señales de ella por ninguna parte. Sin perder más tiempo, salió del parque, subió a su auto y tomó el camino hacia el hospital St. Jude que estaba una cuantas calles de ahí. No dejaría que Helena enfrentara toda sola toda esa terrible situación, aunque quizá él fuera la persona que menos quisiera ver en ese momento.
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Un grupo de policías custodiaba las puertas del hospital St. Jude. La prensa permanecía a las afueras del moderno edificio esperando a que algún empleado del lugar diera información acerca del estado de las víctimas. A lo lejos Leon pensaba en una forma de burlar la seguridad y entrar sin causar un alboroto. Podía utilizar sus credenciales de la DSO y entrar sin problema, sin embargo, los reporteros podían darse cuenta de su presencia y eso alertaría a cualquier miembro del El Culto acerca de la presencia de federales en el lugar.
Leon rodeó uno de los jardines y encontró un acceso libre por el cuarto de lavandería. Caminó sigilosamente hasta llegar a la puerta que se encontraba a un costado de la construcción de nueve pisos. Aprovechó el descuido de una empleada que fumaba un cigarrillo apoyada en la pared y entró al edificio.
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Sentada en una de las sillas de la sala de pediatría y sosteniendo un pequeño conejo de peluche rosa, Helena esperaba a que el médico terminara de examinar a Samantha. Tomó su mano izquierda y se dio un ligero masaje; la sensación de dolor era cada vez más leve. Sonrió al recordar el golpe que le propinó al guardia cuando este quiso negarle la entrada al hospital, quizá el hombre levantaría algún cargo por agresión; pero dadas las circunstancias, eso era lo que menos importaba. Quería estar cerca de su hija y sacaría su arma de ser necesario con tal de que no la alejaran de ella.
El doctor cruzó el pasillo y Helena de inmediato se puso pie.
—Así que usted fue la mujer que golpeó al empleado de seguridad —el doctor le dedicó una sonrisa amable—. En mis veinte años como médico jamás escuché que una madre entrara de tal forma a un hospital.
— Lo siento, no quería causar problemas —dijo Helena apenada.
— No lo sienta, es normal que quiera estar junto a su hija. Aunque sería bueno que se pasara por el área de emergencias y se disculpara con ese pobre hombre; escuché que estuvo a punto de sufrir una fractura en la mandíbula y estará fuera al menos un par de semanas.
Helena se encogió de hombros. No le gustaba que la gente tuviera una mala imagen de ella, sin embargo, algunas veces no podía controlar su temperamento.
—¿Cómo se encuentra mi hija? —preguntó Helena impaciente.
— Aún no sabemos con certeza si desarrollará o no la enfermedad. En algunos pacientes el virus se manifestó al primer contacto, tal y como sucedió en el parque. Otros están presentando síntomas hasta una hora después. Ordené que le hicieran algunos estudios a la niña para estar más seguro de que está sana.
— ¿Cuánto tiempo tomará saber los resultados de esos estudios? —inquirió Helena en tono preocupado.
— No más de una hora.
— ¿Puedo verla?
— No es conveniente aún, lo siento. —dijo el médico ligeramente apenado.
— Está bien, esperaré aquí —Helena se sentó de nuevo en su lugar y ahogó un suspiro de decepción.
— De acuerdo, y por favor, trate de no golpear de nuevo a alguien —dijo el médico intentando animar a Helena y esta esbozó una sonrisa forzada.
El médico abandonó la sala de espera y Helena se llevó las manos al rostro en un intento por contener el llanto. Parecía que su destino era perder a las personas que más amaba: primero su hermana murió a manos de Simmons y ahora su hija era víctima de un grupo de dementes.
—"No puedo perder a mi hija, no a ella" —pensó al tiempo que una lágrima caía por su mejilla.
Se limpió los ojos con el dorso de la mano y tomó de nuevo el conejo de peluche. Deseaba que todo se tratara de un mal sueño y que al despertar, encontrara a su hija junto a ella con una sonrisa en los labios como cada mañana. El ruido de unos pasos la sacó de sus pensamientos. Por un momento pensó que se trataba de algún empleado del hospital, sin embargo, por el aroma de su colonia supo que se trataba de su antiguo compañero.
Levantó la vista y se encontró con Leon de pie justo frente a ella.
— Dijeron que nadie podía entrar a esta área —dijo Helena en tono ácido. No quería que Leon sintiera lástima por ella.
— Lo sé —replicó él—. Al menos no tuve que golpear a un guardia para entrar.
— Y no me arrepiento de ello, por mi hija haría cualquier cosa.
— No lo dudo —A Leon no le extrañó en lo absoluto la reacción de Helena ante la negativa del guardia. Después de todo, una madre es capaz de hacer cualquier cosa por un hijo—. ¿Cómo está ella?
— Dijo el médico que debo esperar para saber si no está infectada —dijo Helena con amargura—. ¿Por qué ella? No debí dejar que saliera con Jane, todo esto es mi culpa.
Helena rompió en llanto. Leon la tomó del brazo obligándola a levantarse de su lugar y la envolvió en un abrazo. Ella estuvo a punto de alejarse; no quería su compasión, no obstante, se dejó abrazar por su calor y se aferró a su pecho como si su vida dependiera de ello. Se rindió ante la necesidad de sentirse reconfortada. Hacía mucho tiempo que nadie la consolaba de esa forma; en el fondo se sintió agradecida de que él estuviera a su lado en aquel momento tan difícil.
— Todo estará bien —Leon susurró suavemente en su oído intentando tranquilizarla—. No sabías que algo malo sucedería el día de hoy. Ella tiene suerte de tenerte como su madre, así que deja de castigarte.
Cuando Leon le ofreció un pañuelo, se secó los ojos y se limpió la nariz. Le gustaba sentir el contacto de su cuerpo alto y musculoso. Se alejó suavemente de él y entonces dijo: — Gracias.
— De nada —Leon le dedicó una sonrisa—. Por un instante creí que me echarías de tu lado.
—"No podría hacerlo, eres el padre de Sam. Ella te necesita… y yo también" —pensó Helena.
— Jamás lo haría —Helena admitió.
— ¿Aunque me haya portado como un cretino contigo anoche? —Leon se encogió de hombros avergonzado—. Perdóname Helena.
— El que estés aquí en este momento vale más que una disculpa —dijo Helena con una sonrisa tímida.
Se miraron en silencio. La tensión que había entre ellos podía sentirse en el aire. Helena pensó que quizá era el momento de decirle la verdad acerca de su hija, ahora más que nunca debía saberlo. Respiró profundo y justo antes de hablar, el móvil de Leon sonó. Él se disculpó y se alejó por un momento para atender la llamada.
Helena se llevó la mano a la nuca y se dio un ligero masaje, esperando aliviar la tensión que sentía. Caminó lentamente por el pasillo hasta la puerta donde se encontraba la habitación de Samantha. Miró a su alrededor y al ver que nadie la observaba, intentó girar el pomo de la puerta para entrar, pero el doctor la sorprendió, se acercó a ella y dijo: —Ya tengo los resultados de los estudios y al parecer su hija está en perfecto estado.
— ¡Gracias al cielo! —Helena exclamó aliviada—. ¿Cuándo puedo llevarla a casa?
— Venga conmigo, necesito que firme algunos documentos para el alta y podrá llevársela enseguida.
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Leon guardó el móvil en su bolsillo de mala gana. Recibió la llamada de uno de sus superiores, diciéndole que tenía que viajar de última hora a Washington para informar de la situación en Chicago. A pesar de que era un viaje corto; no quería dejar a Helena sola. Por un momento pensó que la encontraría con el padre de su hija, sin embargo, este no apareció por ninguna parte.
Caminó por el pasillo preguntándose quién era el miserable que abandona y deja a una mujer embarazada a su suerte. Tal vez esa niña fue el resultado de un encuentro de una noche o una relación fallida; cualquiera que fuera el caso, Helena no merecía llevar toda la responsabilidad sola. Leon la buscó con la mirada pero no la vio por ninguna parte. Llegó hasta el lugar donde se supone que estaría ella esperando noticias de su hija. Notó que la puerta de una de las habitaciones estaba abierta. Se acercó y vio que el nombre que colgaba al frente era el de Samantha Harper.
Él sintió como el pulso se le aceleraba a medida que iba girando el pomo de la puerta. Sabía que no era buena idea entrar, sin embargo, tal vez esa sería la única oportunidad que tendría de conocer a la hija de Helena de cerca. Él entró a la habitación y lo primero que notó fueron los detalles infantiles que adornaban las paredes. Había un sillón de descanso de espalda a hacia ventana, una pequeña mesita de noche y junto a ella una cuna de metal.
Leon se acercó con cuidado de no despertar a la pequeña, no obstante, podía escucharla balbucear mientras hacía sonar una sonaja. Se detuvo frente a la cuna y fue entonces que la niña lo miró con aquellos ojos azules que conocía tan bien y que veía cada mañana en el espejo al despertar. De inmediato la bebé se puso de pie sosteniéndose de uno de los barrotes de metal y con una sonrisa en los labios dijo: — ¡Papá!
Dio un paso hacia atrás, sin poder aún dar crédito a lo veía: una niña con el cabello tan rubio como el suyo y aunque tenía la piel tan blanca como la de su madre, lo que más lo sorprendió fue el color de sus ojos y el gran parecido que él tenía con ella.
Pasó del asombro al enfado en cuestión de segundos. Estaba furioso con Helena por haberle ocultado a su propia hija; no entendía que pudo haberla llevado a tomar una decisión como esa.
Dio media vuelta y se encontró con Helena que lo miraba con una expresión tensa.
— ¿Es mi hija? —preguntó Leon sin rodeos.
Helena no respondió.
— ¡Responde!, Esa niña ¿Es mía?— espetó él furioso.
— ¡Baja la voz! —Dijo Helena en voz baja— Vas a asustar a Samantha. Vamos afuera a hablar.
Los dos salieron de la habitación. Leon vio por última vez a la niña antes de cruzar la puerta y está lo miraba atenta desde su cuna, como si supiera en realidad lo que estaba sucediendo entre él y su madre.
Se detuvieron al llegar al pasillo. Leon sentía como la furia bullía desde su interior, impidiéndole pensar con claridad. Tenía que cuidar sus palabras y no dejarse llevar de nuevo por sus emociones como sucedió la noche anterior. Se volvió hacia Helena y vio que sus ojos tenían un brillo de dolor.
— Y bien, entonces, Samantha es mi hija ¿Cierto? —preguntó él en tono serio.
— Si —Helena respondió con voz casi inaudible.
— ¿Por qué no me lo dijiste antes?
— Anoche intenté decírtelo. Pero no quisiste escucharme —dijo Helena en su defensa.
— ¿Y antes?, sabías donde encontrarme, no lo entiendo.
Helena tragó saliva con dificultad pero no contestó.
— ¿Qué pasa?, ¿Por qué no respondes?
Él comenzaba a perder la paciencia. Estaba muy exaltado y no quería que las cosas terminaran como sucedió en el bar.
— Me llamaron de la agencia y tengo que viajar a Washington a informar la situación del ataque. Solo serán un par de días. Cuando vuelva hablaremos con calma de todo esto, ¿De acuerdo?
— Está bien —asintió ella— Si de algo te sirve. No era mi intención ocultarte la verdad a propósito. Espero lo entiendas.
Leon se dio la vuelta y salió del hospital sin despedirse de ella. Sintió como si la verdad le hubiese dado un fuerte golpe en el estómago. Necesitaba poner en orden sus ideas y pensar con claridad. Recordó la primera palabra que dijo la niña al verlo y sintió una gran emoción en el pecho. Tenía una hija, una pequeña que lo llamó papá con tan solo mirarlo... De pronto toda la furia que sentía se desvaneció en el aire.
