***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***

Cap.6

Y nuestras heridas sangraran,

y todo estará bien.

Porque a pesar de la distancia,

no marcada por los copos de nieve cuando me entregué a ti una primera vez,

a pesar del tiempo que ya no dista en segundo, sino en momentos,

podemos regresar.

Podemos intentar ser la familia que soñé, la familia que sabes que necesitas.

La familia que te merece.

Y todo volverá a ser como en aquella habitación,

y se reducirá a los besos, a las buenas noches encerrados en la alcoba, a los sueños de habitación.

Podremos vernos en el futuro y en el pasado, compartiendo un mismo espacio,

no por impulso ni por desdicha, sino por amor.

Entonces, todo podría ser distinto.

Porque si estamos tú y yo, y aunque nieve…

Sabremos que en nuestras manos estará más de lo necesario para volver a sonreír.

AdrianaSnapeHouse


Seremos compañeros de nuevo… esta vez creo que será por mucho tiempo…

Helena miraba la fotografía de Samantha, pensativa, mientras recitaba en su mente las palabras que Leon le dijo la noche anterior en el balcón de su apartamento. Recordó la primera vez que en que aquel agente de la DSO, dispuesto a arriesgar su vida por ayudarla a vengar la muerte de su hermana le dijo que serían compañeros de batalla; sólo que esta vez no iban tras un hombre ambicioso, enfermo de poder, ahora estaban juntos de nuevo en la difícil misión de criar a su propia hija.

Dio un sorbo a su taza de café y suspiró antes de guardar el retrato de su hija en el cajón del escritorio. Se sentía confundida respecto a cómo debía tratar a Leon a partir de ahora; cuando él llegó a Chicago, creyó que sólo cumpliría su trabajo y se olvidaría de ella, tal y como sucedió en Atlanta aquella noche de invierno, sin embargo, con Sammy de por medio, las cosas tendrían que ser diferentes; ¿podrían llegar a ser buenos compañeros de crianza?, ¿sería capaz de hacer a un lado todo aquello que sentía por el hombre que ha amado en silencio durante los dos últimos años a cambio del bienestar de su hija?

Intentó hallar las respuestas a esas preguntas durante toda la noche, sin conseguirlo.

Sabes que es un buen hombre y sin duda será un excelente padre…. entonces, ¿a qué le temes? — se cuestionó a sí misma en silencio.

Helena encendió su ordenador portátil y abrió el informe de los testimonios que logró recopilar junto con Drake. Faltaba solamente entregar la última declaración de un testigo que presenció el ataque desde una tienda de ropa. Tecleó deprisa las notas de su compañero, en un intento por volver a la realidad; de nada serviría seguir atormentando su corazón con dudas que quizá con el tiempo serían aclaradas. La voz cantarina de la presentadora de noticias logró captar su atención; de inmediato subió el volumen de la radio con el pequeño control remoto y prestó atención a lo que la mujer dijo:

En otras noticias. El comisionado de Seguridad del estado de Illinois, Jared Brooks, en conferencia de prensa, dio las primeras declaraciones acerca de la explosión que ocurrió en el parque Madison en días pasados. Señaló que el incidente fue ocasionado por una fuga de gas de una de las líneas que pasan bajo la explanada principal del lugar. Descartó que se tratara de un ataque terrorista y pidió a los habitantes de Chicago conservar la calma y que continúen con sus actividades cotidianas.

— ¿Estás sorda, Harper?, ¡Baja el volumen de la radio! —dijo Sandra con veneno sin quitar la mirada del monitor que estaba sobre su escritorio.

— ¿Escuchaste lo que dijo esa mujer? —inquirió Helena presionando las teclas del control remoto.

—Por supuesto. Seguro se escuchó hasta el estacionamiento de la estación.

—Lo digo en serio — Helena frunció el ceño, molesta. Estaba cansada de la actitud amarga y prepotente de Sandra—. Me pregunto… ¿cuándo será el próximo ataque de El Culto?

—No tenemos pruebas de que ellos fueron los autores del ataque al parque Madison —dijo Sandra en tono ácido.

—El que no enviaran alguna carta al periódico no quiere decir que ellos no fueran los responsables.

—De acuerdo Sherlock, lo que digas— soltó Sandra con sarcasmo.

— ¿Sherlock?, ¿A qué viene todo eso?, ¿Tienes algún problema conmigo? —espetó Helena irritada.

Sandra se puso de pie y caminó hacia el lugar de su compañera. Helena ocultó su sorpresa y siguió tecleando la última parte de su informe.

—Desde que llegué a Chicago, tú te convertiste en mi problema —dijo Sandra molesta—. Aun no entiendo por qué Leon se empeña tanto en ocultar su pasado contigo, ¿acaso él y tú…?

—Solo fuimos compañeros —interrumpió Helena de golpe. No permitiría que Sandra sacara falsas conclusiones acerca de su vida privada—. Mi relación con él fuera de la estación, no es asunto tuyo.

—Ahora entiendo… —Sandra volvió a su lugar y esbozó una sonrisa ladina—. ¿Sabías que un conflicto de intereses podría dejarte fuera del caso?

Helena levantó la vista y se quedó pensativa por un momento. Después de que Samantha fue dada de alta del hospital, puso todas sus energías en encontrar al responsable del ataque que casi le cuesta la vida a su hija. Había logrado avanzar en la investigación; predijo que el siguiente ataque sería en Chicago, pasó días interrogando testigos y así logró obtener una descripción del hombre que puso la bolsa con los explosivos en el parque. No permitiría que una chiquilla mimada y caprichosa echara por la borda todo su esfuerzo. Respiró profundo, en un intento por mantener la calma y dijo: — ¿Terminaste de revisar los vídeos de seguridad?

—Estoy en ello —respondió Sandra de mala gana.

—Bien. En lugar de gastar tu tiempo averiguando sobre mi vida, deberías enfocarte más en tratar de resolver el caso.

— ¡Tú no eres mi jefa! —Sandra dio un golpe seco con el puño sobre el escritorio, molesta—. ¡Sólo eres una agente fracasada jugando al detective!

— ¡Y tú una niña de papá que piensa que está jugando a las muñecas!, ¡Por Dios!, esto es serio Sandra— espetó Helena furiosa—. La vida de muchas personas depende de que hagamos bien este trabajo.

—Leon y yo estábamos mejor sin ti. ¿Dónde estabas cuando sucedió el ataque?, seguramente buscando llevarte todo el crédito justo como lo haces ahora. No creo que hayas ido a buscar a tu hija como Harding dijo. Solamente fue un pretexto para dejarnos atrás.

Helena cerró de golpe su ordenador y se puso de pie. Caminó con decisión hacia el lugar de su compañera dejando a esta perpleja. Se acercó a ella, dedicándole una mirada fulminante.

—Jamás utilizaría a mi hija como excusa —Helena la tomó por la solapa de su carísimo traje sastre y la atrajo hacia sí, molesta—. No tienes ninguna idea de lo tuve que pasar en ese hospital esperando noticias de Samantha. Mucha gente resultó herida y tú solo piensas en llevarte todo el reconocimiento. ¿Sabes una cosa?, me importa poco si me sacan del caso; no necesito de ti y de ninguna estúpida agencia para seguir en la investigación. Encontraré yo misma a esos malditos y los pondré en el lugar que se merecen.

Soltó a Sandra y ésta cayó sentada de golpe en su silla. Helena se dirigió hacia la puerta con paso firme y sin mirar atrás. Salió hacia uno de los jardines de la estación y se apoyó contra uno de los robles intentando recuperar un poco la compostura. Cerró los ojos por un momento y respiró profundo. Jamás imaginó que Sandra fuera tan insensible como para pensar que ella sería capaz de utilizar a su hija para sus propios fines. Se preguntaba cómo es que la DSO le dio credenciales de agente a una chica que no se tomaba el trabajo en serio.

De pronto se vio a sí misma como la novata que obtuvo la mejor nota en toda la historia de la academia de policía. Fueron días difíciles; sus padres no estaban de acuerdo con su decisión de convertirse en guardiana de la ley y fue de las pocas mujeres en soportar el duro entrenamiento al cual eran sometidos los estudiantes. El día de su graduación, recibió una medalla por ser la mejor de toda su clase, dio el discurso de despedida y justo antes de dejar el salón de eventos donde se había llevado a cabo la ceremonia de clausura, un hombre vestido de traje formal negro se acercó a ella y le entregó un sobre sellado sin dar detalle alguno del mismo. Más tarde, llegando a casa, descubriría que se trataba de una oferta de trabajo para formar parte de las filas de la CIA.

La fresca brisa de la mañana y con ello un suave aroma a sándalo con un toque de canela, la obligó a despertar de su ensoñación. Vestido con unos pantalones azul marino, una bufanda a juego, un suéter color negro en V oculto bajo un abrigo gris Oxford; Leon estaba de pie frente a ella frotándose las manos intentando entrar en calor. Helena lo miró por un momento y sonrió de forma burlona al ver los gestos que él hacía debido al intenso frío que se sentía.

Te veo y a veces pienso que estoy soñando… Aún no puedo creer que estés aquí… pensé que jamás volvería a verte — pensó ella.

Sacó un par de guantes de lana de su abrigo y se los entregó. De inmediato Leon se los puso y sonrió satisfecho al sentir sus manos entrar en calor.

—No entiendo cómo es que Samantha y tú pueden vivir con este frío infernal —dijo él tiritando.

—Ya te lo dije, te acostumbras a él.

— ¿Qué haces aquí?, deberías estar adentro trabajando.

Helena se apoyó de nuevo en el árbol y suspiró decepcionada.

—Creo que estoy mejor aquí —dijo al tiempo que pateaba la nieve con sus botas—. Sandra y yo, simplemente no podemos trabajar juntas.

—Sé que ella puede ser un poco…

— ¿Exasperante?, ¿Odiosa? —interrumpió ella.

—Iba a decir insufrible, pero veo que la describiste mejor que yo—Leon soltó una carcajada.

Los dos rieron por un momento. El viento comenzaba a cobrar mayor intensidad, señal de que pronto caería una nevada. Helena notó el cabello de Leon ligeramente cubierto de nieve y sin pensarlo, sacudió suavemente los copos de nieve, dejando a Leon sorprendido.

—Deberíamos ir adentro —ella siguió quitando la nieve tal y como lo hacía con su hija—. Tu cabello luce igual que el de Sammy cuando sale a jugar al parque... Son tan parecidos ustedes dos.

—Desde que la vi, supe que era mi hija —Leon se encogió de hombros—. Quisiera conocerla más; saber que le gusta, cuál es su comida favorita, en fin, cosas que un padre debe saber.

—Le gusta el color rosa, su comida favorita es la pizza con jamón, lo demás lo sabrás con el tiempo —dijo Helena con una nota de tristeza—. Lamento que te hayas perdido su primer año de vida.

—Ya hablamos de eso. Me gustaría pasar a verla después del trabajo, espero no te importe.

—Puedes verla cuando quieras. Eres su padre.

De pronto, Helena recordó lo que Sandra mencionó acerca de dejarla fuera del caso por tener un conflicto de intereses. Si esa chica irritante se enteraba de que entre Leon y ella había algo más que solo un pasado en común, definitivamente utilizaría esa información en su contra e incluso lo metería en problemas con tal de salirse con la suya.

—Estuve pensando, pienso que no sería bueno que Sandra se enterara de que tú y yo tenemos una hija.

— ¿Por qué lo dices? —inquirió Leon intrigado.

—Dijo que pueden dejarme fuera del caso debido a un conflicto de intereses.

– ¡Qué se ha creído esa chica! —espetó Leon apretando los puños.

—Es una novata que quiere llevarse todo el crédito. Lo único que quiero es seguir trabajando en la investigación, hallar a los culpables y asegurarme de que no lastimaran a nadie más.

La nieve comenzó a caer con más fuerza y el viento se hizo más intenso. Ella bajó la vista y contuvo las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Aún no superaba del todo la muerte de Deborah; algunas veces despertaba a mitad en la noche con la culpa agolpada en su pecho a punto de estallar ya que sentía que había fallado como hermana al no protegerla como debía, incluso cuando hizo todo lo posible por defenderla del tirano de Simmons. El día que nació su hija, desde el primer momento que la tuvo en sus brazos, con sus manitas rodeando sus dedos y sus hermosos ojos celeste mirándola fijamente, Helena le prometió a aquella pequeña indefensa que la cuidaría incluso con su vida, de ser necesario. Sabía que no estaría tranquila hasta no ver a los responsables del ataque tras las rejas… Esta vez no volvería a fracasar.

—Entiendo… —dijo Leon resignado—. Supongo que esta vez Sandra se saldrá con la suya.

Helena lo tomó de la mano y le dedicó una sonrisa.

—Sólo será hasta que encontremos a los culpables de todo este caos. Además, no quiero causarte problemas en la agencia.

—Tú no eres ningún problema para mí —Leon apretó su mano—. Me alegra tenerte de nuevo como compañera.

Helena intentó soltar su mano, sin embargo; la sensación de sentir sus dedos entrelazados con los suyos fue más poderosa que su propia voluntad. Hizo un esfuerzo por no arrojarse en sus brazos y deleitarse con su calidez.

Ahora no es momento para sentimentalismos. Debes concentrarte en el caso. Recuerda que no sólo la seguridad de tu hija depende que hagas bien tu trabajo— pensó.

—Será mejor que volvamos adentro—dijo al fin Helena soltando su mano.

— ¿Quieres un café?, yo invito.

— ¿Tan malo es el que sirven en la estación? —preguntó Helena divertida.

—No puede ser peor que el de la DSO —Leon soltó una risa burlona.

—De acuerdo. Venden un buen café a un par de calles de aquí. Vamos.

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Gregory Allen esperaba en la fila del Starbucks impaciente... Debido a la nevada que caía sobre la ciudad del viento, el local estaba atiborrado y era imposible estar de pie sin ser empujado por algún otro cliente. Se acomodó las pesadas gafas que descansaban sobre el puente de su nariz y se dispuso a hojear el ejemplar de Chicago Times que tenía bajo el brazo. Una sonrisa de satisfacción brotó de los labios del hombre al leer una de las páginas centrales:

Explosión en el parque Madison ocasionada por una fuga de gas: Comisionado Brooks.

El Culto; organización criminal buscada en más de quince países por crímenes como terrorismo, tráfico de sustancias ilegales, lavado de dinero y el último de todos: el primer ataque bioterrorista, después de la terrible crisis que se vivió en China y parte de Europa en 2013. Nadie sabía con exactitud sus orígenes; algunos decían que era un grupo de activistas que protestaban en contra de fabricación de armas químicas, sin embargo, había quienes aseguraban que solo se trataba de una cortina de humo para llamar la atención de la gente, que en realidad eran agentes del servicio secreto montando un espectáculo en tiempos de elecciones.

No había mucha información acerca de El Culto. Tal vez porque realmente su líder era una persona muy cuidadosa o simplemente la policía no quería reconocer que de nuevo un grupo terrorista amenazaba la seguridad del país; después de todo, Estados Unidos no podía mostrar signos de debilidad ante la comunidad internacional; sin duda el Tío Sam se revolcaría en su tumba.

Gregory pasó a la siguiente página y continuó atento con su lectura. Levantó un poco la vista y divisó en la puerta principal a Joe "Cara de niño" Mireles, botando la colilla de su cigarro al tiempo que sacaba otro de su cajetilla arrugada. Sonrió al recordar cómo fue que rescató a aquel pandillero tatuado hasta las narices de las garras del sistema penitenciario; mil dólares fue lo que le costó comprarle una nueva identidad, ropa limpia, un buen corte de pelo, pero sobre todo su lealtad absoluta. Allen solía reclutar ex presidiarios, matones de barrio y gente molesta con el sistema de gobierno para incluirla en sus filas; después de todo para que exista un opresor, se requiere la mente de un oprimido.

En cuestión de dos años, pasó de planear su primer ataque desde la cocina de su modesto apartamento en un barrio de mala muerte en Washington, a las modernas instalaciones de BioPharma, empresa farmacéutica dedicada a la investigación de enfermedades genéticas y desarrollo de tratamientos contra el cáncer, ébola, SARS y otros padecimientos incurables. Gregory Allen, fundador, accionista mayoritario y presidente de uno de los consorcios médicos más grandes a nivel mundial; un hombre comprometido en la lucha por mejorar la calidad de vida de los seres humanos. Con esa imagen de persona altruista, amable, dispuesto a hacer el bien a sus semejantes, ¿quién sospecharía que también era el líder de uno de los grupos criminales que estaba poniendo de cabeza a todas las agencias de seguridad del mundo?

La fila comenzó avanzar lentamente. Allen dobló el periódico y se lo colocó bajo el brazo. Mientras buscaba en su cartera los siete noventa y cinco que costaba el capuchino latte con leche de soya que tenía en mente ordenar, un dulce aroma a gardenias logró llamar su atención.

— Ese perfume… es tu perfume, amor mío —murmuró Gregory con nostalgia.

Con el pulso acelerado, alzó la vista con la esperanza de volver a ver de nuevo sus hermosos ojos avellana. Algunas veces podía verla en sueños, tomándolo de la mano y susurrando a su oído que juntos conquistarían el mundo sin que nada ni nadie pudiera detenerlos. Una mujer enfundada en unos jeans oscuros, una blusa de botones azul claro bajo un abrigo largo de lana azul marino y unas botas negras de tacón alto, apareció frente a él, sosteniendo dos vasos de café mientras que el hombre que la acompañaba sacaba el dinero de su bolsillo para pagar las bebidas. Suspiró con amargura al notar que no se trataba de su amada, sin embargo; aquella chica tenía algo que simplemente no entendía y por ello no podía quitarle la vista de encima. Quizá era su sonrisa alegre o el brillo de su mirada lo que lo tenía hipnotizado. La vio salir con su cabello castaño cayendo sobre sus hombros, con un paso firme y decidido, como solo las mujeres seguras de sí mismas caminan por la vida.

Gregory miró al hombre que acompañaba a aquella belleza y sintió una punzada de envidia. A pesar de que su posición social le daba acceso a tener la mejor compañía femenina que el dinero pudiera comprar, el impacto que le produjo aquella mujer lo dejó tan perplejo que, por un momento, se sintió como un adolescente nervioso y confundido.

Llegó su turno en la fila. Gregory ya había olvidado el sabor de café que tenía pensado ordenar por lo que pidió un americano grande con leche regular, pagó con un billete de veinte y salió deprisa del local esperando volver a encontrarla. Miró a ambos lado de la acera, sin embargo, no había rastro de ella.

Bebió del vaso térmico que sostenía y frunció el ceño al notar el amargo sabor del café corriente que pidió sin darse cuenta. Molesto, lo arrojó al bote de basura que estaba junto a la puerta del negocio, le hizo una seña con la mano a Joe y subieron al auto de lujo que esperaba por ellos. Durante el camino a las instalaciones de BioPharma, Gregory miró la ciudad a través de la ventana del copiloto; cada rincón, cada espacio de Chicago parecía estar bajo un fino velo de fríos cristales. Recordó las noticias sobre el ataque al parque Madison y esbozó una ligera sonrisa.

— ¿Sucede algo? —dijo Joe Mireles sorprendido de que su jefe sonriera sin motivo alguno.

Gregory no respondió.

—Señor. Le informo que todo está listo para partir a Houston esta noche, justo como lo ordenó.

—Muy bien —Gregory se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz—. Será un viaje de una semana y volveremos de nuevo a Chicago.

— ¿Volver? —Mireles inquirió asombrado—. Creí escucharlo decir que odiaba el clima de Chicago.

— Es de humanos cambiar de opinión… Digamos que encontré una buena razón para volver y quien sabe… hasta podría acostumbrarme a vivir entre la nieve —respondió Gregory recordando a la misteriosa mujer de la cafetería.

—Cómo usted diga —dijo Mireles volviendo la vista a su ordenador.

Gregory sacó un pañuelo rojo, aspiró por un momento su aroma a canela y rosas, antes de guardarlo de nuevo en el bolsillo de su abrigo. Miró su reloj y vio que marcaban las nueve treinta; en veinte minutos tenía una junta con un grupo de empresarios interesado en invertir en su compañía; odiaba las reuniones de trabajo con todo y el pésimo café que servían en ellas. Sólo sería un par de horas y después volaría a Texas, pensó. BioPharma dejaría una huella imborrable como una de las farmacéuticas más importantes a nivel mundial en establecer una sede en el estado de la estrella solitaria… y quién sabe, tal vez El Culto sumaría una tragedia más al libro de la historia americana.

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Antes de trabajar para la DSO, Leon S. Kennedy fue miembro de las fuerzas policiacas de Raccon City. Aunque su paso por los cuarteles fue muy breve (en realidad solo estuvo en las calles por un día), sus dotes de investigador y su aguda inteligencia le abrieron camino para convertirse en el mejor agente de seguridad del país, no obstante, aún echaba de menos el ambiente de la academia de policía: su estricta disciplina, las noches de juerga con sus compañeros los fines de semana, pero sobre todo aquel sentimiento idealista que lo motivó a convertirse en guardián de la ley.

Fijó su vista en la pantalla de su ordenador portátil, revisando el informe de Helena. Estaba impresionado con el trabajo de su antigua compañera; se preguntó el motivo por el cual ella renunció a la CIA para terminar trabajando en el Departamento de Policía de Chicago, bajo las órdenes del Capitán Rogers, un tipo gordo, adicto a la cafeína, con mal carácter que no tenía idea alguna de cómo llevar a cabo una buena investigación. Sabía que con sus habilidades, la detective Harper podría ser aceptada sin problemas en las filas de DSO, tal vez, con un par de llamadas, podría hacer que volviera a vivir Washington y así tener a su hija y a la madre de ésta bajo su cuidado.

Imaginó por un momento a su hija recibiéndolo en la puerta de su apartamento después de un día difícil en la agencia, el aroma a salsa de tomate y especias inundado el lugar, señal de que Helena estaba en la cocina preparando la cena mientras ella cantaba en voz baja una canción de moda. Movió ligeramente la cabeza intentando volver a la realidad, no obstante, un sentimiento despertó en su interior haciéndolo sentir inquieto; desde el instante en que vio los ojos celestes de Sammy mirarlo con devoción y escuchó su vocecita llamarlo papá, supo que su vida no volvería a ser la misma.

De pronto una idea surgió en su mente, dejándolo perplejo: ¿Sería posible formar un hogar con Helena?

Durante años vivió como un lobo solitario y amaba su independencia más que ninguna otra cosa en el mundo. Podía salir con la mujer que quisiera sin comprometerse en lo absoluto, dormir con ella sabiendo que al día siguiente despertaría completamente solo. ¿Podría renunciar a su libertad de soltero por el bien de su hija?

Sus sentimientos por Helena aún no estaban claros del todo. Era verdad que se sentía atraído por ella; la última vez que se vieron en su apartamento, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no levantarla del suelo, apoyarla en la pared más próxima y enseñarle lo que provoca en un hombre cuando una mujer viste solamente un diminuto short y una pequeña camiseta de algodón sin sujetador debajo. De una cosa estaba seguro y era que el fuerte deseo que sentía por la madre de su hija no sería suficiente para formar un hogar con ella.

De pronto sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz masculina. Drake Harding entró al sótano que fungía como oficina dentro de la estación, con una bolsa grande de papel en una mano y un conejo de peluche rosa en la otra. Lo vio atravesar el lugar y situarse en el escritorio de Helena, tomar una silla y se sentarse justo frente a ella. Leon bajó el volumen de su ordenador intentando escuchar la conversación entre ellos.

— Drake, ¡Qué sorpresa! —dijo Helena con entusiasmo.

— ¡Vaya!, no pensé que me echaras de menos.

—Eres mi amigo, Drake, claro que te extraño.

—Te tengo una noticia —dijo Drake al tiempo que sacaba las cajas de comida china de la bolsa—. Rogers me acaba de asignar de nuevo como tu compañero.

— ¿Rogers? —Helena no daba crédito a lo que escuchó.

—Así es —Drake no pudo ocultar su alegría.

—Qué hombre más considerado —soltó Helena con ironía—. No pensé que fuera enviarte a ti como mi niñera.

Leon sonrió levemente al ver la reacción de Helena. En el fondo se alegró de que ella rechazara a Harding como compañero.

—Si quieres puedo hablar con Rogers y... —dijo Drake llevándose la mano a la nuca.

—Está bien —Helena lo interrumpió tomándolo de la mano y le dedicó una sonrisa—. Sabes que siempre me ha gustado trabajar contigo.

—Gracias —Drake apretó su mano—. Te prometo que no fallaré.

—No necesitas prometer nada… bueno, quizá el traer donas de canela de la calle 7 todas las mañanas. Sería un buen comienzo.

—Por supuesto —los dos rieron.

Drake le entregó el conejo de peluche a Helena y ésta preguntó: — ¿Y esto?

—Es para Sammy. Lo compré cuando supe que estuvo en el hospital pero no me permitieron pasar a verla. Después estuvimos interrogando a Dios sabe cuántos testigos y no he tenido tiempo de visitarla.

—Muchas gracias. Le diré que el tío Drake le envío un amigo nuevo.

— ¿Qué hay de su padre? ¿Se enteró de lo que le sucedió a su hija en el parque? —inquirió Drake en tono serio.

Helena tragó saliva con dificultad. Leon notó como ella desvió la mirada intentando evadir la pregunta. Se preguntó cuántas veces la madre de su hija tuvo que pasar por esa situación tan incómoda, la gente a veces cuestiona sobre asuntos que no deberían tocar sin saberlo. Cuando era niño, odiaba que en la escuela sus compañeros de clase preguntaran por su madre y por qué su padre había sido visto deambulando ebrio por las calles la noche anterior. De pronto sintió la mirada de ella se posarse sobre él y sin quitarle la vista de encima dijo: —No. Su padre no se enteró del incidente. Sabes que no hablo con él desde hace mucho tiempo.

—Entiendo —dijo Drake, irritado—. Ya sabes lo que pienso de ese imbécil. Si Sammy fuera mi hija yo…

—Drake —interrumpió Helena con amargura—. ¿Te parece si almorzamos afuera?

— ¿Estás segura?

—Claro. Si no salgo un rato de esta oficina, te juro que me volveré loca.

—De acuerdo.

Leon bajó la vista de nuevo sobre la pantalla y fingió que estaba leyendo un documento en su ordenador. Maldijo desde sus adentros a Harding por haberlo llamado imbécil, si no fuera por Sandra y la investigación, le hubiese gritado a Drake en su cara que él era el padre de Samantha y que estuvo con ella en el hospital cuando sucedió el ataque del parque Madison. Miró el reloj de la pared vio que marcaban dos y treinta. Resignado, se apoyó en su silla y continuó con su trabajo. Aún faltaban seis horas para terminar su día, sólo deseaba que las agujas de reloj corrieran esta vez más rápido que de costumbre.

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Helena había tenido un día difícil. Después del incidente en la estación, decidió proponerle a Drake pasar el resto de la tarde de interrogando al resto de los testigos del ataque.

Mientras caminaba por las oscuras calles que la llevaban a su apartamento, intentaba olvidar la mirada que Leon le dedicó cuando la escuchó hablar con su compañero acerca del padre de su hija. No estaba en su naturaleza mentir, sin embargo, si Drake se enteraba de la verdad, seguramente le haría la vida imposible al recién llegado agente de la DSO.

Lo único que deseaba en ese momento era llegar a su habitación, tumbarse con su hija y olvidarse del mal día que había pasado.

El sonido de unos pasos logró sacarla de sus pensamientos. Su instinto le dijo que algo no andaba bien, metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo y justo antes de tomar su arma, alguien la tomó por la espalda y puso una mano en su boca, impidiéndole hablar.

—Pero miren quien viene a visitarnos —dijo una voz masculina.

Helena sintió como la sangre se le helaba en las venas al reconocer la voz del hombre. Douglas Vidal, líder de la pandilla de los Skeelz Crew, un grupo de criminales de poca monta dedicados a robar pequeños comercios en el centro de la ciudad y los cuales fueron capturados por la Detective Harper y su compañero Drake Harding, hace par de meses atrás.

Tres hombres más se acercaron a ellos, vestidos con ropas desvencijadas y con cara de pocos amigos. En el brazo portaban un tatuaje con el símbolo de la pandilla: un cráneo dentro de un círculo de espinas. Helena pensó en una forma de soltarse de su agarre, sin embargo; dos chicos sacaron una navaja y la mostraron esbozando una sonrisa ladina.

— No sé si agradecerte o enfadarme por enviarme a prisión. Echaba de menos la mala comida y las palizas en los baños —dijo Douglas estrechando a Helena con fuerza.

De pronto, Helena mordió la mano de su atacante y mientras este soltaba un grito de dolor, tomó su bolso del suelo y empujó a los dos sujetos antes de salir corriendo. A cada paso que daba, ella sentía como la adrenalina corría por sus venas, sin bien podía sola enfrentarse a ellos, pelear con cuatro hombres bajo el efecto de las drogas no era algo muy inteligente, la superaban considerando que por número.

El sonido de un disparo la dejó paralizada. Un intenso dolor comenzó a extenderse en su cuerpo, obligándola a llevarse la mano a su costado izquierdo; sintió como la sangre empezaba a manar de su herida y se volvió hacia su agresor. Douglas aún sostenía el arma y sonreía triunfante, mientras los otros sujetos se acercaban a ella.

Helena cayó al suelo. Se arrastró intentando alejarse de sus agresores, no obstante, el escozor de su herida y el fuerte sangrado comenzaron a causarle estragos. Escuchó las risas de los hombres y una oleada de impotencia la invadió, haciendo que un par de lágrimas resbalaran por sus mejillas: una vida dedicada a las fuerzas del orden, enfrentando peligros que nadie en su sano juicio se atrevería a vencer, ¿Quién pensaría que su vida terminaría a manos de unos criminales de barrio?

—Nos vemos en el infierno, Detective Harper —dijo Douglas apuntando su arma a la cabeza de Helena.

Helena cerró los ojos y la primera imagen que vino fue la de su hija despertándola por la mañana. La sola idea de no volverla a ver nunca más le provocó una punzada de dolor en el pecho. Intentó ponerse de pie, pero un fuerte mareo la obligó a caer de nuevo al suelo. Antes de perder el sentido, los únicos sonidos que escuchó fueron los débiles latidos de su corazón y el ruido de las sirenas acercándose hasta donde estaba ella.


Holaaaaaa!

Gracias por pasarse a leer mi fic.

Últimamente me ha costado más trabajo encontrar tiempo libre para poder hacer lo que me gusta, que es escribir. Así que quiero agradecer de todo corazón a aquellos que me han tenido paciencia al esperar las actualizaciones de cada una de mis historias, este año ha sido muy complicado para mí tanto personal como profesionalmente hablando, la vida de adulto no es sencilla... jajajaja!

Agradecimientos especiales a AdrianaSnapeHouse por el pequeño poema que aparece al principio del capítulo. Gracias amiga, espero que todo vaya muy bien en tu nueva vida como universitaria.

Polatrixu por los ánimos que me da para seguir con mi carrera de escritora de quinta.

SKANDROSITA por las frases motivadoras que pone en mis documentos y sobre todo por el apoyo que le da a cada una de mis locuras.

Bueno, creo que eso es todo. De nuevo, gracias por todo…. Críticas, dudas, comentarios, siéntanse libres de expresarse… Les mando un abrazo y nos leemos pronto :D

XOXO

Addie Redfield