***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
"Todos los problemas tienen la misma raíz: el miedo, que desaparece gracias al amor; pero el amor nos da miedo."
Anónimo
Leon jugaba con su vaso de Whisky mientras fingía interés en su conversación con Sandra. Había sido un día agotador, en ese momento lo único que deseaba era tumbarse en su cama y mirar la televisión hasta que el sueño lo venciera; sin embargo a pesar del cansancio, no se sintió capaz de rechazar la invitación de su compañera de ir a tomar un trago después del trabajo.
Habían elegido un pequeño bar del centro. Tal vez no era el local más bonito; no obstante, tenía mesas disponibles y servían un excelente escocés importado. Leon comenzaba a sentirse en un callejón sin salida; la investigación no arrojaba pistas nuevas sobre el paradero de El Culto, era sólo cuestión de días para que la agencia les pidiera tanto a él como a Sandra dejar la ciudad para seguir el caso desde Washington.
A pesar de odiaba el clima frío de Chicago, existía una razón por la cual no quería abandonar sus calles atestadas de nieve y el tráfico infernal del mediodía, esa razón tenía que ver con cierta niña de mirada celeste que sin conocerlo, se presentó ante él como su hija. Ya no sentía rencor por Helena; después de la escena en la mañana con Drake, comprendió lo difícil que era para ella ser madre y detective a la vez. Más que nunca Leon deseaba ayudarla con la carga, después de todo, para traer un hijo al mundo se necesitan dos y él no estaba cumpliendo con su parte de responsabilidad. Comenzaría por buscar un piso en un barrio tranquilo donde Samantha pudiera salir a jugar sin ningún pandillero merodeando por ahí. Era uno de los mejores agentes de seguridad del país, así que podía permitirse comprar una casa sin importar el precio. De pronto Sandra dio una calada larga a su cigarrillo y exhaló el humo en la cara de su compañero, intentando recuperar su atención.
— ¡Demonios Sandra, no vuelvas a hacer eso!—dijo Leon molesto mientras tosía.
—Llevas más de diez minutos con la mirada perdida —espetó Sandra, irritada al tiempo que apagaba su cigarrillo contra el cenicero—. Seguro no escuchaste ninguna palabra de lo que dije.
—Estoy exhausto—Leon se defendió. No tenía ningún deseo de discutir con su compañera. El día había sido agotador después de estar revisando por horas los videos de seguridad cerca del parque Madison, así que lo que menos le apetecía era tener que escuchar a Sandra despotricar en su contra.
—Está bien —Sandra bebió de su Martini y esbozó una sonrisa forzada.
Las primeras notas de Killing me softly de Roberta Flack comenzaron a escucharse en el lugar. Sandra se puso de pie, tomó a Leon del brazo y lo arrastró al centro de la pista.
—Me gusta mucho esta canción—dijo Sandra intentando sonar divertida.
— ¿No debiste preguntar si quería bailar contigo? —inquirió Leon.
—Vamos, sólo una canción.
Leon resopló, resignado. Tomó a su compañera por la cintura y se dejó llevar por el ritmo de la música. Tres parejas más tomaron su lugar en la pequeña pista de baile. Sandra lo abrazó por el cuello y apoyó su cabeza contra él.
—Creo que has bebido demasiado, Sandra—dijo Leon.
—Es sólo un baile —Sandra cerró los ojos deleitándose con la cercanía de su compañero—. No estamos cometiendo un crimen.
—A tu padre no va a gustarle nada que su hija salga a beber a un bar conmigo.
—No lo creo —Sandra se aferró más, rozando sus caderas contra él—. A pesar de tener fama de mujeriego, parece que le agradas mucho a mi papá.
Leon soltó una risa burlona. Si bien, por más que intentaba llevar su vida personal en secreto; en la agencia, además de ser conocido por sus habilidades como agente, también era famoso por conquistas si de mujeres se trataba.
—Creo que lo mejor será que vayamos a casa. Mañana tenemos trabajo.
—Vamos Leon —Sandra rozó el lóbulo de su oreja con los labios y susurró: —La noche aún es joven y podemos divertirnos todavía más.
Sandra se puso de puntillas y acercó sus labios a los de su compañero. Leon abrió los ojos como platos e intentó dar atrás. Sabía que a Aaron Perkins no le caería en gracia enterarse de que su hija tuvo una aventura con uno de sus agentes. Apenas sintió un ligero roce en su boca y el sabor de su lápiz labial rojo carmín, cuando su móvil vibró en el bolsillo de su chaqueta. Rápidamente rompió el abrazo, tomó el teléfono y agradeció en silencio a aquella persona que lo llamaba en medio de un momento tan incómodo.
—Diga.
—Chico guapo ¿eres tú? —dijo una voz femenina al otro lado de la línea.
— ¿Te conozco? —Preguntó Leon, intrigado. Hizo una lista mental de todas las mujeres que tenían su número pero ninguna coincidía con la voz de la chica en el teléfono.
—Soy Jane. ¿Está Lena contigo?
—No. Hace una par de horas que salió de la estación.
Un silencio se adueñó del otro lado la línea. Por el tono mortificado en la voz de Jane, Leon advirtió que algo no andaba bien. En las pocas semanas que llevaba en Chicago, se dio cuenta de que Helena era una madre dedicada a su hija en cuerpo y alma, no era común que dejara de lado su responsabilidad con Samantha para salir a divertirse en medio de la noche.
—Estoy preocupada, sabes. Normalmente Len me pide que cuide de Sam más tiempo si tiene algo que hacer después del trabajo. Ahora que lo pienso, tal vez por fin aceptó salir a cenar con Drake y no quiso decirme nada. Ella detesta que haga demasiadas preguntas acerca de su vida personal.
Leon tensó la mandíbula y una punzada de celos se apoderó de su pecho.
—Así que ese imbécil pretende meterse en la vida y en la cama de Helena—pensó
Perplejo por su reacción dijo: — ¿Llamaste a Drake?
—Aún no —respondió Jane.
—Yo le llamaré —dijo Leon, ligeramente irritado y apretando el teléfono con fuerza.
—Si sabes algo de ella, llama a este número, ¿de acuerdo? —dijo ella con un tono más tranquilo.
—Está bien.
Leon cortó la llamada. Miró a Sandra que estaba aún frente a él con un gesto de disgusto.
— ¿Ahora qué sucede con Harper?—preguntó Sandra, molesta.
—No lo sé —replicó Leon buscando entre los contactos de su móvil el número de Drake.
Sandra le quitó el móvil de las manos a Leon y dijo: — ¿En serio vas a llamar a Harding?
—Devuélvelo —Leon intentó recuperar su teléfono pero Sandra lo puso en medio de su escote y sonrió de forma seductora.
—Tendrás que quitármelo primero.
—No tengo tiempo para juegos Sandra.
— ¿Por qué te importa tanto Helena?—cuestionó Sandra poniendo los brazos en jarras—. ¿Qué tiene de especial esa mujer?
Él no respondió.
—Todos en la estación saben que Harding está interesado en Helena. No es un secreto para nadie. Si ella por fin accedió a salir con él, creo que no deberías meterte en sus asuntos—dijo Sandra con veneno al tiempo que le devolvió el móvil.
Leon se dirigió a su mesa de mala gana. Dejó el dinero de la cuenta, tomó su abrigo y salió del bar, dejando a Sandra sola en medio de la pista de baile.
Mientras caminaba por las calles del centro de la ciudad sin rumbo fijo, las palabras de Sandra hacían eco en su cabeza, provocando en él sentimientos encontrados. Leon estaba consciente del interés de Drake por Helena, bastaba con verlo inventar cualquier excusa para estar cerca de ella y llevarle su café favorito por las mañanas. Tal vez la perseverancia de Harding había rendido sus frutos y por fin logró su objetivo.
De pronto la imagen de su hija corriendo hacia los brazos de Drake, llamándolo papá, se cruzó por su mente dejándolo desconcertado. Sabía que Harding tenía un cariño especial por Sam, así que para él no sería ningún problema darle su apellido a la niña y así convertirse en el padre de Samantha. Después de todo, el hombre estaba enamorado profundamente de Helena y formar una familia con ella sería como sacarse el premio mayor.
—Sobre mi cadáver, Drake— musitó apretando los puños.
Furioso, tomó su teléfono y marcó al número de Drake. Espero impaciente a que éste respondiera. En el fondo, esperaba que Helena estuviera en otra parte lejos de ese idiota, la idea de que ese hombre ocupara su lugar como padre de Samantha lo ponía enfermo. Después de tres intentos, Harding seguía sin responder. Caminó más deprisa cuando de pronto divisó un grupo de personas alrededor de una cinta amarilla.
—Seguramente alguna víctima de un asalto— pensó mientras su paso se hacía cada vez más lento.
Conforme fue acercándose al lugar, el sonido de las patrullas era cada vez más ensordecedor. Una ligera llovizna comenzó a caer sobre las calles, haciendo que el frío se intensificará. Leon sacó un par de guantes de lana de su abrigo y los colocó en sus manos, con la esperanza de entrar en calor. Se abrió paso entre la multitud y a lo lejos reconoció al Capitán Rogers, que daba órdenes a un oficial de policía.
— ¡Abran el paso! —exclamó un paramédico empujando al grupo de curiosos y cargando un maletín de primeros auxilios.
Leon se detuvo y un grupo de personal de emergencias cargando una camilla pasó frente a él. Miró la cara de la víctima y se quedó de piedra cuando reconoció a la mujer que yacía inconsciente y con una herida grave en su costado izquierdo.
— ¡Helena!
Su corazón dio un vuelco y amenazó con salir disparado de su pecho. Hace apenas unas horas habían estado trabajando juntos en la estación de policía y ahora no tenía idea de cómo fue que terminó mal herida en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. Caminó entre la multitud que fue creciendo al pasar de los minutos, cuando finalmente llegó a la ambulancia, sacó su placa de la agencia y uno de los paramédicos dijo: —La llevaremos al hospital St. Jude.
— ¿Puedo ir con ella?—preguntó.
El hombre le hizo una seña y los dos subieron a la ambulancia. En el camino y mientras los paramédicos hacían todo lo posible para que Helena lograra llegar con vida al hospital, Leon miraba absorto la escena que se desarrollaba frente a él. Nunca había creído en la existencia de un Dios u otro ser superior, pero en aquel momento y con todas sus fuerzas, deseaba hacerlo.
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Gregory Allen dio una mirada a su costoso reloj de oro y bufó molesto. Como buen hombre de negocios, la impuntualidad era un defecto que no podía tolerar; sin embargo, debía confiar en lo que su leal asistente Joe Mireles le contó acerca de aquel hombre y sus habilidades como espía a sueldo. Dio un sorbo a su café y buscó en el periódico matutino alguna noticia que llamara su atención; pasó página por página y dejó el diario a un lado soltando un aire de decepción.
Hace apenas unas horas había bajado de su avión privado procedente de Houston, Texas. Las negociaciones para poner en marcha una nueva sede de BioPharma en la ciudad de la energía fueron un éxito; en unos meses, una de las empresas farmacéuticas más grandes del país tendría una estrella más en el mercado mundial y todo gracias a la gran visión de su presidente Gregory Allen. Levantó la vista hacia el mostrador de la modesta cafetería y divisó a una chica comprando un mocaccino, recordó de pronto a la mujer de la fila del café que vio hace unos días atrás y el impacto que causaron en él aquellos ojos castaños. Pensó en volver a local la donde la conoció con la esperanza de volver a verla, después de todo, durante su viaje no había dejado de pensar en ella.
— ¿Quién eres tú? —murmuró para sí mismo esbozando una ligera sonrisa.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de Joe. Gregory le hizo una seña para que ocupara la silla de junto y ordenó un café para su asistente. Una vez que la camarera se marchó dijo: —Y bien, ¿dónde está la persona que conseguiste para hacer el trabajo?
—Debe llegar en unos minutos, acabo de hablar con ella y dice estar cerca de aquí.
— ¿Ella? —inquirió Gregory, irritado—. Te dije claramente que no quería mujeres para esto.
—Lo sé, señor —Mireles se disculpó bajando la mirada—. Mis contactos dicen que es la mejor para el tipo de trabajo que necesita. Le aseguro que no fallará.
—A veces suelo poner demasiada confianza en ti, Mireles—dijo Gregory masajeándose las sienes. Aunque trataba de demostrarle a su asistente que no confiaba plenamente en él, en el fondo sabía que Joe Mireles era el hombre más fiel que hubiese conocido.
—Y sabe que jamás lo defraudaría —añadió Joe con una sonrisa.
—Lo sé —Gregory bebió de su café y miró de nuevo el diario, con un aire de indiferencia.
De pronto el sonido de unos pasos lo obligó a levantar la vista hacia la puerta del café. A pesar de que una espesa capa de nieve cubría la ciudad, las luces de las calles bañaban con su luz ambarina cada rincón que era capaz de alcanzar. Una mujer enfundada en un vestido color negro de manga larga y cuello alto, que contrastaba con su piel blanca como el alabastro. Un par de botas de tacón de aguja y un abrigo de chinchillas complementaban su elegante atuendo. Como buen hombre de clase y modales refinados, Gregory se puso de pie y esperó a que ella llegara a su mesa.
La luz de una farola que estaba frente al café era tan intensa que le fue difícil ver las facciones de la mujer, además de que ésta portaba un sombrero de ala ancha que tapaba parte de su rostro; sin embargo, ese no fue impedimento para que se percatara de sus bien torneadas piernas y su exquisita figura. Tenía el largo y rizado, atado en un sencillo moño. Finalmente ella llegó y dijo: —Perdonen el retraso.
El tono erótico de su voz, evocó en Gregory recuerdos del ayer, de un pasado que aún dolía en él y que estaba dispuesto a vengar sin importar el precio. La mujer ordenó una taza de té, se quitó los guantes de piel y dijo sin rodeos: —Y bien ¿de qué se trata el trabajo?
—Primero me gustaría saber tu nombre —sugirió Gregory en tono seductor.
— ¿Acaso es necesario que lo sepa, señor?
—Soy un hombre poderoso —Gregory se acomodó en su silla y entrelazó los dedos—. Y me gusta saber con quién estoy haciendo negocios.
— ¿Negocios? —la mujer soltó una carcajada y agregó: —. Creí que me buscaba para un trabajo.
Gregory se sintió intrigado y una descarga de adrenalina se disparó en un interior. Sin duda aquella misteriosa espía era su tipo de mujer: ardiente, provocadora y misteriosa. Todo un desafío para alguien como él que gustaba de los retos. Quizá después de terminar su trabajo, la invitaría a pasar unos días en su yate privado; disfrutando de la brisa del mar, de una buena botella de vino francés y de la pasión que surgiría entre ellos con el paso del tiempo.
—No he dicho lo contrario—Gregory le dedicó una sonrisa seductora— ¿Cuál es tu nombre?
—Eres obstinado—la mujer dio un pequeño sorbo a su té—. Mi nombre es Aria.
—La más santa. Un nombre poco común para alguien con su curriculum, señorita—Gregory se burló. Su instinto le decía que ella mentía acerca de su nombre, eso y su falsa cabellera color chocolate. Notó que el sombrero tapaba parte de su rostro a propósito. ¿Qué era lo que escondía detrás de su disfraz de mujer de mundo?, entonces recordó que era una espía profesional, una mercenaria a sueldo, así que ocultar su verdadera identidad debía ser parte de su oficio.
La mujer arqueó la ceja y sonrió divertida. Gregory se sentía fascinado con ella que por un momento se olvidó el motivo de su cita.
—Lo sé —Aria sacó un cigarrillo y Gregory su encendedor de plata para ofrecerle fuego; sin embargo Joe fue quien encendió el cigarro en un intento por cortejarla—. Pero vayamos al grano, ¿de qué se trata el trabajo?
Joe sacó un sobre marrón y se lo entregó a Aria y ella sacó los documentos de su interior para comenzar a estudiarlos a detalle.
—Cómo podrás darte cuenta se trata de algo simple—dijo Gregory dejando su taza sobre la mesa—. Sólo necesito dos muestras, es todo.
— ¿Y se puede saber qué es lo que hará con ellas?—preguntó en tono serio Aria sin quitar la vista del mapa que tenía en las manos.
—Eso es asunto mío—respondió con sorna.
Aria dejó metió los documentos en el sobre y lo puso dentro de su bolso de diseñador.
—De acuerdo, acepto—dijo Aria—. Le advierto que el costo por mis servicios es un poco…
— ¿Elevado? —terminó Gregory la frase por ella.
—Yo diría un poco más que eso. En dos días tendrá las muestras en sus manos.
—Me alegra escuchar eso. Mi asistente dice que puedo confiar en usted y sobre todo en su discreción—dijo Gregory en tono gélido.
Gregory la miró a los ojos y éstos le recordaron a una mujer a la cual adoraba en silencio, una dama a la cual sólo podía tocar en sus sueños. El dolor que tanto trataba de alejar de él, se hizo presente y con la misma intensidad. Todo el fuego que Aria despertó en él quedó reducido en cenizas, ahora lo único que deseaba era que ella se marchara, hiciera su trabajo y jamás volver a verla. Sacó de su chaqueta un cheque y dijo: —Espero que esto sea suficiente por sus servicios.
Aria sonrió satisfecha y dijo: —Es una cantidad razonable.
—Cómo puede ver, soy un hombre de palabra— Gregory la tomó por la barbilla y por fin pudo ver el rostro de Aria. Sin duda era la viva imagen de su amada, a excepción del color de sus ojos, todos sus rasgos eran idénticos. Rápidamente la soltó y trató de recobrar la compostura, sin conseguirlo.
— ¿Sucede algo, señor? —preguntó ella acomodándose el sombrero y esbozando una sonrisa forzada, tratando de ocultar su evidente nerviosismo.
—No es nada —Gregory sacó el dinero de la cuenta y se levantó de la mesa—. Olvidé que tengo una reunión con mis socios en una hora.
—Está bien —Aria se puso de pie y tomó su bolso—. Fue un placer, conocerlo Señor Allen.
Aria salió del café y él la vio partir, perplejo aún y con las emociones a flor de piel. Al parecer ella también tenía prisa por terminar de una aquel extraño encuentro, su paso apresurado y el ligero temblor en sus manos al momento de tomar su bolso la delató de inmediato. Joe tomó el maletín, el abrigo de su jefe y caminó hacia el auto que estaba estacionado afuera del local. Gregory por fin salió de su ensoñación y caminó detrás de su asistente. Una vez en el coche, Mireles preguntó: — ¿Se encuentra bien, señor?
—Estoy bien —mintió.
— ¿En qué lugar es su reunión?
—No existe tal reunión —Gregory se apoyó en el asiento del auto y cerró los ojos por un momento. No se sentía de humor para hablar con alguien, lo único que deseaba en ese momento era una copa de su mejor vino y pasar el resto de la noche frente a la chimenea recordando a la mujer de su vida—. Sólo llévame a mi apartamento, me siento cansado.
—Enseguida —dijo Joe pisando el acelerador a fondo.
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Leon odiaba los hospitales.
Sentado en la sala de espera y con su tercer vaso de café de la noche, Leon esperaba a que el médico saliera del quirófano y le diera razones acerca del estado de salud de Helena. Llevaba cerca de cuatro horas dentro, la herida había perforado el bazo y tuvo que ser intervenida de emergencia. Después de llegar al hospital, llamó a una Jane que rompió en llanto cuando se enteró del incidente, la escuchó tomar sus llaves y salir torpemente del apartamento de un portazo pero fue entonces que ella recordó que debía cuidar de Sam, así que prefirió quedarse en casa y esperar noticias de su amiga.
Leon se puso de pie y se dirigió hacia el pasillo principal. El aroma de desinfectante y un silencio sepulcral que flotaba en el ambiente sólo lograban aumentar la tensión en él. En su camino se encontró con un chico de unos doce años sentado en el suelo. La imagen de aquel pequeño, con su camiseta de fútbol manchada de sangre y con lágrimas cayendo de sus mejillas, evocó en él recuerdos de su niñez. Se vio a sí mismo como el hijo de Sam Kennedy, un oficial de policía con serios problemas de conducta que estaba a cargo de la unidad de robos del Departamento de policía de Raccon y el cual dividía su tiempo entre el servir a su ciudad y cuidar a su primogénito.
Paso a paso, las memorias sobre su dura infancia llegaban a su mente como gotas de lluvia, presagio de la tormenta que se desataría en su interior. Para él era común ver a su padre llegar a casa pasado de copas después del trabajo; sin embargo Sam nunca fue así, la vida de los Kennedy cambió de golpe cuando su madre, cansada de ser la esposa de un oficial de policía, una noche lluviosa salió de su hogar con la excusa de comprar algo para la cena para nunca más volver. Durante mucho tiempo soportó las burlas de sus compañeros de clase cada vez que decían que su padre no era más que un vulgar ebrio que vagaba por las noches en las calles de la ciudad.
Una noche, después del último partido de fútbol de la temporada, llegó a casa como y pensó que se encontraría de nuevo con su padre tumbado en el sofá con una cerveza en la mano; sin embargo, en la entrada dos oficiales de policía lo esperaban para darle la noticia de que Sam Kennedy había sido herido por una bala en medio de un tiroteo por intentar detener un asalto. Después de varios días de luchar por su vida, el jefe de la unidad antirrobos perdió la batalla y su único hijo quedó a cargo del sistema de protección infantil.
Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el momento en que fue puesto en su primer hogar de acogida. Si Helena no lograba recuperarse de su herida, Samantha sería puesta en adopción, ya que según lo que pudo investigar, en su certificado de nacimiento no figuraba el nombre de su padre. Maldijo en lo profundo a su ex compañera por haberle ocultado la verdad; no obstante, ella tenía sus razones para mantenerlo en secreto y no podía culparla por ello.
No podía permitir que su hija corriera la misma suerte que él, buscaría ayuda legal y de ser necesario acudiría a los tribunales, Samantha llevaría su apellido sin importar que Helena esté de acuerdo o no.
Se encaminó hacia la sala de espera y vio al doctor Brooks, cirujano en turno salir de la puerta de emergencias. Rápidamente acudió a él y dijo: — ¿Cómo está?
—La cirugía fue un éxito —el médico respondió optimista—. Sólo necesitará algunos cuidados y mucho reposo.
— ¿Puedo verla? —preguntó, impaciente.
—En un momento la llevarán a su habitación. ¿Es familiar suyo?
Si le decía que sólo era un buen amigo, le prohibirían el paso así que sin pensarlo, respondió:
—Es mi esposa.
—Sígame—dijo el médico.
Caminaron hacia el elevador, una vez dentro, el médico oprimió el botón que los llevaría al quinto nivel. Leon observaba al techo, pensativo, intentando asimilar la mentira que acababa de decir.
Llegaron al quinto nivel y el doctor Brooks le indicó que Helena se encontraba en la habitación 520. Leon buscó dormitorio por todo el piso hasta que dio con una puerta color blanco de madera y el nombre de Helena Harper pegado en ella. Cuidando de no hacer ruido, entró al dormitorio; las paredes cubiertas de papel tapiz color hueso y el piso de linóleo que lucía desgastado, estaban lejos de darle un toque acogedor al lugar. Una pequeña lámpara de noche era la única iluminación de toda la estancia.
Lentamente se acercó a Helena, quien yacía dormida en la diminuta cama de hospital. Leon la miró y su corazón se encogió al verla tan vulnerable, conectada a todos esos equipos médicos, que emitían sonidos que sólo lograban ponerlo aún más nervioso. Pasó sus dedos por el rostro de ella y se sorprendió de la suavidad de su piel, una ligera descarga se liberó en su interior y continuó con su trayecto a través las líneas de cada una de sus facciones. Tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja. Lanzó un juramento a sí mismo por no estar con ella en el momento del ataque. ¿Porque demonios aceptó salir con Sandra cuando pudo haber acompañado a la madre de su hija a casa?, más que nunca deseaba encontrar al miserable que se atrevió a lastimarla y descargar en él toda la furia que se agolpada en su interior.
Se detuvo a mirar su boca y notó que ésta seguía siendo tan tentadora como hacía dos años cuando se encontraron en aquel bar en Atlanta. Una oleada de deseo lo obligó a bajar el rostro y depositar un beso breve sobre sus labios. Helena se movió ligeramente y Leon dio un paso atrás, esperando que ella no se hubiese dado cuenta de su atrevimiento.
— ¿Dónde estoy?—inquirió ella en tono inaudible.
Leon se acercó a ella y le dijo al oído: —Shhh… descansa.
— ¿Y Sam?, ¿Dónde está?—Helena intentó sentarse pero Leon se lo impidió.
—Ella está bien. Jane está cuidándola.
Helena esbozó una sonrisa leve.
—Leon…
—Si —Leon acarició su frente.
—No te vayas —suplicó ella al tiempo que lo tomaba del brazo, somnolienta.
—No te preocupes. No iré a ninguna parte—Leon besó su frente y Helena se quedó profundamente dormida.
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Durante el tiempo que permaneció ingresada en el hospital, los médicos le dijeron que había sobrevivido de milagro. La herida que recibió fue de gravedad pero afortunadamente se logró atenderla a tiempo. Le fueron retirados los equipos médicos y sólo estaba en espera de que le dieran el alta para volver a su apartamento. Jane la visitaba a diario y llevaba consigo a Samantha. A pesar de no tener más familia que su hija, Helena se sentía afortunada de contar con una amiga como Jane, que más que una amiga, era como una hermana.
Helena se volvió hacia el sofá donde Leon dormía plácidamente, pese a que estaba hecho un ovillo debido a su estatura. Aún le parecía increíble que el hombre al cual estuvo esperando en silencio durante dos años, estuviera a su lado en un momento tan difícil.
—Él sólo está aquí porque eres la madre de su hija—pensó con amargura.
Se deslizó de la cama y se puso de pie. Tomó el soporte del suero y caminó hacia el sofá. Una vez ahí, arrastró una pequeña silla y sentó junto a Leon que aún continuaba dormido. Helena miró hacia la ventana; la ciudad aún estaba cubierta por una ligera capa de nieve; sin embargo, el sol de la mañana brillaba en lo alto, iluminando con su cálida luz todos los rincones que alcanzaba.
Leon abrió los ojos y dijo, somnoliento: — ¿Qué haces levantada?, el médico dijo que…
—El doctor Brooks vino esta mañana mientras estabas dormido. Dijo que ya podía levantarme de la cama y caminar un poco.
—Me alegra escuchar eso —Leon se incorporó y soltó un pequeño quejido de dolor.
—Debió ser incómodo pasar la noche en ese sofá —dijo Helena, apenada y bajando la mirada—. No debiste hacerlo.
Leon la tomó por la barbilla y dijo: —He dormido en peores lugares. Además no estaría tranquilo sabiendo que estás aquí sola.
—Insisto, no era necesario. No es la primera vez que estoy sola en un hospital. Cuando Samantha nació, Jane estaba fuera del país con su madre. Así que tuve que arreglármelas hasta que ella estuviera de vuelta—relató Helena recordando la amargura y el dolor que sintió al verse sola y confundida en el momento en que su hija nació.
—Lamento que haya sido así —dijo Leon, con tristeza.
—Fue mi culpa por no haberte dicho la verdad.
Un silencio sepulcral se adueñó del lugar. La brisa helada de la mañana comenzaba a colarse por la ventana y el sol cada vez brillaba con menor intensidad. La tensión entre ellos podía sentirse flotar en el aire; La culpa de nuevo se agolpó en el corazón de Helena, lamentaba haber sido tan egoísta al poner su dolor primero sin pensar en el daño que le causó a su excompañero y a su propia hija.
Helena miró a los ojos a Leon y vio que sus ojos eran aún más azules de lo que recordaba. Una barba incipiente enmarcaba sus duras facciones, dándole un aspecto más peligroso y agresivo. Pasó su mano por su mejilla y ese pequeño roce despertó en ella sentimientos que creyó haber olvidado. Leon la tomó por el rostro y la acercó al suyo, cuando de pronto la voz cantarina de Jane irrumpió en la habitación, rompiendo la magia del momento.
—Lena, ¿Qué demonios haces levantada?— Jane se acercó y la tomó del brazo.
—Estoy bien—respondió irritada soltándose de su agarre.
—Alguien se despertó con muchas ganas de verte.
Samantha corrió desde la puerta y se arrojó al regazo de su madre. Helena reprimió un quejido de dolor y alzó a su hija en brazos.
—Te traje esto, Leon —dijo Jane al tiempo que le entregaba una bolsa de papel y un par de periódicos—. Espero te guste descafeinado.
—Gracias Jane.
— ¿Qué te trae por aquí tan temprano? —inquirió Helena.
—Ya te dije. Sam estuvo toda la noche inquieta preguntando por ti. Esa niña ya no cree cuando le digo que estás trabajando.
Helena abrazó con fuerza a su hija.
—No confía en nadie, igual que su madre —dijo Jane.
—Sam, ¿Por qué no vas con papi?, él también te echa de menos.
La niña se volvió hacia su padre pero éste estaba absorto leyendo la noticia principal de uno de los diarios. Helena miró a Leon y por su expresión notó que se trataba de algo grave.
— ¿Sucede algo? —preguntó.
—Míralo por ti misma —respondió él al tiempo que le entregaba el diario.
"Robo en las instalaciones del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades en Pennsylvania"
Helena puso los ojos en blanco y un ligero temblor se apoderó de sus manos. Continuó leyendo y hasta que las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Esto no puede estar sucediendo… no de nuevo.
—Helena… —Leon la tomó de la mano, intentando tranquilizarla.
"Los cuerpos policiacos en Pennsylvania montaron un operativo de búsqueda para detener a una mujer que sería la responsable del robo a los laboratorios del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades; donde obtuvieron algunas muestras de diferentes virus, entre ellos, una cepa de un agente experimental que se encontraba en fase de pruebas, se cree que se trata del virus C, que atacó varias ciudades de China y Edonia hace cuatro años".
Parecía que sus peores pesadillas comenzaban a hacerse realidad. La última imagen de su hermana con vida, saltó de sus recuerdos y una punzada de dolor recorrió su interior, obligándola a tomar a su hija y estrecharla con fuerza.
Ella deseaba un mundo mejor para Samantha, esa era la razón por la que decidió convertirse en detective, en cada caso resuelto, en cada criminal capturado, Helena sentía que construía un futuro mejor para su hija. Leon la rodeó en un abrazo y susurró: —No dejaré que esos bastardos se salgan con la suya, te lo prometo.
Helena se apoyó en él y cerró los ojos. Confiaba en él, y en su promesa. De pronto el miedo se disipó como la niebla arrastrada por el viento y volvió a sonreír, tranquila.
Holaaaaa!
Gracias por tomarse el tiempo de leer esta historia. Quiero dedicar este capítulo a todos aquellos lectores que insistieron en que continuara con este proyecto, que a pesar del poco tiempo con el que cuento, jamás abandonaría.
Agradecimientos especiales:
Polatrixu: Mi beta galleta original . Quien aguanta mis ratos emo, mis crisis tanto creativas como nerviosas y pone orden a este montón de palabras salidas de esta mente trastornada. Que te puedo decir que no te haya dicho, no me queda más que agradecerte el que dediques parte de tu tiempo revisando y corrigiendo mis escritos. También por estar ahí cuando la fe en mi misma me abandona y me chancleas para que siga haciendo lo que me gusta. Love u Grumpy Beta! :D
MissHarperWong27: Gracias por el apoyo que le das a esta historia, por la presión para que actualizara pero sobre todo creer en mi como escritora. Me conmovió mucho lo que dijiste en el grupo de FB y para mi es motivador saber que uno de mis tantos fics locos te haya inspirado a seguir escribiendo. Este capítulo va para ti, espero te haya gustado y procuraré torturar a Sandra lenta y dolorosamente. Jajajaja!
irondino81: Igualmente, muchas gracias por tu apoyo y tus palabras en el grupo de FB, sé que no te he leído mucho pero sé que eres un autor muy creativo y con ideas originales. Espero te haya gustado este capítulo y voy a procurar actualizar más seguido, jejeje!
Crazy Bitches: Por hacer de la escritura y mis jornadas de trabajo toda una aventura. Las quiero niñas XDDD
Bueno creo que eso es todo. Espero les haya gustado esta entrega. Bendiciones a todos, les envío un abrazo.
Quejas, sugerencias, siéntanse libres de expresarse.
XOXO
Addie Redfield. :)
