Chapter 4
Mientras tomaba un paseo por la plaza de la ciudad. Me había encontrado con una ancianita dándoles pan a las palomas, sentada en medio de una silla del parquecito. Me parecía muy amable a simple vista. Era casi como un ángel débil en medio de una batalla medieval. Sentí inapropiado acércamele, ya que no quería que se ofendiera o asaltara con una presencia de un desconocido. No me conocía y estaba consciente de eso, pero aun así sentí curiosidad por acércamele aunque sea para charlar un rato con ella. No me gustaba ver como las personas de ya avanzada edad estuvieran sin ninguna compañía. La veía un poco triste, y eso me hiso recortar algo muy familiar a mi pasado.
En una cabaña no tan fea, vivía ahí mi querida madre cuidando sola a mi abuela santísima. Mientras mi padre se ocupaba en su trabajo. A ella nadie le ayudaba con mi abuela, bueno excepto yo. Mi madre y yo cuidábamos de mi abuelita en todas sus necesidades y ocupaciones. La bañábamos, le hacíamos de comer, la sacábamos a pasear, la llevábamos a la misa o a otras cuantas partes que ella quería ir. Salíamos al parque de la ciudad con ella a pasear a comer helado a caminar a sentarnos en las banquitas a contemplar los alrededores, y a otras varias cosas. Mi madre se cansaba en lavarle la ropita a mi abuela, sentía un gran dolor en la espalda, y me lo decía constantemente. Yo me sentía muy mal por ella. Quería ayudarla de alguna forma a componerse de su dolor de espalda. Así que pensé en llevarla al hospital, mientras todavía tuviera tiempo suficiente. Ya cuando la lleve me dijeron que tenía que esperar afuera del cuarto donde la tenían hospedada. Esperar me preocupaba mucho. No sabía que más hacer, solamente esperar a que me dijeran que ya pudiera entrar. La quería demasiado, no quería que nada malo le pasara en ese momento. Entonces. Espere. Espere. Espere. No podía contenerme más. Así que entre a declarar, por la demora. Para mi mala suerte, no fueron buenas noticias. Después de lo que me había dicho el doctor, me había desbastado mucho. Nunca imagine que mi mama tuviera SIDA. Ella tan buena persona que pensé que era. Me desbaste mucho que empecé a llorar sin para las ganas que me contenía expresar este sentimiento oculto. Fue el peor día de mi vida. Después de eso el doctor me había dicho que iba a dar de alta a mi madre. Para que me la pudiera llevar a casa y hablar con ella. Pero mi madre ya no me quería dirigir la mirada después de lo que había ello de llevármela al hospital. No entendí por qué en ese instante. Pero pensé que ya no sería de importancia hablar de ese asunto. Quería que todo volviera a la normalidad. Pero sabía que eso no sería posible. Ahora tuve que cuidar de mi madre y de mi abuelita. Ambas eran algo muy importante para mí. Así que hasta el sin fin de los días, las seguí cuidando a ambas. Hasta que mi madre falleció y tuvimos que llevarla al cementerio de nuestra parroquia. Donde estuvimos hasta en los últimos momentos a su lado. Comenzó a llover y usamos los paraguas mi abuelita y yo, para no empaparnos, no había otra casa peor para sentir más tristeza de la que ya sentíamos. Era una escena muy triste, comparadas con las demás, creo que ya mi madre está en manos del Señor Jesucristo. Hubo una luz que reflejaba la tumba de mi mama, como algo hermoso y espiritual. Nunca olvide ese momento. Aunque fuera corto, nunca lo olvide. Ni olvide el momento en que también falleció mi abuela dejándome solo en este mundo sin piedad. Era algo muy triste de aceptar.
En el presente…
Aún estaba esa ancianita ahí sentada. Me sentía algo solo así que fui con ella. Charlamos mucho, de varias cosas de la vida. Nunca imagine que esa ancianita sería muy simpática, pero así fue. Estuvimos riendo por un momento de las cosas que nos decíamos…
-sabes algo joven. Jamás me sentí dan mejor hablando con alguien, excepto cuando era joven. Había en aquellos tiempos una propuesta que había ello con un chico muy guabo si mal lo recuerdo la propuesta consistía en que, quien se subiera al árbol y se bajara de él, más rápido se ganaría un premio. Me había subido a un árbol donde había un panal lleno de abejas. No me había dado cuenta esta que sentí que algo no estaba bien. A mi compañero que aún seguía arriba y no bajaba le habían picado centenales de abejas, solo para ganarse el típico premio de una paleta de fresa. En cuando bajo lo veíamos muy chistoso, que sin darnos a contener aún más, soltábamos un montón de carcajadas. No era motivo para risa, pero si tú hubieras estado ahí, hubieras pensado que ese no era un niño, sino una momia con una sonrisita a medias. Pobre. Nunca supe que fue de él.
-A lo mejor ya a te tener una vida libre sin preocupaciones y sobre todo de abejas.
-Si en eso tienes mucha razón mi querido joven. Ya mis años se están agotando.
-¿Por qué dice eso?
-Porque siento que aquí ya no le hago falta a nadie.
-Pero eso no la debe hacer sentir menos. Usted siempre será alguien importante en este mundo. Siempre debe de haber alguien que se preocupe por usted y que la sepa querer de verdad.
-En realidad si hay alguien que aún me quiere como su propia madre. Y ese es mi nieto.
-Y por qué no está con el seguramente la estará buscando.
-Sé que se preocupa por mí. Pero a veces vengo aquí sola sin él. Porque así me siento más tranquila conmigo mismo. Sé que lo dices para que no me sienta sola y lo comprendo. Pero hay veces que ya no me siento bien. Y quisiera morir en paz. No quisiera que mi nieto sufra por mi muerte, ¿me explico joven?
-Si claro que la entiendo, pero tampoco creo que esa sea muy buena idea.
-Mira lo comprendo, y no te preocupes por mi solamente intentó ser fuerte como los demás. Si puedes algún día decirle ahí a mi nieto lo feliz y orgullosa que estoy por él, se lo agradecería mucho.
-Y exactamente ¿cómo se llama su nieto?
-Se llama Daniel Alejandro Morales.
-Sí, cuente conmigo y ¿sabrá donde vive para decirle la noticia que me encomienda?
-Pues vive por la hacienda He rancia. ¿La conoces?
-Si por supuesto. De ello ahí andes iba a trabajar de herrero.
-Muy bien. ¿Entonces cuento contigo para hacerle llegar la noticia?
-Sí. Cuente conmigo para eso.
-Muy bien, entonces nos vemos en la otra vida.
Entonces la ancianita empezó a desvanecerse como una simple neblina de nubes. Fue algo impactante hablar con alguien que nunca estuvo ahí presente. En eso recordé la misión que me había pedido antes de irse. Ir con su nieto para explicarle lo que me conto su abuela difunta.
