Capítulo 1: Planet Earth is blue
17:22 Centralita 2:
He hablado con la jefa y vais a tener la inmensa suerte de que haya un taller de naves en la zona en la que estáis. Os adjunto la dirección y un mapa de la zona que he conseguido por ahí. Para lo demás os tendréis que apañar vosotros mismos. Ya sabéis el protocolo a seguir en caso de accidente. Intentad llamar la atención lo menos posible hasta que la nave vuelva a funcionar. Tenéis el dinero de emergencia y los traductores universales para entenderos con la gente, y dentro de un rato os enviaré la documentación que hemos conseguido falsificar.
Por cierto, la jefa dice que nos os preocupéis en absoluto de la corte marcial, porque si no conseguís terminar esta misión a la mayor brevedad posible no vais a vivir para enfrentaros a ella.
PD: Reize, tu madre dice que la llames, que está preocupada porque no sabe si te has llevado suficiente ropa de abrigo.
Tan solo una hora antes, La Gemini Storm era una nave de la flota del Aliea que navegaba gloriosamente por el espacio para someter y conquistar la tierra en n ombre del planeta Aliea.
Una hora después, el orgullo de la flota intergaláctica estaba espachurrado contra una montaña.
El lateral que había impactado contra la pared estaba plegado como un acordeón y, ya que habían bajado la pared de roca derrapando, la mayoría del fuselaje de la parte inferior (donde estaban todos los sistemas de funcionamiento) junto con cables y piezas sueltas estaban esparcidos a lo largo de la ladera de la montaña. Habían intentado encender la nave varias veces pero hacía un ruidito lastimero y además olía a goma quemada intensamente.
Una vez evaluados los daños, la tripulación de la Gemini Storm decidió que lo primero que debían hacer era echarse a llorar.
Completado este paso con éxito se pusieron en contacto con la telefonista que tenían asignada para ver cómo podían solucionar el desastre. Rean resultó ser bastante más eficiente en su trabajo que ellos y activó el protocolo de accidente. Los accidentes solían ocurrir con bastante frecuencia a la flota del Aliea: era la precio que había que pagar cuando se asignaban misiones a los novatos recién graduados. Normalmente solían ser pequeños percances sin importancia ya que las naves estaban totalmente automatizadas y podían ir y volver a galaxias lejanas ellas solitas sin necesidad de piloto. La Gemini Storm en concreto era un modelo nuevo. Ninguno de los cinco tenía muy claro como había podido suceder esto, quién había puesto esa montaña en medio, ni de quién era la culpa, aunque coincidían en echársela a Gringo, que era el piloto y el que estaba de guardia en ese momento (era la hora de dormir).
Burn y Reize, capitanes de primer y segundo rango y para los efectos los que mandaban en la misión, habían tomad las riendas del asunto. Tras el desastre se habían tenido que enfrentar a una serie de complejas decisiones, como por ejemplo, si matar a Gringo o no. Tenían posturas diferentes.
— Matar a un miembro de la tripulación no nos va a ayudar a resolver el problema.
— Quizás no, pero a mí me ayudaría mucho, te lo aseguro.
— Bueno, pero yo también mando y digo que no.
— Que te jodan.
Todo esto es muy interesante, pero ¿y si nos centramos en solucionar nuestro problema primero?— intervino Heat.— Y luego ya matamos a quien haga falta. Rean nos ha dado la dirección de un mecánico ¿no?
— La tengo yo, y os diré como ir en cuanto consiga entender los mapas terrestres.— Pandora estaba sentada en el suelo con un mapa de la zona y un bolígrafo, tratando de averiguar como llegar a la ciudad. Era la navegante de la nave.
— Quizás no sea tan grave como parece y podamos volver a la misión pronto.— opinó Nepper.
Como para llevarle la contraria, uno de los paneles laterales de la nave se soltó y cayó al suelo.
— Igual necesitamos un plan por si la cosa resulta ser más grave.— opinó Heat.
— Vamos a no perder la calma. Que la examine el mecánico y si resulta ser lo peor, pues ya pensaremos en como actuar.— Pandora parecía ser la más tranquila. O se manejaba bien en momentos de tensión o estaba tan contenta con poder conocer el planeta a fondo que le daba realmente igual. Durante sus semanas de preparación había demostrado ser una friki de la tierra, así que la última opción era perfectamente posible. En cualquier caso todos tenían una amarga sensación de ser unos inútiles y Reize decidió decir algo como capitán para animar.
— Tampoco somos los primeros novatos que nos hemos estrellado en la primera misión. Es algo que sucede con bastante frecuencia.
— Sí, eso es verdad, la última vez hace pocos meses.— añadió Pandora.— Aquella tripulación que se estrelló en un planeta desierto antes de llegar a su destino, ¿os acordáis?
— ¡Ey, yo sí, lo vi en las noticias! Se habló mucho del tema durante un tiempo, pero luego dejaron de dar novedades, así que no recuerdo pero los rescatarían, ¿no?
Hubo un tenso silencio.
— ¡Pero eso no nos pasará a nosotros!- Pandora dio una palmada intentando levantar los ánimos.— Ellos cayeron a un planeta desierto, la flota no tenía interés en él. Pero en este sí. Vendrán.
Eso era cierto, y no era nada tranquilizador. Los novatos cumplían normalmente el papel de avanzadilla. Su misión era meter un poco de miedo a los habitantes del planeta elegido para que cuando llegase el grueso de la flota no les quedase muchas ganas de resistirse. Aliea no tenía el más mínimo interés en planetas deshabitados: no merecía la pena si no podías sojuzgar y someter a unos cuantos billones de personas. Esa era la misión primordial de la Gemini Storm, pero su arma principal no funcionaba si la nave no lo hacía.
Debían arreglarla y cumplir su misión antes de que llegase la Flota o ellos serían solo cinco personas más a las que sojuzgar y someter.
El chico del taller se llamaba Osamu Saginuma. Al menos de cara a la galería. En realidad se llamaba Desarm. Reize y Burn no tenían muchos datos sobre su vida, pero sabían por el hecho de que dirigía un taller clandestino de naves especiales que era tan poco humano como ellos. El por qué había decidido quedarse a vivir en un lugar tan insulso e incivilizado era un misterio que desconocían, pero, fuese como fuese, había tenido la misma suerte que iban a tener ellos: un aspecto parecido al del terrícola medio, así que había podido camuflarse entre la población y hasta abrir un negocio. El taller Epsilon arreglaba coches y motos en la parte exterior, pero en el inmenso sótano se amontonaban restos de naves espaciales, equipos de radio intergalácticos y demás chatarra. Era ahí donde Desarm hacía negocio. No parecía haber muchos más extraterrestres infiltrados por la zona así que apenas tenía competencia.
— Bueno— dijo limpiandose las manos de grasa tras trastear los bajos de su nave.- Le habéis hecho un buen destrozo.
— Joder, ¿y has tenido que estudiar mucho para deducir eso?— contestó Burn con sarcasmo.
Reize decidió darle un codazo a Burn más o menos disimulado y llevar él el peso de la conversación ya que su amigo no parecía estar familiarizado con el concepto de no tocarle las narices a la persona que tiene en sus manos el único modo de devolverte a casa sano y salvo. Afortunadamente a Desarm no pareció importarle mucho. O estaba bastante acostumbrado a tratar con clientes impertinentes o tenía la paciencia de un santo.
— Lo que mi amigo quiere decir es que nos gustaría saber más detalles, sobre todo el tiempo y el dinero. Tenemos un poco de prisa.
Desarm se rascó la nuca distraídamente. Tenía una sonrisilla que auguraba algo bastante bueno para él, pero pésimo para ellos.
— Os va a costar caro.
— Tenemos dinero.— acotó Reize. Había un sonido chirriante por debajo y no estaba seguro de si era la nave o las muelas de su compañero al rechinar unas contra otras.
— No es el único problema. Esto va a llevar tiempo.
— Cuánto.— sí, eran sus dientes.
— No lo sé. Me tienen que traer piezas de fuera de la galaxia. Y este es un modelo de nave que no conozco.
Por supuesto no la conocía y debía seguir así. Lo que Desarm no debía de descubrir bajo ningún concepto era lo que la nave guardaba en su interior: un cañón de protoneutrones que a estas alturas ya debería haber destruido ciudades en pedacitos. Pero desgraciadamente el cañón no funcionaba si la nave no lo hacía, y en esa tesitura estaban en ese momento. Nada de destrucción ni masacre de masas hasta que estuviese arreglada.
Por suerte, el cañón estaba en un compartimento secreto que Desarm no tenía que tocar para nada en sus reparaciones. Y aunque tocase, estaba bien camuflado...
— Echadle por lo menos un mes... quizás más. Depende de lo que tarde en tener todo lo que necesito.
Reize y Burn se miraron intentando que el pánico que acababan de sentir no se reflejase en su cara. "un mes, quizás más" era la frase más terrorífica que habían escuchado en sus cortas vidas.
— Un mes... es decir, treinta días de veinticuatro horas. Un ciclo lunar.
— Sí, eso mismo. Treinta días cómo mínimo.
Burn y Reize estaban cada vez más pálidos.
— ¿Y qué se supone que vamos a hacer aquí treinta días?— preguntó Burn con una extraña voz aguda que no se parecía en nada a la suya.
— No sé, ¿mezclaros con la población y tomar el sol? Estáis en la playa, disfrutad.
-— Creo que no lo comprendes, no podemos quedarnos aquí tanto tiempo.
"No podemos quedarnos aquí DESARMADOS tanto tiempo" era la frase correcta. Y la flota vendría, y los encontraría con el trabajo sin hacer... empezaban a sentir una desesperación que no podían expresar en palabras. Además suponían que Desarm no iba a mostrarse muy colaborativo si le comentaban su plan para invadir la tierra.
— Me temo que no hay otro remedio.
— Pero podemos pagarte más.
— No es cuestión de dinero, chicos. Soy honrado. No tenéis que sobornarme para que cumpla mi trabajo, es que no puedo arreglarla con piezas que no tengo. ¿Os gustaría que os mandara de nuevo al espacio con una nave insegura?
Burn tenía cara de que le daba igual. De hecho, prefería volver a la estratosfera él solito con un traje espacial, o sin él directamente, antes que quedarse un mes en territorio hostil fingiendo ser humano.
— Si con que arranque ya tiramos, de verdad.
— Estariais arriesgando vuestras vidas.
— No les tenemos mucho aprecio.
— Burn... es que estamos nerviosos.— intercedió Reize. Nerviosos era un eufemismo de "completa y absolutamente aterrados", pero acaba de descubrir entre sus habilidades que se le daba bien poner cara de poker mientras sentía deseos de suicidarse — No nos seduce mucho la idea de estar aquí tanto tiempo.
— Dadle una oportunidad. Quizás os guste. Yo también vine de visita y aquí estoy.
Desarm se volvió para guardar el destornillador que aún tenía en las manos en una caja.
— Procurad llevarlo bien, porque de todas formas de aquí no os vais a marchar antes.
— Qué vamos a hacer.
— Pues lo que nos han dicho, esperar.
— Digo cuando volvamos.
— Preparar nuestro funeral.
— Hablo en serio
— Te he respondido en serio.
Estaban sentados en un banco comiendo un helado. Un helado de piña fuese lo que fuese eso, les había llamado la atención la forma y el color, y los humanos que salían del establecimiento con él de la mano parecían invariablemente contentos. Ellos estaban un poco bajo mínimos de felicidad en esos momentos de modo que se les ocurrió utilizar por primera vez dinero de la tierra en comprar sendos helados. Dinero que les había prestado Saginuma ya que al parecer sus coloridos billetes con puentes y demás muestras de arquitectura (conseguidos en el mercado negro intergaláctico) no eran de curso legal en el país en el que estaban. A ellos les resultaba inconcebible que todo el planeta no usase la misma moneda (ni hablase la misma lengua) como sucedía en Aliea, pero estaba claro que no estaban en casa.
En casa no había helados. Burn había decidido establecer un contador mental de las cosas que le gustaban de casa y las que le gustaba de la tierra. El helado era el único y solitario punto, y estuvo a punto de retirárselo porque le caló los dientes de delante.
Una vez asumido que iban a pasar más tiempo allí de lo que ellos hubiesen deseado y comunicada la funesta noticia a su asustada tripulación, lo más importante a solucionar era buscar un sitio en el que hospedarse. Cuando tuvieran un techo sobre sus cabezas podrían decidir su siguiente paso. En un alarde de buena voluntad por quedar bien con sus compañeros habían decidido, ya que eran los dos al mando, salir ellos mismos a buscar alojamiento y comenzar a mezclarse entre las hordas de humanos.
Lo cierto es que eran muy parecidos a ellos en el aspecto, pero la tierra, su funcionamiento y sus maneras eran tan distintas que la primera vez que habían tenido que ponerse delante de un verdadero habitante terrestre para preguntarle se habían echado a temblar. Lo más gracioso del tema era que, si su aterrizaje no hubiese sido desastroso, no hubiesen venido en son de paz, y ninguno de los dos prefería plantearse si su misión hubiese tenido éxito si solo el "buenos días, ¿podría ayudarles en algo?" de una chica les hacía dar un respingo. Probablemente si la humana (una recepcionista de un hotel precioso con una fuente en la entrada y muy por encima de sus posibilidades económicas) hubiese sabido qué y quiénes eran de verdad, la más asustada habría sido ella, pero en su situación ese pensamiento no les resultó reconfortante, ni tampoco la sonrisa ni la amabilidad de la muchacha. Una vez superado el susto inicial cada vez fue más fácil, pero no acababan de sentirse cómodos. Solo querían sentir que tenían un techo y una puerta tras la cual encerrarse y olvidar ese fatídico día y que estaban en otro planeta.
Antes de abandonar su taller, Desarm, que había resultado ser bastante agradable les dio unos cuantos consejos. Tras supervisar sus fondos (Pandora se había encargado de llevarlos al "banco" fuese lo que fuese eso a cambiarlos por billetes del país) les avisó de que con el dinero del que disponían separando lo que el consideraría que costarían sus reparaciones, siendo cinco personas deberían buscarse un alojamiento "modesto". Les había marcado crucecitas en un mapa de la zona, pero ellos habían optado por entrar a sitios que les parecían más atractivos. Y en ninguno de ellos les daba para vivir.
— Creo que a la vuelta sugeriré que aumenten el dinero de emergencias.— comentó Burn.
— No te harán ni caso. Precisamente si hay poco es para incentivar que no haya accidentes como el nuestro voluntarios. Esto no son unas vacaciones. Creo que si pasamos apuros estarán satisfechos.
— A lo mejor con suerte nos rebajan la sanción.
— Si todo sale bien, ni siquiera nos sancionarán. Sólo es un contratiempo.— Reize mordisqueaba los últimos restos del cucurucho de su helado.
— Tío, deja de ser tan jodídamente optimista, me pones nervioso.
— ¿Estarías más satisfecho si llorase y me tirase de los pelos?
— Joder, sí. Al menos uno de los dos debería hacerlo. Creo que no eres ni medio consciente de la gravedad de la situación.
— Creo que soy más consciente que tú de todo. Pero si has decidido actuar como un niño asustado uno de los dos deberá tomar el control ¿no?
Burn iba a responderle algo, pero no pudo hacerlo porque una especie de sombra peluda y babeante le saltó encima. Reize se apartó a tiempo de la trayectoria del bicho antes de que los arrastrase a los dos al suelo.
— ¡Atsuya!— dijo un chico tirando de la correa que ataba al animal. No parecía que Burn estuviese en peligro de muerte, así que Reize se limitó a mirar la escena divertido, mientras su compañero blasfemaba un rato intentando quitarse las enormes patas de encima.
— Es un perro, ¿verdad?— preguntó una vez que recordó una imagen parecida de uno de sus cursillos sobre el planeta.
Se dio cuenta tarde de que había dicho una barbaridad. Según sus archivos, los perros eran mascotas comunes en la tierra, nadie en su sano juicio preguntaría si algo era "un perro".
Sin embargo, al dueño, un chico de pelo gris con cara de adormilado no pareció extrañarle su pregunta.
— Sí, se llama Atsuya.— Lo acarició con ternura, pero el perro parecía más interesado en seguir gruñéndole a Burn.— Es un poco violento, aunque solo suele hacer esto con los demás perros.
— Ah, pues normal entonces.— comentó Reize. Esquivó la patada a ras del suelo que intentó darle Burn.
— Es que es muy activo.
— La palabra que buscas es psicópata.— dijo Burn mientras se agarraba de la mano de su compañero para ponerse de pie. A Reize sí parecía gustarle el perro color salmón y acercó una mano cautelosa para acariciarle. Atsuya se la olió y movió el rabo.
Creo que le caes bien.
Reize le pasó una mano entre el pelo. Estaba suave y esponjoso. Los animales domésticos en el Aliea no tenían pelo porque se consideraba poco higiénico e incómodo para limpiar.
— ¿No te da asco?— le preguntó Burn con una mueca. Reize le dio una colleja por su poca delicadeza, pero al dueño no pareció importarle. En vez de eso los observaba con curiosidad.
— Nunca os había visto por aquí, ¿estáis de vacaciones?
— Más o menos — comentó Reize.— De hecho buscamos un sitio barato donde alojarnos. ¿Conoces alguno?— Atsuya aprovechó su momento de distracción para darle un lametón en la mano. Al chico se le iluminó la cara.
— La madre de un amigo tiene una casa de huéspedes. Es bárata y es cómoda, ¿por qué no le preguntáis?
— ¿De verdad?
— Claro que sí. Os explico como ir.
Burn y Reize se miraron. A lo mejor la suerte les empezaba a sonreír.
La suerte se estaba descojonando en su cara. Esa era la sensación que tenían.
La casa de huéspedes ya podía ser cómoda, porque se caía a pedazos. Situada en un callejón sin salida, escondido y arbolado, era oscura y antigua. Era de dos plantas y al menos la habían pintado recientemente, por lo que era de un bonito color blanco por fuera. Tenía un jardín delantero, en el cual se encontraban en ese momento, que no había conocido una cortacesped en mucho tiempo, y las puertas y ventanas eran de madera, aunque faltaban contraventanas aquí y allá. El único punto positivo era el porche, que tenía un columpio.
— ¿A dónde nos ha traído el niñato este?- preguntó Burn.
— No lo sé... parece la casa de la bruja de los cuentos de la Tierra .
— No debiste haber tocado el perro. A ver si es de mala educación y se ha cabreado.
— Qué va a ser de mala educación tocar una mascota...
— ¿Habéis venido a criticar mí casa, o queríais algo?
Reize y Burn miraron a su izquierda, en la dirección de la voz que les había interrumpido. A la sombra de un árbol del jardín estaba sentado un chico de pelo blanco que los miraba con fastidio mientras se frotaba uno de los ojos. Había un libro apoyado en su el regazo, pero más bien tenía pinta de haberse estado echando una siesta.
Reize había acabado siendo portavoz muy a su pesar, así que decidió hablar él.
— Perdona, es que estábamos buscando un sitio para hospedarnos y alguien nos dijo que preguntásemos aquí.
El chico frunció el ceño.
— ¿Quién os lo dijo?
— Un chaval de nuestra edad más o menos, con el pelo gris y un perro.- añadió Burn, no muy seguro de para que quería esa información.
El chico puso los ojos en blanco, suspiró y se levantó mientras se sacudía el polvo de los pantalones.
— No sé por qué Fubuki sigue mandándome a toda la gente rara aquí.— comentó como si la "gente rara" no estuviese presente — Mi madre no está y es la que lleva todo el cotarro, pero en fin.— echó a andar pero se paró en la puerta al ver que Burn y Reize no lo seguían.— ¿Queréis ver la casa o no? Por cierto, ¿tenéis nombre?
— Yo me llamo Midorikawa y este es Nagumo.— djo Burn acercándose.
— No seas bromista. Es al revés. Yo soy Midorikawa.— lo corrigió Reize. A él lo mismo le daba llamarse Midorikawa que Nagumo, pero su identificación falsa llevaba foto y la iban a ver en algún momento. Burn lo miró extrañado.
— ¿Ah, sí?
— Cállate, anda.— le respondió con una sonrisa tensa. Llevaba todo el día preguntándose por qué su compañero tenía un rango ligérmente superior al suyo cuando le faltaban cualidades tales como la de callarse cuando era necesario y no meter la pata más de lo debido.
El chico los observó a los dos. Al final sonrió, por primera vez desde que se habían encontrado, con una sonrisa como si le acabasen de contar un chiste muy bueno.
— Yo soy Suzuno, Suzuno Fuusuke. Adelante.
Suzuno les enseñó la casa mientras su madre llegó, y cuando ella anunció el precio resultó que era el único sitio por los alrededores que podían permitirse. Al parecer no estaba muy solicitada ya que en la zona turística en la que se encontraban los turistas preferían los hoteles de mayor categoría a una casa de huéspedes ruinosa. Su única habitante era una mujer joven que dormía en el otro lado del pasillo. Decidieron alquilar tres habitaciones y compartirlas. Pandora dormiría sola como privilegio por ser la única chica. Volvieron al cabo de un rato con sus maletas y el resto de sus compañeros (a Gringo, que no era de la misma raza y no iba a colar como humano decidieron disfrazarlo metiéndole la cabeza dentro de uno de los cascos de los trajes espaciales) y la dueña anunció que sus cuartos ya estaban listos.
— ¡Qué alegría tener invitados nuevos! ¡Y de la edad de mi niño además!— la dueña de la casa, una señora de mediana edad con un tinte rubio que le quedaba bastante mal palmeó emocionada.— Nos van a salvar de la ruina. — le plantó dos besos en la mejilla a su hijo que puso cara de asco y se la limpio inmediatamente.— Fuusuke, acompáñales a sus habitaciones y ayúdales con las maletas.
El aludido les echó una mirada a sus maletas bastante significativa que les dejó claro que veía que tenían brazos y que podían usarlos. Al menos si les acompañó a las habitaciones, señalando con desgana las zonas comunes para los nuevos inquilinos que no habían estado antes, pero demasiado rápido como para que les diese tiempo a memorizarlo todo.
— ...Y desde el balcón del fondo de pasillo tenéis una vista bastante buena de la playa.
Suzuno se tuvo que aguantar la risa cuando cuatro cabezas y un casco verde se volvieron a él con repentino interés.
— La playa... quieres decir EL MAR— Nepper le puso demasiado énfasis a la palabra.
Llevaban todo el día dando vueltas preocupados por el destino y no les había dado tiempo si quiera a recordar que estaban cerca del mar.
— Sí el mar... estamos en LA COSTA, ¿sabéis?
— Claro que lo sabemos.
Suzuno estaba aún evaluando de qué clase de institución mental se habían escapado los seis cuando su madre lo llamó desde abajo. Esperaron a que terminase de desaparecer por la escalera para abalanzarse sobre el ventanal del pasillo.
El mar era más impresionante de lo que habían imaginado, tanto que ninguno de ellos tuvo palabras para describirlo. En el Aliea no había agua en superficie, la hubo muchos siglos atrás, pero con el tiempo toda la superficie del planeta se necesitó para la población creciente y toda el agua se enterró y se canalizó. Había piscinas y lagos artificiales, pero no un océano. Nada tan enorme, tan grande y tan azul. Incluso aunque estaban lejos les llegaba el ruido que hacía las olas chocar contra la orilla. Se quedaron embobados al menos media hora mirándolo.
— No me lo imaginaba tan grande.— comentó Nepper.
— ¿Y qué esperabas? Ocupa la mayor parte de la superficie terrestre, por algo es el planeta azul.— respondió Pandora, que era la única que parecía encantada con la situación.
— ¿Es seguro bañarse ahí dentro?
— Claro que sí, mira bien, todavía hay gente bañándose aunque está anocheciendo. Es lo primero que tenemos que hacer mañana.
El mar y los helados. Ya había dos cosas buenas a favor de la tierra.
Burn bajó con cautela las escaleras hacia el primer piso. Recordaba vagamente las indicaciones que le habían dado sobre la disposición de la planta baja y no tenía muchas ganas de encontrarse con nadie más por lo que restaba de día.
— ¿Buscas algo?— la voz de Suzuno le sacó de sus pensamientos. Acababa de entrar por la puerta principal que le quedaba justo detrás.
— El baño.
— Es esa puerta de ahí. ¿Quieres que te acompañe o podrás ir solo?
Burn no conocía mucho a Suzuno, pero lo único que sabía es que decía todo con un tonito de superioridad que le comenzaba a parecer irritante.
— ¿Te parece que soy tonto o qué?
— No lo sé, aún no te conozco.
"Vale, cuenta hasta diez... a Reize no le va a hacer gracia que mates a alguien el primer día... o quizás sí, a eso hemos venido, ¿no?"
— En cualquier caso, esa es mi habitación. Por si necesitas algo. Aunque si no lo necesitas mejor.— Suzuno le señaló una puerta igual que todas las demás de la planta superior.
— No lo necesitaré, me las apaño muy bien solo.- "Capullo"
— Pues muy bien.
— Pues perfecto.
Se quedaron un rato mirándose hasta que Suzuno gruñó y desapareció detrás de la puerta de su habitación. Burn Estaba aún en mitad de la entrada cuando oyó una voz suave a sus espaldas.
— ¿Me dejas pasar por favor?
Se dio la vuelta y se dio un respingo al ver a una chica de pelo azul y ojos entrecerrados justo detrás de él. Había llegado allí silenciosamente.
— Ah, perdona...
Ella lo observó de arriba a abajo bastante descaradamente.
— ¿Eres un inquilino nuevo?
— Eso parece por desgracia.
— Me llamo Kurakake Clara. Llámame Clara, es como me llama todo el mundo. Vivo aquí cerca y soy amiga de Suzuno, así que me pasó a menudo.
— Ah... yo me llamó Nagumo.
Algo pareció extrañar a Clara. Abrió los ojos más de la cuenta durante un segundo y luego los volvió a entrecerrar.
— Si tú lo dices... Ya nos veremos.— avanzó con paso decidido en la casa y se dirigió a una de las habitaciones posteriores. Nagumo se quedó mirando el pasillo por el que había desaparecido. Aquella chica, como el resto de terrícolas que había conocido, no le gustaba.
Dos suaves golpes en la puerta de su habitación, sutiles y flojitos. Suzuno se levantó del ordenador sabiendo a quién iba a encontrar detrás. Clara no le saludó al abrir la puerta, le puso el libro en las manos.
— Ya me lo he leído.
— ¿Y te ha gustado?— era una pregunta casi retórica. Clara solo se encogió de hombros.
Entró en la habitación, así que Suzuno supuso que tenía algo de lo que hablar con él. Si no, hubiese vuelto corriendo a su tienda. Desde que su madre había enfermado estaba ella sola atendiéndola hasta que encontrasen un ayudante, así que útimamente su amiga siempre iba con prisas. Y de hecho no espero mucho para contarle lo que tenía en la cabeza.
— Me he encontrado con el inquilino nuevo.
— ¿Cual de ellos? — preguntó Suzuno colocando el libro de nuevo en la estantería.— Han llegado cinco hoy
— El pelirrojo. El que dice llamarse Nagumo.
Suzuno cerró la puerta.
— ¿Dice?
— No se llama así.— Clara se sentó en el borde de la cama. Suzuno sonrió.
— Cuando llegaron solo venían él y un chico de pelo verde y se equivocaron con los nombres. Lo intentaron disfrazar de broma, pero era muy evidente. ¿Sabes como se llama?
Clara negó con la cabeza.
— Aún no. Es diferente...
— ¿Qué es diferente?
— Su aura... ¿puedo venir más veces?
— Nunca te he dicho que no vengas.
Aquello era orgullo profesional. Clara tenía que descubrir que era lo que la incomodaba de los nuevos inquilinos.
En la estantería de la habitación había un reloj con unos números verdes brillantes. Reize supo leerlos gracias al traductor universal: las dos y media de la mañana del día más largo de su vida. La Tierra tenía una luna, pero para su mala suerte cuando habían salido corriendo al jardín para verla de noche se habían encontrado sin nada. Luna nueva. Aliea tenía más de una luna pero no eran reales, todas eran satélites artificiales de comunicaciones o de defensa, así que una de las cosas que más le ilusionaron cuando le encargaron esta misión era poder ver una luna de verdad. A decir verdad se concentró en eso en vez de pensar en las otras cosas que tendría que hacer que no le gustaban nada, pero, como su destino era no tener suerte en la vida, ni siquiera eso había podido cumplir.
Al lado del reloj había unos cuantos libros. Cuando se hartó de dar vueltas en la cama cogió uno al azar y salió al balcón. Les había tocado una terracita pequeña que tenía luz y así no molestaría a su compañero de habitación que parecía dormir lo más apaciblemente del mundo. Se sentó en el suelo de terrazo bajo el cielo sin luna y abrió el libro. Había sido muy fácil distraerse durante el día con la adrenalina de lo peliagudo de su situación y todos los preparativos de lo que tendrían que hacer durante el mes siguiente, pero ahora de noche no eran tan sencillo aislarse de la realidad. Necesitaba algo que le ayudase a olvidarse de que estaba a millones de kilómetros de casa, en un planeta desconocido sin nave espacial, sin ayuda y solos.
Él no quería unirse a la flota. No tenía el más mínimo interés en conquistar o destruir ningún planeta. Para el planeta Aliea era casi su modo de subsistir pero bueno, había otros mundos por ahí que no se metían con sus vecinos y les iba bastante bien.
La primera vez que expreso estas ideas en voz alta fue a sus compañeros de clase. Se rieron de él.
La siguiente vez fue dentro del aula, durante un debate. Hicieron venir a sus padres al colegio. Su padre lloró...
A partir de ahí había intentado ser un buen hijo y no meterse en líos. Había aceptado entrar en la escuela de la flota. Cada año los diez peores alumnos eran expulsados, y aunque él se esforzaba enormemente, nunca tuvo la confianza de que iba a llegar hasta el final, y si tenía que ser sincero, ese pensamiento le reconfortaba. Pero pasó el primer año, pasó el siguiente, sus padres cada vez estaban más ilusionados y finalmente, para su propio asombro, se graduó.
Ir al otro lado del espacio para alguien que nunca ha salido de su ciudad es una idea inconcebible. Los últimos meses los había vivido como si estuviese dentro del cuerpo de otra persona, una que trabajaba y estudiaba los detalles de su primera misión y se movía por inercia mientras su mente dentro de él se dividía entre la incredulidad, la excitación y el horror. Ni siquiera se lo creyó cuando su madre lo abrazó y lo besó en la plataforma de lanzamiento.
Casi se había sentido aliviado cuando chocaron contra esa montaña. Cuando quedó claro que el cañón no iba a funcionar.
Tenía un mes para hacerse a la idea y hacer lo que se esperaba de él.
Y seguía estando solo y lejos de casa.
— Odio este sitio, es una mierda todo.
Burn asomó una cabeza revuelta de pelos rojos y unos ojos entrecerrados y legañosos. Se dejó caer a su lado en el balcón.
— Dime que no te gusta esto.— Reize le señaló el mar, que brillaba bajo las estrellas delante de ellos.
Burn medio gruñó dejándole claro que estaba decidido a odiar cada centímetro del país que estaban pisando.
— Estará fría y húmeda como en todas partes. Da igual que esté en la superficie, el agua siempre es agua.
— Estás insoportable.— Reize suspiró cerrando su libro.— Pues yo quiero ver la luna.
— Yo lo que quiero es volver a casa.— apoyó la cabeza en las rodillas.
A Reize le dio un escalofrío. Entendía lo que sentía Burn porque lo sentía él también. Ese miedo. El miedo a no poder volver, a saber que si era necesario para la seguridad del planeta, nadie vendría a buscarlos. Pero no debía pensar eso: no ahora. Uno de los dos debía mantener la moral alta. Le pasó una mano temblorosa, que él esperaba que fuese reconfortante, por el pelo.
— Y volveremos. Tomémonos esto como unas vacaciones.
Burn se quejó bajito y Reize se apoyó en la pared.
No estaban en casa, pero al menos no estaban solos.
¡Hola a todos! Muchísimas gracias por los favoritos y los comentarios (que voy a contestar ahora mismo). Aquí tenéis el primer capítulo, un poco aburrido porque tenía mucho que explicar, pero ya iremos entrando en materia poco a poco. Ahora ya sabéis de qué va la hisotiria, que el prólogo no aclaraba mucho. No sé si alguien se imaginaba que no todos los aliens del Aliea iban a ser aliens en realidad, pero así es. Si alguien ha echado de menos a Hiroto no os preocupéis que volverá, y Fubuki está ahí porque es un personaje que me encanta y nunca antes había tenido la ocasión de escribirlo. Espero hacerlo bien.
Voy a tener una semana y media ocupada, así que el siguiente se retrasará un poquitín, pero espero tenerlo dentro de dos semanas.
Gracias a Fres por betearlo, y si tenéis algún comentario, duda, sugenrencia, lo que sea será bien recibido. Besitos y gracias por leer.
