Capítulo 3: Moonage Daydream

Extracto del informe oficial sobre el asunto X02 de la escuela de la armada.

Aún no hemos sido capaces de identificar de que modo el sujeto pudo infiltrarse en un sistema tan bien protegido como la escuela de la armada. Llegó como un estudiante más con el programa de intercambio estudiantil interplanetario con nuestros planetas hermanados y su historia no hacía sospechar en absoluto que pudiese pertenecer a Gran Hermano. Es cierto que en los últimos tiempos hemos tenido más problemas que de costumbre con agentes de esta agencia consiguiendo burlas nuestras defensas y entrar en el planeta, pero creemos que se trata de errores humanos y en ningún caso se debe acusar de negligencia a la dirección de la escuela de la armada, siempre diligente, eficaz y entregada.

Declaraciones no oficiales del Director de la escuela de la armada en referencia al asunto X02

"Ya hemos vuelto a quedar como gilipollas."

Gran (al menos él lo había conocido como Gran) era el chico raro que se sentaba al fondo de la clase. No le prestó demasiada atención al principio. Apareció de la nada en mitad de curso y desde el primer momento hubo algo en él que no encajaba. Reize lo veía pero ya tenía suficiente con preocuparse de encajar él mismo como para adoptar a otro inadaptado, así que se dedicó a ignorarle. Los demás empezaron así, pero pronto descubrieron que era más divertido reírse de él. Gran ni si quiera parecía darse cuenta.

Luego pasó aquello, la fiesta, los juegos, las risas y Reize nunca debió involucrarse pero había algo en la mirada de Gran que le daba pena. Cogió una botella de alcohol de encima de la mesa y se llevó a Gran de un brazo de la fiesta antes de que sus compañeros pudieran reírse más de él. Así se conocieron.

Dos bichos raros, una fiesta cruel, una botella de alcohol y una noche demasiado larga. Una combinación nefasta.

Era la primera vez en su vida que Reize bebía y le soltó la lengua de mala manera. O quizás no fuese el alcohol, porque no bebió tanto como para poder echarle la culpa. Tal vez solo tenía ganas de contarlo todo y ya está. Se encontró a las dos de la mañana hablándole a Gran de como había llegado a la escuela de la armada, de lo poco que le gustaba y de como iba a graduarse en tres meses sin desearlo si quiera. De como estaba viviendo la vida que sus padres querían y aún así esforzándose con todas sus fuerzas porque era lo único que se le daba bien.

Le contó todo lo que le angustiaba a un desconocido porque a veces es más fácil sincerarse con alguien que no conoces.

Gran no le dijo nada, solo lo escuchó, y él lo agradeció. Desde ese día empezaron a pasar más tiempo y a sentarse juntos en clase. Se hicieron amigos. Reize agradecía tener alguien que no le juzgase por pensar como él lo hacía, pero al mismo tiempo había algo que no le cuadraba. Por qué Gran era diferente. Por qué estaba de acuerdo con él cuando nadie más lo estaba. Hasta que se lo preguntó.

Un grave error.

Porque a Gran lo había criado Padre y Padre le había enseñado a no mentir a no ser que fuese en virtud de un bien mayor como, por ejemplo, su misión en la escuela (había mentido en un mes a todo y a todos y moría un poco por dentro cada vez que tenía que hacerlo). Pero no se le miente a las personas que quieres. No a Reize. Así que una tarde tan larga como la noche en la que se habían conocido le dijo quién era en realidad.

Nadie se tomaba en serio a los predicadores (entre ellos mismos se daban el pomposo nombre de "agentes") de Gran Hermano. Eran un grupo de pirados que se dedicaban a localizar grupos de terroristas para ir a darles la chapa sobre el amor, la bondad, las buenas manera, la paz universal y otras mierdas similares. Rara vez conseguían su objetivo de que nadie desistiese en coger las armas (más bien las cogían con más empeño para apuntar a la cabeza del predicador en cuestión), pero eran extraordinariamente persistentes y pesados. Tenían su base en un satélite artificial llamado Sun Garden y una organización de primera. Eran los únicos que conseguían colarse en Aliea como si aquello fuese suyo sin que fuesen capaz de detenerlos ni de averiguar cómo entraban ni salían.

Quizás por eso la armada empezaba estar un pelín hasta las narices y recompensaba con generosidad cualquier pista sobre un miembro de Gran hermano.

Reize podría haberlo denunciado. De hecho, debería haberlo denunciado, y nunca jamás habría tenido que esforzarse por algo que no le gustaba. Le hubiesen recompensado, colmado de honores y se hubiese graduado con un puesto más alto, aunque quizás hubiese renunciado e invertido el dinero de su recompensa en abrir una panadería o un negocio similar donde no tuviese que matar a nadie. Salvo a Gran, al que habría condenado en el momento de descubrirlo. Y eso era algo con lo que sabía que no podría vivir.

Tener conciencia a veces es una mierda.

Consiguió persuadirlo para que se marchase antes de que nadie se enterase, antes de que se metiesen en un lío los dos. Eso fue lo que le convenció. La escuela de la armada solo se enteró de que había un infiltrado en sus filas una vez se hubo ido. A ellos los dejó en vergüenza y a Reize una promesa: volverse a encontrar.

Y Gran nunca mentía. Nunca a nadie a quién quisiese.

Reize bajó las escaleras de dos en dos y de tres en tres, saltó el último tramo, atravesó la sala común a todo correr ante la mirada atónita de sus compañeros que se habían levantado para acercarse al televisor a verle el color de las bragas a Aphrodi mientras se lo montaba con Hera encima de la mesa de profesores, abrió la puerta de golpe, salió al jardín y se chocó con Gran.

Si no hubiese tenido las ganas de matarlo subiéndole por la garganta y nublándole la vista hubiese podido apreciar la sonrisa que ilumino su rostro en ese momento.

— ¡Hola! — le dijo alegremente, como si acabasen de encontrarse comprando el pan en la panadería de la esquina y no a años luz del último lugar en el que habían coincidido.

— Tú... qué... coño... haces... aquí— A Reize le faltaba el aire, puede que por la carrera, puede que por el ataque de ansiedad que estaba a punto de sufrir. Gran solo se acomodó la mochila roja, una mochila demasiado grande como para estar de paso no pudo evitar pensar Reize.

— Lo mismo que tú. Tengo una misión.

— Una misión relacionada con nosotros — No había que ser un lince tampoco para entender qué hacía allí en ese planeta dejado de la mano de dios.

— Por supuesto. Mi padre conoce la tierra y le tiene mucho cariño.

— Pues vuélvete y dile que está a salvo. Nuestra nave se rompió.

— Ya lo sé. No estará arreglada hasta dentro de un mes y mientras tanto estáis viviendo en esta casa con nombres falsos. Tú te haces llamar Ryuuji Midorikawa — Gran no dejaba de sonreír, como si encontrase la situación verdaderamente divertida.

— ¿Como demonios... el Gran Hermano.

Un brillo de orgullo asomó a los ojos de Gran.

— Eso mismo.

— Mira, no vas a conseguir nada así que...

— ¿Pasa algo, Midorikawa?— Un grupo de cabezas curiosas asomó por la puerta principal tratando de ver dónde estaba el fuego. De hecho, la cara de sus compañeros cuando vieron a Gran fue todo un poema, y lo hubiese encontrado cómico de haber podido sentir algo más que ira homicida. Se habían quedado tan alucinados que no acertaron a hablar y Hitomiko fue la que aprovechó, mientras entrecerraba sus ojos azules escrutadores.

— ¿Quién es?

— Un amigo mío que me dijo que igual venía a pasar unos días— Reize no había terminado la frase cuando quiso darse de tortas mentales. Le estaba poniendo en bandeja a Gran la excusa, pero en ese momento no se le había ocurrido nada mejor que responder. Ahora entendía un poco mejor a Burn y su historia absurda de los suizos.

— Así es, le prometí a Midorikawa que vendría a pasar unos días con él — corroboró Gran con falsa sonrisa cándida de vendedor de aspiradoras—, y me preguntaba si podría hospedarme aquí también.

Reize y sus compañeros cruzaron miradas esperando que alguno hiciese algo y quedó claro que no les habían elegido para la misión por su rapidez mental, porque de nuevo se les adelantó otra persona antes de que pudiesen evitar el desastre.

— ¡Por supuesto que puedes quedarte!— una encantada Rinko se abrió paso a empujones. Casi se podía distinguir el símbolo del yen en sus pupilas. A este paso hasta podría arreglar las goteras que en invierno inundaban las habitaciones de la planta superior y sobre las cuales no había creído conveniente advertir a sus inquilinos actuales— Soy Rinko Suzuno, la dueña de la casa.

— Yo soy Hiroto Kiyama.

Rinko lo guió hasta la recepción, con todos detrás siguiendo la jugada sin saber muy bien que hacer.

— ¿Tú también eres sueco?

— Suizo, mamá.

— Bueno, eso mismo.

A Reize se le pusieron los pelos de punta pero de forma totalmente innecesaria porque por algún motivo "Hiroto" también sabía de su tapadera.

— No, la empresa de mi padre tiene tratos con la de ellos pero está establecida aquí, en Japón. Aquí tiene su tarjeta de visita — le pasó una a Rinko— , el número de su móvil personal por si hubiese algún problema — otra tarjeta más — ,y aquí tiene mi numero de cuenta para descontar todos los gastos de mi estancia — otro papel y más sonrisas y reverencias.

El Gran Hermano sabía hacer las cosas bien, eso era un hecho. Todo por banco, legal y transparente, no como ellos. Nadie sospecharía nunca de Gran y su carita de niño bueno. Rinko parecía encantada.

— Fíjate, que niño tan majo y educado, no como otros — no miró a su hijo, pero tampoco hizo falta.

— Tienes el teléfono de su padre, llámalo y proponle un intercambio— le respondió Suzuno dándole vueltas a la tarjeta de la compañía entre los dedos.

— Es mi hijo, ya lo irás conociendo. No muerde, aunque si te da miedo podemos ponerle un bozal.

Gran soltó una risa de esas solidarias pero poco comprometidas por no enemistarse tan pronto con el chico que tenía delante, que tenía pinta de ser de los que no perdonaban una ofensa jamás. Reize miraba como Rinko rellenaba el libro de registro con incredulidad. Sentía como si alguien le hubiese dado al botón de acelerar del vídeo, demasiado rápido como para reaccionar.

— Pero que te quedas de verdad.

— Claro, ¿no habíamos quedado en eso, Midorikawa? Nos lo podemos pasar muy bien todos juntos.

Al otro lado de la habitación Burn, Pandora, Heat y Gringo no tenían cara de irselo a pasar muy bien todos juntos. Le hacían gestos a Midorikawa como si él solo pudiese hacerse cargo de la situación, como si fuese su responsabilidad. Que en parte sí, lo era.

La armada interrogó a todos tras la marcha de Gran y todos señalaron a Reize como su mejor amigo dentro de la escuela a pesar de que solo habían convivido durante un mes. Nunca hubo evidencias de que él supiese realmente con quién estaba tratando, de modo que no tuvieron nada contra él. Pero en la mente de todos sus compañeros quedó grabado que Reize era el mejor amigo de Gran. De un miembro de Gran Hermano.

— Midorikawa, ¿podemos hablar un momento?— Heat lo llamó con voz aguda.

— Bueno, pues esto ya está. Si quieres subir a dejar tus cosas esta es tu habitación — Rinko le tendió una llave— Fuusuke...

— Que sí, que ya. Por aquí.

Suzuno tenía supuestamente muchas obligaciones en la casa pero la única que cumplía de verdad era enseñar a los inquilinos las instalaciones, y hasta eso lo hacía de malas maneras. Le hizo el mismo tour en dos segundos demasiado-rápido-como-para-que-recuerdes-todo que ya sufrieron los demás y lo dejó en la puerta de su habitación, con la llave de la mano porque ya era mayorcito para entrar él solito. Cuando iba a mitad de las escaleras oyó a los otros cuchichear justo en el hueco bajo estas. Debían de haberse escondido ahí de su madre y Hitomiko, y no era un mal plan de no ser porque deberían haber supuesto que él bajaría por esas mismas escaleras. Se sentó en el escalón a escucharlos.

— ¿Cómo quieres qué sepa qué hace él aquí? Yo no tenía ni idea — Midorikawa parecía indignado. Se les había notado a la legua que no querían a su amigo, fuese quién fuese.

— Pues haz algo para que se largue de aquí antes de un mes— contestó la voz de Nagumo

— ¿Y por qué tengo que hacerlo yo?

— Porque está aquí por ti— intervino Nozomi— No me mires así, es la pura verdad, todos lo sabemos.

— Ya lo tenemos bastante crudo para encima tener a un plasta de Gran Hermano de por medio.

"Gran hermano" era lo único que podía entender Suzuno de esa conversación, salvo que no tenía ni idea de qué pintaba el ente todopoderoso de 1984 en ella. O el programa de televisión. Participantes de Gran Hermano Suiza a la fuga era algo que les pegaba con el coeficiente intelectual que les presuponía.

— Esto no es responsabilidad solo mía. Somos un equipo.

— Pero solo va a escucharte a ti.— ese era Atsuishi, que parecía más calladito que los demás.

Hubo un silencio y un par de cuchicheos que no pilló del todo bien hasta que Midorikawa estalló.

— Me sacáis de quicio. Me voy.

— ¿A dónde? Si es casi de noche

— A dar una vuelta, a donde sea, pero lejos de vosotros y de él.

— Trame un té helado. De melocotón — pidió Nozomi.

— Ve tú a por él, traidora.

Suzuno subió las escaleras para esconderse antes de que Reize abandonase, a paso rápido, el hueco. Los otros cuchichearon un poco y volvieron al salón también. Él se quedó un rato más dónde estaba, aún más confundido que antes.


Tras el revuelo del nuevo vecino la proyección fue suspendida y Fubuki decidió que ya no pintaba nada allí. Despertó a un Atsuya que babeaba muy felizmente la alfombra de la entrada y volvió a casa. No vivía muy lejos, en la zona mas humilde de la ciudad, o más bien la más antigua. Las gentes de las casas viejas y las callejuelas estrechas donde ellos vivían a penas ponían el pie entre los grandes hoteles y los edificios nuevos que habían ido creciendo como setas a medida que empezó a explotarse la zona de manera turística. Ellos se seguían considerando los herederos de su pequeño pueblito de pescadores, como siempre había sido.

Llevaba toda su vida en el mismo sitio y nunca había sentido deseos de marcharse, pero casi todos sus amigos de la infancia se habían ido ya. Solo le quedaban Suzuno y Clara, y a veces se sentían un poco solos y abandonados. Como si hubiesen sido los únicos que no habían avanzado. Le hacía ilusión volver a ver a Afuro porque había sido un buen amigo suyo. Siempre le había parecido que pegaba poco en su pequeña ciudad, y cuando se fue y se hizo famoso en cierto modo le pareció que había llegado a donde correspondía.

— ¡Buenas noches!— dijo al entrar a su casa.

— Buenas noches— contestaron a coro su padre y su madre. Acababan de terminar de cenar y estaban recogiendo la mesa — ¿Cual era esa buena noticia que tenía que darte Suzuno?— preguntó su madre.

— ¿Os acordáis de Afuro?

— ¿Tu antiguo amigo ahora estrella de culebrones?— aportó su padre — .Claro que sí.

— Vuelve aquí para pasar el verano.

— Anda, qué bien. Estarás contento ¿no?

— Pues sí. Vamos a hacerle una fiesta y... ¿en serio, hay algo que no te parezca mal?

Fubuki se volvió hacia Atsuya, que simplemente ladeo la cabeza con la lengua fuera. Sus padres intercambiaron una mirada significativa.

— No es un latazo preparar una fiesta, es un amigo al que no vemos desde hace tiempo y se lo merece, además ¿qué más te da a ti, si la fiesta no es aquí?

El único cambio significativo en Atsuya es que había dejado de mover el rabo y había puesto las orejas muy tiesas.

— Bueno, pues yo pienso ir. Tú puedes hacer lo que quieras — Fubuki se metió muy enfadado en su habitación. Su madre suspiró mientras veía al enorme perro color salmón acomodarse en su cama en el salón. Lo quería mucho, pero se había arrepentido muchas veces de comprarlo.

Cuando el equipo de fútbol se desmanteló, Fubuki parecía muy triste. Sus padres pensaron en animarle regalándole algo que le hace ilusión a todo niño que se precie: un perro. La primera vez que Fubuki mantuvo una conversación con él como si pudiese contestarle todos se rieron. La segunda vez también. A la décima se empezaron a preocupar. Cuando Fubuki declaró que hablaba con él porque Atsuya era su hermano y él le contestaba, lo mandaron al psiquiatra.

Doble personalidad reflejada en su perro.

Estaba claro que las medicinas no estaban funcionado. De nuevo tendrían que volver y quizás le aumentarían la dosis. Atsuya se acercó a la madre de Fubuki y le dio con el morro en la mano.

— Quizás sería más fácil echarte de casa. Aunque entonces Shiro no me lo perdonaría nunca y lo mismo se ponía hablar con la lámpara o el armario.

A ella no le gustaba nada la cara que se le ponía cuando le daban las medicinas pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Era su madre, y su deber era decidir lo que era mejor para él.


Nepper volvió más o menos como Heat había previsto, cabizbajo y decaído. No le quiso contar qué había pasado, pero el hecho de que su ligue hubiese pasado de ser "un ángel de pelo salmón" a "esa bruja con cara de asco" ya era bastante explicativo. No le prestó atención a la explicación que le dieron él y Gringo sobre la llegada de Gran y se metió a la cama con ganas de que el día se acabase pronto. Gringo también acabó por acostarse temprano y él se quedó al lado de la ventana, intentando encontrar alguna solución a sus problemas, a pesar de que ese no era su trabajo, porque él no era el líder de la misión. Ni de la misión ni de nada

Heat no tenía madera de jefe. Eso le había quedado claro desde siempre. Era analista y bueno con los números, inteligente, pero callado y tímido. No estaba hecho para mandar. Durante años había soportado que diversos reclutas le pasaran por delante, incluido su amigo de la infancia Burn, sin estar mejor capacitados que él, pero era algo que tampoco le importaba. Heat no era un líder, pero tampoco quería serlo.

Un zumbido encima de la mesa le alertó. Había insistido desde su visita al taller en quedarse con el intercomunicador y, como Reize y Burn estaban hasta las narices de Rean, se lo habían dado sin preguntarle nada.

— Hola tonta— la saludó al descolgar.

— Hola idiota. Tengo lo que me encargaste. Que por cierto, ¿ese encarguito no deberían habérmelo hecho los capitanes?

Heat se salió al pasillo para no despertar ni llamar la atención de sus compañeros de cuarto y se dirigió al balcón.

— Bueno, no son especialmente observadores. Reize creo que tiene demasiadas cosas en la cabeza intentando que no nos pillen y agradece cualquier ayuda, sin pensar que pueda no ser desinteresada. Y Burn... bueno, es él mismo.

— Por favor, no dejes que nos ponga el ridículo.

— No soy su madre.

— Mientras estéis allí, sí.

— Bueno, ¿qué tienes?

— Pues en realidad no mucho... — oyó un ruido de teclas al otro lado de la línea — No hay informes de Desarm antes de aparecer en la tierra, ni sabemos de dónde viene ni por qué decidió quedarse allí. Solo que hará unos cinco años empezó a aparecer información sobre su taller, la pasaba a todos los planetas que organizaban viajes galácticos, y le ha ido bastante bien.

— No has encontrado nada nuevo — esa información la conocía ya, excepto porque no sabía cuanto tiempo llevaba el taller en funcionamiento, pero tampoco le aportaba nada.

— Lo intento, ¿vale? No es fácil, ha sabido borrar sus huellas muy bien. Pero si os mandaron allí las altas esferas no puede ser malo, ¿no?

— O no había otra cosa. A mí me da igual, cuanto más conozco la tierra menos ganas tengo que reducirla a cenizas. Pero me preocupa lo que pase con la nave porque dependemos de ella para volver a casa.

Hubo un silencio al otro lado de la linea. Al fin y al cabo Rean los conocía desde pequeños. Ella también estaba preocupada, y no solo por su puesto de trabajo. Heat pensaba contarle lo que había pasado hoy con Gran, pero decidió guardárselo para el día siguiente y darle las malas noticias de una en una. Tenía la voz tan apagada y cansada...

— Seguiré investigando, ¿vale? No os desaniméis y tened cuidado. Sobre todo tened cuidado.

Ella estaría tan preocupada por ellos como lo estaba él por ella.

— Tú también.

Heat colgó el intercomunicador. No sería un líder pero era con mucho el más listo de los que iban en la nave.


Hiroto estaba tecleando su informe del día. Tenía que enviarlos a su padre informándole de su progreso, aunque no había habido ninguno, porque después de llegar Reize se había enfadado y había desaparecido y él no había querido tentar la suerte con los demás (a los que no conocía tan bien como a Reize) tan pronto. Tenía que saber más de ellos antes de empezar a jugar sus cartas. Normalmente los agentes tenían un protocolo a seguir, pero él pensaba improvisar porque no creía que le sirviese de mucho en este caso.

Su cometido era hacer que los seis terroristas desistieran de su misión y depusieran las armas, y si era posible, llevarles a Sun Garden. Él no era tan ingenuo como para considerar que fuese a irle bien con los demás. Los habitantes de Aliea eran un hueso duro de roer. Pero Reize detestaba estar en la armada, lo cual ya facilitaba parte de su trabajo, aunque lo tenía difícil si no quería hablarle. Afortunadamente aún tenían un tiempo mientras la nave seguía en reparaciones en el taller Épsilon. Hasta Gran Hermano estaba teniendo problemas para conseguir averiguar algo de Desarm y eso le intrigaba, pero ya se ocuparía lo antes posible.

Había algo más en juego que la bondad de Reize, y era el planeta tierra. Su padre amaba ese planeta, que había conocido en su juventud, en uno de sus primeros viajes, y la felicidad de Padre era siempre lo primero. Gran tenía que salvarla y a sus habitantes fuese como fuese. Con Reize o sin él.


Reize pasó los dos días siguientes evitando a Gran allá donde fuese. Era consciente de lo sospechoso que resultaba su actitud, pero a esas alturas de la vida ya le daba igual. Gran, o Hiroto en la tierra, por su parte parecía un alma en pena intentando llamar su atención. Le hablaba y no le contestaba, lo llamaba a su cuarto y cuando abría y veía que era él le cerraba la puerta en las narices. Lo sentía mucho pero estaba muy enfadado. Era consciente de que él tenía sus obligaciones como agente de Gran Hermano, pero lo había puesto en evidencia y lo hacía sentir como el eslabón más débil del grupo, la pieza que fallaba en la cadena. Era el único cuyo error pelirrojo del pasado había atravesado miles de años luz para morderle el culo y no era algo que le hiciese sentir bien, por muy nobles que fuesen las intenciones de Gran.

El cual acababa de entrar por la puerta de la cocina con la misma cara de cachorrito apaleado que ponía cuando el veía.

— Buenos días — le saludó con alegría. Reize se limitó a dedicarle su mejor cara de odio infinito mientras masticaba sus cereales con parsimonia.

Gran suspiró y se sentó a su lado. Reize se apartó.

— ¿No te parece un poquito infantil tu actitud?

— Sigue tocándome las narices más, te vas a tragar la cuchara.

— Al fin me hablas — Gran parecía contento. Reize se giró mosqueado.

Burn entró a la cocina bostezando para romper la magia del momento.

— ansdbsdsdías — masculló a modo de saludo.

— Vaya horas. Hay un dicho en la tierra que dice "A quién madruga dios le ayuda".

— No conozco a ningún dios terrestre además de los que salen en Olimpus High School así que me da igual — reparó entonces en Gran — .Anda, si sigues aquí.

— Y aquí voy a seguir hasta que os decidáis a escucharme.

— Jo tío, no me creo que gente como tú sea de verdad — le soltó. Luego se sentó delante de Reize quitándole la caja de cereales. Este parecía estar pensando algo.

— ¿Has encontrado trabajo?— le preguntó volviendo a hacer como si Gran no estuviese allí.

— ¿Todavía sigues con eso?

— Nos hace falta. Yo ya tengo uno.

— ¿En serio? ¿Desde cuando?

— Ayer lo encontré. Desde esta tarde soy camarero en un restaurante de la zona. Los demás han salido ya a buscar. Solo faltas tú, capitán.

A Burn aquello le empezaba a parecer una insubordinación intolerable con objeto de dejarle mal.

— Sois unos gilipollas, y por qué no me habéis avisado.

— ¿Necesitáis dinero?

— Métete en tus asuntos, Gran.

— Si necesitáis os puedo prestar.

— Muérete.

— No oye, escúchalo que igual dice algo interesante — opinó Burn. Reize torció los labios.

— Busca trabajo. Y pronto.

Se levantó y casi estampó el tazón de cereales contra la pila antes de salir. El numerito fue lo bastante impactante como para que a ninguno de los dos se les ocurriera replicarle nada.

— Ya tiene bastante mal carácter como para que encima me lo cabrees más— le reprochó Burn a Gran. Se levantó de la mesa de la cocina y se topó con su otra persona menos favorita, que se levantaba aún más tarde que él.

— Buenos días — le ladró Suzuno con su misma cara de asco de siempre. Su pelo parecía un nido de algún tipo de pájaro. Era fascinante en cierto modo.

— Hola — contestó Burn sin hacer ni el amago de sonreír. Cada uno siguió su camino, uno hacia la cocina y Burn hacia la puerta, cuando de pronto se acordó de algo y volvió atrás.

— Suzuno

El aludido asomó la cabeza por la puerta que acababa de traspasar con expresión extrañada. Normalmente Nagumo tenía las mismas ganas de conversar que las que tenía él: ningunas.

— ¿Pasa algo?

Nagumo tenía aspecto de tener más ganas de arrojarse desde el tejado que de pedirle un favor, pero no le quedaba otra.

— Me preguntaba si conoces a alguien que esté interesado en contratar a alguien.

Suzuno frunció el ceño.

— ¿Te refieres a ti? ¿Necesitas trabajo?

— ¿Te crees que te lo preguntaría si no?

A pesar de lo lento que le funcionaban el cerebro por la mañana, cayó en la cuenta en seguida que de hecho sí que conocía a alguien . Era una persona que estaba necesitada con urgencia de un trabajador más para la tienda. Y por una vez Suzuno no lo hacía por fastidiar, sino que realmente les podía hacer un favor a uno y a otro.

Que colateralmente le hiciese mucha gracia era un asunto a parte.

— Pues la verdad es que sí. Mi amiga Clara necesita a alguien para que le eche una mano en su tienda. Su madre está enferma, y aunque no es grave, necesita toda la ayuda posible de Clara en casa, y eso no les deja mucho tiempo.

— ¿Clara es tu amiga, la chica calladita del pelo azul?

— Esa misma. Si quieres te puedo dar su dirección.

Unos minutos después Nagumo tenía una dirección y un mapa explicativo en medio folio de papel. Suzuno presuponía que él no estaría muy contento pero Clara estaría encantada al menos. Le había puesto sus sujetos de estudio favoritos en bandeja.


Los habitantes de la tierra se habían ganado el derecho a no sufrir demasiado cuando recuperasen su nave. Burn no podía salvarlos pero les debía al menos eso. Excepto a Suzuno. No le reservaba una muerte rápida. Lo torturaría despacito y con saña, con sus propias manos. Lo tenía decidido. Sería su momento feliz.

El aquelarre, la tienda de Clara, era una tienda de brujería. En el Aliea cualquier tipo de superstición parecida había quedado prohibida hacía mucho tiempo, pero en la tierra aún eran populares y sorprendentemente parecidas a las clandestinas que aún perduraban en casa, aunque las imágenes y motivos religiosos no se pareciesen en nada a las de su planeta. Aún estaba observando el escaparate cuando vio uno de los ojos azules de Clara observándole desde detrás de la puerta entreabierta. Dio un respingo.

— Sabía que venías— dijo ella

— ¿Lo has intuido con tus poderes brujiles?

— No. Vivo encima y te he visto por la ventana — le contestó ignorando el sarcasmo. Le abrió la puerta para que entrase — ¿A qué debo el placer de tu visita?

Burn no tenía muy claro si debía quedarse allí o salir huyendo, pero aún así contestó.

— Suzuno me ha dicho que necesitáis un trabajador.

A Clara se le iluminó el rostro.

— Nos hace mucha falta. No me digas que quieres trabajar para nosotros. A mí me gustaría mucho trabajar contigo.

Lo dijo con una alegría sincera, sin entrevista previa ni comprobar sus aptitudes para el trabajo. A Burn, el más que evidente interés que Clara tenía en él le ponía muy nervioso.

— Bueno quería...antes de saber como era tu tienda.

Era estrecha y alargada. Solo un pasillo sinuoso y oscuro lleno de estantes abarrotados hasta el techo, del cual colgaban diferentes cadenas y amuletos. Para angostar aún más el pasillo había mesas dispuestas con cartas y otros objetos a su alrededor. Burn se quedó mirando al techo y chocó con la pata de una de las mesas, que estaba llena de cestitos con piedrecitas de colores que casi caen al suelo.

— Por favor, ten cuidado. Esas piedras son de las caras.

— Oye Clara. De verdad que necesito el trabajo pero... creo que voy a seguir buscando. No me veo haciendo esto. Es que yo no creo en estas cosas.

Ella lo miró como si no comprendiese.

— No es necesario que creas para trabajar aquí.

— Verás, no quiero ofenderte pero no tengo buena opinión de este tipo de negocios. No te enfades, seguro que tú y tu madre lo hacéis con buena intención, pero siempre he tenido la impresión de que engañan a la gente.

Clara se quedó en silencio durante unos minutos.

— Nagumo, no todo el mundo tiene el don. De hecho, muy poca gente lo tiene. Todo lo que hay en esta tienda no puede funcionar por sí solo, necesita que lo tengas. Si no, todo lo que vendo aquí no son más que baratijas. Aquí no mentimos nunca. Si alguien me preguntase, le diría eso mismo. Pero, ¿crees que alguien lo hace?

No sabía si debía responder a eso, pero Clara continuó.

— No lo hacen porque no les interesa. Y cuando alguien lo ha hecho, le ha dado igual mi opinión. Ellos quieren creer que saben manejar esto, que les va a ayudar. Para algunas personas es su única respuesta. Yo hago que se sientan mejor.

— Vamos, me estás diciendo que la gente viene porque quiere que la engañes.

Clara parecía orgullosa de él.

— Ya lo vas cogiendo. Sígueme y te explico cómo va todo.


Suzuno estaba en su cuarto intentando sobrevivir al calor que despedía su viejo y cascado ordenador entre un ventilador y un vaso de agua helada cuando llamaron a la puerta.

— ¡MAMÁ, LA PUERTA!— gritó a los cuatro vientos.

Cuando volvieron a llamar se levantó y se asomó.

— ¿Mamá?

No parecía haber ni rastro de su madre. De su madre ni de nadie. Cuando llamaron por tercera vez no le quedó más remedio que recorrer él el camino hasta el jardín. Se imaginaba que sería el cartero con algún paquete, o algún vecino plasta.

Lo que no se imaginó fue encontrar detrás a un sonriente Afuro Terumi.

Ninguno de los dos supo que decir, se quedaron mirándose con la incomodidad propia de cuando te encuentras a alguien a quien conoces bien pero no ves desde hace años.

Cuando Suzuno volvió a ver a Afuro convertido en Aphrodi en la tele no le pareció su mejor amigo. Sí, era él, su nombre, su cara, su voz, pero su expresión era distinta. No se parecía en absoluto al niño que adoraba de pequeño y al que seguía a todas partes, y aquello le entristeció muchísimo. Sabía que todos cambiaban con los años, posiblemente él hubiese cambiado, y también Fubuki, pero al estar los dos juntos no les había parecido que fuese así. Afuro había crecido al margen de ellos, se había convertido en otra persona y era una persona que Suzuno no conocía.

Sin embargo, al abrir la puerta, la cara que tenía delante era la de su amigo de toda la vida. Afuro, no Aphrodi.

Y él debía estar pensando lo mismo porque soltó una carcajada mientras le echaba los brazos al cuello.

— ¡No has cambiado nada!

Suzuno no se había dado cuenta hasta que lo abrazó de lo mucho que había echado de menos a Afuro.


— ¿Una fiesta, para mí?

Algo que no había cambiado de Aphrodi era su capacidad de adaptarse a cualquier situación y no sentirse incómodo. Estaba sentado en la silla de Suzuno con los pies encima de su escritorio. Como si llevasen días sin verse y no años.

— Es mañana porque pensábamos que era cuando llegabas. Pero si te viene mal el día se puede cambiar.

Fubuki acababa de llegar y bebía en silencio un zumo de piña con una pajita mientras pensaba la facilidad con la que se bajaba Suzuno los pantalones delante de Aphrodi. En sentido figurado.

— No, qué va, me viene perfecto. Una fiesta es lo mejor que si no el verano se va a hacer muy largo.

Se peinó el pelo rubio, y por un momento pareció que el tiempo no había pasado.

— Me sorprendió mucho que decidieras venir de repente. Pensé que ya no querías saber más de este pueblo – dijo Fubuki mientras Atsuya intentaba comerse un calcetín que había encontrado por el suelo — ¿Dónde vas a dormir?

— En mi casa antigua. Se la he comprado al tipo al que se la vendimos en su momento - contestó como si los chicos de dieciséis años fuesen habitualmente comprando casas por ahí.

— ¿En serio?

— En serio. No sé, Corea está bien pero yo nací aquí... y a veces siento como que necesito volver de vez en cuando para encontrarme a mí mismo. Así que con el dinero que he ganado en la serie recuperé mi casa. Y además me apetecía pasar el verano con mis antiguos amigos — les sonrió.

— Lamentablemente no queda nadie más del antiguo equipo de fútbol que nosotros dos y Clara. Hemos intentado contactar con ellos, pero los que hemos localizado viven bastante lejos. Nadie podía venir.

O nadie quería venir. Algo extraño tenía su pueblo que cuando la gente conseguía salir nunca quería volver a entrar.

Aphrodi se encogió de hombros.

— Más que suficiente. Eramos nosotros los que eramos amigos de verdad. ¿No seguís jugando al futbol?

— No. El equipo se disolvió no mucho después de que tú te fueras- le explicó Suzuno.

— Pues es una lástima. Sería guay volver a jugar todos juntos.

A Fubuki esa es una idea que se le había pasado por la cabeza más de una vez, pero nunca lo había llevado a cabo porque nunca había encontrado ni la suficiente gente ni la suficientemente interesada. Pero ahora el pueblo se estaba animando, Afuro había vuelto cuando parecía imposible y quizás era hora de intentarlo otra vez. Siguió bebiendo de su zumo sin prestar demasiada atención a la conversación de sus dos amigos, haciendo sus propios planes. Además, quizás centrándose en el deporte consiguiese dar la imagen de un chico serio y normal y sus padres dejaban de prestarle atención a Atsuya, que le babeaba el pantalón con la cabeza apoyada en su pierna.

— ¿Y tú que piensas, merece la pena intentarlo?


El primer día de trabajo en la tienda no fue tan mal para Burn. Una señora entró para que le echasen las cartas (Clara se ocupó de eso, aunque la señora insistía en que quería que se las echase él porque tenía ojos "mas sinceros") un par más entraron a mirar pero sin comprar y cuatro niñatos se rieron de ellos desde fuera. La mayor parte del tiempo Burn no tuvo nada que hacer salvo escuchar las explicaciones de Clara sobre qué eran y para qué servían cada cachivache de la tienda, ya que la idea era que él pudiese apañárselas solo cuando ella no estuviera.

Lo preocupante era que hiciese lo que hiciese tenía los ojos de Clara clavados sobre él. Hasta comerse un bollo relleno de chocolate era un hecho seguido con viva atención por ella. No le había preguntado demasiadas cosas para su alivio, pero aún así, cada vez que le comentaba algo sobre su supuesta vida de manera casual ella ponía una cara rarísima, como si la pinchasen con una aguja.

Burn no era supersticioso, pero estar encerrado en un sitio tan pequeño con una chica tan rara le estaba empezando a mosquear. No pensaba renunciar (el trabajo era fácil y Clara simpática. Además, Reize y Pandora habían conseguido sendos trabajos como camareros y viendo lo reventados que habían vuelto tras sus primeros días ni se planteaba cambiarse con ellos), pero tendría que andarse con cuidado.

Reize ya había vuelto también y estaba cambiándose de ropa cuando él entró al cuarto.

— ¿Qué tal tu primer día?

— Trabajo para una bruja — dijo tirándose boca abajo en la cama. Reize tomó asiento en la de enfrente

— ¿Tan mal te ha tratado?

— No, de hecho me ha tratado genial. Una vez superado el mal rollo inicial resulta que es una tía bastante maja. Y me ha traído la merienda. Pero es una bruja. En el sentido literal de la palabra.

Reize se echó a reír.

— ¿Vas a empezar a creer tú también en esas cosas?

— Creo que ella sospecha algo.

— Todo el mundo sospecha algo.

— Pero creo ella lo hace con fundamento. Cree en espíritus y fuerzas paranormales, cómo no va a creer en extraterrestres.

Reize tamborileó en el colchón con los dedos antes de volverse a levantar

— Que crea en lo que quiera, mientras no tenga pruebas qué más da.

Cogió el cepillo de lo alto de la cómoda para ir al baño a terminar de arreglarse. Burn se incorporó en la cama extrañado.

— ¿Por qué te emperifollas tanto?

— Porque tenemos una fiesta.

Se llevó una mano a la frente.

— Ostras, la fiesta del ídolo de nenas. Se me había olvidado del todo. ¿No podemos escaquearnos?

— Podemos, pero quedaríamos mejor si vamos.

— Y es importante quedar bien con las personas a las que vas a esclavizar en un mes. Por supuesto.

Reize arrugó la cara.

— Bueno, yo pienso ir, tú puedes hacer lo que quieras. Un poco de diversión no nos va a matar.

A Burn a veces le apetecía fastidiar. Primero, porque le gustaba y segundo, porque Reize estaba de un subidito inaguantable como si él fuese el jefe de todo y un tío superresponsable.

— No, voy a ir porque en la fiesta habrá invitados interesantes — su compañero lo miró sin comprender — .Como tu amigo del alma, el que ha venido de visita. Con todos los invitados delante vas a tener que ser simpático con él.

Reize se pegó a la pared como un ratón arrinconado por un gato. No había pensado en eso.

— No tiene gracia.

— El hecho de que no te haga gracia es lo que lo hace gracioso.


La fiesta fue como todas las fiestas, decepcionante para las expectativas que todos tenían en ella. En general el planteamiento ya era bastante cutre: K-pop para la ocasión, ganchitos y mediasnoches de jamón york como si estuviesen celebrando su graduación de la escuela primaria. De hecho, Rinko había colgado de las paredes diferentes fotos de los niños en los tiempos del colegio y con el equipo de fútbol, muchas de ellas de esas que solo una madre es capaz de encontrar adorable pero que para su sufrido hijo y sus amigos era bochornoso. Así que ahí estaban, a edad de intentar colarse en las discotecas con un carnet falso sujetando un vaso de coca-cola en la mano, los éxitos de Super Junior de fondo y el medidor de vergüenza ajena y propia a punto de desbordarse.

Esto era lo mejor que habían podido prepararle a Afuro como fiesta de bienvenida. Eran gentes sencillas de pueblo, él también nació allí, seguro que lo comprendía.

Y de hecho el protagonista no solo no se había quejado en ningún momento sino que parecía estar en su salsa, a pesar de que sin duda había ido a fiestas glamurosas con ídolos de Corea y de que las mediasnoches se habían quedado duras porque las habían preparado por la mañana y se les había olvidado taparlas con papel transparente. Había llegado la mar de contento con su pelo rubio recién salido de la plancha despachando sonrisas y guiños para todos los presentes. Excepto para Suzuno, al que solo había saludado de pasada antes de que el gentío se lo tragase ya que, aunque habían querido mantener el asunto de la fiesta estrictamente en privado, de algún modo había acabado enterándose cualquier ser humano con dos cromosomas X en diez kilómetros a la redonda. La casa de los Suzuno se había llenado de chichas que ellos no conocían de nada pero que estaban empezando a robar las fotos de las paredes. Mientras Rinko intentaba rescatar de las manos de unas fans histéricas los recuerdos de la infancia de su hijo, este empezó a buscar a Afuro entre la gente. Tras un cuarto de hora de escasos resultados al que encontró fue a Fubuki, que se estaba quedando dormido sentado en una silla apoyado contra la puerta corredera que daba al jardín. Suzuno se acercó y le quitó el vaso de las manos, que empezaba a inclinarse peligrosamente hacía el suelo de madera.

— Sé que no es la fiesta del siglo, pero tampoco es para quedarse dormido.

— ¿Eh? — Fubuki lo enfocó con ojos vidriosos — Ah, no es eso, la fiesta está bien. Solo estoy un poco cansado.

— ¿Y Atsuya? — acababa de darse cuenta de que Fubuki había venido sin su inseparable perro guardián.

— Está en casa — de pronto estaba un poco incómodo, y Suzuno tuvo un mal presentimiento que se confirmó en la frase siguiente — es que esta mañana fui al médico...

No tuvo que decir nada más para que su amigo hilase solo lo que estaba pasando. Pastillas nuevas y la prohibición de ir con Atsuya a todas partes.

Mentiría si dijese que a él no le empezó a preocupar cuando Fubuki empezó a desarrollar otra personalidad. Pero teniendo en cuenta que no hacía daño a nadie no le parecía que atiborrarlo a pastillas fuese a ser la solución a ningún problema.

— ¿Quieres que te traiga un café?— le preguntó con amabilidad, la que se guardaba para ocasiones especiales con personas especiales. Como Fubuki.

— No, estoy bien — dijo frotándose los ojos — .Creo que voy a ir a bailar un rato.

Suzuno no había visto a Fubuki bailar en su vida, pero supuso que lo haría bien. Hacía bien casi cualquier cosa.

— Pues buena suerte, pero ni hay sitio ni hay nadie bailando.

— Aquí no, pero he escuchado a unas chicas decir que habían montado una pista de baile en los pasillos del piso de arriba.

— ¿Qué? Creo que esto se está saliendo de madre...hablando de lo cual no veo a la mía. Pienso que deberíamos desalojar a todas las personas que se han colado sin ser invitadas.

— Pues no parece que vayan a irse por las buenas, al menos mientras Afuro siga aquí.

— Hablando del rey de Roma, ¿lo has visto si quiera?

Fubuki negó con la cabeza.

— Pensé que estaría contigo

— Casi ni me ha saludado al pasar. Voy a ver si puedo encontrarlo y que me ayude a controlar a sus fans.

Tras asegurarse de que Fubuki no se iba a caer subiendo las escaleras (se lo dejó a cargo a dos chicas que debían de haber venido por Afuro pero habían cambiado de objetivo nada más ver a Fubuki de lejos), Suzuno intentó abrirse paso entre la multitud. Al fin encontró a su amigo arrinconado contra una pared por un grupo de chicas. Afuro les hablaba con un acaramelamiento y una sonrisa en la cara tan encantadora y empalagosa como falsa. Dejó de prestarles atención en cuanto lo vio acercarse y Suzuno se topó de pronto con cuatro rostros hostiles y amenazadores. Dio dos pasos atrás.

— ¡Hola!

Le echó valor a pesar de que las expresiones de las chicas le decían a las claras que se fuese por donde había venido o que se atuviese a las consecuencias.

— Como que hola, no me has dicho nada desde que llegaste, y eso que la fiesta es en mi casa. — le echó en cara intentando evitar cruzar la mirada con las arpías secuaces de Afuro. O de Aprhodi. Porque ese era Aphrodi en carne, hueso y ojos de cordero degollado. Estuvo a nada de preguntarle si llevaba las bragas rosas puestas, y si no lo hizo fue solo porque la horda de admiradoras feroces tenían pinta de sacarle las entrañas por la boca si se le ocurría meterse con su ídolo. A pesar de que el tuviese muchísimo más derecho que ellas.

Aphrodi tenía más problemas con sus dos personalidades, la privada y la pública, que Fubuki. Suzuno acababa de conocer a Aprhodi y ya no lo soportaba. Lo vio colocarse el pelo detrás del hombro, pestañear con ojos enormes y brillantes y hablarle con una voz de satén horrible y condescendiente.

— Tonto, ya vine a saludarte en persona a ti ayer, ¿no? Y le he dado las gracias a tu madre al llegar. En vez de ponerme cara de palo se bueno y tráeme una coca-cola.

— ¿Y por qué no vas tú a por ella? O se la pides a alguna de estas chicas, parecen deseosas de darte cualquier cosa que les pidas.

Aquello era ir un poquito demasiado lejos y jugarse el cuello, pero para su fortuna no le fue mal. Salió vivo de la situación, pero se llevó una respuesta de Afuro que no esperaba.

— Se caballeroso. Estaba hablando con ellas que llegaron antes que tú.

Si hubiese sido cualquier otra persona del mundo, probablemente Suzuno le hubiese soltado la burrada más gorda de todas las que se le estaban desfilando para que eligiese por la cabeza en ese momento y de pasó le habría tirado la bebida por la cabeza. De hecho estuvo muy tentado de hacerlo. Pero en vez de eso fue a por un maldito vaso a llenarlo de coca-cola y a dejar su dignidad dentro.

La estúpida fiesta había sido una idea horrible, y no fue porque él no avisó.

— Pues nada, espero que disfrutéis de la conversación — dijo estámpandole la coca-cola en la mano y tirando la mitad al suelo.

Qué importaba, de todas formas todo ese desastre iba a tener que limpiarlo él.

Ellas llegaron antes que tú. No. Él estaba ahí antes que nadie. Fue el primer amigo de Afuro cuando aún era un niño pequeño con el que nadie se juntaba porque mezclaba el japonés con el coreano y no lo entendían. Lo que le molestaba a Suzuno es que no hacía ni cuarenta y ocho horas que Afuro había pisado la ciudad y ya se lo estaban robando. Sabía que era un ataque de celos irracional de niño pequeño en el patio del colegio, pero no tenía la culpa de ello. Al fin y al cabo, la última vez que había visto a Afuro tenían siete años, había pasado nueve y no podía evitar retrotraerse un poco a esa época cuando estaba con él, a mucha gente le pasaba cuando venía a sus amigos de la infancia. Así que decidió no hacer nada por reprimir su enfado y se salió al jardín.

— ¿Estás bien? — le preguntó Clara cuando lo vio pasar.

— Perfectamente — sabía que ella era consciente de cuando le mentía, pero en ese momento no quiso preocuparse por ello. La dejó allí en el salón, con la misma expresión de una persona a la que le clavas una aguja.

— Mil y pico años luz de distancia y resulta que una fiesta siempre es una fiesta. Quién lo iba a decir — Reize y Burn estaban en una esquina observando el desastre que se estaba produciendo en casa de los Suzuno. Pandora hacía rato que se había perdido encantada de la vida de hacer nuevas amistades terrestres, a Nepper y a Gringo los habían invitado a jugar al twister y nadie tenía ni idea de dónde estaba Heat, aunque como era un chico listo probablemente se hubiese encerrado en su habitación.

— ¿Cuánto calculas que tenemos que estar aquí para cumplir con nuestros anfitriones?

— Yo creo que ya está bien. Además entre tanta gente ni se va a notar que faltamos. Lo que no sé es si podremos dormir con tanto ruido.

— Con quitarnos de en medio ya me vale.

Reize asintió y dejó su bebida a medio terminar encima de la mesa. Se dio la vuelta y casi se choca con Gran. A Burn este encuentro le alegró la noche que por lo demás estaba siendo de lo más soporífera.

— Anda, fíjate, tu amigo Hiroto, ¿qué suerte, eh?

Parecía que le había tocado la lotería.

— Pensé que había conseguido esquivarte.

— No he bajado hasta ahora. No me gustan las fiestas.

No era un comentario casual.

— ¿Te traen malos recuerdos? Porque a mí sí.

— ¿Podemos hablar un momento?

— No — A Reize le faltaba ladrar.

— Pobrecito, con todo lo que ha hecho para poder estar contigo, dale una oportunidad — Burn se lo estaba pasando en grande y si Reize aún hubiese tenido su bebida de la mano se la hubiese tirado por encima. Por suerte su castigo llegó en forma de chica bajita y morena.

— Buenas noches, Nagumo.

Clara había aparecido tan silenciosa y discretamente como siempre. Miraba a Nagumo como un niño que mirase su juguete favorito en la repisa de una juguetería.

— Jefa, ¿qué haces tú aquí?

— Soy la mejor amiga de Suzuno — explicó — y conozco a Afuro, obviamente estaba invitada.

— Obviamente. No sé por qué no se me ocurrió antes — comentó Nagumo pensando en lo bien que habría hecho quedándose en su cuarto.

— ¿Quieres que nos tomemos algo juntos?

— Es que no me gusta mezclar el trabajo con mi tiempo de ocio — contestó.

— No seas así, eso no se le dice a una chica — pinchó Reize. Se estaba vengando y con ganas.

— Tú lo tienes peor que yo — le replicó Burn en voz baja.

— Eso ya lo veremos — le contestó antes de volverse a su acompañante — Anda vamos, Hiroto, hoy es tu día de suerte.

Se lo llevó de la mano con intención de aclarar las cosas de una vez por todas, pero no era fácil encontrar un sitio donde conversar. Llegaron a la cocina, donde un par de chavales desconocidos se estaban preparado unos huevos fritos con salchichas. Sería un milagro que la casa no acabase ardiendo aquella noche.

— Vamos a aclarar esto de una vez por todas. No me gusta que estés aquí.

— Ya me he dado cuenta. Llevas días sin hablarme. La dueña de la casa no para de preguntarme si está todo bien.

— ¿A qué has venido? — cuando vio que Hiroto abría la boca para responder rectificó — Vale, olvídalo, sé a qué has venido. No puedo decir que no se me pasase por la cabeza que apareciese algún imbécil de Gran Hermano a fastidiar mientras estuviesemos aquí pero, ¿por qué precísamente tú? No somos tan amigos como tú te crees.

Si a Gran le molestó esa afirmación no lo demostró

— Porque me necesitas.

— No, yo no te necesito. Nadie os necesita nunca en ninguna parte.

— ¿Ni siquiera aunque llevemos la razón?

— Aunque creas que la llevas.

— Aunque yo crea... ¿y qué pasa contigo? ¿Tú crees que lo que haces está bien? Porque hace seis meses...

Reize lo interrumpió.

— Shhh. Yo ya no soy la misma persona que hace seis meses.

— No, es cierto. Ahora eres Midorikawa, y creo que me cae mejor que Reize. Pero ni tu yo de hace seis meses ni tu yo actual van a ser capaces de terminar esta misión y entonces quizás agradezcas que pueda sacarte de aquí antes de que llegue la flota.

Reize sonrió burlonamente

— ¿Y llevarme a Sun Garden?

— ¿Por qué no?

— Porque a lo mejor lo que hace Sun Garden con las personas no es tan diferente de lo que hace Aliea con los planetas que conquista.

Midorikawa se marchó y Gran decidió no seguirlo. Tenía ganas de rebatirle eso último que había insinuado, pero no iban a avanzar mucho en su relación continuando por ese camino, así que decidió posponer la conversación hasta otro día. Aún tenía bastante tiempo, aunque las cosas se le estaban complicando más de la cuenta.

Se sentía un poco perdido y pensó por primera vez que igual esa misión le venía un poco grande. Nadie excepto él mismo esperaba que hiciese nada más que darle la típica charla a los terroristas, incordiarlos un poco e intentar ponerles trabas, pero nada más. De hecho, su misión consistía específicamente en eso, era él el que se había propuesto otros objetivos. La inmensa mayoría de las misiones de Gran Hermano fracasaban (y aunque él era pacifista no dejada de sorprenderle y de ponerle un poco triste los pocos recursos con los que cuenta una persona cuando no puede recurrir a la violencia). Nadie se lo echaría en cara si volvía con las manos vacías. Pero a él le dolería. No solo por Midorikawa, le estaba cogiendo cariño a la tierra y no pensaba abandonarla a su suerte en manos de aquellos salvajes.

También estaba aquél otro asunto que lo incomodaba tanto o más que su misión. Pero no estaba seguro de poder meterse en él o de si su intervención no empeoraría las cosas. Dio unas cuentas vueltas sin rumbo y acabó en el jardín. Se estaba mucho más a gusto ahí fuera que dentro con el calor sofocante.

El jardín estaba sorprendentemente despejado, salvo por un par de personas que parecían haber salido a tomar el aire y el hijo de la dueña de la casa, que estaba sentado debajo de su arbol favorito. Era la única persona en los alrededores que Hiroto conocía, así que se decidió a hablar con él. En esos días no habían intercambiado más que un par de saludos casuales.

— ¿Puedo sentarme aquí contigo? — le preguntó cuando llegó a su lado. Suzuno levantó la cabeza.

— Pagas por sentarte donde quieras de esta casa.

Hiroto tomó asiento.

— ¿Qué haces aquí fuera?

— Mi infancia traumática me estaba sacando de quicio así que he salido a tomar el aire, ¿y tú?

— No me gustan las fiestas. Suelo meterme en líos cada vez que voy a una.

Suzuno parecía extrañado.

— ¿En serio? No das mucho ese aspecto.

— Las personas no son siempre lo que parecen ser — contestó de manera enigmática con una media sonrisa.

— ¿Ya te has reconciliado con tu amigo? Se nota que no te quiere para nada aquí.

— Ya se le pasará. Normalmente nadie me quiere nunca en ningún lado así que estoy acostumbrado.

Lo dijo de manera casual, como si no le afectase en absoluto.

— Eso suena muy deprimente.

— Depende de como te lo tomes

— ¿Siempre tienes respuestas para todo?

— Me educaron para eso.

Unos gritos junto con la música cortándose interrumpieron su conversación.

— Creo que mi madre ya se ha hartado. Mira que la avisé de que esto iba a ser un desastre.

— ¿Cómo habéis invitado a tanta gente?

— No lo hemos hecho, han venido solos. Me encantaría saber a quién se le escapó lo de la fiesta. En fin — Suzuno se levantó— voy a ayudarla a desalojar antes de que empiece a llamarme a voces.

— Buena suerte con eso.

Suzuno le hizo un gesto de despedida y se dirigió a la entrada cuando de pronto recordó algo.

— Hiroto, ¿tú has leído 1984?

La sonrisa de Hiroto se ensanchó. En cierto modo era siniestro.

— Yo no, pero mi padre sí. Es su libro favorito.


Esta vez he tardado un poquito más de dos semanas, que teniendo en cuenta que esto es un monstruo de más de nueve mil palabras no está nada mal. Por cierto, como soy un desastre y cuando escribo estas notas estoy cansadisima se me pasó algo importante que era la edad de los chavales. Como en el otro fic largo que hice tienen 15 años espero que a nadie le haya extrañado demasiado encontrárselos aquí con 16 (no encontré ocasión de colarlo dentro del fic y que sonase natural hasta ahora). Yo siempre suelo subirles la edad porque me da más juego y me quita dolores de cabeza con según qué cosas.

Otra cosa que se me pasó fue comentar de dónde saqué lo de Gran Hermano aunque me parecía bastante obvio. Por si quedan dudas Suzuno os lo explica bien en el capítulo. No se me ocurría un nombre mejor para una agencia que lo sabe todo que el Gran Hermano de 1984.

Ya está aquí Aphrodi, y ¿recordais como cambia en la serie de ser la diva divina del equipo del Zeus a un chico normal en el Raimon? pues algo así he querido hacer con él. Me daba miedo sacarlos a él y a Fubuki en el fic porque no estoy nada acostumbrada y aún me cuesta. Espero que me vaya encontrando mejor con ellos poco a poco.

Por lo demás para cualquier comentario me podéis dejar un review. Muchas gracias y espero que os haya gustado este capítulo. ¡hasta la próxima!