Cuando empecé a escribir a los personajes del Aliea tuve muy en cuenta el poco canon que tienen. Esto es sus líneas de perfíl del juego. Os aconsejaría que las buscaséis, sobre todo la de Pandora, porque así entenderíais mejor cierta parte de este capítulo.
Todas los títulos excepto algunos (el segundo) son o títulos o frases de canciones. Pero eso no hace falta que lo busquéis, posiblemente solo tenga sentido para mí.
Capítulo 4: The Great Pretender
Cuando aterrizamos aquí este mundo me parecía horrible y espantoso y lo único que quería era acabar con todo cuanto antes. Estaba enfadado con este estúpido planeta y de haberme sido posible estoy seguro de que hubiese cumplido mi misión con una eficacia inusual para un cadete de la Armada. Pero paso lo imposible y tuvimos que hacer frente a demasiadas cosas para las que no estábamos listos. Empezamos a perder la confianza y creí que no seríamos capaces de salir del agujero negro en el que nos habíamos metido.
Sin embargo aún no sé como lo hicimos pero salimos adelante. Hicimos más de lo que se nos pedía y nos sentimos orgullosos de nosotros mismos. Ahora cada día es mejor que el anterior.
Lo cual es infinitamente peor. Mucho peor que al principio.
Anotaciones de la tripulación de la Gemini Storm en el cuaderno de abordo
Tras el desastre natural que resultó ser la fiesta solo quedó hacer el recuento de daños. Dentro de lo que cabía la casa estaba entera y no había nada roto (al menos nada que no estuviese roto de antes). Muchas de las fotos infantiles de decoración sí que volaron, para especial consternación de Rinko y alivio de su hijo, y algo que enfadó especialmente a la dueña de la casa por la falta de educación que suponía fue que la nevera acabó vacía, porque los aperitivos calculados para una fiesta de nueve personas obviamente no fueron suficientes y hay quien debió de pensar que aquello era un self-service.
Burn se sintió muy identificado con Rinko cuando la vio observar, con lágrimas silenciosas recorriendo sus mejillas, los diferentes estratos de mierda que cubrían su antiguo salón-comedor. Le recordó a la situación de ellos cuando se estrellaron. De hecho, el panorama era más o menos similar.
— Podemos ayudar a limpiar...— en el fondo se sentía conmovido. La buena mujer solo había querido dar una fiesta para su hijo y sus amigos y eso casi acaba con su casa y fuente de ingresos.
— No os preocupéis, no pasa nada — dijo con la voz impersonal de alguien que ya ha perdido la fe en todo y solo ve el suicidio como alternativa.
Clara, bastante más resuelta, cogió directamente una bolsa y empezó a recoger basura del suelo. Con la ayuda de todos más o menos la casa quedó recogida, aunque hicieron falta un par de días más de limpieza exhaustiva para que volviese a parecer lo que era.
Y aún así, la huella de ketchup de una mano infame restregada por el salón, justo encima del sofá, nunca se fue del todo. Se quedó allí como testigo mudo de que en esa casa sí que sabían como dar una fiesta.
En los días siguientes, la adaptación a la tierra de los seis dio pasos de gigante. Se dieron cuenta de que había muchas cosas que aún tenían que pulir para superar las escasas dos semanas que aún les separaba de su objetivo de tener la nave reparada, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez tenían más trato con los humanos y por lo tanto cada vez tenían que tocar temas más personales.
Tenían ya cuentas en las redes sociales, y con un poco de magia y ayuda por parte de Rean, habían conseguido falsificarlas de tal manera que parecían haber existido tenido desde hacía años. Además de manipular las fechas también manipularon las fotos para que, en lugar de posar todos juntos delante del hangar de la flota antes de su misión, parecieran estar posando ante el Lago de Thun en Suiza. También hubo que disimular los uniformes de la Armada cambiando sus cuerpos por los de otros. Aquí Rean se dejó llevar y ejecutó su pequeña venganza contra sus compañeros. Entre las poses ridículas y los cuerpos desproporcionados, y que Nepper en una de las fotos aparecía con tetas las fotos eran dignas de verse. Tampoco esperaban que nadie entrase a verlas, con que hiciesen bulto en sus carpetas de la red social les valía.
A base de leerse las sinopsis de internet consiguieron defenderse en una conversación sobre cine moderno y conversar sobre cuales eran sus películas favoritas (aunque no las habían visto y les costaba distinguir unos actores de otros). La música de la tierra era un gran punto a favor que hasta Nagumo le tuvo que reconocer. Era inmensamente más variada que la de su planeta, que estaba tan organizada como todo lo demás y por lo tanto carecía de originalidad. En la tierra encontraron para todos los gustos: Queen, Muse, Radiohead, The Beatles eran grupos que les gustaba más o menos a todos aunque luego cada uno tenía su estilo. Pandora y Heat tenían adoración por el metal finlandés y Reize había pillado a Burn cantando a voz en grito canciones de Britney Spears un día que volvió antes del trabajo.
La rutina del día a día una vez empezaron a trabajar tampoco era desagradable. Salvo Gringo, al que decidieron dejar fuera por motivos obvios, todos habían conseguido trabajitos temporales. Nepper repartía publicidad de una cafetería, Burn parecía estar contento en la tienda de brujería y esoterismo aunque lo negase (en realidad estaría mucho más contento si no tuviese a Clara encima todo el santo día) y Heat se las había apañado, aún no sabían como, para llevar las cuentas de varios pequeños negocios de los alrededores. Aquello parecía un trabajo serio, aunque se lo pagasen en negro.
Reize por su parte era camarero en un restaurante familiar de marisco, pegadito al mar. Las vistas eran impresionantes, pero la familia que lo llevaba era un poco peculiar. Tenían una pinta extraña entre hippies posmodernos y surfistas extremos inclasificable. El primer día Reize había metido la pata un montón de veces e incluso le tiró la sopa a una señora por encima. Pensó que estaría automáticamente despedido, pero el padre solo le dio unas palmaditas comprensivas en el hombro y le dijo que "comparado con la inmensidad del océano, aquello no era nada".
Tenían un hijo un poco mayor que él, pero lo había visto pocas veces porque las horas a las que Reize trabajaba eran "las mejores del día para surfear, tío". A pesar de que no se conocían mucho era evidente que le había caído en gracia al chico, tanto como para pedirle a sus padres que le dieran una tarde libre para surfear con él (a lo que ellos habían accedido encantados, por supuesto). Reize se había escaqueado fingiendo compromisos varios. Las tablas de surf no le inspiraban mucha confianza, aunque intentaba hacerse a la idea e que algún día tendría que ceder. No parecía que Jousuke Tsunami fuese a aceptar un no por respuesta.
Pandora sin embargo, aunque estaba contenta, parecía haber atraído un aura de destrucción a su nuevo trabajo. Ella se había colocado en la cafetería en la cual uno de los camareros había entendido que quería ligar con él, para gran regocijo de este. Pandora hablaba maravillas de él, Ikkaku, un chico atento, simpático y muy responsable en su opinión. El problema es que casualmente desde que ella estaba allí, se habían multiplicado los accidentes y todos parecían afectarle a él. Caídas, cortes variados, rotura de objetos, cada vez que Pandora tenía turno al terminar el chico estaba cada vez más magullado. Aún así, Ikkaku no había perdido el buen humor y siempre estaba dispuesto a acompañarla a casa y ayudarla en todo lo que podía. El jefe bromeaba con él diciendo que desde que Nozomi-chan trabajaba con ellos no prestaba ninguna atención y por eso pasaba lo que pasaba.
Reize la esperaba ese día a la salida del trabajo. Ikkaku parecía tener un corte nuevo en una muñeca.
— Un vaso roto — le comentó a Reize cuando este se interesó — . Nada serio, sanará en unos días, como todos.
Pandora le sonrió amablemente mientras se despedían. Quizás demasiado.
— Se te ve muy contenta — le comentó Reize una vez que estuvieron solos.
— Es que hoy he tenido un buen día. Los clientes son amables y mis compañeros ya ves que son un encanto.
— Pero no muy mañosos.
— Pues es raro. El jefe me comentó que hasta ahora Ikkaku nunca había tenido ningún problema y que era superhabilidoso. Un camarero ejemplar.
— A lo mejor es verdad que es así de torpe desde que estás tú ahí. Le traes la desgracia.
Reize pretendía que fuese una broma, pero desde luego no fue la más acertada de su historia y Pandora no se rio. Dejó de andar y se quedó muy seria.
— No digas eso, ¿por qué tienes que hablar así?
Y ya no tenía nada que ver con el trabajo. Agachó la cabeza para que no le viese la cara.
— Pandora, era broma...
— Pues no me ha gustado.
Reize se sintió fatal. Pandora era su amiga más antigua dentro de la armada, y la mayor alegría que habían tenido los dos era que les hubiese tocado juntos en la misión. Era una chica alegre y vital y era fácil averiguar enseguida por qué se había unido a la Armada: le gustaba la historia, los idiomas y las diferentes culturas. Era un cerebrito en lo tocante a esos temas.
Al principio a él le había parecido raro que una chica con tanto amor por las otras culturas se hubiese unido a la Armada. Era cierto que el único modo que podría tener Pandora para poder viajar a esos otros mundos con los que soñaba era la Armada, puesto que los viajes por placer o por estudios no estaban contemplados en Aliea (a no ser que fuese con motivo de ir a aprender sobre armamento y tecnología a otros planetas). No debía de haber nacido en Aliea mucha gente amante de las otras culturas. De hecho, el único interés que tenía Aliea en otros pueblos era como esclavizarlos. Los educaban en eso desde que nacían, aunque siempre había ovejas negras como ellos dos.
Pandora pensaba que si se hacía a la idea podría vivir con eso y utilizarlo en su propio beneficio. La flota de la Armada iría por ahí destruyendo hiciese ella lo que hiciese, pero estando dentro tenía una oportunidad. Podría conocerlos. Sus culturas no morirían mientras ella las recordase. Como un observador que investiga una colonia de hormigas en un laboratorio, sintiendo atracción por ellas y sus grupos sociales, pero sin poderlas salvar.
Había tenido años para autoconvencerse de que podía ser una observadora imparcial, anotar todo lo que viese e impedir la muerte de aquellos otros mundos en el recuerdo.
Pero nunca contó con acabar metida en ese embrollo.
No puedes observar desde fuera cuando ya estás dentro.
No se dio cuenta de que había empezado a llorar hasta que Reize le limpió las lagrimas de las mejillas y la cogió de la mano. No fueron directos a casa, estuvieron paseando hasta que a ella se le pasó y pudo presentarse ante los demás con una sonrisa.
Una perfecta actriz.
Gran estaba decidido a termina con éxito su misión fuese como fuese y por eso se estaba extralimitando un poco en las ordenes que le habían asignado. Quién dice un poquito dice cuatro pueblos. No tenía por qué investigar el taller de Desarm. Pero ahí estaba.
El lugar parecía bastante normalito por fuera; algún coche dentro, alguna que otra moto y poco más. Gran sabía, porque era lo único que habían podido averiguar, que las naves espaciales estaban en el sótano. Más o menos intuía que debía de haber alguna entrada secreta (no puedes bajar una nave espacial por las escaleras, lógicamente) y probablemente el sitio contaría con sistemas de detección de intrusos. Solo hacía falta saber si eran capaces de competir con los sistemas de espionaje de Gran Hermano.
Quería colarse en el taller para sabotearles la Gemini Storm. Si no podía convencerlos, la única opción que le quedaba era romperles la nave donde tenían el arsenal. En el fondo le haría un gran favor al tal Desarm ese que sin duda les estaba ayudando con toda su buena voluntad sin saber que venían a destruir su planeta.
Algo extraño le tocó el culo mientras espiaba desde su posición y cuando se dio la vuelta enfadado se encontró con un morro peludo que lo olisqueaba.
— ¡Hola! — Fubuki lo saludó casi al mismo tiempo que bostezaba — .Te ha visto él desde lejos, yo no me había dado cuenta de que eras tú.
Con él se refería al perro que como los de su especie parecía tener un cierto interés en el contenido de los pantalones de Gran mientras este se defendía como podía
— Ah, hola... ¿Fubuki?
— Eso es. Yo no me acuerdo de tu nombre, aunque sé que nos presentaron en la fiesta... creo. Últimamente lo recuerdo todo un poco borroso.
Se veía por qué, tenía pinta de irse a quedar dormido de pie.
— Hiroto, me llamo Hiroto.
— Pues encantado. ¿Qué haces aquí? Estás un poco lejos de la casa...
— Ah, es que quería conocer las partes de la ciudad que aún no había visto y he llegado aquí callejeando casualmente. ¿Y tú?— preguntó más como mecanismo de autodefensa que por verdadero interés.
— He venido a pasear a Atsuya- levantó la correa del bicho que había dejado de encontrar interesante a Gran y le estaba gruñendo a dos perritos pequeños que una señora enjoyada paseaba por la acera de enfrente — . Alargo los paseos de la mañana porque es el único momento que tengo permitido para pasar con él ahora.
A parte de trabarse al hablar Hiroto no entendía por qué no podía pasear a su mascota, pero algo le dijo que era mejor no preguntar.
— ¿Mirabas algo? — Se asomó tras su hombro intentando atisbar algo en la misma dirección en la que él estaba mirando antes. Desgraciadamente, un Fubuki drogado aún era un Fubuki observador.
— Ah... no. Acababan de traer un coche con una grúa y me pareció interesante, pero ya se han ido — improvisó — y me vuelvo a casa.
— Si quieres te acompaño. No te vayas a perder.
Hiroto aceptó la compañía de buen grado (tampoco le quedaba otra) y caminaron juntos en dirección a la parte vieja de la ciudad.
— Hiroto, ¿a ti te gusta el fútbol? — preguntó Fubuki de pronto.
— ¿Eh? Pues no sé... nunca he jugado — tenía una vaga idea de a qué se estaba refiriendo Fubuki.
— Es que me gustaría formar un equipo... hace años jugábamos y lo echo de menos, pero no conozco gente suficiente y deberíamos al menos ser once.
— ¡Oh! ¿Y quieres que yo juegue?
— No si no quieres, pero como nunca lo has hecho deberías probar. Quizás te guste.
— Por qué no — No le apetecía mucho, pero no encontró ninguna razón para rechazar la petición de Fubuki. Además parecía tan cansado que le daba pena.
— Entonces es un trato. Si puedo convencer a más gente a finales de semana quedaremos para echar un partido. Verás como te gusta.
Hiroto asintió distraídamente. Empezaba a tener más vida social en la tierra que en su planeta.
Lo que era un verdadero misterio que trascendía del conocimiento humano es que El Aquelarre no hubiese quebrado ya. Ahora que trabajaba allí Burn conocía más o menos las ventas que se hacían al día (normalmente entre una y ninguna). Aún así a lo largo de las años las propietarias habían ido encargando y acumulando material que estaba por todas partes: en la trastienda, en el sótano y en su propia casa. Era difícil decir si tenían una fe invencible en venderlo todo algún día o simplemente síndrome de Diógenes. Clara le había encargado que hiciese inventario de lo que había en la trastienda , probablemente más por mantenerlo ocupado que por necesidad, así que se tiró la tarde abriendo cajas de contenido extraño y apuntando en una lista una descripción vaga del objeto cuando no sabía lo que era (la mayoría de las veces). Estaba jugando al rey de los simios con algo que parecía una mano de mono disecada cuando sonó la campanilla de la entrada que anunciaba la llegada de un cliente. Lo inesperado fue que ese cliente fuese Afuro Terumi.
Clara los había presentado en la fiesta así que se conocían de cara y poco más, aunque quedó claro que ambos habían oído hablar del otro y sabían más cosas de las que cabía suponer.
— Hola — lo saludó un poco confundido. No tenía ni idea de que fuese cliente de la tienda o de que le fuesen ese tipo de cosas.
— ¿Te acuerdas de mí, verdad? — Afuro hizo una pregunta innecesaria. Sabía que lo recordaba. Burn asintió con la cabeza.
— ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
Afuro se pasó unos mechones rubios por detrás del hombro. Era complicado decir si esos gestos le salían naturales o los tenía estudiados.
— En realidad sí. Suzuno no me habla y creo que es porque me porté mal con él en la fiesta. Así que he venido a comprarle alguna chorrada como disculpa, un colgante de la amistad o algo de eso que pueda tirarme a la cara y luego ponerse cuando crea que no le veo.
— Ah... ¿no deberías buscar eso mejor en las tiendas de la zona turística?
Afuro se echó a reír.
— Que no te escuche tu jefa decir eso... Se nota que llevas poco tiempo en el pueblo. Los que hemos nacido aquí no vamos a la zona turística, compramos en las tiendas de siempre. Según Clara, ninguno de nosotros tiene el don, así que estos trastos son juguetes en nuestras manos. Esta ha sido siempre la tienda de regalos oficial del pueblo.
— Ajam. Pues sírvete tu mismo, seguro que la conoces mejor que yo.
— La verdad es que sí. Este sitio no ha cambiado en absoluto desde la última vez que estuve.
— Por el nivel de polvo de los estantes que limpié ayer es probable que haya cosas que no se hayan movido de su sitio desde la última vez que estuviste.
Aufuro se dedicó a pasear por sus anchas por la estrecha tienda tocándolo todo y Burn le dejó hacer. Prefería que le revolviera los estantes, así tendría algo que hacer. Lo vio corretear de acá para allá y le dio la impresión de que estaba más perdido en sus recuerdos que buscando nada que pudiese hacer pasar por un regalo. Resultaba extraño, como si no pegase nada con el entorno, quizás porque no tenía el aire pueblerino-deprimente del resto de sus clientas.
— Habrás nacido aquí, pero la verdad es que pareces fuera de lugar en este sitio— dijo sin poderse contener. Sin embargo no pareció que a Afuro le extrañase el comentario.
— He cambiado muchísimo, sin duda. Y a veces no me gusta la persona en la que me he convertido. Por eso quise volver aquí.
— ¿La persona en la que te has convertido, como la de la fiesta? — preguntó extrañado.
— Por ejemplo.
— De todas formas a tu amigo no le viene mal que lo pongan en su sitio de vez en cuando. Es bastante egocéntrico y se cree que el mundo gira en torno a él.
— Eso es porque lo conoces poco.
— Y lo poco que conozco no me gusta nada.
Afuro dejó de revolver la tienda para acercarse al mostrador
— Suzuno no es una persona fácil de tratar. En realidad es como un bollito de crema, solo que con una cubierta de hormigón armado. Tienes que escarbar con una taladradora para llegar al centro.
Quizás los amigos en la tierra se comportaban de manera diferente a como lo hacían en Aliea porque lo de "bollito de crema" sonaba demasiado... no era capaz de describirlo, pero Burn esperaba que no hubiese ningún amigo suyo por el mundo haciendo símiles entre su comportamiento y bollería.
— No creo que tu amigo merezca tanta molestia, sin ofender.
Afuro se encogió de hombros.
— Acabarás por encariñarte con él, como acabamos haciéndolo todos.
— Tu otro amigo es más simpático.
— ¿Fubuki? Fubuki tiene un imán natural para atraer gente. Todo se le da bien. Aunque él si que ha cambiado... yo no sabía cuanto... — el tono de su voz pareció cambiar drásticamente.
— ¿Te pasa algo?
— No, nada. En fin, ¿vas a hacer el trabajo por el que te pagan o qué? Tendrías que ayudarme a buscar algo para mi amigo.
Burn pasó la vista por los estantes de alrededor, sin demasiado interés. Se fijó en el cestito de "piedras de las caras" que casi había tirado en su primer día de trabajo. Tenían una cadenita para colgárselas del cuello y todo.
— Llévale esta — cogió una azul verdosa — Tiene el color de sus ojos.
Le salió sin pensar y las carcajadas de Afuro le dijeron que no había sido una buena idea.
— Qué bonito. Muy sentimental.
— Joder, es lo que se me ha ocurrido... — intentó devolver la piedra al montón más rojo que su pelo, pero Afuro se la quitó.
— Creo que me la voy a llevar.
— Ni se te ocurra.
Intentó atrapar la piedra de la mano de Afuro pero este se las apañó para esquivarlo y dejar al mismo tiempo el dinero en el mostrador.
— Le diré que tú me ayudaste a elegirla. Que te recordaba a sus ojos.
— Y te juro que te mato, te arranco todos los pelos rubios que tienes en la cabeza.
La sonrisa de Afuro era casi diabólica.
— Valdrá la pena.
Se escabulló por la puerta antes de que pudiera atraparle. Su turno no había acabado y Burn aún estaba decidiendo si salir corriendo tras él y abandonar la tienda a su suerte o ser una persona adulta y responsable cuando Clara bajó las escaleras que conectaban su casa con la tienda.
— ¿Quién era?
Burn desistió. Lo había perdido de vista y además tenía pinta de que corría más que él.
— Tu amigo Afuro. ¿Todos tus amigos son igual de tocapelotas? Porque si es así no quiero conocerlos.
— Tampoco tengo más — contestó ella. Traía una cajita de galletas — La ha traído esta mañana Moriyama-san para ti, pero tú no estabas.
Moriyama-san era una de sus admiradoras. Tenía unas cuantas. Venían todos los días a conversar con él sin ningún motivo, le llevaban pasteles y bollos como parar morir de hiperglucemia, le pedían su opinión sobre diferentes asuntos esotéricos por más que el insistía en que no sabía nada de ese tema y a pesar de lo mucho que él había oído (y comprobado) que a los japoneses no les gusta especialmente el contacto físico, ellas se lo saltaban a la torera para pellizcarle y achucharle los mofletes como si fuese su nieto.
Y es que por edad podría serlo perfectamente. La señora más joven debía de tener como mínimo cincuenta años.
— Le daré las gracias cuando la vea.
Se sentaron los dos detrás del mostrador con la caja de galletas. Clara trajo dos vasos de leche.
— ¿Tu tienes muchos amigos? En el sitio del que vienes, digo.
— Sí, unos cuantos. De hecho salvo Atsuishi, que es amigo mío desde que éramos pequeños, no estaba tan unido con los demás hasta que vinimos aquí. Mis mejores amigos se han quedado en casa... en Suiza.
Cada día le era más fácil acordarse de su tapadera. Sin embargó Clara se quejó.
— Ay. No hagas eso.
— ¿El qué? — preguntó él extrañado.
— Mentirme. No paras de hacerlo y es francamente molesto. No te había dicho nada hasta ahora porque no tenía la suficiente confianza, pero ya está bien.
— No te estoy mintiendo.
Otra vez. Le dio un golpe en el hombro.
— Para ya. Duele.
— ¿Qué duele el qué? — le preguntó mientras se frotaba el hombro.
— Que me mientas. Soy sensible a las mentiras, ese es mi poder. Es como si me hincases una aguja cada vez que lo haces.
A Burn se le descolgó la mandíbula.
— No es verdad.
Clara asintió.
— Sí que lo es. Suiza, tu nombre, todo, me has engañado desde que llegaste. Está bien si no quieres decirme quién eres, pero para de mentir porque es realmente doloroso.
Burn no sabía que decir. Miraba a Clara, que se frotaba los brazos enfadada como si realmente la hubiese pinchado con algo y estaba sintiendo una mezcla de respeto y miedo por ella. Sobre todo lo segundo.
— Sabes que te he mentido.
— Desde el primer día.
— ¿Y por qué me contrataste en la tienda? Todo lo que sabes de mí es falso.
— Porque también noto que no tienes mal corazón. Y me intrigas mucho.
Vale, ahora también se sentía incómodo.
— ¿Por qué?
— También veo auras. Y la tuya... es muy rara. La tuya y la de todos. Hubiese aceptado a cualquiera de los seis que hubiese venido a mi tienda, pero fuiste tú el que llegaste.
Clara parecía que, como los hurones, tenía más sentido de la curiosidad que instinto de supervivencia.
— No le he dicho nada a nadie. Bueno, le dije a Suzuno que no era tu nombre real, pero luego no he vuelto a contar nada, así que no es necesario que hagas esto.
— Tampoco hace falta que te calles nada. Todo el mundo sospecha de nosotros. La madre de Suzuno cree que somos mafiosos.
— ¿Y lo sois? — Clara levantó sus grandes ojos azules
— No.
Nada. Ningún pinchazo.
— ¿Entonces por qué?
— No puedo contártelo.
Clara se quedó callada un rato, observándolo con tanta intensidad que él tuvo que desviar la vista.
— Está bien. Pero no me mientas más. Puedo decirle a Suzuno-san que no sois peligrosos, si quieres.
— No, déjalo. Prefiero que crea eso.
— ¿Que puede haber peor?
Burn no le contestó a su nueva amiga, porque, muy a su pesar, Clara era su amiga.
Unos alienígenas eran algo peor.
Un par de horas después Burn volvía a casa por el camino largo. En sus exploraciones de la ciudad había probado diferentes caminos para volver de la tienda por entretenerse. Había recorrido la parte antigua y bajó a la playa, que a esas horas ya estaba casi vacía de bañistas. Caminó un rato por la orilla, mientras el sol se ponía en el horizonte evitando pensar en nada y pensando en todo al mismo tiempo.
Quizás si le hiciese ver a los demás lo que él estaba viendo...
Pero eso era imposible.
Sintió un retortijón en el pecho cuando llegó a la pequeña y destartalada casa de huéspedes. Había acabado por cogerle verdadero cariño a ese sitio desastroso pero siempre lleno de vida y de caras conocidas. No era su hogar pero era un hogar. Pasase lo que pasase, él se aseguraría de que nadie la tocase y se quedase exactamente como estaba en ese momento. Sería un homenaje, pero también un castigo. El que él se merecía.
Como para llevarle la contraria en lo de la vitalidad, esa tarde la casa estaba de lo más tranquila. Los suyos debían de estar arriba, y desde la puerta entreabierta del cuarto de Rinko, justo en frente de la entrada, llegaba el sonido del televisor. Sabía por la hora que la cena ya debía de haber acabado, pero normalmente aguantaban más en la sala de estar, charlando sobre el día a día. Se acercó a la cocina y se topó con Suzuno que estaba comiendo un yogurt.
— Ah, eres tú. Hoy llegas un poco tarde, ¿no?
Aphrodi debía de tener prisa por hacer las paces, porque Suzuno tenía la dichosa piedrecita azul colgando del cuello. Pero debía ser mejor tío de lo que parecía o no se había acordado de cumplir su amenaza, porque Suzuno no le dijo nada al respecto y Burn estaba bastante seguro de que no habría dejado escapar la ocasión si supiese que era él quien la había elegido.
— He venido dando un paseo por la playa — dejó la mochila en uno de los taburetes de la cocina. Una montaña de platos lavados pero sin secar esperaban en el fregadero.
— Tu paseo ha hecho que te saltes la hora de la cena, aunque quedan algunos restos en la nevera.
— Da igual, puedo prepararme yo cualquier cosa.
Suzuno pareció sorprendido por aquella revelación.
— ¿Sabes cocinar?
— Por supuesto que sé.
Eso era cierto. A Burn le gustaba y se le daba bien cocinar. Era un hobby que poca (o casi ninguna persona) sabía que tenía porque no es algo que un adolescente con una reputación que mantener quiera ir contando por ahí a sus amigos ("Hago unas magdalenas de vainilla que están de rechupete" no era una frase que te convirtiese en el chico más popular de la Armada, o al menos no entre los círculos en los que se movía él). Los ingredientes de la tierra eran, obviamente, diferentes a los de Aliea, la cocina también, pero por lo demás, después de un tiempo de observación y de haber catado la comida terrestre, Burn opinaba que podía apañárselas muy bien. Además empezaba a echar de menos el cocinar.
Suzuno se sentó en la isla de la cocina, claramente dispuesto a quedarse a verlo.
— Deduzco de tu interés que tú no sabes cocinar — comentó mientras intentaba localizar lo que le hacía falta y echaba un vistazo a los estantes a ver qué podía hacer con lo que tenía.
— No es verdad, hago unos sándwiches de salmón y queso de untar que están muy ricos.
— Eso no cuenta como cocinar. Solo es poner una loncha de algo entre dos panes untados.
Suzuno arrugó la nariz enfadado.
— Seguro que hay gente que no sabe hacer ni siquiera eso.
— Sí. Alguien sin manos.
Estaba esperando la bordería de rigor como contestación, se la había ganado, pero Suzuno se limitó a gruñir algo como protesta y seguir sentado en el mismo sitio observándolo. Tal vez era porque su amigo por fin le había hecho caso o algo había pasado pero se notaba que tenía un buen día y eso hacía infinitamente más fácil tratar con él. Quizás estaba equivocado en su opinión sobre él. Quizás no fuese un borde estúpido sino una de esas personas que vuelcan sobre los demás tanto si han tenido un buen día como si ha sido malo y todos sus días eran malos. No es que esa fuese una cualidad especialmente buena pero al menos le aseguraba unos días tranquilos cuando no se despertase con el pie izquierdo.
Al final decidió hacer algo tan sencillo como pasta con trocitos de verduras. No le gustaba hablar mientras estaba concentrado en algo así que supuso que Suzuno al cabo de un rato se acabaría cansando, pero no parecía sentirse incómodo y se quedó sentado en el mismo sitio sin moverse, como si estuviese viendo un programa de cocina interesante.
Cuando su cena estuvo lista le dio parte a su espectador en un plato.
— Ya que has estado todo el rato mirando, por lo menos pruébalos.
Suzuno miró con desconfianza su plato y levantó unos cuantos spaghetti con los palillos.
— No los he envenenado, ¿eh?
Después de darles un par de vueltas más se decidió a metérselos en la boca. Nagumo esperó un veredicto.
— No están mal.
— Viniendo de ti me esperaba algo peor. Supondré que están realmente buenos.
Suzuno puso los ojos en blanco.
— Mi madre los hace mejor.
— Todos pensamos eso de nuestra madre, que es la que mejor cocina del universo.
Se sentaron alrededor de la mesa de la cocina. Era la segunda cena de Suzuno, pero se la comió con ganas.
— ¿Y tu madre como es?
— Pues como todas. Normal. Metomentodo. Es un poco distraída.
Había hablado poco con su madre desde que estaba allí, solo una vez sin contar algún mensaje esporádico que Rean les hacía llegar. Las comunicaciones personales no estaban permitidas mientras estuviesen de servicio y solo podían dirigirse a la telefonista asignada o a alguno de los mandos superiores en caso de necesidad. Aún así, teniendo en cuenta la situación y viendo la desesperación de las familias, Rean se las había ingeniado por bajo cuerda para que todos y cada uno de ellos hablasen con ellos para tranquilizarlos al menos una vez.
La verdad es que Rean se estaba portando. Le tendría que comprar algo bonito cuando volviese.
— ¿No le preocupa que estés aquí tan lejos tú solo? Mi madre estaría histérica — preguntó Suzuno.
— Claro que le preocupa, lógicamente. Pero confía en mí.
— Pues que suerte. Dudo mucho que a mí la mía me dejase hacer un viaje tan largo o vivir solo por mi cuenta en otro país.
— Quizás no es que no confíe en ti, sino que es más asustadiza.
No quería ser simpático con Suzuno, de verdad que no, pero Rinko le caía bien y siempre se portaba genial con él y le pareció correcto defenderla. Aún así Suzuno pareció sorprendido por tan repentino ataque de amabilidad ("como si no fuese él el primero que es antipático" pensó Burn) y medio sonrió. Medio.
— Es más que asustadiza. Hasta cierto punto lo entiendo; siempre hemos estado ella y yo solos. Pero no es bueno para ella ni para mí. No puede defenderme de todo ¿y si al final me pasase algo qué sería de ella? No es sano depender tanto de una persona.
Ahora era el turno de Nagumo de sentirse sorprendido. A Suzuno se le había escapado todo eso sin querer porque debía de tener las defensas bajas. De hecho, en cuanto se dio cuenta de que había hablado demasiado se puso tan nervioso que cogió los spaghetti que quedaban en su plato con más ímpetu del debido y casi lo tiró al suelo.
Como lo que había dicho le había parecido bonito y Burn tenía bastante más corazoncito del que decía tener decidió hacerle un favor gordo por una vez: cambiar de tema.
— ¿Y qué habéis hecho aquí por la tarde, ha venido algún amigo tuyo o algo?
No era el tema más ingenioso de la historia y fue evidente que era una simple pregunta para cambiar la conversación, pero Suzuno se lo agradeció enormemente. Le comentó medio por encima que había venido Aphrodi, aunque omitió que le hubiese traído nada (Burn sonrió internamente), y le preguntó qué tal le había ido en la tienda y si Clara lo estaba acosando demasiado. Charlaron de cosas triviales, y cuando terminaron de cenar, mientras Nagumo lavaba los platos Suzuno se puso a rebuscar algo en el congelador. Empezó a sacar cajas de otras cosas, lo que sea que buscase estaba bien escondido.
— ¿Qué guardas ahí, un cadáver descuartizado?
— No te hagas gracioso que te quedas sin ello.
— ¿Sin qué?
— Sin esto.
Le puso en la mano un polo de hielo azul envuelto en plástico transparente.
— ¿Los tienes escondidos?
— Y contados, te lo aviso. Es un pago por la cena.
Nagumo se rio mientras le quitaba el plástico al polo.
— ¿Esto es un cese de hostilidades?
— Más bien una tregua temporal. No te acostumbres.
— Lo mismo digo.
Suzuno le dio las buenas noches (siempre era educado, aunque fuese de mala gana) con medio polo azul metido en la boca y Burn subió las escaleras hacia su habitación. Reize ya estaba allí, con el maldito libro de refranes en el regazo. Lo tenía frito con las malditas frases hechas y se arrepintió de no haberlo tirado por la ventana aún.
— ¿Ya estás con eso?
Reize frunció el ceño.
— Por supuesto. Hay un dicho en la tierra que dice "cuánto sabes...
— No me interesa — lo interrumpió mientras se tiraba a la cama de espaldas, aún con el polo en la boca.
— ¿Y ese polo?
— Ni te creerías quién me lo ha dado.
Estaba claro que tenía ganas de cotillear pero donde las dan las toman.
— No me interesa a mí tampoco de dónde lo has sacado.
— Qué aburrido eres.
— Igual te lo ha dado una de tus viejas fans, porque estás sonriendo como un idiota.
Esa insinuación le borró el buen humor de un plumazo.
— No es verdad.
Reize sonreía diabólicamente.
— Uy, debe haber sido alguien más interesante.
— No ha sido nadie, me lo he comprado yo.
— Se me ocurren un par de candidatos...
Por desgracia para Reize su diversión fue cortada por una melodía que empezó a sonar de pronto.
— Están llamando — dijo Burn, el Capitán Obvio
— ¿Es el intercomunicador?
— ¿Con Breakthru de Queen de melodía de llamada? Es tu móvil, atontado.
Reize saltó encima de la cama para coger su mochila y rebuscar entre todos los bolsillos hasta que dio con su móvil en cuestión. Solo tenía unos cuantos teléfonos dentro y la mayoría era de gente que compartía su mismo techo, así que le extrañaba. La persona al otro lado de la línea estuvo a punto de colgar cuando por fin consiguió encontrarlo y cogerlo.
— ¿Diga?
— ¿Reize? Soy Desarm...
Reize contuvo la respiración. Normalmente cuando dejas algo en reparación y te llaman antes de tiempo, nunca suele se por algo bueno.
Aunque Reize no estaba muy seguro de qué consideraba "algo bueno" en este caso.
— ¿Ha sucedido algo? — preguntó, intentando controlar la vibración extraña de su voz. Burn se dio cuenta, y se sentó a su lado, con el oído pegado al otro lado del móvil.
— Es que pedí unas piezas que hacían falta para vuestra nave y han llegado hoy.
— Ajam — comentó teniendo más o menos idea de por donde iban a ir los tiros.
— Y en fin, ya sabéis que vuestra nave es un nuevo modelo, así que no hay piezas para ella. Tuve que improvisar y me llegaron unas piezas de la Prominence, que es un modelo parecido... y no le van.
— Ya — les salió a los dos a la vez.
— El caso es que tengo que encargar ahora otras piezas de otra nave y esperar a que me lleguen y en fin... eso lleva su tiempo.
Burn y Reize a fuerza de pasar tiempo juntos estaban empezando a sincronizarse muy bien, porque aguantaron la respiración a la vez.
— ¿Cuánto tiempo más? — Burn le quitó el móvil a Reize.
— Ah, hola Burn. Pues no sé... mínimo dos semanas más del tiempo previsto. Un mes más.
Dos semanas más. Hasta mediados de Septiembre. Desarm al otro lado de la línea aguardaba. Posiblemente esperaba que empezasen a chillarle, a echarle la bronca, a decirles que no le iban a pagar. Quizás es lo que deberían haber hecho.
— Vale, perfecto, te volveremos a llamar — Burn colgó el móvil y lo soltó como si quemase encima de la colcha, entre los dos. Se quedaron respirando despacio, con la vista clavada en el móvil apagado.
— Así que tenemos dos semanas más — dijo Reize, al cabo de lo que parecieron muchos minutos, aunque quizás no habían sido tantos.
— Eso parece.
— Qué complicación, ¿verdad?
— Ya ves, tío. Una putada gorda.
Más minutos de silencio.
— Estoy aliviado ¿y tú?
— También.
Se acabó por esta semana. Lo siento en el alma porque no he respondido aún vuestros reviews, intentaré hacerlo mañana pero es que estoy liadísima. Y lo que os comentaba arriba, Pandora trae mala suerte a los hombres según su perfíl. He cogido muchas cosas de esas frases. Por ejemplo, que Heat y Nagumo son amigos de la infancia también es canon (aunque yo haya metido también a Rean porque me parecen tres mosqueteros perfectos).
Hiroto y Fubuki han salido poquísimo pero ya tendrán ocasión de salir más, sobre todo el segundo.
Y en noticias menos guays, me voy dos semanas fuera, luego vuelvo y me vuelvo a ir otra semana. Es decir que no habrá más capítulo hasta dentro de un mes. Pero no os preocupéis que esto no lo voy a abandonar.
¡Muchos besitos y nos vemos!
