No sé si quedará alguien por ahí. Tampoco me merezco que después de estar más de siete meses desaparecida aún quede alguien interesado en esta historia. El caso es que no la he dejado abandonada y aquí sigo, aunque sea con mucho retraso. Mis excusas al final.


Capítulo 5: Space Oddity

¿Qué tal estáis por casa? Hace varios días que no hablo con vosotros, pero el trabajo me tiene tan liada que no puedo ni llamar. Ya sabéis que no puedo comentaros mucho por el tema de la seguridad planetaria, pero las cosas marchan bien, o al menos eso creo. La verdad es que yo misma que estoy en medio de todo no tengo mucha idea de lo que está pasando, y es que a veces estoy tan cansada que me cuesta distinguir ficción de realidad, aunque lo bueno de no dormir es que así sé que nada de lo que está pasando lo estoy soñando. Si no, me sería difícil creerlo.

Pero en fin, esta es la vida que he elegido, así que no puedo quejarme, ¿verdad?

Y sin embargo, últimamente solo tengo ganas de llorar.

Carta personal de la empleada de la armada R-98374 a su familia

Un zumbido proveniente de debajo de la almohada despertó a Burn antes del amanecer. Apagó la alarma del móvil antes de que Midorikawa se despertase (apenas se removió un poco), se vistió con la ropa que había dejado preparada en la silla la noche anterior y salió al pasillo sin hacer ruido. Fuera ya le esperaba Heat. Sin decirse nada, casi sin mirarse siquiera, bajaron con cuidado la escalera de la vieja casa de los Suzuno. No habían avisado a nadie por ninguna razón en particular; no es que mantuviesen en secreto lo que querían hacer, pero no les parecía que fuese algo que incumbiese a nadie más que ellos dos. Sorteando los escalones que crujían (después de un mes ya conocían aquella casa a la perfección) salieron al porche y allí, en la oscuridad, encendieron el intercomunicador.

El rostro de Rean, más pálida y ojerosa de lo que la recordaban, apareció con expresión confundida en la mini-pantalla.

— Hola, fea — saludaron los dos a la vez. Era su saludo habitual, el típico que le haces a una amiga que conoces desde la infancia y que desde luego no era fea, pero estaba tan desmejorada que casi se sintieron mal.

— ¿Y esto? ¿Tanto echabais de menos mi cara?

Nunca usaban la función de vídeo del aparato, se limitaban a llamar por teléfono. En parte porque era menos duro escuchar y soportar las quejas de Rean sin tener que mirarla, en parte porque se sentían culpables.

Pero esta vez era diferente. Rean era su mejor amiga y los dos querían regalarle algo. Ella los escrutaba con atención desde el otro lado del aparato.

— Qué morenos estáis — su voz no sonaba acusadora como otras veces sino solo cansada.

— Queremos enseñarte una cosa- Burn sonreía desde el otro lado de la línea y del universo.

Rean arqueó una ceja.

— ¿Qué es?

— Una sorpresa.

Burn y Heat habían comprobado a fuerza de madrugones los días anteriores que a esas horas no solía haber nadie por la zona y les pareció seguro salir con el intercomunicador de la mano. A unas malas si les pillaban siempre podrían decir que era un móvil de última generación. Fueron enseñándole a Rean los lugares por los que iban pasando. Era algo que les hacía verdadera ilusión, compartir su vida en la tierra con ella.

— Este es el jardín.

— Esta es la calle en la que vivimos.

— Esto es el paseo marítimo.

— No veo casi nada — Rean entrecerraba los ojos pegada a la pantalla, pero la iluminación era escasa a causa de la hora. Dio un respingo cuando un gato se cruzó por delante saltando desde unos cubos de basura. Lo siguiente que vio es como sus amigos llegaban a unas escaleras y comenzó a escuchar un susurro característico — Eso es...

El amanecer en el mar era lo más bonito que la tierra podía ofrecer. La gente hablaba mucho de los tonos del atardecer, pero Burn prefería sin duda el amanecer. Los dos querían enseñárselo a su mejor amiga, a kilómetros de distancia trabajando por salvarles el culo mientras ellos disfrutaban de un nuevo hogar.

Se sentaron en la arena con el intercomunicador al lado, como pretendiendo que estaban los tres juntos, como había sido desde su infancia y se había mantenido al llegar a la academia. Rean aún se estaba quejando de que no veía nada cuando los primeros rayos del sol incidieron sobre el agua. La cegaron momentáneamente los reflejos plateados, el rosa del cielo, de un cielo muy diferente al suyo propio contaminado por los millones de satélites de comunicaciones y vigilancia de Aliea. Se quedó sin quejas y también sin palabras. Solo abría mucho los ojos, boquiabierta. Había visto alguna foto aquí y allá, pero no era lo mismo que verlo en directo, incluso aunque fuese a través de la pantalla y no allí.

Un pedacito de la tierra. Su regalo por ser su amiga. Por ser ella.

— ¿Te ha gustado?

No contesto, solo movió la cabeza. Tampoco se le ocurría que decir.

"Desearía estar allí."

"Qué difícil debe ser estar allí"

— Cuidaos mucho, ¿vale? — su voz les llegó rara, cargada ya no de preocupación sino de comprensión. Había muchas cosas de las que cuidarse.

— Lo haremos.

— No os olvidéis de mí.

— Nunca lo hacemos.


Después de cumplir con sus deberes de mejor amigo, Heat se dirigió a su puesto de trabajo, o más bien a sus puestos. No tenía uno fijo: había empezado haciéndole las cuentas a una viejecita con un puesto de chuches y, al cabo de unos días, más y más comercios de los alrededores le habían solicitado sus servicios. Al parecer, como todo en ese pueblecito, solo había un contable extremadamente caro que desangraba a los pobres vecinos, de modo que la llegada de un chico majo, eficiente y que además cobraba en negro fue bien recibida por todos los comerciantes del barrio. A él tanto le daba; era feliz nadando entre números y papeles, el trabajo que siempre había querido tener. Ese día tenía un nuevo encargo, una dirección que Rinko le había dejado apuntada en un papel bajo la notita "han llamado preguntando por ti, para que vayas a esta dirección 3". No ponía el tipo de negocio que era, pero al llegar Heat se encontró de frente a la librería. Y dentro de la tienda, parapetada bajo un libro, siguiendo las lineas de texto con unas pestañas enormes, el anhelo de pelo color salmón de su compañero de misión. Kurione Yuki.

Heat no pudo evitar sonreír. No la conocía de nada pero ya le caía bien. Era un buen chico, de verdad lo era, pero también conocía a Nepper desde hacía bastante tiempo, y que le pasasen cosas malas no era sino justicia divina. Abrió la puerta y el sonido de la campanilla hizo que la chica levantase la vista. Tenía unos ojos enormes y azules.

— Buenos días. Soy Atsuishi Shigeto. Me dijeron que tenían un trabajo para mí en esta dirección

— se presentó él.

La chica dejó el libro encima de la mesa. El conde de Montecristo, leyó Heat en la portada.

— Tú debes de ser el chico de la contabilidad. Me llamo...

— Kurione Yuki-san. Lo sé.

Yuki levantó una ceja con desconfianza.

— El capullo de la bandana es amigo mío.

Una sonrisa débil asomó a los labios de Yuki, pero se tapó con la mano.

— Ah, él. Lo siento mucho, pero no suelo aceptar citas con chicos que no conozco, soy bastante tímida. Pero me parece que no se lo tomó muy bien.

— No te preocupes por él, no le viene mal que le paren los pies de vez en cuando.

Nepper era su compañero de clase desde hacía años. Desde que en cuarto de academia llegó montando follón y sentándose a su lado "tú eres Heat, ¿no? Yo soy Nepper. Por cierto, no me he traído boli, ¿me prestas el tuyo?" y empezó a robarle material escolar. Heat le tenía un cierto aprecio en el fondo (muy en el fondo), pero era demasiado bocazas y criticón. Tenía una tendencia a mirar por encima del hombro y despreciar a los que él creía inferiores que él no compartía para nada.

Tampoco es que Heat pudiese permitirse el lujo de mirar a nadie por encima del hombro para empezar, pero aunque fuese el caso tampoco lo haría.

— Bueno, en tal caso me alegro, si le va a servir de lección — comentó Yuki. Sería tímida, pero también aplastantemente sincera — Ven por aquí, te enseñaré las facturas.

Se levantó del taburete y guió a Heat a la trastienda. Le sacaba por lo menos una cabeza de altura.


— ¿Y este amuleto que te parece, Nagumo?

— Pues muy bonito, le queda muy bien con ese bolso.

— No, digo que si protege más que este otro.

— Ah... ¿supongo?

Detrás del mostrador de El Aquelarre Nagumo se frotaba la cabeza mientras una de sus clientas fijas de cerca de sesenta años lo acosaba a preguntas, cargada con diferentes objetos de los cuales Clara les había hablado en algún momento en el que él obviamente no había prestado la más mínima atención.

La relación laboral de Nagumo y Clara se había construido sobre los sólidos cimientos del pasotismo: ella hablaba, él no escuchaba, ella le cascaba. Y si les iba bien así, para qué iban a cambiarlo.

Sin embargo Moriyama-san fruncía el ceño. No parecía muy contenta con la falta de preparación de su dependiente. Y era la señora que le regalaba las galletitas; no podía bajo ningún concepto perder su aprobación. Se incorporó tras el mostrador intentando adoptar una postura más digna que la que tenía hasta hacía un momento (languideciendo con la mejilla apoyada en su mano izquierda) y puso su mejor cara de hombre de negocios (que era básicamente su cara por defecto pero con el ceño fruncido como si estuviese meditando profundamente sobe los pros y contras de un producto).

— Todo eso está bien pero yo creo que debería llevarse esta piedra de aquí.

A todo el mundo le encasquetaba una piedra. Eran bonitas y le gustaban. Que estuviesen justo a su lado en el mostrador y no tuviese que levantarse para alcanzarlas era simplemente una coincidencia.

— ¿Por qué iba a servirme un ágata, la piedra de Aries, si yo soy Virgo? - señaló cada vez más indignada Moriyama-san. Que eso era de primero de artes esotéricas.

— Pues — recuerdos de su conversación con Aphrodi acudieron a su mente — pues porque tiene el color de sus ojos y no hay magia más poderosa que esa.

A Moriyama-san casi se le cae el colgante al suelo. Se le quedó mirando con las mejillas sonrosadas y la boca abierta como planteándose que Nagumo ya había pasado hacía tiempo la edad de consentimiento. Antes de que la situación se volviese aún más embarazosa de lo que ya era, le preguntó.

— ¿Se la lleva entonces?

— Sí, sí, por supuesto — Moriyama-san salió de su trance y le dio la piedra con manos temblorosas para que él se la envolviese en un papelito. Nagumo se sentía orgulloso de su estrategia de ventas e incómodo en la misma proporción. Por algún motivo, la cara de desaprobación de Clara se le apareció en la mente; posiblemente Clara aprobaría su táctica de camelarse a las clientas, pero no su poco conocimiento sobre las cosas que vendían. Moriyama -san casi se chocó con un chico de aspecto despistado por estar mirando hacia atrás al salir de la tienda. Nagumo frunció el ceño al ver a Fubuki, sin perro, pero sonriente, en la puerta. No era muy normal que nadie lo visitase en el trabajo, y en solo un par de días ya llevaba dos de los amigos de Suzuno.

Y los amigos de su enemigo (aunque después de su extraña cena del día anterior ya no estaba muy seguro de lo que era Suzuno para él) eran sus enemigos.

— Clara no está — anunció. Fubuki entró de todas maneras sin saludar, como si fuese el dueño del local. Para tener siempre cara de estar a punto de quedarse dormido era bastante decidido.

— Ya lo sé, hablé con ella por teléfono. Me dijo que hoy te tocaba trabajar.

Nagumo estaba cada vez más confuso pensando en qué podría querer de él Fubuki cuando apenas habían hablado, pero esperaba por todos los dioses no tener que volver a aconsejar a otra persona sobre un regalo para Suzuno.

— ¿Necesitas algo de mí?

— En realidad solo quería hacerte una proposición.

Si Fubuki reparó en la cara de desconfianza de Nagumo no hizo el mínimo comentario al respecto. Fue directamente al grano.

— Me gustaría formar un equipo de fútbol. Hace tiempo Suzuno, Aphrodi, Clara y yo jugábamos en uno, pero se disolvió. Me gustaría volver a formarlo, pero no conozco a suficientes personas interesadas, así que si vosotros quisieseis me haríais un gran favor.

Nagumo recordaba a duras penas la conversación mantenida sobre el fútbol la noche que llegó Gran. Algo sobre que era un deporte muy popular en Europa o algo así. Aquel día ya se les había visto demasiado el plumero y no era algo que pudiese arreglar en ese momento, así que optó por confesar la verdad.

— Es que yo nunca he jugado al fútbol.

"Vamos, es que ni siquiera he visto un partido entero".

— No importa, podemos eseñaros — insitió Fubuki con una sonrisa amable — Hiroto tampoco sabe y se ha apuntado.

"el detalle que me hacía falta para terminar de animarme".

— Ya, pero es que no me apetece mucho.

Fubuki entrecerró (aún más) los ojos y puso en marcha la siguiente fase de su plan. Lo que Nagumo no sabía era por qué había acudido a hablar con él en vez de hacerlo con Midorikawa o alguno de los otros. Era un niño muy inteligente bajo su aspecto de fumado y tenía una idea bastante clara de como tratar a gente como Nagumo. Entre otras cosas porque llevaba toda la vida tratando con su mejor amigo que podría ser su gemelo en comportamiento.

— Pues es una pena. Tiene pinta de que serías un buen delantero y esperaba que hubiese un poco de competición con Suzuno por el puesto.

Pudo ver como saltaba una de las cejas de Nagumo ante esa mención.

— Espera, espera, ¿cómo que una competición?

— Es un deporte al fin y al cabo. Tendremos que competir por ver quién funciona mejor en cada puesto.

— ¿Y dices que Suzuno es delantero o lo que sea que eso sea? — la voz de Nagumo sonaba ansiosa e interesada.

La sonrisa de Fubuki se ensanchó y si los ojos de Nagumo no hubiesen estado chisporroteando de emoción en ese momento hubiese podido ver que no era una sonrisa alegre sino una mueca satisfecha.

La del pescador que sabe que su presa ha mordido el anzuelo.

— Un delantero excelente. Pero teniendo en cuenta que tenéis una complexión parecida creo que tú también lo serías.

Nagumo tardó exactamente cinco segundos en tomar una decisión.

- Cerramos a las siete. Si me esperas y me acompañas de vuelta a casa te ayudo a convencer a los demás.

Unas horas después, Nagumo y Fubuki caminaban en silencio de camino a la residencia de los Suzuno. Nagumo sonreía ilusionado con la esperanza de poder competir (y ganar, porque en su mente solo había sitio para la victoria) en algo con Suzuno y con Hiroto. No había tocado un balón de fútbol en su vida, pero no podía ser tan difícil. Estaba perdido en sus propios pensamientos de gloria y laureles en silencio mientras Fubuki lo observaba. Había sido hasta más fácil de lo que se esperaba. Una vez que se descalzaron y entraron en la casa de madera, Nagumo llamó (a voces) a sus compañeros.

— ¡Vamos a jugar al fútbol! — anunció alegremente en el momento en que todos estuvieron reunidos en el salón. Sus cinco compañeros intercambiaron unas miradas confundidas

— ¿Al qué?

— Al fútbol. Al deporte ese raro al que se juega con un balón — explicó Nagumo.

Fubuki vio como la cabecita blanca de Suzuno se asomaba con cautela desde el fondo del pasillo. Lo saludó y Suzuno se escondió como un gato asustado.

Mientras la idea no hacía precisamente furor entre los compañeros de Nagumo.

— Yo no quiero jugar a eso. Tiene pinta de ser un juego para salvajes — opinó Nozomi con cara de disgusto.

— Y seguro que con el casco me asfixio — argumentó Sora.

— ¿Y por qué no te lo quitas para jugar? — preguntó Fubuki con curiosidad. Midorikawa puso los ojos en blanco.

— Nagumo, ¿te has parado a pensar bien todo esto?

— Midorikawa, ¿no teníamos que relacionarnos más con la gente con la que vivimos? Algo así me dijiste tú.

— Nagumo, eres fracamente idiota.

— Midorikawa, eres gilipollas.

Los otros cuatro chicos miraban el alegre intercambio de insultos entre sus dos (¿líderes? Esa era la impresión que tenía Fubuki al mirarlos, pero le resultaba extraño una jerarquía tan marcada en un grupo de amigos de la misma edad) y él decidió que no pintaba nada en todo eso.

— Si me disculpáis voy a ver a Suzuno. Ya me contáis ahora qué habéis decidido — le explicó al aire, porque ninguno de ellos les estaba escuchando, demasiado entretenidos en discutir.

Fubuki avanzó por el pasillo donde el olor a casa vieja y humedad se mezclaba con el de la comida que Rinko preparaba en la cocina. Era una excelente cocinera, y Fubuki esperaba que le invitase a quedarse, hacía mucho que no probaba sus platos.

Llamó a la puerta de Suzuno y abrió sin esperar respuesta.

— Soy yo.

— ¿Por qué has invitado a estos a nuestro equipo? No tienen ni idea — le ladró Suzuno, que estaba buscando algo debajo de la cama.

— Porque con cuatro personas no podemos hacer un equipo, Suzuno.

— Tonterías. Con esos pazguatos vas a conseguir tener a 11 personas en el campo, pero no un equipo.

— Si el entrenador hubiese sido así de simpático contigo cuando empezaste a jugar igual ahora no estaríamos aquí — Fubuki se tumbó en la cama de Suzuno mientras este seguía tirado en el suelo, casi debajo.

— Al menos cuando yo empecé a jugar ya había visto un partido de fútbol.

— Si ellos han vivido en Europa me extraña que nunca hayan visto ninguno.

— En Europa, eso es lo que ellos cuentan. No sé de dónde han salido pero parece que han vivido aislados del planeta todo este tiempo.

La cama botó al chocar algo (posiblemente la cabeza de Suzuno) contra ella. Fubuki se asomó.

— ¿Qué buscas?

— Mi balón de fútbol. Al menos que sepan cómo es uno antes de empezar a jugar.

Para cuando Suzuno y Fubuki localizaron el balón en un rincón del cuarto de Suzuno las voces en el pasillo se habían acallado. Cuando ellos dos llegaron todos se miraban entre sí con odio.

— Hemos decidido que vamos a jugar — dijo Midorikawa.

"O a competir entre vosotros hasta mataros" pensó Fubuki. Fuese cual fuese la razón a él le convenía así que se calló.

— Genial, pues si pudieseis avisar a alguien más antes del jueves estaría genial, porque la verdad es que con vosotros somos justo once.

Suzuno, que había esperado detrás de Fubuki dejó caer el balón al suelo y eso llamó su atención.

Hubiese sido una idea genial que después de aquella conversación que mantuvieron mientras veían la dichosa serie de Aphrodi a alguno de ellos se le hubiese ocurrido buscar información sobre el fútbol. Un vídeo, la explicación de la Wikipedia, cualquier cosa, porque así habrían logrado evitar actuar de manera más que extraña de nuevo. Pandora dio un grito que intentó ahogar con las manos, Nepper dio un salto atrás, Reize abrió los ojos desmesuradamente y Burn se quedó blanco. El único capaz de mantener el tipo fue Heat, y en apariencia Gringo solo porque el casco ocultó su expresión horrorizada.

— ¿Pasa algo? — preguntó con desinterés Suzuno, cada día más acostumbrado al comportamiento extraño de sus inquilinos.

— Nada. Nada de nada.

Salvo que vistos de cerca los balones de fútbol de la tierra eran igualitos a las balas del cañón de protoneutrones.


Hiroto no había encontrado nada sospechoso en el taller Epsilon. Nada sospechoso ni nada en general porque no había sido capaz de encontrar la entrada secreta que debía de haber en los alrededores. El taller era una fortaleza que se resistía hasta a los artefactos de espías del Gran Hermano y eso era un logro impresionante, no al alcance de muchos. Entraban y salían de Aliea y otros planetas como de su propia casa, pero no era capaz de adentrarse en un negocio de tres al cuarto de la tierra, un planeta que lo más lejos que había conseguido llegar era a su propio satélite. Tal sistema de seguridad le indicaba que se estaba metiendo en algo demasiado gordo y bastante fuera de su alcance, pero era demasiado tozudo como para abandonar. No sabía si debía de advertir a su padre y a la agencia sobre esto; cabía la posibilidad de que su padre se preocupase y le ordenase volver, y era algo que no podía permitirse. Había algo en su interior que le decía que, si alguien tenía alguna posibilidad de reconducir a Midorikawa (se estaba acostumbrando a llamarlo por su nombre humano (aunque él no dejaba que lo llamase de ninguna manera) porque no le recordaba al Aliea ni a que eran enemigos) y los demás, ese era él.

De todas formas estaba preocupado. Esperaba recibir alguna visita, quizás alguna advertencia para que dejase de husmear en donde no debía, pero todo lo se encontró la mañana después de su incursión nocturna fue a Hitomiko leyendo el periódico en la cocina. Iba tan distraído mirando a su espalda como si algún matón a sueldo le fuese a salir por detrás del hueco de las escaleras que cuando quiso darse cuenta ella ya le había visto. Se quedó congelado en el marco de la puerta; no se sentía nada cómodo en presencia de aquella mujer.

— ¡Buenos días!— saludó efusivamente, intentando sonar natural y fracasando en el intento. Hitomiko solo gruñó algo sin levantar la vista de su periódico. Hiroto recuperó la movilidad de las piernas y se acercó al frigorífico a por leche para los cereales.

— Tus amigos ya se han ido. No parecen apreciarte mucho.

Más bien le odiaban tanto que a veces se olvidaba hasta él de que su excusa para estar allí era que todos eran amigos.

— Ah, ya. No importa. Tuvimos diferencias antes de que yo llegase, eso es todo.

No se había girado todavía cuando Hitomiko soltó la bomba, y casi tiró la mitad de la leche por la encimera.

— ¿Y papá qué tal está?

Hiroto guardó la leche en el frigorífico y recogió con un papel de cocina las gotas de líquido derramado. Fue el tiempo que usó para recomponerse y darse la vuelta con una gran sonrisa.

— Empezaba a dudar si eras tú de verdad. La última vez que nos vimos era muy pequeño. Cuando llegué, ni siquiera te reconocí, pero luego te observé de cerca el día de la fiesta y llevo desde entonces preguntándome si eras tú o mi imaginación.

Hitomiko cerró el periódico.

— Soy yo. El universo es un pañuelo.

— Y qué lo digas. ¿También has sido tú la que ha camuflado el Epsilon y borrado los datos de Desarm de nuestra base de datos?

El corazón le palpitaba a mil por hora. Hitomiko era la hija biológica de su padre adoptivo. Él no la conocía lo suficiente, pero sabía que era una mujer de armas tomar con la que era mejor no meterse.

Eso y que odiaba al Gran Hermano con toda su alma.

— Por supuesto que sí — Al menos no se cortaba nada. Se apartó el pelo de los hombros con un movimiento del cuello –— Mejor que no te metas en eso.

— ¿Sabéis al menos lo que tenéis entre manos?

Lo fulminó con la mirada.

— El negocio es el negocio y no te interesa lo que hacemos o dejamos de hacer. Súbete en tu nave espacial y vuelve a casa.

Hiroto tamborileo con la cuchara en el borde del bol. No sabía hasta donde podía forzar su suerte.

— A papá le gustaría que volvieses conmigo. O al menos saber de ti.

— Seguro que sí. Lástima que yo no esté por la labor.

— Él aún te quiere, y te perdonará sí...

Hitomiko dio una palmada en la mesa. A Hiroto se le cayó la cuchara al suelo.

— Papá no ama a nadie más que a su trabajo. Y no tiene nada que perdonarme: en todo caso es al contrario.

— Pero fuiste tú la que te marchaste y nos abandonaste.

— Porque con tu padre no se puede dialogar. Preguntarte fue un error. No quiero mantener esta conversación ahora.

Hiroto volvió a sus cereales sabiendo que su suerte se había agotado. Ahora tendría que recomponer su plan de acción y pensar en cómo iba a desbaratar los planes del Aliea estando Hitomiko de por medio. Y sin saber lo que ella pretendía.

Mientras su hermana adoptiva lo observaba a Hiroto revolviendo su tazón de cereales. No lo conocía tan bien como su padre, pero había cosas que recordaba de él como niño. Si se había descubierto es porque estaba completamente segura de que a pesar de todo él no la delataría. Era un niño muy raro, pero muy bueno.

— Hazte un favor, Hiroto — habló por fin— Sigue siendo como tú eres. No te parezcas a padre.


Fubuki practicaba multitud de deportes y en todos (o casi todos) era bueno. Tenía bastante habilidad para casi cualquier cosa relacionada con lo físico y sus padres no tuvieron ningún problema en explotarlo desde que era pequeño. Era lo bueno de ser hijo único (Atsuya no contaba como hijo). Natación, snowboard cuando en invierno visitaban las montañas, surf y, por supuesto, el fútbol, cualquier cosa se le daba bien. Era educado, era guapo y sería un hijo perfecto... de no ser por los dos tornillos que aparentemente, según los psiquiatras, le faltaban

Fubuki no estaba tan seguro de que algo funcionase mal en su cabeza, porque de haber sido así hubiese tenido alucinaciones antes. O escucharía más voces, y no solo la de Atsuya. O las pastillas le harían algún tipo de efecto. Pero, a parte de hacer que se le cerraran los ojos y se pasase el día dando cabezadas, no notaba el más mínimo cambio, de hecho le costaba horrores pensar con claridad y centrarse en lo que estaba haciendo. Sus notas se resentían, pero al parecer a Fubuki le habían tocado los padres comprensivos que adoraban a su hijo y que ponían su salud mental por encima de sus logros académicos.

Serían unos padres perfectos si de paso le creyesen.

No era tonto. Sabía que gran parte de sus problemas se solucionarían si dejase de hablar con Atsuya delante de otras personas. Pero era algo que no quería hacer, ¿no era mejor que su familia y amigos le creyesen, en vez de tener que ocultarles la verdad?

Aún así, en los últimos tiempos, después de tanto luchar, estaba empezando a rendirse. Estaba canasado de discutir con todo y con todos, así que desde su enésimo cambio de medicación había dejado de hablar con Atsuya cuando no estaban solos. Al perro esto le había sentado fatal y había decidido no contestarle y no hablar con él en absoluto. Era típico de Atsuya hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran.

Por eso le sorprendió oír su voz grave mientras metía sus cosas en una bolsa de deporte.

"¿Adónde vas?"

— Al campo de fútbol. He formado un nuevo equipo, ya te lo había contado.

"Creía que ya lo habías dejado"

— Nunca quise dejarlo en primer lugar y si tengo la ocasión... además, si papá y mamá me ven centrándome en otra cosa quizás me dejen en paz.

Atsuya bufó algo que parecía una risa. Lo cual molestó bastante a Fubuki.

"¿Y sigues jugando de defensa?"

— Nunca he jugado de otra cosa.

"Ser defensa no es nada guay. Lo que mola es ser delantero"

Fubuki adoraba a Atsuya. Y creía (o presuponía) que Atsuya le quería a él también. Así que no entendía por qué se empeñaba constantemente en picarle y tocarle las narices, sobre todo teniendo en cuenta todo por lo que estaba pasando. "Por tú culpa", no pudo evitar pensar.

Se arrepintió al instante. La culpa de lo que tenía que pasar no era culpa de Atsuya, sino culpa de sus padres que no le creían y que nunca le habían creído.

Aunque a Atsuya no le mataría ser un poco más simpático.

— A mí me gusta ser defensa.

"Así no vas a llegar nunca a nada".

Y siempre tenía que fastidiarlo. Fubuki en vez de contestarle terminó de recoger sus cosas y se encaminó a la puerta. No había nadie en casa, estaban los dos solos, y las patitas peludas de Atsuya resonaban en el suelo de madera cuando lo siguió hasta la entrada.

"Es una pena que con este cuerpo no pueda jugar. Yo sería delantero, tu robarías el balón para mí y yo marcaría. Juntos seríamos perfectos."

Atsuya era un capullo, pero no podía enfadarse con él. Le sonrió.

— Anda, ven conmigo. Creo que volveremos antes de que mamá y papá vuelvan y vean que me he saltado las reglas.


El primer día del renacido equipo del barrio, el único que parecía verdaderamente contento era Fubuki. Llegó al campo de tierra en el que había citado a todos con Atsuya y hasta parecía más despierto de lo normal. Los "jugadores", si es que a alguno de los integrantes se les podía asignar ese título, que habían logrado reunir eran de lo más variopinto: a parte de Suzuno y Aphrodi estaban los seis inquilinos de la casa de huéspedes, incluido Gringo, al que Aphrodi no dejaba de preguntarle si de verdad pensaba jugar con casco (tuvo que excusarse diciendo que le daba miedo que le diese un balonazo porque de pequeño se rompió la nariz de esa manera), Gran, que como siempre parecía llevarles años de ventaja y se había empapado bien de fútbol y hasta era capaz de mantener una conversación con Suzuno sobre jugadores y equipos, Clara, y ya que estaría bien tener al menos un suplente, una incorporación de última hora que no le hizo la más mínima gracia a Nepper.

— ¿Qué hace ella aquí?- preguntó colorado hasta la raíz del pelo y echando humo por las orejas a Heat cuando vio aparecer en el campo, tan alta como siempre, con una mochila de deportes colgada al hombro, a Yuki.

— La invité yo.

La había pillado hojeando una revista deportiva, y hablando había resultado que Yuki practicaba deportes desde pequeña. No había podido (o no había querido) callarse lo del equipo; le hacía un favor a Fubuki trayendo a jugadores que realmente tuviesen idea de que iba ese deporte y además Yuki era una chica muy amable.

Nepper reaccionó como si en vez de "la invité yo" le hubiese confesado "he matado a tu madre y me he comido a tu mascota".

— ¿Qué eres, un traidor?

— ¿Y tú que eres un crío? Acepta el rechazo como un hombre.

Nepper miró por encima del hombro y cruzó su mirada con Yuki, que lo saludó como si fuesen amigos de toda la vida. Él le giró la cabeza sin responder y se alejó al otro extremo del campo. Heat suspiró.

Quizás, como de costumbre, había sobrestimado a su compañero.

Hay veces en que solo puedes confiar en ti mismo.

Fubuki estaba todo lo animado que podía estar, que tratándose de él tampoco era mucho, pero le brillaban los ojos con una determinación y una intensidad desconocida para ellos hasta el momento. Es una pena que la inmensa mayoría de sus jugadores (él hacía las veces de entrenador) no estuviesen tan motivados... o lo estuviesen por otras razones poco deportivas.

De aquel primer día quedó clara una cosa: que no eran un equipo ni por asomo. El problema no es que la inmensa mayoría de ellos nunca hubiese tocado un balón de fútbol, qué también. El problema era que pasaban más tiempo discutiendo y peleando entre ellos que realizando algo que se pareciese a una actividad deportiva.

El primero que empezó fue Nepper cuando tuvieron que practicar los pases y Yuki le tocó al lado.

— Yo a esa no le paso nada— fue lo que contestó, sin mirarla. Ella solo suspiró y lo miró con lástima, lo cual pareció enfurecerlo más. Clara simplemente le cambió el sitio, pero desafortunadamente decidió no hacerlo en silencio.

— Es que sois como críos.

Cuando a Nepper le tocó pasarle el balón a Clara, lo hizo con un poquito más de fuerza de la debida. Y ella, que ya había jugado al fútbol de pequeña, se lo devolvió de la misma manera. El problema se agravó cuando empezaron a fallar y a darle a personas no implicadas en el asunto. Al final aquello acabó convirtiéndose en una batalla campal que tuvo que ser cortada de raíz por Fubuki (ayudado por Hiroto) antes de que aquello llegase a más. Después de aquello, Fubuki decidió ponerlos a practicar el control del balón, bien alejados los unos de los otros. Habían conseguido reunir balones suficientes para que los nuevos pudiesen practicar por parejas mientras los que ya habían jugado al fútbol se paseaban por el campo corrigiéndolos. Esta era la parte más difícil

Nagumo acabó emparejado con Hiroto, lo cual bastó para crisparle los nervios. Más aún cuando en su primer intento él mandó el balón al otro extremo del campo mientras que Hiroto lo atravesaba grácilmente como si lo tuviese pegado al pie. Al cabo de un rato mientras Nagumo solo había conseguido avanzar un par de metros sin que el balón se le descontrolase, Hiroto lo tenía ya tan dominado que Fubuki lo felicitó y se fue con él a entrenar tiros a puerta.

Nagumo los observó desde el otro extremo del campo, enfurruñado. Volvió a intentarlo solo para acabar tropezándose con el balón y caer de cabeza al suelo.

— Si no te tranquilizas no vas a hacerlo bien jamás — comentó la voz más irritante del mundo.

Nagumo levantó la cabeza del suelo para encontrarse cara a cara con Suzuno, que lo observaba sin piedad.

— ¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro?

— Vas muy rápido. Quieres correr antes de aprender a andar.

— ¿Ahora eres filósofo?

Suzuno suspiró.

— Con esa actitud es difícil ayudarte.

Nagumo se levantó del suelo y se sacudió la tierra de las rodillas.

— Igual yo no quiero que me ayudes.

Suzuno frunció el ceño.

— ¿Sabes? Tú acabas de empezar hace cinco minutos, pero yo llevo años entrenándome. Me gusta el fútbol. Fubuki es mi amigo. Y yo quiero que esto salga bien y no quiero que tú lo estropees.

— ¿Quién está estropeando nada? Eres tú el que ha venido a tocar las narices, te recuerdo.

— Solo te he comentado que lo estabas haciendo mal porque llevo jugando más tiempo que tú.

— Pues tienes un modo de señalar las cosas que no me gusta nada.

— Lo único que tengo claro es que tú y yo no nos podemos entender.

Suzuno se alejó de él ofendido. Nagumo vio que Clara lo miraba de reojo. Se levantó y siguió intentándolo con el balón.

Para cuando terminaron todos estaban cansados y no habían hecho demasiados progresos. Fubuki sin embargo parecía satisfecho. Quedaron en verse tres días después

Teniendo en cuenta que la mayoría de ellos vivían en la misma casa lo normal era haberse ido todos juntos, pero Suzuno estaba demasiado cabreado con Nagumo y Nagumo con el mundo, así que se retrasó a posta para poder volver solo.

Con lo que no contaba era con su Cuidadora Oficial, Clara, que lo esperó en el borde del campo de tierra.

— ¿Y tú qué es lo que quieres? — le ladró a ella

— Deberías hablar con Suzuno. Se ha enfadado — dijo Clara constatando lo obvio

— ¿Y? ¿Crees que él vendría a hablar conmigo si fuese al revés?

Clara pareció sopesarlo durante unos instantes.

— No voluntariamente. Pero si yo se lo pidiese quizás.

Burn resopló.

— Me alegro mucho de que tengas un amigo tan complaciente, Clara, pero yo ni siquiera soy tu amigo. Soy tu empleado. Y ahora no estamos en tu tienda.

Clara puso su mejor cara de pena que en una chica tan poco expresiva como ella era básicamente su cara de siempre con las cejas un poquito más bajas de lo normal.

— Pero es que me sabe mal que os peleéis. Tenéis tanto en común. Estoy segura de que os podríais llevar bien.

— A ver, como te lo digo, que me da igual que se enfade, que paso de él.

— Ay.

Clara se frotó el brazo y luego le dio un capón.

— ¿Y ahora por qué me pegas?

— ¡Porque es mentira y duele!, ¿no te tengo dicho que no me mientas?

Terminó la frase con otro capón.

— Eres una histérica. Voy si me das un día libre.

— Te doy libres todos los que quieras. Pero no te los pago.

— ¿Y entonces qué gano yo?

— Paz interior.

Burn la miró fijamente un rato. Clara le sostuvo la mirada .

— ¿En serio? De verdad que no os soporto a la gente de... este sitio.

Se fue refunfuñando de camino a casa mientras Clara lo observaba satisfecha con los brazos cruzados.

Alguien tenía que cuidar de los niños ya que no sabían cuidarse ellos solos.

Nagumo llamó cautelosamente a la habitación de Suzuno, que como si tuviese trece años y se hubiese peleado con su madre tenía la música a tope. Abrió la puerta y al ver que era Nagumo gruñó.

— ¿Qué?

Nagumo miraba al suelo con las mejillas tan coloradas como su pelo.

— Clara me ha dicho que te pida perdón porque igual lo que te dije te ha molestado. Pero a mí me da igual.

Mal modo de encarar la conversación.

— Pues muy bien.

Suzuno fue a cerrarle la puerta en toda la cara pero Nagumo la sujetó.

— ¡Espera!

La abrió de nuevo para volver a encararse con él.

— ¿Alguna barbaridad más que me quieras decir?

— Sí, que lo siento— dijo de corrido y a gritos— Igual me he pasado un poco. Pero tú tampoco eres muy simpático conmigo, para empezar.— añadió a la defensiva.

Suzuno se le quedó mirando, con una expresión entre enfadada y confundida en el rostro. Era cierto que no era muy simpático con él, pero igual que no era simpático con nadie. Suzuno había sido así de pequeño, y aunque no estaba demasiado, o no tanto como la gente podía suponer, contento con como era, no era capaz de cambiar.

— ¿Quieres pasar?— dijo más por tender un puente que por verdadero interés. No obstante Nagumo se le coló en la habitación.

Era grande y tenía un aspecto más moderno que el resto de la casa. Al menos en vez de esas paredes de amarillo descolorido de sus habitaciones esta estaba pintada de azul y las ventanas eran nuevas. Los muebles eran de madera oscura y estaban atestados de libros mal colocados unos encima de otros. También había ropa tirada por todo el suelo y la cama estaba deshecha. Suzuno era un poco desastre, no pudo evitar pensar Burn.

En vez de comentar eso decidió preguntar por la música que salía a toda pastilla del equipo de música colocado a un lado de la cama.

— ¿Qué escuchas?

— A David Bowie.

— ¿A quién?

Suzuno señaló un póster de un tipo estrafalario con un rayo pintado en la cara al otro lado de la habitación. Burn comprendió que era una de esas preguntas que no debería haber hecho porque probablemente todo el mundo en ese planeta conocía al señor del póster, pero por una vez a Suzuno no pareció extrañarle.

— Ya me ha quedado claro al pasar por delante de la puerta de tu habitación que tu gusto musical no es precisamente bueno, pero ¿ni siquiera viste Dentro del Laberinto de pequeño? ¿qué clase de infancia has tenido?

— Una muy diferente a la tuya.

Lo dijo de manera casual, pero Suzuno arrugó la frente y se dio cuenta de que quizás había metido la pata. Otra vez.

— Se me olvidaba que eras un niño rico, pero eso no quita que hayas visto las mismas películas que todos los niños.

— Supongo. ¿Es tu cantante favorito?

— Claro que sí— lo dijo como si la misma duda lo ofendiese. Agarró el mando del equipo de música.— Y esta es mi canción favorita. Escúchala y culturízate un poco.

Los primeros acordes ya le dejaron entrever que la canción era poco alegre, nada que ver con su querida Britney Spears, pero ya que había ido a disculparse, Burn le hizo hasta el favor de girar la ruedecilla de su traductor universal para entender de qué hablaba la canción.

Lo primero que pilló fue algo de una cuenta atrás y aquello le hizo gracia porque le recordaba al momento en que salió del Aliea. Y bueno, de hecho la canción parecía ir de naves espaciales. Aquello le hizo reír. Un planeta que no había conseguido llegar más allá de su propio satélite hablando sobre viajes interestelares. Qué graciosos eran en el fondo.

El momento y la canción dejó de ser graciosa cuando empezó a parecerse dramáticamente a su situación.

— ¿Te pasa algo? Se te ha puesto mala cara— preguntó Suzuno con el ceño fruncido.

— No es nada, solo es que está canción ya la había escuchado antes.

— Claro, porque es muy famosa.— contestó el sin darle importancia— Si quieres puedo prestarte uno de mis cds.

Suzuno revolvió entre sus cosas y sacó unos cuantos cds que puso en las temblorosas manos de Burn. Los recogió sin rechistar y salió del cuarto sin despedirse. La canción le había dejado una sensación desagradable en el pecho. Se encerró en su cuarto y dejó caer los cds en lo alto de la cama. No quería escucharlos.

Here am I floating
round my tin can
Far above the Moon
Planet Earth is blue
And there's nothing I can do


Space Oddity, que es la canción que menciono al final y el título del capítulo, fue el primer nombre de esta historia. Cuando escribí los primeros capítulos y Suzuno iba a ser un alien (sorpresa, aunque ya no recuerdo si lo había comentado antes) y Nagumo un humano y esto iba a ser un Nagumido. Ha llovido mucho desde entonces pero esa canción sigue siendo la inspiración y el corazón de esta historia. Muchas gracias, señor Bowie.

Y por lo demás, lo siento infinitamente. Dije cuando actualicé el capítulo anterior que me iba de viaje, y me fui. Y volví, y me volví a marchar. Y luego empecé a trabajar. Y todo esto hizo que mi concentración (ya de por si bastante escasa) y mi ritmo de escritura se resintiesen. Haber cambiado los balones de fútbol por los de baloncesto en cuestión de fandoms tampoco ayudó mucho la verdad. Sigo amando Inazuma, pero ya no es mi fandom principal y eso se nota.

Pero los niños del Aliea siguen siendo mis niños, a Suzuno lo quiero como si fuese mi hijo y esta historia ya está pensada hasta el final, así que aunque me quede sola escribiendo terminará. Muchas gracias por la paciencia y por todo, tanto a los que sigáis ahí como a los que ya no vayan a leer este capítulo. Gracias.