Eeeemmmm, sí, lo he hecho otra vez. Iba a poner excusas por estar desaparecida pero tampoco sirven de nada. En cualquier caso esta historia nunca ha estado abandonada y he vuelto a casa por Navidad
Capítulo 6: Starlight
— Taller Épsilon, le atiende Crypto, en qué puedo ayudarle
— ¿Hola? Mi nombre es Rean. Pertenezco a la confederación del planeta Laptunio. Estábamos en labores de documentación en la tierra cuando una nave nuestra ha tenido un desafortunado accidente. Está bastante cerca de su posición y nos preguntábamos si podrían hacerse cargo.
— En principio no hay problema, pero tenemos que verificar su procedencia ya que hay planetas para los que no trabajamos, ¿podrías mandarme la identificación y datos de la nave al correo que voy a facilitarte? Una vez lo tenga y lo consulte con mi jefe te diré si nos hacemos cargo.
— Sin problemas, ahora mismo. Adjunto también un informe de mi jefa explicando la situación.
[…]
— ¿Rean? ¿sigues ahí? No hay ningún problema. Nos dirigimos ahora mismo a la ubicación de la nave para recogerla.
Conversación entre la empleada de la armada R-98374 y el taller Épsilon, registrada en los archivos de la misión
Después de más de un mes en su casa, Rinko ya no hacía preguntas. No sabían exactamente con cual de todas las teorías disparatadas (pero ninguna lo suficientemente disparatada para acercarse a la realidad) sobre su procedencia se había quedado, pero lo cierto es que ya había dejado de interrogarles cada vez que uno de ellos hacía algo inapropiado. Aquello no solo fue un alivio sino que resultó ser doblemente útil porque Rinko actuaba un poco como madre con ellos y les aconsejaba, en algunos casos bien y en otros... no tanto. Por ejemplo les aconsejó que, en vez de guardar el dinero de sus trabajos temporales "debajo del colchón como los señores mayores" (la frase no tenía ningún sentido para ellos más que constatar de nuevo que la gente en la tierra tenía unas costumbres muy extrañas), abriesen una cuenta en el banco conjunta. Ella podría pasarles el recibo del alojamiento por ahí y todo sería más fácil. Siguieron su consejo, y con su cuenta de banco les vino una flamante y preciosa tarjetita azul que les abrió las puertas del infierno: las compras por internet.
El pueblo era bastante pintoresco pero desde luego no estaba precisamente bien surtido de tiendas., en cambio en internet podían encontrar casi cualquier cosa y así fue como sus ahorros fueron menguando.
Especialmente los de Pandora.
Ella tenía gustos extraños. Ya había comprado todos los libros que había en la pequeña librería de Yuki sobre mitología de todas partes del mundo, más alguno más que Clara le había prestado, pero internet le permitió pedir montañas y montañas de otros libros, más las horas muertas que se pasaba buscando información "aunque me gusta mucho más informarme en papel. Es más auténtico, mucho más terrestre" le comentó a Reize. Él intentó no interesarse mucho más por las finanzas ni los gustos de su amiga hasta que una mañana entró corriendo en la cocina y le incrustó un libro de mitología griega en la nariz. Le estaba enseñando una ilustración de una mujer que sujetaba una caja
— ¡Es Pandora!
A Reize le llevó unos segundos entender la causa del revuelo.
¿Se llama como tú?
— ¡Sí! ¿no te parece una coincidencia genial? De haberlo sabido no me hubiese buscado un nombre humano, me hubiese quedado con el mío.
— ¿Qué lleva en la caja? — le preguntó Reize mientras examinaba la ilustración. La sonrisa de Pandora le iluminó la cara entera, contenta de poder hablar de su pasión con alguno de sus amigos.
Pandora fue la primera mujer en la mitología Griega. Zeus la envió para llevar la desgracia a los hombres — parecía muy contenta para estar hablando sobre desgracias y calamidades — En esa caja llevaba todos los males, que al abrirla se esparcieron por el mundo.
Reize la miró confundido. Era imposible que Pandora no hubiese relacionado ese mito con su circunstancia actual.
¿Y eso te hace feliz, compartir nombre con ella?
La mirada resplandeciente de su amiga lo confundió. Parecía más tranquila y confiada de lo que había estado en días, después de la conversación que tuvieron delante de su trabajo.
— Bueno, es que quedaba una ultima cosa en la caja.
— ¿el qué?
— La esperanza.
Pandora no habría perdido la esperanza de que las cosas saliesen mal, pero Reize sí. No solo la nave seguía sin estar arreglada (Desarm les contestaba con evasivas cuando conseguían que les cogiese el teléfono) sino que últimamente todo el peso de la misión recaía en el él porque su querido jefe de misión y cocapitán estaba muy ocupado.
Ocupado en convertirse en un lunático.
— Nos están cerrando el cerco — le dijo un día, mientras cerraba la puerta de su cuarto con pestillo y echaba las contraventanas.
Para qué exactamente, era un misterio.
— ¿Y todo esto solo porque Suzuno escucha música sobre alienígenas que vienen a la tierra y misiones espaciales que salen mal? — Burn ya llevaba varios días dándole la lata con lo mismo.
— No es solo eso, listillo. Es... una suma de factores — dijo Nagumo. Iluminado tétricamente por la luz mortecina del flexo de su cuarto tenía una pinta de pirado impresionante, pero Reize decidió guardarse sus opiniones para él por si acaso — Su mejor amiga es una bruja, una bruja que por cierto sabe que mentimos. Hasta ahora confiaba en que Suzuno fuese un cabezón obtuso, pero si encima es abierto de mente y está abierto a la posibilidad de que haya vida en otros planetas...
— ¿Y has llegado a esa brillante conclusión solo porque le gusta David Bowie? ¿No te parece que es exagerar muchísimo?
— No es solo eso, también le pregunté a Clara sobre sus libros y sus películas favoritas. Lee ciencia-ficción, y le gusta la guerra de las galaxias.
— A todo el mundo parece gustarle La Guerra de las Galaxias — Reize aún no había tenido ocasión de verla pero le habían hablado varias veces y le llamaba mucho la atención. Tendría que pedirse los dvds la próxima vez que Pandora hiciese un pedido en Amazon — de ahí a qué crea que los alienígenas son reales...
— Bueno, tú opina lo que quieras. Yo a partir de ahora voy a mantener las distancias con él.
Reize suspiró. Burn llevaba diciendo desde que habían llegado que quería mantener las distancias con Suzuno, primero porque era "un imbécil y un idiota", después porque "saca lo peor de mí" (se abstuvo de comentar que no veía ninguna diferencia entre el Burn gruñón original y el que aparecía después de hablar con Suzuno), y así cada dos días encontraba una excusa nueva para llevarse mal con su casero. Y sin embargo, a ,los pocos días volvían a ser ¿amigos? ¿Enemigos? Lo que fuesen.
Afortunadamente, la vida de Reize era lo suficientemente interesante como para mantener su mente ocupada y ajena a las paranoias profundas de su jefe de misión. Tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Como por ejemplo sobrevivir a una clase de surf impartida por el tarado del hijo de sus jefes.
Tsunami Josuke llamaba la atención lo suficiente como para que se le distinguiese de lejos a kilómetros de distancia. Alto, moreno y con un peinado estrafalario que a Reize le recordaba a los cangrejos que vendían en el restaurante, lo saludó alegremente en cuanto lo vio aparecer en la playa con cara de despistado.
¡Aquí, Midorikawa! ¡Ya pensaba que no ibas a venir, tío!
Reize iba a responder a tan efusivo saludo cuando distinguió, entre otras cosas porque su piel tan blanca contrastaba enormemente con la de Tsunami, a Gran, perfectamente sonriente y aparentando normalidad, con una enorme tabla de surf.
Reize intentó que su cara no reflejase el desagrado que estaba sintiendo. Desafortunadamente su voz sí que lo reflejó
¿Qué hace él aquí?— le preguntó a Tsunami, como si Hiroto no existiese.
-Conocí a este amigo tuyo hace unos cuantos días, estaba sentado debajo de una palmera. Me dijo que os conocíais y le invité a venir hoy. Cuantos más seamos, mejor nos lo pasaremos, ¿verdad colega? — Tsunami le dio una palmada a Gran en la espalda que casi le disloca un hombro.
Mejor, sí.
"Un despiporre, vamos".
Reize estaba seguro de que al terminar la misión tendría la cara arrugada de tanto fruncir el ceño.
El verano era la época de partir sandías en la playa. Eso lo sabían todos los niños japoneses y lo sabían también todos los niños medio japoneses como Afuro. Así que escogió el día más caluroso del final del verano para hacer cargar a sus dos mejores amigos (o a los dos únicos que le quedaban en japón) con tres enormes sandías por la cuesta más pronunciada de su pequeño pueblo.
— ¿Sabes que tengo la tensión baja y hoy hace un calor del infierno?
— Calma, pronto estarás debajo de tu árbol-madriguera — canturreó Afuro — Deberías comprarte una pamela, Suzuno. Estarías monísimo.
— Debería reventarte la cabeza con esta sandía y no sé por qué lo hago — giró la cabeza hacia su derecha — ¿Y tú por qué no te quejas?
— ¿Eh? — Fubuki parecía a punto de desvanecerse bajo el sol pero seguía tan en su mundo como siempre — No me apetece quejarme, Suzuno. Además, tampoco me molesta.
Afuro que iba unos cuantos pasos por delante le dedicó una mirada resplandeciente a Fubuki.
— Ese es el espíritu. Venga, que me hace mucha ilusión hacer esto con vosotros, y el verano está casi acabando. Pronto tendréis que volver al instituto.
Se giró con su cabellera rubia danzando detrás de él y un millar de preguntas surgieron en la cabeza de Suzuno. Llevaba preguntándose la misma cosa desde que Afuro había aparecido, pero no sabía si era un tema que debía sacar. Puso mala cara.
No se dio cuenta de que, a su lado, Fubuki lo observaba de reojo.
Cuando llegaron a la puerta de la casa de huéspedes dejaron las sandías en el suelo. En el pasado siempre era Suzuno el que las guardaba, igual que su casa era la base de todas sus reuniones, así que ni siquiera hizo falta preguntar o hablar del tema. Las sandías se quedaban ahí.
Afuro se hizo una coleta con la mano y se abanicó el cuello. Parecía la estrella de televisión que era y al final la pregunta se le escapó a Suzuno.
— ¿Y tú qué vas a hacer? ¿no vas a volver?
Se soltó el pelo y puso una sonrisa. Quizás a Suzuno le colase por verdadera, pero Fubuki sabía que era falsa.
— Ya he vuelto.
— Sabes a qué me refiero.
Afuro se puso serio.
— No lo sé. Aún no lo he pensado.
Entonces Suzuno se dio cuenta de que a lo que estaba temiendo hasta ese momento no era la pregunta, sino el comentario que luchaba por escaparse de sus labios.
Lo dejó salir de todas maneras.
— Podrías quedarte aquí. No estaría mal... que te quedases aquí.
Afuró lo miró con sorpresa. Luego sonrió, esta vez de verdad.
— Mi trabajo está allí.
— Puedes triunfar aquí de todas maneras.
Afuro se miró los pies y luego se enrolló un mechón de pelo en sus dedos.
— Es... complicado. No puedo dejar toda mi vida de pronto y volver aquí.
— Es lo que has hecho, ¿no? Algo estarías buscando.
— Quizás — de pronto pareció ponerse nervioso — bueno, tengo que volver que se me ha hecho tarde. ¿Metéis vosotros las sandías? Muchas gracias.
Se alejó casi corriendo calle abajo. Cuando Fubuki y Suzuno se quedaron solos, Suzuno no se atrevía a mirarle.
— No es lo que crees.
— No creo nada.
— Quiero que se quede porque es mi amigo y lo he echado de menos.
— Ya lo sé.
— Lo tengo superado.
— Que te creo, Suzuno.
Suzuno lo miró extrañado.
— ¿En serio me crees?
— Más que tú mismo al parecer.
Suzuno volvió la vista al suelo. No le gustaba que la gente viese que en el fondo era una persona insegura. Pero la persona que tenía enfrente no era cualquiera, era Fubuki. Y lo conocía mejor que nadie excepto quizás Clara.
— Es que tú me viste en aquel momento... bueno.
— Aquello está olvidado. Tú decidiste no volver a hablar más de ello.
— Pero quizás debería hablar. Debería... pedirte perdón.
Fubuki no parecía afectado en absoluto por la conversación. Lo envidiaba por eso. Se puso frente a él y le puso las manos en los hombros.
— ¿Sabes qué? Creo que lo has superado, y por eso has podido decirle a Afuro que quieres que se quede. El Suzuno de antes no se lo habría dicho porque estaría resentido.
Suzuno puso mala cara.
— Yo nunca he sido tan inmaduro.
Fubuki le sonrió. Le dio un beso en la frente.
— Sí lo eres. Pero estás creciendo.
Hiroto no se había sentido más cansado ni había tragado más agua salada en la vida. Tiró la tabla de surf de mala gana sobre la arena. No quería decírselo a Tsunami, porque era una de las pocas personas en la tierra que lo trataba bien, pero era un profesor bastante pésimo. Sus explicaciones sobre cómo clocarse en la tabla habían sido vagas y difusas y "como os salga de dentro" y sus indicaciones de que había que ser uno con el viento y saber leer el mar no eran demasiado prácticas para la vida real.
Y luego eran los predicadores de Gran Hermano los que vivían en las nubes y decían tonterías.
Desde la orilla veía a Midorikawa luchando por subirse de nuevo a la tabla. Le temblaban hasta los brazos y se notaba que estaba cansadísimo. Ya debía estarlo porque se le daba incluso peor que a él. Hiroto estaba segurísimo de que sí Midorikawa aún seguía en el agua era porque él estaba en la orilla y quería pasar el menor tiempo posible a su lado. De hecho miraba a veces de reojo para ver si él lo observaba (y entonces se volvía a caer de la tabla).
Hiroto lo observaba, pero no pensaba exactamente en él, sino en su hermana y en su padre. Al llegar a la tierra se había encontrado con una sorpresa y un problema que no esperaba. Aún no había informado a su padre y no sabía si iba a hacerlo. No comprendía las razones de Hitomiko, pero estaba seguro de que era una buena persona, y tenía derecho a mantenerse al margen de la familia si eso era lo que quería. Pero ¿y su padre? Él que lo había adoptado, era a él al que Hiroto debía mantenerse fiel, y sabía lo mal que padre lo había pasado con la desaparición de Hitomiko. Merecía saber dónde estaba, y más aún teniendo en cuenta que la tierra, y por lo tanto, ella, corría un grave peligro.
Casi se rio de lo extraño de la situación. De todo el universo conocido, con millones de planetas posibles, siguiendo a Reize había ido a dar con su hermana.
Si creyese en el destino, hubiese dicho que era obra suya.
Aunque quizás no fuese ni el destino ni una casualidad
1984
— ¡No puedo más! - Midorikawa tiró la tabla sobre la arena y cayó boca abajo en la toalla, a su lado. Tsunami salió del agua más fresco que una manzana.
— ¡Habéis estado geniales, colegas!
Midorikawa giró la cabeza lo justo para mirarle con un ojillo negro acusador.
— No te rías de nosotros.
— En serio, no ha estado mal para ser la primera vez. Dejadme que os invite a algo como premio.
Tsunami fue en busca de las máquinas expendedoras más cercanas.
— ¿Cómo tiene energía para seguir corriendo?
— Práctica, supongo. ¿Qué tal estás?
Midorikawa intentó incorporase sin éxito.
— Me duele todo. Tengo que trabajar mañana temprano y es posible que no me pueda mover.
— Pide el día libre. Al fin y al cabo es el hijo de tu jefe el que te ha dejado para el arrastre.
— Pedirlo lo puedo pedir, pero no lo cobro — se quedó boca arriba — y no llegamos a final de mes.
— Si os hace falta dinero, puedo prestároslo. Sin ninguna segunda intención — se apresuró a añadir al ver la mirada que le estaba echando Midorikawa.
— Pensaba que ibas a estar dándome la paliza todo el día, pero estás de lo más callado. Qué te pasa.
Hiroto siempre parecía estar en calma consigo mismo y a veces a Midorikawa le costaba ver más allá. Se dejaba engañar por su exterior demasiado fácilmente, por eso había caído la primera vez.
— Nunca voy a dejar de intentarlo contigo, porque creo que hasta tú mismo sabes que esto no es lo que quieres — le contestó — , pero en estos días he vivido muchas cosas y quizás sea mejor dejarte por tu propio camino. Tu nave no termina de estar reparada, en el taller de Desarm os dan largas y creo que el tiempo juega a mi favor. Así que de momento he decidido quedarme como espectador.
Midorikawa se incorporó sobre los codos.
— Sabes, cuando me dices esas cosas con esa cara de seguridad en ti mismo, es cuantas más ganas tengo de cumplir con mi misión.
Hiroto se rio y le dio un golpe en la frente.
— Supongo que eres un poco inmaduro.
— ¿Y tú qué?
— ¡Ya están aquí las birras!
Tsunami apareció y le repartió una lata a cada uno. De birra tenía poco, era zumo de naranja, pero ninguno de los dos discutió con él. Se miraron y sonrieron.
— Deberíamos brindar. Por el mar y por la amistad.
— Me parece bien — dijo Midorikawa.
— Por el mar y por la amistad.
Y brindaron.
Heat disfrutaba de su día libre leyendo un libro que le había prestado Yuki en su cuarto cuando sintió una vibración proveniente de su bolsillo.
— Hola, fea – saludó a quién sabía que estaría al otro lado. Ya les había llamado una vez hoy y no solía ser habitual — ¿sucede algo?
Rean tardó un poquito más de lo habitual en contestar. Heat casi podía verla mordiéndose los labios con impaciencia. Conocía hasta el más mínimo gesto de ella.
— ¿Qué has hecho esta vez?
La voz de Rean le llegó tan indignada que tuvo que reprimir una sonrisa.
— ¿Cómo que qué he hecho? ¡No he hecho nada!
— Tardas mucho en contestar y eso solo lo haces cuando te sientes culpable.
— Es que el otro día tenía que haberos dicho una cosa, pero os pusisteis a enseñarme el mar y... se me olvidó.
— ¿Se te olvidó? ¿y era importante? — preguntó Heat con reproche. No se estaban jugando cosas precisamente pequeñas con esto.
— ¡Oye! ¡no te atrevas a juzgarme! Llevo un mes sin dormir más de tres horas diarias en el mejor de los casos e inventando historias para salvaros el culo, hay días que casi ni recuerdo como me llamo! Tú no tienes ni idea del infierno que es estar aquí.
— Vale, vale, lo siento. ¿qué es lo que pasa?
— ¿Recuerdas que me pediste que investigase sobre el taller? Y que no encontré mucho al respecto...
— Lo recuerdo.
— Creo que el que no encontrase nada al respecto es más significativo que lo demás. Escuché con el micro de la nave una conversación. Creo que era el dueño del taller hablando con una mujer. Su socia.
Heat frunció el ceño.
— Nunca nos comentó que tuviese una socia.
Creo que ella es alguien importante. Posiblemente es la que borra su rastro para que no se sepa nada de los integrantes del taller antes de que llegasen a la tierra.
— Es posible pero ¿te basas en algo?
Rean suspiró.
— Es solo una suposición.
— ¿Crees que saben quién somos?
— No lo sé. Por lo que escuché en la conversación sí que están reparando la nave. Y de hecho la encendieron, por eso pude escucharlo todo. Ya sabes que hay talleres que nos apoyan pese a a todo, pero...
Los accidentes eran algo habitual en las misiones del Aliea. Y no siempre la tripulación podía arreglar la nave por sus propios medios. Llegar a un taller diciendo que pertenecían a planeta Aliea era un riesgo; misteriosamente no todo el mundo parecía encantado con la idea de reparar una nave que podía volar a pedacitos un planeta y que de hecho tenía intenciones de hacerlo. Curiosamente los propietarios de los talleres espaciales eran quienes menos tenían que temer: un mecánico con conocimientos del planeta en cuestión siempre era un activo valioso, y los conquistadores del Aliea pagaban muy bien a aquellos que estuviesen dispuestos a aceptar unirse a ellos, así que muchos se vendían. Otros luchaban, destruían naves y alguna tripulación había muerto antes de que la flota llegase. Para ir sobre seguro era mejor mentir, pero no siempre colaba.
— Pero le distéis la documentación falsa. Creen que somos de otro planeta.
— Pero aceptaron demasiado pronto.
Heat empezaba a enfadarse.
¿¡y por qué me dices esto ahora y no entonces?!
— ¡Por que Ulvida escogió el taller! Es la jefa, ella sabe lo que hace. Yo estaba con ella. Es cierto que no había otra opción en el momento, pero teníamos buenas referencias. Hemos borrado bien nuestro rastro, nadie sabe que sois de Aliea.
— Excepto el Gran Hermano.
— Bueno, ya, pero contábamos con ello. No creo que este taller quiera tener lazos con ellos. Teniendo en cuenta el celo con el que borran todas sus huellas dudo mucho que todo lo que hacen sea legal.
— Y sin embargo, ahora has empezado a desconfiar.
— Sí. No, no lo sé. Esa conversación era demasiado sospechosa. Y están tardando tanto...
Heat se pasó una mano por la cara.
— Bueno, voy a ver que puedo hacer. Tú intenta ver si puedes averiguar algo más.
— Ya lo estoy intentando.
Las noticias de Rean en realidad tampoco cambiaban su situación. Heat nunca fue especialmente optimista al respecto. Entendió y asumió desde el momento del choque que su misión estaba condenada al fracaso. Cuando llegaron al taller Rean y Ulvida les habían contado una trola sobre que era del planeta Laptunio y que estaban en labores de reconocimiento, pero Heat siempre desconfió. Nunca terminó de creerse que el taller Épsilon se hubiese tragado la trola. Pero estaban entre la espada y la pared que no tuvieron más remedio que aceptar: la nave ya estaba rota, nada de lo que le hiciesen en el taller podría hacerla empeorar. Si Desarm sabía quiénes era había dos opciones: o bien la tierra le daba exactamente igual y estaba dispuesto a ayudarles o bien no pensaba arreglarles la nave, lo que les dejaba como al principio, no peor.
— Cuando la flota venga se acabará todo — quería pensarlo pero estaba hablando en voz alta.
— Oye... no te rindas aún — la voz de Rean sonaba desesperada — Yo voy a traeros de vuelta. Con vida.
Pobre Rean. Heat esperaba que pasara lo que pasara, a ella le perdonasen la vida. Técnicamente se la consideraba tan responsable como a ellos, pero Ulvida estaba con ella, quizás hubiese visto lo trabajadora que era, lo tozuda que podía ser, lo valiente y respondona y solo por eso la perdonase. Quería abrazarla (¿nunca la había abrazado? Siempre era ella la que lo abrazaba a él) y decirle que no tenía culpa de nada, que nada de lo que les pasase era su responsabilidad, porque sabía que si no lo hacía, o aunque lo hiciese, Rean no pararía de recriminarse todo lo que estaba pasando.
Pero no podía hacerlo, y las palabras nunca fueron lo suyo. Era Burn al que se le daba bien hacer que los demás se sintiesen mejor, aunque solo fuese diciendo tonterías y aunque no fuese consciente. Él solo era un llorica, el llorica de los tres. Rean y Burn siempre habían cuidado de él, y ahora quería devolverles el favor, pero no sabía cómo. Se sentía impotente.
— Buenas noches, fea. Hablamos mañana.
Colgó. Tenía muchas cosas en las que pensar.
La tarde en El Aquelarre estaba siendo lenta y aburrida. Apenas entraban clientes y Burn pasó la mayor parte de la tarde perfeccionando su arte de sujetar un lápiz con el labio superior. Al menos hasta que sus ojos repararon en el pequeño ordenador portátil que Clara y su madre tenían debajo del mostrador para asuntos de la tienda.
Lo encendió esperando echarse una partida al buscaminas cuando vio que de hecho tenía acceso a intnernet. Clara y su madre no parecían especialmente tecnológicas así que no le habría extrañado que no fuese así. Pensaba actualizar facebook y visitar sus páginas favoritas cuando se le vino a la mente su conversación con Reize por algún motivo.
No estaría de más informarse de qué sabían exactamente los humanos sobre los aliens, a parte de las películas que ya había visto.
Buscó en el navegador y empezó a saltar de artículo en artículo. La mayoría eran tonterías, otras sí que parecían plausibles (incluso reconoció una nave antigua del plantea Evena en una de las fotos de avistamientos de ovnis), pero nada realmente preocupante. Quizás Reize tenía razón y estaba exagerando. Aunque alguno de sus conocidos terrestres descubriese la verdad, ¿quién lo iba a creer?
Abrió un artículo más por diversión.
— ¿Están los aliens entre nosotros? — leyó una voz suavecita por encima de su hombro. Burn se sobresaltó tanto que casi se cae del taburete.
Clara miraba la pantalla.
— No sabía que te interesasen estas cosas. ¿te va la teoría conspirativa? — los ojos de Clara adquirieron un brillo interesado raro y Burn decidió que prefería no seguir por ahí.
— ¿La qué? No es nada de eso. Solo estaba... — eligió cuidadosamente las palabras para no decir ninguna mentira— leyendo artículos de alienígenas para matar el tiempo.
Tenía otros motivos pero lo cierto es que le pareció más interesante investigar que ponerse a trabajar, de modo que era cierto en parte. Lo suficiente como para que los poderes de Clara no se activasen.
— Es curioso que te aburras porque la trastienda está sin barrer y el inventario sin hacer.— comentó ella con reproche. Burn se frotó la nariz.
— Me estaba tomando un descanso.
— ¿De qué, si llegaste hace dos horas y no has hecho nada?
— Joder, tía, qué marcaje. Ya me pongo a barrer— tampoco podía seguir investigando con Clara delante. Ella le haría preguntas, preguntas que él no tenía ganas de contestar.
Clara se sentó en el taburete y cogió el ordenador. Le estaba dando la espalda cuando le preguntó.
— ¿Te pasa algo? Con Suzuno, quiero decir.
Nagumo se quedó clavado en el sitio.
— Hace días que no discuto con él. Desde el día del entrenamiento.
— Precisamente él dice que le evitas desde ese día.— Clara se giró. Burn bufó.
Lo que más le fastidiaba no es que Suzuno se hubiese dado cuenta, sino tener que darle la razón a Reize.
Maldito cactus sabiondo.
— No me pasa nada — Clara brincó y lo miró con furia. Nagumo se alegró de estar lo suficientemente lejos como para no llevarse la colleja que se habría ganado – Vale, me pasa algo. Es que... él y yo no encajamos mucho, y prefiero no tener que verlo mucho.
Igual que lo anterior, aquella era una verdad a medias, de modo que Clara no se percató. Pero lo miró con lástima.
— ¿Ya estás de nuevo con el cuento de que te gustaría que fuésemos amigos?
— ¡Es que yo estoy segura de que sí encajáis! Me lo dijeron las cartas.
— ¿Cómo?
Clara pareció un poco incómoda.
— Bueno, al principio no me decías la verdad, así que consulté las cartas, simplemente por saber si podía confiar en ti o no. Sólo quería saber sí Rinko y Suzuno corrían peligro.
— ¿Y qué te dijeron las cartas?
— Que no eras malo para Suzuno, sino todo lo contrario. Verás, antes de que tu llegases Suzuno estaba... un poco deprimido. Creo que está algo perdido en la vida.
— ¿Y las cartas te dijeron que yo le iría bien para la depresión?
— Bueno, no eso exactamente. Solo que erais altamente compatibles y que podíais haceros mucho bien uno al otro. Y después de veros juntos yo también lo creo.
Burn estaba un poquito cansado de Clara intentando venderle a Suzuno constantemente. Que el supiese, Suzuno tenía amigos... tres, uno de ellos en el extranjero, pero los tenía. Si habían tenido movidas en el pasado, no era cosa suya. Además, de qué le serviría encariñarse con Suzuno, a parte de para que le costase más luego llevar a cabo su misión. Ya le pesaba bastante haber entablado con Clara más amistad de la debida, mezclarse con más humanos estaba fuera de cuestión.
Clara seguía mirándolo como si esperase una respuesta. Al final pareció rendirse.
— Cuando termines de barrer el almacén puedes irte a casa. No necesitamos nada más por hoy.
Menos de media hora después, Nagumo emprendía el camino de regreso a la casa de huéspedes. Tenía la sensación de que Clara le había echado de la tienda y de que estaba enfadada con él, pero no podía hacer nada, no podía contarle la verdad. Lo único que podía hacer era intentar guardar las apariencias mejor de lo que lo estaba haciendo. Dejaría de evitar a Suzuno y volvería a los entrenamientos. Posiblemente, con el carácter que tenían los dos volverían a discutir y tarde o temprano Clara se olvidaría de su estúpido plan de que fuesen amigos.
— ¿Ya has vuelto?— una voz lo sacó de sus cavilaciones.
Sentado debajo de su árbol de siempre estaba Suzuno.
Quizás fuese por las conversaciones que había mantenido sobre él con Clara y con Midorikawa pero esta vez, incluso en un solo vistazo, Nagumo lo vio diferente. No era el chico altivo y borde que le hacía la vida imposible, tampoco el sagaz cospiranoico que Nagumo había imaginado. Solo un chico de su edad, solitario y extraño, con unos ojos enormes azules (aguamarina, "el color del mar", había comparado Pandora un día, y él había estado a punto de vomitar) que lo miraba con la misma curiosidad con la que lo miraba él.
Para bien o para mal (más bien para mal) los dos sentían una intensa atracción el uno por el otro.
Nagumo no lo podía negar.
— Clara me ha dejado salir antes — comentó—. Esta contenta con mi trabajo.
— Ya veo — Suzuno lo observó un poco más. Parecía que quería continuar la conversación pero, como no encontraba las palabras, volvió a su libro.
— ¿Qué lees? — preguntó Nagumo, más por hablar que por verdadero interés. No obstante Suzuno se agarró a ese cable.
— El juego de Ender — le pasó el libro a Nagumo — . Supongo que ni lo habrás leído, ni sabes nada de él.
Nagumo sintió deseos de poner los ojos en blanco pero se contuvo. Empezaba a entender que Suzuno era así, que provocar era su modo de relacionarse con los demás.
— No, no lo he leído. Clara dice que solo lees libros de distopías, ciencia-ficción y desgracias — Nagumo no estaba mirando a Suzuno sino al libro, pero sintió sus carrillos hincharse y su cara arder hasta sin verlo. La portada no daba muchas pistas. Le dio la vuelta, pero la luz del atardecer era demasiado tenue para leer la sinopsis — ¿Cómo no te quedas ciego leyendo con esta luz?
Suzuno se encogió de hombros mientras le quitaba el libro de las manos.
— Estoy acostumbrado. Por cierto, este es mi libro favorito junto con 1984.
— Ajam...
Ninguno de los dos tenía mucho más que decir, así que al cabo de un momento Suzuno volvió a su libro. Por algún impulso Nagumo se sentó a su lado. En silencio.
— ¿No te aburres? — preguntó Suzuno al cabo de un rato.
— No mucho. Se está bien aquí. Creo que entiendo por qué pasas tanto rato aquí.
— Seguro que tú estarías mejor en la playa.
— Seguramente, pero eso no quiere decir que aquí se esté mal. Hablando de ello, ¿por qué tú no vas nunca?
Suzuno no levantó la vista del libro en ningún momento, a pesar de que claramente no estaba leyendo.
—Te lo he dicho varias veces, el calor me provoca mareos y bajadas de tensión, además de que me quemo con facilidad. En verano debo permanecer siempre a cubierto.
Suzuno no parecía especialmente afectado, pero por algún motivo a Nagumo aquello le pareció tristísimo.
— No puedes vivir así. La playa es lo mejor.
— Sí que puedo, he vivido así toda mi vida— respondió molesto.
Nagumo lo miró fíjamente a los ojos durante un instante, justo antes de sonreír y ponerse en pie.
— Venga vamos. Ven conmigo.
Suzuno lo miró como si estuviese loco.
— Qué dices, a dónde vamos.
— Tú ven conmigo— le tendió la mano.
Suzuno alzó una ceja. Acepto la mano con cautela.
Nagumo tiró de él y el libro cayó al suelo. Ninguno de los dos se molestó en recogerlo.
No entiendo muy bien a qué ha venido esto, pero me parece una buena idea — Suzuno mordisqueaba con deleite su helado de menta y chocolate (le gustaban sabores muy raros en opinión de Nagumo) mientras paseaban por el paseo marítimo. Nagumo le había invitado a cenar y al helado, y Suzuno no se había quejado en ningún momento.
— Mi plan en realidad es muy diferente, pero tenía que esperar a que anocheciese — Nagumo comía un helado de chocolate, un helado de persona decente según su opinión.
Suzuno masticó lo último que quedaba de su cono.
—Y qué es lo que pretendes si puede saberse.
Nagumo no respondió hasta que él también terminó el helado.
— Esto.
Agarró a Suzuno por la muñeca y lo arrastró fuera del paseo marítimo, por uno de los caminos que avanzaban por la playa, hacia el mar.
— Qué puñetas haces, suéltame – Suzuno forcejeó.
— No seas aburrido, ahora no hace calor. Vamos a bañarnos.
— Está prohibido entrar a la playa de noche. Si nos ven, nos multarán.
— ¿Si nos ve quién? Suzuno, no te ofendas, pero la parte no turística de tu pueblo está bastante muerta.
Suzuno se ofendió.
— Muy bien, pesado. Pero solo lo hago para que me dejes en paz.
Se quitaron las zapatillas y la dejaron al lado de una farola y avanzaron por la arena. Las nubes tapaban la luna y la contaminación no dejaba ver las estrellas, de modo que la playa estaba tan oscura como la boca del lobo. El mar se oía, rugiente, a lo lejos, pero no se veía.
Suzuno tenía más miedo del que quería reconocer.
— Nos vamos a meter en un lío si nos pillan.
— Mira que eres gallina... — Nagumo volvió a agarrarlo de la mano. Debía de estar verdaderamente asustado porque no protestó. A Nagumo también le impresionaba bastante el avanzar a ciegas por la playa oscura, pero sabía que no tenía nada que temer del mar.
Al final una lengua fría les acarició los pies. Suzuno saltó.
— ¡Está frío!
— Tus manos están más frías. El agua está mucho más calentita que de día.
Nagumo tiró de él con decisión. Lo arrastró hasta que el agua casi les llego al bajo de los pantalones cortos.
Suzuno estaba nervioso e intentaba mirar al agua a su alrededor. A Nagumo le hizo mucha gracia verlo así. Suzuno siempre tenía el control y estaba calmado, aquí lo había perdido totalmente. Dio un grito del que, de haber sido consciente, no se habría sentido nada orgulloso y se lanzó en los brazos de Nagumo cuando algo le rozo la pierna.
— ¡ ME HA ROZADO ALGO! ¡ES UNA MEDUSA! ¡ME HAN PICADO POR TU CULPA!
— Suzuno, si fuese una medusa, ahora mismo te estarías retorciendo de dolor.
Suzuno no parecía muy convencido. Seguía mirando a su alrededor escrutando las aguas negras. Nagumo sabía que debía soltarlo. Sabía que Suzuno ni siquiera se había dado cuenta de que estaba agarrado a sus antebrazos con desesperación y que él le había rodeado la cintura. Pero no lo hizo.
La luna asomó detrás de las nubes y pudo verlo con más claridad. Suzuno era de su misma estatura, y Nagumo se quedó pensando lo bien que encajaban sus cuerpos en ese momento. Clavó esos ojos que siempre lo escrutaban como si quisiesen ver dentro de él en los suyos y tuvo que reconocer que Pandora siempre había tenido razón.
Suzuno no necesitaba la playa porque tenía el mar dentro.
Sus cejas blancas se fruncieron y aquello rompió un poco la magia.
— Qué pupilas más raras tienes...
Aquello le heló la sangre en las venas. Había conseguido evitar el tema hasta el momento. Sabía que sus compañeros no consideraban justo que Gringo tuviese que ponerse un casco y él no hiciese nada para ocultar su condición. Él había resuelto la disputa diciendo que era el capitán y que él mandaba.
Lo cierto es que nunca se había imaginado que estaría tan cerca de un humano.
— Parecen como rayos pequeñitos.
Como todas las de la raza de Nagumo. Que no era la misma que la de sus compañeros, y desde luego, tampoco la de Suzuno. No había ninguna diferencia significativa, salvo esas malditas pupilas delatoras.
— Suzuno, deliras. Te estás quedando ciego leyendo medio a oscuras — intentó bromear a pesar de que le temblaba la voz. Suzuno siguió mirándolo como si no le escuchase.
Nagumo apartó la vista y tiró de él.
— Venga, anda, vámonos. Ya he conseguido que te bañases y es tarde.
Suzuno no se movió.
— ¿Por qué? Yo no me quiero ir.
No le había soltado la mano, pero ni siquiera hacía fuerza. Y sin embargo Nagumo asintió y se quedó.
Estuvieron mirando la luna con los pies dentro del agua unos minutos más. Cuando Suzuno decidió, volvieron a casa en silencio. Ni siquiera se dieron las buenas noches antes de subir a acostarse.
Nagumo entró a su cuarto, donde Midorikawa ya dormía, tremendamente derrotado, pero feliz.
Feliz y en verdaderos problemas.
Hola a todos los que aún sigáis ahí. lo siento de veras. Antes de nada, quería comentar unas cosas:
- Las pupilas de Nagumo: Creo que he comentado alguna vez (en Entre Lobos y Corderos puediera ser) que me baso más en el canon del videoujuego que en el de la serie. La razón es simplemente que me parece más sólido (tampoco mucho más) y responde a algunas cosas que el anime deja en el aire. Si os fijáis en Nagumo, su diseño en el videoujuego es ligeramente distinto y tiene las pupilas en forma de rayito. Es lo que he querido mantener aquí, así que le he puesto una raza diferente a sus compañeros, igual que Gringo también es de otra por su color de piel (ninguno tiene ningún tipo de poder ni más importancia que esa, explicar las diferencias entre ellos).
- La escena de la playa entre Nagumo y Suzuno existía mucho antes que este fic. Solo que nunca escribí un one-shot al respecto porque me parecía que formaba parte de otra cosa. Aquí ha encontrado su sitio (y tiene gracia, porque la escribí al lado de la playa). Ha salido antes de lo que yo quería pero mejor que acelere las cosas.
Creo que no tengo ninguna curiosidad más que comentar, el juego de Ender es de mis libros favoritos también y nada más. El proximo capítulo será más cortito y algo diferente y luego viene un especial sobre el pasado de los personajes terrestres.
Lo que sí quería es pediros perdón. Los reviews que me dejastéis en el otro capítulo cuando ya pensaba que todo el mundo se habría olvidado de esta historia me hicieron inmensamente feliz, y pensé en contestarlos cuando publicase el siguiente capítulo... y aquí estoy ocho meses después. Ya me da vergüneza hacerlo, pero quería al menos agradeceros la molestia uno por uno SANDRITA, Nephra, Yani-Coffe, Nazu (mi Nazu querida 3) Naobear, Lia V. Zamora, Tami Shindou, Selene Uchiha (síii, es Kuroko, creo que eres la única que acertaste. Tengo fics, pero los tengo en Ao3. Búscame allí si quieres, soy Mireyan igual que aquí), gggggggggGGGGGG, daggivi, Tobby M, Mangetsu Youkai, Sora (no sé si seguirás pero estabas al principio y te lo agradezco igual porque te aprecio) Izzy que anda por ahí en las sombras y Viko y Fres que son las que más me aguantan. Esta vez intentaré responder los reviews según me vayan llegando para que no me vuelva a pasar, pero de verdad que me hizo muchísima ilusión que os acordaséis de mí.
Muchas gracias por todo y espero que no tardemos demasiado en vernos
