¡Hola! Me he sentido terrible al no poder actualizar éste fic más seguido. Los tiempos se me han acortado y se me hacía imposible siquiera terminar el capítulo, pero me he dado unas horas de descanso para poder hacerlo, en verdad que pido disculpas, es una fea costumbre.

Quiero agradecer a todas las que me han dejado comentarios, y escrito esperando la continuación. Aceptó todas las sugerencias y opiniones que tienen con respecto a la historia. Si bien es cierto que los personajes están algo OoC, espero poder darme al reto de evolucionar sus personalidades hasta las que todos conocemos y queremos.

Espero disfruten del capítulo.


—Así que… Camus Lefebvre… no es por desalentarte, pero aquí dice que tiene un hermano mellizo ¿Por qué crees que es tu hermano?

Shijima suspiró. Estaba claro que esa información tiraba a la basura toda suposición, pero había algo en él, que lo hacía sentir extraño.

—No sé si lo sea—confesó finalmente. El joven de mirada esmeralda y castaños cabellos lo observó confundido y sorprendido.—Lo he visto, ya me lo he cruzado en el hotel.

—No entiendo Shijima, porqué si estás seguro de que no es tu hermano, te interesa tanto.

El pelirrojo observó a su amigo de toda la vida. Sísifo era griego de nacimiento, pero había vivido muchos años en Inglaterra, donde compartió su infancia y adolescencia con el hindú. Volvió a suspirar mientras tomaba un sorbo del té que compartían en un bar junto al paseo marítimo.

—No lo sé muy bien, esa noche, cuando me observó, sentí como si se había sorprendido de algo, parecía hasta asustado, traté de no darle importancia pero… sentí una extraña conexión—vio cómo su amigo enarcaba una ceja algo escéptico—, suena absurdo, pero su mirada me causó mucha impresión.

—¿Y qué hay de su mellizo?—Sísifo trataba de hacer entrar en razón a su amigo.

Muchas veces lo vio ilusionarse con jóvenes que tenían características suyas o de sus padres, pero luego terminaba por desmoronarse al comprobar que ninguno de ellos era su hermano. Temía por la salud de Shijima, desde que lo conocía, el pelirrojo había sido una persona centrada, muchas veces seria e indiferente hacia los demás, pero con un gran sentido honorable y amable. Si bien el joven de descendencia hinduista no era de muchas palabras, siempre había tenido las justas y certeras.

Ahora que lo observaba, parecía estar perdiendo cada vez un poco más, aquello que lo hacía único, dejándose sumir por la amargura y la soledad.

—No lo he visto, pero si es la persona que lo acompañaba esa mañana, ese niño tenía el cabello rubio y largo como mi padre… Sísifo, ¿puede ser posible que en realidad en vez de un solo hermano, haya tenido dos?

El castaño no respondió de inmediato, no es que desacreditara su pensamiento, al fin y al cabo, lo único que tenía Shijima de prueba era una foto de él y sus padres, con su madre embarazada, pero si su búsqueda resultaba en otro fracaso, su amigo no lo soportaría y eso le angustiaba enormemente.

—Si es así, pronto lo sabremos amigo—la mirada del castaño se tornó seria—.Ya averiguaste dónde vive esa mujer.

—Sí, hoy mismo le daré una visita.

—iré contigo.


Los tres caminaban en silencio por las pintorescas veredas del barrio Plaka. Camus iba en medio, sosteniendo el brazo de un malhumorado Shaka, le molestaba que hiciera eso enfrente de la gente, como si él no podía valerse de sus piernas para caminar. Camus sabía que estaba molesto, pero su preocupación era mayor, había estado fuera durante toda la mañana y tanta exposición de repente podría perjudicarlo, no le importaba que su hermano se enfureciera con él, debían llegar rápido al hotel.

Claro que el francés sentía la constante mirada del peli lila hacia ellos, pero cuando lo observaba Mu volvía su mirada al frente avergonzado. Suspiró algo cansado.

—¿Qué es lo que sucede?—preguntó Camus, llamando la atención de los dos. Pero el francés observaba claramente a Mu.

—Disculpa, no pensé que mi presencia sería de molestia.

A decir verdad, lo que a Mu le incomodaba era la rojiza cabellera del francés, pues ésta le recordaba a Shijima y el hecho de que no había hablado con él todavía después de lo que había pasado.

—Eso no fue lo que pregunté.

—¡Camus!—Shaka alzó la voz al ver el comportamiento descortés de su hermano, impropio de él.

El pelirrojo suspiró, tomando aire para serenarse, se merecía la remienda de su hermano, en verdad que la preocupación lo ponía de mal humor.

—Disculpa Mu, es que ansío llegar al hotel para que Shaka descanse.

—No estoy cansado Camus, si así lo fuera, te lo diría. Te dije de volver al hotel porque sé que te preocupas demasiado, pero no por eso tienes que ser grosero con Mu.

—Ya le pedí disculpas.

—Está bien—interrumpió Mu la pelea entre hermanos—, no hace falta pedir disculpas, puedo entender tu inquietud.

—Gracias, por favor, acepta comer algo con nosotros.

Mu sonrió al tiempo que asentía a la invitación de Shaka. Camus no dijo nada, pero le parecía curiosa la actitud de su hermano. Aunque podía entenderlo, nunca había tenido la oportunidad de poder siquiera tener un amigo, y verlo interactuar con otras personas le daba celos y felicidad en partes iguales. Camus apretó sus puños al contener las ilusiones que el doctor Caristeas le había dado, ese hombre le había hecho la promesa de poder darle a su hermano una vida normal, y sin admitirlo aún, le había dado a él algo que tampoco nunca había experimentado.

«Tonterías» pensó para sí mismo. Lo único que importaba era su hermano.


Noroeste indio. Dieciocho años atrás.

—Arrójalo allí, con suerte esos monjes se harán cargo de él.

—Ten un poco de misericordia…

—Me ha hecho perder mucho dinero, ahora ya no me sirve, déjalo y vámonos, no pienso permanecer un minuto más en este mugroso lugar.

Sin esperar a la mujer que lo acompañaba, un hombre alto y elegante subió a un auto negro con los vidrios oscuros. Ella observó con lástima al hombre desmayado a los pies de aquel templo, esperaba que la piedad que ellos no habían tenido, se la dieran en ese lugar… si lograba sobrevivir.

Tomó un pedazo de papel que llevaba en su bolso y un bolígrafo.

"Mi nombre es Asmita" escribió en él, colocando el papel en uno de los bolsillos de la chaqueta destrozada del hombre.

—Espero algún día puedas perdonarme…

Derramó una lágrima mientras caminaba hacia el auto y subía, con la angustia reflejada en su adusto rostro. Nunca se perdonaría, pero tampoco podía hacer nada por él, estaba en manos de Dios, al igual que sus hijos lo estaban.

—Hallaron a la mujer, pero no los niños—comentó con indiferencia el hombre dentro del auto—, es probable que el desgraciado se lo haya llevado con él.

—Ella…

—Está muerta, y no, no me mires así, ya se encontraba muerta cuando la encontraron ¡maldita sea ese infeliz!—golpeó el tablero del auto con furia, sus ojos ambarinos refulgían de cólera—.Los encontraré…

La mujer apretó sus manos en el pecho. Todo se había salido de control.

Actualidad.

—Lleva en ese estado desde hace una semana.

El curandero en aquel perdido templo en medio de la nada, lo observó con preocupación, nadie conocía nada de ese hombre, había llegado hacía años como un indigente más, ya ciego y sin memoria. Asmita se encontraba sobre la cama, con las cosas que había recuperado esparcidas en la misma. El vestido purpura extendido, las fotos sobre la desgastada tela y sus ojos sin brillo, desesperados por ver.

El anciano caminó sigiloso hacia él, esperando al menos una reacción por parte del hombre, pero nada, parecía en una especie de trance. Una introspección hacia su debilitada mente, buscando respuestas ¿Por qué esa caja había aparecido? ¿Quién se la había enviado? ¿Acaso lo conocían? ¿Sabían su historia?

—Señor Asmita—intentó comunicarse el anciano.

Asmita.

Ese era su nombre, ese era lo único que lo identificaba. Cuando lo hallaron, lo único que llevaba consigo era un pedazo de papel que decía "mi nombre es Asmita". Claro que había sido imposible que él lo escribiera, ya estaba ciego, alguien más lo había dejado en aquel asilo, y esa persona – seguramente – debía ser quién le envió aquellas pertenencias. Pero ¿Por qué ahora?

—¿Puede decirme qué hay en las fotos?—pidió en un fino hilo de voz.

El encargado suspiró mientras el curandero lo observaba un tanto consternado.

—Como le he dicho, lleva una semana en ese estado, y lo único que ha hecho es pedir que le describan las fotos.

—Ya veo.

Se ubicó a su lado, en una precaria silla que se hallaba a un lado de la cama, tomó una de las fotografías observando la bella estampa familiar, que alguna vez debió vivir aquel olvidado hombre.

—Es una linda fotografía—dijo el anciano—usted no ha cambiado demasiado con el paso del tiempo, y al parecer fue muy afortunado, tiene una bella esposa y un hermoso niño aquí.

—¿Cómo son? Mi esposa, mi hijo, ¿Cómo son ellos?

—Nunca había visto un cabello tan rojo, ambos tienen el cabello así, lacio y rojo como las llamas ardiendo, o un ocaso en el mar, ¿recuerda algo de eso?—el rubio negó—.Tienen unos bellos ojos azules, su esposa lleva puesto el vestido…

—Ella está muerta—interrumpió de golpe el hindú. Tanto curandero como asistente se observaron.

—¿Recuerda a su esposa?

—Mi hijo nació enfermo, yo debía protegerlo.

La cabeza comenzó a dolerle, tanto que sentía los martillazos sobre sus sienes, cada vez que sucedían flashes de su pasado, el dolor era insoportable. Apretó sus parpados ocultando aquellos ojos vacíos. Secos, sin vida, sin brillo.

Si los cerraba podía encontrar la belleza del mundo, la única que había mantenido imperturbable durante el cruel paso del tiempo. Si cerraba sus ojos podía verla sonreír, bailar, besar, hablar… era tan bella. Podía verlo jugar, sonreír en brazos de ella… eran la belleza del mundo. Ellos dos.

—Indara… Shijima.

¿En realidad el tiempo y el destino habían sido tan crueles?

Aquellos nombres llegaron a su mente como el susurro de un recuerdo doloroso y devastado por las despiadadas manos del pasado.

Y luego, antes de volver a sumirse en el autismo, recordó los aterrados ojos del hombre al cual le había entregado en brazos al bebé. A su hijo pequeño, recién nacido.

Que inhumano e insoportable era el pasado. A veces, sólo a veces, rezaba por las noches para que su memoria nunca vuelva a recordar…


—Puedes quedarte en mi casa si así lo deseas, no es necesario que te quedes en ese hotel, yo ya no me moveré de Atenas—insistía Sísifo, mientras manejaba hacia el hotel donde se hospedaba su amigo.

—Te lo agradezco, pero por el momento no puedo dejar ese lugar.

—Lo dices por esos niños, ¿no es así? O por el muchachito que me has contado—trató de bromear, pero no pudo conseguir quitar la expresión de ansiedad en el rostro del pelirrojo.

Como esperaba Shijima no respondió, sino que se mantuvo inmiscuido en sus propios pensamientos. Sísifo sentía gran curiosidad por conocer a aquellas personas y comprobar así las palabras de Shijima.

Una vez aparcado el auto en el estacionamiento reservado para los huéspedes del lugar, Sísifo y Shijima se encaminaron al interior del mismo. Antes de ingresar vio como el pelirrojo respiraba profundamente.

—Oye, oye, tranquilo.

—Hoy es el día Sísifo, esa mujer tiene que saber dónde se encuentra mi padre y mi hermano.

—No te ilusiones tanto Shijima, debes estar preparado para todo.

El pelirrojo debía pasar por el comedor del hotel para ir a la pequeña oficina de encomiendas. Claro que eso no era ningún problema, sino fuera porque las tres personas que abarcaban todos sus pensamientos se encontraban allí, juntas.

Cuando Mu se percató de la presencia del mayor, sintió algo de alegría al verlo, pero inmediatamente cambio su expresión al verlo acompañado de alguien más, recordando lo ocurrido entre ellos. Camus que vio el rostro contraído del peli lila desvió su mirada hacia el objeto de atención de Mu, hallándose con el mismo pelirrojo que había encontrado el día anterior.

—¿Qué sucede?—cuestionó el rubio.

La brecha entre el pasado y el presente se hacía cada vez más corta.


¿Qué les pareció?

Quedó algo corto y confuso pero prometo aclarar todo. Sé que he dicho que habría romance, bueno en el próximo lo habrá ¡lo prometo!

Muchas gracias por leer, será hasta la próxima.