¿Se acuerdan de Aurora? ¡Volvió en forma de actualización! ^_^
Ya, merezco todos los linchamientos que me tengan preparado, lamento mucho la tardanza. El capítulo está listo hace semanas y no hallaba el tiempo para sentarme a corregirlo (mucho animo tampoco había).
Vuelvo a advertir que los hechos sobre la enfermedad de Shaka son pura investigación de internet. Con esto no pretendo ofender a nadie, ni herir sensibilidades.
Sin más espero y disfruten de la lectura.
—¿Cómo te encuentras?
El día ya había quedado atrás, a esas horas lo único que alumbraba la habitación era un velador que despedía una tenue luz amarillenta, que producía más sombras que claridad. La habitación daba también a un jardín extenso, que lindaba con un pequeño sembradío de arboles, amortiguando el sofocante sonido de la ciudad. Por lo que el sonido que hacía escasos segundos sólo se limitaba al silbar de las respiraciones, se vio perturbado.
Sus ojos también habían despertado hacía un buen tiempo, cuando quiso mirar más allá del techo, se percató que ya se hallaba lejos de aquella mujer y su residencia. Estaba en casa de Sísifo. Una casa que siempre le supo enorme para una sola persona, algo hipócrita si comparaba su ostentosa mansión en Londres, donde convivía con algunos criados nada más, después de la muerte de sus padres.
No deseaba hablar, no deseaba otra cosa que encontrarse con esa persona «Shion Qing» recordó. Pero la expresión impaciente de su bondadoso amigo le indicaba que no se conformaba con el silencio.
—Es extraño—su voz sonó alta entre el retumbe de las paredes y el silencio que quería mantener—¿no lo crees? Debería estar llorando, debería sentir dolor, angustia o tan sólo estar triste. Pero no. En mi pecho no hay nada.
—Fue demasiada información, quizá en algunos días lo entiendas mejor—.Shijima observó a su amigo.
—¿Qué sentirías tú si descubrieras de repente que a tu madre la asesinaron poco tiempo después de que diera a luz? Sola, sucia y olvidada...
La expresión en el rostro de Sísifo se contrajo, juntando sus cejas mientras que sus verdes ojos cobraban filo, algo poco usual en él, que siempre prefería devolver una sonrisa. Guardó silencio. Después del episodio en la residencia de aquella mujer, el castaño decidió que era mejor mantener a su amigo cerca, sintiendo muy latente en él aquella sensación de desconcierto, esa horrible opresión en el pecho que le recordaba el cambio drástico en su amigo, al cual parecía desconocer por completo. Y temía por las reacciones de él, de lo imprudente en que se había transformado. Temía que esa impulsividad lo llevara a cometer estupideces y estropear todo lo que habían conseguido.
Nunca en todos los años que llevaban de investigación, tuvieron una prueba tan contundente, un nombre concreto que lo conectaba al pasado y tal vez a resolver de una vez por todas el rompecabezas que tenía Shijima por historia.
—Sabes que no es lo mismo, Shijima—le pareció escuchar un suspiro.
—Recuerdo el día en que mi madre murió, todavía siento en mi pecho el dolor al evocar su recuerdo, sus últimas palabras, todavía se me llenan los ojos de lágrimas al imaginarla sonriente, ¿crees acaso que siento algo de esto por la muerte de esa mujer? ¡Ellos vendieron a mi hermano! ¡lo vendieron como si fuera ganado y me abandonaron en aquella maldita casa perdida en el mundo!—hizo una pausa mientras recobraba el aliento que había expulsado, sonriendo, o eso le pareció al castaño—; y hay algo irónico en todo esto, algo que nunca supe y nunca cuestioné.
—¿Qué es?—inquirió, Sísifo.
—¿Por qué mis padres, fueron hasta ese lugar? ¿Por qué decidieron comprar un hijo ahí? ¿Por qué, Sísifo?
El silencio volvió a reinar. De alguna manera el castaño sabía que no debía responder a esas preguntas, porque nada de lo que diría podía ayudar. Él hacía mucho que se cuestionaba eso.
Shijima volvió a suspiran antes de hacer el ademan de incorporarse, pero la firme mano del castaño sobre su pecho se lo impidió.
—Quiero que descanses, quiero que no pienses en esto por unos días, que retomes tu habitual tranquilidad—Shijima notó como la comisura de sus labios se elevaba mostrando una sincera sonrisa—; quiero recuperar a mi amigo.
Pero Shijima no estaba dispuesto a ceder.
—No puedo. No mientras tenga en mi mente el nombre de ese hombre, no mientras mi alma hierve por saber la verdad...
Intentó una vez más abandonar la cama, a sabiendas de que sería en vano con Sísifo ahí. Una mirada determinada le bastó para desistir, mientras el castaño sonreía por su pequeña victoria. Se acercó un poco para poder acariciar sus cabellos, buscando relajar lo más posible a su amigo.
—Déjamelo a mí, te prometo que averiguaré donde se halla ese hombre, y cuando tenga todo en mis manos podremos trazar un plan para poder hablar con él. Por lo que dijo Violate, Ese tal Shion era un hombre peligroso, no podemos arriesgarnos a ir sin ningún plan en caso de que quieran agredirnos—Sísifo se incorporó de la cama, donde se había sentado para calmar a su amigo. Shijima lo siguió atento con la mirada, sin decir una sola palabra—.No quiero que nada malo te suceda hasta que puedas reencontrarte con tu hermano.
Y aunque hubiera deseado protestar, la firme voz de su amigo no le dio opción alguna. Tal vez tenía razón. Quizá necesitaba unos días para aclarar su mente, para serenar su corazón, el cual no hacía más que bombear con ferocidad. Estaban ante una posibilidad única y Sísifo solamente deseaba que no estropearan la esperanza que se les había abierto, por la ansiedad de un reencuentro inminente. Comprendió al fin las palabras de su amigo y agradeció en silencio su infinita sabiduría para arrastrarlo de nuevo al camino de la serenidad.
—Gracias.
—Ahora descansa. Mañana comenzaré a investigar.
Se limitó a asentir. Recordando en medio de su atiborrada mente, que tenía una cita a la cual acudir.
Los días habían transcurrido vertiginosos. Tal parecía que compartían la misma ansiedad por que llegase el día acordado para el inicio del tratamiento. El clima otoñal se respiraba en cada esquina de la pintoresca Atenas, pero a pesar de ello, el calor no deseaba abandonar todavía la Tierra de los Dioses.
Mu observó el rojizo atardecer desde la terraza de un modesto restaurante que había encontrado escondido en las callejuelas de los barrios más bajos, cerca del mar. No hacia mucho había terminado una comunicación con su madre. Por días había intentado comunicarse con ella en vano, se sentía preocupado por el silencio de su madre que siempre había atendido a los dos timbrazos a más tardar. Sus ojos perdidos en el reflejo marítimo parecían oscuros por el intenso atardecer, la preocupación que había estado albergando se intensificó apenas escuchar la voz de su madre. La había notado triste, y aunque hubiera tratado con brío el ocultar su amargura, la voz que le devolvía el otro extremo de la bocina se oía como un inminente quiebre.
Había percibido la forzosa risa y alegría en cuanto le contaba la cotidianidad que en pueblo no mermaba su cause; la joven hija de la casa vecina había dado a luz, el anciano curandero del pueblo había caído enfermo y al parecer su muerte era cuestión de tiempo. El invierno se había adelantado y quemado algunas cosechas. Simplemente la vida que seguía su curso mientras él se hallaba en Grecia.
El joven peli lila la conocía bien, como para pretender ser engañado y sin embargo había hecho como si no notara nada extraño y reído y sonado alegre para su madre, le contó con lujo de detalles la belleza de Atenas, las amistades que había hecho, y lo bien que la estaba pasando.
Y ella asentía y sonreía, o al menos esa era su impresión. Sonreía, mientras lloraba en silencio sin que él pudiera verla. Mu apretó su mano contra su pecho y acto seguido se abrazó a sí mismo, su madre estaba sola, combatiendo el duelo por la muerte de su padre y rezando a las estrellas por su estadía en tierras lejanas, su interior parecía comprimirse ante la imagen que se enterraba en su mente de las lágrimas de su progenitora. Pero no estaba listo para regresar. Aún no. No hasta que lograse desprenderse de los temores que no lo dejaban avanzar. Sabía que su madre lo entendía, pero no por ello dejaba de sentir desolación.
Su teléfono sonó en ese momento, indicándole la entrada de un mensaje;
»Mañana es el gran día... gracias por tus bendiciones.
Sonrió.
Esa mañana le había enviado un mensaje a Shaka con el fin de disculparse por no poder almorzar con él ese día, y desearle sus mejores augurios para el tratamiento que comenzaría en el alba de la mañana siguiente.
Desde aquel almuerzo en su habitación y superado la timidez inicial, ambos se habían enfrascado en una amistad que consistía en reunirse todos los mediodías a compartir la comida. Camus los acompañaba de vez en cuando, teniendo Mu una impresión mejorada de la que se había llevado del adusto pelirrojo.
Pero por lo general eran ellos dos, a regañadientes y viendo que en ocasiones salía sobrando, Camus optaba por dejarlos solos, había días también en que ni siquiera se aparecía en el comedor del hotel y salía disparado hacia algún lugar que ellos desconocían «va a hablar con el Doctor Caristeas» solía decir Shaka con una sonrisa tenue.
No les había resultado nada complicado llevarse bien, ambos mantenían una personalidad tranquila, tal vez uno adquirida inevitablemente por su enfermedad, pero sea lo que fuese, ambos apreciaban la compañía mutua. Estaba consciente de la atracción que sentía por el rubio, una que todavía no llegaba a saber si era simple admiración u otra cosa más intensa. Shaka era un joven de intensas palabras, culto, con quien podía hablar de todo sin perder nunca el hilo de una conversación, siempre teniendo una respuesta para sus dudas, a pesar de su eclaustramiento, parecía entender perfectamente la vida.
Pensó en su primer almuerzo, en la conversación algo forzada y tímida... y su mente inevitablemente le llevó a pensar en el cáncer. Le había escuchado a su madre alguna vez llamarle "la sentencia de muerte". Algo horrible, que de sólo imaginárselo se le erizaban los vellos del cuerpo. Y que era la vida, sino una sentencia de muerte a fin de cuentas, Mu lo sabía y sin embargo no pensaba en ello. No llegas a pensar en ello de niño mientras juegas, de joven mientras te diviertes con tus amigos, de adulto formando una familia. No, sólo piensas en la muerte cuando te rodea, cuando te toca con su mano helada y te condena a recordar que esta ahí, expectante y que en algún momento volverá a cobrar su pago.
Mu sintió el pesado frío recorrerle la espina dorsal. Shaka había convivido con esa sentencia desde su nacimiento, aceptando la vida como parte de la muerte y no al revés, extirpándose el dolor que el miedo por fenecer genera desde que el hombre se irguió en la Tierra. Lo había visto en sus ojos, en su forma de hablar, en la determinación de sus palabras; el joven rubio no le temía a la muerte.
Una brisa fresca le hizo tiritar un poco, indicando que la noche tomaba parte del espectáculo. Permaneció un rato con la mente en blanco mientras seguía clavada su vista en la inmensidad de las aguas griegas. Entonces, de repente, pensó en su padre, en su madre y en él. Y la muerte que los había sacudido tan de prisa.
¿Habrá tenido su padre tiempo de pensar en la muerte? ¿Cuáles habrán sido sus últimos pensamientos?
Lo recordaba enorme y bondadoso. Severo y sonriente. Justo. Un hombre ejemplar, el cual había sido su modelo, al menos de niño ¿Y ahora?
Quería mantener esa idolatría intacta, pero ya no deseaba ser tan sólo el hijo de Shion Qing, el heredero del forjador, quería su propio nombre, su propio destino. Y por alguna razón, estaba aseguro que su padre también lo quería así, recordando las veces que le escucho decir—serás mejor que tu padre, de eso estoy seguro.
El joven rubio acudió a su mente una vez más, recordando sus historias de los años de tratamientos, el exilio, la obligación de permanecer lejos del contacto de los demás.
Y se sorprendió a sí mismo sintiendo admiración por el altruismo y entusiasmo que la presencia del joven transmitía.
Decidió responder el mensaje;
»Te visitaré en mediodía, no pienses que dejaré que te escapes de nuestros almuerzos.
Tal y como su nombre, Shaka había alcanzado un estado más alto al de cualquier persona común, de eso estaba seguro.
¿Él podría llegar a pensar de esa manera? Mu no lo sabía, pero deseaba aprender y tal vez Shaka era la persona indicada para enseñarle.
»Nunca huyo, tenlo por seguro.
Le había respondido el rubio.
Ansiedad. Desasosiego. Entusiasmo. Regocijo… Felicidad.
Los sentimientos bailaban en su pecho. En horas previas a ingresar en una nueva etapa, a – tal vez – un nuevo comienzo. Había imaginado el revuelo impetuoso que se originaba en el centro de su pecho, que le producía cosquillas en el vientre, en las manos, en las piernas. Había imaginado que no pegaría un ojo esa noche.
Y allí estaba, a esas alturas de la noche, con sus irises brillando como dos luceros en la oscuridad presente. Las gruesas cortinas tampoco dejaban ingresar las luces exteriores tanto artificiales, cortesía de los faros en las calles, como las bellamente naturales; la luna y las estrellas. Incluso el silencio se percibía estático. Hacía demasiado tiempo que su enfermedad no le producía semejantes reacciones. Parpadeó un par de veces, mientras perdía la vista en el obsoleto techo, que poco le decía y que tanto consultaba. Sabía cuál era el motivo principal de su inquietud: la libertad.
Una libertad que jamás conoció preso de un cuerpo frágil y enfermizo, la libertad que anheló por años, la que le supondría al fin, mostrarse como realmente se sentía, mostrar realmente su verdadero yo.
La libertad de ser él. El descubrir ese yo.
Eran alrededor de las cuatro de la madrugada, en una hora el despertador sonaría y él debería presentarse en las oficinas de su nuevo médico para comenzar con el novedoso tratamiento.
No distaba mucho de lo que venía haciendo toda su vida, las transfusiones estarían presentes, así como todos los síntomas posteriores. Sólo restaba aguardar que a postre, los síntomas y su propio cuerpo, dejen de molestar.
—Estás despierto—.De repente el silencio había sido quebrado por la suave voz de su hermano. Ni siquiera había sonado a pregunta.
Se tomó unos segundos para hablar.
—¿Crees que funcionará?
—Confío en Milo…
Shaka giró su cabeza hacia el lado donde se ubicaba la cama de su hermano, notando entre las penumbras que también lo observaba. Debido también a dicha penumbra, Camus no pudo observar la expresión interrogante en su hermano. Shaka conocía demasiado a su hermano, y el hecho de que se dirigiera al médico con tanta confianza, sin dudas, le sorprendía.
—Desde un tiempo a esta parte estás extraño—indagó—, hasta y ya pareces humano.
—Impresiones tuyas, nada más—dijo escuetamente el pelirrojo, claro que con una sonrisa que dejó escapar en un suave sonido.
No dijeron más nada, aguardando y tratando de descansar el tiempo que les restaba. La mañana sería demasiado agitada para ellos.
Cuando la hora se hizo inminente, ambos hermanos, salieron de su habitación. Un auto ya los aguardaba en la puerta, para sorpresa de ambos. De pie, de la manera elegante que lo caracterizaba, se hallaba su padre. Su semblante distaba mucho de la serenidad que siempre lo acompañaba.
—Shaka, Camus—saludó—tomé el primer vuelo en cuanto mis obligaciones me lo permitieron—abrazó a ambos.
—Papá no era necesario.
—Nada de eso, por lo que me han comentado, el tratamiento llevará su tiempo, y no me permitiría jamás estar ausente en tan importante asunto, eres mi hijo y lo único que tiene prioridad en mi vida es tu salud.
Camus sonrió escuetamente, mientras subía al automóvil seguido de su hermano y su padre. Cuando todos se hallaron en el interior, el vehículo marchó, siguiendo las instrucciones de Camus, hacia el edificio donde se hallaba la prestigiosa clínica que dirigía el talentoso doctor Caristeas.
—Quisiera hablar personalmente con ese médico, me he sentido muy excluido por ustedes en este tiempo, y creo que es mi culpa el que ya no creas en mí—Dégel hablaba tan seriamente que si sus hijos no lo conocieran, pensarían que estaba recitando una nota ensayada.
—No digas eso, nunca he dicho que no confiara en ti—habló Shaka—; y ni Camus piensa eso tampoco.
—Así es, solamente estamos intentando escuchar nuevas opciones, y a decir verdad Milo, quiero decir, el doctor Caristeas, nos ha dado confianza.
Ahí estaba otra vez esa familiaridad casi soñadora, con la que el pelirrojo se refería al griego doctor.
—Lo he investigado—Camus observó a su padre visiblemente afligido—, he buscado todas las referencias y al parecer, es de los mejores médicos que existen en la actualidad, a pesar de ser muy joven.
—¿Entonces?
—Curiosidad. No voy a entregarte a las manos de cualquiera.
Ambos jóvenes rodaron sus ojos, su padre no cambiaría jamás. El auto siguió avanzando por las bellas calles de Atenas, impregnando aunque no quisieran, la alegre vibra que transmitía su gente, sus pintorescos edificios, los bellos arboles lugareños. El sol comenzaba a transmitir tímidos rayos, mientras asomaba su luminoso cuerpo, Shaka observó desde la ventanilla a Atenas despertar. Algunos negocios ya abrían sus puertas, cientos de griegos caminaban a sus destinos, seguramente de trabajo, hombre y mujeres que paseaban a sus mascotas mientras aprovechaban el tiempo de hacer ejercicio antes de comenzar su día. Tantas cosas cotidianas que también se vivían en Francia y que – como en ese momento – siempre observó desde el vidrio de un ventanal. Suspiró mientras volvía a pensar en el tratamiento. Milo se había reservado bastante de la explicación para ese día, es por ello que se hallaba nervioso había explicado los pasos que harían en esta primera etapa, donde solamente se encargaría de elevar su defensa con transferencias de anticuerpos a través de una inmunidad pasiva.
Llegaron al edificio, descendiendo del auto rápidamente, la ansiedad conforme los pasos avanzaban, crecía en sus interiores, las expectativas que tenían ante esta nueva oportunidad eran enormes, pero también sentían temor de que después de tanto esfuerzo, no funcionara.
La secretaria los recibió con una sonrisa algo adormilada, seguramente había madrugado para estar en la clínica a primera hora, por ellos. Se ubicaron en los sillones de la sala de espera. Dégel se paseó por el cuarto leyendo cuanto diploma y honores había colgado en la pared. No aguardaron ni cinco minutos, cuando el rubio medico hizo su aparición.
Su semblante radiante casi como el sol de una tarde en primavera, sus ojos que transmitían el sereno arrullar del mar en la mañana y la sonrisa que simulaba el canto de los coros en el cielo, acompañó su llegada. Sí, así se presentó Milo ante la familia francesa, a pesar de que todos esos sentimientos no fueron captados más que por un sólo miembro. Camus sintió como si el corazón le rompería el pecho ante los latidos que con tan sólo observar al doctor se aceleraban, caldeando así su sangre. El rostro – por supuesto – se ruborizó.
—Buenos días—dijo sonriente, mientras sus ojos captaban al mayor, abriéndolos asombrado ante el parecido que llevaba el pelirrojo con ese sofisticado hombre.
—Buen día Doctor Caristeas, soy Dégel Lefebvre, padre de Shaka—extendió su mano que enseguida fue sujeta por el cálido apretón del griego.—No podía faltar en el tratamiento de mi hijo, pero antes de comenzar algo, me gustaría hablar con usted.
—Entiendo—dijo con seriedad—, y comprendo su preocupación, sígame, hablaremos en mi despacho. Shaka—se dirigió al menor—en unos instantes más estaré contigo.
Sus ojos luego se posaron en Camus, y como si de piezas de rompecabezas se tratara, sus miradas se conectaron, produciendo que ambos, en sincronía, sonrieran de una forma por demás especial. Luego ambos adultos desaparecieron ante las puertas.
—Te ruborizaste.
—No es cierto.
Shaka no pudo evitar sonreír.
Sintió la suavidad de la tela cubriendo su cuerpo. Lo habían dejado solo para que se cambiase en ese cuarto de un blanco inmaculado, como la bata. Casi como su piel. Hay un pequeño camastro, una silla, una mesa con varios frascos higienizantes, un diminuto ventanal por donde comienzan a aparecer los rayos de sol en todo su esplendor. Todo es blanco y oro; el cuarto, su bata, sus cabellos, su piel... y lo único que viola, que irrumpe sin invitación alguna son sus ojos, esos que brillan como aguamarinas.
Y pensó;
La vida entera conociendo el cuarto blanco, la bata suave y el sol que se cuela intentando saludar, mas siente que es la primera vez. Que jamás conoció nada de eso, que es la primera vez que enferma, que es la primera vez que padece tratamientos...
Pero por sobre todas las cosas, siente que es el principio del fin.
Ya nunca más cuartos blancos ni batas suaves.
La muerte se ve lejos y molesta, pues nunca pudo persuadir, a pesar de su endeble cuerpo, la voluntad de hierro que poseía.
Shaka sonríe, mientras unos suaves golpes en la puerta anuncian que aguardan por él.
—¿Todo listo?
El rubio observó a su médico. Le parecía increíble que en su rostro hubiera dos expresiones tan marcadas y conjugadas para demostrar esa confianza que transmitía apenas y te topabas con él. Eran sus ojos, quienes se encargaban de su lado serio, marcando una determinación apoteósica con cada mirada. No había vacilación, no había temores, sólo confianza.
Y luego estaba su sonrisa. Juguetona, enorme, perfecta. Tal cual la sonrisa de un niño, de un pequeño soñador y feliz.
Y era bello. Ahora entendía un poco mejor a Camus y su inusitado comportamiento ante el médico.
Milo enarcó una ceja, aguardando por una respuesta. Había adivinado el escrutinio del menor, pero eso no le ponía nervioso. En todo caso era una manera de tomar confianza el uno con el otro.
—Estoy listo—dijo al fin.
Milo volvió a su despacho donde ya aguardaban Dégel y Camus, listos para desearle suerte a su hijo y hermano respectivamente.
—Está todo dado para comenzar, no se preocupen, todo saldrá bien, tienen mi palabra—habló una vez la familia estaba junta—Shaka estaba en una silla de ruedas, una enfermera aguardaba para trasladarlo a la siguiente habitación—.Te administraremos suero y anticuerpos para levantar un poco tus defensas antes de inyectarte un virus leve, para ver el comportamiento de tu sistema ante el agente invasor.
El horror se dibujó en el rostro del padre, palideciendo. Prácticamente estaban diciendo que inducirían una enfermedad en Shaka para ver si es capaz por sí solo de combatirla.
—No temas papá—dijo el rubio al ver el rostro descompuesto de Dégel—.Todo será como tiene que ser.
Dégel no dijo nada, el nudo en la garganta era demasiado apretado como para permitirle hablar. Se limitó a asentir, mientras era sujetado de un brazo por Camus.
—Confía papá—dijo el pelirrojo.
Milo sabía que era algo arriesgado, el temor estaba impreso en el rostro de Dégel y Camus no era exento a eso, sólo Shaka parecía tranquilo. Su rostro reflejaba serenidad y eso algo realmente admirable y positivo para todos.
—No pondré a Shaka en peligro, confíe en mí—terminó por decir el griego.
Camus lo observó y Milo deseó abrazarlo en ese momento, pero sabía que sería poco profesional.
La enfermera se llevó a Shaka y Milo le siguió por detrás. Sólo restaba aguardar.
—Vamos a comenzar.
El especialista habló y Shaka cerró sus ojos mientras era trasladado a otra habitación y recostado en una cama, mientras el sonido de varios aparatos retumbaban en sus oídos. En ningún momento volvió a abrir los ojos, dispuesto a imaginarse en otro lugar, donde le campo dejaba entrever su verde césped sobre el colchón de flores que caían de unos arboles enormes. Él se sentaba entre ellos a pensar en nada, a limpiar su mente, mientras dejaba que el dulzor del aroma de las flores inundara sus fosas nasales.
Entonces no había dolor ni temor. Shaka podía combatir realmente a su enfermedad de esa manera.
Esa mañana, después de desayunar con Sísifo, Shijima se dirigió al hotel. Debía recoger algunas cosas, y había determinado buscar a Mu para concretar la cita. Su cabeza hacía años que no tenía espacio para nada más que recuperar a su hermano, y era la primera vez que sentía la necesidad de entablar una relación con alguien, así sea solamente una efímera compañía que le distraiga de su dolorosa búsqueda por un momento, o la ansiedad que germinaba en su interior cada vez que su simple beso renacía en su mente.
Le interesaba, desde que lo vio de pie en el hotel, desde que lo descubrió siguiéndole en la Plaza aquella vez. No sabía muy bien porqué había actuado de esa manera cuando lo llevo a cenar esa noche. Y quizá si. Quizá era la perdurada furia que lo embargó al verlo husmear en sus cosas, o la inusitada curiosidad que le genera. Sintiendo que de alguna manera está conectado a ese joven, a pesar de nunca haberlo visto antes.
Realmente deseaba conocerlo mejor, después de todo, tal vez era momento de pensar un poco más en él. Ser feliz a pesar de la ausencia de su hermano.
Sísifo tenía razón, debía volver a ser él mismo.
Notas: Espero sinceramente que hayan disfrutado de la lectura.
No he dejado de lado los hechos del pasado y mucho menos a Asmita que hace bastante ya no aparece, pero como vengo diciendo, todo a su tiempo. Se presentarán más personajes con el correr de los capítulos que estarán relacionados al pasado de los virgos y la relación de Shion en todo esto.
Sin más, muchas gracias por su eterna paciencia.
Gracias por leer. Será hasta el próximo capítulo.
