-letra normal: diálogo, narración.
-letra cursiva+entre comillas: pensamiento de los personajes.
Capítulo Ocho
Noche índigo y Fuego rojo
46
Nada más entrada la noche, las rondas de vigilancia alrededor de la casa señorial de Kuwait se redoblaron, dificultando andar entre los pasillos, no obstante el poseedor de las gemas color índigo supo arreglárselas para conseguir información suficiente y salir de allí sin levantar sospecha. Bufó ante la simpleza de su pensamiento anterior; había esperado por un momento que alguien se diese cuenta de los documentos faltantes. Las putas a las que dejó las últimas monedas que cargaba hicieron muy buen trabajo sonsacando información del desgraciado emir y no dudaron en darle incluso la oportunidad de acabar con el infortunado mientras gozaba de los placeres de la carne entre las piernas de la favorita, mas había decidido posponer toda idea concerniente al emir; le dejaría ser y actuar a su antojo, en la vida real conviene hacer tácticas e inversiones incluso de tiempo, le regalaría una extensión de tiempo a sus anchas hasta verle arrastrarse a sí mismo a su final, de todas formas el joven gobernante era tan descuidado como inexperto, él mismo se arrastraba a la perdición.
Había tomado nota que las cosas bien seguían igual o tanto peor que antes cuando aprendió durante la última traición confabulada contra él cuán peligroso era el género femenino. Caes en sus garras fácilmente y en el momento mismo que te adentras entre sus brazos eres presa fácil.
Las sirenas no estaban en el mar, sino en tierra firme. Con sus gestos y miradas, sus cuerpos tentadores y gemidos de placer generalmente fingidos y a los que el hombre no podía diferenciar sin la debida experiencia, te atraen al abismo profundo de un mar de complots, artimañas, cizañas y peligros inimaginables; las maestras del engaño.
No por nada habían aprendido de primera mano del maestro de aquellas artes, del mismo diablo.
-Ten cuidado donde cabecees esta noche viajero, y mira por ti mismo. Lady Antea es la segunda en recibir los beneficios del emir y sus hombres, ninguno de ellos gusta de los extranjeros.
Debidamente anotado. Solo el título de segunda hacía a una mujer maquinar los más diabólicos planes por obtener el primer puesto y acabar con la competencia, no dudaba también que el gobernante pudiese ofrecerle esa noche más dinero que el que cargaba él mismo, así como otros regalos- punto débil de las mujeres, al menos el destino había sido justo a darles esa ventaja a los hombres- por lo que estaría bien si no se arriesgaba demasiado, aunque abandonar durante la noche parecería muy sospechoso.
Arätz quedaba en buenas manos, por ahora hacer un reconocimiento por sí mismo y dar con el destino de su hijo parecía más importante, el viejo se las podía ingeniar, el futuro de la familia Al Sabah dependía de él mismo y de su hijo, si alguno perecía sin dejar descendencia que herede el gobierno de sus tierras se sumergirían en el caos al igual que otras regiones de oriente.
47
Una ceja partida- ¿o doble?- se enarcó en su dirección; sabía que no era una buena imagen ante los ojos de cualquiera, con sus heridas sangrantes y lleno de suciedad como si hubiese arrasado con todo el polvo que se levantaba sobre las dunas del desierto.
El chico pelirrojo no pareció reconocerlo bajo aquellas capas de andrajos y sin sus ropas habituales, pero él nunca olvidaría ojos tan peculiares. Junto a él distinguió dos hombres encapuchados, ¿cuándo el extranjero…?
-¿Qué haces en este lugar?
Oh, ¿acaso le había subestimado?
-Teniendo un picnic, ¿deseas acompañarme?
Y su sentido de humor agrio no podía dejar su lengua cerrada.
Parecía un gesto habitual en el chico el suspirar de ese modo tan resignado, lo que le hizo afianzar la impresión de que se trataba de aquel pelirrojo que antes había atacado.
-Podría ser un espía, deberíamos matarlo.
Uno de los encapuchados avanzó hacia él, mas el otro le detuvo.
-Espera, me pareces familiar.
El segundo tiró de sus mejillas, provocando que le empujase con toda la fuerza que pudo reunir.
-Moveos, no tenemos todo el día.
Al parecer tenían prisa y tanta que no se detenían a pensar en él y el daño que podría hacerle dejar a un desconocido que bien podría ser parte de una emboscada, o mirándolo desde otro ángulo se veía tan patético que nadie tomaba cuidado de considerarle un peligro.
-Tsk. Mejor para mi.
No se detendría a pensar en los líos que se metiera el pelirrojo, estaba claro que no le importaba.
-¿A dónde fue ese chico?
Sin embargo no podía dejar de preocuparse.
Al parecer se había dado un fuerte golpe en la cabeza, ¿desde cuándo le importaba lo que sucediese a terceros ajenos a su gente?
Continuó vagando por los pasillos de aquella vieja construcción donde había llegado a parar en busca de refugio. No sabía qué buscaban aquellos hombres, iban armados y se dirigían a lo interno de la fortaleza…
-Maldito mocoso, debí dejar que murieras en la tormenta.
Y eso que aún no sabía cuántos problemas le había acarreado salvar a ese chiquillo.
48
Kalid había llegado al campamento de las gentes de Baréim bien entrada la madrugada, con sigilo pasó entre las carpas que si bien estaban alejadas una de la otra y dificultaban el paso entre ellas por el peligro de ser descubierto cruzando el amplio margen de distancia logró aprovechar la oscuridad camuflándose bajo el manto de la noche y gracias a las telas oscuras que portaba.
-Es muy arriesgado lo que haces.
Si bien no se había visto descubierto por ninguno de los guardias, al parecer no eran tan estúpidos de dejar establecerse al cabecilla en la carpa principal, como había confirmado al adentrarse en la misma sin ningún problema ni causar ruido alguno. Aunque se sintió timado por lo que encontró allí.
-¿Eres el jefe de este campamento?
Los ojos almendrados se centraron en él, analizándole, mientras las pupilas rasgadas parecían querer absorberle en su interior.
Una sonrisa bailó en aquellos labios mientras sus manos hacían ciertos ademanes impropios en un hombre.
-Ni cerca.
-¿Quién eres entonces?
Si bien el comandante de aquel ejército no dormía en su carpa, dentro de ella no dejaría un cualquiera.
-¿Eres un espía?
-¿No te enseñaron que no se responde una pregunta con otra?
-¿Y a ti?
La sonrisa zorruna llegaba incluso a sus ojos, dándole un brillo travieso que le provocó cierta incomodidad.
-Listillo.
Quizás no tanto, como iba acercándose a él pudo distinguir que era un chico de elevada estatura, se había descubierto la cabeza y el rostro revelando una mata de espesas y lisas hebras azabaches, orejas perforadas en lo alto del pabellón y decorada con bellos sarcillos de piedras preciosas.
Sin duda no era un cualquiera, nadie en su sano juicio usaría tales prendas a sabiendas de que podía ser asaltado en cualquier momento que saliese de la protección de su casa, a menos que poseyese el estatus o dinero suficiente para contar con una guarda.
-No estoy armado.
Siguió avanzando hasta él y cuando estuvo a punto de retirar la tela que cubría su rostro dejando solo sus ojos a la vista, le detuvo.
Aquel gemido en respuesta debió advertirle.
-Al parecer no amaneceré solo ni en frío.
Con su mano libre había logrado colar la misma bajo sus ropajes y sobre su pecho. Era hábil con sus manos.
Pero no más rápido o fuerte. El de ojos índigo le inmovilizó con una llave, forzando ambos brazos del chico en la espalda.
-No hagas ningún ruido.
Él giró la cabeza para verle con evidente drama, una mezcla de ironía con toques de dolor e incredulidad.
-Vamos, no eres… mgh… un espía.
Cielos, quien los oyera creería que los ruidos que provocaban sus labios eran debido a un acto sexual y no dudaba que el menor lo considerase algo similar.
Aunque su país al igual que todo oriente consideraba antinatural la relación entre hombres, era como una epidemia cuando salías de las bulliciosas ciudades. Doquiera había un hombre dispuesto, en el desierto era común verlos coger como animales que no reparan en ser vistos o no mientras copulaban, era de lo más normal entre maleantes y prófugos, no sabía por qué le parecía algo más descubrir a este hombre con aquellas obvias tendencias en la carpa de un comandante de otra nación, cuando él mismo había gozado de los mismos placeres en su propia carpa en cada campamento. Y hasta fuera de ella.
-Puedo ayudarte a salir de aquí sin ningún problema si me dices lo que planeas.
-Entonces tendría que dejar evidencias al matarte.
-Iré contigo.
Hump. Eso parecía demasiado sospechoso, pero mordería el anzuelo. Había llegado allí para confirmar si los de Baréim habían tenido parte o no del atentado contra su hijo.
Un aleteo le hizo ponerse en guardia, más se trataba únicamente de una lechuza.
Dócilmente el chico le pidió liberase una de sus manos y le permitiese acercarse al ave, lo hizo con algo de recelo.
No podía permitir ser descubierto, por lo que fue a matar al ave, bien sabía que podía usarla para enviar algún mensaje y descubrir su ubicación, pero el chico fue rápido, el ave alzó el vuelo y ellos cayeron al suelo.
Maldijo en sus adentros al haber caído en la trampa cuando un montón de telas y pieles cayeron sobre él, mas creyó escuchar pasos. Soldados habían asistido a la carpa al escuchar el estruendo. No tendría escapatoria.
-Perdón por el alboroto, mi familiar no está totalmente domesticado.
La risa estridente de alguien se abrió paso luego que los soldados se habían marchado, justo cuando iba liberándose de aquella pila de telas fue derrumbado otra vez por mano del chiquillo.
-No te molestaré más tiempo, en verdad lamento el alboroto, tus soldados deben querer maldecirme ahora.
-Les ha servido para estar más alertas, ya sabes; alguien podría infiltrarse en medio de un alboroto.
-Entonces vuelve a tu carpa, allí estará más seguro.
49
Imayoshi no sintió tanto morbo aquella vez como cada que tenía sexo en público, pese a que el hombre sabía cuánto le gustaba el sexo rudo. Por lo menos pudo correrse, pero empezaba a creer que tanto libertinaje le había salido caro antes de entrada la vejez ya le parecía cansado por más que buscaba nuevas tendencias de placer carnal.
-Ha sido fenomenal, pero me gustaría dormir a lo menos dos horas antes de partir o caeré como peso muerto en el camino y eso no es recomendable.
-Nada que no sepa, doctor. Dormiré contigo.
Abrió la boca para protestar, mas consideró prudente callar y dejarlo ser. No estaba acostumbrado a dormir con sus amantes, era incómodo y quizás al final no podría conciliar el sueño de todas formas.
Dio la espalda al fuerte hombre quien no regresó a abrazarle, gracias al cielo. Gustaba de ser sometido, pero aun no aparecía el primer hombre con el que pudiese sentirse cómodo o considerar tan siquiera darse arrumacos, le daban alergias después del sexo.
Unas gemas índigo le devolvieron la mirada con frialdad bajo un montón de pieles y sonriendo cerró los ojos un momento sabiéndose observado.
Media hora más tarde sin embargo no creyó que sería tan impulsivo. Le había salvado la vida y allí se encontraba poniendo sentencia de muerte sobre su cuello.
-Intercambiemos unas palabras, señor de Baréim.
El aludido estaba tan asombrado como él mismo, cualquier rastro de sueño desapareció al instante.
-Serás asesinado por esto.
-No lo creo.
Bueno, su sentido de peligro y del morbo habían disparado exponencialmente, junto a otra parte de su anatomía que había respondido ante el tono grave y ronco de aquella voz. Ese hombre de ojos hechizantes le atraía como la luz a la polilla y él quería dejarse consumir, saber lo que se sentiría dejarse abrazar por su fuego.
50
Le habían tendido una trampa, desconociendo o no su identidad alguien quería hacerle daño.
Bueno, la lista se hacía infinita.
Tuvo a bien haberse movido de su posición anterior, aunque el rastro de sangre les daría una idea a sus perseguidores. Logró hacerse de un arma cuando batió contra el idiota que pensó podría derribarle solo al estar herido, una bala logró darle muy cerca del cuello y picaba como los mil demonios. Sus atacantes andaban cerca y él no poseía los recursos ni la fuerza para acabarlos. ¿Eran los mismos de aquella vez o solo se había visto en medio de alguna jugarreta del destino?
Corrió por entre los pasillos en busca de alguna salida o escondite, aunque por donde iba dejaba un rastro. Volvía a sangrar por todas partes, incluso entre sus piernas, lo que parecía extraño pero no se percataba. El instinto de supervivencia cegaba todo sentido de dolor.
Entonces en una curva le llovieron las balas, detrás estaban sus perseguidores y al frente otros tantos; bueno, detrás de él eran menos, lucharía hasta el final.
No obstante una mano tiró de la suya y fue apresado contra un cuerpo al que no dudó atacar.
-Ouch. Maldición, quédate quieto. ¿Quieres morir?
El aliento en su cuello y las palabras susurradas con dureza le hicieron estremecer, pero lo adjudicó a la pérdida de sangre, y pese a que estaba empañándose su visión logró avistar su salvador al girar el rostro.
-Tú… baka.
Una risa irónica sonó cerca de sus oídos.
-Esperaba un gracias, pero mejor a callar o seremos descubiertos.
Había sido arrastrado por pasillos ocultos, y si bien sus perseguidores habían visto por donde desapareció no pudieron seguirle más, perdidos entre tantos pasillos.
-Puedes bajarme.
-Claro, princesa. Y que dibujes una línea a nuestra perdición.
Tsk. ¿Ahora se da aires? Si supiera… mejor no, estaría en desventaja si decide tomar venganza de mí, no parece reconocerme. Complejo de héroe el suyo.
-No soy una mujer, maldito cabeza hueca.
Miró en derredor cuando al fin fue dejado sobre sus pies y no vio rastro de los acompañantes del chico, pero a la luz de las velas pudo ver el inconfundible cabello rojo.
-Vamos, no dañará tu estúpido orgullo si haces algo de trabajo. Juro que si lo dejas caer morirás.
Vio el paquete que fue dejado en sus brazos y se ahogó con su propia saliva. El golpe que recibió le dejó sin aire.
-Ba-ka…
-Sí, es mejor que tengas cuidado, pareces tan torpe que podrías suicidarte con tu propia saliva.
Frenó los pensamientos homicidas antes de que la realidad se asentase en su ser.
-¡¿Has secuestrado a un puto niño?!
TBC
