Aclaración de lectura:

-letra normal: diálogo, narración.

-párrafos numerados: saltos de escena y/o tiempo por escenas)

Capítulo Diez

El mestizo y el extranjero

58

Claro, no podía seguir soñando, de momento un mal olor le arrancó de cualquier enajenación; ni quería imaginar de dónde provenía esa podredumbre.

Descomposición de un montón de cadáveres debería ser, pero no estaba en ningún valle de cadáveres, ni siquiera en el desierto más.

Nada más lejos a la verdad.

Desorientado, el moreno buscó en derredor descubriendo que se encontraba en una posada, descansando sobre un montón de pieles esta vez.

Retiró las pieles que le cubrían, algo desgastadas pero funcionales pues le habían protegido de las inclemencias del desierto, para deslizarse sobre sus pies y explorar- convenía no fiarse demasiado en casa de extraños- , cuando empezó a distinguir voces más allá de la puerta de madera sin tallar.

Curiosidad y recelo le llevaron a acercarse lo suficiente para mirar y no supo cómo reaccionar ante la imagen frente a él; la de un extranjero sin nociones en el cuidado de un mocoso.

Con que de allí provenía el horrendo olor…

Sintiéndose de alguna manera agotado con tan solo verlos, se arriesgó a salir.

Y en el momento que la puerta chirrió, ojos carmesí le penetraron.

— ¿Siquiera sabes cómo cambiar un pañal?

Aquel gruñido como respuesta fue todo lo que necesitó.

Avanzó hasta la estancia, tomando asiendo sobre las pieles amontonadas en una esquina y recargando su cuerpo adolorido contra la pared, sin dejar de mirar displicente al colorido par.

— Agradece por lo menos que no mueres intoxicado por el olor. Hago cuanto puedo.

Daiki se encogió de hombros; no es como si le importase mucho, pero en verdad resultaba molesto verle hacer el ridículo con un jodido pañal.

— Te ayudaré a cambio que me digas por qué secuestraste al mocoso —. Taiga frunció el ceño, Daiki no pudo más que mirarle escéptico. — Lo tomas o lo dejas, chico.

Ahí estaba otra vez esa señal de escrutinio y reconocimiento.

El moreno creyó por un momento que le descubriría, pero toda expresión que advirtiese algún atisbo de familiaridad se esfumó tan rápido como había aparecido, reemplazadas por evidente muestra de molestia que dio paso a la burla.

— Seguro.

59

Imayoshi observó a su acompañante moverse por el mercado con tal confianza y familiaridad que le aguijonaba, pero desechó cualquier sospecha. Si fuese alguien peligroso para él ya hubiese muerto a sus manos, sabía que se había rendido muy fácil cual puta barata, pero se sentía extrañamente confiado en su presencia, incluso se atrevería a decir que protegido.

Frunció el ceño ante el descubrimiento de aquellos sentimientos. Debía haber un error, apenas había transcurrido un día y ya consideraba tan vital como el aire a aquel hombre de dudoso origen.

Bien que follaba como los dioses- nunca había sido poseído por uno, pero acababa de nombrarlo dios del sexo-, poseía un cuerpo divino bajo toda esa molesta tela- otro atributo divino- y su voz era tan erótica como pecaminosa, sus ojos le veían como si le desnudasen y le provocaba tantas cosas que empezaba a creer perder el control con tantos síntomas psicosomáticos; nadie le había intimidado antes, pues gracias a su personalidad y actitud la gente más bien prefería pasar de él o resultaban ser los intimidados, pero con solo una mirada de aquella persona se sentía extraño.

Sería muy estúpido creer que se trataba de química o tan siquiera sexo; su compañero ocultaba algo y quizás era ese algo, su misteriosa identidad bajo una fachada de mercenario y su actitud, lo que le atraía tanto.

— Debería sentirme ofendido. Ya he dicho que estoy limpio — se detuvo en el camino, fingiendo que descansaba sus rodillas, al escuchar una voz conocida. Por lo que arriesgándose a perder la pista de su acompañante se aventuró en el próximo callejón, pero no había nadie.

Escuchó un golpe seco a su espalda y giró para toparse con su salvador.

— Sí que sabes cuidar tu espalda, galeno.

Por Kami… en verdad él mismo no terminaba de acostumbrarse a usar tanta tela encima y su acompañante cada vez iba más vestido.

Dejó las preguntas al respecto para más tarde y miró a su atacante, confirmando sus sospechas y deteniendo cualquier intento del otro por tocarlo.

Disfrutó su reacción cuando sujetó su muñeca desnuda, lo único que llegaba a ver entre tanta tela, y su aliento se enganchó en la garganta cuando quedaron tan cerca. Recuerdos de lo ocurrido entre sábanas enviaron sus rodillas a temblar cual gelatina, mas recuperó el control al volcar su atención en el hombre inconsciente tirado en el suelo.

— Lo conozco, no le hagas daño.

No esperó su aceptación y procedió a atender al chico. Confirmó los signos vitales, comprobando que solo había caído inconsciente y examinó en busca de otras lesiones, encontrando algunas quemaduras leves, hematomas y heridas a medio cicatrizar, no muy profundas pero lo suficientemente expuestas como para infectarse.

— ¿Puedes ayudarme a llevarlo a nuestra tienda? Curaré sus heridas y quizás hasta nos pueda ayudar en tu empresa.

Sonrió apenas perceptiblemente, con su típica sonrisa escalofriante- un estigma que le había seguido desde siempre y nunca pudo cambiar eso sin importar cuanto lo intentara-, y viendo como su acompañante alzaba al chico como un saco de patatas se encaminó al lugar acordado.

Media hora más tarde su desafortunado atacante despertó y midió extrañado su reacción al ver a su acompañante.

— No te morderá, si es lo que piensas. Es mi compañía de viaje, un mercenario; ahora cuenta qué haces por estos lares.

El chico asintió y empezó a explicar- algo renuente por la presencia de terceros- en japonés: — La información no fue precisa. Resultó que había otro, se auxiliaron de un extranjero y nos tomaron por sorpresa. Lograron escapar con el infante y el jeque nos mandó a ejecutar a todos.

El chico alzó la mirada enrojecida al sentir una mano en su hombro; el moreno le miraba con simpatía, el otro sujeto no estaba seguro.

— Espero por tu bien que no estés inventando cosas y en realidad te hayan enviado para espiarme, si sabes lo que te conviene — recogió sus utensilios y miró en dirección de su acompañante, quien por desgracia ya no estaba. — Esperaremos hasta mañana y ya no las apañaremos. Debemos recuperar al infante antes que mi hermano se vuelva más loco de la cuenta; sé quién lo tendrá y no deseo más conflictos por nimiedades.

El chico asintió e hizo amago de incorporarse, mas el galeno le detuvo. — Descansa por este día. Necesitamos que tus heridas sanen y aunque tienes una rápida cicatrización sino le dejas estar no estarás listo mañana y te dejaremos atrás.

— ¿Confías en ese sujeto? Dices que es un mercenario, pero deberías tener más cuidado; no parece ser uno más del montón y de por sí ellos son peligrosos.

El mayor sonrió.

— ¿Cuándo un mercenario no lo ha sido? Y recuerda donde estamos; incluso la más leve apariencia de paz es señal de peligro. El desierto mismo es un ejemplo y no se necesita intervención humana. Tiene sus misterios.

60

Después de haberse dado un baño tuvo que encargarse del enano; el pelirrojo había conseguido provisiones y leche de cabra mientras él estuvo librándose de toda la mugre; rumió al ser tratado como una niñera, pero no quedaba de otra, no podía darle el mismo trato a un mocoso que a los adultos y olvidarse de su suerte mientras estaba en su presencia; por suerte tenía experiencia.

Tras ser aseado y alimentado el chiquillo había caído rendido. Le envidiaba, los mocosos a esa edad eran afortunados; solo comían, dormían y hacían su mierda de jalea de pañal.

Fue tomado por sorpresa al sentir una respiración en la nuca y giró para toparse con el pelirrojo.

Muy cerca, demasiado cerca.

Sus ojos le escudriñaban fieros y volvió a pensar que le descubriría, mas no fue así. Respiró aliviado cuando se apartó.

— Pareces persona sin tanta mugre.

— ¿Debo decir gracias? — masculló entre dientes y vio como el otro le miraba altanero.

— Sería lo de menos.

Cierto, había salvado su vida. Al parecer estaría eternamente endeudado de favores con este chico.

— No tengo dinero, si eso es lo que deseas.

Taiga le restó importancia y tiró del moreno en su regazo.

A Daiki le pareció que estaba siendo intimidado; por primera vez se sentía nervioso.

— ¿Qué haces…?

Entrecerró la mirada; debía ser una broma cruel ser tratado de aquella manera por aquel chico cuando él prácticamente le había violado cuando estuvo en su custodia durante un tiempo tan breve.

Al parecer las cosas se habían tornado en su contra.

Pero solamente estaba siendo observado- por el momento-, bajo el escrutinio de un animal salvaje al parecer.

— Solo deseo saber tu historia. No me fio de todo el que me encuentro y debes dar las gracias que me tomé la molestia de salvarte.

El muy capullo le estaba sobornando. Bueno, no tenía por qué decir la verdad, solo torcerla.

— Solo soy un simple hombre desafortunado en estas tierras.

— Por lo que veo tienes ascendencia nipona, ¿me equivoco? — no era tan estúpido como le pareció en su primera impresión.

— Sería justo sin el interrogatorio fuese bilateral — enarcó una ceja y se cruzó de brazos para hacer su punto evidente.

— Solo soy un hombre que por infortunios de la vida quedó varado en este país y he tenido que apañármelas para sobrevivir — el pelirrojo se encogió de hombros, sin soltar el agarre alrededor de su presa que yacía sobre sus piernas entrecruzadas.

— ¿Haciendo trabajos sucios como secuestrar un mocoso? — ganó un apretón en el agarre, ocasionando que sus heridas escocieran; las más pequeñas eran solo cicatrices pero las otras tardarían en sanar.

— A veces se necesitan medidas extremas, pero no perjudicaré al chico si es lo que piensas. Solo le he librado de su cautiverio. Este país está lleno de gente ruin.

— Lo sé, vivo aquí.

Después de un momento de silencio el moreno volvió a hablar y le contó una versión resumida y alterada de su historia, de modo sencillo que el pelirrojo pudiese tragársela, peor no quedó tan convencido al final cuando se había negado a soltarle.

— Podría matarte mientras duermes, ya sabes — musitó mientras veía como el otro se acomodaba para dormir, sin soltarle. Daiki entrecerró la mirada y evaluó su situación; tendría que actuar para hacer creíble su historia y que el chico no le descubriese o terminaría muerto allí mismo.

Podría apañárselas, no era la primera vez que tenía una aventura lejos de casa.

El amanecer les sorprendió durmiendo demasiado pegados, incluso el mocoso estaba medio encima de él con sus extremidades inferiores golpeando su cara- lo que le había despertado-.

Al parecer el calor hizo su trabajo y fue librado del abrazo de muerte; Taiga giró sobre su espalda pero no pudo seguir durmiendo más tiempo al sentir un peso sobre su cuerpo.

— Tu responsabilidad.

Fue al pequeño cuarto de aseo, donde había algunas vasijas con agua, suficiente para un día pero no más que eso.

Había alimentos sobre la gastada mesa- todo era gastado y viejo en aquella pequeña vivienda abandonada-, lo que indicaba que el chico había conseguido algo más de provisiones, pero no suficiente para un viaje.

— Nos moveremos en unas horas, conseguí algo de ropa.

Daiki miró sobre su espalda al montón de pieles limpias y tela de distintos colores, antes de desviar su atención al despreocupado pelirrojo, con recelo.

-Te ves demasiado confiado para ser un extranjero en tierra extraña.

Taiga solo se encogió de hombros, descansando allí sobre pieles con su brazo como soporte mientras veía los intentos de su presa por morder sus dedos.

-No dejes que se los lleve a la boca. Sabrá el cielo dónde estuvieron esos dedos- masculló por lo bajo el moreno mientras secaba su cuerpo. Deseó por un momento no haberle distraído pues ahora se sentía incómodo siendo observado por aquel extranjero; nunca había tenido pega al estar desnudo frente a otros hombres, pero quizás se debiese a las circunstancias.

¿Cierto?

Él era asexual, nunca había tenido ninguna inclinación ni siquiera en su adolescencia, y las pocas veces que había tenido sexo había sido más por obligación; ni siquiera lo había disfrutado.

Eso debía ser permanente, no podía estar despertando deseo sexual y menos por un hombre.

La sospecha en aquella sonrisa que le regalaba el pelirrojo le hizo pensar en la doble connotación de sus anteriores palabras.

— No han estado en ningún lugar después que me bañé, pero podemos cambiar eso.

Taiga nunca asaltaría a nadie sexualmente, pero toda la tensión alrededor de aquel hombre se estaba concentrando y enrareciendo. Con la agilidad de un felino le había atrapado entre sus brazos y arrastrado sobre las pieles; la idea era solo un juego, pero al verle tan enfurruñado bajo su cuerpo sintió tentación.

Por igual el moreno había descubierto su problema mañanero.

Era un hombre, tenía necesidades.

— Te lanzas así sin saber si estoy limpio; no andes asaltando a la gente sin saber sus hábitos; no soy de esos y no sabes si puedo transmitirte alguna enfermedad.

— Tu actitud y palabras lo dicen todo.

Daiki se vio abrumado por aquella mirada intensa y aunque por un momento sintió terror por volver a verse en aquella posición, prontamente fue subyugado con el mínimo esfuerzo de un beso.

No esperó la sensación electrizante ni que sus nervios se disparasen al primer contacto húmedo; fueron los mordiscos sin embargo los que aflojaron sus rodillas e hicieron que sus caderas se alzasen sin apenas percatarse de ello, creando fricción entre ambos cuerpos y perdiendo el control de su cuerpo.

Ya libre, y apenas respirando, miró ceñudo al pelirrojo quien le sonreía sin abandonar su posición, con una ceja enarcada.

Al parecer quería continuar y Daiki no sabía cómo sentirse al respecto por la atracción que empezaba a crearse entre los dos.

Dejó a un lado el sentimiento de temor por una curiosidad imperiosa de probar una vez más aquellos labios; no había sentimientos allí fuera de la pasión primaria ante la chispa de atracción y naturaleza carnal, solo curiosidad y necesidad de explorar; aquello era diferente de sus encuentros anteriores, del beso inocente que había recibido en la primaria, del beso que había compartido con su amiga de la infancia; los labios del pelirrojo no eran tan suaves como los de una mujer, pero eran carnosos y demandantes, cada roce con los suyos le invitaba a probar más y más y al abrir su boca supo que las cosas podían ser mejores.

Siempre le había parecido asqueroso el intercambio de saliva, pero al aparecer solo debía dar con alguien experto y algo de interés.

El beso terminó cuando la necesidad de aire se hizo apremiante, pero los labios del pelirrojo continuaron su labor de brindarle placer el moreno, deslizándose sobre cada ramo de piel expuesta. El aliento desigual de Daiki quedó atrapado en su garganta ante el latigazo de excitación que le azotó cuando aquellos labios se hicieron de un pezón y manos traviesas hurgaron bajo la toalla que apenas cubría su desnudez. Piel caliente se deslizó sobre su abdomen y pelvis, haciendo notable la presencia de sus heridas, llegando más allá donde su hombría yacía dura y demandante de atención, misma que le fue otorgada por la mano hábil del pelirrojo.

Con un gemido nada propio en alguien como él se corrió en la mano del otro; la bruma del placer apenas le cobijó el tiempo suficiente hasta que la falta de movimiento le hizo estar alerta.

— Pareces un adolescente en su primer orgasmo.

No había durado nada en correrse, solo con los labios del pelirrojo castigando su pecho y apenas una primera estimulación en la cabeza de su pene.

Le fulminó furiosamente mientras se libraba de su agarre, separándose molesto ante la realización de su caída.

Sintiéndose ultrajado deseó no haber sucumbido, pero incluso estaba tan herido que su compañero pudo retenerle una vez más.

— Hey, no es para que te molestes ni avergüences. Solo… es una sorpresa- para Taiga no lo era tanto el hecho de que se hubiese corrido rápido o no, sino que el moreno daba señas de ser tan inexperto en ello que por un momento sintió remordimientos de haberlo usado, aunque el moreno hubiese disfrutado el momento, sabía que era un golpe bajo burlarse de esas cosas. — No voy a burlarme, fue demasiado ver tu expresión.

Forcejeó ente el abrazo asfixiante mientras el otro le besaba, pero cedió pronto.

En aquellas circunstancias era más débil que el hombre promedio, casi tan indefenso como un niño en cuestión de fuerzas; eso y que los besos del pelirrojo parecían ser muy contundentes a la hora de convencer.

Pero él no sería considerado débil.

— ¡No más juegos, estúpido extranjero! — había empujado con todas sus fuerzas para librarse del pelirrojo y apenas lo logró tras romper el beso.

Taiga alzó ambas manos y le dejó libre, entonces reparó en sus heridas.

No debió presionar tanto.

Fue por un paño húmedo y le ayudó a limpiarse.

— Deja que lo haga, aun estás herido.

Aunque no lo suficiente para detener su asalto anterior.

Daiki frenó las palabras antes que llegasen a sus labios.

— Solo déjame en paz.

Taiga se cansó de tratar con un sujeto tan tozudo y le dejó terminar el trabajo de limpiarse mientras hacía lo propio con su mano e iba por algo para comer, de paso confirmando que el mocoso estaba despierto observando todo el altercado.

Esa mirada tan fija y despierta no era propia en un bebé de solo dos meses.

Mientras el moreno estaba en lo suyo se encargó de recoger. A Daiki no le pareció extraño ya que antes había dicho que partirían en poco tiempo, pero no sabía que lo incluiría a él. Sino era que estaba recibiendo la señal errónea y en realidad se trataba de que le dejaría sin tan siquiera algo de ropa.

— Vienes con nosotros, por supuesto — le había dicho el pelirrojo poco después cuando le preguntó.

Claro, tenía una deuda de vida ahora con un extraño con ansias de crear problemas.

-No quiero verme arrastrado en tus locuras ni quiero ser niñera.

-No será por mucho tiempo, solo una semana y te dejaré en paz. Te daré algo de dinero si accedes.

No le parecía tan tentador, aunque como todo mundo se veía en necesidad de conseguir dinero para subsistir mientras lograba retornar a casa, bien podía conseguirlo de otro modo en empresas menos comprometedoras. No le gustaban las responsabilidades y en lo que fuese que se hubiese metido el pelirrojo no pintaba nada tan sencillo como devolver un mocoso que había sido secuestrado.

En América quizás sea solo cosa de avaricia pro dinero el secuestrar personas, pero en aquellas tierras actos terroristas implicaban objetivos mayores.

— No necesito tu dinero sucio, extranjero.

Taiga enarcó una ceja.

— Bien, de todas formas me debes la vida.

— Si lo pones así, es muy convincente — no escondió el sarcasmo y prefirió darle la espalda, dirigiéndose al otro cuarto para vestirse; escapando del peligro a su integridad.

La vivienda solo poseía una sala-comedor-cocina, una habitación y un baño. Una casucha con forma de tienda elaborada a base de barro cocido. Parecida a las viviendas que usasen en el viejo Egipto en tiempos de los faraones.

Cuanto había cambiado desde entonces la civilización humana…

Al volver se encontró con el desayuno en la mesa, que por desgracia solo contaba con tres ingredientes: pan, queso y leche.

Podría ser menos, debía recordar que no estaba en su casa ni en Japón, tampoco en las mejores circunstancias como para esperar más, hasta mucho habían conseguido, debía agradecer al pelirrojo pro preocuparse al menos de cosas como esas cuando debía cargar con sus propios asuntos.

Ahora que tenía una deuda de vida con él tenía sentimientos encontrados. Podía simplemente decirle quien era, pagarle cuantiosamente y librarse de cualquier represalia o intento de asalto por la pasada violación y humillación, con su promesa de ayudarle a volver a su país tan rápido como quisiera, pero a la vez no quería y era por algo más que el librarse de una amenaza como la venganza de un hombre humillado, sin embargo prefería no ir más allá de aquella suposición.

Así que decidió seguirle, de todas formas acompañarle solo significó estar a su lado en su viaje hasta los Emiratos Unidos, donde nadie sospecharía que un secuestrador de niños iría pues seguramente estaban buscando las pistas de un extranjero en los aeropuertos. Lo incómodo en su travesía fue el reciente hábito de usarle como peluche de dormir; mientras dormía el pelirrojo no era consciente de que abrazaba a un cuerpo malherido, en zonas del desierto impulsado por el frío de la noche, pero podría sospechar ya que el resto del tiempo igual lo hacía así hubiese calor. La excusa era que no había suficiente dinero para pagar posada de dos camas o una lo suficientemente espaciosa para tirar unas pieles y dormir separados. Las pocas veces que no lo hacían así era cuando el pelirrojo hacía guardia, cuando tocaba acampar en el desierto.

Pasada una semana habían llegado a su destino, Dubai. No sabía de dónde el pelirrojo conseguía tanto dinero, pero ante la renuencia del recepcionista por brindarles alojamiento en el hotel, muy debido a su apariencia- que no parecían gente rica precisamente-, el chico les sorprendió con una tarjeta de miembro honorífico.

Mientras pasaban a las que serían sus habitaciones no tardó en acribillar con la mirada al pelirrojo, frenado de atornillarle con preguntas para no llamar la atención de los botones hasta que las puertas se cerraron tras él.

— ¿Por lo menos falsificaste esa cosa? A todo esto, aun no me has dicho tu nombre — empezó a desvestirse, nunca en su vida había llevado tanta ropa encima ni cuando estaba en alguna misión- el reconocimiento se lo dejaba a su escuadrón-, mas se habían visto en la necesidad de hacer uso de las viejas costumbres para no ser descubiertos, sin parecer demasiado sospechosos.

Casi salta en su asiento al sentir el agarre, familiar pero inesperado, de los brazos del otro alrededor de su torso.

— Obviamente. Aunque no planeé en un principio que llevaría alguien más conmigo, pero he dicho que eras un visitante, luego te registré por un par de días. Y sobre mi nombre, nunca habías preguntado, de todas formas tampoco sé el tuyo.

— Nunca preguntaste.

— Claro, Mr. Holmes — el pelirrojo entornó los ojos; Daiki no entendió el chiste, más bien pensó que se trataba de una broma de mal gusto como crearle una identidad.

— También me creaste una identidad.

— Olvídalo — Taiga prefirió centrarse en el enfurruñado bebé que no había sido muy a gusto con el servicio de transporte. Si se registraban en un lugar y rebelaban la existencia de un bebé con ellos, no tardarían en tener gente indeseable sobre sus cuellos, por lo que habían optado por transportarlo como si se tratase de una mascota, asegurándose de que la caja fuese segura y respirable, y de advertir a cualquiera del peligro que representaba dichosa mascota para extraños; si no fuese por la antes mencionada membresía honorífica el plan no les serviría, que a nadie le gustaría tener una mascota tan peligrosa en su hotel; ni siquiera quisieron ver dichosa mascota cuando Taiga les dijo el tipo, por eso también sin saber habían dejado pasar sus armas pese a que les habían revisado y toqueteado en busca de estas. Por la misma razón ambos podían cargar con el pequeño cuando salían, pues no confiaban de que revisarían sus habitaciones y pertenencias, pero debían salir de vez en cuando para guardar las apariencias; a veces Daiki lo llevaba en el portabebés y usaba ropa holgada, otras veces en el papel de mascota. El asunto era que siempre llevaban la dichosa caja y al bebé consigo.

El segundo día, antes de que sus caminos se separasen, decidieron cambiar de táctica; Daiki había sido registrado como invitado por un par de días, la estadía de Taiga por una semana, pero al tiempo de Daiki salir quien lo hizo fue el pelirrojo disfrazado, justo a tiempo en que la policía fuese a registrar su habitación.

Daiki les recibió, vestido con toda la pompa que pudiese reunir, con el rostro descubierto y ceñudo, y la apariencia de alguien que apenas salía de la ducha.

— ¿Desean algo, caballeros?

Los oficiales miraron extrañados al supervisor del hotel que les acompañaba y este empezó a disculparse por la confusión.

Para su ventaja habían hecho un plan ben elaborado; Taiga no rebeló ni un pelo de su cabeza al llegar al hotel y había conseguido unas lentillas para camuflar la singularidad de sus ojos, así como maquillaje para oscurecer la piel de sus manos con las que firmó, por lo que nadie sospecharía. También habían contratado a alguien para que se hiciese pasar por uno de ellos y entrase en acción una hora más tarde de la salida del pelirrojo. Al final Daiki tuvo que hacer uso de sus habilidades diplomática para cancelar su estadía, con la excusa del bochorno que había pasado ante la violación de su privacidad, por lo que el plan había resultado y no quedaron evidencias más que en el trato que se habían visto en necesidad de ejecutar con un local.

De todas formas no volverían a ver a ese hombre.

O eso esperaban.

A la hora de hacer la entrega Taiga dudó por un momento que el plan funcionase en el aeropuerto; estos seguían intervenidos al igual que las comunicaciones, por lo que no tuvo de otra; pese a que prometió dejarle libre de su deuda al final de la jornada, mas una suma cuantiosa de dinero, esta vez él quería ser quien le debiese un favor al moreno y fue por él; encontrándole a punto de abordar una caravana.

— ¿Quieres venir conmigo a Boston?

Y cuanto desearía decir que sí, pero Daiki no podía, debía volver a casa, a su padre.

61

En otro principado de las tierras de oriente, un pueblo daba el adiós a sus últimos protectores. Los últimos miembros de la familia Al Sabah de Arätz habían fallecido en un atentado terrorista durante la cruzada hacia Kuwait, el emir había sido acusado de supuesta traición pero muchos habían abogado por él cuestionando dichas acusaciones, por lo que ante la opinión pública había recibido misericordia en una muerte menos dolorosa pero igual de deshonrosa: suicidio involuntario en la bañera. La versión oficial en las noticias revelaba un acto desesperado por un viejo senil que levantó más suposiciones de mártir que sospechas, pero quien tuvo la peor parte fue la prometida del príncipe; la pelirrosa había sido acusada sin posibilidad de ser defendida, ya que no era adepta de muchos y las pruebas en su contra habían sido aportadas por el concubino real quien se presentó como víctima de su maltrato y objeto de sus artimañas, siendo usado para sus propósitos y vendido su cuerpo por favores de la corte bajo las órdenes de la pelirrosa, todo esto corroborado por el primer ministro.

Momoi Satsuki fue entregada como botín para los soldados, que según creencia popular la habían usado hasta empujarla a la locura y se había suicidado pro igual en un crimen pasional tras la muerte del emir.

Todo apuntaba a que la muerte del Malik, del Sheikh y otros crímenes entre sombras habían sido concertados por la extranjera. Desde entonces todo Arätz empezó a desdeñar a los extranjeros y estos se vieron empujados a abandonar sus hogares, las misiones de ayuda extranjera fueron detenidas y la ciudad se vio en un mutismo disfrazado de paz que no duraría mucho tiempo.

62

— ¿Tan siquiera saben dónde estamos?

El misterioso amante de su señor no solía hablar mucho, y cuando lo hacía rompía los nervios del chico, aun cuando llevaban algo más de dos meses juntos; no terminaba de acostumbrarse a su presencia ni de fiarse en él, aunque en más de una ocasión le había salvado la vida.

Para añadir a sus nervios su señor se había adelantado dos días atrás, ¿necesario decir que apenas había pegado ojo desde entonces?

Un sonriente galeno les recibió en la puerta. Extrañado el chico empezaba a parecerles más molestas las sonrisas relucientes que últimamente se cargaba su señor; más que las convencionales sonrisas aterrorizantes, aquellas que todo el que no le conociese categorizaría dignas en un payaso de una película de terror.

Ahora solo parecía un tonto enamorado.

Bueno, su nuevo papel era cuidarle la espalda, no tenía por qué velar por su corazón ¿cierto? Eran asuntos ajenos de cama.

— Bienvenido a casa.

63

Daiki había decidido volver después de seis maravillosos meses con su amante, lo que había tomado como vacaciones imprevistas fue luego categorizado de un acto imprudente; aunque no se arrepentía del tiempo que había compartido con el pelirrojo, había sido un estúpido inconsciente; bien pudo haberle seguido después o retornado antes, y quizás evitado la desgracia que había afectado su familia.

Había perdido a su padre, a su mentor, a Satsuki y todo lo demás sin darse cuenta.

Había actuado como un inconsciente mozuelo sin pensar en consecuencias.

En últimas, tras para de culparse a sí mismo, se sintió traicionado por su propio pueblo. Aunque sabía cada mes oficiaban ceremonias en sus nombres y habían instaurado incluso sus natalicios como fechas honoríficas así como promovido sus nombres e historias en sus propias versiones cual leyendas, habían dado por hecha sus muertes y aceptado otro gobierno, bajo el dominio de aquellas serpientes que habían concertado todo.

Aunque nunca fue un príncipe en riquezas, no solo lo había sido en título y sería una ofensa a sus antepasados dejar por hecho las consecuencias en la ignorancia de su pueblo, pues pese a ser mestizo se creía parte y debía ser leal a sus raíces. Por eso prometió que aunque no recuperase su título y dominio sobre Arätz y las tierras de oriente, desenmascaría a los traidores y honraría el legado de sus antepasados reinstaurando el mismo.

Esa última noche decidió contarle todo a su pareja, en una carta que dejó sobre la mesita de noche antes de despedirse del pequeño niño que habían llevado consigo y adoptado. El cabello de Tetsuya se había oscurecido como su insufrible cuñado había vaticinado, y sus ojos azules eran claro indicio de que no le habían mentido sobre el origen del pequeño; hijo de una pareja de extranjeros que al igual que su pareja y su hermano habían sido obligados a introducirse en un país extraño para ser utilizados como ganado, como putas para gente rica de oriente con inclinaciones y fetiches extraños. El pequeño hubiese corrido la misma suerte que su madre, según la historia que contara Himuro a su retorno; las acciones de Taiga al secuestrar al niño había armado una revuelta entre esclavos sexuales, a quienes les importaba demasiado sus hijos para seguir viviendo si también les esperaba el mismo destino y aunque el plan no había funcionado sin bajas muchos se salvaron cuando la prensa internacional hizo correr las noticias y las autoridades hicieron cumplir sus propias leyes; aunque los poderosos hombres involucrados salieron libres del negocio el gato estaba fuera de la bolsa y tendrían las naciones unidas sobre sus cuellos cada que un extranjero entrase a sus tierras y no lograse salir; entre las víctimas hubo gente importante de otras naciones, por lo que la amenaza de una guerra entre las demás naciones y oriente presionaron los sistemas estrictos de estos últimos; ya tenían suficiente con sus guerras internas, se firmaron pactos de hacerlo bajo sus propios criterios y devolver a sano y salvo los extranjeros afectados.

Decidió que antes de irse quería llevarse un recuerdo, por lo que despertó al pelirrojo en medio de la noche; este aún estaba cegado por la bruma del sueño y el placer, quizás pensando que soñaba, mientras hacían el amor.

Manos recorrieron el firme y caliente torso del pelirrojo, Daiki aprendió como satisfacerle también con su boca y confirmó su avance al escuchar el gemido ronco escapar de aquellos labios que apenas le dieron tiempo de tragar la semilla del pelirrojo. Taiga había tirado de sus cabellos con algo de rudeza y sus bocas chocaron, el dolor y sabor metálico no detuvo a ninguno de devorarse a besos y mordidas, ni la falta de preparación frenó al moreno de recibir el miembro del pelirrojo en su interior.

Estaba seguro que no tendría las marcas de las manos de su amante en sus caderas gracias al color de su piel, pero sí perduraría la sensación por unos días. Mientras se dejaba perforar y mostraba una faceta que solo su amante había tenido el placer de ver; su cuerpo retorciéndose bajo otro cuerpo, entregándose a las caricias de otro hombre, disfrutando del sexo en toda su maravillosa expresión, temblando bajo la cadenciosa entrega de sus cuerpos, con los ojos humedecidos de placer y un cúmulo de emociones, labios susurrantes de palabras afectivas que el pelirrojo no lograba distinguir entre la bruma.

Mientras sentía al pelirrojo latir en su interior e inundarle con su esencia, le abrazó como si no quisiera dejarle ir, o en este caso que le dejara ir.

Una hora más tarde cerraba las puertas de su nuevo hogar, en busca de redención; dejando detrás su nueva familia.

Al parecer esa era la maldición de los Al Sabah.

El poder y el deseo solo podían entrelazarse cuando el objetivo era el mismo.

La lucha entre ambos estaba en la prueba de los sentimientos plasmados en una carta, misma que esperaba ser abierta al amanecer, pero su receptor había despertado en la madrugada gracias a cierto personaje usualmente tranquilo, que lloraba pidiendo por uno de sus padres ante la notable ausencia de uno de ellos.

¿El fin?