Disclaimer: Ni Aerys ni Rhaella ni el clan Lannister me pertenece, todo es obra de ese escritor asesino que se resiste a publicar Vientos de Invierno.


Apuntarse a ciegas sin saber qué te va a tocar en suerte tiene sus riesgos, muchos riesgos. Entre ellos, que te toque escribir de un personaje del que no has leído, ni pensado ni buscado nada… tal es mi caso con la matrona Lannister. Pido disculpas de antemano si la Joanna de este fic no os encaja con lo que sabéis de ella (yo he hecho trabajo de investigación y de ahí he ido tirando, pero uff, nada más). Siento que me he metido en camisa de cien y mil baras, xddd.

Aun así ha sido divertido (costoso, pero sí, también divertido) escribirla, así que deseando estoy que disfrutéis vosotros también, leyéndola. Y si llegáis al final (que vuestro mérito tendrá, porque no me he cortado en extensión, esta vez) seré doblemente feliz si dejáis que oiga vuestro rugido, ejem, si me dejáis un review.

Por otra parte... esta historia participa en el Reto #64: "Yo te diré lo que debes hacer", del Foro "Alas Negras, Palabras Negras". Temblando estoy al colgar esto pero… (valor, valor, valor). Allá vamos. ¡A leer!


Editado: 1º puesto en el Reto #64: "Yo te diré lo que debes hacer", del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


IN MEMORIAM. JOANNA LANNISTER.


I. DONCELLA


Sobre la mesa que divisa al otro lado de la pista, postres variados de excelente calidad se disputan el llenarle el estómago a los comensales de alta alcurnia que abarrotan la sala, todo acompañado por un ambiente de apariencias y servicio de primera.

La joven celebra en medio de bailes, bardos y malabaristas trece años desde su nacimiento. Del balance interno que hace de su vida, resume que lleva una existencia feliz, o eso cree. Buenas amigas, grandes sueños, incluso una nada desdeñable fama de belleza.

Lo único que empaña su alegría es la presencia, en la mesa central de la sala, de la persona a quien tratan de dios para arriba. Aerys. Para ella es un personaje por el que no siente afecto, precisamente, siquiera respeto. El príncipe heredero despierta convulsas e intensas sensaciones en su interior. Un caos de emociones que no busca ordenarse, una pirámide de sensaciones que no invita a escalar.

Él es caprichoso y, como tal, no desea compartirla con nadie, su fuego predilecto, su llama azuzante. Permitir un banquete a su honor es, en su cabeza, consentir y mimarla, rodearla de seres a los que amar. Pero cada vez que un caballero se le acerca a Aerys no le faltan razones para alejarlo de ella, razones estúpidas que, no obstante, ellos acatan porque… porque él es rey, la majestad suprema.

El príncipe heredero le brinda su atención, pero es una atención obsesiva, excesiva, trae consigo desgracias y no ventajas, una atención al que él quiere que ella corresponda, mas con lo único que Joanna es capaz de responderle es con indiferencia, desdén. Y es entonces cuando la decepción de Aerys se convierte en ira en sus pupilas violetas, y reafirma la destrucción, a sangre y fuego, del hombre al que ella prefiere corresponder.

Por todo ello, Joanna siente la imperiosa necesidad de escabullirse de su propia fiesta, más si cabe cuando los ojos de Aerys no dejan de buscarla y reclamarla como foco donde reposar la vista de sus pupilas, y eso hace.

Joanna ignora cuántas neuronas, desvelos, tiempo, recursos e intentos ha malgastado Aerys tratando de ganarse ese afecto que, según susurros de la gente, comentarios dichos a espaldas de la legítima esposa del Targaryen, él siente hacia ella y, sinceramente, ni le importa.

No tiene derecho a ofuscarse ante el escrutinio del futuro rey, se reprende, no obstante, una vez a solas en el corredor. Los reyes, se llamen Aegon, Maecar o Aerys existen porque el pueblo requiere de una figura a la que volverse y señalar y apuntar como lo único estable. Un cabeza de turco al que culpar, un salvador al que acudir cuando las cosas pintan más negras que las hermanas silenciosas. Joanna sonríe sin humor al recaer en sus pensamientos lúgubres, aunque los siente tan verdades como el satén del vestido en el que sus manos sudorosas se restriegan con denuedo.

Cierra los ojos y por un momento oye el latido de la tierra, es una con ella, y siente como si ella fuera la propia tierra sobre la cual la sangre gotea; percibe cómo la población de Desembarco se destruye entre sí; unos por una exangüe ración de comida, otros por una suculenta tajada de política y poder.

En eso están entretenidos sus pensamientos cuando de pronto un golpecito en el hombro la devuelve a la realidad. Se gira, sobresaltada, pero al instante suspira aliviada. Es Tywin, apoyado de espaldas contra la pared de una columna maciza.

Es como un choque frontal. Ella está a lo suyo, pensando en las desgracias que le han tocado en suerte cuando oye su voz, levanta la cabeza, y su mirada se da de morros con esa petulante y atractiva inteligencia con patas.

—Límpiate la baba —le recomienda Tywin, irguiéndose en todo su imponente poderío ante el escrutinio mal disimulado de Joanna.

—Más quisieras, primo —desdeña ella—. Tengo más gusto que el que los dioses dieron a una piedra.

—Y frialdad —contraataca Tywin con… ¿burla?

—¿Ah, sí? ¿Con que esas tenemos? —cruza los brazos bajo los pechos, adoptando un porte regio—. Entonces déjame estar a la altura. —Alza la barbilla—. Eres un señor hablando con una doncella, primo. Compórtate como tal. ¿Dónde está mi saludo?

Ante Aerys, Joanna deja colgada la rebeldía en el perchero de las apariencias resguardadas; el manto grueso de sus silencios la vuelven temeraria, fiera e indómita, una actitud traducida a realmente encantadora en la mente de un heredero al trono que de loco anda sobrado. Pero ante Tywin, no duda en desfilar sin apariencias, vestida de elegancia, firmeza, astucia y convicción.

—Qué doncella tan adorable y severa. —Tywin no se muestra intimidado por su conducta en lo más mínimo—. Hola, Lady Joanna —agrega en un saludo, con un rostro pétreo como la estatua y unos ojos tan burlones como verdes.

—¿Lady Joanna? —Dice ella con un sonsonete, tratando de ocultar su estúpido y repentino cosquilleo—. ¿Se acabó el tutearnos?

A Joanna le gustaría darle la espalda e ignorarlo durante el resto de la velada. No por desaire, sino porque necesita darse tiempo a sí misma y recuperarse por la impresión de tenerlo tan cerca, sin mirones inoportunos haciendo de indirectas carabinas.

—Lo que se ha acabado en realidad es eso de «lady» —insinúa él. —Joanna lo mira con las cejas arqueadas cuando Tywin toma su mano y se la lleva a los labios. Su boca es suave y el beso le provoca una oleada de calor en el brazo que acaba por estallar en sus mejillas—. Mi señora.

Se siente dividida entre dos tentaciones, dar un paso adelante y ayudarlo a incorporarse con un beso de propia cosecha, o por el contrario dar un paso hacia atrás y recibirle con un sonoro bofetón en la mejilla.

Por desgracia, eso no es muy cortés, que digamos, así que opta por lo primero, incitarlo a incorporarse y mirarla a la cara (sin el beso, por supuesto). Tywin no podía interesarla menos, se dice, con su seriedad, su moral de tres al cuarto y su falta de conversación. Pero resulta difícil fingir que el hombre no existe cuando él mismo, haciendo gala una vez más de su carácter directo, la convierte al minuto cero de aproximarse, en el centro de su atención:

—¡Tú aquí, sin aprovechar la pieza para bailar! —Exclama él, haciendo alusión a su estadía en el corredor y no en el interior de la festiva sala—. Casi ni te reconozco.

Su resolución de esquivarlo sólo dura el tiempo que tarda Tywin en plantarse frente a ella, llenando con su silueta el campo de su visión, y dedicarle un comedido, aunque franco, gesto de deferencia: ofrecerle el brazo para caminar, a sabiendas de que ella no lo necesita.

—Y tú desaprovechando la ocasión de entablar lazos y pactar tratos, primo —apunta Joanna con deliberada sorna—. Ver para creer.

Caminan adentrándose en el pasadizo que los aleja del ruido del banquete.

—A lo mejor estaba esperando a encontrarte para comunicarte mis planes y aguardar a oír tus consejos.

—En ese caso, vuelves a ser el sensato que conozco.

Los labios de Tywin se curvan en un amago de sonrisa que no llega a concretarse, una tentativa que realiza en muy contadas ocasiones, ocasiones que, a Joanna le complace comprobar, se dan mayoritariamente cuando ella está cerca.

—Me alegra descubrir que la edad que estrenas no ha puesto fin a la gran estima en que tienes a tu inteligencia —se mofa Tywin—. ¿Qué te parece el banquete por tu día del nombre? —pregunta, sin concederle oportunidad para replicar a su comentario anterior.

—Quizás debería esperar al banquete por nuestras nupcias y así tendría con qué comparar. —Tywin se la queda mirando y Joanna pone los ojos en blanco—. Oh, venga, vamos. ¿Creías que no me iba a enterar de que nuestros padres nos han comprometido? —Lo reta con los ojos, aguardando a que él lo niegue, pero se adelanta antes de que él pueda musitar palabra alguna—. Sí, me he enterado, y no, no gracias a ti, primo. ¿O debería empezar a llamarte esposo? ¿O mi señor?

Él no parece apurado en lo más mínimo.

–Cuando estemos en edad te casarás conmigo. Fue lo primero que te dije cuando el maestre nos habló de los matrimonios. ¿No lo recuerdas?

Oh, Joanna lo recuerda con total nitidez. Girado en la silla de la sala de lecturas donde el maestre de Roca Casterly les impartía la lección diaria, él había buscado sus ojos, y su voz había indicado que se estaba modulando para hablar en un tono que no admitía dudas ni réplicas cuando le soltó: «tranquila; cuando estemos en edad de contraer matrimonio te casarás conmigo».

No eran más que críos, pero ya sus caracteres estaban bastante definidos. A Tywin le gustaba llevarse el premio gordo a la par que urdía, Con sólo arquear la ceja ya ponía en marcha a toda Roca Casterly, mientras que a Joanna le gustaba tener la última palabra.

Después de todo, estaban hechos el uno para el otro, o algo así aseguraban los mayores al verlos. Decían que era como si hubieran nacido ya casados, una opinión que Joanna empieza a comprender. A pesar de ello, replicó en su día con un «error; serás tú quien se case conmigo». Y vuelve a replicar ahora al decir:

–Lo sé. —Suspira y ablanda un poco su expresión–. Pero no esperaba que te dieras tanta prisa en convencer a Tytos que hablara a mi padre de la conveniencia de un matrimonio entre las ramas más importantes de los Lannister.

La idea aún sigue produciéndole un torbellino de sensaciones. Sus sentimientos hacia él siempre habían sido ambivalentes: a veces, Tywin le resultaba estimulante, agudo, incluso divertido, una diversión oscura, eso sí, nada convencional; otras, le parecía sencillamente insufrible, la arrogancia hecha carne y piel. Ocasiones como la actual.

–¿Prisas? –Él hace una mueca–. Te recuerdo que han pasado siete años. Teníamos seis, por aquel entonces. De todos modos, no me he dado prisa precisamente por eso –afirma, en los ojos colgado el resto de la frase.

Joanna se queda observando a Tywin por debajo de unas pestañas bien largas, doradas y bien perfiladas. Él le devuelve el escrutinio sin parpadear. La intensidad de su mirada la desarma por un momento. Pero se recompone al instante y, conciente de lo que hace, se aferra a su brazo, se inclina para acercarse y susurra a ras de su oído, con una sonrisa maliciosa bailando en sus labios:

–Cuidado, cuidado, Tywin. O empezaré a pensar que sientes por mí esa cosa tan humana llamada amor, después de todo.

Él hace un gesto de abierto desdén.

–El ladrón cree que todos son de su condición. Me apuesto lo que sea a que tú ya sientes eso por mí –dice sin comprometerse, optando por la acusación como mejor defensa.

–El león, querido, el león –lo corrige ella moviendo un índice admonitorio bajo su nariz. Suspira–. Caramba. Y pensar que el futuro de nuestra casa depende de ti… va a estar llena de lecciones, nuestro matrimonio.

Y, para deleite de Joanna, Tywin se ruboriza.

Pero antes de que puedan intercambiar otra amistosa pulla, alguien se planta de súbito frente a ellos, sobresaltándoles.


II. GUERRERA.


Al momento Joanna ejecuta una impecable reverencia frente al recién llegado mientras por dentro reprime las ganas de echar a andar o, más aún, a correr.

—¡Aerys! –La palabra es más un gruñido, una blasfemia barbotada en los labios de Tywin, que un nombre real. Él no se inclina–. ¿Qué hacéis aquí? —Pregunta lacónico, con los músculos en tensión—. Mi príncipe —añade a renglón siguiente.

Aerys se adelanta otros cuantos pasos más. Joanna está segura que ese no es un encuentro casual, no es habitual ver al príncipe, futuro rey de Poniente, trucando los manjares de la carne y la lujuria por una caminata aburrida en un corredor al azar.

—Pues esperaros, por supuesto. Quería veros.

—Podríais haber esperado a esta noche, ya que cenaremos juntos —responde Tywin.

—Le estaba hablando a la homenajeada —replica Aerys con un guiño pícaro hacia Joanna.

A Joanna ese gesto le recuerda cómo aquel mismo hombre había hecho llorar a Rhaella el día anterior, y después girarse hacia uno de sus guardias, guiñarle un ojo y ordenarle que se encargara de la sangrante princesa. Joanna mantiene la vista al frente; sus dedos, ocultos en el interior de las anchas mangas, se crispan, deseando hacer un gesto más violento. El príncipe heredero se coloca a salvo al otro lado de Tywin, quedándose éste en medio, todo ello sin dejar de caminar.

—Te pido disculpas por la brusquedad de nuestro encuentro —continúa diciendo Aerys, ajeno a los pensamientos de la doncella a la que pretende cortejar.

Ella sigue mirando al frente, recayendo en los criados que se inclinan al paso del Targaryen. El príncipe no les hace ni caso.

—¡Siete infiernos, mujer! —exclama Aerys finalmente, y se echa a reír—. ¡Cómo se nota que sois familia! —Le da un codazo a Tywin, quien no le devuelve el gesto—. Por el modo en que me ignora descaradamente, se diría que os he interrumpido en algo.

—Si quieres saber, pregunta, y no hagas suposiciones, Aerys —lo reprende Tywin con tirante afabilidad.

Joanna sonríe sin poder evitarlo. He ahí el Tywin abrupto y amistoso a partes iguales.

—¡Y finalmente una reacción! —Exclama Aerys—. Una sonrisa de la doncella que más bonita sonrisa tiene en toda la Corte. Gracias a los dioses que he logrado hacerle reír. —Mira atrás para asegurarse de que nadie los sigue, y baja la voz—. Me gustaría que nos viéramos esta noche. Tengo un regalo especial para vos.

Joanna repasa con el dedo las cuentas del vestido, que brillan a la luz de un día cuya claridad aún es vespertina.

—Esta noche. —Enarca una ceja—. ¿Para darme un presente? ¿De verdad? —¿Puede haber hombre tan obvio como aquel?—. ¿Y qué dirá Rhaella?

—¿Importa eso, acaso? Tengo debilidad por las mujeres hermosas, listas y astutas, ella lo sabe. Es un regalo para vos, sólo para vos —repite Aerys—. Especial —recalca—. Y a juzgar por vuestra ausencia en el banquete, también es necesario.

—No os apresuréis en vuestro juicio. Disfruto de mi fiesta, mi señor —asevera, mintiendo lo justo y necesario. Puede hacerlo. Sabe hacerlo. En la Corte, mentir es su segundo y perpetuo atuendo—. Tan sólo salí a estirar las piernas —lo mira con la cabeza ladeada—. Y, por lo visto, no era yo la única en necesitarlo.

—Yo he dejado la fiesta precisamente para buscaros, mi señora, dado que me percaté de que faltabais. Y, naturalmente, me preocupé.

«¿Preocuparte?» piensa Joanna con desagrado. «Sí, seguro». Los dos Lannister intercambian una furtiva mirada: exasperada, irritada, condescendiente.

—Gracias por las molestias, mi señor. Es usted verdaderamente gentil —asegura con dramatismo, pestañeando varias veces en un gesto que de coqueto tiene poco y que de ocultar su ira, tiene más, mucho más—. No era necesario que se las tomase, y menos por mí. Con el banquete en mi honor ya me doy por felicitada por vos, mi príncipe.

—Aun así, insisto. En darte tu regalo, el auténtico. —En la voz de Aerys puede reconocerse un matiz ansioso—. Vos y yo. Esta noche.

—Un regalo —interviene Tywin con voz inexpresiva; Joanna podría jurar que en el interior de su primo tintinean témpanos de hielo—. ¿Por qué no guardar mejor ese presente para otra ocasión igual de festiva? —Posa su mano sobre la parte baja de la espalda de la joven—. Nuestro matrimonio, por ejemplo.

—¿Vuestro… matrimonio? —balbucea Aerys intentando, sin conseguirlo, disimular su perplejidad ante la noticia.

—Sí, mi señor. Joanna y yo vamos a casarnos.

El lado travieso de Joanna culebrea en su interior.

—Supongo —dice arrastrando las palabras y volviendo sus brillantes ojos verdes a Tywin—, que el regalo de bodas de nuestro amado Príncipe Heredero será increíble. Superará, con mucho, cualquier presente que tuviera intención de entregarme esta noche. De hecho, cualquier regalo palidecerá en comparación. —Se alisa el vestido a la altura de las caderas—. Convertirá esta preciosidad en una vulgaridad.

Aerys centra su atención en Joanna.

—¿Dónde habéis encontrado ese vestido? —susurra—. Jamás os lo había visto.

—Fue Tywin, mi señor —miente Joanna, con desparpajo—. Sí, como oís. Mi futuro esposo mandó a que me lo hicieran para el día de mi decimotercero aniversario. De ese modo, coincidía con la proclama de nuestra futura unión —agrega como si tal cosa, mientras se alisa los pliegues del vestido y Tywin se toquetea las uñas. Los dos Lannister se miran, y los ojos verdes, moteados de dorado de ambos reflejan la misma intención contra un enemigo común—. Toda una grata sorpresa, créame.

—Ignoraba que tuvierais gustos en vestimentas femeninas, amigo mío —Aerys arremete contra Tywin, los ojos fríos como escarcha.

—No hace falta tener gusto, Aerys. —Su primo, los dioses lo bendigan siete veces, le toma el relevo en la mentira—. Sólo contratar a quienes sí saben y dejar que hagan su profesión. ¿Verdad que el resultado le sienta de maravilla?

Aerys frunce los labios durante un segundo, pero no tarda en borrar su gesto huraño y en sonreír de oreja a oreja.

—Le sienta bien, sí. Aunque el blanco, ¡ah! —sacude la cabeza con mal fingido pesar—, un color tan claro no favorece a las mujeres de tez pálida.

—La palidez de Lady Joanna sólo remarca su belleza dorada y occidental. —Tywin mira a la aludida que intenta, por todos los medios, disimular lo mucho que está disfrutando ante la pantomima que desarrollan ante Aerys—. ¿No coincidís conmigo, mi señora? ¡Sois la más hermosa de la Corte!

—¡No digáis tal cosa, mi señor! —lo reprende Joanna, fingiéndose escandalizada, procurando ocultar su regocijo con una risita tontaina—. Mi palidez palidece con la palidez de Rhaella, valga la redundancia. Ella es la más hermosa de la Corte. De todo el reino, me atrevería a decir. Las occidentales no somos comparación para los refinados rasgos de Lady Rhaella. ¡Seguro que nuestro príncipe lo sabe y no anda fijándose en otras doncellas que no son las suyas! —agrega, en un reproche indirecto.

Tywin niega con la cabeza, pero mira a Aerys mientras habla.

—No cabe duda de que a Rhaella los dioses la han bendecido en su físico, pero no os menospreciéis por ello, mi señora. Sois demasiado humilde, humilde —el labio inferior de Tywin se tuerce casi imperceptiblemente hacia arriba, en una burla a tiempo contenida, pues la humildad es un adjetivo que nunca, hasta ahora, ha usado para definir a Joanna.

—Gracias, mi señor. —Joanna compone un gesto comedido, recatado—. Auguro que nuestro matrimonio será un bálsamo para mi autoestima.

Se dicen libro y medio con los ojos.

—Auguro que sí. —Y a ella no le pasa desapercibida el doble significado de esas palabras.

—Bueno, ya me he entretenido más de la cuenta —interfiere Aerys, rompiendo el intercambio de miradas en el que se están comunicando Tywin y Joanna—. Debo volver al banquete. Soy el príncipe, debo presidir la mesa. —Le dedica una leve inclinación de cabeza a Tywin. Finalmente, se vuelve hacia Joanna—. Mi señora… le felicito por su nuevo compromiso. No podría pensar en mejor hombre para usted que mi buen y fiel amigo aquí presente. Espero, eso sí, que la borrachera por la euforia por tan privilegiado compromiso no os prive de regresar pronto a la fiesta, banquete celebrado en honor de Lady Joanna, cabe recordar.

—No, mi señor —responden ambos al unísono.

—Estupendo. Entonces espero veros allí dentro en breves, si no hay percances… —dice Aerys en un tono que da a entender que cualquier retraso puede entenderse por percance, y el percance por una excusa para escaquearse a solas y no volver a la fiesta, lo que sería la garantía de una ducha pasada a fuego y llamas—. No olvidéis que estáis aquí para honrar a Joanna… y a mí.

Aerys gira sobre sus talones y desaparece tras la misma esquina por la que antes se dejó ver.

Joanna y Tywin permanecen callados mientras avanzan por el pasillo, alejándose rápidamente de la caterva de aduladores de la Corte que le salen al paso a la futura Mano del futuro rey en grupos de dos o más, todos intentando bombardearle a preguntas y a halagos… y aprovechando para evaluarse los unos a los otros.

Y es que allí, las debilidades se tornan habilidades crueles en manos de enemigos dispuestos a aprovecharse de ellas; la hipocresía va más allá de la cortesía y, vestida de traición y muerte, se convierte en la ley absoluta de una acción lógica, llamada ambición.

A cada paso que abre distancia entre ella y Aerys la embarga una sensación cálida y tranquilizadora. Cuando doblan una esquina, suspira profundamente al tiempo que Tywin le quita la mano de la espalda.

–Es irritantemente estresante y frustrante –comenta Joanna entre dientes, tan bajo que él debe inclinarse para escucharla–, vivir en una ciudad en el que una nulidad como Aerys es aclamado como un referente nacional.

La risa ronca que Tywin suelta habría valido la pena la sentencia de muerte por un comentario tan lapidario contra el rey, de haberse éste llegado a enterar.

—Bueno, hemos logrado mantenerle a raya… para variar —dice Tywin.

–Me ha alegrado tenerte cerca, primo –atina a decir. Y para bandera de su orgullo, ni le tiembla la voz, sólo el corazón–. Gracias. Espero que se vuelva a repetir.

–Vamos a casarnos –le recuerda él, encogiéndose de hombros y, aparentemente, sin darle importancia a su agradecimiento–. Pues claro que se volverá a repetir. Mi señora.

Quizás es la cantidad indebida de vino dorniense que ha ingerido esa noche, o el cansancio por la estresante jornada, o los nervios por lo que tendrá que aguantar en los días venideros, pero el caso es que Joanna siente por primera vez cierta dificultad para pensar con dos dedos de frente. La culpa es de él, por estar tan cerca.

–Tywin…

Él fija la vista en Joanna al oír su nombre. Tuerce el gesto, entre divertido y alerta cuando advierte que ella tiene los ojos entrecerrados en una mirada tan inofensiva como la de una leona dormitando en el barro tras un día exhaustivo de caza.

–¿Por qué tengo la sensación de que vas a preguntarme finalmente lo que realmente lleva rondándote toda la noche?

–Será porque no eres tonto –responde. Luego se arma de valor y suelta–. ¿Seguro que esto es lo que quieres? ¿Casarte conmigo?

–Por supuesto. –El resto de la respuesta revolotea unos segundos en su cabeza, Joanna lo detecta en el entrecerrado de sus pestañas, temiendo que de darles voz revelara más sobre sí mismo de lo que está acostumbrado a decir a los demás. Ella le da un apretón en el antebrazo, dándole a entender que no está obligado a decir nada que no quiera. Pero para su sorpresa, él habla–: créeme, ganas de hacer esto no me han faltado en la vida.

–Eso suena casi caballeroso –dice–. ¿Es una estrategia para camelarte a tu futura esposa, primo? ¿O tus intenciones responden a algo más?

–Te considero inteligente, prima –replica él–. No hagas que cambie de parecer. No me preguntes lo obvio.

Continúan andando, los brazos entrelazados. Una vez a solas, Joanna le cuenta cómo lleva su estadía en Desembarco, pues pocas son las ocasiones en que coinciden ellos dos, solos. Habla sin cesar, pues es incapaz de tolerar por más de dos minutos seguidos el silencio. Y aunque es ella quien lleva todo el peso de la conversación, interrumpida de vez en cuando por alguna pregunta o comentario, no tarda en percatarse, aun así, de que existen sutiles cambios en Tywin que antes, con la agitación del encuentro con el príncipe, no había percibido.

Con ella Tywin se muestra algo más reposado, si es que se puede decir que una pantera reposa; sus párpados no se entrecierran sistemáticamente en una mirada de desprecio. Y Joanna no necesita de ninguna consulta a alguien más experimentado para saber que el modo en que él la mira es el mismo modo en que un hombre miraría a una mujer a la que considera digna de su atención, progenie, su tiempo y, aún más sorprendente, su afecto. Después de todo, ser la confidente más fiel de trastada de Tywin le ha dado ventaja a la hora de conocerlo más y mejor que cualquier otra persona, amén, claro, de sus hermanos.


III. ESPOSA.


El día en que las nupcias cantan su turno previsto en el calendario, rayos de un sol radiante se abren por la claraboya del techo del septo, entre el brazo de su padre Jaso y el altar donde aguarda un hombre al que se habría entregado, al menos por dentro, aun sin el compromiso de conveniencia.

Recitan los pertinentes juramentos. Ninguno de los dos tiene el mal gusto de desviar la mirada del otro y mirar hacia el rey Jaehaerys y su huraño hijo heredero. Y cuando la capa de Tywin pasa a descansar sobre los hombros de Joanna, Tywin sonríe. De hecho, ambos se sonríen. Ese gesto le supone tan impresionante como ver una vela ordinaria eclipsando la luminosidad de las velas dedicadas a los siete dioses. Joanna siente un aguijonazo en las tripas y un calor que corre a extenderse por el resto de su cuerpo.

En el banquete, Joanna bromea, , baila, se ríe. Nadie puede apartar los ojos de ella esa noche. Porque es hermosa, joven, alegre como una brisa fresca, un soplo de aire y de la luz en un tribunal real que no ha sabido hacerla feliz durante los años que lleva viviendo ahí. Y cuando Aerys se toma ciertas libertades durante el encamamiento, libertades indebidas que a punto están de estropearlo todo y sembrar el desastre, Joanna tiene la esperanza de que Tywin cambie la geografía de su vida y la lleve a Roca Casterly.

Para alivio de Joanna, sus deseos no tardan en cumplirse. Abandonan la Corte y regresan al domicilio ancestral de los Lannister. Roca Casterly es uno de los lugares más emblemáticos de los Siete Reinos, el más relevante, de hecho, de la zona occidental de Poniente. Allí prosiguen con la labor de construir un hogar estable.

Toda la familia está de acuerdo en que Joanna y Tywin están hechos el uno para el otro. En el más conyugal sentido de la palabra. Claro que, para ello, han tenido que basarse en una infancia de mutua compañía y confidencialidad, donde las fechorías de uno eran secretos resguardados por la otra.

Joanna nunca ha sido adepta a la tradición de dejar que el hombre fuera quien gobernara tanto las propiedades terrenales como las conyugales. Y desde el minuto cero de su matrimonio queda muy claro que no piensa cambiar de parecer.

Los meses de casados se suceden. Y al contrario de los pronósticos de Aerys, Joanna se descubre empezando paulatinamente a querer a su señor esposo. Es algo que la sorprende y que no elige con la conciencia.

No elige buscar esos escasos momentos de soledad con él, por cuyo tiempo se pelean roca Casterly y Desembarco del Rey, aun cuando sea simplemente para hablar. Ni que él se vaya convirtiendo en la primordial razón de su dicha. Joanna nunca elige el temblar y sonrojarse cada vez que, en la soledad de sus aposentos, sus labios se encuentran, con él articulando su nombre, corto pero melodioso, ni que cada suspiro que Tywin le arrebate lleve impreso una plegaria de agradecimiento a los dioses.

Pronto nombran a Tywin Mano del rey. Y ella crece a la par. Es la dueña de Casterly, señora de un esposo que la tiene por igual.

Los rumores no tardan en acompañarlos. De él se dice que es más grande que el conjunto de los siete reinos, su influencia, tan omnisciente como el tiempo; y de ella, que gobierna al segundo hombre más poderoso del reino.

Y al menos en eso no se equivocan. Joanna tiene la capacidad de acentuar el lado más vulnerable del hombre más regio y temido de Poniente, cuyo físico y porte habla de todo menos de debilidad. Puede arrancarle sonrisas como las emociones lo hacen con los tiempos flojos de un compás. Con ello, nutre el hogar que ambos han hecho suyo, no con riquezas ni oro, sino con el mutuo entendimiento, el asumir y no censurar sus diferencias hasta acoplarse como mitades fragmentadas unidas formando un todo.

Poco a poco Joanna empieza a necesitar sus, nunca dados en público, abrazos. Se siente plena por el simple hecho de que existiera; disfruta siendo la envidia de las mujeres que sueñan y seguirán soñando, pues Tywin es suyo, con encontrar a alguien como él, poderoso hasta la intimidación, afectuoso en la soledad de las sábanas.

Se alegra de estar casada, a pesar de esas garras carmesí y esa mirada silenciosa capaz de derretirle los sentidos. Él no le da falsa caridad ni embustera deferencia.

Porque sabe que en el fondo él también tiene humanidad. Tywin se la entregó para que la custodiara el mismo día en que sus corazones empezaron a convivir por voluntad en el mundo del mutuo respeto y amor. Desde entonces, Joanna acurruca la humanidad del segundo hombre más poderoso de los siete reinos en su interior, con el cariño de quien ha hecho florecer una planta exótica en tierra yerma y atípica, pues es suya, lleva su nombre, su bendición, su sello, y ambos han encontrado la manera de sacarle provecho.

El provecho de la felicidad. Un ropaje que ambos tejen paso a paso día a día. Un manto conyugal en el que Joanna se siente maravillosamente arropada. Maravillosamente a gusto. Maravillosamente feliz.


IV. MADRE.


Transcurre el tiempo. Tywin logra devolverle a su apellido la gloria perdida, el respeto a los Lannister que Tytos se había encargado en pisotear, mientras Joanna logra alcanzar el mayor signo de feminidad, el concebir, cumpliendo así su sueño propio, la maternidad.

Siempre había anhelado una familia. Mejor dicho, había anhelado formar su propia familia; con una casa propia que gobernar, un maestre, un esposo, hombre que le hiciera madre, esposa y señora de un hogar.

Sueño cumplido, porque finalmente entre sus brazos descansan dos razones más por las que ella daría la vida, dos razones con cuerpo de mellizos y nombres de Lannister: Jaime y Cersei. La sonrisa canta victoria, victoria en sus labios cuando los sostiene por primera vez entre sus brazos, marcando las primeras líneas de expresión en sus ojos, en sus mejillas, en su corazón.

Los ojos de sus pequeños son el verde de las praderas, sus cabellos, el trigo nacido en la primavera. Joanna los mantiene contra su pecho durante innumerables noches, tarareando las mismas nanas que le cantaron a ella de niña, inventando nuevas canciones de cuna exclusiva para ellos dos, prodigándoles caricias ofrecidas con fiebre, con el mismo ferviente amor y la misma educada rectitud que le dieron a ella.

Camina pues por los bastos corredores de Roca Casterly, el tacón amortiguando su cháchara de toc toc contra la alfombra que tapiza de pasillo a estancia el suelo, sin prestar atención a las bellas e imponentes pinturas y esculturas en relieve de hermosos y arrogantes leones esculpidas en las paredes y puertas que va dejando tras de sí.

Pero al asomarse al interior del dormitorio que supone la llegada a su meta, ahoga un gemido que se quiebra por una ola nauseabunda que le enreda las cuerdas vocales. Un cuadro impresionista le taladra la vista y la incredulidad con la misma facilidad con la que el hacha sesga un papel.

El arco de una espalda emerge entre dossieres y sábanas, la curva de un hombro pálido por el latigazo de una piel delicada le agranda los ojos, llena su campo de visión. Los murmullos de placer flotan hasta sus oídos. Risas demasiado discretas, quedas, jadeantes, que igualmente repiquetean su razón, la aturden hasta dejarla en shock.

Le escandaliza la identidad de quienes ve entregarse el uno al otro con una pasión propia de adultos, indigna de niños y, más aún, de hermanos. Asiste, conmocionada, horrorizada, al reparto de besos que les consume a ambos por la falta de oxígeno. Ausencia respiratoria que sus pulmones empiezan a acusar.

—¡¿Qué significa esto?!

Las palabras cargadas de horror desgarran la quietud de la habitación y perforan el profundo silencio que envuelve a dos seres que se comen ávidamente como si fueran dos mendigos ante una mesa repleta de manjares.

Frente a ella, el rostro sonrosado de su hija tarda en recomponerse, el cuello arqueado ofrecido a su hermano, los párpados entrecerrados en una expresión de dulce satisfacción. Totalmente desorientados, obnivulados por el placer, se incorporan dos cuerpos menudos, gemelos en los ojos, gemelos en el sobresalto.

Es precisamente Cersei la primera en volver los ojos en dirección al quicio invadido por Joanna mientras acaricia con languidez la cabeza de Jaime reclinada contra su cuello; frunce el ceño irritada por la indeseada intromisión, pero abre por completo los ojos, alarmada al recaer en su figura. La expresión homicida se suaviza casi de inmediato al reconocer a Joanna en el vaho de la entrada, paralizada y boquiabierta como una tempestad en carne viva, una tormenta extraviada de su celeste panteón.

—¡Madre! —Grazna Cersei en cuanto nota su presencia—. ¿No ha llamado a la puerta!

A Joanna le exaspera y enfurece que ese sea el único comentario que tenga por decir su hija. ¡Reprochándola! ¿A ella?

Jaime, lejos de parecer paralizado, yergue la espalda, se gira, y cubre con brazos y con su propia semidesnudez la desnudez de Cersei. Joanna traspasa el umbral, cierra con recuperada premura la puerta del dormitorio, y se detiene frente a ella, con las manos en jarras sobre la cintura, el ceño fruncido y los ojos totalmente desorbitados por lo que acaba de presenciar. Ni siquiera un paro cardiaco se compara a la presión que siente asfixiarle el pecho en esos momentos.

—Madre… —balbucea Jaime. Joanna Le dedica una mirada convidándole al silencio, una mirada gélida comparable sólo a la frialdad del Muro del norte.

—¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto? —exige saber. Ellos desvían la mirada. Al parecer, bastante.

Decirse que sólo son niños en plena fase de exploración ya no sirve, argüir que son gemelos muy unidos, los únicos críos de su edad en toda Roca Casterly y que por lo mismo sea eso un simple juego, está caduco. Fue lo que le dijo a la doncella y se dijo a sí misma cuando la criada le contó un descubrimiento similar al que acababa de presenciar, que era cosa de niños, nada más, nada sin importancia.

Pero de eso hace semanas, y resulta evidente que la práctica no ha caído en desuso. Al parecer, sus hijos han decidido que el derecho a la privacidad corporal no sea aplicable a ningún Lannister del que sean gemelos.

—¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto? —demanda, de nuevo.

—¿El qué? —Pregunta Cersei a su vez—. ¿Besarnos? —La madre asiente—. Mucho tiempo —admite la joven, sin cohibirse—. ¿Por qué?

—¿Mucho tiempo? —Se espanta Joanna—. ¡No! ¡No puede ser! ¡Dejad de hacerlo entonces!

—No estamos haciendo nada malo, madre —se defiende Jaime, creyéndolo a pies juntillas—. Sólo nos estamos besando.

—¡¿Sólo?! —Espeta Joanna—. ¿¡Sólo!?

Jaime asiente. Por supuesto que su hijo es demasiado pequeño para captar las sutilezas de un sarcasmo. Cersei, que no es más avispada que su hermano pero sí más observadora, y capta a tiempo la mueca de profundo disgusto que endurece los labios de su madre, se adelanta a cuestionar:

—¿Por qué besarnos es tan malo? —mientras habla, le tiende la mano a Jaime, dedos que él no duda en entrelazar con los suyos—. Nos queremos, madre. Todos los hermanos se quieren. ¿Por qué vamos a ser nosotros diferentes? Vinimos a este mundo juntos, juntos queremos permanecer en él. Como hacen todos los hermanos. ¿Dónde está el pecado?

Joanna los mira, atónita, mirada que ellos devuelven con idéntico desconcierto. Suspira. Mal que le pese, son niños. Niños que desconocen la palabra «incesto» y las leyes de prohibido que hay en torno a ellas, así como las maldiciones que acarrean el incumplirlas.

—Los hermanos no hacen eso, querida. Ahí te equivocas.

—Entonces es que no se quieren realmente —resuelve Cersei—. Pero yo sí que quiero a Jaime, y él a mí. Por eso lo hacemos. Porque nos queremos. Puedes tocarme como y dónde me ha tocado Jaime, si quieres, madre —ofrece de pronto, toda sinceridad; Joanna se estremece—. A ti también te quiero. Mucho, muchísimo. Dejaría que padre me besara del mismo modo —asegura a renglón siguiente—. Si algún día viniera a cantarme antes de ir a la cama o a peinarme, claro —agrega.

—Eso no lo repitas ni en broma —la regaña. Desestima con un ademán interno la imagen de Tywin y Cersei haciendo… adiós, adiós terrible pensamiento—. No lo pienses siquiera. El pecado está en que es una conducta que no aprueban los dioses.

—Pero… ¿por qué? —cuestiona Jaime.

—Quererse está bien. Besarse, ya no tanto.

Ellos la miran, perdidos en la incomprensión. Joanna vuelve a suspirar. Se acerca a la cama, se acomoda al borde de ésta, y los ordena vestirse con un ademán imperioso.

Los años de experiencia que lleva a la espalda le han descubierto que se está más predispuesto a cumplir un mandato si se explica los porqués, en vez de prohibirlo así sin más. Busca las palabras adecuadas mientras ellos vuelven a acomodarse al cuerpo las ropas.

—Hay distintos tipos de afecto. Tantos como seres por quienes profesarlo. —No, no, no. Tiene que encontrar un modo mejor de hacerles entender—. ¿Quieres a tu poni? —le pregunta a Jaime. Cuando él asiente, ofrece—. Entonces baja a las caballerizas y pídele al mozo de turno que te deje verlo. Cuando lo tengas delante, dale un beso en la boca.

—¡No! —Se horroriza el niño—. ¡Eso es asqueroso!

—¿Asqueroso? —Joanna se lleva una mano a la cintura; a pesar de estar sentada, intenta ofrecer una estampa de seriedad absoluta—. ¿Asqueroso por qué? Es tu pony. Tu padre te lo compró el día en que naciste para que aprendieras a montar. Ha crecido mientras tú lo hacías. Le quieres, lo acabas de decir. Es tu amigo. ¿Por qué no quieres bajar y darle un beso a tu poni?

—Porque es asqueroso —repite Jaime, resuelto, rotundo—. Indebido. Incorrecto. Le quiero, sí, los dioses no quieran que le ocurra algo malo. Pero quererle no significa que le tenga que…

—¿Besar? —completa Joanna por él. Jaime asiente vigorosamente, y ella sonríe—. Pues con tu hermana es lo mismo. Hay aprecios que deben permanecer en el corazón y no ir más allá.

—Pero yo no soy una yegua estúpida —argumenta, totalmente ofendida, Cersei—. Yo soy su gemela, su otra mitad. ¡Soy más importante que un caballo! Los criados besan a las doncellas. Los caballos montan a las yeguas. ¡Lo he visto! Y ellos son inferiores a nosotros. Jaime es mi igual. Compartimos apellido, compartimos sangre, vinimos al mundo el mismo día y nacimos de tu mismo vientre, madre.

—Y por todo ello es por lo que no debéis repetir lo que habéis hecho antes —razona Joanna, mirándolos con implacable admonición—. Vuestro vínculo es importante, sí, algo único… un regalo de los dioses para que no os sintáis solos, pero os convierte en hermanos, familia, nada más. Y a la familia se le debe querer, Cersei, incluso amar, pero siempre se debe demostrar dando la cara por ellos, protegiendo su reputación, haciéndole regalos… pero nada más. A la familia se la puede abrazar, pero nunca besar —asevera Joanna—. Es incorrecto. Un insulto a los dioses. Por favor, comprendedlo.

Jaime asiente, lentamente. Pero el ceño de Cersei es renuente a desaparecer.

—Madre…

—No, déjame hablar a mí —la interrumpe—, todavía no he acabado. —cuenta hasta tres para armarse de paciencia y liberar a su voz del timbre gélido que hace temblar a criados y nobles. Quiere dar una lección a sus hijos, no causarles terror hacia ella—. Los dioses castigan con maldiciones a los hermanos y hermanas que se tocan entre sí —amenaza—. Hace que se les caiga el pelo —señala la dorada melena de la niña—. Que se les caigan los dientes —la mano de Cersei vuela al instante a su boca, como si quisiera asegurarse de que aún sigue teniendo los molares en su sitio—. Les maldicen con hijos locos y malvados, les cortan los miembros, proclaman decretos para darles azotes en público.

Los ojos de ambos niños están abiertos como platos. Joanna no está orgullosa de lo que ha hecho, pero en fin, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Jaime se abraza a su cintura y jura y perjura que no piensa volver a hacerlo.

—Lamento mucho lo que ha pasado —repite, asustado, aún aferrado a sus faldas—. ¡No quiero tener hijos locos! ¡Ni un miembro menos! ¡No quiero ser maldecido!

—Está bien, Jaime. —Joanna cruza los brazos bajo el pecho. No es momento de abrazar a su pequeño, por más que su corazón arda en deseos de hacerlo. La seriedad del asunto debe quedarle claro, bien claro—. Te creo.

—¿Yo seguiré siendo guapa aunque me corten el pelo, verdad? —Cersei está preocupada.

—Debes ser más que un adorno exquisito a lucir, una joya más entre las miles de riquezas que tenemos los Lannister —la reprende Joanna, poniéndose dura—. No quiero enterarme ni volver a ver que habéis vuelto a hacer lo que vosotros ya sabéis —advierte poniéndose de pie, echando toda la carne al asador para convencer a Cersei; si no va a ser con palabras, tal vez las amenazas surtan efecto en ella—. De lo contrario, me veré obligada a hablar con vuestro padre. Y ya sabéis lo duro que puede llegar a ser Tywin.

—No necesita de padre para amenazarnos, madre —se queja Cersei entre mohines—. De verdad que no. Con los dioses y la maldición era suficiente.

Joanna suspira por tercera vez. No creía que tuviera una hija tan tozuda.

—Por si acaso —rechina—. Se acabó, ¿queda claro?

—Sí, madre —responden con la cabeza baja y la boca pequeña, como harían al prometer no volver a llenarse de arena los bolsillos o decir una palabrota.

—Estupendo. Me alegra oírlo. —Oh. Joanna sabe bien que con un «sí, madre», no acaba el asunto. El riesgo a que recaigan es alto, bastante. Debe tomar más medidas, por si acaso—. Ahora, Jaime, prepárate. —Se obliga a sonreír de oreja a oreja—. Ya eres todo un hombrecito, es hora de que tengas tus propios aposentos.

Cersei abre la boca, seguramente para protestar, pero Joanna la advierte de sentenciarla a toda una semana de verduras con la mirada, en caso de entrometerse.

Mientras sale del dormitorio, con Jaime a remolque, Joanna piensa que tal vez sea hora de que Tywin y ella tengan otro hijo. Con otro niño con el que jugar, cree, las posibilidades de que Jaime y Cersei sacien su soledad de niños cada uno en el otro, es muy reducida.

Esa noche, el tiempo parece detenerse cuando a través del espejo hace su aparición un par de ojos verdes, moteados de gris. Ojos duros, astutos, fríos, que a su cercanía se transforman. No abandonan su dureza, pero sí prometen calidez.

—¿Ocurre algo? —a Tywin no se le escapa que Joanna está más callada que de costumbre.

—Nada —afirma, callándose el descubrimiento del día—. Nada —repite, esta vez con más convicción. Se pone de pie y le arroja los brazos al cuello. En la soledad de sus aposentos, pueden ser todo lo pródigos en caricias que les plazca.

Y esa noche les place. Una, dos, hasta tres veces.


V. SEÑORA.


Durante los siguientes días Joanna vigila a sus hijos con cuidado. Al principio se mantiene distante, pero no puede desprenderse por largo tiempo de su faceta de madre amorosa, forma tan parte de ella como lo es su indivisible cara más fría y astuta y dura, en definitiva, su lado más Lannister.

La respiración se le vuelve acompasada y tranquila al observarlos. El gesto coqueto de una pequeña hermosura de rizos dorados al sacar un espejito de entre los bolsillos, la carrera alocada y explosiva de un hombrecito no menos leonado al arrebatarle a su hermana el espejo en el que se admira y salir pitando por toda la sala común.

Se produce una reyerta entre ambos niños a la que Joanna pone punto y final mandándolos a tomar la siesta.

Los tres se tumban en la misma cama. Si bien es cierto que ahora no puede dejarles dormir en la misma cama, como hasta ahora, también admite que hay un periodo que ellos deben superar para acostumbrarse. Pasar a dormir con el hermano a dormir cada uno a un lado de la casa debe de ser difícil, es lo normal. Pero si el cambio es paulatino, y es vigilado, mejor la transición.

En el momento en que termina de sosegar sus protestas con una nana, Jaime y Cersei se han dormido, cada uno envuelto con fuerza por sus brazos maternos, olvidado el disgusto por el robo del espejo.

Se inclina, les besa en las mejillas, suspira con satisfacción y les deposita con cuidado en la cama.

Después se acerca a la ventana y abre la cortina con timidez, apenas una rendija, para que la creciente luz del sol bendiga las facciones de sus hijos, para que proporcione luz y color y calor a sus almas en esa tarde de verano.

Tras detenerse un instante de más para repetir a la doncella que no les deje a solas ni aunque sea un segundo, Joanna abandona la habitación, con una última mirada a sus caritas dormidas.

Sin embargo, las preocupaciones de Joanna por las indebidas actividades de Cersei y Jaime pasan a segundo plano cuando, semanas más tarde, ella y Tywin viajan a la Corte, llamados por el rey, dejando a sus hijos atrás, a cuidado de Kevan y su embarazada mujer.

Aerys ya no es el príncipe heredero que dejara en Desembarco, años atrás. La alteza que los recibe desde el trono de hierro tiene la mente hueca, la mirada coja, despojada de juventud la piel de rey. Ya no es lozano; el trono lo ha minado por fuera y por dentro; se le acerca, renqueante, ebrio de soberbia, sediento de explicaciones por saber qué ha sido de su vida, seguramente, y en los ojos, el asomo de locura que los Targaryen han convertido en una asignatura a doctorarse.

El escenario de la Corte que recuerda de niña ha cambiado. Desembarco es ahora más fría, ambiciosa y jugadora. Pero Joanna se ha fortalecido tanto por dentro como por fuera, así que observa, cínica, a quienes sólo se han modelado el exterior, en función de las opiniones de los demás.

Rhaella la recibe con cajas templadas, la escupe más tarde de sus aposentos, entre muecas de dolor que disimula con poco atine, gestos que hablan del afecto del rey en cada poro de su piel, oculta bajo el satén. Hay un surco de sombras tras sus párpados, la desdicha no lo tapa ni el maquillaje; se mueve, se agita, aumenta de forma desmedida si Aerys hace amago de atender al protocolo y aproximarse.

La visita es corta, por insistencia de Joanna. Los insultos de Aerys y sus insinuaciones provocan tal tensión que en una de esas, Tywin presenta su dimisión como mano del Rey (dimisión que Aerys rechaza entre sorbos de alcohol y, más tarde, desahoga su ataque de celos con el cuerpo de su mujer, según rumores que a posterior inundan la Corte).

Joanna desespera al ver que sus días de sangrar se retrasan, fechas de un calendario incumplido, quemado en cartuchos de esperanza, esperanza no recompensada. No quiere un embarazo entre los muros de Desembarco. Quiere un hermano para sus hijos y quiere estar de vuelta en casa para que ellos puedan recibirle. Sus hijos… lleva consigo el recuerdo de sus rostros mellizos, como una antorcha perpetuamente encendida en la oscuridad en que pretende engullirle Desembarco y, en una nocturna ocasión, el propio Aerys.

Pero pronto no puede negar que tiene un retraso. Es un retraso que apesta a embarazo, un embarazo que desde sus inicios augura un fruto enfermo, defectuoso, tullido y roto. Al que, a pesar de todo, admite a regañadientes, empezar a amar.

Y para bien o para mal, el tiempo pasa, el embarazo crece, su amor por su gente jamás calla ni se duerme.


VI. DESCONOCIDA.


—¡Venga, mi señora, empuje!

La puerta se mantiene cerrada a cal y canto. Dentro, se escuchan los gritos ahogados de Joanna, a los que se sobrepone de vez en cuando la voz del maestre que le atiende en el parto.

Habían mandado traer a Tywin a la fortaleza en cuanto a Joanna se le habían presentado las primeras contracciones. A pesar de ser el señor de la casa, había sido obligado a permanecer fuera, mientras su mujer daba a luz, ignorándose, por ser una ocasión inusual, sus peticiones de querer permanecer al lado de su esposa.

—¡Quiero estar con ella! —había insistido. En vano.

Otro grito desgarrador de Joanna rompe el silencio, haciendo estremecer a Roca Casterly al completo.

Un mal augurio flota en el aire. Un augurio que desemboca en un silencio, un silencio tenso y oscuro, cuando el llanto de un bebé rasga el aire de la estancia donde Joanna pare, colándose en rendijas de puertas, ventanas y escalones.

Joanna yace tendida sobre una cama encharcada mientras el maestre va de un lado a otro de la habitación, intentando limpiar la sangre derramada, una mortaja fúnebre a pesar de su colorido. Sobre su pecho descansa el hijo deseado, el hermano prometido, el bebé que no verá crecer.

Cuando Tywin entra en la estancia, Joanna lo recibe con una sonrisa tan dulce como rota, tan imperiosa como cansada. Tiene la piel demacrada, un papel fino y desgastado que envuelve su cuerpo maltrecho, piel pálida arañada y envejecida por la falta de oxígeno.

—Cuida de él —dice, tendiéndole al bebé—. Cuida de Jaime y Cersei. Cuida de ti. Te esperaré.

Pero el terror de Tywin, la angustia y el horror son demasiado intensos como para aceptar el bulto berreante y desfigurado que es el recién nacido. El maestre se lo lleva a la habitación contigua, dejando a Joanna sola, frente a una cara que nunca ha visto en Tywin: desolación.

Porque ambos comprenden. Que los siete reinos empiezan a quedarle lejos, que los siete infiernos de hecho le quedan más cerca. Tywin le sostiene la mano. Joanna se adentra sin armonía en un mundo oscuro, ciego a su dolor, sordo a sus ruegos de no querer partir.

Tras de sí deja una familia rota. Un rey que la deseó como el niño anhela un juguete prohibido. Un padre que la vendió a medias, un esposo que la quiso por completo, unos hijos que la añorarán en cada nueva aptitud de la vida que aprendan, y un hijo que la entregó a la muerte como pidiendo perdón por el simple hecho de traerlo a la vida.

El cielo comparte la pena que asola roca Casterly con una lluvia torrencial. Así como el sol no brilla ese día, con la lluvia llega la cruel noticia, que su cuerpo no muestra indicios de sobrevivir al parto.

Joanna se extingue; la aflicción de Tywin es lo que más le duele. Su rostro refleja esa amargura que la derrota de la vida ante una muerte prematura gusta esbozar. Muere en cuerpo mientras a su lado, muere el alma de su señor esposo. Su última inhalación resuena en paredes ornamentadas ceñidas a su gloria arquitectónica, acordes de un laúd gritando a regañadientes «adiós, adiós, adiós», remarcando por ella el cansancio exhalado de luchar por una vida… a la que nunca se volverá a incorporar.