Disclaimer: la Tierra Media y sus personajes pertenecen a nuestro querido J.R.R. Tolkien y a sus herederos. Demás personajes y lugares inventados son míos.
El orco pacifista
Gandalf estaba sentado (como siempre), tomándose su desayuno (como siempre), cuando entró un cliente (como siempre). Lo distinto ese día era que no había reemplazado aún el diván robado y que el cliente era un orco. El ser medía algo más de dos metros. Tenía los ojos dispares, uno más abajo que el otro. Una gran cicatriz le cruzaba la nariz, la boca y el cuello, creándole una mueca horrible en su ya poco agraciado rostro. Lo primero que hizo el mago al ver a su cliente fue sacar la espada y amenazarlo (con la boca llena).
—Espere, que vengo a una consulta —dijo el orco aterrorizado levantando las manos en son de paz.
—Eres un orco, ¿cómo esperas que reaccione? —se justificó el mago sin soltar la espada.
—Venga hombre, que ya bastante me costó poder entrar en la ciudad sin que los guardias me viesen.
—¡A los guardias es a quién debería llamar! —exclamó el mago, dirigiéndose a la puerta.
—¡Le pagaré el doble! —prometió el orco desesperado.
Una lucecita se le encendió al mago en la cabeza. Se lo pensó unos segundos. Luego cogió su sillón y lo puso delate del sofá. El orco miraba extrañado la conducta del anciano. El mago se movía hacia atrás, sin perder de vista a su cliente. Eso provoco que tropezará con el escritorio y se cayera de espaldas. Pero ni así dejó de mirar al orco. Gandalf volvió a guardar la espada en su funda y la dejó encima del escritorio. Luego le indicó al orco que se tumbase en el sofá.
—Cuéntame —le dijo el viejo mago sentándose.
—Verá, señor mago, es que no me gusta pelear —empezó el orco.
—¿Y qué tiene eso de malo? —preguntó Gandalf extrañado—. Es algo bueno, muy bueno de hecho.
—¡No! Para los orcos es la base de la existencia. Cuanto más fuerte es un orco más le respetan y mejor posición tiene entre los suyos —explicó el ser.
—¡Oh! Ya veo. Entonces, lo que quieres es volverte más agresivo ¿no? —indagó el istari.
—¡Sí! —exclamó el orco emocionado.
—Pero sin recurrir a la lucha.
—¡Sí! —repitió el pacifista orco.
—Muy bien, si lo que quieres es ganarte el respeto de tus semejantes sin tener que luchar sólo hay un método posible: demostrar que tienes el cerebro para algo —dijo Gandalf.
—¿A qué os referís, gran mago?
—A que pienses, querido amigo, a que pienses. Por mucha fuerza que tengas, si no sabes usarla no te sirve de nada. Observa a tus enemigos, descubre su punto débil y luego, ataca. Todo consiste en saber cuando y cómo hacer tu movimiento. Si lo haces bien, no necesitarás tener que pelear para ganarte su respeto.
—¿De verdad? —el orco se incorporó emocionado.
—Por supuesto —afirmó el mago con una sonrisa—. Ahora, vuelve a tu casa y demuestra de lo que eres capaz —animó.
—Muchas gracias, gran pozo de sabiduría.
El orco dio un abrazo a Gandalf, que tuvo que contener la respiración por unos segundos. Para no morir por inhalación de gases tóxicos.
—Mago blanco, recordad este día, porque hoy habéis ganado un amigo dispuesto a todo por ayudaros —declaró el orco.
—La mejor manera de ayudarme es pagandome la sesión —aseguró Gandalf.
—¡Tiembla, Tierra Media, porque hoy a nacido un nuevo líder orco!
—Oye, que aún te lo tienes que ganar —le recordó el anciano de blanco.
El orco lo ignoró y salió de la consulta riéndose como un loco en un manicomio. Gandalf salió corriendo detrás de él, espada en mano.
—¡Págame, orco! —le gritaba como otro loco.
—¡Tiembla, Arda! ¡Sumiré el mundo en una nueva era de maldad! —seguía gritando el orco.
—¡Primero págame!
Y así siguieron un buen rato, mientras la gente miraba extrañada la escena.
N/A: si os preguntáis si algún día le pagaran al mago solo os puedo decir que ni yo lo sé. He modificado el capítulo, he quitado otro y seguiré con la historia aunque tarde lo mío en actualizar. Espero que os haya gustado el capítulo. Un abrazo.
