Capítulo 7, parte 2: SSAW
Sashihara Rino, una joven con nada especial mas que su habilidad de congregar masas con el chasqueo de dos dedos, veía el techo de su habitación, tratando de dormir antes de que el sol le diera los buenos días con su non grata presencia. Recapitulaba algunas cosas que sucedieron en la fiesta, principalmente su breve encuentro con la presidenta del Consejo. Se veía espectacular, toda de negro, con el cabello alborotado a causa del viento.
De no haber sido por la llegada tan abrupta de aquel vehículo volador, tal vez hubiera podido pasar otro rato con una de las pocas personas que le sostienen una conversación así sea de los zapatos feos que vio en una presentadora de televisión.
Fue después de aquel incidente que tuvo que convencer a Rena de salir y divertirse, aunque por la invitada, podía quedarse jugando en el cuarto de la anfitriona toda la noche, no pedía mucho, con un vaso de agua y botanas estaría más que cómoda. Pero vamos, ¿quién va a una fiesta a estar encerrada? Además de Rena, nadie.
-La pasamos bien, es lo que importa.- Sacando a aquella chica de su mente, recordó otro pequeño incidente que le estaba haciendo ruido.
-O-
Recogía vasos regados en cada rincón una vez que la mayoría de las invitadas la dejaron sola sin levantar una servilleta como cortesía. Todo fue un éxito, incluso llegó más gente luego del helicóptero poco discreto que buscaba a un apellido que últimamente escuchaba o veía en todos lados.
-Fuh, al fin, esa fue la última bolsa de papitas.- Pasaban de las 2 de la mañana, hacía frío pero sudaba a causa del esfuerzo de agacharse una y otra vez. Alzó la vista en busca de su compañera inseparable de locuras, sonriéndole una sonrisa que gritaba "gracias por la ayuda".
-Aquí adentro será todo, falta que revisemos el jardín, tengo miedo de encontrar un sostén en la piscina.- Respondió aquella chica de grandes dientes frontales, arrastraba la bolsa negra de basura con desgano, imitando un caracol al caminar de tan poco que alzaba los pies.- Tu idea de hacer danso las alborotó como un gallo en un gallinero. Estoy MUERTA.- Enfatizó esa palabra colgando la cabeza hacia atrás.
Sí, Rino nunca había visto tantas manos queriendo tocar un cuerpo ajeno. El cuerpo de quien le ayudaba a levantar la basura, ni más ni menos. -Debiste acercarte a mi, hasta te hubiera dejado un par de billetes en las pantys.-
-¡Traté, pero las bestias hambrientas no me dejaban ir más allá de tres pasitos! Cortarme el cabello fue una buena idea, me veo genial.
-Hubieras partido las aguas, como Moises.- Rino movió las manos como si eso hiciera, ganándose una carcajada fuerte por parte de su compañera, quien luego sonrió de medio lado, levantando unas servilletas que no había visto en la primera revisión de limpieza.
-Prefiero abrir otras cosas con las manos, tú sabes.- Sabía que Rino tendría una sonrisa, intentando esconder el sonrojo que eso debía causarle. -Lástima que estoy tan cansada, darle gusto a las chicas me dejó sin una gota de energía.-
La otra persona en la sala no tuvo más remedio que apretar la bolsa de basura, sufriendo un poco porque le habían encendido el switch de la imaginación. Estaba a punto de lanzarse sobre Minami, cuando unos sonidos extraños llamaron su atención.
-¿Escuchaste eso?- Agudizó el oído, tratando de seguir el rastro auditivo, dejando por la paz la labor de ayudantes domésticas para hacerse de la mejor arma que encontró a la mano: una escoba.
-¿Será un mapache? Sé de buena fuente que les gusta entrar a las casas a robarse cosas de valor...- Su pareja la imitó con un trapeador, siguiéndola de cerca. Se detuvieron justo frente a la puerta que daba a la zona de servicio, no muy seguras de querer abrir y revisar siendo tan noche. Entonces volvió a escucharse aquello.
-Aah...-
Ambas jóvenes se miraron, cuestionándose una a otra en silencio.
-N-no... Más...-
-¡Miichan!- Gritó Rino sin realmente gritar, movió la boca enormemente al susurrar aquel apodo de cariño.
-Vaya vaya, parece que no somos las únicas que quedan...- Ambas pegaron una oreja a la madera de la puerta, tratando de escuchar más a detalle los hechos que transcurrían ahí dentro.
-Por favor, Haruka... ¡Nnnh!-
-Esa voz...- Estaba registrada en el banco de datos de Rino, quien tardó poco en reconocerla como la de aquella joven hermosa, de refinados rasgos, y que además trabajaba codo a codo con Rena. -¡Es Yui! Yui y la niña que saltó a la piscinaaaaa.- Volvió a gritar sin gritar, dirigiéndose a Minami, que aguantaba las ganas de entrar y asustar al par que tenían un rato agradable a escondidas de todas, descaradamente ocultas en una casa ajena.
-Se nota que sabe lo que hace, es raro escuchar que Yokoyama haga esos sonidos tan sucios...- A juzgar por la única voz que percibían, la chica de hoyuelos estaba ocupando la boca para otra cosa. -Probablemente... Deberíamos dejarlas solas, esto está mal. Terriblemente divertido, pero mal.- Dijo Minami, sintiendo algo de culpa pero sin alejarse de la puerta.
Los gemidos se escuchaban discretos, se notaba el esfuerzo de Yui por reprimirse.
-Otro poquito y seguimos limpiando, ándale...- La curiosidad pudo más con la dueña del periódico, esa era una noticia que tendría primera plana por unos tres días seguidos.
De pronto nada se escuchaba, el final llegó más rápido de lo que sus instintos entrometidos hubieran querido. Poco a poco se fueron alejando de la puerta, cuando esta se abrió súbitamente, revelando a Yui cargando en la espalda un bulto en ropa interior, completamente dormida.
-Juro que puedo explicarlo.- Dijo aquella, con la calma que la caracterizaba, ante las miradas atónitas de quienes no esperaba encontrar tan cerca.
-O-
-Y yo que quería publicar eso... Lástima, todo sea por la amistad...- Por lo menos tenía la exclusiva. Tal vez si cambiaba algunos nombres y hechos podría hacer una historia sin meterse en problemas.
-O-
El frío de otoño era tangible entre los pasillos opulentos de la mansión Iriyama. A pesar de contar con calefacción en prácticamente todos los rincones del lugar, el frío no se iba nunca. Mucamas iban y venían, pero ninguna queja se escuchaba de ellas, era como ver robots obedeciendo silenciosamente las peticiones otorgadas por su "dueño".
La habitación de la hija única del matrimonio más influyente de Japón se sentía igual de fría, ahora más que nunca dado que se encontraba acompañada de un grueso libro lleno de ecuaciones matemáticas.
Como todos los fines de semana, su padre no estaba, su madre sostenía una absurda reunión de té y pasteles finos con un montón de señoras de la alta sociedad. Menos mal que pudo excusarse de ser sociable poniendo como excusa que estudiaba para un examen del cual ya tenía la calificación perfecta asegurada.
-Ugh, quisiera que alguien divertido viniera para distraerme...- Dejó caer la cabeza sobre los cuadernos cuyas hojas seguían en blanco, casi nunca podía hacer ese tipo de cosas fuera de su imagen de niña perfecta, siempre tenía alguien vigilándole la espalda. Giró la cabeza quedando recargada en la mejilla derecha, cambiando casi al instante; le acomodaba más el lado izquierdo. Su amado libro de astronomía descansaba a un costado de ella, repasó con los dedos la cubierta, suspirando fuerte en un intento de sacar con el aliento el sopor y aburrimientos que la agobiaban.
Un sonido en la puerta la sacó del estado de nada en que se encontraba, obligándole a sentarse derecha, abrir la libreta de ecuaciones donde fuera y fingir responder algunos problemas con la flojera espantada gracias a su habilidad pulida de actuación.
-Adelante.- Mantuvo la vista fija en sus manos que escribían cosas que ni ella entendía.
-Señorita, lamento interrumpirla.- La voz suave de su "abuela" acarició el aire frío de la habitación, volviéndola un poco más cálida. -Tiene visitas, es la señorita Kawaei...-
-¿Ricchan?-
La joven de calificaciones milagrosas entró agachando la cabeza a la habitación, un saludo formal y fuera de lugar, o eso pensaba Anna, entre ellas. Probablemente porque su abuelita de cariño seguía presente, como si deseara capturar algún chispazo de afecto entre una y otra.
Anna se mantuvo sentada, con el brazo derecho apoyado en el respaldo, la mano izquierda sosteniendo el borde del escritorio de roble. ¿Hacía frío en la mansión? Sí, sí hacía frío, le decía el sudor que apenas bañaba la piel de su frente.
-Señorita, le recomiendo que sea breve, ya sabe...- Dijo la señora de avanzada edad, tratando de romper la extraña tensión palpable de las amigas inseparables. Con eso, agachó la cabeza y cerró la puerta, dejándolas en privacidad que seguramente necesitaban; eso o estar entre un mar de personas para tener otra cosa que mirar aparte del reflejo de cada una en los ojos de la contraria.
Rina avanzó a paso normal en vista de que su mayor parecía congelada, como si fuera parte de la decoración. Fue hasta entonces que un sonido quebró los cero decibeles que las inundaban: un suspiro, largo y pesado, proveniente de la pequeña de cabellos castaños. Cargaba en las manos una bolsita color rojo transparente, de esas tejidas con hebras finas de algún material parecido al plástico.
-Para ti.- Dijo, estirando el brazo izquierdo en espera que eso le diera razones para parpadear a la destinataria del presente.
Anna supuso que era eso, un presente, gracias al moño también en tono cálido que cerraba la bolsa. Miraba al objeto, después a Rina. Así repetidas veces hasta estacionar la mirada en los ojos hinchados de su amiga. ¿Había llorado? ¿Por qué le costaba hablar en un momento así? Claro, por "aquella situación" que se ganó a pulso.
-¿Qué haces aquí?- Brillante. Preguntar eso es lo indicado para saludar y agradecer por la visita y el regalo. Sumando a la pregunta, no hizo por tomar la bolsa, dejando a Rina con el brazo estirado.
-Para ti...- Repitió la chica cuya voz sonaba rasposa, contrastando con la sonrisa que logró poner en sus facciones. Trataba de actuar normal, como siempre. Los motivos de Anna para estar distante eran cosas que eventualmente saldrían a la luz; esperaría lo necesario para escucharla hablar de ello, en el peor de los casos se enteraría por un tercero.
-Gracias... No debiste, Ricchan.- Al fin, un tono más amable que el previo, adornado con tintes de culpa. Lentamente tomó la bolsa, y cuál fue su sorpresa al ver banditas de colores, sumamente llamativas, en casi todos los dedos de su amiga. Sea lo que fuera el contenido del regalo, era casero. Sabía por experiencia que la hija de los dueños del restaurante que más le gustaba frecuentar no era precisamente hábil a la hora de cocinar, pero lo hacía con todo el corazón. -¿Te quemaste?- Concluyó en su tono dulce y curioso, tratando de ver el contenido entre la fábrica tejida. No preguntó como burla, más bien como adivinando que eso fue precisamente lo que sucedió.
-No, me corté varias veces... ¡Ah! Pero nada de lo que está ahí se ensució o algo así, te lo juro...- Agitó las manos al frente, espantando la posibilidad de que Anna llegase a pensar semejante cosa. Luego simplemente rió, apenas audiblemente, mientras avanzaba a la enorme cama al medio de la habitación. Dejó caer medio cuerpo ahí, extendiendo los brazos a sus lados para descansar.
Por su parte, Anna cerró la página al azar que abrió por el susto, se acomodó de nuevo frente al escritorio, espalda recta y firme por costumbre. Abrió el lazo rojo para al fin saber qué había en la bolsa sin siquiera preguntar si podía verlo en presencia de quien lo obsequió. Sintió una sonrisa deformándole la mueca que llevaba desde hace horas, hacía días que sonreía forzada, hacerlo naturalmente era una sensación que aliviaba el alma.
-Ricchan...- Eran su tipo de dulce favorito: konpeito. Esos de colores en forma de estrellas. Desconocía el proceso para hacerlos, siempre ha querido saberlo ya que parece un trabajo artesanal, pues ninguno de los dulces es igual a otro, jamás. Los que Rina le regaló se veían claramente caseros, algunos apenas y tenían esos salientes distintivos, pero el valor que poseían era invaluable para ella. Avanzó con la bolsa en mano, sentándose junto a su fiel amiga, esa que estaba a su lado siempre así estuvieran de buenas o malas. Ahí probó uno de los caramelos y no pudo evitar volver a sonreír, aunque en menor tamaño por estar comiendo.
-¿Los probaste antes de dármelos? Todo buen chef debe verificar la sazón de lo que haga, así sea el platillo más fácil del mundo.- Sacó una estrellita mientras hablaba, mirándola a detalle a contraluz, pensando en lo linda que era.
Rina alzó la mitad del cuerpo en menos de medio segundo, con los ojos abiertos al máximo buscando signos de desaprobación en el rostro de Anna. -¿Eeeeeh? ¡No me digas que confundí el azúcar con la sal otra vez! Estaba segura de que a la tercera vez sí puse azúcar, hasta la pesé con el medidor eléctri- Una de sus creaciones le cerró la boca, cortesía de la mano de Anna, que ocultó la sonrisa con la misma extremidad ante el pánico que logró sacarle a la cocinera en proceso. La mayor actuaba más enérgica de lo normal, probablemente a causa de los nervios de estar a solas.
-Es la sal más rica que he comido. Te quedaron perfectos, pero ahora te has condenado a hacerlos para mi cuando me los acabe.- El sabor era sutil, así como la preocupación que la mano de Anna, esa que alimentó a su amiga, dejó ver al acariciarle el cabello por un costado. La pequeña empezaba a sollozar, haciendo un esfuerzo grande por mantenerse lo más firme que podía antes de que su nariz empezara a gotear. Era momento para explicaciones o jamás se perdonaría hacer que su mejor amiga llorara sin saber por qué.
-Tranquila. Todo va a estar bien, lo prometo. Mi padre es un poco explosivo, impulsivo, posesivo y demás ivos, respira para que te pueda contar, ¿sí?- Del bolsillo frontal de la prenda que usaba sacó un pañuelo, según las normas de la alta sociedad es algo que nunca puede faltar en una señorita. Ese pañuelo terminó húmedo con líquidos viscosos, al menos la nariz de la menor estaba limpia.
-Es que me estuviste evadiendo varios días...-
-Fue un día y medio.- Interrumpió la chica más alta.
-¡Se sintió como muchos días! Desde la fiesta no eres la misma. ¿Qué pasó cuando te fuiste? ¿Por qué no me dices? Dime o gritaré por la ventana que odias las fiestas de té de tu mamá. Sabes que lo haría.
Eso debió hacer reír a la menor, pero no esta vez. Agachó la cabeza en busca de una manera de explicarse que se entendiera y no causara demasiada impresión en Rina.
-No deberías estar aquí, si mi padre sabe que viniste, te matará. No, primero me mata a mi para que seas testigo y después encontraría una forma de revivirme para que vea cómo te mata después.- En un acto totalmente voluntario, tomó la mano de Rina, acariciando esos dedos víctimas de un descuido. Fue más para si misma que para la contraria, esa necesidad de sentirse cercana y protegida de alguna forma, como los animales que duermen juntos para cuidarse las espaldas.
-¿Qué dices? No me digas que no quiere que nos veamos porque soy mala influencia para ti, jajajaja. Oh no...- Había visto en su compañera millones de expresiones, bueno, tal vez unas cinco a lo mucho, pero esa que veía ahora mismo jamás la había presenciado: miedo.
Anna tenía miedo. La razón no iba a gustarle en absoluto a la más desafortunada chica en toda la región. Ella misma siguió con la línea de pensamiento de Rina, quien ya había dado el primer paso de manera indirecta.
-¿Recuerdas lo del director Akimoto?-
Le respondió una ceja alzada. -Sí. Pero eso no tiene que ver con que te pueda ver o no...-
El diccionario andante tenía problemas para expresarse. Con eso ya eran dos cosas nuevas para Rina en menos de cinco minutos. Hubo una pausa breve, seguía con la mirada hacia abajo en diálogo consigo misma, luego la alzó para encontrar la de la mayor, buscando calmarse a si misma al mirarla.
-Verás... ¿Cómo empiezo...? El día de la fiesta, antes de escapar de casa con uno de los autos de mi padre, lo descubrí por accidente hablando por teléfono con alguien, no pude escuchar el nombre pero... Hablaban de... Unas niñas... De fotos y videos...- Palideció instantáneamente al recordar ese momento; la voz usada por su señor padre, los negocios bajo el agua y los millones que se movían en secreto. Todo le causaba náuseas, suficientes para querer hacerla vomitar. Debía ser fuerte y terminar, seguramente se sentiría mejor al sacárselo de la garganta de una vez por todas.
-Mencionó a Akimoto, que lo sacaría de la cárcel como fuera... Ricchan, entiendes lo que te digo, ¿verdad? Mi padre... Él...- Esos kilos que cargaba en los hombros se sentían como toneladas ahora. Se negaba a mirar a quien ahora era la que le reconfortaba con palmadas en la espalda.
-Vamos, de seguro oíste mal...- Interrumpió a Anna, todo sonaba como una locura. -Pero, estabas tan normal, al menos no te vi nada asustada...-
-Porque estaba contigo, traté de ignorar aquello y estar bien o te ibas a preocupar. Esa noche debía traerme alguien de seguridad, pero luego de escuchar esa conversación no supe qué hacer y simplemente salí sin pensarlo. Tenía tanto miedo que de milagro no causé un accidente. Para sumar a los errores, sin darme cuenta tomé el vehículo con rastreador, lógicamente al notar que desapareció pasó lo que pasó.- Hizo otra pausa breve, apenas para tomar aire. -Por fortuna, cuando supo que fui yo quien tomó el vehículo, hizo el menor aspaviento posible, aunque igual creo que se le pasó la mano. Como había dicho que te acompañaría, mi padre pensó que me metiste a la cabeza esa idea, no me dio tiempo de pensar en qué decirle cuando llegué a casa, estaba muerta de miedo con sentir cómo tenía sus ojos en mi. Supuestamente tengo prohibido verte, y sabes, creo que es mejor que sea así. En unos días debe de pasarse el castigo, pero si nos ve juntas, podrían ser meses sin verte. Al menos no se enteró que lo escuché, supongo que fue gracias a que eres una mala influencia.-
Rina iba atando cabos lentamente, tratando de comprender sin perderse de los detalles. Ya sabía el por qué del comportamiento de Anna, vaya, tenía una razón demasiado fuerte más allá del castigo que ganó por su culpa, aunque no tuviera nada que ver en ello. Cuando por fin tuvo palabras, respiró profundo, soltando el aire por la boca haciendo una trompetilla.
-Siempre imaginé a tu familia como si vivieran en una película de James Bond y ahora es eso y más. ¿Qué hago? No te puedo dejar sola sabiendo lo que sabes...-
-Por ahora debemos estar lejos y actuar como si nada, ya veré cómo investigo de aquella llamada que escuché. Hay muchas cosas que no entiendo, a lo mejor estoy pensando cosas que no son, papá no haría eso. No, no...-
-¿Y si le decimos a la policía? Ellos sabrán qué hacer, nosotras somos unas niñas, Nin...- Rina empezaba a sentir ese miedo también, pero sin pruebas no tenían nada de nada. Dejar que Anna cargara con ello por si sola estaba fuera de lugar, aunque estuvieran separadas, tenía que estar con ella de una forma u otra. Se acercó otro poco, tomándole ambas manos con firmeza.
Anna simplemente negó en silencio con un movimiento de cabeza. -Lo pensé, pero mi padre tiene amigos ahí... Estoy perdida, y lo que es peor, me quitó ese rayito de luz que hace que me encuentre siempre que estoy perdida...- Miró a Rina luego de minutos de estar con la cabeza agachada viendo a la nada blanca de la alfombra. Hubiera preferido mentirle, decirle que estaba molesta con ella por comerse el último trozo de carne de su bento días antes. Cualquier otra cosa que le hiciera sentir mejor, pero no, con la expresión que cargaba sabía que ni en un millón de años imaginaba ese tipo de noticias. Tuvo que soltarla un momento para secarse el sudor de la frente con el anverso de la diestra, regresando al cálido lugar de antes, entre las pequeñas manos de su confidente.
-Nin...- Rina comprendió la cautela con que su abuelita le ayudó a entrar sin ser vista mas que por una que otra mucama despistada, el ambiente en la mansión de los Iriyama no era precisamente de lo más agradable, a pesar de la fiesta de té que la segunda dueña al mando sostenía en el jardín frontal con su séquito de cacatúas de peinados extravagantes. Era como viajar a la edad media, una experiencia que le daba escalofríos a Rina. Peor sentía al no poder hacer nada por Anna mas que escucharla. Estaba por levantarse cuando algo le sonó en la cabeza, algo que podría ser de ayuda en ese caso.
-¡Shinoda-san!- Se cubrió la boca con ambas manos por el grito que soltó, reprendiéndose a si misma y repitiendo luego con más calma. -Shinoda-san debe poder ayudarte, ¿qué no estaba involucrada su hija en ese asunto?-
Recuerdos llegaron como un tren sin frenos a la mente de Anna, en especial recuerdos de aquella extraña entrevista que tuvo con esa mujer fría en los primeros días de su mandato, quien actuaba como si supiera algo que ella no. Frunció el ceño al sentir un recuerdo en particular de esa reunión. Le había ofrecido una taza de té que rechazó cortésmente. Ese té le daba mala espina, por alguna razón. Alejó los pensamientos agitando la cabeza, volviendo el diálogo al punto central.
-Sabes, creo que los dulces tenían polvos mágicos, te hicieron inteligente de la nada.- Lo cierto es que la idea de volver a entrar a esa oficina no le parecía agradable, pero Rina tenía razón en eso, si alguien estaba metida en ese asunto era la directora sustituta, y con el poder e influencias que tenía o decía que tenía, algo debía de poder hacer.
-Es que me hacía falta estar tiempo contigo, así te robo algo de inteligencia con mis ondas mentales psíquicas.- La sonrisa de antes apareció, un poco débil pero ahí estaba. Ahora fue Rina quien limpió las lagrimitas de su mejor amiga con el mismo pañuelo que se usó previamente. Desde que llegó moría de ganas por verla sonreír, ignoraba que eso ya había sucedido, así que se resignó a un día más sin la sonrisa de Cleopatra. Por lo menos ahora sabía toda -o casi toda- la verdad. Abrazó a Anna con todas sus fuerzas, un abrazo que le durara por el tiempo que tuviera que fingir ser una especie de desconocida para ella. Sería duro, pero debía cumplir su parte para no meterse en más problemas. Acordaron mantener distancia lo más posible, si Haruka preguntaba algo, dirían eso del bento, la comida siempre era un tema delicado entre ellas y seguramente iba a creerse tal cosa.
El toque distintivo de su abuelita sonó a la puerta, haciendo que las chicas se separaran de inmediato, pero sin miedo, pues sabían quién estaba detrás de esa manera de llamar.
-Perdón por interrumpir, señoritas. El amo está por llegar, y recomiendo que la señorita Kawaei se retire lo antes posible, sin afán de ser grosera, usted entiende...- Dijo intercambiando la mirada entre ambas jóvenes, que no dudaron en darse un último abrazo antes de que se dijeran hasta pronto.
La infiltrada no dudó en abrazar una vez más, y aunque fue menos efusiva, escondió el rostro en el cuello de su persona más importante. -Cuídate, y más te vale no hacer algo tonto que te ponga en peligro.- Respiró el aroma del cabello largo y castaño, deseando tenerlo en los pulmones por lo menos unos minutos. Anna asintió con un sonido de garganta, dejando ir a su alegría andante.
Con un pie en la puerta, Rina dio media vuelta y corrió de nuevo a donde Anna, dándole un beso en la mejilla ante el cual fue imposible reaccionar, fue tan veloz como cuando termina un examen para el cual no estudió nada. Salió sin mirar atrás, alcanzando a su abuelita quien ni siquiera notó la ausencia de segundos de aquella presencia que iluminaba por donde pasara.
-Qué mala puntería tienes...- Dijo Anna, maldiciendo el que hubieran aumentado la calefacción sin haberle consultado antes.
-O-
En otro punto de la ciudad, una chica de rasgos felinos se balanceaba en un columpio dejando que sus pies se arrastraran contra la arena del parque. Había pasado tanto tiempo haciendo lo mismo que de seguro la suela de sus zapatos estaría algo gastada. Se aseguraba una y otra vez de que fuera el día correcto, la hora correcta. ¡Sí eran ambas cosas! ¿Por qué no llegaba quien se supone que debía llegar?
-Así que así se siente cuando te dejan plantada.- Refunfuñó entre dientes, levantándose al fin de mala gana, llevándose las manos a los bolsillos de la chaqueta negra para irse a casa. El viento le refrescaba el enojo. Sabía que era una mala idea, pero tenía que hacerle caso a la idiota de Jurina La Rompe Corazones Matsui. Odiaba admitirlo, pero tenía más experiencia en cosas del corazón que ella, supuestamente.
-La obligaré a invitarme un corte de carne de la más elegante y cara.- Giró sobre un pie, y pegó un brinco hacia atrás digno de gato asustado por un aspersor de agua que no esperaba encontrar en su camino.
-¡Miyuki! Serás... Tonta. ¡Llegaste tarde!-
Sayaka había logrado convencer a su compañera de salir con ella para charlar. Seguía un tanto apenada por lo de días atrás y quería disculparse, pero la actitud que tomaba la chica de sonrisa pegajosa era molesta últimamente. Sus encuentros se reducían a saludarse, intercambiar una plática mundana, tratar de acercarse a ella físicamente con un empujón amistoso, Miyuki volviéndose de piedra y alejándose con excusas baratas. Así fue por más tiempo del que Sayaka podía tolerar.
-¿Ara? ¿De verdad? Lo siento, no me di cuenta.-
Ahí estaba otra vez, ese tono de voz irritante, prepotente, tan no ella. Volvía loca a Sayaka, que por más que respiraba lento y contaba hasta diez, apenas lograba mantenerse sin explotar como aquel día. Tenía la carota de Jurina burlándose de ella como motivación; tenía que hacer las pases ahora o sería la comidilla de la Ace deportiva hasta el fin de los tiempos.
-Entonces creo que llegué demasiado temprano.- Apretó las manos dentro de los bolsillos, tragándose el orgullo, queriendo golpear al árbol más cercano con la frente. -Hola, por cierto.- Volvió a tomar asiento, aunque estaba harta de haber pasado tanto tiempo sentada viendo palomas volar.
-Hola, ¿de qué quieres hablar?- Preguntó una Miyuki que sonaba desinteresada, o eso trataba de sonar. En la mente tenía el rostro de su confidente y gemela de apellido, dándole una lectura de cómo hacerse desear nivel experto. Usaría todos sus trucos combinados para darle su merecido a aquella persona que le dejaba sin aliento así estuviera haciendo sus clásicas tonterías para llamar la atención.
-Siéntate, por el amor de Dios.- Pensaba la otra, que sufría por decir dos benditas palabras que le ardían en el ego como pocas cosas en la vida. Primeramente porque quien debía disculparse, según ella, era Miyuki; segundo, porque Jurina burlándose de ella hasta el fin de los tiempos. -Quería... Quiero. Quiero decirte algo, dos cosas, de hecho.- Echó la cabeza hacia atrás y a los lados para tronarse los huesos del cuello, le estaba costando de verdad.
Miyuki sonreía por dentro, por fuera seguía tranquila, sin reaccionar en absoluto. Por lo menos ya se había sentado en el columpio junto al de Sayaka, era ganancia.
-Dile ya, por el amor de Dios.- Pensaba la joven arquera, que no hacía más que prolongar lo que era inevitable. -Gracias... Por ir a verme al torneo.- Una menos, eso no fue tan terrible. -Y...-
La segunda Watanabe, como le conocían algunas personas, se sentía la reina del mundo, era una sensación agradable saber que ella no tenía que hacer nada mas que esperar una deliciosa disculpa. Las gracias fue algo que la verdad no esperaba, le pareció un lindo detalle. Sin embargo, seguía actuando como pared, sin reaccionar en absoluto hasta escuchar lo que quería de esos labios que más de una vez se había imaginado uniendo con los suyos.
-¿Y? Creí que tenías prisa por irte, dime ya para que puedas hacer lo que tengas que hacer.- Era raro hablar así, actuar así. Le parecía de lo más divertido ver a Sayaka sufrir por su culpa. La miró de reojo, buscando la marca de la cachetada que le dio que obviamente ya no estaría, pero la imaginaba claramente en colores vivos.
-Lo siento. Perdón por haberte gritado. Me molesté cuando menos debía. Listo buenas noches que te vaya bien.- Sí, con eso bastaría. Se levantó del asiento de metal y emprendió la retirada. Todo iba bien hasta que una mano encontró su oreja, jalándola con fuerza. Eso dejó a Sayaka plantada en su lugar, soltando grititos entre dolor y queja.
-Alto ahí, Yamamoto. Hablaste taaan rápido que no te oí. ¿Lo repites, por favor?- Unas abultadas mejillas le sonreían a la joven de cabello corto, esperando una segunda disculpa más calmada, una en la que se estuvieran mirando a los ojos. -Recuerda que hice el esfuerzo de ir a verte, te apoyé todo el día y al final te enojaste por una tontería. Te escucho, pero habla fuerte porque hay mucho ruido en este parque.- Como era de esperarse, eso fastidió más a quien sufría física y emocionalmente.
-Piensa en Jurina. Piensa en Jurina burlándose de ti. Piensa en Jurina burlándose de ti por una chica.- Con ese mantra, sumado a que ahora tenía dos problemas en forma de media luna frente a ella, cedió a la presión mental. Después de todo, Miyuki estaba en lo correcto. Tomó aire, lo necesitaría para darse paz interior.
-Perdón... No sé qué me pasó, estaba tan concentrada y de repente estabas en mi cabeza sonriéndome así como estás ahora. ¡Tengo orgullo! Verte con alguien más me dio...- Pasó saliva, estaba a punto de decir demasiada información, información que su compañera usaría en el futuro seguramente. Corrigió lo que estaba a punto de escupir lo mejor que pudo. -En los torneos tienes que estar en silencio y atenta a lo que pasa en el campo de tiro, no en las gradas... Me desconcentraste y por eso perdí.- Definitivamente sonaba más a algo que diría normalmente.
Silencio. Más silencio. Luego risas fuertes. Para Miyuki, esa era la mejor disculpa que escucharía de parte de Sayaka. Estaba actuando de una manera demasiado tierna, intentando todo para sonar siempre digna, aunque sabía que se codeaba con personas que contrastaban demasiado con ese lado correcto y firme de ella. Al ver su rostro confundido, tuvo que dar por terminadas las risas, con ello también su acto frívolo y distante. No resistía más portarse así con ella, darse a desear resultaba más agotador de lo que imaginaba.
-Disculpa aceptada.- Tomó de la mano a Sayaka, guiándola hacia ella de un jalón. Recordó aquel abrazo al inicio del mes, desde entonces no tenía mucho contacto físico y para ella eso era algo anormal. No pedía mucho, un apretón de manos, entrelazar los brazos, sentarse codo con codo, ese tipo de cosas eran las que a la joven de voz melosa le gustaba hacer. Y bueno, teniendo la oportunidad de hacerlo, la duda fue mínima para hacer ese movimiento atrevido de su parte. Fue entonces que estuvo conciente del cuerpo que sostenía; era más bajita de lo que recordaba, seguro porque estaba usando zapatos bajos y ella unos centímetros de plataforma, también era menos muscular de lo que parecía gracias a la piel de cuero negra que siempre usaba fuera de la universidad. Y sorpresivamente tenía más pechos de los que esa misma prenda ocultaba.
-Ya suéltame, van a pensar que somos una pareja que pelearon y están reconciliándose.- Había cierto tono de fastidio en como lo dijo, nada que Miyuki fuera a tomar en serio, de haber querido desde el segundo uno ya el abrazo se habría terminado, los brazos alrededor de su espalda baja estaban hablando más que ese conjunto de palabras deshonestas.
-¿No somos una pareja que discutió y se están reconciliando? Porque estoy segurísima que eso pasó.- Claro que lo llevaría más allá, con suerte le sacaba un sonrojo al orgullo de Yamamoto, quien terminó separándose al fin, desabrochándose la chaqueta para estar más cómoda.- Admite que te dieron celos y pagaré la mitad del pastel y café que me vas a invitar para perdonarte por completo, llevas ochenta por ciento de disculpa perfecta.-
-¡Ja! ¿Celosa yo? Ya te dije que me enfadé porque estabas hablando y molestando a los demás asistentes.- Los pies de Sayaka se movieron en dirección de regreso a su casa, había cumplido la misión y lo que quería ahora era matar unos cuantos zombies en sus juegos de video.
-Entonces sí somos una pareja.- Asumió la otra chica, pues esperaba que desmintiera ese detalle más que otra cosa.
-Deja de decir tonterías. Eres mi amiga y ya. Las chicas no salen con otras chicas.- Dijo la frase más estúpida que le pasó por la cabezota. Miyuki rió alcanzándola para tomarle la mano fuerte, así no se le escapaba otra vez.-
-Pues tu amiga Yokoyama no opina lo mismo, el día de la fiesta de Sasshi la vi por accidente muy juntita con otra niña, una alta de primer año, la que parece que camina dormida todo el tiempo...- Con esas referencias y poco detalle de lo sucedido quería llamar la atención de Sayaka, que ante la mención de otra de sus mejores amigas se notó bastante interesada en el tema, suficiente para ignorar la mano que entrelazaba los dedos con los de ella. -Aunque imagino que eso no te importa, son cosas privadas que no deberían de importarme o importarte, ¿ne?- Bastaba con jalar de la cuerda, el anzuelo ya estaba bien mordido.
-¿De qué sabor quieres el pastel?- La noche apenas caería, tendrían todo el tiempo del mundo para platicar de eso y mucho más. No es que la chica diestra en el arco fuera chismosa, para nada. Si Miyuki no lo hubiera mencionado jamás se habría imaginado que la vicepresidenta tenía ese secretito guardado.
-O-
-Apuesto a que se dan besos a escondidas.-
-En los baños, para que nadie las vea.-
-¡Sí! Miren, ahí van otra vez. Hay que acusarlas con la maestra.-
-¡Matsui y Sashihara! Sentadas bajo un árbol, besándoseee.-
-No les hagas caso, sígueme, confía en mi...-
-¿Qué haces? No me gusta estar aquí, vámonos ya, por favor...-
-¡Miren! ¡Les dije que eran novias!-
El sonido agudo y tintineante del despertador sacó a Rena de un sueño del pasado. Ese sueño recurrente que todavía luego de años de haber sucedido, le atormentaba en cierta manera. Había aceptado que jamás dejaría de soñarlo, incluso se acostumbró a ello, creció en ella y aprendió a dejarlo ser y vivir en su cabeza. No podía negar que eso le arruinó una buena parte de la infancia, pero ahora todo aquello estaba en el pasado, de alguna manera fue una experiencia que le ayudó a crecer fría en cuanto a sus sentimientos. Mientras menos tuviera que hablar, mejor. Eso le fue ganando el título de "intocable", alguien a quien miras de lejos con admiración, y si logras acercarte lo suficiente, estás en un lugar privilegiado.
Apagó el despertador dando un manotazo a la pantalla del celular, eso siempre funcionaba sin necesidad de tener que enfocar la visión para atinar al botón de apagado. Lo que sabía, gracias a la melodía especial para ese día, es que era lunes. Tocaba la música relajante, ya que los lunes solían estar cargados de pendientes aquí y allá. Su día favorito era el miércoles, porque a pesar de estar igual o peor de ocupada, tenía toda una jornada prácticamente a solas en la biblioteca para leer lo que se le antojara sin un alma en el lugar, a veces se daba el lujo de dormir una siesta rodeada del aroma antiguo que desprendían las pastas gastadas y gruesas de sus silenciosos. Gusano de libro, se decía a si misma en veces.
Sonrió para al fin abrir los ojos, ajustándose a la luz de un nuevo día. Salió de cama vistiendo su pijama extremadamente grande, calzando las pantuflas para evitar el piso frío gracias al clima artificial que agradecía eternamente haber conseguido con ayuda de sus padres. Lavó su rostro cuidadosamente, usando los productos diarios para cuidarlo de la resequedad e impurezas. El espejo le decía que se veía bien, mucho mejor que antes, por lo menos. Mientras aplicaba una fina capa de maquillaje en sus mejillas, detuvo la mirada en sus labios. Casi instantáneamente sonrió, al verse sonreír sonrió todavía más, y al saber que no podía dejar de sonreír, empezó a reír y a gritar cosas agudas e ininteligibles por todo el cuarto de baño.
-¿Qué le pasa? ¿Descubrió la clave para el canal de adultos?- Preguntó el padre de la joven, dirigiéndose a su esposa mientras remojaba un trozo de pan dulce en un café negro.
-Si lo hizo, no me extrañaría. Cero cero cero es una clave tan original.- Fue la respuesta sarcástica pero sin mala intención de la señora, que terminó riendo igual que su esposo al escuchar pasos por todo el segundo piso, los grititos seguían ahí, agudos y continuos.
-Gobiérnate, Matsui.- Fue un beso y ya. Un beso. En la biblioteca, su lugar favorito. Un beso con su persona favorita, aunque odiara admitirlo. Siempre que lo recordaba tenía esa reacción, ya fuera dentro o fuera de casa. Tenía que ser cuidadosa en la universidad o su imagen cool se vería en problemas. Por eso amaba los miércoles, porque podía recordar todo con el más mínimo detalle.
El beso se sintió tranquilo, demasiado para tratarse de nada más ni nada menos que Jurina, la gigoló, la jugadora no sólo en deportes sino en romance. La chica más codiciada por sus dotes deportivos y carisma explosivo. Esa Jurina la había besado y el recuerdo no fallaba en pintarle de mil colores el rostro a Rena. Pero claro, aquel día tuvo que arruinarlo poniéndose a llorar, aunque eso le ganó un abrazo que duró una eternidad para ella.
-Sí, me gusta Jurina. Me gusta mucho...- Se decía a su reflejo sin aflojar los músculos del rostro para sonreírse. Si Jurina la había besado, era señal que también le gustaba, ¿no? Así es como funcionan las cosas en los mangas y películas cursis. Lo cierto era que los días pasaron y a lo mucho llegaba a ver a dicha persona caminar de aquí para allá preparando las cosas para su festival deportivo próximo. Rena tenía sus ocupaciones también, con su fiel compañera y mano derecha Yui, arreglando papeleo de todo tipo, principalmente de los puestos de comida y actividades que se proponían para el asunto aquel.
-¿Le gustaré? Nunca me dijo si le gusto o no...-
Hasta ese momento ni siquiera se había preguntado aquello, había estado tan feliz que lo olvidó, así sin más. Su cerebro le respondió de inmediato, no era momento de pensar en esas cosas.
-Qué importa, me besó y por ahora eso me basta.-
Siguió arreglándose de nuevo frente al espejo, cuidando el más mínimo detalle en todo. Luego de unos minutos, estaba lista para salir. Había tardado más de lo normal para el cuidado personal, tenía qué, se sabía popular por su imagen y estaba dispuesta a aprovechar aquello para llamar la atención de cierta chica energética así fuera por los segundos en que cruzarían camino ese día.
-¡Rena-chan, despierta ya!-
-Vaya, ya hasta escucho su voz. Me tiene mal esa Matsui...- Acomodó su uniforme por última vez, todavía escuchando ese llamado tan particular.
-¡Si no despiertas, el coco vendrá a jalar tus pies en la noche y hacerte bolita no te salvará!-
-¿Pero qué rayos?- Una confundida Rena veía a todas direcciones en su habitación, la voz de Jurina estaba demasiado cerca. Incluso buscó por la ventana que daba al patio de su casa, sin éxito en encontrar a la chica.
-Bueno, si no quieres despertar, te cantaré una canción... ¡ASEREJÉ HA DEHE DEHEBITUDEHEBINOWASEBEINUUAMAHABI ANEWIWNININIWINININI!-
-¡¿Dónde estás?!- Oficialmente se sintió perturbada, buscó bajo la cama y dentro del closet por si la pervertida se había infiltrado como la última vez en la biblioteca, pero nada. Entonces agudizó el oído, guiándose por donde venía el ruido. La búsqueda se acercaba más y más a la cama, justo donde ya había buscado. Fue ahí cuando notó que junto a la voz le seguía una vibración leve.
-No puede ser.- Se dijo al tomar el celular que tenía una grabación programada minutos después de la alarma original. Y no solamente eso, además de la grabación, había una foto de Jurina haciendo una cara extraña como imagen de fondo para adornar la broma. La dejó sonar un poco más, sonrojándose ante la mención de hacerse bolita por el miedo.
-Eres una idiota.-
Se enamoró de una idiota, eso seguramente la hacía una idiota también. Guardó el aparato y salió disparada luego de saludar a sus padres y coger un pan de la mesa para comerlo en el camino. Cuál fue su sorpresa al ver a Jurina esperando por ella mientras jugaba con su perrito a través de la reja. El pan soltó migajas cuando trató de hablar con éste en la boca, saliendo nada mas que balbuceos. La Ace notó la presencia, enderezándose para saludarla con una sonrisa mortal para la presidenta del Consejo Estudiantil.
-¡Rena-chan! Buenos días, Ruby-sama y yo te estábamos esperando. ¿Te gustó la alarma que te puse?-
Para la Matsui mayor eso era una prueba de resistencia, sabía que Jurina sabía que había escuchado aquella cosa, pero no lo admitiría ni en un millón de años. Pasó de largo sin mencionar el tema, comiendo lento su desayuno hasta emparejar el camino y el ritmo de los pasos con la joven.
-Sabes, no debes quedarte dormida en la biblioteca porque puede entrar alguien y tomar tus cosas para hacer travesuras como esas. O peor, podrían aprovecharse de ti y robarte un beso, las chicas de hoy son unas salvajes que harían cualquier cosa por besarte, ¿entiendes?- Decía una Jurina que se cruzó de brazos en seña de preocupación falsa, acusando a su propio ser sin una gota de vergüenza.
Rena terminó el pan con calma y sin inmutarse de las cosas que estaba escuchando, aunque estuviera muriendo con la imagen mental que le provocaba pensar en Jurina besándola de nuevo por un "descuido". -Te prefiero en tu versión calladita y tierna. Tu lado ególatra se vuelve irritante tan rápido, creo que ya lo había dicho antes.-
De Jurina no salió ni una palabra, se limitó a caminar tan sonriente como siempre se le veía. Avanzaba cerca de la mayor, mirándola cada tanto entre queriendo y no queriendo que el camino se terminara.
En lugar de lunes, ahora debería llamar a ese día algo así como "Matsui Jurina". Seguro había una razón para ese encuentro. Quería pensar que cierta chica atlética la estaba extrañando tanto como ella.
-Te ves bien.-
La voz de Jurina le hizo un agujero en el corazón. Claro que se veía bien, pasó buen rato arreglándose precisamente para escuchar esas palabras de nadie más que de ella. Sin darse cuenta ya iba caminando más erguida, orgullosa de haber logrado su cometido. La mano de Jurina le pasó por la cintura, acercándola y deteniendo el paso en plena acera, transformando a Rena en un manojo de nervios y ansiedad por no saber qué hacer a falta de la privacidad que le proporcionaban las cuatro paredes de su amada guarida de papeles.
-¿Perfume nuevo?-
-No...- Ni siquiera estaban tan pegadas como para que notara la fragancia que había colocado discretamente en ambos lados del cuello, así como en las muñecas.- Estás a la distancia perfecta para recibir una bofetada, por atrevida...-
-Prefiero llamarlo amistosa y amable, dándote cumplidos y todo eso.- La Ace se llevó la mochila atrás de la espalda con ambas manos, dejando a Rena por la paz. -Lástima, tenía un melon-pan de sobra para darte pero creo que ya pasó tu hora de desayu...- Jurina perdió los pasos que había ganado. Rena avanzó sin pena alguna hacia ella tan decidida como cuando encaraba grandes públicos. Luego sintió aquellas manos deambular por su cuerpo, ni los guardias en los conciertos a los que asistía de vez en cuando tocaban tanto al mismo tiempo.
-¿Rena-chan...?-
-¿Dónde está?-
-¿Dónde está el qué?-
-Mi cartera.- Rena suspiró rodando los ojos hacia arriba. -¡El melon-pan, baka! ¿Dónde lo tienes?- Jurina podía jurar que la estaba olfateando.
-E-en la mochila...- Puso el objeto frente a ella como escudo, prácticamente dándosela a la mayor para que hiciera la búsqueda ahí dentro, aunque debía admitir que el toqueteo empezaba a sentirse divertido. Una vez con el premio en manos, la presidenta siguió su camino como si nada.
-Gracias, eres muy amable, pero sigues siendo una idiota.- Dijo una Rena que por fuera permanecía estoica como siempre; por dentro danzaba con elfos del bosque quienes tocaban melodías felices con trompetillas largas, nunca se imaginó tocando a alguien así en público.
Jurina por su parte se acomodaba el uniforme, eso había sido un huracán con dedos.. Cuando reaccionó ya no había nadie a quién hablarle, su "senpai" iba demasiado adelantada.
-Gracias por pasar por mi a casa...- Se dijo a si misma con un enorme puchero, eso quería escuchar como verdadero agradecimiento.
-O-
La joven Iriyama iba a paso firme rumbo a la dirección de Shinoda. Seguramente sería rechazada de inmediato, había escuchado que necesitaba sacar cita con ella para ser recibida, fuera quien fuera. Como esperaba, un par de guardias tamaño gorila custodiaban la entrada a la oficina. La última vez no había nada de eso, seguro por la forma tan súbita en que se dieron las cosas con su auto nombramiento. De todas formas se acercó, lo peor sería que la programaran para otro día, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima, de eso estaba segura.
-Amm, buenos días. Quisiera ver a la directora Shinoda, es algo urgente...- Frotaba sus manos con nerviosismo, los hombres usaban gafas oscuras que impedían contacto visual, eso la incomodaba.
-Nombre.- Dijo uno de ellos, sin moverse un milímetro.
-Iriyama... Anna...- Aquello parecía un concurso de estatuas vivientes.
Finalmente el hombre a su lado izquierdo sacó un radio portatil, repitiendo el nombre de la chica directo al aparato. En un segundo respondió una voz femenina, o eso parecía, era difícil distinguir exactamente lo que había dicho. El mismo sujeto habló para dar lo que parecía más una orden que un permiso.
-Puede pasar.-
Ambos hombres se apartaron, dejando la puerta lista para abrirse. Anna tenía sus dudas, pero avanzó firme hasta adentrarse a la oficina. Lo primero que notó fue ese aroma a té, tan familiar como siempre. No fallaba en hacerla fruncir levemente el ceño. Justo al centro de la oficina estaba el escritorio y la enorme silla ejecutiva de Shinoda.
-Al fin vino, señorita. Tardó más de lo que imaginé.-
La voz de la modelo le causó un nudo en el estómago.
-¿Qué sabe que yo no sé?- Ni siquiera se molestó en saludarla, esa mujer era todo un misterio, con sus palabras que reflejaban saber cosas que otros no.
-Siéntese, esto va para largo.- Le dedicó una leve sonrisa a la joven, al tiempo que acercaba a ella una taza de té. El mismo que le habían ofrecido en aquella entrevista tan bizarra de meses atrás. -Es el favorito de tu padre, no puede faltar en las fiestas de té, ¿verdad?-
Por alguna razón, esas palabras pusieron a Anna terriblemente nerviosa.
A/N: SÍ. ESTOY VIVA OTL
