Disclaimer: The Lost Canvas no me pertenece.
"Pequeño demonio, he salido a hacer la compra como el adulto responsable que ambos sabemos que soy. Si necesitas algo urgentemente no dudes en ir a Galerías Shion, primera planta, como siempre.
—Dohko
PD: No olvides coger tus llaves o puede que esta vez te eche de verdad. Ya lo sabes, el que avisa no es traidor."
El domingo empezó para Tenma casi como el día anterior. Los rayos de luz que entraban por la ventana le despertaron a eso de las nueve. Lamentando la falta de persianas, abrió el armario y sacó de él la ropa del día. Había elegido una camiseta azul con un texto desteñido y prácticamente ilegible en gris y unos vaqueros blancos. Después de la ducha se encontró una nota de Dohko en la cocina, tal y como había hecho la mañana anterior. Desayunó de buen humor al recordar la cara de indignación de su hermano tras la broma que le gastó y después fregó el plato y los cubiertos rápidamente al ver que tenía cinco minutos antes de que Regulus llegara.
El timbre sonó justo cuando se secaba las manos. Sonrió, impaciente por ver más espadas como las que le habían enamorado en el escaparate, y corrió a la puerta, sin olvidar comprobar antes de abrirla que llevaba el móvil y las llaves en los bolsillos del pantalón. Al otro lado de la puerta le esperaba su nuevo amigo y vecino, con una gran sonrisa. Llevaba el mismo chaleco de ayer sobre una camiseta gris de manga larga y unos vaqueros oscuros con muchos bolsillos.
—¿Listo para ver las armas? —preguntó entusiasmado el joven de ojos azules.
—Por supuesto—respondió Tenma, cerrando la puerta del apartamento.
Se había pasado media noche pensando en las espadas y arcos que había visto hacía dos días y tenía muchas ganas de entrar al local al ver más de esas impresionantes obras de arte. Posiblemente era por el trabajo y la dedicación que había detrás de ellas, pero esas armas tenían una belleza que las más modernas armas de fuego jamás lograrían alcanzar, según la opinión de Tenma. Cuando llegaron a la puerta de la tienda, Regulus entró sin pensárselo dos veces y Tenma le siguió, no sin antes volver a echar un vistazo rápido al escaparate.
El interior de la tienda, pensó el joven, estaba realmente bien organizado. Las espadas estaban en vitrinas pegadas a las paredes. Los cristales de las vitrinas protegían a los curiosos de cortes accidentales causados por los filos de las letales armas. En el centro de la sala había largos bancos sobre los cuales descansaban los arcos, de modo similar a como estaba colocado el que había visto en casa de su vecino. Todos eran de madera de varios colores, tallados de forma extraordinaria, aparentemente sin piezas de plástico o materiales más modernos en ellos.
—Me alegra ver que te gusta mi trabajo.
Una voz le sacó de sus pensamientos. Ligeramente avergonzado, se dio cuenta de que había estado tan absorto admirando los arcos que se había ido acercando a ellos inconscientemente. Girándose rápidamente, vio que quien había hablado no podía ser otro que el tío de Regulus. No solo porque había dicho que él había hecho los arcos, sino porque realmente se parecían y porque el día anterior había visto fotos suyas en casa de éste. El hombre en cuestión tenía el mismo pelo castaño que Regulus, aunque sus ojos eran muchísimo más oscuros que los del joven. Era bastante alto, posiblemente más de lo que Tenma nunca llegaría a ser. Parecía estar en una edad indeterminada entre los veinticinco y los treinta años. Vestía una camisa blanca y unos pantalones grises. Además, aunque pareciera extraño, llevaba una cinta roja atada en la cabeza, posiblemente para que no le molestara el sudor en la frente a la hora de trabajar o algo así. Ese hombre se le antojaba vagamente familiar, pero Tenma no sabía de qué le sonaba.
—Eh… Sí. Son asombrosos —dijo con cierta timidez, alabando su trabajo—. Tú debes de ser Sísifo, ¿no? Regulus me dijo que los haces tú.
—Así es—sonrió el adulto, acercándose a darle la mano—. Supongo que tú eres Tenma. Dohko y Regulus me han hablado de ti.
—No te creas nada de lo que te haya contado Dohko. Se inventa cada cosa…—bromeó, perdiendo la vergüenza que había sentido cuando le pillaron mirando los arcos, perdido en su propio mundo.
Sísifo rió, haciendo que el joven se preguntara si lo hacía porque conocía a Dohko y sabía que tenía razón o si lo hacía porque, en efecto, Dohko había ido diciendo cosas disparatadas sobre él. Esperaba que fuera lo primero. Rezaba por que fuera lo primero.
—Tío, ¿dónde está El Cid? ¿Se ha dormido? —preguntó Regulus, con curiosidad, pues parecía que cuando habían llegado él había estado solo en la tienda.
—No dejes de te oiga diciendo esto de él o probarás su acero—bromeó Sísifo—. Está dentro, preparando un envío. Se supone que Aspros tiene que venir a recogerlo en un rato. No sé si en diez o quince minutos.
—Exactamente en tres minutos—le corrigió una voz a sus espaldas.
Detrás del mostrador que había en el fondo de la tienda había una puerta en la que Tenma no se había fijado antes. Para ser francos, había estado tan embobado con los arcos que ni siquiera había visto el mostrador. De la puerta acababa de salir un hombre de aspecto serio y ropa similar a la de Sísifo, solo que sin la cinta en la frente, cargando con un gran paquete de aspecto pesado que dejó sobre el mostrador con suavidad. El recién llegado era alto, quizás más que Sísifo. Su pelo era negro y sus ojos eran de un tono azul muy oscuro.
—Mira, El Cid, este es Tenma, el hermano pequeño de Dohko—les presentó Sísifo—. Tenma, este es El Cid. Él es el que hace las espadas y se encarga de su mantenimiento.
—Encantado de conocerte—sonrió Tenma. Su sonrisa flaqueó ligeramente al ver que El Cid permanecía serio, observándole atentamente.
—Así que el hermano de Dohko, ¿eh? —preguntó al fin.
—Sí—asintió, inseguro.
—Entonces mantente lejos de mis espadas—dijo con frialdad, cruzándose de brazos.
—Oh, vamos, no seas así—intervino Regulus—. Seguro que Tenma tiene más delicadeza que su hermano mayor. Él no cogería una espada para dejarla caer. Además, fue un accidente.
—Casi se queda cojo en mi tienda porque fue sin cuidado y por poco no me dejó manco en el proceso—replicó sin piedad el moreno, dirigiendo su fría mirada a quien acababa de hablar—. No pienso abrir las vitrinas hasta que no esté seguro de que tiene más cabeza que Dohko.
—Me gustaría ver al idiota de Dohko dando saltos para subir dos pisos cada vez que quisiera ir a su casa— dijo una voz familiar desde la puerta—. Si un ciego puede, no veo por qué no podría hacerlo un cojo.
Mientras Tenma estaba ocupado asimilando que su hermano mayor casi perdió un pie en esa tienda, la puerta se había abierto y por ella había entrado alguien. Por un momento el joven pensó que el recién llegado era Deuteros, pero su piel era menos morena que la de éste. Ese debía ser Aspros, el mayor de los gemelos del piso de abajo. Tenía una larga melena azul oscura, similar a la de Kardia, pero de un tono más apagado y de aspecto más salvaje que la de éste. Sus ojos eran azules y brillaban con diversión, pero no parecía que su idea de diversión fuera la de Regulus, parecía más bien una de esas personas sarcásticas que amaban el humor negro, según lo que acababa de decir. Llevaba un polo negro con un símbolo blanco a la altura de su corazón, posiblemente el logo de su empresa de transportes, y pantalones del mismo color que la parte de arriba del uniforme.
—Deberías darle una espada al crío, a ver si nos proporciona un buen espectáculo—siguió diciendo desde el umbral, con una siniestra sonrisa. Desde luego, pensó Tenma, era mucho más sarcástico que su hermano.
—Aspros—le cortó Sísifo, con expresión seria—. El paquete que venías a recoger está sobre el mostrador.
El hombre asintió, sin perder su sonrisa, y se dirigió en silencio al mostrador. Allí cogió el pesado paquete y regresó a la puerta. Antes de salir se giró hacia Tenma.
—Encantado de conocerte, Tenma.
Y se fue, dejando una aura negativa por donde había pasado. Nadie había hablando mientras el hombre se movía por el local, observándole atentamente. Con su partida, todos se habían relajado considerablemente.
—Ese era Aspros—le explicó Regulus—. Vive en el apartamento que hay justo debajo de donde vives.
Eso explicaba perfectamente por qué Dohko le dijo el primer día que no convenía enfadar a los vecinos del piso de abajo. Era, sin duda alguna, el mejor consejo que Dohko le había dado desde su llegada al edificio. Mucho mejor que el de usar a Shion de supermercado en caso de sentir que la distancia hasta el supermercado de verdad era insalvable.
Los dos jóvenes pasaron el resto de la mañana en la tienda viendo los arcos y escuchando las explicaciones de su creador acerca de cómo se hacían y cómo se usaban. El Cid también les habló de sus creaciones, pero no permitió a Tenma acercarse demasiado a ellas. Al final de la mañana parecía sentir menos desconfianza hacia él, pero seguía dirigiéndose hacia él con la misma seriedad. Pensándolo bien, parecía actuar de esa forma fuera quien fuera su interlocutor.
—¿Tienes algo que hacer esta tarde? —preguntó Regulus al salir de la tienda de su tío.
—No, ¿por qué? —respondió, negando con la cabeza.
La única respuesta que obtuvo fue una misteriosa sonrisa del joven de ojos azules y tres palabras que le hicieron desear haber dicho que estaría ocupado las próximas cien tardes.
—Visitaremos el cementerio.
