Feliz cumpleaños, Ang (aunque venga con cierto retraso).
Y, bueno, no sé si queda alguien interesado en este fic... Pero aquí tenéis un capi más. Con esto ya he acabado la presentación de los personajes y puedo centrarme en la trama.
Disclaimer: The lost canvas no me pertenece.
Al final Regulus no explicó prácticamente nada al desconcertado Tenma, pues decidió que quería pasar la hora previa a la cena mejorando su técnica en el videojuego de lucha con espadas para así vencer algún día a El Cid. Tenma no sabía si algún día su nuevo amigo lograría su objetivo, pero estaba claro de que le acababa de dar una paliza. Jamás tuvo la más mínima oportunidad de ganarle al muchacho de ojos azules.
—Poco a poco te acostumbrarás a los vecinos. Ahora céntrate en aprender a usar el escudo, que aún no has esquivado ninguno de mis ataques y si tú no mejoras a mí no me servirá de nada el entrenamiento.
Sísifo, quien a ojos de Tenma era una de las personas más normales del edificio, le invitó a quedarse a cenar en su piso, pero éste declinó. Había dejado solo a Dohko todo el día y la amenaza de echarle de casa todavía permanecía en su mente. Por suerte su hermano mayor estaba de buen humor y le dejó pasar, probablemente habiéndose olvidado por completo del asunto.
—No me apetecía cocinar y ya he abusado demasiado de la hospitalidad de Shion esta semana, así que he encargado pizza—anunció el mayor.
No tuvieron que esperar mucho tiempo hasta que sonara el timbre de su puerta. Dohko fue a pagar al repartidor pero, en lugar de coger la cena y cerrar la puerta, se dedicó a empezar una conversación con él, a juzgar por el ruido que llegaba al salón. Tenma decidió salir a ver qué pasaba al escuchar a alguien decir su nombre.
—Vaya, justo aquí está mi hermanito—exclamó Dohko al verle llegar—. Mira, Tenma, este es Aldebarán. Vive al lado de Shion.
Aldebarán era una mole de largos cabellos plateados que fácilmente superaba los dos metros de altura. Sumando eso a su complexión ancha, habría dado bastante miedo de no ser por su expresión amistosa.
—Encantado de conocerte al fin—exclamó el gigante dando un par de amistosos golpes en la espalda al más joven, que de milagro no perdió el equilibrio—. Pasaba a darte la bienvenida al edificio con un modesto regalo. No es del todo legal, pero es una tradición que me gusta demasiado como para ir pidiendo a la gente el documento de identidad.
—Me preguntaba cuándo subirías a dárnoslo—comentó Dohko—. Digo, a dárselo. A él. Es una pena que ninguno de los dos tenga veinte… Pero seguro que le encontramos alguna salida.
Tenma no sabía de qué hablaban, pero no tardó en averiguarlo cuando Aldebarán puso en sus manos una botella de sake. Veinte años es la edad a partir de la cual es legal tomar alcohol, pensó. Aunque por la cara que ha puesto Dohko, no creía que eso supusiera un impedimento para él.
—Gracias por el regalo—murmuró Tenma, a pesar de saber que él no iba a probar ni una gota de la bebida. Recordando el motivo del presente, añadió— Y encantado de conocerte.
Aldebarán sonrió y se fue, no sin antes despedirse y decirle a Tenma que si necesitaba algo podía llamarle sin problemas. Más tarde, cenando con Dohko, éste le revelaría que su vecino era mucho más joven de lo que su melena indicaba. Aldebarán, a quien algunos llamaban Hasgard —o quizás el mote fuera Aldebarán—, era un educador infantil de veinticinco años que trabajaba en un parvulario cercano al instituto en el que Tenma se había inscrito.
El lunes llegó y, con él, el primer día de instituto de Tenma. El muchacho hubiera preferido ir con Regulus, pero tenía que llegar antes para recibir sus horarios. Bostezando, Tenma no pudo evitar preguntarse si su vecino sería tan energético como de costumbre tras madrugar. No le vendría nada mal tener a alguien con quien hablar para no quedarse dormido esperando a que un semáforo se ponga en verde o algo así. Caminaba tan absorto en sus pensamientos, no se dio cuenta de que iba a cruzar en rojo. Por suerte, alguien que tenía a su lado estuvo atento y le pegó un tirón del brazo para que no dejara la acera.
—Si no miras por dónde vas, conseguirás que te atropellen—dijo su salvador, un joven veinteañero que tenía la mirada fija en la carretera—. Harías bien en saber que se cruza solo cuando la luz está en verde. Aunque, bueno, siempre estás a tiempo de ir a un parvulario para que te enseñen ese tipo de cosas.
—¿Me has ayudado solo para hacerme sentir mal?
Tenma no pudo evitar preguntar eso y se arrepintió de ello al ver la expresión del rubio que le había ayudado.
—Estoy seguro de que te sentirías mucho peor si te hubieran atropellado—sonrió. Parecía que le veía algo de humor a la situación—. Veo que tampoco fuiste a clase el día en que enseñaban a dar las gracias. Adiós.
¿Qué demonios se ha creído ese tipo?, pensó Tenma viendo cómo aquella larga melena rubia se perdía entre la multitud. Al salir de su ensimismamiento, miró el semáforo y maldijo en voz baja. Se estaba poniendo en rojo de nuevo e iba a llegar tarde.
La jornada en su nuevo instituto no había sido tan horrible como había esperado. Alguna divinidad le había sonreído desde lo más alto, pues había acabado en la clase de Regulus. La materia era bastante más complicada que en su anterior centro de estudios, pero al menos la compañía era buena. Su vecino le había presentado a su mejor amigo, el chico que se sentaba al lado de Tenma y se pasaba las horas mirando por la ventana. No sabía si Yato era tan inteligente como su amigo o es que simplemente se aburría y mataba el tiempo viendo las nubes pasar, como el propio Tenma hacía cuando tenía la suerte de sentarse en ese privilegiado pupitre junto a la ventana.
Después de pasar el camino a casa recibiendo las sutiles burlas de Regulus por no haber acertado ni una pregunta de física y tras haberse despedido del chico de ojos azules al llegar a su piso, Tenma estaba sentado apoyado en la puerta de su casa porque había olvidado las llaves. Estaba tentado de ir en busca de Shion, que seguro que tenía una copia, pero sabía que su hermano mayor estaba al caer y no quería molestar al rubio. Bastante le molestaba ya el propio Dohko.
El sonido de unas llaves captó su atención e hizo que se diera cuenta de que no estaba solo. Una figura estaba abriendo la puerta del apartamento de al lado. Ese debía ser Asmita. Enfocando bien la vista, Tenma se dio cuenta de que su aspecto le resultaba de lo más familiar…
—¡Eres el tipo de esta mañana!—exclamó desde el suelo, llamando la atención de Asmita, que miró en su dirección y sonrió al reconocerle. No era una sonrisa cálida, sino ligeramente burlona.
—Oh, es el chico que no mira antes de cruzar. ¿Qué haces ahí en el suelo?
Asmita, igual que durante su encuentro de la mañana, no le estaba mirando en la cara. La otra vez, Tenma lo había atribuido a que él no era digno de su atención pero ahora ya sabía que no se trataba eso. No necesitaba posar en la mirada en algo en concreto porque era ciego. No veía. Nada de nada. Estaba ciego como un topo. O eso le había dicho Dohko, con su usual falta de tacto.
—Espero a que venga Dohko a abrirme—respondió, omitiendo el hecho de que se había olvidado las llaves. No necesitaba darle más armas. Empezaba a entender por qué los inquilinos de ese edificio respetaban tanto a Asmita. No era porque diera pena, sino por miedo. No estaba al nivel de Aspros, pero quizás era porque el miedo que inspiraba era de otro tipo.
—Vaya, así que tú eres su hermano. ¿Tenma, era? Yo soy Asmita, aunque no me cabe la menor duda de que Dohko, siendo como es, ya te ha hablado de mí. Pensándolo bien, diría que os parecéis mucho—murmuró antes de abrir la puerta y entrar en su apartamento—. Que la espera te sea leve.
"Os parecéis mucho". ¿Eran imaginaciones suyas o eso había sonado casi como un insulto? Ese tipo hablaba de una manera que le ponía nervioso. Además, ni siquiera parecía ciego. Esta misma mañana le había agarrado para que no le atropellaran. ¿Qué clase de instintos tenía? Definitivamente, Asmita daba miedo a su manera.
Sísifo y Aldebarán llevaban un rato charlando en el local del primero. Aldebarán no tenía un especial interés en lo que allí se vendía, pero disfrutaba de sus conversaciones con su amigo, así que solía bajar cuando se aburría en su casa. Era algo bastante parecido a lo que Dohko acostumbraba a hacer con Shion.
La puerta del establecimiento se abrió, haciendo que ambos adultos dejaran su conversación para centrar su atención en el recién llegado. Para sorpresa de ambos, era un joven rubio de más o menos la misma edad que el sobrino de Sísifo. El muchacho llevaba un cuaderno de dibujo bajo el brazo y una bandolera colgada de un hombro. No llevaba uniforme, aunque era posible que eso se debiera a que había pasado por casa a cambiarse antes de dirigirse a la tienda.
—Disculpen, ¿me podrían indicar cómo llegar a este lugar?—preguntó el desconocido, entregándole un papel con algo escrito a Sísifo.
—Este es el edificio que buscas—respondió tras leer el contenido del papel y ofreciéndoselo de vuelta al joven—. Pero no pone puerta. ¿Es posible que busques la tienda de antigüedades que hay en el otro bajo? O si necesitas a algún inquilino, puedes decirnos quién es y nosotros te indicaremos dónde vive. Hay doce apartamentos y te podemos ahorrar la molestia de llamar a cada timbre hasta dar con quien buscas.
—No, solo necesitaba comprobar algo—respondió—. Muchas gracias.
El muchacho salió de la tienda, frunciendo ligeramente el ceño.
—Esto no tenía que ser así—murmuró, mirando fijamente la fachada bien cuidada del edificio en el que acaba de estar.
