Notas de la traductora: Siento mucho MUCHÍSIMO el retraso. Lo cierto es que estaba bastante ensimismada con PET y la había aparcado. Sin embargo, tal y como le he dicho a la autora, no me gusta dejar las cosas abandonadas, así que aprovecharé y este verano la traduciré entera. A ver si puedo ir al ritmo de uno a la semana.

Super Paper Mario: El nacimiento de un Corazón del Caos

Escrito por: Megaman Trigger 2.0

Traducido por: Amidala Granger

CAPÍTULO 1, ACTO 2: El caído

Lady Pistina estaba en su habitación, desconcertada por las vistas que podía apreciar desde ahí. Del Castillo Variado, el que estaba encima de la colina, empezaba a emerger una oscura nube rodeada de una extraña niebla púrpura. Se giró y bajó las escaleras corriendo para encontrarse con su padre.

—Padre, ¿has visto qué nube tan negra hay fuera? —le preguntó Pistina a su padre tras saludarle con una sonrisa.

—Y tanto. Deberías permanecer aquí, esa nube no presagia nada bueno.

—Pero tengo que comprar algo en el Mercado —mintió Pistina, ansiosa por ver qué era esa nube de energía oscura. Su padre suspiró y la miró con una sonrisa confiada.

—Muy bien… pero ten cuidado, ¡y no tardes en volver! —Pistina sonrió y abrazó a su padre antes de bajar con prisas las escaleras de la entrada y salir a la ciudad.

El aura pacífica que en algún momento reinó en el pueblo había desaparecido. La gentil brisa se había transformado en una violenta ventisca propia de un tornado. Pistina tenía problemas para mantenerse en pie, pero consiguió llegar al lugar más alto del pueblo: el puente y el río.

Pistina cruzó el puente corriendo tan rápido como podía y enfrentándose al viento. El resto de los habitantes corrían de regreso a sus casas, creando una corriente de personas que iba en dirección contraria a la suya. Aun así, se abrió camino hasta llegar al puente.

Éste estaba hecho de piedra y metal, y era bastante alto. El puente en su totalidad era posiblemente la obra más bonita que poseía el pueblo. Una gran puerta a mano derecha permitía el acceso a la parte más alta del monumento, cuyo acceso estaba limitado a los de mantenimiento, pero Pistina había aprendido a colarse sin necesidad de una llave.

Quitándose una de sus horquillas con forma de mariposa, forzó la puerta hasta conseguir abrirla y se metió dentro. Subió corriendo las escaleras y salió a la cima de la estructura, mirando hacia el castillo y la colina.

De repente cayó un rayo, Pistina gritó y se cubrió la boca con las manos cuando vio algo que nunca creyó que vería.

En la colina, una figura estaba cayendo… cayendo… cayendo hacia el suelo fangoso que había más abajo.

Blumière permaneció en la Habitación del Trono durante un buen rato antes de salir escopetado de la habitación.

Su padre y él lo habían vuelto a hacer, habían vuelto a pelearse.

Pero Padre… —protestó Blumière— ¡El Pronósticus Nigérum debe ser destruido, es demasiado poderoso!

Su padre rió y alzó el libro.

¡Este libro guarda los secretos del futuro! ¡Con él seremos capaces de guiar nuestra tierra hacia la paz y la prosperidad!

Blumière le arrebató el libro a su padre y lo tiró al suelo. Su padre y los Sáturos soltaron un grito ahogado.

¡Blumière! ¡¿Qué diablos te pasa? ¡¿Cómo te atreves a dañar este libro?

¡Padre, esto es una locura! ¡Este libro tiene poderes que nunca podrás controlar! —El Conde hizo un gesto de burla y recogió el libro.

Eso es algo muy acertado, Conde estimado. Todo aquel que manejarlo ha intentado, muerto ha acabado, por el poder y la avaricia sobrepasado, cualidades que sabemos que has alimentado —El Conde volvió a reír y empezó a abandonar la habitación.

Eso es cierto… el libro es demasiado poderoso incluso para que yo lo maneje, y por ello debe ser encerrado… ¿te haría eso más feliz, Blumière?

¡Mucho!

Y así el Conde encerró el Pronósticus Nigérum. Pero mientras abandonaba la habitación, uno de los Sáturos se giró hacia Blumière.

Las sombras asfixian a la luz. Conde de la Oscuridad no eres, pero malvado es tu corazón que pudriéndose está.

Esas palabras vagaban por la mente de Blumière mientras caminaba hacia la colina para mirar al pueblo que había más abajo.

¡Nunca bajes al pueblo, Blumière! ¡Jamás hables con humanos! ¡Ellos te quieren muerto!

Blumière recordó las palabras que una vez le dijo su padre, pero ¿por qué? Los Humanos parecían amables y gentiles. ¿Por qué querrían hacerle daño? ¿Acaso temían a la Tribu Lóbrega?

La tormenta empeoró justo cuando esos pensamientos pasaron por su mente.

Antes de que Blumière pudiera reaccionar, un enorme relámpago cayó del cielo y golpeó el suelo a unos pocos metros de él. Blumière saltó. La tierra bajo él empezó a temblar y el joven gritó y cayó rodando.

Mientras caía vio en el puente una figura vestida de azul que corría hacia él…

Blumière perdió la consciencia cuando chocó contra el suelo con un golpe seco y escalofriante.

Una chica en un vestido azul corrió hacia él y se arrodilló a su lado.

—Oh, cielos… por todos los mundos…

Pistina golpeó con el puño la puerta de su casa. Poco después su madre abrió la puerta y, llevándose una mano a la boca, soltó un grito.

—Por todos los… ¡PADRE! ¡VEN AQUÍ!

El padre de Pistina bajó corriendo las escaleras y fue hacia su mujer y su hija.

—¡Pistina!

Pistina estaba totalmente empapada de agua, puesto que en el pueblo había empezado a llover. Sujetaba al hombre contra sí. Estaba inconsciente y cubierto de barro y sangre.

—¡Madre! ¡Padre! ¡Por favor, tenemos que ayudarle!

Los tres metieron al joven en la casa, le tumbaron en la cama extra que tenían y se pusieron a trabajar intentando ayudarle.

La madre fue corriendo a la cocina a buscar un bol para llenarlo de agua; el padre corrió a buscar medicinas; y Pistina se arrodilló al lado del hombre e intentó comprobar si era capaz de levantarse. Su capa estaba desgarrada, su sombrero arrugado y sus brazos estaban raspados, llenos de sangre. Un profundo corte tanto en su cabeza como en el costado indicaban dónde se había golpeado al caerse, así como los múltiples cortes que tenía por todo el cuerpo.

Su piel no era del mismo tono que la de los tres humanos; era oscura, de un tono casi violáceo.

Él no era humano; era de la Tribu Lóbrega