Super Paper Mario: El nacimiento de un Corazón del Caos
Escrito por: Megaman Trigger 2.0
Traducido por: Amidala Granger
CAPÍTULO 2, ACTO 1: ¡Prohibido!
Blumière subió lentamente el camino empedrado que llevaba a las puertas del castillo. Los guardias le miraban con algo de alivio y dolor al mismo tiempo. Aparentemente el joven lord había estado desaparecido, y sin duda alguna su padre sabría ya de sus andaduras por el pueblo humano.
Blumière abrió la puerta que daba al vestíbulo con lentitud. Los sáturos estaban dentro y le miraban sin pestañear.
—Sueños… miedos… lágrimas derramadas… luz… por siempre oculta bajo juramento… la guerra… nos sepultará más adentro… la oscuridad espera… rezuma su poder… esperando al corazón… al corazón de la condena…
Blumière les miró confundido.
—¿Dónde está Padre?
—Bosque… río… montaña… pueblo… castillo… pronto serán coronados… Conde de las Tinieblas, pronto verá… que le detendrá, sólo vedlo… Conde de la Oscuridad y el vacío, de mente y corazón carecéis… pronto el sol brillará… y el amor a la pureza no os devolverá la entereza…
Blumière sacudió la cabeza, pasó junto a los Sáturos y subió las escaleras en dirección a la Sala del Trono. Los Sáturos se miraron entre ellos.
—…¿Vivirá?
—…¿Morirá?
—… ¿Un corazón con Caos?
—…¿Un corazón con amor?
—Que la luz oculta como sombras vigile sus movimientos, pues Conde pronto será.
Pistina se sentó en su habitación. En la mano llevaba la rosa que Blumière le había dado. Era roja, roja como la sangre que de él había manado, el tallo verde, tan verde como la hierba donde él cayó, y las afiladas espinas, tan afiladas como las palabras que su padre dijo sobre Blumière.
La rosa, por muy bonita que fuera, hacía que Pistina sintiera un leve atisbo de pena.
—¿Por qué? —se preguntó a sí misma—. ¿Por qué estoy triste con su partida?
Pistina se había sentido bien estando cerca de Blumière. A pesar de su rudeza inicial, era bastante amable, gentil, dulce. Blumière le había hablado a Pistina sobre los de su especie y sus costumbres; a cambio, Pistina le había explicado los humanos a Blumière.
A Blumière le habían fascinado los humanos, y a Pistina le fascinó la Tribu Lóbrega. Pero Blumière se había ido… y Pistina dudaba que fuera a verlo de nuevo.
Pistina se levantó lentamente y se dirigió hacia la puerta de su habitación, pero su padre entró por ella de repente y bastante agitado.
—¡Padre! ¿Qué sucede? —el rostro de su padre estaba bañado en terror.
—¡Ven!
Ambos bajaron corriendo las escaleras y salieron fuera, a la plaza. Todo el mundo se había reunido en el centro de la ciudad.
—¿Qué pasa? —preguntó Pistina mientras se abría paso entre el círculo de gente. De repente, tragó saliva y se cubrió la boca con las manos. En el centro del círculo había un niño… un niño humano…
De repente, la alcaldesa, la Señora Rose, llegó al lugar y empezó a alejar a la gente del niño. Éste llevaba una nota. La Alcaldesa se agachó y la cogió.
—¿Qué es, Alcaldesa? —preguntó uno de los hombres, propietario de una tienda.
—Es una nota… del Castillo Variado…
—¿Y qué dice, Señora Alcaldesa? —preguntó el padre de Pistina.
—… Aléjense de nosotros y nosotros nos mantendremos alejados. Uno de vuestra especie ha roto la ley; si vuelve a hacerlo… se tomarán medidas al respecto… firmado por el Conde del Castillo Variado…
Pistina retrocedió entre la multitud. El padre de Blumière… el Conde le había mandado una amenaza… ¡tenía que hablar con Blumière! ¡Tenía que decírselo! ¡Tenía que hacer que el Conde abandonara el pueblo solo!
Blumière, atónito, dio un paso atrás alejándose de su padre.
—¡¿QUÉ?
—Sé lo que ha ocurrido, Blumière, y doy las gracias a los humanos por que sigas con vida… ¿pero tienes idea alguna de lo que te podría haber sucedido?
—Pero Padre, ¡estáis equivocado! ¡Los humanos no son los monstruos que decís! ¡Son amables y gentiles! ¡Me llevaron a su casa y cuidaron de mí, como si fuera de la familia!
—¡Podrían haberte matado!
—¡NO! Son amables…
—¡No me importa, Blumière! ¡Se dice que nosotros y los humanos nunca deberíamos mezclarnos, pues ellos llevarán una oscuridad que nunca podrá ser destruida!
—Pero padre…
—¡Nada de peros!
—Te odio… —murmuró Blumière. El Conde se encogió de hombros y se dio la vuelta.
—No me importa… te prohíbo que vuelvas a verla.
Blumière se acercó a su padre, y con voz amenazadora y que presagiaba algo malo gruñó:
—¿Qué? —El Conde se giró hacia su hijo le gritó a la cara para enfatizar lo dicho.
—¡TE PROHIBO QUE VEAS A ESA CHICA!
—¡SU NOMBRE ES PISTINA, Y ES AMABLE, COMO TODOS ELLOS!
El Conde caminó hacia la puerta.
—Entonces eres un idiota… tal y como lo fue tu madre…
El Conde dio un portazo al irse, dejando a Blumière solo en la Sala del Trono.
Solo… así es como siempre he estado.
Blumière corrió hacia la puerta de su habitación, entro apresuradamente, cogió el libro que Pistina y su madre le habían dado, agarró la muleta que había cogido en la casa de los humanos y corrió, con el dolor todavía presente. Corrió fuera del castillo y hacia el bosque del exterior. Lágrimas de dolor, no por sus heridas sino por las palabras de su padre, trazaban un camino en su rostro mientras penetraba en las profundidades del oscuro bosque.
Le odio… ¡nunca más volveré a hablarle! ¡Ojalá se muera!, gritó mentalmente Blumière cuando cayó de rodillas en el centro del bosque… solo… completamente solo… como siempre lo había estado.
Solo…
Asustado…
Aburrido…
Y bañado en dolor…
