Agarrando el mango de la puerta secreta, Kagome tiró.

Y no se movió.

Tiró más fuerte.

Pero era demasiado sólido, inamovible. Echó un vistazo detrás, e Inuyasha avanzó, acercándose despiadadamente a la pelinegra. Dio un último tirón desesperada, y el mango se soltó. Cayó hacia atrás, y el kimono matrimonial flotó sobre su cabeza.

Inuyasha la envolvió en él, y en sus brazos, y en voz profunda susurro:

"Ríndete, perra. Tus leales criados nos han encerrado con llave."

La vieja tela mohosa dejaba escapar la luz como un tamiz, podría haberlo agarrado y rasgado sobre su cabeza, pero la importancia del pasado de los Higurashi la retuvo, y estaba claro que Inuyasha no tenía ningún tipo de remordimiento por tomar ventaja de eso. 'Estupido engreído.' La levantó, y ella se resistió como una potra salvaje, torciéndose, tratando de escapar de un abrazo que se sentía demasiado correcto.

La colocó en una superficie dura, plana, lo bastante alta para que sus pies se balancearan. Apartó el kimono, y su cara quedó al nivel de la del hanyou. Ella se sentó en el estrecho cuadrado de la mesa, con su espalda contra la pared e Inuyasha presionando entre sus piernas.

"Raptada. Tan raptada como el primer Higurashi secuestró a su hembra. He realizado las condiciones. Soy tu pareja." Sus ojos dorados chispeaban mientras hablaba.

Si pudiera hacerlo, le habría lanzado llamas por sus ojos. Pero estaba tan atractivo...

"No eres mi pareja. No voy guiándome por alguna despreciable vieja superstición..."

"¿Por qué no? Vives atacada por los estúpidos miedos de tu pasado."

Su respiración se atascó en su garganta. ¿Lo sabía? ¿La había adivinado? ¿O alguien le había dicho algo que no debía? El pensar en aquella traición tocó aquella parte privada, la parte que nunca se atrevió a encarar, y lo acusó:

"Tú planeaste esto."

Él emparejó su nariz a la suya y en un tono bajo, ronco, dijo:

"No, yo no perra. Si quisiera tomarte donde no pudieses escapar, sé de sitios solos en el Sengoku mejor preparados para nuestra clase de cariño. No, por esto, culpa a tus propios aldeanos de confianza."

El alivio se mezcló con la indignación. Él no lo sabía. Pero...

"¿Qué quieres decir con, «nuestra clase de cariño»?"

Descaradamente satisfecho, y extraño en el hanyou, Inuyasha colocó su palma sobre el calor entre sus piernas.

"La clase sin afecto, bondad o amor." Dijo con un aire de tristeza en sus ojos y en su voz...

Ella agarró aquella mano.

"Nunca fue así." Dijo con un tono culpable y dolido.

"Me usaste."

Era una acusación justa, y Kagome quiso pensar alguna respuesta inteligente. Pero, ¿cómo podría pensar cuando no hacía caso de sus tentativas de romper su abrazo y en cambio presionaba ligera y rítmicamente sus garras contra ella? Su caricia inició un deseo en su bajo vientre, apartando cualquier otro sentimiento.

"Esto no solucionará nada." Dijo débilmente, viendo los instintos del hanyou sucumbir a la razón humana de él. Como la otra vez.

"Lo solucionará todo."

"Cómo un hanyou puede ser tan simple."

"Cómo una hembra puede complicar una situación tan simple." Con un rápido movimiento, deslizó la otra mano hacía la cinturilla de los pantalones con las garras arañando la tela...

"Por favor, vas a..."

"Sí." Prometió, desgarrando un poco más. "Lo haré."

Le soltó una mano y se lanzó hacia los botones desgarrándolo y dejándola con los pantalones listos para bajar hasta más lejos de sus rodillas. Luego acarició sin prisa su pierna, cosquilleándole la piel son sus garras, aprisionada con las rodillas cerradas y los muslos abiertos con las bragas expuestas. La mano suelta ahora se movió para rodear un seno. La sujetó. Él pellizcó sus labios con sus dientes, y luego los barrió con su lengua. Ella agarró su pomposa oreja entre las puntas de sus dedos y separó sus cabezas. La mano encima de sus muslos pasó rozando el borde de las braguitas hasta legar al centro de sus muslos.

Se movió sobre ella, excitando sus sentidos con ligeros mordiscos y suaves besos en cuello, en su marca. Cuando tomó el camino de besos hacía su frente, Kagome se movía hacia el otro lado. Estaba siempre un paso atrás. Nunca había tenido que luchar contra un hanyou deseosa de su piel, y luchó contra sí misma y contra él con ridículos chillidos de consternación.

"¡No lo hagas! Maldito. ¡No! ¡Allí no! No..."

Rompiendo la raja de sus bragas, ligeramente tocó sus sensibles labios femeninos, y entonces bruscamente, sin delicadeza, enterró las garras dentro de ella.

Kagome abrió los ojos. Y aplastó su espalda contra la pared.

La lujuria la arrolló, haciéndola caer a lo largo contra sus sentidos.

Había estado enfadada por la desilusión y la vergüenza por tanto tiempo, que no había pensado en su cuerpo, el de él o como ellos se habían unido tan magníficamente durante una noche hace dos meses. Aún así había tenido con frecuencia sueños eróticos, con un solitario final, y éstos habían mantenido su cuerpo en un estado permanente de excitación, ya que las garras del hanyou se deslizaron en una excesiva humedad.

Humedad. Sólo porque verlo la había excitado, y su amor alimentaba sus sensaciones. Pero si su cuerpo era débil, su mente no lo era.

"No quiero responder. Nos separan demasiadas cosas." Después de que Kagome habló, se le ocurrió que él podría haberse reído. Después de todo, ella estaba respondiendo a las caricias mientras su mente se angustiaba por ello.

Pero Inuyasha no se rió. En cambio, la acarició despacio, excitándola más. Como si los meses le hubieran dado talento en esto...

"Tenemos un montón de recuerdos entre nosotros. Los días que fuimos en busca de Jinenji. Los meses que luchamos juntos. La tarde que pasamos mirando el atardecer apoyados hombro contra hombro. Y la noche... Kagome, ¿recuerdas ésa noche?"

Su voz sonó suave, caliente, sincera, y atenta, sólo en ella. Con sólo aquella voz, podría seducirla, y cerró sus muslos para alejarlo.

No funcionó. En cambio, la presión resultante aumentó su excitación.

E Inuyasha lo notó, lo olió, ya que sonrió. Una sonrisa caliente, audaz, masculina que la llenó de ira y derritió sus huesos. Una sonrisa que nunca le había visto antes y que parecía solamente para ella.

"Para ser una muchacha que hace poco eras virgen, lo haces muy bien." Él podría haber estado acariciando un gato, tomando el placer de su tensión sensual y su frustración. Y Kagome podría haberle contestado con la misma pulla, pero no lo hizo.

"No lo hago a propósito." Golpeó su brazo izquierdo puesto en sus piernas, pero él contestó abrazándola y arrimándose debajo de su oído.

Saltó cuando su aliento erizó sus pequeños vellos, y saltó otra vez cuando su lengua lamió la marca sensible. "Eres injusto" sollozó.

Él no se apartó, sólo hizo una pausa.

"¿Por qué soy injusto?"

"Porque aprendiste lo que me gusta, y lo utilizas contra mí."

Él se rió entre dientes, su sonrisa formó espirales de aire fresco en su acalorada carne. Nunca mejor dicho...

"No lo uso contra ti." Entre sus piernas, sus garras se deslizaron adelante y atrás en una suave fricción. "Lo uso para ti. Y para mí, también. Vas a darme lo que quiero."

"¿Qué?" Sollozó. "¿Satisfacción?"

"Sí." Su pulgar le frotó el mojado botón hasta que el calor irradió a lo largo de su cuerpo que ya ardía con furia. "Tu satisfacción."

Deseó mandarlo al suelo, en serio, pero tuvo miedo de que si abría la boca podría gemir. La hizo sentirse bien. La hizo sentir más. Más que la vez pasada, más que la última vez, más y fabuloso.

Se sobresaltó, incluso estando tan enojada, se excitó muchísimo.

Él estaba impresionado y excitado, también. Podía decirlo por el movimiento oscilante que usaba cuando se movía. La mesa se meció, sus dedos se mecieron, él se meció, y algo dentro de ella respondió al ritmo que sintió en su interior. Sus músculos adentro se ondularon por voluntad propia, e Inuyasha acarició su oído con su lengua.

Kagome se convulsionó.

No quería entregarse al placer que quemaba su alma. Pero tampoco luchó, y ni Inuyasha ni su cuerpo le dieron opción. Se estremeció, manteniendo el silencio, agarrándose al borde de la mesa. Quiso que sus implacables dedos se detuvieran, pero cuando lo hicieron, y apretaron en su contra fuertemente, se convulsionó otra vez.

"Perfecto" Susurró. "Justo lo que me imaginé."

Ella respiró entrecortadamente.

"¿Justo lo qué... imaginaste?

No la había besado, tocado sus pechos o acariciado. No se había tomado el tiempo ni había hecho ninguna de las cosas que había hecho aquella primera vez cuando se había arrastrado a su futón.

Acababa de agarrarla entre las piernas, hanyou salvaje, la había cubierto, y en unos minutos la llevó al éxtasis.

Ni la luz del sol poniente ablandó el empuje de su barbilla o la imprudencia de su mirada. El maldito deseo la había tranquilizado, y quiso contestarle, para rechazarlo de alguna manera definitiva. Pero este evidente asalto la había privado de su agudeza, y verlo la irritó más de lo que podía soportar. Incitándola más de lo que podía tolerar. Así que cerró sus ojos.

Despacio el hanyou retiró sus dedos. Acarició su cintura con esa mano y la otra se movió a lo largo de su espalda.

Abrió sus ojos, y agarró sus muñecas.

"¿Qué haces?"

"Desabrocho tu camisa."

"¿Por qué?"

"Para poder hacer esto." Deslizó su blusa hacia abajo.

"¡No!" Agarró los bordes, pero era imposible puesto que el hanyou ya rompía las tiras y el cierre de su sujetador, Kagome trató inútilmente de salvar sus desnudos pechos.

Demasiado tarde.

Él ya había apartado el sujetador, y, ahuecando sus pechos en sus palmas, los levantó hasta presionarlos juntos, luego sepultó su cabeza en su valle. Su lengua lamió de punta a punta, primero un pecho, luego el otro, poniéndole la carne de gallina y endureciendo sus pezones, doliéndole al saber, que no les había prestado todavía la atención que pensaba que se merecían.

Incluso sus pezones se rebelaron contra su control, apretó sus puños y trató de abofetearlo antes de que se diera cuenta de como la había excitado.

No ayudó. Su camisa cayó detrás de su espalda. Él agarró el taburete con su pie y lo acercó, luego se arrodilló ante ella como un mortal ante una diosa. Prestó a su vientre la atención que no permitiría que le diese a sus rígidos pezones. Sus colmillos rasparon su piel sensible.

Antes, no la había tocado de ninguna forma cariñosa en absoluto; había simplemente metido sus dedos dentro de ella y había exigido una respuesta. Esta vez, no había tocado su lugar más íntimo, y de todos modos se excitó.

Su boca capturó un pezón y lo chupó, desatándose impotentemente en un orgasmo. Agarrando un puñado de pelo plateado, lo sostuvo allí y cerró sus ojos, amortiguando los pequeños quejidos contra la parte posterior de su mano, acoplándose a la pasión como si hubiese nacido para hacerlo así, o como si él hubiese nacido para enseñarla. Cuando en realidad tendría que ser al revés.

Poco a poco, el espasmo fue despareciendo. Poniendo su cabeza contra su pecho, él murmuró:

"Eres gloriosa, Kagome." Él la miró como si se regocijara ante el espectáculo de su cara sonrojada y sus labios temblorosos. "Quiero estar dentro de ti; quiero verte así cada día."

Ella no sabía mucho en ese momento, pero recordaba el porque debía negarse.

"No." Susurró.

"Podría hacerte sentir esto siempre que quisieras. Todo el tiempo."

¿Todo el tiempo? ¿Cómo pensaba que sobreviviría?

"No." Dijo un poco más fuerte.

Sus labios, suaves, amplios, y generosos, con una sonrisa relajada que le dijo que sabía lo que pensaba.

"Podríamos morir de ello, perra, pero qué modo de morir." De pie, la beso suavemente en su frente. "Y la próxima vez que te sientes en una mesa, mi hembra, me recordarás. ¿Lo harás?"

Con ambas manos en su cintura, Inuyasha bajó a Kagome. Con una mano, la estabilizó cuando trató de sostener su camisa, sus pantalones, mantener el equilibrio, y canalizar la fuerza en sus inestables rodillas.

Sus pantalones y bragas cayeron alrededor de sus tobillos. Los contempló tontamente. ¿Cómo había pasado eso?

"Este conjunto no te sienta muy bien, todo destrozado como está." Estiró las tiras del sujetador que estaba encima de los pechos, contemplando la piel expuesta. "Pareces una hembra en celos. ¿Estás aquí?" Su mirada fija recayó en su figura, apenas oculta por el sujetador y los largos calcetines de rallas rojas y blancas. "¿Para mí?"

Él estaba completamente vestido y ella casi desnuda. Le había llevado al éxtasis dos veces, y todavía mantenía el control, o eso creía ella. La miró fijamente, su cara ruborizada, luego hacia abajo, con tanta fuerza que casi podía sentir el calor de su mirada en las bragas desparramadas encima de su rodilla, en su muslo desnudo. Ah, sí, mantenía el control, pero Kagome sabía que un pequeña muestra de insinuación, y el los instintos caninos lo atraerían hacia ella como un perro hambriento. Kagome se dejó contemplar por el hanyou, sabiendo como este se regocijaba al verla enteramente desnuda por primera vez.

Casi hizo un ademán de atraerle.

Pero invitarlo a tomarla significaba más que sólo la cópula, y alguna parte débil, que todavía funcionaba en su mente, lo sabía. Podría hacer lo que su cuerpo deseaba, lo que él tan obviamente deseaba, y unir sus cuerpos en una fiesta de lujuria que revolvía sus defensas siempre que él estaba cerca. Pero si lo invitaba, lo invitaría más que a la lujuria. Ella diría "sí" a todo lo que él quería, pareja, cachorros, pasado el tiempo se sentirían más unidos, hasta que de alguna manera, de algún modo, el dolor los destrozaría. La lucha los mataría, las distancias los separaría...

No. Se estremeció. No podía hacerlo.

Él vio la respuesta negativa a ceder ante lo que había entre ellos, su apretada mandíbula y en sus ojos ardió una llama roji-dorada, colérica. Él quería más de lo que tenía para dar, y durante un momento pensó que se alejaría.

Luego Kagome parpadeó, y su rechazo desapareció. Sonrió, y ella tentativamente sonrió. Asintió, y ella también. Era, como si la chica se hubiera dado cuenta de un pacto donde los dos podían desearse sin compromiso. Gracias a Kami, había decidido ser razonable, ésta vez.

Cuando la tensión salió de ella, se tambaleó, y él lo vio dudando de si era verdad o no.

"No puedes caminar, pobrecilla." Él la recargó, fuera del charco de ropa en sus pies, y la llevó a través del cuarto. Camino iluminado por el sol poniente, y este los bañó con una luz amarillo pálido. Luego, cuando siguió avanzando, una sombra triste los tapó. La oscuridad llegaría pronto, oscuridad con todos sus dolores y sus necesidades.

Sí, lo amaría esa noche. Sólo esa noche.

Su hakama rojo y su yukata blanco picaron su piel desnuda, pero puso sus manos alrededor de su cuello y esperó que leyera esto como un consentimiento, pero no como una sumisión.

"¿Ves cómo te sirvo?" Preguntó el hanyou. "Soy tu guardián. Cualquier cosa que quieras que haga, lo haré, ya que eres mi hembra."

Su extraña confesión alimentó una necesidad en su alma, la necesidad de ser amada por el hanyou.

Se sonrojó, y cuando estuvo de pie encima del banco arreglado con la piel de carnero, se preguntó, ¿por qué no le había quitado sus deportivas, su sujetador, y sus calcetines a rayas? No quiso preguntar; parecería como si estuviese ansiosa por estar desnuda. Pero estaba desnuda, excepto...

"Siéntate aquí."

Sus ojos se estrecharon cuando la bajó al asiento. ¿Había planeado eso? Sí, sus criados, dirigidos por la malvada Sima, los habían encerrado con llave, pero ¿había estado de acuerdo con aquellos diablos?

Entonces la sensación de lana, tibia y suave, tocó su parte inferior, y olvidó la sospecha. Curiosa, se hundió más en la rizada lana. Esta cedió bajo su peso, luego rebotó para acariciarla. Cuando se movió en ella, le hizo cosquillas, y la lanolina en la lana la excitó como un masaje.

"Te gusta eso." Observó Inuyasha curioso.

Su tono fue pausado. La había dejado ahí por una razón, para estimularla. Si le confesaba que había tenido éxito, un poco más de su resistencia habría saltado lejos.

Inclinándose, él apartó las tiras de su sujetador completamente y se lo bajó, le quitó con extraña lentitud sus zapatillas, dejándola sólo con sus medias. Con la mano en su hombro, empujó hacía atrás hasta que quedó acostada y la piel acarició su cuello, su espalda, su parte inferior. Sus pies todavía descansaban en el suelo.

Pero sin ser dicho, sabía lo siguiente que él querría.

Querría que pusiera una pierna sobre cada lado del banco, y cuando lo hiciera, miraría.

Le gustaría eso, lo sabía. Ya le gustaba esto. Él resplandecía por la satisfacción de tenerla haciendo lo que ordenaba. Resplandecía con el calor del deseo. Resplandecía porque era un hanyou orgulloso y veía la victoria, pero había demostrado sobre la mesa que lo consideraría una victoria sólo si ella ganaba, también.

"Todavía tienes toda tu ropa puesta." Estaba vestido; ella estaba casi completamente desnuda. Si se quitaba su ropa, estaría tan desnudo como ella lo estaba.

Al menos, eso era lo que esperaba hasta que él se paró a su lado y le dijo.

"Desabróchame. Pon tus manos sobre mí. Hazme sentir lo que tú sientes."

"¿Vergüenza?" Preguntó sonrojada.

Una sonrisa se asomó por la comisura de su boca.

"¿Eso es todo que sientes?"

Por supuesto, no era así. Las contrarias emociones la inundaron. Lo quería desnudo, y lo temía desnudo. Quiso ceder, pero Kagome era una chica testaruda.

¿Y por qué se resistía? Lo amaba, y lo deseaba, y si solo podía tener ésta para ella...

"Si quieres algo, Kagome, alarga la mano y cógelo. Si me deseas, tienes que ser un poco egoísta y dar un paso hacía mí. Sólo un paso."

Desató sus pantalones, apartando la Tetsusaiga a la vez. Él estaba de pie con paciencia y avergonzado, esperando, mirándola. Kagome se impresionó al ver que el hanyou no llevaba calzones, y le hizo preguntarse si alguna vez los llevaba puestos, o si había estado tan confiado de ella, que no se los había dejado puesto.

Tal vez no había estado tan confiada de ella, sino de él. Quizás podía darse completamente porque no tenía sitios oscuros en su alma, cicatrices feas que temiera mostrar, ninguna razón para lo obsesionaran fantasmas, como lo hacían a ella los hombres perdidos de su familia. Aunque en su interior sabía que el hanyou tenía un millar de cicatrices más que ella, y era es lo que le hacía quedarse ahí a su lado.

Le tomó todo su control deslizar sus pantalones hacia abajo, y se dio cuenta, que Inuyasha no escondía nada. Parecía estar tan orgulloso de sí, de todo él, que pensó que cuando la había incitado con su timidez, estaría tan orgullosa como él.

Bien, tal vez lo estaría de su cuerpo. Su corazón seguiría puro, pero él estaría satisfecho solamente con su cuerpo. Y Kagome le daría eso, por el momento.

Con aquella idea, dirigió sus dedos a lo largo de él. No sabía si lo había hecho sentir lo que ella sintió, pero sus ojos entreabiertos y su aliento entrecortado le dieron optimismo. Mientras estaba distraído, levantó un pie en el banco, dobló su rodilla y trató poner una postura casual.

Él notó de todos modos.

"Amo estos rizos." Cuando él se arrodilló a su lado, sus dedos coquetearon con las puntas de su ondulada melena. "Es como si dieran una insinuación de lo que está más abajo."

Suavemente acarició el centro del ondulado y brillante rizo, y aquel toque vibró en su interior. Por voluntad propia, sus caderas se ondularon en respuesta.

"Muévete otra vez." La incitó. "Sólo verte, me hace querer..." En un ataque repentino, se quitó del todo la ropa de su parte inferior.

Desde esa distancia y ángulo, todo él parecía acentuado y musculoso. Sus muslos ligeramente velludos daban testigo de sus años de un arduo entrenamiento; sus músculos proclamaba un hanyou de acción; y... ella trazó camino desde su ingle a su rodilla.

"¿No te ibas a quitar tu hakama rojo?"

"¿Qué?" Él pareció distraído por su acción.

Ella sonrió sigilosamente y se desafió a pedirle otro recuerdo para guardar.

"Si quieres, seré tu calor."

Eso alejó su atención de su satisfacción hacia ella.

"¿Damos un paso más?"

Un gran pasó, ella pensó cuando se incorporó con cautela. El primer paso que había tomado sin sugerencia o engatusamiento. Inuyasha parecía sobre todo cautivado, sus ojos la siguieron, cuando se levantó y tiró con fuerza para quitarle el rojo traje. Lo desnudó y luego inspeccionó, el collar y la camisa blanca. Con el collar entre sus dedos, dijo:

"Me darás una propina muy grande por esto."

"Lo juro." Prometió cuando ella lo desvistió completamente.

No hablaba de cosas del colegio. Cuando ella había arrojado su ropa a través del cuarto y él estaba tan desnudo como ella, él dijo:

"Me gustaría hacer algo diferente."

"¿Diferente?" Todo era diferente.

"Cuando te acuestes, acuéstate boca abajo primero, de modo que tus pechos acaricien la lana"

"¿Boca abajo primero? ¿No es como lo hacen los perros?"

Él luchó por no sonrojarse, y Kagome supo que había dicho algo con lo que avergonzar al hanyou.

"Bueno es algo en lo que he estado pensando mucho y… supongo que es porque así es mi instinto, canino, pero sino te gusta podemos intentar hacer todas aquellas posiciones que se nos ocurren para ver cual de ellas nos gusta más."

"Ah." Cuando pensó en ello, sus manos bajaron lentamente por su pecho y se apretó a él otra vez. "Vale…" Estaba listo, muy listo, y con la posición apropiada... "Sí" siguió asegurando. "Podría gustarme a mí también." Con una avergonzada despreocupación, se estiró boca abajo en el banco.

Inuyasha acarició cada una de sus nalgas, luego apartó sus piernas, y cuando sus pies se colocaron en el suelo, la instó a que se moviera contra la lana con sus manos.

"Se siente bien." Susurró.

Ella podría haber sido un bebé, expuesta a su mirada, pero no parecía a un bebé, sobre todo cuando hizo lo que le ordenaba y se movió. Su vientre saboreó la comodidad de la lana mientras sus pezones se endurecieron con su estímulo. Sus ojos se cerraron cuando se concentró en las sensaciones, y en la risa suave que sonaba detrás de ella.

"Eso es."

Sus dedos la exploraron, acariciando su vello corto, rizado sobre sus labios inferiores, lánguidamente separándolos. Humeando sus garras del calor de su sexo mientras ella esperaba excitada. Cuando gimió, él agarró sus caderas, se acercó, y la inmovilizó. Inclinándose, la penetró en un movimiento lento, firme, implacable, su vagina le atrapaba el duro miembro de una forma maravillosa, sintiendo las paredes vaginales le succionaban en su interior, y cuando estaba casi perdido dijo:

"Eres mía."

"No." Pero ¿la habría oído? Apenas podría hablar. Su organismo gritó, sobrecargado con la abundancia de sensaciones, de ser más, de tomar su riguroso pene dentro de ella y devolverle la alegría.

"¿Puedes sentirme?" Él preguntó.

"Sí." Estaba caliente, salvaje, y por alguna extraña razón lo sentía más duro cada vez.

"¿Realmente me sientes? No m-me mientas, sólo una pequeña parte de nosotros se está tocando." Él se movió en ella con una lenta acometida. "Esta parte. Basta sólo un tirón para volvernos loco, y yo ni siquiera lo-lo sabía..."

Entrando y saliendo, entrando y saliendo, creó la fricción en su carne con su acción, y la fricción en su mente con sus palabras.

"¿Sientes más si te acaricio?"

Apretó su estómago, y la levantó un poco. Sus dedos examinaron dentro de sus vellos, en su hendidura. Encontró el botón que buscaba y presionó.

Excitada por la expectativa, deseó, con dos clímax ya conseguidos, resistirse y casi tuvo éxito en alejarse de él.

"¿Lo hago bien, Kagome?" Su ligera caricia, fue menos que un susurro, pero más que un tamborileo. "¿O así está mejor?"

"No te necesito." No podía articular ni siquiera una frase entera, y lo intentó otra vez. "No lo hago..."

Agarrando su mano, la bajó y la sustituyó por la suya.

"Lo haces" La incitó. "Muéstrame lo que te gusta."

La caricia de Inuyasha la hizo sentir viva, y su entusiasta aprobación de su deseo la hizo crecer como una flor privada de agua y ahora pudiendo beber.

"No necesito más…" Ella logró decir, mintiendo. Agarrando la lana con los puños, se sacudió, arrollada por las permitidas sensaciones. Mientras Inuyasha se sentía desfallecer, con las palabras de Kagome clavarse en el corazón como dagas punzantes.

"No mientas… P-puedo sentir... todo. Tus músculos interiores…Ah…m…" Él jadeó. "Ellos me sostienen, me agarran." Sus dedos se deslizaron alrededor de sus nalgas, dirigiendo su curso, alcanzando donde ella no podía. "Hazlo otra vez."

Le susurraba con su ronca voz. Trataba de darle satisfacción mientras mantenía el control.

Y eso la enfureció. ¿Cómo se atrevía a mantener el control cuando toda su orgullosa disciplina desaparecía apenas lo veía?

Vengativamente, no se acarició a sí misma, sino a él. Rodeó la base de su pene con sus dedos y lo presionó. La seda caliente era un metal en brasas húmedo y resbaladizo en su mano.

Rugió como un semental en celo, llevándola con él cuando alcanzó su clímax.

El movimiento trajo a su vista una pequeña estatua de un semental, en un estado de entusiasmo exagerado. Durante un horrorizado momento, contempló el ostensible símbolo de fertilidad con consternación.

Entonces otro perverso clímax la inundó. Bajando su cabeza, sepultó su cara en la piel de carnero y amortiguó sus gritos en la lana.