(A/N)
LeSuperEditéDelDoom!~ Versión corregida y remasterizada (¿?) para todos ustedes, lectores constantes y pasantes erróneos. Gracias por el apoyo.
Aquí empieza el verdadero Gore (:
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Disclaimer: Naruto no es mío.
Setting: UA.
Parejas: leve SasoDei.
Rating: M
Conteo de Palabras:
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"Itsuwaru ko do ni nareta kimi no sekai wo,
murizubusu no sa shiroku shirou..."
(Tu mundo se convertirá en un engaño,
pintado todo de blanco...)
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Capítulo II:
Desesperación.
Deidara podía escuchar pasos afuera de la habitación en donde estaba. Hacían eco, y resonaban en el pasillo. Eventualmente, los pasos comenzaron a desvanecerse, y el rubio se encontró aspirando el aire que le había faltado en sus pulmones. No se había dado cuenta que estaba conteniendo su respiración. Temblores involuntarios estaban azotando su cuerpo, sin piedad.
Seguían en el hotel, concluyó. Seguía en el hotel, pero todo lucía diferente. Pareciera que, durante el tiempo en que estuvo inconciente, hubieran pasado muchos años de deterioro.
Si seguía en el hotel, eso significaba que sus amigos deberían de estar por ahí. A cada quién le habían dado una habitación, curiosamente, todas ellas muy separadas unas de las otras. La señorita que los había atendido, presuntamente hermana de la persona que los había invitado en un principio, le había atribuido eso a que los demás cuartos disponibles estaban en reparación.
Eso era un poco extraño, porque era un edificio de tres pisos. ¿Acaso los tres pisos estaban en reparación? se preguntó Deidara. Igual, nadie hizo preguntas. Tampoco, nadie comentó que no había muchas personas en los pasillos, ni el lobby. Todos estaban muy ocupados con sus cosas, nadie puso atención a eso. Deidara lo notó solo porque Sasori lo había comentado casualmente, y si no lo hubiera hecho, no se hubiera dado cuenta.
A Deidara le tocó el cuarto 369, en el tercer piso. No estaba muy atento, así que no recordaba el de todos. Si recordaba el de Sasori, en el primer piso, 157. El de Tobi era fácil—333, también en el tercer piso. Itachi también estaba en ese piso. Los demás eran un simple recuerdo borroso, sinceramente no tenía ánimos de ponerse a pensar en eso.
Aunque, ahora que su mente estaba más despejada y tranquila, se preguntaba ¿Por qué había huido así de Sasori? ¿Qué es lo que lo había espantado tanto? Recuerda que pensó que ese no era Sasori, pero era una idea tonta. Por supuesto, ¡Era absurda! Lo más probable es que hubiera estado un poco adormilado, y haya imaginado cosas. Si, probablemente había sido eso. Paranoia, imaginación, y sueño, ja, que absurda e inapropiada combinación…
Sacudió su cabeza, y se apoyó torpemente en la pared, levantándose. Un ruido se escuchó, y Deidara, con un sobresalto, se agachó de nuevo, por reflejo. Su vista viajó tímidamente en la oscuridad de la habitación. Pudo distinguir algo. Un pequeño, parpadeante foquito rojo. O tal vez lo estaba imaginando. Entrecerró sus ojos, intentando ver más allá de las sombras, sin mucho éxito.
La poca, tenue luz que se colaba por debajo de la puerta era lo único que podía usar para ver, y con eso, pudo distinguir las patas de una mesa, justo en medio de la habitación. Se levantó del suelo, sintiendo un cosquilleo en su estómago. No era la oscuridad—ya no estaba tan pequeño como para temerle a la noche, ni a las sombras, de todas formas. Era un presentimiento.
Caminó pegado junto a la puerta, dispuesto a buscar el interruptor de la luz.
Bip.
Tanteando la pared, Deidara buscaba el interruptor. Una pequeña, orgullosa sonrisa se apoderó de sus labios cuando lo encontró. Una parpadeante luz de foco—¿Por qué todos tenían que ser parpadeantes? ¿Acaso el hotel no tenía buen servicio eléctrico, o algo?—se hizo paso entre las penumbras de la habitación.
Deidara dio la vuelta, y su sonrisa se barrió de su cara, por completo. Una mueca de horror, incertidumbre, y asco la remplazó en su rostro, mientras un sonido gemido de terror se colaba sin permiso de su boca. Cubrió su boca con una de sus manos, y sus ojos comenzaron a arder. Unas inmensas ganas de vomitar se hicieron presentes.
La mesa, en efecto, estaba en medio de la habitación, y sentado en uno de los extremos estaba Kakuzu.
Pero no estaba bien. Cada uno de los dedos de sus manos estaban sobre la mesa, sujetados firmemente con clavos. Su boca estaba cerrada fielmente con pequeñas cositas, las cuales Deidara no podía diferenciar entre grapas o coseduras—fuera lo que fuese, estaban juntando sus dos labios de una manera sádica e irreal, mientras hilillos de sangre salían de ellos. Habían adquirido un enfermizo color violeta. Había cinta en sus párpados, y eso evitaba que se cerraran. Kakuzo lo estaba viendo con ojos de sufrimiento. Un aparato de metal estaba sujetado a su cuello, con un pequeño, parpadeante foquito rojo.
Deidara volteó su rostro, asqueado. Su cuerpo, pegado a la puerta, temblaba. No podía seguir allí. De nuevo se estaba ahogando.
Salió por la puerta, sin ver a Kakuzu de nuevo, batallando con la perilla, y cuando puso abrirla, corrió. Corrió por el pasillo, que se le hacia interminable, sus ojos borrosos, posiblemente con lagrimas. No se dio cuenta, hasta que chocó con alguien.
Y se encontró mirando en unos ojos que brillaban rojo. Sasori.
-¿Qué sucede?- le dijo, con ternura, rastros de falso concierno envolviendo su habla.
- Ka- Kakuzu…-balbuceó, demasiado perturbado como para recordar la paranoia que le había embriagado en su cuarto.- É-el…-tenía un nudo en su garganta, y las palabras salían ahogadas en sollozos.
-¿… está muerto?- ayudó Sasori, con elocuencia.
No obtuvo más respuesta que sollozos silenciosos de Deidara.
-¡Oh, vamos!- canturreó Sasori, mientras rodeaba los hombros de Deidara con su brazo de manera amistosa, restándole importancia al asunto.- Todos tenemos que morir algún día.
Deidara se apartó rápidamente, como si Sasori lo hubiera quemado. Sus ojos, enojados, dejaron salir un pequeño camino de lágrimas sin querer. Sasori lo veía entretenido.
-Él no murió…- musitó Deidara, entre dientes.- ¡Fue asesinado!- gritó en la cara del pelirrojo.- ¡Lo mataron, Sasori!...lo mataron.- Volteó su rostro a un lado, abrazándose a si mismo.
-Tal vez si, tal vez no…-comenzó Sasori, casualmente, ganando la mirada confusa e interesada del rubio.
-¿Qué demonios estás diciendo?- gruñó Deidara, sin levantar mucho la voz. Sasori sonrió y bajó su cara un poco, para estar al nivel del rubio.
-Dime,-comenzó Sasori, tanteando a Deidara.- ¿Quién te asegura que estaba muerto?- Deidara lo miró confuso.- Tal vez aún estaba vivo. Solo… no se podía mover.
Los ojos del rubio se agrandaron.
Cada uno de los dedos de sus manos estaban sobre la mesa, sujetados firmemente con clavos.
-¿Qué tal si no podía gritar, o hablar? ¿Eso lo convertía en alguien muerto…?
Las ganas de vomitar volvieron.
Su boca estaba cerrada con grapas, o coseduras…
-¿Quién te asegura que estaba muerto?- repitió Sasori, igual de tranquilo, frío, pero con esa maldita sonrisa en su boca.
Deidara agarró su cabeza. Era cierto…
Kakuzo lo miró…
-¡Oh! No te pongas así…-dijo Sasori, de nuevo poniendo su brazo en los hombros de Deidara, lentamente encaminándolo por el pasillo. Ese tono tan amistoso no era típico de Sasori. Aunque—de nuevo—este no era Sasori.- Tú tenías miedo, después de todo. ¡Y eso está bien! El miedo es un sentimiento tan humano. Si no lo tienes, no eres humano… o estas loco. Lo que venga primero.
Deidara tembló bajo los brazos de Sasori.
-No es malo que te hallas ido, Deidara. Yo hubiera hecho lo mismo.- Sasori le dijo, volteando a verlo, sin detenerse. Las palabras de Sasori, por alguna extraña razón, no le daban consuelo.- Y aunque esté vivo… no durará mucho tiempo.
Deidara se detuvo por completo en sus pasos, obligando al pelirrojo a hacer lo mismo.
-¿A que t-te refieres…?- logró decir.
Sasori sonrió.
-¿Qué tal si estaban esperando que entraras a la habitación…?-le dijo, volviendo con su jueguito de preguntas.
Deidara se preguntó quienes lo estaban.
-¿Qué tal si al momento que pisaste cierto lugar, activaste la perdición de Kakuzu…?
Los ojos de Deidara se agrandaron, y se tapó su boca, negando con su cabeza.
Bip.
Era eso. Lo había escuchado. Ese sonido. Lo ignoró, pensando que era su imaginación. Oh… ¿Qué había hecho?
-T-tengo que… tengo que i-ir…-sollozó, mientras se escurría de entre los brazos de Sasori. Pero no avanzó mucho antes de que el pelirrojo agarrara su muñeca, impidiéndolo avanzar mas.
-Ya es tarde. En estos instantes una corriente eléctrica debe de estar pasando por su cuerpo.- Sasori le dijo, su voz era… demasiado casual.
-¡No es cierto! ¡S-suéltame…!-comenzó a jalar su brazo, intentando en vano romper el agarre de hierro de Sasori.-… ¡Tengo…que-…
-¿Para qué?- Sasori lo cortó abruptamente, agarrando su otra muñeca, inmovilizándolo por completo. Su sonrisa arrogante había desaparecido.- ¡¿Para ver cómo termina de morir?!- el rubio se estremeció, mientras Sasori lo sostenía cerca.- Esos sentimientos…la frustración, el miedo… Todo eso que te hace humano, Deidara, es lo que te perjudicó. Ya es tarde para que lo salves de lo que tú mismo empezaste…-lo soltó abruptamente.
Deidara calló en sus rodillas, manos en su cara, rompiendo en lloros agitados.
-…no te pongas a llorar como un niño indefenso. Es la ley de la vida, el más fuerte sobrevive. –Dijo duramente.-…si aún quieres salir de aquí tienes tiempo… ocho horas…
Deidara lo escuchó, pero no dejo de llorar. ¡Había estado ahí, enfrente de él! Lo pudo haber salvado. Era un idiota. Si tan solo hubiera investigado más, si tan solo hubiera aguantado un poco más…
Cuando levantó su vista, se encontró a mitad del pasillo, sólo.
Ocho horas, le había dicho Sasori. ¿Qué clase de juego estaba jugando? ¿Por qué tenía un límite de tiempo? ¿Qué pasaría si pasaban las 8 horas? ¿Qué demonios estaba sucediendo?
Pero… ¿Por qué asesinar a Kakuzu? Y ¿Por qué le estaba dando oportunidad de buscar la salida? ¿Acaso sus amigos también tienen esa oportunidad? ¿Dónde estaban ellos, en ese momento? ¿Buscando la salida? ¿Encontrando a otra persona torturada? ¿Siendo torturados?
Con pies temblorosos, se levantó del suelo, limpiando un poco las lágrimas de su cara con la manga de su camisa. Y comenzó a caminar por el sinuoso corredor, en busca de algo…
Algo que no sabía que era.
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¿Cuanto había pasado? ¿1, 2 horas, tal vez? No lo recordaba, solo quería salir de ahí. Su boca estaba reseca, sus ojos le ardían de lagrimas que se negaban a salir, sus piernas estaban cansadas, y sin contar de que la alfombra del piso estaba rasposa y húmeda. (Y cómo había despertado sin zapatos, no tenía idea). Su camisa azul marino de mangas largas y su pantalón de mezclilla seguían ahí, un poco maltratados, pero ahí.
Levantó su vista, que hasta ahora la tenía pegada en el suelo. Reconocía este pasillo…era el mismo que había pasado la primera vez que subió hacia su habitación. Eso significaba, que un poco más y encontraría los elevadores. Una sonrisa se asomó entre sus labios, mientras empezaba a apurar sus pasos inconcientemente.
Luego de un rato más de andar, los encontró. Lo recibió su reflejo en las puertas metálicas. Iba a presionar el botón, pero la parte racional de su mente empezó a hablar.
Todo era extraño en ese lugar, ¿Qué lo hacía creer que entrar en el elevador era seguro?
Tanteo sus opciones. Ya había desperdiciado mucho tiempo vagando por los corredores, así que si quería salir de ahí, tenía que apurarse.
Y parece que las escaleras eran su única opción.
En un breve segundo sintió un aire frío y espelúznate hacer paso por su cuello. Volteó nerviosamente su cabeza hacia atrás. Vacío. Solo estaba él y las luces parpadeantes del hotel. Un silencio incómodo y lúgrube adornaba con gracia los desiertos pasillos del lugar.
Suspiró, y juntó todas sus fuerzas para seguir el pasillo, hacia donde presuntamente, se encontraban las infames escaleras.
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Después de un rato, se encontró con una puerta que tenía el dibujo y kanjis de "escaleras de emergencia". Con un poco de dificultad abrió la puerta, y entró reclutante hacia el descanso de las escaleras.
Al momento de entrar las luces se apagaron por un segundo. Deidara alcanzó a colocar su mano, evitando que la puerta por la que había entrado se cerrara. Permaneció así unos segundos, congelado con la mano en la puerta, y la luz que se colaba por las aberturas de la puerta era lo único que mataba a la penumbra de las escaleras.
Luego las luces volvieron a encenderse. Deidara miró nerviosamente el camino a seguir, y luego miró de nuevo la puerta. Deslizó su mano, haciendo que la puerta se cerrar con un suave clic.
Aspiró una gran bocanada de aire y trago saliva. Se asomó por los barandales hacia abajo. Las escaleras seguían, adentrándose a las sombras, y no se veía el final. Pero decidió que si no se arriesgaba nunca iba a saber.
Lentamente empezó a hacer su camino por las escaleras, hacia abajo. Pisaba los escalones con temor y sus ojos estaban completamente abiertos con nerviosismo.
Ya había hecho su camino hasta el primer descanso de las escaleras a salvo. Su mente le rogaba que no se asomara de nuevo al fondo, así que le hizo caso, y siguió su camino.
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Ya había pasado por dos descansos más, y pareciera que las escaleras no tenían fin. El sentimiento de querer ver el final no desaparecía.
A mitad del camino, aún en los escalones, se detuvo. Mirar un poco no haría daño. Se acercó de nuevo a los barandales y asomó su cabeza, cabellos rubios sometiéndose a la gravedad y cayendo por un lado de la cara del ojiazul.
No podía ver nada. Y era…nada. Totalmente oscuro. Lo único que alcanzaba su visión era el siguiente descanso, con una puerta blanca, después de eso, una oscuridad poco común. Sintió un escalofrío en su espalda. Volteó rápidamente y justo en ese momento, las luces cedieron.
Deidara se sintió apanicarse, y cerró sus ojos, queriendo bloquear su mente al igual que su vista. Sintió sus piernas flaquear, y algo empezaba a oprimir su pecho, no lo dejaba respirar ni pensar claramente.
Torpemente empezó a bajar rápido los escalones que le faltaban. No podía correr, era muy peligroso hacerlo en unas escaleras. No debía.
Pero su fuerza de voluntad se vio oprimida y destrozada en el suelo por la oscuridad que lo rodeaba, los pensamientos de auto-control no ayudaban, y cuando sintió algo rozando su brazo todo se rompió.
Un grito desesperado escapó de su garganta, mientras saltaba varios escalones a ciegas. Una desesperación insana le atravesó su cuerpo, la necesidad de salir de esa oscuridad era demasiada, y nublaba sus sentidos.
Se sintió tropezar y cayó pesadamente, rodando por varios escalones, antes de llegar por fin al descanso. Se quedó unos segundos mareado en el suelo, sintiendo el frío piso de concreto, algo líquido recorriendo su frente, y sus piernas adoloridas por los golpes.
Abrió sus ojos y dejó salir un alarido débil. Torpemente se sentó, y estiró sus manos, tanteando el aire en busca de la puerta.
El silencio que lo rodeaba era abrumador, podía incluso escuchar su corazón desbocado con tal precisión, que creía que lo estaba animando a seguir y apurarse, pues si no, sería muy tarde.
Por fin sus manos encontraron la puerta y la abrieron lo mas rápido que sus manos temblorosas pudieron. La luz lo cegó momentáneamente, haciendo sus ojos humedecerse ligeramente, entrando con las pequeñas lagrimas de desesperación que ya tenía.
Salio rápido, y cerró la puerta con su espalda, jadeando y tratando de recuperar su aliento.
Por un segundo sintió alguien empujar la puerta, pero se dio cuenta que era su mente mareado lo que lo hacia sentirse así. Levantó su mano hacia su frente y sus dedos se humedecieron.
Liquido escarlata escurría en su mano. Deidara recordó cuando despertó y pensó que igual tenía sangre, solo que ahora si la tenía. Dio un profundo suspiro, mientras con sus mangas se limpio la sangre, de nuevo intentando calmar su agitada respiración, separándose de la puerta y mirando con atención por primera vez el corredor.
Se acercó a una puerta y observo los números, su rostro reflejándose a duras penas en los sucios adornos.
267. Estaba en el segundo piso.
Había avanzado un piso completo. ¿Cómo iba a salir ahora? las escaleras eran demasiado para sus agitados sentidos, no quería volver, pero si no tenia opción…
Decidió seguir buscando. Tal vez pudiera encontrar de nuevo los elevadores, y probar suerte en ellos…
-¿Deidara…?
El rubio se congelo al oír algo ajeno a su propia respiración y pensamientos en el solitario pasillo. Volteo rápidamente, y en su sonrisa se formó una sonrisa esperanzada al encontrar al emisor de su nombre.
-Tobi…-dijo en un suspiro, lagrimas de alegría formándose en sus ojos.
Y la opresión en su pecho disminuyo un poco. La desesperación…
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(A/N)
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