Capítulo I
La Ciudad Está Bien Lejos

Merick bufó por tercera... no, cuarta... ¡quinta vez en todo el día! ¿Y para qué? Oh, no era un bufido de aburrimiento. Tampoco de expectación. O cansancio... Era de enfado. Un odio puro. Un aire cargado de desdén. De esos de los que uno tiembla y tiene atorado en la garganta y que amenaza por explotar. Sí, exactamente. Era uno de esos bufidos, ¡y tenía para darlos!

Sin embargo, él era un bardo ¡No era parte de su naturaleza ser así! Al contrario: era amigable, divertido, centrado, algo despistado y hasta cierto punto pesado... ¡¡PERO ES QUE ERA EL COLMO!! ¡¡YA ESTABA HARTO!! Sí, esa es la palabra. Harto. Enfadado. Cansado... para empezar, Dioses, ¿desde hace cuanto tiempo no dormía?... en el sentido de una dormitada buena ¡Constante, cómoda! ¿Cuánto?... No lo sabía, y eso sólo lo hacía irritar más.

Eso y su constante y nuevo dolor de cabeza. Aquella saga. Aquella cosa, engendro, animal que caminaba ahí, a su lado. A su lado. La había alejado ya como quince veces. Ignorado otras cien. Pero era el premio de oro, plata y bronce aquella mujer. Cerró los ojos acelerando el paso. Casi decía uno de que trotaban.

¡Que se callara! ¡Que se callara!

— ¡¡CÁNTAMELA!!

— ¡¡QUE NO SÉ!! —chilló el bardo.

— ¡¡PERO ERES UN BARDO!! —decía ella, deteniéndolo del brazo, acercando su altavoz natural a las orejas de él— ¡¡¿QUÉ SE SUPONE QUE HACES SI NO ES CANTAR?!!

— ¡¿CÓMO FREGADOS ESPERAS QUE ME SEPA LO QUE TE CANTABA TU MADRE DE NIÑA?!

— ¡¡NO SÉ!! ¡¡TÚ DIME!!

— ¡¡ARG!!

Su mirada se ensombreció ¡La ciudad está bien lejos!

Muy, pero muy lejos. Era eso o es que los días se le hacían largos. ¿Cuánto faltaban?... ¿Dos días de recorrido? ¿Tres, tal vez? Como sea, pudiera ser uno y ya era una eternidad. No pensaba llegar vivo. O no pensaba llegar con aquella niña aún con vida en absoluto. Sí. La mataría. Sí, eso haría. El calor del sol en su punto más alto hacía brillar la brillante tierra sobre sus pies. Caliente. Calentaba su sangre. Evaporaba todo el cuerpo. Sí, la mataría y bebería su sangre, para luego hacer un abrigo de piel con su cuerpo y lo revendería en alguna ciudad...

... Un momento, ¡ya deliraba de nuevo!

Miró el horizonte. Nada. Sólo tierra, tierra y tierra. Y seguía ahí caminando, caminando, caminando...

Santo dios... la ciudad está bien lejos...

Meeeeeriiiiiiiick... —canturreó la saga con voz muy suave, irritantemente infantil.

— ¿Qué? —sonó a un gruñido.

— ¡¡Dame un besito!! —y tan pronto lo dijo, se lanzó y lo besó bruscamente en la mejilla.

Cualquier joven se hubiera sentido hasta bien de que una linda jovencita le besara. Pero él estaba de tal modo bien puso ser un beso como hasta ser un chingazo con el atizador de la chimenea: violar su terreno vital. Sí, vital. Algo totalmente para él, pero que juraba defendería con su alma, aunque se le fuera la vida en ello. Es por eso que soltó un grito de furia y se alejó casi arrojando a la muchacha a un lado, la cual sólo atinaba a carcajearse a mandíbula batiente.

¡Era tan divertido!

¿Y ella era la loca? ¡Sólo mírenlo! ¡Él era quien poseía la pinta de loco!

Merick se paró confrontándole con la mirada. ¿Por qué no la mataba? ¿Qué era lo que evitaba sacar su guitarra y a golpearla como se lo merecía?

Ah sí. Ella. Miró a un lado de ellos al tercer y último viajero del grupo, que era nada menos que una hermosa caballera sobre un peco, la cual caminaba con un porte y tranquilidad muy visibles. Sin embargo, tenía el amago de una sonrisa en su boca muy mal disimulada. Merick entrecerró los ojos.

Maldita Selene, me las pagarás.

Bien, todo por orden... ¿Quiénes son ellos y qué fue lo que pasó?

Merick es un trovador que por años, ha sido fiel y ama su profesión. Él, que se encontraba por esos tiempos en la hermosa y paradisíaca ciudad de Rachel, El Santuario del Desierto, se encontró por asares del destino a Selene, una jovencilla que conoció y compartió muchos días cuando ella era todavía espadachín. Se sorprendió tanto verla ahora como caballera que en ningún segundo dudó en inclinarse y, como típico galán, le presentó todos los servicios que alguien es capaz de hacer. Oh, Selene. Aquella niñita ahora pasaba a mujer. Hacía mucho tiempo que no la veía y, hablando de eso, descubrió que ella no venía sola.

La otra era una saga llamada Navi. Bueno, al principio su pinta infantil y juguetón no le inquietó mucho. Selene le dijo que venían de paso a descansar un poco, pues ella tenía un servicio en la ciudad de Lighthalzen. Merick, diciendo que no tenía dicha ni fortuna en esa ciudad —en ninguna, en realidad— se ofreció a acompañarles.

Y estaba tan arrepentido.

— ¡Cuéntame un cuento!

— ¡Aléjate de mí!

Meeeeeriiiiiiiick...

Escuchó una risilla proveniente de la caballera... esta le sonrió pacientemente.

¿Sí? Pues eso ya no le funcionaba. Ya no le funcionó cuando Navi, sonriendo malévolamente —seguramente porque el bardo no paraba mucho en ella— agarró de un movimiento la capa de él, jalándola tan brutalmente que lo ahorcó, haciendo que terminara cayendo al piso.

— ¡Pero qué bonita! —rió Navi, todavía con la prenda entre las manos— ¿me la regalas?

Fue todo muy rápido. El bardo se irguió, sacando de su correa la guitarra que cargaba al costado de él.

— Será mejor que te largues...

— Gagagaga —se rió, mostrando sus dientillos— no seas aguafiestas, guapito.

— Sólo dame una razón... —murmuró, en un siseó— una excusa, sólo una...

— ¿Me darás la serenata? —se burló, con una mueca.

Merick esgrimió su instrumento musical, en claro estado de que le estaba desafiando a un duelo. Sólo faltaba que se quitara uno de sus guantes pero no iba a ser necesario; ella claramente lo había interpretado. Se puso una mano a la cadera dibujando una sonrisa burlona. Jum, ¿qué podría hacerle con una guitarra? Pensaba en lo divertido de cómo se miraba. Sin embargo Selene, que sí lo conocía, se había quedado quieta. Sin pensarlo dos veces se puso entre ellos dos.

— Navi —habló dulcemente ella. Merick no dejó de mirarle mal: menuda hora en la cuál se le ocurría meterse. Ella sólo suspiró, pensando que lo mejor para su enojo es que lo dejarán tranquilo. Si ella podía lograr eso, lo haría. Al menos lo que pudiera—: mejor camina conmigo y juega con Sam —dijo, refiriéndose al peco, el cual se hizo el aludido—. Sabes que a Samy le gusta eso.

— Pero el otro es más divertido.

— Sí, Selene —el bardo hizo énfasis en el segundo nombre, sabiendo que ese tono en particular no es del agrado de la caballera—. Déjame jugar con Navi, será muy divertido.

— Creo que te gustaría más descansar la garganta un rato —reafirmó Selene.

— Sisa... —Navi soltó un encantador puchero de perrito huérfano.

— Vamos, Navi.

— Pero sisa...

— Bah —el bardo guardó de mala gana su instrumento prosiguiendo la caminata. Si apuraban el paso llegarían más temprano. Por un momento, en su mente pasó la siniestra idea de dejar inconsciente a Navi una vez ya en Lighthalzen, tirarla en el avión aerostático rumbo a Yuno y luego invitar a Selene de unas copas, que seguramente también estaba harto de ella, aunque en realidad parecía quererla. Era eso o era el calor que volvía a jugar con su cerebro otra vez.

— ¿Quieres venir a mi lado? —preguntó Navi con una sonrisa picara.

Merick suspiró... Lighthalzen. Sí...

Una ciudad donde él poseía una historia...

Frunció el ceño. Navi había comenzado a cantar con desafinada voz.

Suspiró.

Definitivamente, la ciudad está bien lejos...