Capítulo III
El Reino de las Nubes
— ¡Mira, mamá! ¡Un bardo!
— ¡Dale una moneda! Talvez te cante algo.
Nuestro músico favorito pasó de largo semejantes ofensas mientras caminaba en el andén principal de la República Schwarzwald. Su capital, Juno, también conocida como Ciudad Flotante o el Reino de las Nubes, es una de las ciudades más caras y populares del mundo. Según la leyenda, es el lugar donde los dioses descendieron y sembraron las semillas del árbol Yggdrasil, posando toda su sabiduría en los humanos y criaturas que ahí vivían, los cuales aprendieron a formar leyes y derechos, construyeron las primeras viviendas y aprendieron a subsistir.
Es una gran metrópolis que nada más competiría contra la capital de Rune-Midgarts. Merick frunció la boca mientras la brisa helada de la noche chocaba contra él. En su opinión personal, Juno carecía en lo que Prontera rebozaba: humanidad.
Aunque él jamás había estado antes en Juno. Él era un trotamundos, cierto. Había conocido y vivido en distintos pueblos y ciudades, tanto con personas como con distintas clases de criaturas y profesaba su más grande pasión: ser un recolector de historias. Así que más de uno pensará en lo injusto de su pensamiento. Sin embargo, él conocía la ciudad gracias a los viajeros que conversaban con él. Ideas tenía. Algunas bastante claras, y talvez, la razón principal por la cual nunca la había visitado es que la asemejaba bastante con Lighthalzen.
Sintió un jalón en su capa y miró de soslayo al niño rico de ropa recién planchada y pelo repelado que le mostraba una moneda con bastante autosuficiencia. Tendría seis o siete años el mocoso y ya pintaba una cara de arrogancia. Quería que la agarrara, justo como su madre le había dicho. Miró a la mujer que vestía caros abrigos de piel y un maquillaje muy seleccionado sentada al fondo, rodeada de personas semejantes a ella.
Su cara se ensombreció. El jamás había disfrutado una vida de lujos, aunque conocía a la perfección el tipo de vida que era. Aquel lugar distaba de ser mucho a una utopía. De la misma forma donde las lujosas edificaciones de estilo barroco guardaban museos, mansiones, palacios, instituciones y bibliotecas, existía su contraparte, que era la clase popular. Esa sería su dirección. No poseía dinero, ni siquiera para un boleto de regreso. Tampoco tenía comida. Sólo su ropa y la guitarra. Haló de su capa y, a pesar de que el niño soltó una tremenda rabieta, ni se molestó en mirar atrás o atender a los reclamos de la madre.
Tenía un paso pesado, pero ya no blasfemaba ¡No! Tampoco estaba enfadado. Ah, por supuesto: detestaba a Navi. La odiaba. Pero muy bien, toda su furia se había disipado luego de las largas horas que pasara en el avión. Entre todo aquel ajetreo bullicioso, adictivo y lleno de vida del casino. Tenía que admitir que se pasó un buen rato mientras las hermosísimas azafatas lo atendían y le ofrecían bebidas gratis (¡Se compadecían de él!) e incluso recordaba vagamente cantar una cumbia o dos —el hombre/pared resultó buen bailador—, y uno que otra cosa extra de su repertorio...
Vagabundeó por las heladas y solitarias calles iluminadas por postes de luz que tenían hasta el mínimo lujo en detalles. Los ricos bastardos, vaya que son caprichosos. Y si se fijaba bien, las baldosas grises del piso también tenían detalles. Frunció el ceño. Sabía que existía una zona popular. Pero ¿cómo llegar ahí? Intentó preguntarle a un guardia —había uno prácticamente cada dos o tres cuadras— pero tras las semejantes miradas que le daban decidió mejor encontrarlo a su suerte. Dormiría en algún banco del parque, total, no sería la primera vez. En Alberta así fue por un tiempo. Oh, ni que decir de Izlude. Una vez, incluso durmió casi, casi por debajo de las rocas, cuando se perdió en el desierto de Morroc... Oh, en Aldebarán tenía un conocido que siempre le invitaba cama y comida, pero antes de encontrarlo, recordó dormir sobre unos botes anclados mecidos por el oleaje del canal. Hahaha, y ni que decir de Amatsu y sus hermosos árboles. O aquellas muchachitas en Louyang...
El frío se hacía más pesado y se cubrió bien con capa. Estaba en un camino de un pequeño parquecito. Uno que otro peatón pasaba por ahí y lo miraban curiosos. Estaba acostumbrado a la atención ya que su profesión hacía gala de ser sinónimo de entretenimiento, y entre otras cosas, no es tan común que los bardos salgan a vagabundear fuera de Comodo, puesto que ganan estupendamente bien. Si habrá, uno que otro. Cerró los ojos mientras relajaba los músculos, tarareando suavemente una vieja canción.
Una mujer de alta cuna y una muchacha muy hermosas pasaron cerca. La joven, a pesar del frío, tenía buen escote y dejaba a relucir si delgado y largo cuello. Merick la miró de soslayo mientras sonreía, enfatizando la melodía. Las mujeres se detuvieron, curiosas.
— ¿Qué hace un trovador tan solo en el parque? —dijo la mayor.
— ¿Hacer? —Merick rió, frunciendo el ceño—. No hago absolutamente nada, sólo estoy aquí, cantando. ¿Y las señoritas?
¿Señoritas? La mayor se ruborizó, sonriendo placidamente. La menor se sentó en el banco. Ahora ya tenía su atención.
— Es tan raro verles en Juno —dijo la joven, ladeando la cabeza— ¿Qué hace aquí?
— En realidad, son tan raros tanto en Juno como en todas partes. Soy un gato perdido.
— ¿Gato perdido? —repitió.
— Un alma vagabunda, señorita. Eso significa, de que pertenezco a nada ni a nadie. Es justo como un gato, aunque tenga dueño, este siempre se perderá por la más suave insinuación que le de una dulce gata.
— Me gusta eso de gato perdido... —sonrió.
— ¿Tienen prisa? No se me escapa el detalle de que ven el reloj por segunda vez.
— No. Y si usted tampoco tiene... ¿sabe? Recuerdo cuando una vez fuimos a Comodo. Era muy... llamativo, aquel lugar. ¿Acaso está ocupado, caballero? Talvez podamos invitarlo a nuestro hogar... —y se acercó, para hablar en un susurro en el oído de él—. Con gusto lo invito al mío.
— Magdalena —la madre se acercó, negando con la cabeza—. Hoy tenemos una cena muy importante con tu prometido. No podemos faltar. No a esta, que estarán todos...
— A ti ni siquiera te gusta ese hombre, madre. Señor bardo —se volteó—. Hágame feliz. Por favor, sólo esta noche.
— Si Madame lo permite... —besó el dorso de su mano, inclinándose.
La mayor dudó, mientras los jóvenes lo observaban. Merick tenía una sonrisa divertida. Hombres de compañía... era la fama de su estirpe. Si es que puede llamarse así.
— Madre, sabes lo mucho que no deseo esa reunión...
— Te aseguro que si te quedas —dijo por su parte el trovador—, será algo que no olvidará jamás, señorita.
La madre se quedó callada, mientras cerraba los ojos suspirando profundamente. Tenía un brillo apagado en su mirada. Merick la reconoció. Era aquella que se adquiere cuando sufre de pasiones perdidas. Así que no se sorprendió en absoluto cuando negó con la cabeza. Miró a la joven la cual, desanimada, lo miraba con tristeza y se levantaba. El músico sonrió.
— Ya sabes que lo siento, Magdalena.
— Adiós... —decía ésta alejándose.
Merick suspiró mientras miraba divertido las estrellas en el cielo. El mundo de los ricos, donde sea, siempre es el mismo.
Unos minutos después se levantó. Aquella vista con esas mujeres lo habían despertado. La noche era muy joven y no le gustaba la idea de estar holgazaneando. Intento hacer memoria de uno de sus tantos conocidos y sus anécdotas... a ver, ¿qué le habían dicho?...
— ... Pues es komo una ciudad komo TODAS las que yo e vistos, pero todas, todas, todas... eso sí, ¡¡el Bar!! ¡¡Ese bar es el maldito corazhón de la jiudad!! ¿kiéres companía, una buena cama, comida y que NAAADIE pero NAAADIE te llegue a reconocer pork todos son tanto iguales como desconocidos? ¡¡Vete al Bar de Vandt!! ¡¡ES UN GRAN HOMBRE!! Y por supuesto, conocido mío, su compadre... el compadre de todos... mira, sé k dicez k n' kieres ir pero si vas a Yuno... *hip*... sólo... sólo... vete a lo más profundo. Al sur... es un gran camino... ¡Sin pierde! Al sur... Conforme te acerques y veas que hay como un mercado y un chingo de gente... al fondo... ahí está, ahí está mi compa Vandt...
— ... Espero sepas que no pagaré tus cervezas.
Oh, ¿al sur? ¿En un camino?
Miró un mapa de la ciudad que estaba ubicado no muy lejos. Marcó con el dedo la ruta. Estaría en... miró detrás suyo, leyendo el nombre de la calle. St. Milant... ahí estaba. Ya se había ubicado. Muy bien. Ahora al sur, con un gran camino que bajase... se llevó la mano al mentón, evaluativo... Así que la cosa seria cruzar un puente, llegar a una gran plazuela ya que era la única vía de bajar hasta el sur de la ciudad. Y tenía varios rutas grandes... y sub caminos... y sí. Tenía toda la pinta. Se regaló una gran sonrisa.
Confiaba en su suerte.
— Ese tiene que ser.
Y empezó a caminar. No le tomaría mucho.
