Capítulo IV
A Wild, Wild Night!
Sus ojos recorrieron por tercera vez el panorama frente a él; si bien estaba acostumbrado a ver mucha gente reunida en un lugar, no dejaba de asombrarle la cantidad que ahí estaba reunida tan sólo en ese pequeño punto... De verdad que parecía como si toda la vida de la ciudad estuviera concentrada. Llena de sonidos, de aromas y colores. Sonrió ampliamente mientras se encaminaba. El bazar estaba abierto y las luces de las farolas hacían teñir todo con un aire festivo. Un poco más y juraría que el lugar fue echo para él. No pudo evitar una risa de gozo. Había todo tipo de personas ahí de ropas tanto excéntricas como misteriosas y además de varias profesiones. Le sonrió a una hechicera cuando esta accidentalmente le vio, respondiéndole el gesto mientras se alejaba. También había tiendas vendiendo todo tipo de basura y cosas extrañas, hasta criaturas encerradas en jaulas que te miraban penetrantes. Se inclinó al Yoyo que le hizo unas muecas para que lo liberaran. Pobrecito. Se volteó con unos lobitos del desierto que gimieron lastimosamente, llorosos.
Siguió caminando. Una succubus miraba la calle desde la alta ventana de una de las casas. Es posible encontrarte en lugares como aquel bazar monstruos que comúnmente jamás están en las ciudades. El hermoso demonio desapareció tras un movimiento de cortinas. Merick siguió caminando intentando ubicar si había músicos ahí puestos y sonrió con tristeza. De contar con alguna bailarina se harían ricos. Pero estaba solo. Igual necesitaba un lugar a donde fiarse.
Poco a poco las personas iban disminuyendo. La zona que estaba al fondo de aquel camino se abría dejando una especie de plazuelita a la vista, donde en el fondo logró notar a un par de violines y tambores rodeada de uno que otro público curioso de ellos. Eran buenos pero pensó que nada más les hacía falta una guitarra para cerrar el círculo perfecto. Se quedó ahí, cruzado de brazos. Observó por un rato a los músicos con una sonrisa en la boca, disfrutando del espectáculo. Por supuesto, ser músico no significa ser bardo, ya que la música es una pasión libre del alma. El mismo caso podría darse en los científicos: no significaba ser alquimista; o ser un guerrero y soldado no es lo mismo que ser caballero o cruzado. Había una diversidad de ramas que cada uno moldeaba a su misma manera. Desde warlocks hasta los mismos sacerdotisas. Se alejó unos pasos volviendo a retomar su decisión para llegar al bar.
Un grupo de personas cruzó frente a él hablando de nimiedades y en forma tosca, como si tuvieran la lengua dormida. Barrió con la vista los edificios y uno con aspecto muy cómodo y con el emblema de una ballena le saludó.
Luego de abrir la pesada puerta el frío de la calle desapareció entre la calidez y pudor del local. Las mesas estaban abarrotadas de comida y gentes con camareros que iban y venían aquí y allá, mientras que en los alrededores una esplendida barra de bar le llamó la atención, con grandes toneles de cervezas y distintos tipos de licores tapizando las paredes. Se acomodó la capa al tiempo que se sentaba en una de las sillas más próximas para conseguir todavía un panorama del lugar. En una esquina existía un templete, sin embargo, estaba vacío. El lugar resultó ser más calmado a lo que se imaginaba. Entretenimiento era lo que faltaba, asintió el trovador, ya que lo único audible era el simple y bruto bullicio.
Se recargó en una mano, viendo cómo hacerle. No tenía dinero ni para el licor más barato... Tamborileó los dedos, pensando qué hacer. Volver a las calles y cantar era lo más sensato, pero tenía frío. Necesitaba una bebida o mínimo algo de comer. Tampoco poseía nada de valor para revenderlo en el bazar y jamás, jamás empeñaría su guitarra.
Un platito de cacahuates y botanas estaba delante de él. Empezó a comerlas, ausente... Sin siquiera darse cuenta, depuró todo. Buscó con la vista alguno más... vaya, estaban ricas...
— ¿No seria preferible el restaurante?
Un hombre robusto y con larga barba llenó el plato con nuevos cacahuates, sonriendo mientras que el bardo carraspeó, apenado.
— Es que aun no me decido qué escoger —contestó Merick.
— Bueno, es viernes. Por lo general hay carnes, patatas, salsa... ya sabes, las típicas cosas de los bares.
El bardo rió quedamente.
— Llámelo vicio... pero siempre estoy dispuesto a empezar con un vaso de alcohol que cualquier otra cosa.
Luego de llenar un vaso de vino frente a él, el señor se llevó los brazos a la cintura. Merick se estaba arriesgando ya que no tenía nada con que pagarle pero su naturaleza pudo más que la voluntad. Se la bebió como si fuera lo mejor que hubiera saboreado en mucho tiempo. Dejó que el olor del alcohol golpeara en su paladar calentando la garganta. Pronto recibió otro vaso. El cantinero, tras una vista por si nadie lo necesitaba, se inclinó analizando con curiosidad al trovador. No era muy común verlos en Juno.
— No puedo creer lo mucho que necesitaba esto... —Merick sonrió melancólicamente, ya con el vaso vacío.
— Cada día —empezó el cantinero— atiendo a personas de distintas partes del mundo. Identifico uno que otro acento pero el tuyo... ¿de dónde es? Primera vez que lo escucho.
— ¿Mi acento? Mmmm... —se llevó la mano al mentón, frunciendo el ceño— Soy un trotamundos... así que no tengo acento, creo... no uno definido. Además, recibí educación para la voz en el gremio de Comodo, y siempre intento amoldarme cuando me quedo un tiempo en ciertos lugares. Seguro que es eso.
— Ah —el cantinero cerró los ojos, dejando la botella en la barra—. El nombre de esa bella playa me trae recuerdos...
— Allá es fiesta todos los días, ¿verdad? —se sirvió otro vaso. Con un estremecimiento notó que era uno muy bueno y ya bastante añejado... Bastante caro. Bueno, ya hacía el pecado. Se lo bebió, más gustoso todavía.
— Cuando me jubile planeó volver a ir —siguió diciendo el cantinero, mirando a una persona que se sentaba a un lado de Merick.
— ¿Cómo va, Vandt? —saludó el hombre de buena gana. Lucía con frío y el cantinero prácticamente ya le tenía listo un vaso de tequila.
— Sigh —suspiró Vandt, mirando con desosiego su local—. Es la época, Bill... las cosas van en mal en peor ¡Desde que tuvimos esa pelea con los músicos se han rehusado a venir! Ahora lo veo solo y triste...
— ¿¡Eh!? —Bill hizo una mueca, contrariado— ¿No has platicado con Yann Tiersen? ¡Pensé que sí!
— Sí, sí —puso ojos en blanco, bufando—. Ya lo hice pero hasta la siguiente semana su grupo de música podrá venir. Sabes como es de especial ese hombre. Mientras menos la trate, mejor; pero ya hablé, es lo que vale.
— ¿Y él? —Bill se volteó, mirando de arriba abajo a Merick, que estaba muy en lo suyo con la botella de vino—. ¿Suplente?
— Es un cliente.
— Salud —levantó el vaso, dándose aludido.
Bill volvió meditabundo hasta que vio la botella, frunciendo el ceño.
— Oye, ¿desde cuándo le das a un extraño eso y a mi no? ¡Siempre te lo pido!
— Bueno, ¿será porque los clientes sí pagan? —lo miró en forma inquisitiva.
— ¡Pero Van, si somos compadres!... Además, siempre te lo pago...
— Sí, cuando te acuerdas o cuando Marie te amenaza y te deja en la calle, a punta de escobazos...
— ... No es mi culpa de que tu hija sea tan bruta...
— Dilo más fuerte, creo que Marie no escuchó —una muchacha camarera entrecerró los ojos mientras que Bill se encogía en la silla, sacando una carcajada del cantinero.
— Oye, tú —Bill se inclinó, al oído de Merick—. Dame un trago de la botella. Acá te lo pago. Todos ganan.
— No molestes a los clientes —Bill puso ojos en blanco, cruzándose de brazos. Merick sonrió. Ahora sí que estaba jodido. La botella estaba por debajo de la mitad. Lenta pero bien disfrutada debajo de la mitad. Rayos. Empezó a reír. Estaba algo suelto, pero lo bastante sobrio para mantener la cordura. ¿Talvez fingir inconciencia? De seguro lo dejaban inconciente a golpes cuando fuera hora de cerrar. Y no, no estaba en condiciones para correr o algo parecido. Por otra parte, no era un vulgar ladrón... Debía de hacer algo y, recordando la conversación de aquellos hombres, le iluminó una idea.
— Decían que hay problemas con el ambiente del local, ¿verdad? Talvez yo pueda hacer algo.
— ¿Ah, sí? —Bill chasqueó la lengua, notoriamente desconfiado.
Merick sonrió y se dirigió al dueño de la taberna: —Sí, señores. Miren, véanlo así como un asunto de negocios. Yo puedo cambiar el ambiente de este lugar, por supuesto, por una modesta cantidad de dinero. No veo problema en eso; además de que sí le haría mucha falta, sobretodo porque aliviaría la espera del grupo de ese tal Tiersen.
— Ya veo—Vandt prestó atención— ¿Y de cuánto estamos hablando, precisamente?
— Mhmmh.... —Merick fingió que pensaba detenidamente en eso, mirando a todos lados—, ¡Ah! ¿Qué tal como esta botella? —propuso— Considere mis servicios a cambio de lo que vale.
— Hahahaha, imposible —Merick se sorprendió porque quien rió no fue Bill, si no Vandt—. Eso equivale a toda una noche de trabajo y tú sólo no podrás.
— ¿Significa que sí acepta la idea?
— Pues... sí —el tabernero asintió—. Me gusta, estaría dispuesto a eso. Vamos, que el ambiente jamás está de más.
— ¡Perfecto! Está de suerte hoy, mi amigo, porque cuento conmigo un grupo de músicos excelentes que vendrán hoy y ahora, y estaremos hasta el cierre.
— Recuerdo bien que eras un trotamundos —le contestó el hombre.
— Pero donde sea, la música es una pasión que nace del alma. Y como aquellos hombres no veo mejor ejemplo.
— Yo no veo a nadie contigo —Bill se irguió, buscando algún otro excéntrico.
Merick sonrió, mostrando sus dientes.
— Están afuera.
Rezaba porque aun estuvieran.
— ¿Afuera? Claro. Nada más sales y de seguro te tiras a correr, si ya me conozco el truco.
— ¡Señor, mire que descaro...!
— Tiene su punto —Vandt asintió, con la boca echa una raya—. La tiene. Es un descaro viniendo de ti.
— ¿Y así te dices llamarte mi amigo? —fingió sufrido.
— Tome —puso con suavidad su amada y preciosa guitarra delante de él, extendiéndosela al tabernero. Suspiró... se la estaba arriesgando. Pero tenía que intentarlo—. Esta es mi garantía. Cuando yo regrese con el grupo me devolverá mi guitarra... si no, usted ya la tiene. Le doy mi palabra.
— Está en buenas manos —asintió Vandt mientras Merick se encaminaba solemne hasta la puerta. Apenas hubo pasado y cerrado tras de si, y de que ese par ya no lo miraban, resopló nervioso, esperando volver a su compostura.
¿Cuánto había estado en el bar? ¿Media hora? ¿Una? ¿Tal vez más? Se maldijo internamente por no medir el tiempo al beber esa endemoniada pero deliciosa botella de vino. Corrió todo lo que pudo hasta el lugar donde había visto a los músicos...
... Sin embargo, ya no estaban ahí.
No se sorprendía. Bueno, que le pesara un alma sí, y mucho. Pero el frío había incrementado para entonces, además de que el público de esa noche no le había parecido tan alentador. Eran buenos, sí. Pero muy jóvenes y faltos de experiencia. Un grupo nuevo, definitivamente, con buenas alusiones a la práctica pero poner parte de su alma en ello es la parte que atrae a la gente. Y eso, se aprende solo.
Descartó la ruta del bazar ya que con los instrumentos caminar es incómodo... A ver, si él fuera un músico a dónde iría...
— Una mala noche, con compañía... no sería a la casa, ni a un bar, o un lugar público ni con mucha gente...
Anduvo deambulando con la esperanza de que en alguno de esos fríos y solitarios caminos lo condujeran a algún parque... caminó más de prisa cuando se encontró con una zona con árboles y bancas. Tenía un presentimiento, no sabría cómo describirlo, pero lo sentía. Empezó a internarse en el lugar hasta escuchar el sonido del agua de una fuente y murmullos. Paró su respiración. Aquellos jóvenes se habían parado un poco en las bancas a espaldas de la fuente y al parecer, levantaban sus cosas para retirarse. Corrió hasta ellos y cayó, con las manos hasta las rodillas, respirando dificultosamente.
— Es-... esperen.... —se sentó en la banca sofocado, conciente de las miradas de sorpresa.
— ¿A dónde...? —resopló, ya más controlado— ¿A dónde creen que van?
Los tres jóvenes se observaron, todavía en las mismas.
— Qué si a dónde van, les pregunto. Cielos, los he estado buscando, díganme que aun tocarán esta noche, por favor...
— Eh... ¿Señor? —dijo uno de ellos, algo dudativo—. Lo sentimos pero ya estamos cansados. Queremos retirarnos.
— Talvez mañana... —añadió otro, volviendo a agarrar las cosas dispuestos a marcharse.
— Suerte...
Merick, que ya había respirado suficiente aire, corrió bloqueándoles el paso. Oh, no. No se irían. No lo iba a permitir. Los jóvenes que ya habían dejado la sorpresa inicial atrás se miraron y fruncieron el ceño, preguntándose cuál era el problema con el hombre. Ahí notaron algo que les llamó significativamente la atención.
— Un bardo. Eres un bardo.
— Hey, ¡siempre quise conocer a uno!
— Vaya, señor Bardo. Lo lamento pero como llegó así no lo identificamos... —dijo uno dejando el estuche del violín para estrecharle fuertemente la mano— ¡Siempre me he tenido el sueño de convertirme en bardo! ¡Ya sabe! Aunque mi familia no lo permite pero... ¡Vaya!
— ¡Es un honor, en serio! —se le acercó otro.
Merick parpadeó. Normalmente sonreiría por tales halagos pero su determinación estaba antes, y era perfectamente visible en su mirada. Les invito a que se sentaran y lo hicieron. Los analizó rápidamente. Tenían buena ropa y un acento educado, además de que los instrumentos tenían buenos estuches. Miró los zapatos. Sin contar la escarcha y el fango, estaban nuevos. Jóvenes de la buena zona de la ciudad.
— Hace un par de horas vi la forma en cómo tocaban y créanme, sé identificar a las personas según lo que inspiran. Reconocí su entusiasmo, que querían hacer algo bien y son excelentes, pero de igual manera, ustedes son muy jóvenes y necesitan un ambiente donde pongan a prueba todo lo que son. Un público. Sentir lo que es estar frente al escenario... sentir el poder que tienen sobre ellos. Necesitan para eso un guía y yo, caballeros, soy aquel que los sacará a la luz.
— Es-espere un momento... ¿qué dijo?
— Quiero que toquen conmigo —se llevó la mano al pecho, enfático—. ¡Hay un público que les espera!
— ¿Un público?... ¿Hoy? ¿Ahora?
— Por favor... hemos estado desde la tarde, andamos cansados...
— ¿Pero qué les pasa? —exclamó ofendido— ¡Hoy es la oportunidad de sus vidas! ¡Vamos, si la dejan pasar cometerían una grandísima estupidez que no los dejará dormir jamás!
— A ver... —habló el que parecía ser la cabeza de los tres— si es verdad aquello que usted dice...
— Y es verdad.
— Muy bien... ¿en dónde es la presentación? —preguntó, pensando que diría un parque, un jardín, algún pequeño salón...
— Es en un bar.
— Oh —se tranquilizó— ¿Cuál bar? ¿Cómo se llama?
Buena la pregunta.
— Es el bar del señor Vandt.
Uno de ellos se ahogó y fue necesario que le golpearan la espalda. Pero los otros dos lo miraron como si tuviera dos narices en la cara.
— ¿La... 'La Ballena Blanca'?...
— Se está burlando... —murmuraron sin voz.
— Les vuelvo a decir de que es verdad —Merick se llevó las manos a la cintura en forma desaprobatoria.
— Pero... no es posible... ¿Nosotros? ¿Por qué tocaríamos ahí?... ¡Es el lugar más famoso de la zona sur!... ¿Quiénes somos para...?
— Hey —exclamó, callándolo—. Se los ofrezco. Seguro tendrán bebidas gratis, un plato de cena y si tienen suerte conocerán la cama de una hermosa señorita —murmuró, pero ellos seguían confundidos—. Cualquiera diría que no quieren... Se los pongo sencillo: o son ustedes o será el grupo de aquél Tiersen los que cantaran en aquella tarima. ¿Tienen las agallas? ¿Sí o no?
El que se había ahogado terminó escupiendo y Merick retrocedió un paso, parpadeado. Medio se había compuesto, al menos lo suficiente para decir que Yann Tiersen era uno de los músicos más famosos de toda la ciudad. El trovador se cruzó de brazos poniendo ojos en blanco. Sí, sí, como si le interesara tanto Juno...
Les volvió hacer la oferta, esperando la respuesta definitiva. Dudaron unos instantes, ¿no alucinaban? Asintieron por primera con un nuevo entusiasmo mientras que el bardo suspiró triunfante y aliviado al mismo tiempo. Empezaron hablar entre sí en cuchicheos hasta que sintieron un nuevo aire de vitalidad en aquel frío ambiente y hablaban emocionados y muy alto, algo que hizo sonreír al trovador.
— Por cierto, ¿cómo se llaman? —los miró de soslayo.
— Yo soy Mael y toco el violín...
— Rogger, el de los tambores —cantó el otro.
— Aramís, segundo violinista —este era el más tímido; no por nada se ahogó.
— Merick, El Trovador. Y mi instrumento es la guitarra.
— ¿Oh? —Mael se quedó parado, ladeando la cabeza— ¿Qué no tocaban violines?
— Violines, Guitarras, Liras, Arpas —enumeró, soltando una risa—... algunos manejan flautas o hasta bajos. Cualquier cosa que haga ruido sirve.
— Eh... ¿Señor? ¿No es para acá la dirección del bar? —dijo Rogger apuntando el camino opuesto. Regresando sobre sus pasos, Merick miró la calle.
— Ah, que tonto soy, pero como veo todo exactamente igual...
El tabernero Vandt levantó la vista en medio de una plática. Parpadeó al ver al bardo y detrás de él, un trío de jóvenes que miraban fascinados pero sobrecogidos alrededor. Con aquella capa ondeando, su porte y la sonrisa orgullosa bien se habría dicho que era el invitado de honor de la noche. Fue incapaz de ahogar una risa llamando la atención de muchos, quienes voltearon a mirarlos, quedando sorprendidos.
— ¡Buena, buena! —exclamó alguien mientras empezaban a sonar chiflidos y demás.
— Le presentó a estos jóvenes —Vandt sonrió amablemente para no intimidarlos, de por si lucían nerviosos—. Nada más una copita para que entren en calor.
— Ya veo que sí eres de palabra —dijo el hombre mientras le pasaba su instrumento musical. Se sentó mientras un coro de hombres y mujeres se mostraba curioso.
— ¿Van a tocar? —preguntó una camarera acercándose. El trío asintió ligeramente ansioso. Mientras tanto, Merick mantenía una conversación con Vandt y un grupo de gente de lo que tenía planeado. Todos asintieron, nada más esperando a que limpiaran el templete.
Agarrando la famosa botella de vino subió al escenario mientras con cuidado los jóvenes dejaban los instrumentos en el piso. Merick les indicó la forma en que debían acomodarse. Mientras afinaban los instrumentos, el local que seguía con una muy buena cantidad de gente se volvió hacia ellos. Los tres jóvenes intentaban relajarse, así que Merick fingió que evaluaba la acústica un tiempo extra.
— ¿Con cuál melodía entran? —preguntó en voz baja.
— No... no tenemos una... son al azar —contestó Rogger.
Merick asintió. Soltó una sonrisa y tocó un requinto clásico que le enseñaron en la academia de música. Siempre era buena para todo.
— ¿La conocen?... Perfecto. Calmados —les dijo— yo seré quien vaya a vuestro ritmo...
El joven del tambor empezó a percutir su instrumento muy lentamente dejándose llevar, sobrepasando el nerviosismo inicial cuando el local cayó en silencio. Como si aquello fuera su motivación aumentó el ritmo de la misma forma que lo hacía cuando practicaba con sus amigos hasta el amanecer. Merick tanteando con el pie el ritmo, indicó con un mirada a los jóvenes a que empezaran con él y, a pesar de lo curioso de la combinación de semejantes instrumentos, tocaron en perfecta armonía siendo el bardo quien guiara al principio y poco a poco hacia de acompañamiento para destacar a los muchachos.
El ambiente empezaba a hacerse más suave y fluido conforme tocaban. Fue realmente agradable cuando les recibieron con aplausos de la introducción, no faltando aquellos que los animaban para la siguiente. Mael, Rogger y Aramís estaban colorados pero bastante contentos al respecto y apenas se habían puesto de acuerdo con el trovador volvieron a tocar, en una de las favoritas del violinista más tímido, luciendo su destreza.
El señor Vandt se sorprendió del cambio radical que se veía antes y después de los músicos. Sí que sabían cómo hacer ambientes ya que se notaba mucho la simplicidad y gusto que le dedicaban, como aquella naturalidad innata que se nace a veces. Varios clientes llegaron y lo primero que hicieron fue quedarse plantados en la entrada reconociendo un ambiente de fiesta. Rápido tomaban lugares, decían algo entre si con bebida en mano y volteaban, cuando el público rompía en aplausos ¡Noches así era lo que necesitaban!
Los empleados bajaron un poco la iluminación centrando el escenario. Ya para las siguientes canciones los cuatro se empinaban rato a rato las copas y quitándose la ropa para refrescarse. Los elegantes abrigos de Mael y Rogger estaban hechos bola en las sillas y Merick se había desprendido de la capa; notando ya lo tarde la gente se retiraba, pero fácil había suficiente repertorio para decir que estarían dispuestos un par de horas más. Quitándose el sudor de la cara, el trovador bebió con gusto un gran trago de vino. Era su cuarta botella. Se tronó los dedos y, pensó que ya el ambiente era muy propicio para melodías calmadas. Propuso la idea y, en la que sería la última ronda se dedicarían a los boleros.
— Oye Van, ¿dónde conseguiste a esos muchachos? Dime y a la otra traigo acá a mi dama. Ah, les manda saludos.
— Igual para ella —sonrió el cantinero, relajándose mientras se sentaba—. Y ellos... me cayeron solos. Que suerte tuve.
— ¿Y qué pasó con el grupo de Tiersen? —preguntó mirando como unas parejas y meseros se levantaban comenzando a bailar— ¿Cómo estuvo eso? ¿De que venían la siguiente semana?
— Pues sí. La siguiente... estaba pensando justo en eso... ¿pero sabes? —y bajó un poco la voz, confidencial— Tiersen no me agrada...
— Ah... ¿y les propondrás contrato a estos muchachos? —sonrió.
— Creo que así todos ganan.
Merick terminó la pieza tras un esplendido arregló y miró a los jóvenes. Se notaba que pasaban una de las mejores noches de su vida y luego se detuvo a mirar a las parejas. Se preguntó cuándo fue la última vez que bailó. Miró al público mientras que Mael, acá ya bien soltado le comentó de una bellísima canción que, efectivamente, él conocía. Se paró de la silla y fue a donde estaban sus cosas, limpiándose las manos con un trapo. Al levantar la mirada sus ojos chocaron con unos ojos de un violeta claro y unos suaves labios que le sonrieron. Contestó el gesto y, distrayéndose por el clamor del público, volvió a acomodarse. Miró a la mujer, la cual pasivamente recargó el peso de su cabeza sobre su mano.
Él empezó la melodía con el bello juego de los violines y el adictivo sonido del tambor. Se sorprendió de que sonriera en medio de la tocata, sabiendo que en la parte clímax era exclusivo en un requinto de guitarra. No supo por qué pero insistió en ver los ojos de aquella mujer. Ahí seguía y, como si fuera dedicado para ella, cerró los ojos ejecutando los complejos movimientos en forma magistral ganándose el atronador ruido de los aplausos. Normalizando su respiración sintió como acá Mael le palmeara la espalda. Sonrió divertido. Se mordió el labio inferior y levantó la vista a donde la mujer, pero ella ya no estaba sentada. La buscó con la vista y la descubrió en la mesa del bar, pidiendo una copa. Algo le había llamado la atención.
— Cúbranme en la siguiente, muchachos.
Dejó con cuidado la guitarra recargada en la pared y caminó en forma ligera para tocar sutilmente el hombro de la mujer. Dio una reverencia extendiéndole la mano, en clara invitación a un baile. Ella, que se mostraba sorprendida, asintió con una sonrisa. Merick suavemente agarró su mano y colocó la otra en la cintura, mientras ella se posaba en el hombro de él. Fue un suave baile de violines. Aspiró la tenue fragancia de jazmín que emanaba cerrando sus ojos, disfrutando de la compañía.
— ¿Qué te ha parecido el concierto? —empezó preguntando Merick, calmadamente.
— La música me ha parecido bellísima, y con ese baile, encantador. Diría que desde hace mucho que no me sentía tan cómoda así.
— ¿Cómoda? —repitió él —. El ambiente es bueno pero a pesar de que sé que mi mano está adolorida luego de tantas horas... no la puedo sentir... ando nublado por el vino.
Ella rió divertida.
— ¿Fue por eso que me sacaste a bailar?
— No —le contestó, mientras se acercaba para hablarle en el oído—... No sé si lo sepas pero mi última melodía la toqué especialmente para ti. Tus ojos y esa bella sonrisa me impulsaron a invitarte...
— Mira que para ser adicto del alcohol te lo tomas muy bien —informó mientras aplaudía cuando la melodía hubo terminando—. Mucho mejor que cualquiera que yo conozca... —ella le volvió a agarrarle de la mano, acercándose— ¿Otro baile?
— Encantado.
Era una calmada y romántica melodía que la pareja disfrutó. Tal vez sea el ambiente. En alcohol en la sangre. El aroma de ella. Sus ojos y su suave piel. O todo al mismo tiempo lo que le hicieron hacer lo que hizo. Pasar con suavidad el brazo por detrás de ella e inclinarse con los ojos cerrados depositando un beso en los labios. No lo rechazó pero tampoco lo respondió. Se alejó lentamente pero cuando ella lo miró a los ojos pasó sus brazos por detrás del cuello y se hizo para delante, correspondiéndolo, muy despacio pero él la abrazó con fuerza. Cuando le separó la miró con una sonrisa mientras que ella miraba atentamente el reloj del local. Su cara estaba lleno de significados que no supo cómo interpretar. Agarrándolo de la mano lo llevó hasta la puerta...
— Vamos a mi casa... —le dijo la mujer.
Fueron las palabras que cambiarían su vida, sin tener aun la mínima idea en ese instante.
