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Capítulo V

Toda Solución Engendra Nuevos Problemas

Se removió de forma muy placentera cuando la indiscreta luz del sol se coló por la ventana de la habitación. Iba a seguir durmiendo, ese era su plan, a pesar de no pensar en absoluto. Desamparado el día anterior, luego un haz de luz de suerte acompañado de bebidas y fiesta para consumar el acto en una bella y preciosa mujer... Las almohadas eran suaves y la cobija cálida pero no necesitaba abrir los ojos para sentir el calor que emanaba el cuerpo acostado junto a él. Se inclinó hacía delante, delineando con su mano el hombro y luego su espalda, aproximándose... depositando un beso en el cuello provocando que el cuerpo se moviera...

Sonrió, con mucho gozo. Hay ocasiones donde no se necesita ver en absoluto... donde sentir, tocar y escuchar; comer y tomar es todo lo que basta. Haciendo que la cosa más sencilla sea mucho más grande y exquisita... pero quería verla... sus hermosos ojos, aquella boca que anoche probara hasta desaparecer... paso una mano por el cabello de su nueva, y en cierta forma, desconocida amante mientras que con la otra rodeaba su cintura para acércalo a él. Tuvo la idea de darle los buenos días... y talvez, de proseguir del acto de la media noche...

... Pero apenas le volteó, vio que abrazaba a un hombre y este tenía los ojos muy, muy abiertos mirándole con un miedo inhumano que jamás creyó observar...

Merick se quedó boca abierto...

... ¿Qué...? ¿Cómo...? ¿Dónde estaba ella...? ¿Por qué...?

El tipo soltó un alarido de terror destrozando su garganta y prácticamente tan fuerte que habrían de escucharlo más de uno desde la calle; golpeó fuertemente alrededor en forma histérica intentando alejarse de él y Merick, totalmente paralizado y sin respiración, recibió dicho golpazo en plena cara soltando un gemido de dolor antes de cubrirse. El extraño, al intentar levantarse, resbaló del colchón retumbando en un sonido seco al estrellarse contra el piso, todavía hecho un manojo histérico... pero es que era un hombre... ¡Un hombre! ¡Había despertado con un hombre, por el amor de Dios!

El trovador (¿O el "Intruso"? viéndolo desde el punto de vista de aquel extraño) se volteó todavía escuchando las frases, ahora bramidos de enojo puro, poniéndose lo primero que tenía más cerca que eran los pantalones a mitad del piso. Terminaba de abotonárselo y (de una forma que él no se explica) logró esquivar un florero volador que terminó desparramado en la pared. Soltó un chillido y se escondió tras un destartalado mueble cuando aquel extraño le había arrojado una cuchilla. Acercándose arrojó una más y otra más con temible puntería (¡¡El puñetero tipo SABIA tirar!!) y por unos segundos todo lo que vio Merick fue plumas en el aire, seguramente de aquel cojincillo que estaría en el mueble...

Calculó rápido... ¿Y su guitarra? ¿Su demás equipo? Donde tenía una daguita, multiusos... ¿¡Y su cinturón!? Miró a todos lados y maldita sea, no había nada... nada más la capa, que estaba hecha bola en una silla... y sus botas... a un lado de una botella de puro alcohol...

... Había abandonado todas sus cosas en la cantina ayer... Dios...

Aún con el horror en la cara el maldito tipo se plantó frente de él atizándole una patada que lo arrojó boca arriba. Tosió roncamente mientras se obligaba asimismo a abrir los ojos para observarlo. Había dejado de gritar para algo peor: lo miraba fríamente, con un odio innatural y se movía con tal desenvoltura que llegaba al mayor nivel de agresividad que él conocía... El desconocido blandía una daga en su mano derecha y se le había echado encima con una expresión que le heló el corazón... vio cómo levantaba el arma que agarraba con fuerza, hasta el momento donde la dirigía hasta su pecho...

Cuando la vida peligra el instinto de supervivencia supera cualquier cosa razonable llevando hasta el límite las acciones de uno mismo. Y por esa razón, Merick utilizó uno de los recursos que jamás creyó utilizar, algo que sólo un bardo es capaz de hacer. Algo que proclaman todos como la última vía desesperada. Ahí, en el suelo, lo único que le vio hacer el asesino fue que aspiraba aire y abría la boca antes de emitir un grito que se expandió por todo el dormitorio. Un grito que había superado el suyo a escalas innombrables. Fue como si le clavaran alfileres en los oídos. Se echó para atrás tapándose con las manos casi hasta el punto de hacerse él mismo daño. No era capaz de moverse. El bardo se levantó y embistiéndolo con el hombro lo tiró hasta la pared donde se estrelló con unos estantes causando un estrépito cuando todo se le vino encima.

Logrando reaccionar levantó la vista. Pero el trovador había agarrado todas sus pertenencias y echado a correr, desapareciendo de un portazo.

El sujeto se levantó y gruñó, por encontrar su cuerpo tan adolorido.

— ¡¡MALDICION!! —gritó, rompiendo el denso silencio que causara la huía del trovador.

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El cual, no estaba mejor.

Corrió todas las calles que hubieran sido necesario para sentirle lo bastante lejos de aquel sujeto que casi lo asesinaba...

Asesinaba...

Aminoró el paso cuando su cuerpo advirtió del terrible frío de la mañana.

Al parecer Juno está lleno de parques, pensó él sentándose en una banca que se encontraba a mitad de una de las arboledas regularizando su respiración. Juno es horrible. Si antes no le gustaba, ahora lo afirmaba... Es helada. Es hostil. Lo que él odiaba ver ahí estaba. Gente rica, gente pobre, la muy marcada diferencia... sin contrastes salvo el feo y ambiguo gris...

Detesto estas ciudades, murmuró con la cabeza echada hacia delante.

Una vez ahí, se detuvo a pensar lo que le acababa de suceder...

Y no le encontró sentido alguno.

¿Por qué demonios había despertado con un hombre?

¡¿Por qué?!

Anoche se presentó en aquel bar... luego bailó con aquella mujer... esta la llevó hasta su casa, hasta su habitación y pasó lo que pasa cuando andan dos adultos alcoholizados y hay una buena cama de por medio... o para ser más precisos, él era quien estaba alcoholizado... la mujer estaba más que sobria y entera para todo...

Y ahí estaban los hechos.

Había despertado con un hombre.

¿Por qué...?

— ¿Estaba tan ebrio?

Como sea... se sentía horrible. Sin ningún ánimo. Mientras más estuviera en esa banca, alejado de todo, mejor. No quería admitirlo pero estaba mareado. Y ahora se sentía solo...

Era un bardo solo.

Sin hogar. Sin comida. Sin dinero... ahora, sin amante...

No era que la extrañara mucho. No lograba ubicar cómo se llamaba... (¿Le había dicho su nombre? No lo sabía) pero mientras ignorase lo que hubiese pasado para encontrarse con ese sujeto... que pensándolo bien... Merick se golpeó la frente, hundiendo la cara entre las manos. Hasta ahora se daba cuenta de un puñetero detalle...

Ese sujeto era idéntico a la mujer. Mismas facciones. Definitivamente, de la misma sangre.

¿Su hermana? ¿Por eso lo había atacado? ¿Se había acostado con su hermana?

Eso no explica por qué ese había estado dormido en la cama... a menos de que esta se hubiera retirado y sea la costumbre (o una relación de incesto) el hombre a media noche se tumba pensando que Merick fuese ella y...

... Y la idea le daba asco.

Bonita forma de empezar un día. Se tuvo que levantar. Si bien le gustaba la idea de dejarse perder en pensamientos no era una opción. Su guitarra y pertenencias deberían de estar en el bar. Gruño ¡Una copa de alcohol cómo le caería bien! Pero estaba decidido en abandonar Juno lo más pronto posible. La ciudad más cercana era Aldebarán. Estaba al sur, tras una serie de cordilleras y estepas. Que sean mil cordilleras, se dijo.

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Alexander Vandt es un hombre razonable. Por eso se iba a dormir, y si estaba ahí levantado era por el simple hecho de ser buen administrador y dueño para ver cómo arreglaban todo. La Ballena Blanca es un bar de noche. Nadie quiere tomadores desde la mañana, era su pensamiento, aunque jamás lo decía ante los clientes. Inventario, listo. Mesas, sillas. Toda su barra, listo y listo.

Por eso cuando la puerta se abrió miró curioso, en medio del ruido que causa un mesero al barrer. Nuestro bardo (extraviado, feliz de dar por fin con el lugar) se tumbó en la silla más próxima como hiciera unas horas antes. Pero ya no observaba el lugar. La frente la tenía apoyada en la mesa y soltó un sonido inteligible cuando el mesero se acercó, posiblemente para preguntar si deseaba algo.

Con un gesto, Vandt indicó que él se encargaría.

— Sabía que regresarías por ellas —puso el cinturón junto las demás cosas a un lado. El bardo se restregó la cara con la mano, como si se encontrase enfermo. Sin decir nada extrajo un vaso y lo llenó.

— No tengo dinero.

El tabernero no le entendió bien.

— Ayer, en la noche, no tenía dinero. No conocía a esos músicos. Y sigo sin tener dinero ahora.

La sonora carcajada le extrañó un momento. En realidad, no esperaba una reacción mala. Pero tampoco que se riera. Vandt lo miró con una sonrisa, insistiendo en que tomara la copa.

— El dinero no lo es todo y tú ya me has pagado lo suficiente.

— Gracias.

— ¿Mala noche? —dijo el cantinero—. Si no mal lo recuerdo, terminaste saliendo con una señorita... —se detuvo cuando el bardo levantó la mano.

— No me lo recuerde...

— Oh, por eso tu mala noche... —dedujo, recargándose en la barra—. ¿Sabes? Yo tuve una esposa que me hacía sentir querido y me recompensaba el trabajo arduo que era mantener este bar en el principio. Con ella lo fundé. Entonces, era muy joven. Ella fue la idea de que se nombrase La Ballena Blanca porque... no sé —se rió, negando con la cabeza—... era sacado de su libro favorito. Yo jamás comprendí esa novela pero a ella le encantaba...

Suspiró, con la mirada melancólica hacia un lado.

— Este lugar sigue teniendo la calidez de ella... Talvez por eso sea famoso, no sé —se encogió de hombros, riendo—. Algo tiene que te hace regresar a él. Te hace sentir cómodo. Te llena de vida... por eso quería agradecerte lo que hiciste por mi anoche. Al traer esa música me hiciste sentir una vez más lo que representaba este lugar para mí... Sin hablar de esos muchachos —agregó, antes la mirada sorprendida de Merick— los cuales lamentaron mucho no poder hablar contigo. No te iban a dejar solo, te lo aseguro. Yo apenas pude quitármelos cuando les ofrecí un contrato.

— No quiero ni pensarlo —bromeó, sonriendo una vez más a como era de él.

— ¿Qué planeas hacer ahora? —preguntó— ¿Seguirás en Juno?

— La verdad... esta ciudad no es para mí —contestó, con ojos muy abiertos—. Seguiré la ruta al sur. Aldebarán es una ciudad que adoro y jamás he pasado por la cordillera de Schwarzwald... talvez saque una canción o dos. Ya sabe, de esas que dicen "¡Y ahí quiso comerme un troll...!"

— El camino es muy fácil —rió—. Yo he ido muchas veces. Aunque mis años ya no me lo permiten, voy una vez al mes o mando a Seele en mi lugar.

— ¿Seele?

— El mesero que hace rato barría.

— Oh... ¿y a qué van? —dijo interesado.

— Es una de las razones de porque este bar es exitoso, económicamente hablando. Somos el proveedor de alimentos de la Academia Kiel Khayr que se encuentra en medio de las estepas de la república. Es una vieja asociación ya que su fundador era originalmente de esta parte de Juno y amigo mío. Agarramos carrozas, le llevamos todo y por supuesto, cuando necesitan de algo de repente se las damos. Es viaje de un par de días pero la ruta es segura.

— ¿Segura? Vaya, yo pensaba que era difícil —dijo Merick, sorprendido—. Siempre escuché que habitaban feas cosas ahí.

— Las hay. Pero desde años para acá, la ciudad creo una ruta que se eleva y recorre lo más alto entre la cordillera. Lo que es peligroso es la parte de abajo aunque... Bueh, es de la que todos hablan. Por supuesto, si te caes del camino ya no puedes volver a subirte. Así se evitan los asaltos y muchas cosas desagradables...

— Ya me imagino.

— Lo malo, es que necesitas un permiso para que pases. Si no los tienes no te dejan pasar y si insistes, te meten a prisión. Es dura la política... Mira, y pensando que vas para Aldebarán —prosiguió el cantinero— podrías acompañar a Seele en la siguiente entrega. Como estamos a principios de mes pasado mañana iba a ir. Algo de compañía no le hará mal al pobre... ¿Qué tal eso?

— ¿Está seguro? —frunció el ceño, dudativo— Apenas me conoce... ¿no habrá problema alguno?

— Si hubiera alguno, ¿crees que te lo dijera? —dijo él, cruzado de brazos y con una sonrisa en la boca.

Merick soltó una risa todavía escéptico, sin dejar de mirarlo. Pero bueno... iba empezando el día. Y era, seguramente, la solución que le estaba esperando.