Capitulo VI
El Asesino
Estaba pensando en medio de la oscuridad, en un silencio opresivo. De ese tipo de silencios que parecen tener viva propia, que te ensordecen, que te ciegan, que te mudan. En una habitación echa pedazos, con cristales rotos, con plumas en el suelo, él estaba ahí, sentado y mirando la nada.
La nada.
Sus ojos yacían vacíos dando la impresión de que llevaran años sin vislumbrarse luz alguna por ahí. Miraba a la nada, nada más. Una sensación fría palpitaba tenuemente las paredes; paredes magulladas por la soledad, estériles y sin color. Ningún adorno. Ningún retrato. El agua derramada en el piso era de un florero que ni siquiera era suyo. Estaba en mil pedazos, como si una daga hubiera atravesado su corazón destrozando las bellas flores, cuyos pétalos se desplazaban tenuemente como el camino de sangre que se libera y va a parar a un punto sin fin.
Aquella cama no era suya. Aquella almohada, aquella cobija, aquella mesita, aquel espejo no eran nada de él. Ese lugar no era suyo. Él era un huésped. Él era intruso. Él era un parásito. Vivía ahí y al mismo tiempo no residía en ninguna parte. Ni aquel librero, ni aquellos estantes o los libros tirados... ¿Los había leído en alguna ocasión? ¿Había leído en alguna ocasión? Ni esa alfombra, ni esa lámpara o ese sillón de cojines desplumados...
Lo único que pertenecía a él era el caos. Era el desastre. La destrucción.
Pero no había sido él quien fue ahí par violar el lugar sagrado que aquella mujer le había creado.
Se sentía corrompido. Se sentía enfermo. De que un sujeto había ido hasta ahí para profanar lo poco que poseía. Si bien no era suyo, era parte de su mundo. Un lugar que reconocía. Un lugar donde llegar a mitad de una fría noche y refugiarse con un poco de calidez.
Sí, él lo había destruido. En eso había sido su culpa. Y le dolía.
Pero había sido ultrajado en su propia cama por un extraño. Aquel que había estado ahí. Aquel que había dormido ahí. Aquel sujeto que seguramente besó a su querida mujer. Aquel que la abrazara. Que la penetrara. Que la poseyera... Y si había hecho eso con ella... entonces él... él...
Su cuerpo había sido violado. Profanado. Aquello poco que aún poseía ya no era solo de él. Era de alguien más. Y necesitaba morir. Lo mataría. Por él. Y por ella. Sólo existía una verdad. Y residía en la memoria de aquel hombre. De aquel sujeto que de la noche a la mañana, sin darse cuenta, había firmado el final de su vida.
No se rió. No existía humor en aquella cara. Su boca parecía decir que no conocía el significado de la palabra sonrisa. Pero se hizo para delante, con los ojos cerrados. Cerró sus manos sobre los brazos del sillón.
Se levantó y sus ojos seguían tan fríos como antes. Sólo que con una diferencia.
La sombra de la venganza nadaba en ellos.
Ah, pero qué cosa más placentera es la tarea del cazador. Ver a su presa. Jugar con ella. Acorralarla. Sentirse poseída, ante la inevitable verdad que simbolizaba su muerte. La victoria y el poder. Eran lo que amaba sentir Ikaro cuando cazaba. Observarla. Tenerle cerca. La emoción de la presa al sentirse descubierta. El miedo. El excitante miedo. Moverse en la escudad. Ser parte de la oscuridad. Ser el que tenga el control. Ser la diferencia de la vida y de la muerte.
El día apenas comenzaba. La helada era densa y se colaba por toda la habitación mas no era algo que sintiera. Frío. Calor. Delicadeza. Dolor.
Je.
Él no sentía nada.
Nada.
Sólo el placer. En una forma animal, primitiva. El placer bruto. El delicioso. El... cautivador.
Aquel placer que provenía de los ríos de sangre.
¿Acaso no son hermosos?
Sí, lo eran. Lo eran. Ikaro se recordó a si mismo sonriendo tiernamente el día que su cuerpo lucía manchado de escarlata y blandía con firmeza aquel cuchillo, la cual tocara en lo profundo al ser de la carne tibia que yacía frente a él... Esa sensación de extraña paz, de la tranquilidad. Todo el frente tan claro, despejado. Sus pensamientos eran limpios. Un estado adictivo. La sangre era una adicción. Y lo posterior al acto lo era todavía más. La planificación. Extender hasta el máximo el sentimiento. Saber cada detalle. Sentirse satisfecho mientras lo elaboras. Ser la mano maestra. El titiritero. Que todo lo que haces tendrá su ejecución.
Todo eso era... era... simplemente hermoso.
Eso le gustaba a Ikaro. Y en medio de la soledad, en aquel espacio destruido, de aquel caos magistral que hacía equilibrio a todas las cosas, él estaba ahí, sonriendo y mirando el espejo. Por primera vez en muchos años se reconoció. Había olvidado aquella cara. Aquella que lucia llena de dulzura.
Como buen cazador planificaría el momento. Cada detalle. Y esa misma noche, aquel hombre que había entrado de esa forma en su vida, morirá.
'
Merick sonrió cuando las monedas saltaron dentro de la bolsa. Él vendía sus servicios, y en esa lista entraba el hecho de dar un modesto pero bonito espectáculo en aquella área del parque de la zona rica de la ciudad. Personas jamás faltaban. Era como si salir a caminar en parejas fuera algo necesario. Mantenía su concentración. Su gracia. La felicidad en la rítmica de cada una de sus notas. Los cautivaba. Era la magia que hacía brotar templanza innata de ellos. Fue más y más rápido hasta romperse en la parte del clímax. La guitarra descansó y lentamente alejó su mano de ella. Lo siguiente que supo fue un coro de aplausos.
Y más sonidos de monedas.
Agradeció ligeramente con la cabeza. En primera fila estaban unos niños inquietos pero que nada más por él se habían comportado. A que ni lo hacían con sus madres, es seguro. La mayoría eran jóvenes y un par de personas mayores. Cada vez era más tarde pero llegaban y se iban todo el tiempo. De las más alegres pasó a las más lentas y pronto adquirió aquel tono que era única de su persona, aquella que, sin darse cuenta, reflejaba el fondo de su alma.
Una música profunda pero extraña en sus matices. Carentes de felicidad y dureza. Si no algo mucho más sutil... más suave... triste y solitaria.
Melancólica.
¿En realidad era melancólico? Merick siguió tocando con los ojos cerrados, sintiendo el vibrar en el aire. Ya era muy tarde, sin embargo, ahí seguía él. Había una pareja que le había sido fiel desde el inicio del día y sintieron que era el momento para seguir adelante. Felicitaron al trovador por su magnifico trabajo y le fueron muy generosos. Sin decir nada realmente el bardo suspiró mientras se recostaba y descansaba su cabeza haciéndola para atrás. Y así, se quedó solo.
Solo.
Jugó con los dedos sobre la madera de la guitarra. No tenía ganas de moverse. No es que tuviera lugar a donde ir de todas maneras. Hasta mañana había quedado con verse con el tabernero para ir de pasajero hasta aquella academia y de ahí iría a pie hasta localizar Aldebarán. Se acostó en la banca con la vista en el cielo carmín. Acá a media hora oscurecería, le dijeron las estrellas que le espiaban. Se acomodó la capa alrededor del cuerpo y puso la bolsa en su regazo. Y en los últimos momentos se dedicó como contador.
No ganaba nada mal. Absolutamente, nada mal. Bastante a lo que se conseguiría en Morroc o Rachel. Pero aquella ciudad tenía la cualidad de matarte desde adentro. Y mientras más temprano se fuera, mucho mejor. Encontraría una cenaduría o algo más cálido, así que se levantó, acomodo todo y comenzó a recorrer en silencio hasta llegar a las calles bordadas por los muros de las casas. Le gustaba que en cada cuadra estuviera un farol. Él no temía recorrer a oscuras pero si lo evitaba, lo hacía. Mientras decidía qué calles tomar, sacó una botella de vino que el tabernero le había regalado. Nada mal para conservar un poco el calor.
Escuchó ruidos en cosa de unos minutos. Eran voces de niños. Risas y varias cosas indiscretas. Frunció el ceño cuando llegó al final de la calle. Era un pequeño grupo que tenía pinturas entre las manos y hacían imágenes anarquistas en uno de los amplios muros. Observó grafitos pero ninguno era realmente entendible. Cuando se sintieron pillados dieron a la fuga con dirección al parque que estaba detrás. Parpadeó, negando divertido con la cabeza. La zona rica ignora mucho de la zona pobre, y aquellos niños lo sabían perfectamente. Prosiguió la caminata pero pisó accidentalmente una tiza olvidada. La levantó, jugando con ella entre los dedos. Sonrió pero, cuando se disponía a arrojarla, se quedó quieto un momento.
Era algo que desde la mañana le había perseguido. Intentó olvidarlo pero fue inútil. Observó a todos lados. Ningún guardia cerca... y estaba muy oscuro para ver entre los árboles... Se acercó a una parte rescatable del muro y se acercó. Le recordaba perfectamente. Cada detalle. Su expresión. Todo. Y empezó a dibujar.
Rasgó delicadamente una silueta, líneas suaves para la piel de mujer. La sonrisa en su boca, luego su nariz, cabello y labios... y su expresión, serena, tranquila, cautivadora. Era de aquella mujer con quien bailó apenas una noche atrás, aquella a quien sabiendo que él era el desaventajado le invitó su cama y desnudara su cuerpo, ofreciéndole el descanso que desde hacia mucho no sentía.
... Y ahí, cambiaba el cuento. Se hizo para atrás, con la expresión seria en el retrato de la mujer. Elevó su mano hasta la altura de la boca y borró la silueta de la sonrisa para cambiarla a algo más. Endureció las fracciones. La boca. El mentón. Desapareció la suavidez y luego pasó a los ojos. No lograba olvidarlos. Intentó todo el día pero seguian ahí. Tan fríos y estériles... tan enfermos. Eran los ojos de la locura e insanidez. Jamás en su vida había topado con algo parecido. Nunca. Los retrató tal y como recordaba. Los retrató tal y como eran. Se alejó unos pasos y observó al asesino que por poco le había robado su vida.
Tiró la tiza al suelo conforme se alejaba. Pronto, muy pronto se iría de la ciudad. Era cosa de aguantar una noche. Cruzó los brazos a la altura del pecho para darse un poco de calor mientras se alejaba por la calle. Dio la vuelta, sin mirar atrás.
Y fue cuando Su Cazador salió de entre los árboles. Tenía la vista en dirección por donde desapareciera segundos antes el trovador. Ladeó la cabeza. Desde temprano había estado cerca de él, espiándole. Con que vendiendo sus servicios, ¿eh? No tocaba nada mal pero es una lástima de que su oído no fuera tan fino para apreciarlo. Ya era la hora propicia para la persecución, justo en brazos de la hermosa noche. Pero cuando se dispuso a dibujar le dio una gran curiosidad, ¿saben?
Y también un golpe en el orgullo.
¡¿Ese bastardo dibujando a su preciosa Ikari?! ¡¿Con qué derecho la retrataba en un muro?! Era... era imperdonable. Si por algo se detuvo fue para borrarlo. No dejaría que nada ni nadie la miraran. Jamás, menos unos extraños. Y jamás permitiría de que aquella mano se atreviese a replicarla... Habían cosas que debía aprender. Cortarle las manos, sería lo adecuado. Sí. Te rebanan las manos cuando robas, para que ya no robes más. Te rebanan las manos para decir "no se toca" y de que jamás, nunca jamás te apoderarás de algo que es de uno.
Enojado, con la mano en alto para darle un manotazo a la figura, se acercó. Y perdió la respiración mientras un sentimiento frío pasó espinándole la columna vertebral.
... ¿Ikari? Ese sujeto... había retratado a Ikari... pero ya no estaba ella... estaba él... él... estaba él...
¿Por qué estaba él? No debería... No, ¡no debería! ¡Aquello significaba algo malo! ¡Algo muy malo!
¡Significaba que lo sabía! ¡Lo sabía! Su secreto... había sido codificado por ese hombre... ¡Él ya lo sabía! ¡Si no porque cuando dibujó a su amada Ikari supo el camino para llegar a él! ¡¡¡Y ESTÁ MAL!!! ¡¡¡NADIE DEBÍA DE CONOCERLO!!! ¡¡¡NADIE!!!
Por Ikari... por el bien de Ikari... Nadie, nadie debía de conocerlo...
¡Nadie!
Soltó un grito semejante al de un animal cuando golpeó la pared. Tenía que borrarlo. Desaparecerlo. Lo que no sabía, lo que él no quería reconocer, es que la imagen en si le daba mucho miedo.
Esa mirada... esa... esa no es la que posee él... ¡Se conoce, por favor! ¡Se ha visto en el espejo, las pocas veces que lo ha hecho su visión es diferente!
Ese que estaba ahí, mirándole con odio no era él. No PODÍA ser él. Su mirada... era como la de ella... él sonreía, era inclusive algo tierno, según en los términos que conocía. A él no le pertenecía aquella desfiguración. Dolía una mirada así. No sabía con qué palabras describirlo, pero dolía. Y que le representara era imperdonable.
Un gran manchón era todo lo que quedaba en la pared pero no era lo único. Un rastro de sangre brillaba en todo el circuito. Ikaro no se dio cuenta de que sus palmas se encontraban raspadas y goteantes cuando se alejó. Su mente vagaba en la dirección que tomara el trovador. Ya, la hora de la cacería se encontraba atrasada. Ese bastardo moriría aquí y ahora.
¿En cuántas ocasiones no había recorrido aquellas mismas calles para ser acorralar a la presa? Las ubicó una por una.
Sus presas eran singulares. Jampas igual al anterior. Variar, era el punto clave. Oh, no lo hacía para robar. No era un vulgar ladrón. Era... algo más. Amaba aquella emoción. Observó con cariño la brillante daga en medio del silencio. La respiró. Olía a sangre. Lentamente, con una sonrisa en los labios pasó su lengua sobre ella.
Sabía a sangre.
Qué divertido...
La luz de la farola parpadeó. Es como si los dioses preparasen un escenario teatral sólo para él. Y cuando el actor llegó a la escena, Ikaro, como director, salió a enfrentarlo.
Y el trovador se quedó helado, con sus grandes ojos inmóviles sobre su cara.
Ikaro sonrió cruelmente adelantándose unos pasos; ¿El Bastardo había dejado de respirar? Ya ni un perro era tan lastimero. Estos atacaban, pero ese tan sólo se encontraba petrificado ahí. Vamos, si el juego donde sólo hay un jugador no tiene nada de divertido. Pelea, suplica o huye. Fue cosa de segundos cuando se inclinó al frente con su arma fiel en su mano, dispuesto a clavárselo. No quería hacerlo todavía, pero si no se movía ahí quedaba todo.
Con un silbido la daga cortó el aire rasgando superficialmente la ropa del trovador quien soltó un grito de sorpresa despertando completamente. Como pudo se impulsó alejándose, escapando por una fracción de tiempo de su nuevo ataque ¡¡Eso, así es lo que se hace!! Y no dudó en volverlo hacer, una y otra vez hasta que Merick, aprovechando el primer momento k le fue posible lanzó una patada que evitó con un simple salto hacia atrás, sirviendo nada más para marcar el terreno.
Detestaba que sus presas hablasen. Él tampoco era de muchos diálogos, por eso cuando el rubio gritó "¡¿Qué quieres de mí?!" escupió desdeñosamente al suelo para volverlo atacar. Fue más rápido. Con su mano lo empujó hacia la pared y pudo escuchar cuando su cabeza dio un rebote. Soltó una risa, regocijándose de que era de él. Observó los ojos aterrorizados. Se veía todavía mejor a como lo recordaba.
Justo ahí, justo en ese día, justo en esa hora, le daría el toque de gracia. Pero de repente captó por el rabillo del ojo una sombra peculiar y fue muy tarde cuando la botella de vino se estrelló haciéndose pedazos contra su cabeza.
Dolor.
¡¡¡ESO ERA DOLOR!!!
Con un alarido se agarró la zona magullada pero era imposible parar de gritar y no mejoró cuando fue empujado con suma brutalidad al suelo, cayendo sobre su brazo.
Aunque cegado por la sangre y la ira, Ikaro el Asesino, se recargó en la pared con la respiración sobre agitada. Había un abundante rastro de sangre por todas partes, en especial sobre su cuerpo. Soltó un gemido cuando se arrancó un pedazo de vidrio que se le había clavado cerca del oído. Maldita, sea... Maldita... sea...
Empezó a caminar trastabillando en el proceso y con la furia en sus pulmones soltó un rugido, jurándose así mismo de que lo mataría
¡¡LO MATARÍA!!
