Capítulo #3
Tras engullir un bocadillo, patatas y un refresco en su mesa favorita (la del rincón cerca del pequeño jardín) Squall salió con nuevas fuerzas decidido a realizar algunas tareas. Pero su organismo había decidido ponerse en huelga y Squall sintió el peso del sueño en los párpados.
– Genial, y después caerá una bomba atómica en en Jardín – pensó con amargura – si el caso hoy es no poder hacer nada.
Bueno, mirándolo mejor, una pequeña siesta no le haría mal. Además así podría meditar sobre la tal Eleone y el faro. Todo tenía su lado bueno.
Se dirigió al patio del Jardín deseando que no hubiera mucha gente y pudiera estar tranquilo. Squall amaba la tranquilidad y el silencio, no era que le disgustara la gente, simplemente le gustaba que todo estuviese tranquilo y pudiese pensar en paz.
Encontró una zona donde el sol daba suavemente y se recostó en la hierba. Cerró los ojos. Una brisa de principios de primavera le acarició el rostro. Escuchó el sonido de los pájaros. Los párpados pesaban como yunques. La realidad se hacía más y más lejana...
– ¡Hombre, Squall!
(¡No!)
– Hola... - Squall no necesitaba abrir los ojos para saber quién le estaba saludando - ...Zell.
– Suerte que te encuentro – dijo el joven sentándose a su lado en la hierba – esta mañana no he podido ir a clase porque me han encargado unas tareas en la biblioteca. ¡Me han llevado toda la mañana, tío! En fin, quería preguntarte si ya han repartido las hojas de las tareas.
Squall le enseñó la hoja sin mediar palabra. Zell se la quitó y la leyó con avidez.
– ¿Qué? ¿Pero qué se han creído que somos? ¿Robots? Buf, no sé ni por donde empezar.
Squall observó a Zell con curiosidad. Era un chico de mediana estatura (llegaba a Squall por los ojos) con brazos y piernas fuertes. Siempre tenía energía para todo, era impulsivo y pasional, actuaba antes de pensar, era irascible y cuando hablaba no había quien le callara. En resumen, Zell podía ser un auténtico peñazo.
– Oye, Squall ¿me dejas la hoja para copiarla? Te juro que te la traigo ahora mismo.
– Zell, no hace falta que me la traigas ahora. Devuélvemela esta tarde ¿de acuerdo?
– Claro, tío – dijo Zell sonriente.
Squall meditó. Sí, Zell podía ser un auténtico peñazo, pero también podía ser un buen tío.
– Bueno, gracias, nos vemos esta...
– ¡Pero bueno! ¡Si es Zell Dincht haciendo buenas migas con el lobo solitario de Balamb!
Squall se incorporó maldiciendo su suerte. Ahí estaba Nida, un tipo que, no sabía por qué, había decidido burlarse de él y de su conflictiva relación con Seifer. No era un secreto en el Jardín que Seifer y Squall eran enemigos y rivales. Lo que ocurría era que la mayoría de los alumnos preferían ignorar este hecho. Nida, al contrario, tenía la boca demasiado grande para callarse todos esos comentarios tan graciosos que se le ocurrían sobre el asunto.
– ¿Os habéis enterado? -dijo Nida lleno de excitación - ¡Seifer ha derrotado al Bégimo de la Zona de Entrenamiento! ¡Me lo ha contado Demis y ha dicho que ha sido increíble!
– ¿El Bégimo? ¡Pero eso es casi imposible! - alegó Zell.
– Tú lo has dicho, "casi" - replicó Nida - ¿Qué te parece, Squall?
Squall se quedó en blanco. ¿realmente había Seifer derrotado a ese monstruo? Sintió como la vieja rivalidad se encendía como una llama y se tornaba negra de envidia. Quizá lo pilló dormido. No, incluso aunque lo hubiera atacado dormido al despertar habría contraatacado y al morir le habría lanzado Meteo. ¿Cómo había sobrevivido a Meteo? ¿Cómo?
Nida interpretó el silencio de Squall y se volvió hacia Zell:
– Bueno, tío. Vamos a prepararnos para la siguiente ronda de Triple Triad – se dirigió a Squall – esta mañana hemos jugado la primera ronda y hemos arrasado. Nos hemos saltado las clases, pero ha merecido la pena – dio una palmada amistosa en el hombro de Zell.
– Ya, claro – dijo Squall mirando a Zell. Este enrojeció hasta la punta del pelo. - Bueno, acuérdate de devolverme la hoja y suerte con las cartas.
A Zell se le iluminó el rostro y sonrió aliviado:
– ¡Claro! ¡Muchas gracias, Squall!
Squall le devolvió la sonrisa. Sí, definitivamente Zell era un buen tío.
Squall observaba alejarse a los dos amigos y comenzaba a recostarse otra vez cuando Nida se dio la vuelta y le dijo:
– Squall, no dejes que Seifer te venza.
La seriedad con la que pronunció estas palabras sorprendió a Squall. Se miraron a los ojos un momento y finalmente Nida esbozó una sonrisa y se despidió.
Squall se tumbó en el suelo y volvió a centrarse en sus pensamientos.
No dejes que te venza
Squall dio mil vueltas a la frase buscando la razón por la que el jovial Nida le había dicho eso. No dio con nada. Después de un período de removerse en la hierba buscando una posición cómoda encontró una postura bastante agradable. Se puso las manos detrás de la cabeza.
– Ese Bégimo tenía que haberlo derrotado yo.
Tras este pensamiento se quedó dormido.
