Capítulo #4

La suave brisa venía del mar. Traía el olor de la espuma y el salitre. Llegó rozando la cálida arena de la playa, se elevó sobre el faro y avanzó hacia la vieja casa costera. A su puerta se encontraba un grupo de niños. El viento pasó entre ellos alborotando sus cabellos y ropas. En el ambiente se confundían las voces infantiles.

- ¡Eh, pásamela!

- ¡Rápido, rápido! ¡Aquí!

- ¡Ah! ¡Qué malo!

Un chico estaba sentado, solo, a la entrada de la casa. Parecía estar observando al grupo que jugaba, pero realmente no les veía. Miraba más allá, hacia el mar.

Uno de los chicos del grupo se acercó a él:

- ¿Vienes a jugar, Squall?

- No, estoy esperando a Eleone.

El chico le echó una larga mirada inquisitiva y se alejó hacia el grupo. Squall siguió observando el horizonte. Pasaba el tiempo. La brisa llegó al campo cercano, agitando las briznas de hierba...

- Squall

El muchacho se giró para encararse a la dueña de la voz. Una mujer joven y hermosa le miraba con ojos llenos de compasión.

- Squall, tengo que hablar contigo.

Squall observó a la mujer de pelo oscuro cuyo nombre no recordaba, intuyendo lo que iba a decir.

- Tienes que hacerte a la idea, Eleone ya no volverá. Se ha ido para siempre. No la esperes más. Sigue con tu vida, Squall.

El niño se quedó como estaba, el rostro serio, fijo en la mujer. Al poco agachó la cabeza y se miró los pies. La mujer le estrechó entre sus brazos y le mesó el cabello.

- No sufras más, deja de esperar.

La brisa trajo de vuelta el olor de la hierba mojada.

Squall nunca se había sentido tan solo.