Era inevitable.

Cuando se veían enseguida sus miradas chispeaban, como dos llamas ardiendo en el infierno.

No se movían.

Ni se dirigían palabras que expresaran al menos, la millonésima parte de lo que la química hacía entre ellos.

La atracción abrasadora. Agobiante, casi insoportable.

El corazón de ella latía de forma descontrolada, pidiendo a ruegos que la tensión se descargara en la danza más salvaje y placentera que existía entre la humanidad. Sus pezones se endurecían rápidamente debajo de su ropa de seda, el calor de la excitación se iba a cada parte de su cuerpo, centrándose en su parte íntima, y comenzaban las olas de electricidad, hacer mella en su cuerpo.

Y él…él simplemente se torturaba.

Era imposible, absolutamente imposible, que su cuerpo reaccionara instantáneamente con tan solo mirarla, apenas tenía control sobre él, porque en cuanto a sus pensamientos, pues éstos andaban a rienda suelta en su mente, porque ya no podía negarlo.

Sakura Haruno, le gustaba y…mucho