1
Lenhyra
Me desperté algo sobresaltada. Estaba agotada, sudada. "Eso es…sólo ha sido un sueño", pensé entonces. Pero no era así. Mi encantadora habitación de Sunstrider Isle no tenía ni punto de comparación con aquel cuchitril de posada. Me incorporé, algo asustada y nerviosa, buscando al hombre de negro que me había atacado la otra noche. Al hacerlo, un dolor punzante me atravesó la cabeza. Empecé a rememorar los hechos poco a poco, la llegada a la posada, las copas…pero lamentablemente no recordaba mucho más. La sola idea de que pudo llegar a pasar algo con aquel hombre me hizo sentir un escalofrío.
Pero entonces, un sonido sordo me sacó de mis cávalas. Fue algo como un grito ahogado, seguramente desde alguna de las habitaciones contiguas. Consulté mi reloj de pulsera: eran poco más de las cinco de la madrugada. No sé por qué pero sentí una necesidad imperiosa de saber qué era lo que había sucedido. Al ponerme de pie, me cercioré de que iba semidesnuda. Intenté no pensar demasiado en la razón por la que no llevaba ni mis zapatos ni mi camiseta; simplemente me limité a vestir mi torso y salir sin hacer demasiado ruido al pasillo de las habitaciones.
Después de aquel sonido extraño, reinaba en la posaba un profundo silencio. Me asomé por la barandilla para observar la planta baja. Desde allí sólo vislumbré un par de estanterías llenas de provisiones, las cuales estaban iluminadas levemente por alguna que otra vela desde el salón. Ningún paso, ninguna sombra. Cuando me disponía a volver algo decepcionada a mi cuarto, escuché unos susurros. Las voces provenían de la sala del final del pasillo. Era una ancha estancia, separada del corredor por unas suaves cortinas azules. Al fijarme en ella, alguien hizo callar los murmullos. No sabía cuántas personas había allí, pero apostaba a que algo ocultaban. Empecé a andar lentamente, intentando hacer el menor ruido posible, pero mi respiración parecía provocar un gran estruendo por mucho que intentaba inspirar y expirar lo más calmada posible. Me coloqué tras una de las columnas que porticaban la entrada de la sala, la cual permanecía en penumbras debido a la poca luz nocturna que se filtraba. Pude adivinar algunos relieves de muebles y a una figura humana de pie en medio de la estancia.
- Te advierto, asesino, que como alguien haya escuchado un solo ruido de este traidor… - se oyó un golpe seco – será tu ruina…
Entonces, alguien hizo callar de nuevo aquella voz femenina. Me quedé muda, asustada, temerosa de que me hubieran oído. Intenté caminar hacia atrás para meterme de nuevo en mi habitación cuando, tras las cortinas vi, en una fracción de segundo, una sombra recortada por la luz de la luna. Inmediatamente después noté como alguien con un brazo me asía fuertemente alrededor del cuello y me tapa la boca con la otra mano al yo intentar gritar. Me condujo abruptamente hacia adentro, donde la mujer misteriosa encendió un candil y me alumbró.
- ¿No cree que es muy tarde para andar deambulando por una posada, señorita?
Aquella mujer era también una blood elf. Su melena pelirroja le llegaba hasta las hombreras de una armadura que, sin duda, pertenecía a la orden de los blood knights. A pesar de su fina piel blanca y su rostro delicado, sus ojos verdes me miraban con una rabia y un odio que me helaron la sangre. De repente, la blood knight empezó a reírse.
- Vaya, vaya…nada más y nada menos que la mismísima Lenhyra…pensaba que las grandes estrellas no se alojaban con la plebe.
Mientras decía esto, se colocó en el centro de la sala y dio una patada a algo. Bajé la mirada y ahí lo vi… un hombre tendido en el suelo, sangrando, que me observaba con los ojos abiertos en un grito congelado de terror. Mi mirada se quedó fija en el cadáver, y el pánico empezó a apoderarse de mí cuando oí un susurro de mi captor muy cerca de mi oído.
- Estate quieta y saldrás viva de ésta.
¡Era el hombre de la noche anterior! No tenía ninguna duda. Aquella voz, aquel traje…pero, ¿qué se suponía que hacía él ahí?
- Me prometiste que no habría testigos, así que…ya sabes qué hacer.
- Pero… ¿y el cuerpo? – replicó el hombre.
- El traidor es cosa de los blood knights. Tú encárgate de la muchacha.
La mujer sonrió cruelmente y se agachó para mirar algo del cadáver.
- Espero que hagas el mismo buen trabajo.
- Limpio, rápido y sin pruebas. Ya sabía lo que hacía cuando contrató los servicios de la Shattered Hand… ¿me equivoco?
- Limítate a hacer tu trabajo.
¡Un asesino! No me lo podía creer… ¡había estado bebiendo nada más y nada menos que con un miembro de la más importante asociación de asesinos!
- Tranquila…esto te dolerá un poco…
Tras el susurro, sentí un golpe bajo las costillas. Mi vista se nubló y caí, sin sentido, mientras unas lágrimas resbalaban por mis mejillas lamentándome por mi cruel final.
No sé cuánto rato estuve inconsciente, pero desperté en la cómoda cama de la habitación que había alquilado. Solamente ver a aquel asesino supe que no había muerto. Al menos, no merecía estar en el infierno con delincuentes de esa calaña. Al moverme noté un fuerte dolor en el costado, y solté un leve gemido.
- ¿Qué tal has dormido, gatita?
¿Dormido? La verdad es que no entendía nada de aquella extraña situación.
- ¿Qué ha…?
- ¿Que qué ha pasado? – me interrumpió. Abandonó lo que estaba haciendo en una de las pequeñas mesas de la habitación y se dirigió hacia mí, duro y punzante – Te has metido donde no te llamaban, cotilla, y ahora digamos que…estás muerta.
Parpadeé, perpleja. La verdad es que no comprendía demasiado.
- Muerta para el resto de la humanidad. Ahora ya no volverás a ser…Lenhyra, la "joven promesa de la música" – hizo un gesto con los dedos. - Se acabó. Ahora no eres nadie.
No era verdad. Nadie podría olvidarme…una persona tan famosa como yo, una solista tan extraordinaria y buena actriz…no podía caer en el olvido de mis miles de seguidores.
- Ya decía yo que tu cara me sonaba de algo…
Aquello me irritó, y al intentar sentarme en la cama lo único que pudo salir de mi boca fue un aullido de dolor.
- ¡¡¡Shhhh!!! ¿Quieres que se despierte todo el mundo y venga la mala bruja esa? Estate quietecita, enseguida se te pasará el efecto del veneno.
- ¿Ve…neno?
El asesino suspiró, como cansado de mí. Ya sabía que podía ser una molestia…pero al menos podía disimularlo un poco, ¿no?
- Por tu culpa he tenido que gastar uno de mis mejores venenos. Menos mal que he podido hacer el antídoto a tiempo, sino habría dejado de ser una muerte simulada.
El hombre empezó a carcajearse, aunque a mí no me hizo ni pizca de gracia. A pesar de todo…digamos que me había salvado la vida. Si podía llamarse así.
- Ay…bueno, la cosa es que debes cambiar de identidad. Tendrás que buscar un trabajo…
- ¿Qué? – me irrité ante el repaso que me hizo con la mirada, a pesar de seguir, como siempre, ocultando su rostro bajo la capucha negra.
- Nada…que voy a tener que ir a hacer unas compras.
- ¿Dónde? No son ni las siete…
- Conozco una tienda que abre las veinticuatro horas.
- Pero…em… - hice una pausa intentando recordar su nombre.
- Shin – contestó de espaldas.
- Eso, Shin… ¿Puedo ir contigo?
- No
La respuesta fue tajante. Me quedé sentada, algo triste y asustada. Aunque no me gustara, ahora estaba bajo su merced.
- Yo… ¿qué debo hacer ahora? No sé…dónde puedo ir... ¿qué va a ser de mí?
No podía evitarlo, casi estaba llorando. No podía reprimir las lágrimas ante la idea de ser abandonada por mi público.
- Si no hubieses metido tus narices en mis asuntos, no habría pasado nada de esto. Simplemente olvídate de todo. De tu familia, de tus amigos, de tu carrera. A partir de ahora vas a ser simplemente…Len.
- ¡Pues para eso mejor que me hubieran matado!
Grité. Grité de rabia, de miedo, de dolor. Shin se me acercó corriendo y me tapó la boca, lo cual me sobresaltó y cortó en seco mi llanto.
- Otro grito más y estarás muerta de verdad.
- Claro, olvidaba que justamente matar es tu profesión – pude replicar después de que me soltara.
- ¿Tienes algún problema con ello? – el asesino volvió a dirigirse a la puerta, con la actitud sarcástica que le caracterizaba.
- Estoy harta de la Shattered Hand.
Me senté un la cama, molesta, y me crucé de brazos. Shin se volvió de nuevo, parecía interesado en el tema.
- Vaya, no sabía que eras miembro de nuestro club de fans.
- ¡No me refiero a eso, idiota!
Entonces el hombre sacó sus armas de puño afiladas, y me miró muy serio. Comprendí enseguida que debía callarme y me limité a apoyar un pie en el borde de la cama y a rodear mi rodilla con los brazos, con aire de enfadada.
- ¿Qué te hace pensar que has estado en contacto con la Shattered Hand antes de conocerme a mí?
- Justamente cuando te encontré huía de ellos.
Entonces lo comprendí todo. Claro…él también formaba parte de la banda que había intentado matarme. Ante la cara de duda del asesino, me levanté, desafiante.
- Vamos, confiésalo, tú también querías acabar conmigo. No hay duda... tú también eres uno de esos hombres de nergro.
- ¿De qué coño hablas? Te acabo de salvar la vida, para tu información. Venga, siéntate y cuéntame quiénes eran esos men in black.
Me senté y le expliqué mi historia. Justo cuando me encontró en Sunstrider Isle estaba escapando de los esbirros de mi mánager. Al menos, estaba casi convencida de que los había enviado él. Hacía unos días lo había visto hablar con otro hombre de negro, con el cual intercambiaba algún tipo de mercancía. Cuando le pregunté, se limitó a contestarme que no era asunto mío. Hasta que un día, de regreso a casa, esos hombres me siguieron. Pude llegar a mi chalet justo a tiempo para salir por la puerta trasera y despistarlos. Acto seguido me había dirigido a Silvermoon, a coger las cosas imprescindibles en mi piso adosado para marcharme a Kalimdor. Prefería dormir en una posada antes que en un lugar tan obvio como mi propio hogar.
Al concluir, Shin se limitó a reir.
- ¿Qué es lo que tiene tanta gracia? – repliqué.
- Pareces gafe, pequeña. De nuevo en el sitio equivocado en el momento equivocado. Con que tráfico de drogas, ¿eh? Ese mánager tuyo no era tonto.
- Windstrife no es traficante de drogas…
- Nooooo, claro que no, gatita. – dijo con tono burlón.
- ¡No me llames "gatita"!
- Deberías dejar de ser tan inocente. – el asesino se levantó, eludiendo mi reproche – Si no fuera algo turbio no te habrían mandado unos sicarios.
Una vez en la puerta, añadió:
- Y que sepas que la Shattered no tenía nada que ver con eso. Si no, me habría enterado. Conozco todos los movimientos del gremio.
Al ver que se marchaba, me quedé algo angustiada. No sabía muy bien cómo adaptarme a mi nueva situación.
- No te pongas triste, cariño. Míralo por el lado positivo: te he salvado de una muerte segura. Ahora piensa en qué quieres dedicar tu nueva vida, y… descansa un rato.
Y tras esto se marcho, dejándome sola. Sola como nunca me había sentido.
Pasé un tiempo dormida, y eso que sólo decidí tumbarme un rato para descansar y procurar dejar la mente en blanco. Pero sólo despertarme ya empecé a darle vueltas a todo lo que había pasado en las últimas horas. ¿Cómo podían cambiar las cosas con tanta rapidez? Todavía no me creía que tuviera que olvidarme de todo lo que constituía mi vida…lujo, confort, conciertos, giras…una vida cómoda mientras todo el mundo a mi alrededor me adoraba. ¿Realmente estaría muerta para la sociedad?
Tantos pensamientos me agotaron, así que decidí olvidarlos por un momento y darme una ducha. Cerré la puerta de la habitación por dentro por lo que pudiera pasar y me metí en el cuarto de baño. Me quité la ropa, solté mi larga cabellera y me miré al espejo un momento mientras el agua cogía una buena temperatura. Esa era Lenhyra…la cual quedaría enterrada en el recuerdo por una persona totalmente diferente. Una nueva yo.
El agua corría por todo mi cuerpo. Mi piel fina y cuidada, mi pelo…mi rostro pálido. ¿Qué sería de todo lo que conformaba a la persona que ahora debía desaparecer? Borrada del mundo… ¿en pos de qué? Entonces me eché a llorar. Jamás volvería a ser yo. ¿No había padecido ya bastante? Ahora, en el momento en que mi vida significaba algo digno, ahora que había conseguido eliminar toda marca de mi triste pasado…cogí el colgante que siempre llevaba conmigo. El único legado que había dejado mi madre, una piedra azul y resplandeciente como el mismo mar, rodeada por dos lunas talladas en plata. Aquella joya nunca me la quitaba, excepto para dormir. Significaba demasiado para mí. La agarré con fuerza mientras el agua caía sobre mí, pidiendo a ese rostro imaginario pero tan cierto para mí que me diera fuerzas. Debía empezar, otra vez, de nuevo…
- Don't try to stop…the angel's tears…
No pude evitarlo. Las palabras salieron de mi boca, entonadas a media voz. La letra de la canción que me dio la fama. Canté. Canté a pleno pulmón ahuyentando todo mi miedo y mi dolor. Salí de la ducha, me envolví en la pequeña toalla que había como secamanos, abrí la puerta del baño…
- …los enanos construyeron aquella ciudad pensando que…
De mi boca escapó un grito.
- ¡Pervertido!
Me encerré de nuevo corriendo en el baño. ¿Cómo había entrado? Shin estaba paseándose tan pancho por la habitación…leyendo en voz alta con un libro en la mano. En aquel momento me pareció la situación más absurda del mundo.
- ¡No te vistas demasiado, gatita, tengo un regalito para ti! – canturreó.
- ¿Pretendes que te crea, sucio mirón?
- Tú misma…
Al otro lado de la puerta escuché cómo volvía a ponerse a leer. Me vestí tan rápido como pude, y me dejé el pelo recogido en una coleta alta, con la toalla por encima de los hombros para no mojar mi camisa Lolight&Yagami.
- ¿Qué has comprado? – dije al salir del baño.
Shin se limitó a mirarme sin decir nada.
- ¿Qué pasa? – miré tras de mí, donde efectivamente, no había nada extraño.
- Nada, que para ser una pija rubia no estás nada mal.
- ¡Eres un cerdo!
Le tiré la toalla con rabia mientras oía cómo se reía. La cogió ágil con la mano derecha.
- Venga, no te pongas así, pequeña. Siéntate.
Le hice caso, aunque de morros. Estaba bastante intrigada por saber qué podía comprar de interesante un hombre como él a una chica como yo.
- ¿Qué tienes en el pelo?
- ¿Mh?
Se acercó y me cogió la coleta. Justo después escuché un ruido que hizo que me pusiera pálida.
- No…no has sido capaz…
- Me temo que sí, princesa.
Cuando se retiró lo vi con una pequeña daga en una mano, y con la otra me lanzó a las piernas un grueso fajo de mi resplandeciente pelo rubio.
- Si te lo hubiera pedido por las buenas te habrías resistido demasiado.
Me llevé una mano a la cabeza. Retiré el coletero, todavía sin creerme lo que había sucedido. Mi larga melena se había reducido hasta un poco más abajo de mi barbilla. Me levanté corriendo y fui a mirarme en el espejo del cuarto de baño. Chillé horrorizada.
- Vamos, tampoco es para tanto, enseguida volverá a crecer.
- ¡No tienes ni idea del esfuerzo que supone mantener una melena así! – le espeté, furiosa.
Salí a la habitación corriendo y rebusqué en mi bolso. Saqué de uno de los neceseres unas pequeñas tijeras, aparté a Shin de un empujón y me planté de nuevo frente al espejo. Para arreglar los trasquilones que me había hecho no tuve más remedio que cortarme le pelo muy corto por detrás. Lo dejé algo más largo de delante; si me cortaba el pelo, que al menos fuera con estilo. Mientras, Shin me observaba con aire complacido.
- Te olvidas el flequillo. – señaló su frente mientras lo decía.
Malhumorada y muy resentida por lo que había hecho, lo miré con mala cara.
- Sabes que es por tu bien. – concluyó para convencerme.
Me encaré a mi reflejo y me entraron ganas de llorar. Las reprimí como pude, concentrada en cortarme el flequillo todo hacia la izquierda.
Cuando terminé, el asesino chasqueó la lengua.
- Todavía falta algo. Toma, ponte esto, no quiero mancharte esa linda camisa.
Me alargó la toalla y respondí a lo que me pidió, algo asustada por lo que iba a hacer. Aquel hombre era capaz de hacer cualquier cosa con mi imagen, la cosa más preciada para mí en este mundo.
Me puso una mano en el hombro y me sentó en el váter. Sacó algo que no pude ver y empezó a echármelo por la cabeza.
- ¿Pero qué…? – intenté revolverme. Fuera lo que fuese aquel líquido pegajoso, me producía una gran repugnancia.
- Estate quieta o te mancharás los ojos. Toma, aguanta.
Me alargó un pote mientras se encendía un cigarrillo.
- Tinte color… ¿caoba?
- Seh, te quedará genial.
- ¡La madre que te…!
- ¡Estate quieta!
Me sujetó la cabeza con fuerza para que mirara al frente. Resignada, me limité a maldecir por mis adentros a aquella persona que había destruido todo lo que adoraba de mi físico.
Cuando terminó de ponerme el tinte me arrodilló al lado de la bañera y me enjuagó el pelo. Lo habría podido hacer yo pero…aunque era un asesino tenía unas manos muy suaves, y me aclaraba el pelo con mucha delicadeza. Aquello me relajó bastante.
- Bueno…sécate un poco la cabeza, a ver que te parece.
No reconocí a la mujer que vi en el espejo. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Había empezado a desaparecer todo rastro de mí.
- Tampoco te queda tan mal, no seas melodramática. ¿Esperabas que no te reconociera nadie con esa cabellera? Parecía de un anuncio de champú.
- Es de un anuncio de champú. ¿Qué pasa, no ves la televisión?
Shin se limitó a encogerse de hombros y empezó a recoger sus cosas.
- Déjalo todo preparado. Mañana nos iremos temprano.
- ¿A dónde?
- A buscarte un trabajo.
- ¿Para qué?
- ¿Cómo que para qué? – Shin se giró hacia mí – Tienes que subsistir, ¿no?
- Pero entonces… ¿no nos volveremos a ver…? - no sé por qué dije eso, pero la idea de separarme de la única persona que sabía quién era en realidad me aterrorizaba.
- Claro. ¿Qué pretendías, vivir conmigo? Siento decepcionarte, pero yo vivo en esta posada cuando estoy cerca del gremio. Me paso la vida viajando. Además…- se me acercó muchísimo – nunca me encapricho más de un día de una mujer.
Levanté la mano en ese mismo momento, dolida por lo que me había dicho. Pero antes que de pudiera darle, me agarró fuerte la muñeca.
- Aunque claro…siempre podemos hacer una excepción si estás dispuesta a seguir mi ritmo de vida.
- Dirás a aguantarte, idiota
Shin se echó a reír.
- Tienes puntos muy buenos para ser una pija tonta.
- ¡No soy una pija tonta!
- ¡En fin! Si quieres venir conmigo ya sabes lo que te va a suponer.
Me quedé en silencio. Claro que lo sabía.
- Lo único que quiero es no caer en el olvido. Y sólo tú sabes quien soy.
El hombre pareció sonreír.
- Entonces coge solamente lo imprescindible. Los asesinos nunca llevamos demasiados objetos personales.
