3

La primera misión

Al entrar en la posada agradecí el cambio de temperatura. El sol en pleno Silvermoon a mediodía era asfixiante.

- ¿Te apetece comer algo, Len?

- Más que comer lo que necesito es un buen vaso de agua.

- ¡Velandra! ¡Anótame dos menús a la mesa tres!

Los dos soltamos unas risas cuando la posadera nos fulminó con la mirada.

- ¿Qué le pasa a esa?

- Nada…ni caso.

- ¿Otra mujer fatal, Shin?

La carcajada del asesino me confirmó que estaba en lo cierto. Yo tampoco pude evitar sonreír: la escena de esa mañana con la entrenadora había sido realmente graciosa.

- Estás hecho todo un rompecorazones para ser un bandido.

- Eh, yo no hago nada. – se encendió de nuevo otro cigarrillo – No tengo culpa de ser tan sexy.

- ¿Sexy? Venga ya, no me hagas reír.

- ¿Qué desearán para beber?

La tabernera nos interrumpió, con la cabeza alta y un tono agrio en la voz.

- Un buen vino, Velandra. Y dos copas, hoy vamos a brindar.

- ¿Y eso? – pregunté una vez se hubo ido la mujer refunfuñando.

- Bueno, ahora eres de los nuestros. No todos los días una estrella añade a su currículum un asesinato por orden de la Shattered Hand, ¿no crees?

Aquello no me hizo demasiada gracia. La verdad es que todavía no me hacía a la idea de que tuviera que matar a alguien. Además, acababa de empezar. Seguramente me mandarían el primer trabajo en un mes o algo así, cuando finalizara mi entrenamiento. Shin parecía sonreir, así que estaba casi segura de ello. Lo más probable es que recibiera órdenes de robar…o seguir a alguien...

- Vamos, no te pongas tan seria – me dijo Shin mientras cogía la botella que había traído la posadera y servía en dos copas. – Parece que no te haga ilusión tener una comida romántica conmigo.

Arqueé las cejas mientras cogía la copa que me ofrecía. No tuve que decir nada para que el asesino riera por lo bajo. Acto seguido, el hombre se ajustó la capucha, de forma que no se le veían los ojos, y se retiró la tela ajustada que le cubría media cara hasta la nariz. Creo que esa fue la primera vez que vi parte de su rostro. Estaba mal afeitado, y se dejaba una pequeña perilla de pelo muy rubio, casi platino. La verdad es que tenía unos labios muy bien proporcionados, aunque poco carnosos.

- Si te portas bien tal vez te bese algún día. – soltó, malicioso.

- ¿Qué te hace pensar que te dejaría? – levanté la copa, respondiendo a su gesto.

- Creí que estabas interesada, te has quedado bastante embobada.

Tras decir esto chocó su copa con la mía.

- Por el nacimiento de Len.

- Eso no es nada para celebrar…- dije, algo triste. No me emocionaba la idea de dejar de ser quien era.

- Pues por ti, gatita.

- Te he dicho que no me llames así.

A pesar del reproche, Shin había logrado que sonriera. Parecía un tipo duro, pero hacía el payaso más que otra cosa.

- ¿No vas a dejarme brindar por nada? – me reprochó.

- Mmmm…ya lo tengo. – alcé la copa, decidida. – Por el beso que quieres y no te atreves a darme.

Quedó bastante pensativo, aunque yo ya me esperaba alguna de sus respuestas y se me escapó una pequeña risita. Me hacía gracia imitar su forma de pensar.

- Eso no vale.

- ¿Por qué no?

- Porque yo soy un ladrón. Si un caso sería…por el beso que te voy a robar.

- ¿Tú y cuántos como tú?

Después de unas sonrisas de satisfacción, bebimos. Estuvimos un rato comentando lo bueno que era el vino. Acto seguido nos dirigimos al buffet libre del centro de la posada. Había una gran mesa circular llena de todo tipo de alimentos, aunque de lo más básico. Unas cuantas personas se servían también de allí. Desde una de las esquinas, vi cómo Shin hincaba el cuchillo en un enorme jabalí. Yo, como soy vegetariana, cogí un poco de ensalada y dos piezas de fruta. Antes de volver a la mesa me atreví a coger una tajada de sandía. Lo sé, soy un poco golosa.

Cuando el asesino se sentó a mi lado, pareció sorprendido por los alimentos que había escogido.

- ¿Sólo vas a comer eso?

También hay que añadir que él se había traído dos platos, uno de ellos exclusivamente lleno de carne de jabalí.

- ¿Y tú, sólo vas a comer eso? – dije irónicamente refiriéndome a las cantidades ingentes de comida que traía.

- Pues me estaba planteando seriamente coger algo de pescado, hoy tiene muy buena pinta.

Ignorando las palabras de Shin, que claramente estaba exagerando, me limité a comer. Al rato me di cuenta de que el asesino estaba con un codo sobre la mesa mientras me miraba.

- ¿Qué pasa? – inquirí tras secarme los labios con la servilleta.

- Es que eres pija hasta para comer.

- Estoy comiendo normal.

- No, una persona normal no coge los cubiertos así – intentó imitarme, pero me di cuenta de que ni siquiera se asemejaba a coger bien los cubiertos.

- Así que no sabes usarlos.

- ¿El qué? – me dio la sensación de que lo dijo para eludir mis palabras.

- No sabes usar los cubiertos, ¿verdad?

- ¿Acaso los necesito para algo? – agarró un trozo de jabalí con la mano y se lo llevó con ansia a la boca.

No sé por qué pero estaba convencida de que jamás iba a reconocerlo. Me levanté, me coloqué detrás de él y le cogí las manos, como a un niño pequeño.

- ¿Qué haces?

- Tú déjate llevar.

Le indiqué como coger el tenedor y el cuchillo para cortar la carne. Para llegar a sus manos tenía que apoyarme bastante en su espalda, con cuidado para no pincharme con su armadura, así que una vez pareció entender el mecanismo, me retiré rápidamente. No quería molestarlo mucho. Al intentar hacerlo él solo, se le escapó el cuchillo, que fue a parar al suelo. Me reí con ganas.

- Para ser un cuchillo lo llevas bastante mal, ¿eh?

- ¿Por qué no te pones aquí detrás y vuelves a explicármelo? – dijo en tono burlón.

- Encima que te hago un favor…- resignada, seguí comiendo.

- No necesito complicarme tanto.

Finalmente, cada uno acabó su plato a su manera mientras charlábamos animadamente. Por dentro pensé que me sentía bastante cómoda con Shin. Realmente hacía mucho tiempo que no me reía tanto, ni hablaba con nadie sintiéndome tan tranquila. Además, podía rodearme de gente sin tener que estar pendiente de paparattzis y autógrafos. Llegué a pensar que podría acostumbrarme a mi nueva vida. Pero…tenía que ser con él. No sé por qué un asesino podía llegar a brindarme tal tranquilidad y seguridad, pero no había duda de que me gustaba estar con él así, relajados, sin nada importante que hacer.

Acomodada en la silla, empezó a darme un poco de modorra cuando Shin chasqueó los dedos delante de mis ojos.

- No te me duermas ahora. Todavía nos quedan cosas por hacer. – encendió un cigarrillo y se recostó también en su asiento.

- Anda y déjame tranquila.

- Eso jamás.

Mientras se reía por lo bajo me arrepentía de haber pensado esas barbaridades. Cogí mi bolsito y saqué un paquete con hierbas y papel de liar tabaco. Shin pareció sorprendido.

- ¿Así que tú también estás enganchada?

- No te equivoques, esto no es la misma mierda que fumas tú. No lleva nicotina, sólo son hierbas. Me las recomendó la doctora para el estrés.

- Ah, usted perdone, señorita vegetariana…entonces, ¿ahora estás nerviosa por algo?

- No, simplemente me apetece.

- Así que estás enganchada.

- No estoy enganchada.

- No, apenas, sólo que es el que toca después de cada comida.

- ¡He dicho que no estoy enganchada!

Pareció que elevé demasiado la voz, porque varios clientes dejaron de comer y nos miraron con cara extraña.

- Mejor fúmate las hierbecitas, ¿quieres?

Le sonreí arrugando el morro, irónica, y me relajé con mi tratamiento.

Al rato subimos de nuevo a la habitación de la posada. Shin había insistido en que teníamos que coger unas cosas antes de irnos. Me sonaba a que tenía que contarme algo a solas.

- Bueno, ¿qué tienes que decirme? – le pregunté mientras abría la puerta.

- ¿Decirte? Que tengo otro regalito para ti.

A pesar de que se había tapado el rostro de nuevo, apostaba a que estaba disfrutando sólo con pensar en lo que iba a pasar a continuación.

- No, me niego. La última vez destrozaste mi pelo.

- Bueno, ahora toca cambiar… - se me acercó muchísimo mientras me puso una mano en la cintura - …otras cosas…

- ¡Suelta, cerdo! – me aparté bruscamente y me metí en la habitación, dándole la espalda.

No entendía muy bien la razón pero el corazón me latía muy deprisa. Seguro que estaba colorada, pero no iba a dejar que me viera así. "Vamos…no dejes impresionarte, es lo que quiere".

- ¿Len?

- ¿Sí? – al girarme, me estampó en el pecho la bolsa que llevaba desde que nos habíamos reencontrado en la puerta de la posada.

- Haz el favor de ponerte eso sin rechistar. Tenemos prisa.

Cerró la puerta y me dejó allí, plantada. "¡Serás cabrón!", grité dentro de mí. Me cabreaba que me tratara así, como si a veces estuviera interesado por mí y otras no. Pero... ¿por qué debía enfadarme? Eso es lo que quería así que…iba a seguirle la corriente. Como a mí tampoco me interesaba él…

Abrí la bolsa y encontré lo que me esperaba. Ropa. "oh Dios mío…", pensé, "qué abominaciones de la moda me habrá comprado…". Saqué unos pantalones piratas marrones. Me quedaban un poco holgados, pero como estaba lleno de correas por todos lados, me los pude ajustar bastante bien. Eran el mismo tipo de cintas que llevaba Shin, así que deduje que estos también servirían para llevar las dagas. Pero lo peor estaba por llegar. Despotriqué contra él y todos sus parientes al ver la "camiseta" que me había comprado. Estaba claro que era un completo pervertido. Pero si jugar era lo que quería…tendría juego. Me puse el sujetador más ajustado que tenía y me coloqué aquella camiseta roja. Aparte de dejarme el ombligo al aire, tenía un escote tan exagerado que casi se me veía la ropa interior. Aunque tuviera unas pequeñas cuerdas cruzadas para que se cerrara un poco el escotazo, estaba claro que me había cogido una talla pequeña. Estaba acostumbrada a llevar ropa ajustada pero…que me la comprara él era otra historia.

Me miré al espejo y, evidentemente, no me gustó lo que vi. Oí unos golpes en la puerta.

- ¿Estás ya o voy a echarme una siesta? – dijo Shin entreabriendo la puerta.

- Ya estoy – me giré poniendo los brazos en jarras.

- Vaya… - cerró la puerta y se acercó, aunque claramente no me estaba mirando a la cara. – Te queda genial…es tu talla, ¿verdad? Si es que tengo un ojo…

- Tienes ojo para lo que te interesa, ¡cerdo!

De nuevo esquivó mi manotazo mientras se reía.

- Venga, gatita, si estás preciosa…

- ¡Tú lo que quieres es que nadie me mire a la cara!

- ¡Exacto! Así no te reconocerá nadie y…

- ¡Cabrón! – lo perseguí por toda la habitación intentando darle, aunque sin éxito.

- ¡Para ser una princesita tienes una boca…!

- ¡Cállate, gilipollas!

Cuando casi lo había conseguido atrapar, apareció su mano al lado de mi cuello con una daga, amenazándome. Me quedé pálida en el momento.

- Vuelve a llamarme gilipollas si tienes agallas.

Se me cortó la respiración. Pero, a los pocos segundos y para sorpresa mía, se echó a reír.

- ¡Es que mira que eres inocentona!

- ¡No vuelvas a hacer eso, me oyes!

- Era una broma. Toma, es para ti.

Me alargó la daga, plana en la palma de su mano. Tenía un mango lo suficientemente estrecho para mis pequeñas manos, además de ser ligera. La empuñadura era sencilla, dorada, mientras que la hoja se curvaba ligeramente en la punta.

- Vaya…gracias, no me lo esperaba.

- ¡Cuidado! ¡Es tetuda y va armada!

- ¡Serás…!

Salió corriendo de la habitación, y yo le perseguí. Una vez fuera, pero, se paró frente a unos barriles enormes que había amontonados en una de las paredes. Mientras me acercaba a él noté que inspeccionaba algo en ellos.

- ¿Qué pasa?

- ¿Sabes qué es Ironforge?

- Sí, claro, una de las capitales de la Alianza.

- Ciudad de enanos. – sacó uno de sus armas y reventó los barriles, llenos de cerveza.

- ¿Qué coño haces, Shin? ¿Sabes la riñonada que valdrá esto?

- Tú limítate a seguirme. Nadie se dará cuenta.

Bajamos la escalera y noté cómo algunos hombres se fijaban en mí. En ese momento me sentí un poco incómoda, aunque me recordaba mucho a lo que solía vivir cada día.

- Espérame en la puerta, voy a la reserva.

Salí de la posada y me apoyé en la pared. ¿Qué estaba haciendo Shin con esos barriles? Tendría que darme una buena explicación…

- Hola guapa. – me soltó mirándome los pechos un ranger, haciendo reír a su compañero.

- Hola – insinué, sacando mi daga y golpeando suavemente la punta en mi mano derecha.

- Uuh, así que además eres peligrosa.

Se me acercó y yo retrocedí un poco. Podía actuar bien pero…era un ranger, y seguramente más fuerte que yo. Intenté ir hacia dentro de la posada pero el elfo puso la mano en la pared, a la altura de mi cabeza, de modo que me cortó el paso.

- ¿A dónde crees que v…?

El hombre abrió los ojos de par en par y se desplomó sobre mí. Vi a Shin detrás, y al otro elfo en el suelo.

- ¡Uy, vaya, qué tropiezo más tonto! – me cogió de la mano y me empujó hacia él.

Salimos corriendo por las calles de Silvermoon hacia la puerta principal de la ciudad.

- ¿Qué se supone que hacías? ¿No sabes defenderte? – me reprochó.

- Pero… ¡pero les has matado, Shin!

- No te equivoques, sólo les he dejado inconscientes.

Al salir de la ciudad nos sentamos en un banco bajo el pequeño puente de entrada, a recuperar aliento a la sombra. Lo primero que hizo Shin fue encenderse un cigarrillo.

- No tenemos mucho tiempo, tenemos que ponernos en marcha ya.

- ¿En marcha? ¿Hacia dónde?

En respuesta, Shin me alargó un trozo de papel doblado.

- Tienes tu primera misión, y no me retrasaría demasiado en hacerla.

Creo que palidecí hasta el punto de confundirme con aquella nota. La tomé con mano temblorosa, y la desplegué con cuidado. ¿Qué debía hacer? Me acababa de alistar…en un cuerpo de asesinos. Ladrones sin moral ni escrúpulos, dos cosas que sin duda yo poseía. ¿Sería capaz de…?

Nada. La nota estaba en blanco. En aquel momento pasaron mil pensamientos por mi cabeza. ¿Me estaba tomando el pelo? ¿Me estaría volviendo cegata? Pude oír como Shin se reía mientras se encendía otro cigarro. O eso creía que iba a hacer. Para terminar de completar aquel ritual extraño, puso el mechero debajo de la nota y aparecieron, como por arte de magia, unas letras.

- Tinta invisible. Espabila en leerlo.

Hice lo que me dijo. La conclusión que saqué fue que debía dirigirme al santuario situado cerca de la parte vieja de la ciudad, ya sabía a cuál se refería. La misión consistía en eliminar a un traidor, un enano llamado Anvilward que vendía barriles de cerveza en Silvermoon, los cuales estaban claramente envenenados.

Antes de que terminara de asimilar toda la información, Shin levantó el mechero y quemó el papel. Lo solté deprisa para no quemarme.

- ¿Pero qué haces?

- Limpio, rápido y sin pruebas. Son las normas de la Shattered Hand.

Ambos quedamos un momento en silencio mientras veíamos cómo se consumía la misión en el suelo de graba. Debía matar a alguien…yo no podía hacer eso. Miré mis manos, que empezaron a temblar.

- No…no puedo hacerlo, Shin.

- Claro que puedes. Para algo has estado entrenando.

- ¡No puedo arrebatarle la vida a un inocente!

- ¿Inocente? – el asesino se levantó, claramente molesto. – Han muerto muchas personas por culpa de ese maldito alianza. – apoyó las manos en el respaldo del banco, poniéndose muy cerca de mí y reclamando toda mi atención. – Tenemos que fiarnos de esa jodida gentuza para qué, ¿para que nos engañen? No es un inocente, Len.

Shin se giró y dio un par de pasos. Parecía muy indignado por lo que había dicho.

- No asesinamos por placer. Al menos, no yo. Tengo un poco de moral, ¿sabes? Mi ley es ojo por ojo, diente por diente. Todas las misiones que recibimos son para mejorar este asqueroso mundo.

- ¿A base de qué, Shin? Manchándote las manos de una sangre que crees que es culpable. Pero eso es tan relativo… - me di cuenta de que me había puesto en pie, furiosa por la mentalidad simplista de Shin.

- ¡No es relativo! ¡Para conseguir algo mejor alguien tiene que hacer el trabajo sucio, ¿no?! – estaba gritando, pero cuando me encaró pareció calmarse. Respiraba bastante rápido. – Yo confío en la Shattered. Es mi hogar, el único que supo acogerme. Ellos saben lo que hacen, y las misiones que hago son para el bien de todos. Y aunque me joda, también por el bien de la Alianza. – se me acercó un poco – Somos un grupo de inconformistas por la mierda de sociedad en la que nos ha tocado vivir, nada más. Nuestras facciones son secundarias.

- Pues yo no comparto esos ideales contigo.

- Tendrás que hacerlo. Ahora eres del gremio.

- Por obligación, no por convicción. Y no pienso hacer esa estúpida misión.

Me crucé de brazos. Estaba muy asustada por lo que ponía en aquel papel, aunque pretendía parecer enfadada.

- Si tan claro lo tienes hazlo tú. Al fin y al cabo eres un profesional. – concluí.

Shin levantó el puño y se me quedó muy cerca. Pude encogerme un poco, pero si no se hubiera detenido a tiempo, sin duda me habría tirado al suelo. Se quedó unos momentos con la mano en alto, temblando, pero al final la retiró poco a poco y se incorporó.

- No pienso hacer tu trabajo. Si no eres capaz de hacerlo, lo comprendo. Bórrate del gremio. Y olvídate de todo lo referente a la Shattered…y de mí.

Después de decir eso empezó a subir las escaleras lentamente, camino al portón que custodiaba la ciudad principal de los elfos de sangre. Primero olvidarme de mí misma. Olvidar mi carrera. Olvidar mi vida. Y ahora olvidarme del único punto de contacto entre el pasado que tanto añoraba y ese presente que me asfixiaba. ¿Por qué arrebatar una vida? ¿Acaso me haría sentir mejor? Era cierto que era un traidor, o al menos eso pretendían que creyese. Pero si le dejaba escapar, Shin se iría. Me aterraba la idea de quedarme sola. ¿Una muerte…o mi propia muerte caída en el vacío horrible de la soledad?

- ¡¡¡Shin!!!

Grité con todas mis fuerzas, desesperada por que no me dejara allí. Había dentro de mí un impulso fuerte como el miedo que no me dejaba separarme de él.

- No hace falta que grites. – me contestó pausadamente en el rellano de la escalera, sin mirarme.

- Yo…

Antes de que pudiera mediar palabra, el asesino suspiró, silbó y apareció aquel enorme lobo negro, en el cual se montó con toda naturalidad.

- Como no subas ahora vas a ir andando.

Subí corriendo las escaleras. Mientras Shin me ayudaba a montar, pensaba en el cambio de actitud que había tomado. Ahora había dejado de ser el gracioso, el ingenioso. Estaba muy serio, y en sus últimas palabras había podido atisbar una pizca de compasión. ¿Acaso alguien sin corazón como un asesino podía llegar a comprender mi agonía?

Estuvimos todo el trayecto en silencio. Me aferré a la espalda de Shin con todas mis fuerzas, aquel lobo corría muchísimo. El aire logró despejar un poco mi cabeza. Suponía que el truco estaba en no pensar: simplemente, hazlo. ¿Pero cómo? No tenía ni la fuerza ni la experiencia necesarias…Todavía estos pensamientos rondaban mi mente cuando lleguamos. Shin desmontó y me tendió los brazos para ayudarme a bajar. Sabía que seguía serio. Cuando fui a bajar , un pie se me enredó en el estribo, de tal manera que cuando apoyé una pierna en el suelo la otra me hizo perder el equilibrio y estamparme contra Shin, el cual cayó de espaldas debido al empujón.

- Ay… ¿estás bien? – le pregunté tendida sobre su pecho.

- Sí…no te preocupes…

Intentó incorporarse, de manera que yo me levanté y quedé sentada sobre sus piernas. Me preocupaba que se hubiera hecho daño en la cabeza, habíamos caído cerca de un árbol y se podría haber hecho algo serio contra una raíz. El asesino se retiró la capucha y se tocó la nuca. Estaba apoyado sobre un antebrazo mientras refunfuñaba por el dolor. Tenía la malla negra hasta la nariz, pero esta vez pude verle el resto de la cara. Su pelo era muy rubio, del mismo color que la perilla que le había visto antes. Lo llevaba algo largo, todo repeinado hacia atrás en punta, de modo que los ojos le quedaban despejados. Se miró la mano, no tenía nada de sangre. Apoyó el otro brazo en el suelo para no hacer tanto esfuerzo al incorporarse, pero en vez de sentarse se quedó mirándome, recostado sobre la hierba.

- ¿Estás haciendo alguna especie de puzzle con mi cara?

- No digas bobadas, sólo estaba…concentrándome.

Evidentemente mentí. No podía apartar la vista de sus ojos. Pequeños y rasgados, parecían escudriñar hasta el último rincón de mi alma. No temían a nada, o tal vez habían visto demasiado como para tenerle miedo a algo. Esa era la sensación que me daban.

- ¿De verdad vas a hacerlo?

- ¿El qué? – inquirí nerviosa.

- La misión. – de nuevo, se puso muy serio.

- S…sí… - desvié la mirada. - No sé cómo…yo no tengo fuerza para coger a alguien y…

Sus labios. Un beso. Y me lo estaba robando. Ágil. Tan rápido que ni siquiera me había dado cuenta de que había acabado de descubrir su rostro para sentarse, acercarse a mí y rodearme con un brazo la cintura mientras con la otra mano se sostenía la malla. Pero a la vez fue tan despacio…qué importaba lo que tuviera que hacer entonces. No había prisa, ni necesidad de correr por nada. Sólo sentir sus labios rozando los míos con una dulzura que jamás habría imaginado…hasta que se esfumó. Me estrechó con fuerza mientras me acariciaba la mejilla y empezó a besarme más rápido, más pasional. Mi espalda se arqueó de placer…noté su lengua y por último…un pequeño mordisco. De nuevo el impulso se detuvo para, lentamente, separarse de mí. Todavía tenía mis ojos cerrados, notando el corazón a punto de estallar.

- Vamos, si no te levantas el enano se va a largar.

Desperté del trance y lo vi de nuevo cubierto de negro. Ni rastro de la dulzura, ni rastro de la pasión que me había mostrado. Otra vez la estúpida indiferencia ante todo. Aquello me molestó mucho. Esperaba unas palabras bonitas, algo que hiciera que me calmara antes de la misión. Porque una declaración de amor era demasiado.

Me levanté rápidamente, enfadada con él y conmigo misma por haberme dejado engatusar de esa manera. Miré alrededor y vi, no muy lejos, el santuario. El enano en cuestión charlaba con un elfo, seguramente un sacerdote a juzgar por la túnica. Sin pensármelo dos veces eché a andar, decidida, cuando Shin me detuvo agarrándome de un brazo.

- Len, escucha. Ésta vez yo no voy a poder intervenir, pero te vigilaré de cerca por si tienes algún problema. No te puedo decir nada, así que tu excusa para apartarlo del elfo tiene que ser perfecta.

Le oí, pero miraba a un lado. Estaba realmente enfadada.

- Y recuerda…- me tocó el vientre y me resiguió con el dedo hasta casi los pechos - …de abajo a arriba.

Sin dirigirle palabra, me giré y eché a andar hacia el traidor. De camino oí cómo, desde algún lado que no podía ver, me susurraba:

- Relájate…lo harás bien.

Respiré hondo e hice la misma táctica de la camiseta que practiqué en el banco. Era muy fácil engañar a un hombre.

- Hola, buenas tardes. Quisiera hablar con el señor…Anvilward. – dije al situarme cerca del enano y el elfo, haciéndome la interesante y mirando de reojo al pequeño traidor.

- Soy yo, preciosa.

Me incliné hacia delante para situarme a su altura, cerca de su cara, apoyando las manos en mis rodillas de tal manera que quedaran patentes mis dotes de convicción.

- Quisiera hablar con usted acerca de…la mercancía que le vende a mi jefe. Es sobre el siguiente pedido, así que deberíamos hablar…a solas…ya me entiende…

Noté como el jodido enano me miraba con ojos viciosos. Intenté no hacerle demasiado caso y centrarme en mi actuación, aunque me produjera una gran repulsión.

- Bueno Caidanis…voy dentro un momento con esta señorita a hablar de…negocios… - pronunció sin ni siquiera mirar al elfo, el cual pude ver de reojo que me fulminaba con la mirada.

Sonreí y el traidor me devolvió una especie de gesto de mal gusto debido a su horrible dentadura y su asqueroso bigote. Se dio la vuelta y me hizo un gesto para que le siguiera.

La estancia circular tenía una pequeña rampa ascendente con forma de caracol pegada a la pared, y creaba una plataforma justo encima de mi cabeza. El enano, el cual poseía una calva prominente en el cogote, se dirigía hacia allí mientras de vez en cuando me dedicaba una mirada lasciva a través de su pequeño monóculo. Ni siquiera escuché lo que decía acerca de "negocios". Estaba concentrándome en lo que tenía que hacer, sujetando con una mano la daga que ocultaba en uno de los bolsillos de mi pantalón. Al llegar arriba, el traidor se detuvo delante de una esfera mágica que producía unos bellísimos destellos rosáceos.

- Me alegro que hayan mandado a alguien tan predispuesto como tú…

En ese momento me produjo un escalofrío el hecho de pensar que aquel hombre pretendía tener algún tipo de relación conmigo, pero la voz de Shin desde algún lugar de la sala me recordó lo que tenía que hacer.

- Ahora es el momento, ¡por la espalda!

Saqué el cuchillo, aunque haciendo algo de ruido debido a mis nervios. El pulso me temblaba como nunca, y evidentemente, el enano se dio cuenta.

- ¡Maldita zorra!

El alianza hizo gesto de sacar un arma. Cuando la vi, reaccioné instintivamente. Cerré los ojos y le embestí, con fuerza. Cuando volví a mirarlo, el hombre abría los ojos de par en par. Sentí como su sangre, aún caliente, recorría mis dedos como el miedo que empezó a apoderarse de mí. El traidor soltó un grito de dolor, y antes de que pudiera hacer nada, unas voces empezaron a escucharse fuera del santuario. Venían hacia allí. En ese momento, noté cómo la mano de Shin se apoyaba en mi puño y hacía fuerza hacia arriba, abriendo en canal al enano. Pude sentir cómo la daga rasgaba la carne, cómo presentaba resistencia a la muerte, cómo ese líquido carmesí manchaba mi alma.

- ¡Vámonos!

Shin me rodeó con su brazo libre y me arrastró hacia la pared donde se ocultaba.

- No digas ni hagas nada.

Todavía con el arma en mano, desaparecí con el asesino sigilosamente entre las sombras, practicando lo poco que había aprendido aquella misma mañana. Pude ver cómo unos guardias entraron en el edificio y se mostraban desconcertados al no ver a nadie.

- ¿Sabes cómo saltar? – me susurró.

- ¡¿Qué?! ¡Aquí hay al menos diez metros!

- No exageres. Es sencillo: tienes que flexionar las rodillas al caer y apoyarte con la parte delantera del pie. Es como ser un gato.

Miré abajo. Los guardias habían empezado a subir, y se encontrarían con…

- A la de tres. Uno…dos…

Cogí con fuerza la mano de Shin y me preparé.

- ¡Tres!

Saltamos de la plataforma. Cuando toqué el suelo me hice daño en el pie izquierdo, lo cual me obligó a apoyar una mano sobre las losas. Al hacerlo, la daga se me escapó, haciendo un fuerte ruido metálico que alertó a los guardias.

- ¡Mierda, corre!

De un fuerte tirón, el asesino me llevó fuera del santuario moviéndose sigilosamente. Tenía más miedo que dolor que sentía en el tobillo, así que corrí tras de Shin como alma que lleva el diablo. Nos agachamos rápidamente tras el árbol donde nos habíamos caído antes. Spike se puso en pie: le habíamos despertado de su sueño.

- ¿Estás bien? – me preguntó.

Estábamos casi sin aliento. Lo único que pude hacer fue tocarme donde me había hecho daño. Supuse que Shin me entendió por la expresión de dolor que se me puso.

- Lo tienes algo hinchado…mierda…

Rápidamente sacó unas vendas y me cubrió el tobillo con gran habilidad. Tras esto, y todavía respirando con fuerza, me cogió en brazos y me subió al lomo de Spike. Subió de un brinco y nos dirigimos velozmente hacia Silvermoon.

Cuando llegamos, ya había empezado a oscurecer. Estaba muy cansada, tenía la mente completamente en blanco. Lo único que me recordaba que seguía despierta era aquel fuerte dolor. Shin me entró en brazos a la posada, lo cual hizo que Velandra me fulminara con la mirada. El asesino, pero, ni se inmutó. Subió a la habitación sin hacer ningún comentario. Me llevaba como si apenas pesara nada.

Una vez dentro me sentó en la cama y se agachó para quitarme la bota y la venda. Se retiró la capucha: pude ver pequeñas gotas de sudor en su frente.

- ¿Te duele?

No pude evitar soltar un alarido cuando me movió el pie hacia la derecha.

- Bueno, no tienes nada roto. Si no, me habrías matado sólo cogerte el pie.

Shin rió un poco. Matarlo…eso era la que había hecho. Había quitado indiscriminadamente una vida. Mis manos todavía tenían manchas de sangre seca. Supongo que el asesino se dio cuenta de lo que estaba pensando, porque puso su mano sobre la mía como para tranquilizarme

- Recuérdame que te compre unos guantes para la próxima vez.

¿Próxima vez? Lo dijo calmado, como si fuera algo obvio, algo normal. Me quedé mirando los ojos de Shin. Intentaba encontrar una respuesta en aquel vacío verde, pero lo único que obtuve fue un fuerte golpe contra la fría realidad. "Has matado, y matarás hasta que alguien sea más fuerte que tú".

Shin me abrazó. En ese momento desperté de mis pensamientos y me di cuenta de que unas pequeñas lágrimas cortaban mis mejillas. No sé si ello me sorprendió más que el hecho de que me abrazara.

- No ha pasado nada. Sólo olvídalo. Olvida su cara, olvídalo todo. No te tortures por haber hecho lo que has hecho. Piensa que una vida perdida ha ganado muchas otras. – se retiró y me sostuvo la cara. – Y la próxima vez no me seas tan torpe o te haré pagar los medicamentos.

Un amago de sonrisa apareció por unos segundos en mi rostro. Luego me limité a observar cómo Shin me masajeaba el tobillo con un ungüento verdecino que desprendía un fuerte olor a hierba. Luego me lo volvió a vendar con mucho cuidado. Me gustaba el tacto de sus manos, me relajaba mucho.

- Mañana estarás como nueva. Ahora a descansar.

Me dio un par de golpecillos en la pantorrilla y se fue al cuarto de baño. Cuando cerró la puerta, me quité la otra bota y todo lo incómodo para dormir: las correas del pantalón, el cinturón, la daga… la miré durante largo rato. Las imágenes del enano aparecían vivamente frente a mí. Me estremecí y apagué la luz corriendo. Me metí en la cama, abrazando con fuerza uno de los mullidos cojines. Entonces empecé a temblar. Me acurruqué. No sabía por qué pero sentía un pánico terrible, como si alguien fuera a castigarme de la manera más cruel posible por lo que había hecho. Sentía mucho miedo.

La luz del baño me hizo abrir los ojos. Me di la vuelta y me coloqué en un extremo de la cama para evitar que Shin me viera así. Cuando la estancia volvió a sumirse en la oscuridad, noté cómo se tumbó en la cama. Mi respiración entrecortada era lo único que se escuchaba.

- Mañana me iré temprano, tengo una misión.

Pasaron unos segundos tensos en silencio, y luego añadió:

- Esta vez no podrás acompañarme…

Me tenía que quedar sola otra vez. Me tapé la boca para intentar contener el llanto.

- ¿No puedo ir…contigo? – reproché como pude con voz calmada.

Shin se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.

- Va a ser demasiado peligroso, Len… - su voz tenía un tono amargo que no me gustó en absoluto. – Si quieres puedes esperarme en la puerta de la ciudad a las seis de la mañana. Si ves que me retraso…

En ese momento rompí a llorar. Después de todo mañana podría desaparecer Shin de mi lado. Escondí la cabeza en el cojín. Yo no quería que…

- Eh, eh – el asesino me abrazó, hablando muy despacio. – No va a pasarme nada, ¿vale? Si ves que me retraso ve a hablar con Nerisen. Ya sabes dónde está el cuartel, así que no vas a estar sola... Anda ven aquí y deja de llorar…

Me dio la vuelta y me abrazó contra su pecho. Por más que lo dijera, no podía parar de sollozar.

- Len…te estoy hablando…al menos podrías mirarme…

Intentando calmarme levanté la cabeza. La poca luz que entraba por la ventana recortaba la sombra de su rostro.

- Estoy aquí, no me he ido a ningún lado, ¿vale?

Me cogió una mano y la colocó sobre su mejilla. Tenía el rostro descubierto…

- Olvídate de todo y descansa. Mañana nos espera un largo viaje. ¿Has estado alguna vez en Tranquilien? Es una ciudad preciosa, ya verás.

Oí, como algo lejano, una pequeña risita. Toda mi atención la atrapaba el tacto que sentía mi mano.

- Y recuerda que no puedes llevarte muchas cosas, lo más probable es que salgamos muy rap…

No quería oír nada más. Sólo besarlo. Lo besé muy despacio, reteniendo la amargura que había en mi pecho, intentando que así se acallara. Shin respondió a mi beso, y de nuevo volvió a mostrarse tan humano, tan tierno…

La calma empezó a apoderarse de mí. Casi caigo dormida cuando Shin se apartó un poco y me dio un beso en la frente. Me acurruqué en sus brazos. El sueño me invadía cuando escuché de nuevo su voz.

- Descansa, pequeña.

Y caí rendida mientras con su mano acariciaba mi pelo.