4
Camino a Ghostlands
No había conseguido pegar ojo en toda la maldita noche. Len se empeñaba en quedarse con toda la sábana, y si a eso le sumamos los extraños ruidos guturales con los que me deleitaba, teníamos un concierto nocturno digno de ser escuchado.
La hora se acercaba. Me levanté muy despacio de la cama, intentando no despertar a la bella durmiente. No se oía ni una mosca en la posada. Bajé las escaleras deslizándome por la barandilla y me escurrí hasta la puerta trasera. Sonreí de nuevo al comprobar que el hijo de Velandra había llegado más o menos a su acogedor hogar, para después propinarle una patada en el trasero que le hizo gruñir como a un cerdo.
- Maldito patán. - murmuré entre dientes.
Hacía bastante frío así que me ajusté la capucha al cuello y caminé por las solitarias calles de Silvermoon. A esas horas de la madrugada habría sido difícil encontrarse con alguien, y muchos menos con compañía femenina; que lástima. A esas horas sólo había borrachos y brujos con insomnio intentando conseguir extraños resultados con sus mascotas.
Doblé la esquina y allí estaban los guardias. Charlaban animadamente sobre alguna actriz o cantante famosa. Después de un buen rato me di cuenta de algo que habría podido suponer el fin de la misión. Sí, efectivamente, aquellos tipejos no tenían ni idea de lo que era buena música. Uno de ellos se despidió y marchó en busca del reemplazo, momento que aproveché para deslizarme detrás de su compañero y golpearle en los riñones, no sin antes advertirle que Haris Pilton era una cantante mediocre. Aquello estaba oscuro como boca de lobo, y para más detalles, olía a muerto. Casi caigo por la escalera de caracol de no ser por la estrecha barandilla que cubría el borde derecho. Exhalé. Delante de mí se abría una alfombra roja y un corredor bastante angosto. Me pregunté por qué no habría guardias allí, y cuando quise darme cuenta, encontré la respuesta. ¿Quién iba a robar eso? Cuando encontré mis Rayban en el bolsillo de la chaqueta pude ver a cuatro magos y a un paladín que los cubría.
"Así que... así es como lo consiguen."
El poder de los caballeros emanaba de aquel llavero gigante fosforescente. Energía pura, sustraída cuidadosamente por expertos magos que consumían su vida drenando su poderosa magia. No debería preocuparme por el tamaño, al fin y al cabo llevaba mi reductor goblin. Me apoyé en una columna del pasillo intentando trazar un esquema mental, esos tíos no iban a admitir ningún tipo de fallo. Encendí un cigarrillo sabiendo que ninguno de ellos aparecería por allí y pensé en Len. No sé muy bien por qué pero lo hice, pensé en sus labios, en sus ojos... y porque no decirlo en su culito firme y...
Escuché un ruido proveniente de la sala, uno de los magos se había desmayado. En ese momento los latidos de mi corazón parecieron convertirse en tambores atronadores. Dejé caer el cigarro de mi boca mientras me movía rápido, silencioso, calculando cada movimiento. El primero en caer fue el paladín, fue un blanco fácil teniendo en cuenta que estaba ayudando al pobre mago. Patada circular y un golpe bajo completaron la actuación frente a otros dos magos. El último casi se mea encima cuando vio mis ojos verdes. Sonreí, tenía todo bajo control. Apunté al Naaru, aunque supongo que no tenía porque tener miedo a fallar el disparo. Me di la vuelta y vi al joven mago intentando lanzarme algo.
- ¿Qué haces, loco?
Cogí un puñado de tierra que llevaba en un bolsillo y se lo arrojé a los ojos.
- No juegues con fuego, chaval, acabarás quemándote.
Corrí. Corrí hasta casi perder el sentido. Quería salir de allí con aquel faro entre mis brazos y huir lejos de allí. Casi caigo rodando por los escalones. Una chica despistada apareció en medio de la calle con la cartera colgando de un lado y un cartel luminoso que pedía a gritos que la robase. Oportunidades como estas no se presentan todos los días, así que varié mi rumbo tan solo unos metros para poder deslizar mis dedos de forma descarada y seguir corriendo.
- ¡Encantado de conocerte!
Creo que no lo entendió, pero cuando vio el milagro que hice con su cartera me persiguió casi hasta la puerta sur de la ciudad.
- Cómo se pone la gente por unas moneditas de oro...
Arrojé una bomba de humo y desaparecí entre los muros. Los guardias y la chica se quedaron frustrados casi dándose de cabezazos contra las paredes. Si no contrataran gente tan manca, quizás hubiesen tenido alguna oportunidad. Monté a Spike, me aferré con fuerza al collar de pinchos y salí disparado. Allí estaba Len, en medio de la calle, cegada, posiblemente, por los primeros rayos de sol de la mañana.
- Qué bonito. - dije en voz baja.
"Qué mariconazo", pensé en mis adentros.
Sin dejarla mediar palabra la subí de un agarrón. Cuando la tuve cerca, le di la bienvenida al autobús y salimos al galope por la puerta principal de Silvermoon.
- Mierda, nos van a pillar. ¿Has estado comiendo bollos?
- ¡Serás..!
- Eh, a mí no me mires, mira cómo jadea el pobre Spike.
- ¿Pero cómo tienes la cara de decir eso?
Giramos bruscamente con la idea en mente de dejar atrás a los guardias tras doblar la esquina. Me agarré fuerte a los costados de Spike mientras sujetaba las riendas con la boca, así sería más fácil para el animal. Lenhyra casi se cae, así que la ayudé a recomponerse mientras palpaba su trasero.
- Como pensaba...
- ¡Que no he engordado! ¡Y deja ya de tocarme el culo, cerdo!
Aquel robo iba a resultar mucho más divertido de lo que esperaba.
Avanzamos un par de kilómetros más antes de cruzar el puente más próximo al camino del Sur. Debía pensar rápido, ser astuto cual orco, sigiloso cual tauren y hermoso cual troll, si es que eso era posible. Cuando las maderas de la frágil estructura se hallaron bajo las patas del can, unos guardias se asomaron al otro extremo del puente. No me lo pensé dos veces.
- ¡CUIDADOOO QUE QUEMOOOO!
¿Qué? ¿Qué pasa? No se me ocurrió otra cosa más brillante. Len abrió los ojos de par en par, así como los dos pobres guardias que lo único que pudieron hacer fue tirarse de cabeza al río ante la extraña situación.
- Ya te vale...
- Tú no lo habrías hecho mejor. - respondí sonriendo a mi admiradora.
Llegamos a la posada donde tenía preparada la montura secundaria, era un hawkstrider de color negro que había alquilado a mi amigo el de la tienda de ropa el día antes. Estaba oculto en el patio trasero del edificio, donde nadie, salvo los veinte comensales que cabían en el comedor de la posada, pudieran verlo.
- Vale, Spike…vete de aquí, te llamaré cuando sea necesario. No te metas en líos, ¿de acuerdo?
El animal emitió un leve gruñido equivalente a: "si, vale, lo que tú digas, chaval", y se alejó sin hacer el más mínimo ruido. Salté sobre la valla y me quedé esperando en la parte más alta a que Len saltara. Después de hacer el ridículo estrepitosamente durante varios minutos, refunfuñó y dijo.
- ¡Ayúdame a subir!
- Por favor. - sonreí complacido.
- ¡Cabrón!
Poniendo una cara de esfuerzo sobrehumano la alcé por encima del muro y la dejé caer suavemente al otro lado.
- No era para tanto…
Encendí un cigarro mientras el pollo diablo me miraba con cara de pocos amigos.
- Como sigas mirándome así te voy a desplumar.
Pareció entenderme cuando se giró y empezó a incordiar a mi amiga. Me apoyé contra la pared mientras Len acariciaba el pico del hawkstrider.
- Dime… ¿dónde piensas ir?
- A Ghostlands.
- ¿¿Qué?? - parecía exaltada, preocupada.
- ¿Estas sorda o te lo haces guapa? G-h-o-s-t-l-a-n-d-s. - repetí muy despacio para poder paladear cada letra.
- Ese lugar... - contestó.
- Es perfecto para esconderse. - terminé su frase y apagué el cigarrillo para segundos después montarme en el animal.
- Siempre puedes quedarte y echarte unas risillas con los guardias, no creo que te hagan muchos ascos.
- Te odio… - dijo mientras me miraba furiosa.
- Yo también te quiero.
Blasfemando sobre mi madre se agarró a mi cintura y partimos, atravesando el campo, hacia Tranquilien, la única ciudad que quedaba en las tierras fantasmales, podridas por la Plaga y sus enfermedades.
- Oye Shin…
- ¿Mmmmh?
Después de un buen rato viajando parecía estar preocupada por algo, casi como si pudiese pensar, cosa que a veces dudaba.
- ¿Quieres un cigarro?
- No... No es eso.
Noté que sus manos me apretaban con más fuerza, pero antes de que mi faceta romántica por todos conocida saliese a la luz, nos dimos de bruces con un tipo tirado en el suelo.
"Mierda, allí hay gente, será mejor desviar un poco el rumbo."
- ¡Shin, mira! ¡Allí hay alguien en apuros!
Mi primera reacción fue evitar aquel locuaz comentario y seguir callado mientras asía con fuerza las riendas de la montura.
- ¿Es que no me escuchas cuando te hablo?
- Por supuesto que no. ¿Por quién me tomas? ¿Conoces a esos tíos? ¿Han hecho algo por ti? ¿Te pagan por ayudarles?
Por un momento monté en cólera.
- Mira, no somos hermanitas de la caridad, no nos pagan por ello, además nos expondríamos a ser reconocidos y entregados a la guardia real. ¿Crees que eso divertido? ¿Quién te dice que no es una trampa? Len, estamos solos, métete eso en la cabeza.
Sonaba duro, pero así era la vida de un asesino. Si no era capaz de inculcarle ese tipo de ideas no podría sobrevivir mucho tiempo sola, y eso era algo que en el fondo me aterrorizaba. Torcí el gesto y me quedé muy serio mientras entrábamos en Ghostlands. Estuve un buen rato sin escucharla, supongo que había sido algo severo con ella. Lamentándolo mucho, no podía rectificar, y menos sobre su aprendizaje en una profesión tan peligrosa como ésta.
Los árboles empezaban a quebrarse, el sol se hundió sobre la tierra muerta, y una fina película de miasma se esparció por el aire en apenas segundos mientras nos adentrábamos en aquellas tierras. La muerte se hacía presente, allá donde mirases no había escapatoria. Animales corruptos, plantas que parecían gritar de dolor... Se escuchaban susurros, o quizás sólo fuese el viento gimiendo, tan frío y cortante como cuchillos. Aquí nació y murió la dama oscura, la reina Banshee, Sylvannas Windrunner.
- Shin…no me gusta este lugar.
- Con suerte no estaremos mucho aquí... no pasa nada, a mí tampoco me gusta.
Llegamos a Tranquilien en unas horas, casi al anochecer, o al menos eso creía. Era imposible deducir la hora solar sumido en aquella oscuridad que se apoderaba de todo. Un transeúnte se movía nervioso a la entrada de la ciudad en ruinas.
- ¡Eoooeooo! - gritaba
- ¿Pero qué coño...?
- ¡Aquí amigos, bienveeeniiiiiiiidos a Tranquillieeen, un lugar para estar bieeeeen tranquilitos!
- Síiiii, claaaaro, qué buen día haceee. - añadí con tono sarcástico mientras golpeaba el costado de Len. - Síguele el rollo, mejor no tener problemas - susurré.
- Pero ese tío está mal de la cabeza.
- Por eso mismo, mi joven aprendíz.
Me golpeé la cara con la palma de mi mano en señal de desesperación.
- Ey, coleguilla, ¿dónde podemos pasar la noche para tener algo de intimidad? Tú ya me entiendes…
- Ohh siii, por todos lados… jijijijajajaja.
- Sí, claro, por el norte, por el sur, tralaritralaraaaa. - canturreé una canción que acababa de inventarme mientras agarraba por el hombro a aquel majareta. - No, venga, ahora entre tú y yo, amigo, ¿dónde puedo sentar mi culo un rato?
- Puess a veeer, déjame peeeensaaaaaaaaaaaar.
Comenzó a dar vueltas sobre sí mismo como una peonza mientras extendía los brazos.
- Qué tío más majo, ¿eh? - susurré a Len.
- Más que majo majareta.
- A veces sueltas unas perlas literarias que me sorprenden. Si alguna vez escriben un libro sobre nosotros me aseguraré que recojan todas.
- ¡Por allí!
El loco señaló un edificio cochambroso y medio derruido de dos plantas.
- Mmmmh. Vale, lo tengo, ¡nos vemos!
Me alejé rápido de aquel maromo mientras de fondo le escuchaba decir de nuevo...
- ¡Hoooola amigo!
No le hice mucho caso a la situación y bajamos de la montura para entrar en el edificio. No había ninguna puerta, lo que parecía algo extraño, aunque pensándolo bien, en un sitio como aquél las puertas podrían ser bien usadas como tablas de planchar, y las cortinas que se echaban en falta en las ventanas como vestidos de gala para las fiestas regionales y los concursos de tiro al muerto viviente, todo la mar de divertido. Durante unos segundos me imaginé a un pequeño grupo de elfos nadando en los lagos podridos, bailando con unos esqueletos o desnudos en corro a una hoguera hecha con las cortinas de las casas. "Qué absurdo... ", pensé. "Qué divertido", rectifiqué segundos después.
- ¿Hola?
- Ahh... hola, ¿qué desean?
El posadero no parecía primo del tipo de ahí fuera, así que respiré aliviado.
- Amigo, ¿sería posible que pudiéramos quedarnos aquí esta noche?
- Creo que todavía queda algo por salvar allí arriba... pero no me hagas mucho caso, los guardias suelen dormir allí.
- Iré a echar un vistazo, gracias.
Dejé a aquel hombre con su desgracia, llorando de rabia sobre sus rodillas, lamentando haber perdido todo por aquella maldita Plaga. Cogí fuerte a Len por el brazo y casi la arrastré escaleras arriba. No me gustaban nada ese tipo de escenas dramáticas.
Después de hacer una pequeña ronda de reconocimiento por si había gente suspiré.
- Genial... esto está incluso más destrozado que la planta baja. Necesito un…
Una bala atravesó mi pecho... no, en serio; no, de verdad, pero, me refiero... ya me entendéis. El paquete de tabaco estaba vacío.
- ¡NOOOOOO!
- ¡Shin, qué te pasa! - inquirió Len sobresaltada.
- ¡El tabaco!
- ¡Joder, qué susto me has dado!
Me arrodillé dejando caer el paquete vacío a un lado mientras levantaba los brazos al cielo.
- ¡Por qué me has abandonado, Kael!
Me recompuse como pude de aquel duro golpe mientras secaba mis lágrimas con la manga de la chaqueta.
- Vamos, tenemos que comprar tabaco, no importa cómo ni dónde.
- Pero, pero... ¿y para dormir?
- Eso da igual ahora, mariconadas.
Hice caso omiso a las quejas de la pelirroja mientras caminaba escaleras abajo en busca de algún comerciante.
- Una undead... mejor que nada…
La muerta viviente tenía un pequeño carro cerca de la posada y parecía tener todo tipo de artículos…repugnantes.
- ¡Hola, buen día, señorita!
- Hola. - dijo con una voz pútrida, si es que una voz puede llegar a sonar pútrida.
Me sonrío con los pocos dientes que tenía y yo me alegré de no haber tenido nunca relaciones con muertas vivientes.
- No tendrá... tabaco, o algo que se le parezca.
- Déjame ver…también tengo otras cosas...
- Oh, ¿sí? Qué maravilloso.
"¿Esta tía se me está insinuando?". Sólo de pensarlo se me revolvían los entresijos.
- Ah, aquí está.
Me alargó un pequeño saco de hierbas, el cual fui a pagar de buen agrado rebuscando unas monedas en mi bolsillo más cercano.
- Mmmh… espero que sean buenas.
- Sí, magníficas, las cojo yo mismo cerca de la casa abandonada al sur de la ciudad.
- Oh, ¿en serio?
"Me estoy repitiendo", pensé. Sería una buena idea ir a pasar allí la noche, tomé nota mental mientras sonreía a la... chica, por decirlo de alguna manera.
- Descansa... y mañana hablaremos de negocios.
- Está bien…hasta entonces pues. - contesté extrañado.
Len escuchaba con desconfianza la conversación, sacando la lengua de forma asqueada de vez en cuando.
- Esa tía es una puta.
- ¿Tú crees? Yo creo que tiene algo que ver con el bicho este. - señalé la bolsa del Naaru atada a un lado de la montura.
- Puede ser... aún y así…
- ¿Estás celosa? Porque si lo estás puedo darte un besito.
- ¿Estás de broma? ¡Eso jamás!
- Ahora enserio…qué opinas.
- Opino que deberíamos ir a descansar.
Pegué una calada a mi nuevo cigarrillo mientras cruzaba los brazos en pose pensativa.
- Ajá, tienes razón, vayamos a mirar la casa que decía.
- ¿Te fías de ella?
- ¿Por qué no? Que yo sepa no me odia... todavía.
- Vámonos... estoy muy cansada.
Montamos y atravesamos la pequeña ciudad muy rápidamente. El camino que decía debía ser el que pasaba cerca del pequeño lago cercano al santuario del Sol. Hacía frío, y la luna no asomaba por ninguna parte. Teníamos clavados cien ojos entre las sombras todo el tiempo, esperando a que cometiésemos algún fallo, o simplemente a que desmontáramos, para devorarnos.
- Allí está.
Un pequeño edificio apareció delante de nosotros, con mejor pinta que la posada.
- Supongo que servirá. - Len no parecía muy convencida de ello.
- Mira, ésta al menos tiene puerta.
Entramos muy despacio, no había nadie. Len se quedó recogiendo un poco el interior mientras yo salía a por unos leños para quemar, así no pasaríamos frío y podríamos cantar canciones en torno a la hoguera mientras nos dábamos la mano al son de "Quién teme al lobo feroz de ahí fuera que nos quiere comer las tripas". Volví en diez minutos con la labor hecha mientras ella había conseguido sacudir las mantas y despejar un poco el centro de la instancia.
- Vaya, podrías dedicarte a esto. - le espeté desde la puerta.
- Y tú a vaguear, no se te da nada mal.
- Bah. - sonreí complacido mientras depositaba los leños en el centro del comedor.
Con un gesto ágil saqué el mechero y me dispuse a encender una hoguera. Los troncos debían de estar algo mojados, parecían no prender bien bajo la llama del mechero, al cual se le acababa el gas.
- Déjame a mí.
Un sonido punzante de hojas rasgadas me percutió los tímpanos como si fuera un crío rascando un plato con el tenedor.
- ¡¿Se puede saber qué haces?!
Los ojos se me abrieron como platos, estaba poseído por el espíritu de los trescientos escritores cuyos tomos se encontraban en la estantería más cercana a Len.
- Esto servirá, ¿no?
- ¡Los libros no se queman, animal!
Me lancé hacia ella con la cara desencajada intentando salvar las hojas del viejo tomo. Respiré aliviado cuando lo tuve en mis manos.
- ¿Ahora me vas a decir que te gusta leer? ¡Pero si no sabes ni coger los cubiertos!
- ¿Y qué tendrá eso que ver? Aaaaghhh, te odio.
Hizo un gesto de asombro mientras se sentaba refunfuñando cerca del fuego.
- En fin, como quieras, señor escritor.
La fulminé con la mirada.
- Menos coña, algún día escribiré un libro. Ya tengo pensado como será. Sí... lo estoy viendo; oh, sí nena...
- ¿Y de qué va a tratar, si puede saberse? - me dijo mientras levantaba la ceja izquierda.
Me tomé mi tiempo para contestar. Encendí un cigarrillo mientras habría de nuevo el libro para revisar que aquella energúmena no hubiera arrancado alguna hoja más. Calé hondo mientras perdía la mirada en el oscuro techo.
- Tratará de mí. ¿De qué, si no? Será un best seller, seguro.
- Oooooh. - aplaudió de manera realmente estúpida para después añadir: - ¿Y saldré yo en ese libro?
- Si te portas bien quizás te dedique un par de líneas, cariño, en... mmmmh, "El poderoso caballero de la noche". No no no, mejor... "El próximo señor oscuro"… o quizás... "La sombra de tu sombra"… ¡Ya lo tengo! "Shin, el asesino legendario".
Len se rió a carcajada limpia, cosa que me hizo dedicarle un escupitajo lejano.
- Mejor: "Shin, el fantasma legendario".
- Y su fiel mascota la pija cantautora. - añadí.
Nos reímos durante un buen rato. La noche no empezaba mal, por fin había hecho un comentario ingenioso que no tuviera que ver con su escote, su ropa, o su corte de pelo; parecía que aprendía bastante rápido. No todo en el arte del asesinato es la técnica, ¿sabéis? A parte de todo esto me senté cerca de la hoguera y me quité la capucha para dejar tras de sí la mascara que me cubría media cara. Empezaba a hacer calor, cosa que me daba sueño. Me quedé embobado, miraba como las llamas danzaban en el aire y escuchaba el crepitar de las ramas secas. Los recuerdos se agolpaban en mi mente como gotas de lluvia, resbalaban, se hacían claros... y acababan por deshacerse en miles de ideas pequeñas. En aquellos momentos me di cuenta de que Len estaba preparando la cena, y andaba algo cabizbaja al igual que yo.
- Oye Shin... ¿por qué lo haces?
¿Por qué hacía qué? ¿Mirarla así? ¿Ser tan guapo? Supongo que en aquel instante me di cuenta de que no eran momentos para tonterías. Me senté a su lado bastante serio y agarré un trozo de carne que puse sobre el fuego. Por unos momentos pensé que diría algo estúpido nada más abrir la boca pero no fue así.
- Yo me crié en la asociación, ¿sabes?... me recogieron cuando era pequeño, nunca he sabido realmente quién soy, sólo sé... que lo que hago lo hago por un bien mayor.
- ¿Un bien mayor, Shin?
Len parecía confusa, intenté explicárselo de la mejor manera posible para que su brillante cerebrito pudiese comprenderlo.
- Verás... el mundo está podrido, pero eso no es nada nuevo ¿verdad? La organización... desde pequeño me enseñaron que aquello que hacíamos era para preservar una aparente paz mundial, y que con unos pequeños sacrificios podríamos prevenir males mayores.
- Pero Shin... eso no está bien…estás matando gente... incluso a veces inocente…
- ¿Y qué? ¡Pero es simplemente para proteger al resto! ¡Así hacemos un mundo mejor!
- Sí tú lo dices…
- Yo así lo creo...
Me encendí un cigarrillo y me quedé un rato a solas pegándome con mis principios. Por unos momentos dudé si serían correctos o no…no debían serlos, no cabía duda alguna, siempre había pensado así y ahora no iba a cambiar de opinión.
Cuando me di cuenta, Len me miraba muy fijamente.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara?
- No, no es eso... Shin… ¿Cuál es tu verdadero nombre?
- Mmmmh, ¿por qué no podría ser Shin? - contesté.
- No sé... es igual que cuando me apodaste Len.
En eso llevaba razón, Shin no era mi verdadero nombre.
- Me pusieron Shin cuando me recogieron en un centro de acogida a los cuatro años... según los informes mi verdadero nombre era... Ghen... pero ni siquiera estoy seguro de ello, al igual que tampoco sé quiénes son mis padres biológicos... yo sólo... - apreté las manos con fuerza sumido en una desalentadora discusión conmigo mismo. - ... sólo nací para esto.
- No digas eso... Ghen...
¿Ghen? Le acababa de decir el que se suponía que era mi nombre y ya se tomaba la poca molestia de llamarme así. En realidad no me disgusté, sonaba raro... muy raro. Como un eco lejano de alguien que me llamaba desde la otra orilla de un río, deseoso de volver a verme. Me acerqué a ella y la abracé... no sé muy bien por qué lo hice, sólo sé que lo hice. Por primera vez en mucho tiempo me sentí tranquilo... era una sensación cálida…casi como estar en el vientre de una madre. Aunque no podía recordar esa sensación, estoy seguro de que se le asemejaría.
Me quedé callado por unos segundos, dejándome llevar por el momento.
- ¿Qué haces...? - susurró Len.
Estaba realmente cansado. Levanté la vista y acaricié su cara, casi como un instinto, como si mi mano siempre hubiese estado allí. Y la besé. La besé muy despacio, mucho más despacio que la última vez. No quería robarle un fugaz mordisco, quería quedarme allí, entre esos cálidos labios en una noche fría, cerca de la hoguera, tapados con una manta y durmiendo plácidamente. Cuando salí de mi mundo solté su boca para poder mirarla a los ojos. No se si era por el sueño o por alguna otra razón, pero la cabeza no paraba de darme vueltas. Me quité la máscara por completo y sonreí.
- Aquí tienes a tu hombre misterioso. - pronuncié en voz baja.
Nunca antes había mostrado mi cara a nadie, no desde que tenía cinco años. Me miraba en el espejo y pasaba mi mano por ella pensando en cómo se sentiría uno al dar dos besos a alguien, o incluso al tener barba. Me quedaba unos minutos mirando lo que nadie más podía ver, el hombre detrás de la máscara, mi cara, el espejo de mi alma. Después, con mucho cuidado, tapaba mi rostro y salía en busca de otro objetivo, de otra víctima, de otra misión, como si fuera una máquina. Nunca antes había tenido tiempo de sentirme bien... no de esta manera. Sonreí... sinceramente... sonreí.
Terminamos de cenar sin mediar una sola palabra. No dijimos nada más durante la cena. Nos tumbamos cerca del fuego, intentando acurrucarnos para conservar el calor en aquella fría estancia. La abracé por la espalda y le dediqué un par de caricias en la mejilla. Tenía la piel tan suave... Poco a poco fui cerrando los ojos. Sin duda había sido un día diferente, en un sitio diferente con un nuevo enfoque de la vida, el que posiblemente no conservaría a la mañana siguiente, pero por ahora... prefería no pensar en nada más que no fuese ella.
