5

¿Dos personas distintas?

El fuerte chirriar del portón de madera hizo que me despertara de un sobresalto.

- Buenos días, bella durmiente.

La impertinente voz del asesino y el dolor que sentía en mi espalda por haber dormido en el suelo toda la noche me pusieron de mal humor. Y todavía tendrían que pasar muchas más cosas durante aquellas venticuatro horas…

- ¡El desayuno está servido! – canturreó Shin.

Plantó al lado de los restos de la hoguera una bestia muerta. Parecía una especie de murciélago, rojo y con la piel carcomida por la Plaga.

- No pretenderás que coma eso, ¿verdad?

Shin se rió bajo la capucha, pero esta vez no se molestaba en ocultar su cara. Ni siquiera se había puesto la malla negra que le tapaba la boca.

- Y por cierto, ¿cuándo…?

En ese momento había caído en la cuenta de que no me había enterado de cuándo se había despertado, y eso que estaba durmiendo a mi lado.

- Duermes como una marmota. – concluyó mientras se sentaba entre el murciélago y yo – Y tú misma si no quieres comer, así toca más por cabeza. – se frotó las manos con ansias.

- No deberías comerte eso, no tiene buena pinta…

Entonces se quedó mirándome muy fijamente. Me puso una mano en la mejilla y se acercó muchísimo a mí. Empecé a ponerme más y más nerviosa, cerré los ojos para intentar calmarme. No esperaba que se pusiera así de tierno de buena mañana…

- Tú tampoco tienes buena pinta recién levantada, mejor sería no probarte – y se giró para empezar a trocear al bicho muerto.

¿Tierno? ¿En qué momento pensé algo así? Lo de anoche, sin duda, era un sueño. O tal vez los astros se alinearon después de cien años, por lo que debería esperar cien más para que dejara ver que, simplemente, sentía algo por mí. Aquello me entristeció, porque, aunque no lo reconocería jamás, creía que una parte de mi corazón ya no quería otra cosa que estar con él…aunque era una parte muy diminuta.

- ¿Te encuentras bien? – preguntó extrañado por mi reacción - ¿Quieres comer algo? Hay para los dos.

Levanté la mirada. Estaba acurrucada con las rodillas dobladas, casi escondiendo la cabeza entre mis piernas. Lo vi sonriendo mostrándome un ala del murciélago con la mano. ¿Ahora intentaba preocuparse?

- Soy vegetariana, ya comeré algo.

- Lo sé. Pero sí que comes pescado, ¿no?

Sacó de un zurrón dos piezas de pescado bastante frescas y me las ofreció. Dio la sensación de que sí pensaba en mí.

- Creo que tú las cocinarás mejor que yo. Lo de anoche te quedó realmente rico.

Me dedicó una sonrisa que pareció bastante sincera. Mientras encendía de nuevo el fuego y preparaba mi desayuno, permanecí en silencio, pensando en todo lo que había sucedido la noche anterior. Cada vez creía con más firmeza que Shin no era más que un niño grande que quería llamar la atención.

- ¿Qué te pasa? – preguntó una vez empezamos a desayunar.

- No sé, ¿tú qué crees? – le contesté, molesta.

Shin se quedó mirándome con cara extraña.

- Yo cero que has visto un niño muerto mínimo, pero como no has salido de aquí en toda la mañana he preferido preguntarte.

- ¡Eres de lo peor! – dije sin siquiera mirarle, y me concentré en el pescado asado.

Él hizo lo mismo, no sin antes encoger los hombros de forma decepcionada. ¿Cómo no podía darse cuenta? ¿Creía que me quedaría indiferente después de lo de anoche? Realmente todos los hombres son iguales, todos están cortados con el mismo patrón. Cada vez me enfadaba más y más en mi interior. Hacía menos de doce horas había creído que realmente confiaba en mí, que me consideraba algo más que una pija a quien le había tocado cuidar como a una niña de pañales. Creía que había dejado de actuar como un tipo duro, que había visto al verdadero hombre tierno, sincero y delicado que se ocultaba bajo la máscara… ¿o era que realmente Shin y Ghen eran personas distintas?

- Recoge tus cosas, nos vamos.

Shin ya estaba de pie, colocándose la capucha y la máscara. Otra vez debía soportar a aquel impertinente, y aquella mañana no tenía nada de ganas.

Salimos de la casa abandonada y montamos de nuevo en aquel pollo extraño. Me daba la impresión de que me miraba con cara de querer arrancarme un brazo. Empezamos a recorrer el camino a Tranquilien molestamente en silencio. ¿Es que no iba a explicarse por lo que hizo? Cada vez que recordaba su actitud cariñosa me entraba más rabia. Había dejado que se acurrucara entre mis brazos como un niño inocente asustado sin siquiera preguntarle nada. ¿Por qué lo hizo?

- ¿Es que no vas a decir nada? – le espeté, furiosa.

- ¿Mmmh? Perdona, eres tú la que está emperrada en estar callada. ¿Qué quieres, que hable con el hawckstrider? Sería cosa de locos hablar con animales.

En ese momento lo recordé sermoneando a Spike, y me quedé pensando en lo irónico de la situación.

- Mira, ahí he pescado tu desayuno. – dijo señalando un punto a la derecha.

Entonces vi un lago verdoso lleno de moho y algas que parecía borbotear en las orillas. Me entraron un par de arcadas que me obligaron a taparme la boca e inclinarme hacia un lado del camino. Cuando pude recomponerme y después de oír las carcajadas de Shin, le propiné un buen golpe en el costado.

- ¡Imbécil! ¿Quieres matarme o qué?

El asesino siguió riendo, pero no contestó a mi pregunta. Deduje que seguramente sería eso: o me mataría de intoxicación o de incoherencias. Total, parecía que yo le importaba bien poco…

Mientras pensaba estas cosas y sin mediar palabra con Shin, llegamos a la pequeña ciudad destruida. Como suponía, se detuvo al lado de la posada para dejarme junto a la montura, y fue a hablar de nuevo con la undead. No sé por qué se empeñaba en acercarse a alguien así. Sólo de pensar en el olor a podrido ya se me revolvía el estómago. Por lo visto, Shin compró otro paquete de esas hierbas extrañas. Se acercó y, para sorpresa mía, en vez de encenderse un cigarro quemó un trozo de papel, que deduje debió sacar de la bolsita de tabaco.

- Nos vamos.

- ¿A dónde?

Shin me dedicó una mirada muy seria bajo su capucha.

- A Undercity.

- ¿Cómo? ¿Estamos locos o qué?

- Supongo – se limitó a encogerse de hombros.

- ¡Pero te están persiguiendo! ¡Van a reconocerte enseguida si vas a la capital de los no- muertos!

- Te recuerdo que a ti también te persiguen. Sólo con que te vieran el rostro ya eres cómplice del robo. Además, son órdenes del gremio.

- ¿Y si el gremio te manda que te tires por un puente lo haces, no? – repliqué, muy enfadada.

- Eso ya no es cosa tuya. Además, sería por un bien común, y tampoco me echaría nadie de menos.

No supe el por qué de aquella respuesta tan tajante. Lo dijo con una voz tan dura que me hizo callar de golpe. "Pues yo sí te echaría de menos", pensé.

- Bájate. – concluyó con tono serio.

- ¿Cómo?

- Olvidaba que eres una iniciada en esto. No puedes pasar por Plagelands, no sobrevivirías.

- Pero…

- No podemos usar el translocador de Silvermoon. Si entramos allí, nos pillarán seguro. Así que no seas tonta y bájate.

Entonces me cabreé muchísimo. ¿Le había estado ayudando hasta ahora sólo para quedar abandonada en Tranquilien? Nada de eso.

- No pienso bajarme.

- No seas cabezota, Len.

- Podemos llegar juntos al translocador.

Shin se puso la mano en la cara en señal de cansancio.

- A ver, iluminada, cuál es tu gran idea para que los cien mil guardias reales no nos cacen.

- Nos colaremos en mi casa. No la habrán vendido todavía, y conservo las llaves. Entramos de noche, nos disfrazamos de paisano y cogemos el translocador.

El asesino pareció pensárselo bastante, pero al final, sin decir nada, se subió de un salto a la montura y echamos a andar hacia Silvermoon.

- Es muy pronto todavía. Podríamos tomarnos el día libre y hacer un picnic al lado del río. Conozco un pequeño lago con una cascada preciosa no muy lejos de aquí. Además, sería mejor que te bañaras.

Shin se rió de su propia broma, y yo me sonreí. Lo cogí con fuerza por detrás para no caerme... ¿o lo estaba abrazando? No supe muy bien por qué, pero una lagrimita recorrió mi mejilla. Lo único que sabía es que no podía dejar de sonreír.

- Lo haces bastante mal, ¿sabes?

- Ah, disculpe, olvidé que viajaba con una superestrella del pop. "¡¡Aaaaaaaaaah, Lenhyraaaaaaaaaaaaa, firmame las bargaaaaaaaas!!" – me contestó, imitando a aquellas fans locas que tenía.

Me reí con ganas, y él también. Era lo único que habíamos dicho en todo el trayecto, a excepción del tarareo desafinado del asesino.

- Tú mejor dedícate a lo tuyo...

En ese momento vi un paisaje bellísimo. Habíamos estado atravesando el campo desde hacía un rato, y entonces, delante de nosotros, se elevaba una cascada de unos cinco metros, que creaba unas hermosas figuras en el agua cristalina del pequeño lago. Más allá, siguiendo el curso del río, unas grandes rocas mantenían la calma de la balsa, para después formar una nueva cascada. Alrededor del lago había barios árboles frutales y arbustos bajos. La hierba verde brillaba con fuerza bajo nuestros pies, creando una mullida alfombra.

- Waaah...

- ¿No es precioso?

Nos habíamos detenido, y ambos observábamos el lindo paraje en silencio.

- Sí... jamás había visto algo así.

- Claro, eres una cosmopolita. ¿No te agobiaba todo eso? Sobretodo las niñatas locazas de tus fans... – dijo mientras me ayudaba a desmontar.

- No. – respondí con sinceridad.- Pero las imitas genial.

- "¡Lenhyraaaaaaaaaaaaaaaaaaaa quiero un hijo tuyoooooooooooooooo waaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!" – gritaba mientras me zarandeaba, todavía cogiéndome por la cintura. Tras soltar una buena carcajada añadió. – Vamos, admítelo, debía de ser un coñazo. Me dirás que no se está mejor así.

Se giró, extendió los brazos y gritó:

- ¡Libreeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!

Volví a reírme, y él hizo lo mismo. Estaba hecho un payaso. Pero tenía razón.

- ¡Libre! ¡Sin nadie que me diga lo contrario a lo que yo quiero hacer! ¡Yo pongo las normas! ¡Yo mando en mi vida! ¡Así es como has de pens... !

Pero cuando Shin se giró yo ya no estaba allí.

- ¿Len?

- ¡Aquí, asesino de pacotilla!

- ¿Qué se supone que haces? ¡Te vas a matar, baja de ahí!

- ¿No decías que eras libre? ¡Yo también!

Nos estábamos gritando. Me encontraba sobre las rocas de la cascada del lago, me había quitado todo menos la camiseta y la ropa interior. Me había dado un subidón de adrenalina. Tenía ganas de hacer locuras, de hacer todo aquello que nunca había podido hacer. Y si me apetecía saltar desde lo más alto, saltaría.

- ¡Sube a por mí si tienes lo que hay que tener!

- ¿Por qué no bajas y lo averiguas tu misma, guapa?

Y, tras reírme, salté. Grité mientras caía. Entonces el agua fría me envolvió. Estaba tan fresca... Contenía la respiración mientras, lentamente, llegaba al fondo del lago. Justo cuando toqué el suelo arenoso, me impulsé fuerte con los pies. Subí a la superficie a gran velocidad, e inspiré con fuerza. Me sentía llena. Me sentía feliz.

- No te motives, gatita. Esto acaba de empezar.

Entonces, sin tiempo para tomar aire, el... sin nombre, de mi compañero de viaje, volvió a hundirme en el agua.

- ¡Mamón! ¡Casi me ahogas, ¿sabes?! – me quejé una vez pude respirar de nuevo.

Shin se reía con ganas, así que intenté hundirlo un par de veces sin éxito, llevándome tres ahogadillas como recompensa. Finalmente, cansada, me limité a salpicarlo con fuerza y salí del agua. Me dejé caer en la mullida hierba mientras tomaba aire. Estaba medio muerta, y al poco rato apareció él a mi lado. Llevaba sólo los pantalones negros, que hacían que contrastara todavía más su piel extremadamente blanca. Estaba en jarras, mirándome de pie, medio riendo pero también cansado.

- Eres... un cabrón...

- Es mi trabajo... ¿Recuerdas?

Ambos soltamos una caracjada. Se tumbó a mi lado mientras acababa de retomar aliento. Las ramas del árbol más cercano nos llegaban a dar algo de sombra. Los fuertes rayos del sol de verano se filtraban entre las hojas, creando unos bonitos destellos cada vez que la suave brisa los movía. Sólo se oía el susurro del viento y el repicar del agua... se estaba tan bien en ese lugar...

- ... no lo cambiaría ni por toda la fama del mundo...

- ¿Mmh?

- No... nada...

- Mmmh...

Sonreí, grabando aquel momento como uno de los mejores de mi vida.

- ¡Vamos, déjame probarlo! ¡Yo también soy vegetariano!

- ¡Cómete lo tuyo y déjame tranquila!

- Vaaaaaaaaaaa, vengaaaaaaaaaaaaaaaa.

Shin se me acercó con carita suplicante de perro abandonado. Estábamos comiendo después del chapuzón, y ni siquiera nos habíamos molestado en vestirnos de nuevo. Así se estaba de maravilla cerca del agua.

- He dicho no. – concluí, cómicamente seria.

- Ya, claro.

Con un gesto rápido me robó un poco del pan con huevo que me había improvisado.

- ¡Ladrón!

- ¡Oh! ¿Yo, ladrón? ¿Qué cosas, eh?

Dimití en decirle nada. Estaba muy cómico sólo con esos pantaloncillos arrapados por el agua. Charlamos animadamente, riendo y haciendo bromas todo el rato. Me sentía muy bien con él, podía comportarme como quisiera. Me sentía... libre.

- ¿Qué pasa? ¿Qué tengo en la cara?

- No, nada. – contesté, todavía sonriente. – Voy a tomar un poco el sol, y tú deberías hacer lo mismo.

- Pues todas me dicen que me hace muy sexy mi color de piel. – puso una pose irónica.

- No creo que tu blanco radioactivo guste mucho. Además, dudo que te haya visto nadie más a parte de mí así de desnudito a la luz del día, ¿me equivoco?

Shin levantó un dedo en señal de réplica, pero no le salió nada de los labios, por lo que empezó a revolcarse de risa por el suelo.

- ¡Maldita pija! ¡Jajajajaja!

- Te dije que aprendía rápido.

Cogí mis pantalones para usarlos a modo de cojín y me acerqué a la orilla del lago. Pero, para sorpresa mía, mientras me acomodaba la cabeza, el asesino me quitó mi improvisada almohada y se sentó a mi lado.

- ¡Ay! ¿Qué haces? ¡Devuélvemelos!

- Apóyate aquí, anda, se te van a ensuciar los pantalones. – y dio un par de palmaditas en sus piernas.

Un poco extrañada apoyé la cabeza en sus muslos. Se lió un cigarro, se lo encendió y se lo cogí para darle una calada. Cuando intentó que se lo devolviera, se lo alejé de la mano.

- Vamos, tienes dos paquetes...

- Pero si tú no fumas de eso.

- Ahora sí – le pegué una larga calada, que me llenó los pulmones y me relajó.

- Ladrona...

- ¡Oh! ¿Yo, ladrona? ¿Qué cosas, eh? – dije, imitando su tono de voz

- Fumar mata.

- También estar contigo.

Se rió con ganas y añadió:

- Si algún día escribo un libro recuérdame que añada todos estos puntos.

Estuvimos así un rato, fumando y riendo por cualquier tontería. Al cabo de un rato, pero, tomé un aire bastante serio.

- Oye, Shin... ¿puedo llamarte Ghen?

- Mientras no sea en público... supongo que sí.

- Quería darte las gracias, Ghen.

- ¿El qué?

- Dar las gracias, Ghen. Es algo que a lo mejor deberías aprender a hacer.

- ¿Y a qué viene eso ahora?

- Había olvidado lo que era estar con alguien disfrutando de la tranquilidad de la naturaleza...

- Ah, pero, ¿es que alguna vez has hecho eso?

- ¡Claro que sí! ¿Por quién me tomas?

- Por una pija malcriada.

- No siempre he sido pija, ¿sabes?

- Ah, ¿es que no se nace siendo pijo?

- Eh, enserio Shin... digo, Ghen...

- Vale, vale, cuéntame.

- Yo había vivido muchos años cerca de la playa, en una casita con mi padre.

- ¿Y tu madre?

- Mi madre... .nunca llegué a conocerla.

- Vaya... lo siento.

- No importa.

- ¿Y dónde está tu padre? ¿Sigue en la playa?

- No... me marché de allí cuando murió...

- Vaya... lo siento por el guiñé de tu padre...

- ¿Alguna vez te han dicho que no tienes nada de tacto?

- Mmmmh... creo que sí...

Suspiré, pero me sonreí de lo irónico de la situación.

- Pues eso... viví con mi padre en medio de la naturaleza. Teníamos una casita preciosa. Solíamos salir a pescar, y en verano me pasaba el día con él jugando en la playa. Por las noches hacíamos una hoguera y cantábamos y nos reíamos hasta altas horas de la noche. Luego nos tumbábamos, mirábamos las estrellas y decía... "Mira, Nydia, cada vez que sonríes se ilumina una estrella... " – al ver que Ghen no decía nada, seguí narrando – Ese es mi verdadero nombre, Lenhyra es... mi nombre artístico...

- Es un nombre precioso, no sé por qué no te lo dejaste... Nydia.

- Es que... me recuerda mucho a él...

La voz empezó a fallarme. Oír de nuevo ese nombre hizo que un nudo me aprisionara la garganta sin dejarme casi respirar.

- Él... se mató... cuando tenía yo quince años... así que... – me sequé un par de lágrimas para seguir hablando intentando no sollozar. - ... vine a la ciudad y me gané la vida... como pude...

Para sorpresa mía, Ghen empezó a acariciarme el pelo.

- No cuentes más si no quieres. No estamos aquí para acordarnos de malos ratos, ¿no? Además... me encantaría que esta noche hubiera muchas estrellas...

Lloré. Lloré como hacía tiempo que no lo hacía, mientras sentía cómo la mano de Ghen me protegía.

Cuando empezó a oscurecer, retomamos la marcha hacia Silvermoon. Al llegar allí, y con sumo cuidado, nos colamos por uno de los muros de la parte de la ciudad destruida por la Death Scar. Esta vez me movía más segura, sabía que al lado de Ghen todo saldría bien. Para sorpresa nuestra, había muy poca guardia por las calles, y más gente de lo normal.

- ¡Es verdad, se me olvidaba! – susurré a Ghen.

- ¿El qué?

- ¡Ayer empezó el festival de verano! Toda la guardia debe de estar en la plaza de al lado de palacio, aquello estará a rebosar.

- ¿El festival de qué?

Tuvimos que cortar la conversación para escondernos de una panda de rangers borrachos que intentaban montarse encima de sus mascotas felinas, no sin llevarse algún que otro zarpazo.

- ¿No sabes qué es el festival de verano?

Ghen se limitó a encogerse de hombros y negar con la cabeza.

- Luego te cuento. Es por allí.

Llegamos sin ningún problema a mi casa, pero tuvimos que subirnos a una repisa para no ser vistos por la cantidad de gente que frecuentaba la posada más rica de la ciudad a aquellas horas de la noche.

- Tenías que comprarte la casa justo en medio de todo el jaleo...

- ¡Claro, soy famosa!

Ya al lado de la puerta pude observar cómo una placa metálica encima del buzón decía: Mr. Windstrife.

- Maldito...

- Vaya, no me equivocaba cuando decía que tu mánager no tenía un pelo de tonto...

- Calla y entra. – contesté mosqueada.

Cerré la puerta y encendí la luz.

- ¡Qué haces! – susurró Ghen, apagándola de golpe - ¿Y si está aquí, qué?

- ¿Crees que con toda mi fortuna va a estar viviendo aquí? Ese mínimo está haciéndose un crucero por los mares del Este. – dije con un tono normal de voz, y le di de nuevo al interruptor.

Efectivamente, no había nadie en la casa, y estaba tal y como la había dejado: un montón de cojines en el centro de la estancia circular a modo de sofá con una pequeña mesa baja; la cocina, llena de platos por fregar, situada bajo la escalera que llevaba a mi habitación, la cual sólo tenía la pared que coincidía con el tabique principal. El resto, era una espesa tela roja.

- Bienvenido a mi humilde hogar. – anuncié, satisfecha.

- ¿Humilde? – dijo irónico mi acompañante – Esto es tan modesto como la casa de verano de Haris Pilton…

Lancé la bolsa de viaje a un lado y me tiré en los cojines. Tumbarme sobre aquel mullido suelo me hizo suspirar con fuerza. "Por fin…otra vez en casa", pensé. Me sonreí al ver a Ghen mirando las fotos de gran tamaño que tenía esparcidas por todo el salón. La mayoría eran de anuncios publicitarios, y en todas salía, evidentemente, yo.

- Podrías poner espejos. – dijo frente a una imagen de mí misma semidesnuda en un anuncio de perfume. – Resultaría menos infantil y tendría el mismo resultado.

Le saqué la lengua haciendo una mueca, aunque no pudo verme. Su risa se cortó al ver un par de estanterías.

- Tú…libros…tú….libros… - mientras decía esto anonadado pasaba la mirada incrédula de mí a los tomos.

- Sí, ¿qué pasa?

- No me lo puedo creer… ¿son todos tuyos? – lo decía casi ilusionado.

- Bueno…técnicamente sí…me los regalaron, y como tenía las estanterías vacías, me los quedé.

Ghen se golpeó la cara con la palma de la mano en señal de frustración.

- Entonces no te los has leído…

- ¿Por quién me tomas? – el asesino me miró sorprendido por unos instantes. – Claro que no. Para eso ya está el cine, que te cuenta lo mismo y encima gastas menos tiempo.

- Ya, claro. – concluyó Ghen, algo enfadado, mientras se encendía un cigarrillo y se acercaba a mí. – Para enriquecer a gente como tú.

- ¿Y qué tiene de malo?

El asesino meneó la cabeza resignado. Al quedarnos unos segundos en silencio, pude escuchar la música que provenía de la calle y me levanté de golpe.

- ¿Dónde tienes el baño? Tengo que plantar un pino. – me interrogó sin poder decir nada.

- Está al fondo a la derecha.

Antes de poder añadir nada, se giró como enfadado conmigo.

- ¡Ghen, escucha! ¿No lo oyes? – le dije animada.

- ¿Qué coño dices? ¡Déjame que necesito concentración! – gritó desde dentro del baño.

"¡Muy bien! ¡No pienso entrar en tu juego, así que si tú no quieres venir iré yo sola!", grité dentro de mí. Así que subí, refunfuñando, a mi cuarto. Cuánto lo había echado de menos…mi elegante cama circular de sábanas azules de terciopelo, con una tela del mismo color rodeándola cayendo desde el techo. Abrí el armario. Casi lloro de alegría al ver mis vestidos de la más alta costura, mis trajes de noche, mis zapatos de tacón…Estuve probándome unas cuantas túnicas hasta que me decidí por una tela gris de lino con cintas negras. Me senté en mi tocador, donde tenía todos mis enseres de maquillaje. Me retoqué rápidamente, cogí un bolso de mano, me puse mis zapatos negros favoritos y bajé al salón.

Ghen estaba sentado, fumando.

- Vaya, ¿te vas de copas sin mí? - inquirió al ver que me dirigía a la puerta sin ni siquiera mirarlo.

- Sí, me voy al festival, y como tú no quieres venir iré sola.

Justo cuando estaba abriendo la puerta de la calle me la cerró de golpe sin dejarme salir.

- ¿Qué haces?

- ¿No dijiste que estaría lleno de guardias? ¿Qué pretendes, que te descubran? Recuerda que eres cómplice…te reconocerán enseguida, y más así. – dijo dándome un repaso con la mirada. – Vamos, siéntate y explícame qué es eso del festival.

Lo miré con el ceño fruncido durante unos segundos, intentando no enfadarme y procesando la información.

- ¿Estás de broma, no?

- ¿Eh?

- ¿No sabes lo que es el festival de verano?

- Si te he dicho que me lo expliques es por algo. – concluyó, y se sentó de nuevo.

- El festival de verano se celebra cada año en todas las capitales de Azeroth… ¿ni siquiera te suena?

- Nooo – dijo dejadamente en señal de cansancio.

Me acerqué a Ghen y me senté a su lado, dejando en la mesita el bolso.

- Vamos a ver… durante el festival de verano se encienden miles de antorchas por toda la ciudad. Es un fuego muy especial: es azulado y casi no quema. Se hacen muchas actividades y concursos con este fuego… ¿Sabes que una vez quedé primera en lanzamiento de antorchas?

- ¿Tú?

- Sí, ¿qué pasa?

- No…nada, nada…

- Lo sé, es sorprendente que pueda ser tan polifacética, ¿verdad?

- Claro, claro… ¿bueno, y qué más se hace? – dijo a desgana intentando cambiar de tema.

- Pues…en la fuente de la plaza se ponen velas para recordar a las personas queridas que ya no están con nosotros… Siempre ponía una en honor a mi padre… - me quedé algo cabizbaja.

- ¿Y la música? Parece estar bien. – Ghen se mostró sonriente para intentar animarme, así que dejé el tema de lado.

- Se hacen bastantes conciertos, además van dj's bastante famosos. El año pasado di yo el recital principal. – me puse en jarras e hinché el pecho, haciéndome la importante.

- Prefiero a los L70…

- Ya, claro – refunfuñé. - ¡No sé qué le veis a ese orco asqueroso! ¡Yo estoy más buena!

- Mmmmh…no sé, ¿a ver?

Entonces me dio un pequeño beso fugazmente que me dejó pasmada.

- Creo que sí. – concluyó. – Tengo hambre, ¿qué hay de cena?

Se levantó sin darle más importancia, pero para mí aquel acto significó mucho. Avivó mi incertidumbre sobre el por qué de aquel afecto que parecía mostrar sólo a ratos.

- Podemos hacer comida del festival. – me levanté intentando borrar el galimatías de mi cabeza.

- ¿Qué es?

- Carne con especias, espero que te guste la comida picante.

- ¿Carne? ¿Pero no eres vegetariana?

- Siempre hago una pequeña excepción durante el festival…

- ¡Seee! – gritó animado Ghen, lo que hizo que me sonriera.

- Vamos, ayúdame. Ponte esto.

Le tendí un delantal mientras acababa de ponerme el mío, pero no lo cogió.

- ¿Qué es eso? - preguntó mirando la tela con cara rara.

- Algo para que no te manches tu precioso traje de asesino. – dije mientras me ponía detrás suyo para atárselo a la espalda.

Cuando terminé de ponérselo, se giró moviéndose como un muñeco, rígido totalmente. Me reí de él.

- Venga, payaso, acércame las bandejas de carne picada que hay en la nevera.

Estuvimos un buen rato cocinando, o enguarrando la cocina, depende de cómo se mire. Me relajé bastante, intentando no darle demasiadas vueltas a mis sentimientos.

- Bien, esto ya está.

- ¡A comer! – tarareó Ghen mientras se quitaba el delantal y se dirigía al comedor.

- Espera, falta algo. Ve llevando los platos a la mesa.

- ¿Mmmh? – me interrogó.

- Creo que tengo un vino de reserva muy bueno por aquí…

- ¡Oooooh! – se sorprendió el asesino. - ¡Hoy cenamos de lujo!

- Sí, por fin se acabó el pan y el pescado asado. – puse un poco cara de asco mientras descorchaba la botella.

Una vez hube llenado dos copas y ya en el comedor, empezamos a comer tras hacer un brindis. Bebimos y reímos durante unas cuantas horas. Ya algo ebria, se me ocurrió poner algo de música para bailar y terminar de celebrar un buen "festival de verano".

- Mira y aprende – le dije a Ghen mientras me ponía a bailar según una coreografía que me aprendí para un videoclip.

- ¿A eso le llamas bailar? Quita anda.

Me dio un pequeño empujón y se puso a hacer unos pasos la mar de extravagantes. Tras una carcajada mía (con la cual casi caigo al perder el equilibrio) paró en seco y dijo con la cara pálida:

- Será mejor que pare.

- ¡Ni se te ocurra vomitarme en la alfombra!

- ¡No lo digo por eso, pija! Este baile… - se puso muy serio – dicen que si lo terminas pasa algo terrible…es el baile de las sombras, el baile… ¡de la muerte! – gritó como asustado.

Estaba soltando una carcajada cuando empezó a sonar una de mis baladas favoritas. No pude evitar sonreír.

- ¿Bailas? – me preguntó Ghen, tendiéndome la mano y haciendo un pomposo gesto.

En un principio me lo tomé de broma, así que hice una reverencia y le cogí la mano como si estuviéramos en un baile real. Pero, para mi sorpresa, me cogió por la cintura muy tiernamente con una mano, mientras con la otra sostenía mi mano derecha y se movía lentamente al compás de la música. En otras condiciones le abría apartado llamándolo "cerdo", o "pervertido", o algo así pero…estaba desinhibida, cansada, y, por qué no decirlo, muy a gusto.

Apoyé mi cabeza en su pecho mientras me dejaba llevar por la música. En ese momento me di cuenta de que Ghen realmente era bastante más alto que yo. "Claro", pensé, "me he quitado los tacones". Cerré los ojos. El alcohol hacía que aquel suave vaivén lo llenara todo, provocándome sueño. La ropa de Shin olía a harina. Sonreí. Levanté la cabeza y apoyé mi barbilla en su hombro. Me llegó un suave aroma a algo familiar. Parecía…

- …hierba recién cortada… - murmuré.

- ¿Decías?

- No…nada…

Con una sonrisa en los labios, me acurruqué de nuevo en su pecho. Podía escuchas el latir de su corazón, el calor que desprendía su cuerpo…empecé a ponerme un poco nerviosa. Algunos pensamientos obscenos empezaron a rondarme la cabeza a consecuencia del vino, y eso no era nada bueno y menos con un tipo como él. Tenía una espalda bastante ancha…Empecé a recordar el momento en que me besó. ¿Cómo alguien podía tener unos labios tan suaves? Cerré los ojos con fuerza para intentar apartar aquellas ideas de mi cabeza. "No busca lo mismo que tú. No te dejes engañar. Has escapado de otros, y podrás hacer lo mismo con éste". Realmente creía eso. Ghen era como el resto de hombres que se habían acercado a mí por dinero, por fama o simplemente buscando sexo. Y yo…yo quería algo real. Me sentía demasiado sola como para dejar que alguien así me robara el corazón… ¿o ya lo había hecho?

Entonces paró la música. Ghen se detuvo y yo desperté de mi trance. Levanté la cabeza y me encontré sus ojos mirándome con una expresión que no sabía muy bien si era ternura o el brillo en los ojos de un borracho. Parpadeé, e intenté concentrarme en algo para no ponerme más nerviosa.

- Em…el CD…se ha acabo…voy a poner otro…

Intenté separarme de él, pero en vez de eso, Ghen me atrajo hacia sí gracias a mi mano que todavía sostenía. Y, antes de que pudiera darme cuenta, de nuevo, me robó un beso. Tan tierno como el primero, tan cálido como su pecho, con ese olor tan dulce… Durante unos segundos me dejé llevar, pero luego reaccioné apartándolo de mí.

- Deja de jugar conmigo, ¿quieres? – dije mirando hacia otro lado, algo triste.

El alcohol hacía que mis sentimientos afloraran con mayor facilidad, y casi estaba a punto de llorar. Como Ghen no decía nada, acabé por mirarlo de reojo. No esperé ver una expresión de decepción en su rostro.

- Yo…

- Ya somos un poco mayores para esto. – le reproché sin ni siquiera dejarle terminar – Yo no busco nada contigo, ¿vale?

Mentí. Evidentemente que mentí. Se me hacía un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar, pero no sé cómo saqué toda mi fuerza interpretativa de mi interior, aunque no la suficiente como para mirarlo a la cara.

- Pues yo sí te quiero.

Imagina que estás en la playa construyendo un castillo de arena cerca del mar. No quieres que el agua se lo lleve, así que empiezas a almacenar arena y más arena para levantar un gran y sólido muro que lo resguarde de las olas. Cuando terminas y estás realmente satisfecho de tu obra, una suave brisa levanta el oleaje, y hace que desaparezca el muro y el castillo de detrás. Esto me ha pasado dos veces en la vida. Siendo pequeña con mi padre jugando en la playa, y la vez en que toda mi gran figura de interpretación de mujer adulta y decidida construida para ocultar mis sentimientos fue fatalmente abatida por cinco palabras en cuestión de segundos.

Miré a Ghen. Su cara, mirando al suelo, era el más claro reflejo de la frustración. Se le veía incluso dolido, y aquello provocó que un pinchazo deshinchara mi corazón hasta el punto de dejarlo con el tamaño de una avellana. Intenté articular mil palabras, pero todas se quedaron atrapadas en las zarzas que se formaron en mi garganta.

- ¿Lo dices enserio? – fue lo único que logró escapar de mi boca.

Shin levantó la vista, enrabiado.

- No, lo digo para joder. ¿Qué pasa, crees que voy por ahí morreándome con cualquiera?

- Sí. – contesté francamente.

- Pues entonces no tienes ni idea de cómo soy yo.- se giró para dirigirse a la puerta.

- ¡Tal vez si…! – empecé a decir, casi gritando con la intención de que no se fuera.

- ¿Tal vez si qué, Lenhyra?

Era la primera vez que me llamaba así. Aquello me dolió. Las lágrimas empezaron a aflorar en mis ojos. Tenía mil ideas en mi cabeza que no lograba coordinar.

- No te vayas.

- Acabas de demostrar de nuevo que no me conoces. No iba a irme. – dijo calmado.

- ¡Pues claro que no te conozco! ¡Cómo quieres que lo haga si cada vez te comportas de una forma diferente!

Aquello pareció sorprenderle. Yo ya no podía más, así que empecé a sollozar como una niña pequeña.

- Vamos…no llores… - se acercó y me abrazó. – Yo me comporto siempre igual… - terminó por añadir.

- ¡No! – dije tapándome la cara para secar mis lágrimas. – Unas veces parece que te intereses por mí, otras te comportas como si no te importara una mierda, y ahora me dices eso y yo…yo... ¡yo no sé qué pensar!

Entonces Ghen me levantó el rostro cogiéndome de la barbilla y volvió a besarme, esta vez con más fuerza. Yo me deshacía en sus labios.

- ¿Qué piensas ahora?

Tartamudeé algo ininteligible durante un par de segundos, hasta que al final opté por la vía fácil. Le rodeé el cuello con mis brazos y lo besé de nuevo, con todo el sentimiento que pude darle entonces. Aquel beso empezó a alargarse, difuminándose en pequeños roces de afecto y luego tomando un aire más pasional. El corazón me empezó a latir cada vez más rápido, hasta tal punto que creía que se me saldría del pecho. Sin siquiera darme cuenta, Ghen me cogió en brazos y empezó a andar en dirección al piso superior. ¿De verdad pretendía…?

- ¡Esperaaaaaaaaa! – grité agitándome en sus brazos.

- ¿Y ahora qué? – dijo con tono cansado.

- Yo…esto…tú…qué… ¿qué pretendes hacer? – lo interrogué casi con tono acusador.

- ¿Hace falta que te lo explique? ¿No te dieron clases de sexualidad en el colegio? – se acercó a mi oreja para luego susurrar. – Pienso hacerte el amor toda la noche hasta que no puedas más. – y siguió andando con una sonrisa pícara en los labios.

Noté como el rubor inundaban mis mejillas. A los pocos segundos volví a quejarme moviéndome enérgicamente, tanto que casi nos caemos.

- ¡Paraaaaaaaa!

- ¡Estate quieta o vas a hacer que nos matemos!

- ¡No! ¡Me tienes que decir por qué quieres hacerme todas esas cosas que dices! – casi estaba gritando de lo nerviosa que estaba.

- Está claro, ¿no? – dijo, como si fuera algo evidente.

- ¡No, si no no te lo preguntaría!

- Pues porque te quiero.

Tras decir esto con el tono más normal del mundo, me besó la frente y siguió andando hacia la cama.

Me tumbó con mucha delicadeza. Sus dedos eran casi más suaves que sus labios, y empezaron a acariciarme todo el cuerpo mientras me desvestía con una agilidad pasmosa. Me besaba por el cuello, y eso hacía que me estremeciera hasta el punto de arquear la espalda como un gato. Sin apenas darme cuenta, estábamos los dos casi desnudos.

- ¡Paraaaaaaaaaaaaaaaaaaa! – tenía un nudo en el estómago por los nervios y tenía que sacarlo de alguna manera.

- ¿Qué? – inquirió sobresaltado Ghen.

- Yo… yo… yo… no… ¡yo no estoy preparada para esto!

Se quedó unos segundos mirándome pasivamente sin decir nada, como esperando a que dijera por qué. Yo intentaba mirar hacia otro lado. ¿No era obvio? Al cabo del rato, su cara empezó a mostrar una expresión entre incredulidad e inseguridad ante lo que estaba pensando.

- No me irás a decir que tú…

- ¡Sí, qué pasa! – le grité tirándole un cojín a la cara, ya que se estaba riendo de mí. - ¡No tiene nada de divertido!

- ¡Y tanto que lo tiene!

Ghen no podía parar de reír. Pero parecía que no se reía para hacer daño. Parecía que se reía porque estaba…feliz.

- Esta noche soy el hombre más afortunado del mundo.

Y tras decir esto, me dio un pequeño beso muy tierno, y después sonrió como un niño pequeño a quien le regalan un caramelo. No podía hacer nada ante aquella carita, así que lo besé de nuevo y lo abracé. No le dije nada, pero él lo entendió todo.

"No hay nadie más en el mundo en quien confíe más que en ti".